Al perder la perspectiva divina, en tanto somos creyentes redimidos, nuestros temores nos aferran a la angustia. Los peligros ahora parecen reales, redimensionados, quizás por imaginar un futuro con Dios como ausente. La incredulidad alimenta la preocupación hasta que el abandono silencia lo que habíamos aprendido de la palabra de Dios. Cuando Cristo nos aseguró que el Padre Celestial sabe de qué cosas tenemos necesidad (Mateo 6:32) estaba dándonos la clave para evitar la preocupación innecesaria.
Ignorar la providencia de Dios genera miseria en el alma, nos hace cargar con el peso de nuestras tareas que nunca podemos soportar. De acuerdo a la Biblia, la ansiedad deja de ser un asunto emocional y se convierte en un problema espiritual: Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6-7).
Tal parece que el Señor nos prohíbe la ansiedad y el pánico, como si fuésemos como los incrédulos que deben preocuparse por todo lo que procuran. La ansiedad es como la arena movediza, pero la confianza en el que todo provee llega cuando dejamos nuestras penurias a su cuidado, por medio de la oración. Con toda oración y súplica, dando gracias en todo y por todo. Lo que obtenemos a cambio de dejar en manos del Todopoderoso aquello que nos inquieta es una paz como el mundo no puede darla. Hemos leído sobre la justicia de Dios que es Cristo, asimismo oímos de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. ¿Por qué sobrepasa todo entendimiento? Si nos enfocamos en lo que nos preocupa nos hundiremos, pero si confiamos en quien le hemos contado nuestras necesidades parecerá un sueño de descanso nuestra tranquilidad frente a las preocupaciones.
Cristo salió de la tumba, venció la muerte con poder; así que podemos decir que venció nuestro peor miedo. La promesa del Señor es que aquella paz divina guardará nuestros pensamientos y corazones en Cristo Jesús. Si Cristo es nuestra justicia también es nuestra paz. Se nos ha llamado a no angustiarnos por lo que nos ocupa, a entregar a Dios lo que nos inquieta, haciendo oración con acción de gracias. No ignoramos nuestros problemas sino que confiamos en que Dios está presente y no está callado. Démosle gracias a Dios por lo que hasta ahora ha hecho en nuestras vidas, así que esa actitud comienza a disipar la angustia por el futuro y por el inmediato presente.
Resulta de interés reconocer que cuando fallamos al no mostrar la confianza que Dios merece comenzamos a murmurar contra Él. Sí, hablamos de nuestra situación y circunstancia y pensamos que Dios no nos ha debido meter allí donde estamos. Puede ser que nos sintamos demasiado culpables al pensar que fuimos nosotros mismos quienes recorrimos por error estos caminos que nos condujeron a la angustia. Lo que fuere, si no confiamos en su providencia la murmuración y la queja se hacen presentes. Nos pareceremos al Israel que daba vueltas por el desierto, con quejas y olvido de lo que Dios había hecho por ellos al sacarlos de Egipto.
Esa queja pública o silente acusa a Dios de manejar descuidadamente nuestras vidas. Aquellos israelitas se quejaban contra Moisés y Aarón, anhelando la comida que tenían en Egipto. Preferían haber muerto junto a las ollas de carne antes que padecer en el desierto donde deambulaban por su terquedad. Esto ocurrió apenas quince días después de que hubieron salido de Egipto (Éxodo 16:2-3). El apóstol Pablo le escribe a los Corintios advirtiéndoles sobre la inmoralidad sexual, la provocación a Dios y la murmuración (1 Corintios 10:8-12). Les recuerda que Israel es como advertencia contra la murmuración, así que si nosotros nos creemos estar firmes miremos que no caigamos. El apóstol les dijo: Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor.
Suponemos que Dios es demasiado lento para actuar, que su tiempo es distinto al nuestro, por lo cual tenemos como resultado nuestra impaciencia. En una era donde todo es absolutamente rápido, la respuesta divina debe ser por igual expedita. No nos disponemos a aguardar lo que el Señor tiene para nosotros, no queremos que Él nos transforme en el proceso de espera (Salmos 27:14). El apóstol Santiago también nos recomienda tener paciencia, afirmando nuestros corazones, sin quejas para que no seamos condenados (Santiago 5:7-9).
La planificación de nuestras agendas de vida suena natural, pero en el creyente debe incluirse la oración al Padre. Descansar en el cúmulo de nuestros bienes materiales, en el brazo de nuestros semejantes, en el montón de nuestras relaciones sociales puede llevar el rechazo de Dios. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón de aparta de Jehová…Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová (Jeremías 17: 5 y 7). Somos insuficientes en nosotros mismos pero colocar la confianza en algo distinto al Dios Proveedor se computa como rebelión (Isaías 31:1).
Nuestro foco en las preocupaciones puede conducirnos a la envidia. Decía el salmista Asaf que él tenía envidia de los arrogantes por sus éxitos sin congojas, pero cuando entró en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos (Salmos 73: 3 y 17). La gente a veces logra con creces los deseos de su corazón, pone su boca contra el cielo y prospera. De momento uno los ve sin ser turbados del mundo alcanzando riquezas; si nuestra mira se apunta hacia ellos la envidia puede vencernos. En cambio, si tenemos a Dios como escudo obtendremos gracia y honra. Dios no quitará el bien a los que andan en integridad (Salmos 84:11).
Llevar ante el trono de la gracia nuestras peticiones asegura nuestra paz, evita la amargura y el resentimiento, así que esa buena costumbre que asumamos como creyentes traerá ganancia para la vida de cada uno de nosotros. Desconfiar de la providencia del Señor nos hará resentidos y nos deseará estar muertos antes que vivos, como le aconteció al profeta Jonás (Jonás 4:8). Dios posee sabiduría y bondad infinitas, confiemos en su fidelidad y ahorrémonos las prisiones de nuestros lamentos. Es muy fácil: si desconfiamos del control de Dios sobre nuestros asuntos, tomaremos su lugar y seremos nuestros propios dioses. Ese es el principio de la idolatría que debemos evitar, como bien lo señalara el apóstol Juan: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21).
César Paredes