Categoría: ALABANZA

  • EN ESPÍRITU Y EN VERDAD

    Los que alaben y adoren al verdadero Dios, en una justa manera, de cualquier nación, están siendo buscados por el Padre. Recordemos que la Biblia llama a Dios el Padre de los espíritus (Hebreos 12:9). Dios es el Creador de las almas humanas, aquella parte más noble del ser humano. Si se ganare el mundo pero se perdiere el alma, ¿de qué aprovecha? He allí la semejanza con Dios, la imagen del Altísimo, cuando se propuso crear a Adán a su imagen y semejanza. En realidad Dios es espíritu, no carne; la figura que nos dio con Él hace referencia no a su carne sino a su espíritu. Ahora bien, si cada ser humano se asemeja al Padre en alguna medida, en virtud de haber sido creado por el Eterno, ¿cuánta mayor similitud no habrá en aquellos que hemos sido redimidos por el Hijo?

    A éstos busca Dios que le adoren en espíritu y en verdad, sin necesidad de templos hechos por manos humanas. Se nos ha declarado que somos templos del Dios viviente, que hemos de cuidar nuestros cuerpos que son templo del Espíritu Santo. Le debemos sujeción al Altísimo, no solo en tanto sus criaturas sino mucho más en cuanto hemos sido adoptados como hijos. Hemos de permanecer humildes ante su poderosa mano, quietos soportando con paciencia, como bien lo dijo Pedro: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo (1 Pedro 5:6).

    El creyente no debe murmurar contra Dios, sino someterse a su voluntad. No hemos de despreciar el castigo divino cuando llega, sino que nos hemos de entregar al reconocimiento de nuestras faltas y vilezas. La poderosa mano de Dios exhibe su soberanía para rebajar por completo nuestra altivez de espíritu, lo cual ayuda a exaltar la nobleza. Sabemos que pese a su castigo, estamos siempre bajo la sombra de sus alas, a la espera del tiempo de nuestra exaltación. Esto equivale a la vieja expresión: en el tiempo de su visitación, ya que el que se humillare será exaltado, pero acá hemos de tener en cuenta que Dios es quien exalta y no nosotros a nosotros mismos. Si nos exaltamos por cuenta propia estamos mostrando orgullo y altivez de espíritu, lo cual se muestra en clara oposición a la voluntad divina.

    Sabemos que Lucifer, el célebre querubín hecho por Dios, se dejó llevar por su propia grandeza y quiso ser semejante al Altísimo. Su altivez lo condujo por un sendero de muerte y fue arrastrado en su encontrada maldad. Contaminó a gran multitud de ángeles que lo siguieron en su motín contra el Omnipotente, para ser humillados después en su castigo eterno. Al parecer la estupidez de pretender igualarse a Dios como Creador lo acompañará por siempre, como fue puesto en evidencia cuando quiso seducir al Hijo de Dios (su propio Creador, de acuerdo a Juan 1:1-3) para que lo adorase. La criatura pidiéndole al Creador que lo adore, el colmo de la insensatez; pero no solo eso, sino que le ofreció los reinos de la tierra en tributo a esa pedida adoración, como si aquellos reinos no le hubiesen sido dados a él como parte del botín de maldad, de acuerdo al plan eterno del Altísimo.

    Este ejemplo de insensatez que acompaña como par al orgullo, debe estimularnos lo suficiente para distanciarnos lo más que podamos de cualquier sentimiento de soberbia o superioridad. Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. El Señor nos lo dijo, como lo recogió el Evangelio de Juan 4:23: que ha llegado la hora de adorar al Padre en espíritu y en verdad. En espíritu implica por argumento a contrario sensu que abandonemos toda concepción carnal que tengamos de Dios. Hemos de arrepentirnos (cambiar de mentalidad) en relación a lo que en nuestra carne pensamos que debe ser Dios. Dios no es corpóreo, no padece nuestras limitaciones, se ha definido como el Despotes, alguien Altísimo que no tiene comparación. ¿Lo haremos semejante a figuras humanas o angélicas? ¿O tal vez a imágenes de animales? Aunque seamos su imagen y semejanza está separado de nosotros, a no ser que una vez que hayamos sido convertidos por el nuevo nacimiento su Espíritu pase a morar en nosotros guardándonos hasta la redención final.

    No hagamos como aquellos que buscaban adorarle de labios, pero cuyo corazón se distanciaba de Él; ahora nos toca adorar en espíritu y en verdad. La verdad contraviene la hipocresía, busca la integridad y sinceridad. No es ceremoniosa sino simple, buscando la sustancia del acto de adoración. La palabra de verdad se convierte en el Evangelio de Cristo, donde encontramos la sustancia de la Divinidad. Es un Dios en tres personas, como se manifestó en el bautismo de Jesús. El Padre se regocijó en el Hijo, en su acto de obediencia, en tanto el Espíritu tomó forma de paloma para posarse sobre Jesucristo. Ese Dios Trino fue una revelación progresiva en las Escrituras: Desde el Génesis, cuando se dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, o cuando se habla en aquel plural posible de la lengua hebrea, donde el sujeto plural se une al verbo en forma singular: En el principio creó los dioses los cielos y la tierra (de acuerdo al texto hebreo), así como en otros textos, como este de Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16).

    En el texto de Isaías habla el Hijo, diciéndonos que él estaba desde el principio, pero que ahora fue enviado por Jehová el Señor (el Padre) y que fue enviado también por su Espíritu (el Espíritu Santo). Son tres personas con voluntad propia: el Padre que envía al Hijo, y el Espíritu que también envía al Hijo. Cuando se dice que Dios es espíritu ha de entenderse que se refiere a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Esas tres personas son el objeto de nuestra adoración, en una manera espiritual. Dios es espíritu, no una sustancia corporal, no hecho de partes, indivisible, sin alteración ni cambio. Dios es inmortal, inteligente, invisible, está en total diferencia con los espíritus creados, ya que Dios no es creado por nadie.

    Adoremos a Dios en forma pública y privada, en la asamblea o en lo secreto; testifiquemos de su grandeza que nos acompaña en la obra exhibida de su creación. La palabra revelada nos sirve de acompañamiento diario para descubrir su voluntad, ya que creemos que ella fue escrita por los santos hombres de Dios siendo inspirados (2 Pedro 1:21). Esa palabra no nos vino por voluntad humana, sino cuando Dios lo quiso. La influencia divina en esos escritores preparados y escogidos para tal fin, habitados por el Espíritu Santo, dirigió sus palabras de manera que ellos no hablaron de sí mismos sino de Dios.

    Esa santificación de aquellos escritores no es otra cosa sino la separación del mundo, para un peculiar servicio. Ellos mismos fueron pecadores, como nosotros, pero en su actividad de escritores inspirados se manifiesta la separación del resto de los demás mortales, como un distintivo de la gracia divina para beneficio exclusivo de todo el pueblo escogido de Dios. Para este pueblo peculiar fue enviado el Hijo a morir por todos sus pecados (Mateo 1:21), para ver linaje (Isaías 53:11), para quedar satisfecho por su trabajo. He allí el centro de la Escritura o de la revelación divina, la declaración de su Redentor preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), el motivo especial de nuestra adoración en espíritu y en verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • UN SOPLO DE ALIENTO

    Creer, tiene muchas implicaciones en la existencia del hombre de fe. Cuando Dios creó al hombre, le sopló aliento de vida. La posibilidad de que un muñeco de barro se irguiera para comenzar un camino resulta demasiado baja; sin embargo, por la fe creemos que el Creador le dio aliento de vida a su obra hecha a imagen y semejanza de Sí mismo. El mundo creado se formó al mandato de la voz divina, algo demasiado potente para soportar en nuestras finitas mentes.

    La fe se nos muestra como el soporte de lo que creemos, aquello que está debajo y sostiene lo que asumimos. La Biblia la llama la fe de Cristo, así que es el Hijo de Dios el que ha creado todo cuanto existe, de acuerdo al Capítulo 1 del Evangelio de Juan. Todas las cosas fueron hechas para él y por medio de él, y sin él nada de lo que es hecho hubiera sido hecho. En resumen, nuestra vida gira en torno a su eje fundamental, Jesucristo crucificado y resucitado. Ese Hijo de Dios ha sido nombrado como la justicia de Dios, nuestra pascua, habiendo muerto como justo por causa de los injustos.

    Nuestro aliento cobra fuerza en tanto el Consolador fue enviado para habitar nuestros corazones. Poco importa que el mundo ignore la norma divina, ya que lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio de su obra creada. Apareció en la criatura el deseo de agradar más al producto que a su Hacedor, así que prefirió darse gloria a ella misma antes que al Creador. Por esta razón se ha abierto una caja de males, lo cual ha traído deshonra para la humanidad. Como nunca antes, la maldad ha sido aumentada en estos tiempos, de manera que el amor de muchos se enfría.

    En la Carta a los Romanos, en el Capítulo 1, se puede leer que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres. El sumo de la malévola forma de vivir lo constituye el acto de detener la verdad. La premisa del apóstol Pablo subyace en el verso 16 de la carta nombrada, cuando argumenta que él no se avergüenza del evangelio, ya que es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Se detiene el evangelio cuando se impide su anuncio, pero también cuando por la maldad humana se solapa la verdad del propósito divino.

    El hombre ha ido glorificándose a sí mismo, entregado por completo al servicio de la carne. Abandonando el valor del aliento que le fue insuflado, pernocta en los laberintos mundanales bajo las doctrinas de demonios. Su sabiduría se trocó en necedad, la gloria del Dios incorruptible fue llevada a semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y reptiles. Esa persistencia en adorar lo que no es ha hecho que Dios insufle deshonra al ser humano. De esta manera fue entregada a la inmundicia gran parte de la humanidad, para que se entrelace en las concupiscencias del corazón.

    Cambiar la verdad por la mentira supone llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo. La homosexualidad descrita en los versos 26 y 27 de Romanos, Capítulo 1, ha venido como consecuencia de la negación de la verdad. Pero no solo llegó ese mal, también vino toda injusticia, fornicación, perversidad y avaricia; todo esto ha sucedido por no tener en cuenta a Dios. Aparecen en escena los que odian a Dios, los que inventan males, siendo desobedientes a los padres, viviendo como necios y desleales, sin afecto natural.

    Hoy día vemos gente sin misericordia, burlesca, que se complace en la murmuración y en la carnalidad. El Carnaval demuestra la entrega oficiosa del ser humano al canto de la carne, época en la que se leva o quita la carne de nuestro cuerpo, en alusión a eventos religiosos de la cristiandad y al repertorio de la histórica Saturnalia. Se comprueba que el ser humano tiene una naturaleza de pecado, de error / hamartía en griego significa errar el blanco, vocablo de donde procede el término pecado.

    Esa naturaleza carece de interés y poder para doblegarse por sí sola, no cede a la voluntad humana, así que urge que un medio externo la someta. Eso solo lo hace el Espíritu Santo de acuerdo a la voluntad del Padre de las luces. El autor de toda dádiva y don perfecto es quien puede doblegar el alma del ser humano, lo hace sin esfuerzo pero solamente en aquellos a quienes eligió desde la eternidad para ser objetos de su amor. Esta doctrina de Cristo molesta mucho a los no elegidos, o incluso a los que habrán de ser llamados pero que todavía no lo han sido. Los enoja porque reconocen que por sí mismos no podrán agradar a Dios.

    La pretensión humana de que puede hacer aquello para lo que no le ha sido provisto, ha generado gran confusión en materia religiosa. Obras muertas que se entregan como garantía de la paz ante un Dios que continúa airado contra el impío todos los días. Simulación de piedad ante el prójimo, como una huella de identidad que santifica al hombre. Pero más de lo mismo, injusticia sobre injusticia. Pablo advirtió a los destinatarios del Capítulo 10 de Romanos sobre la imposibilidad de agradar a Dios, de parte de aquellos celosos y religiosos que colocan su propia justicia ante el Padre Creador.

    La única justicia que Dios acepta es la de su Hijo, pero si se ignora nada puede sustituirla. Mucho celo por Dios, mucha obra religiosa, mucha apariencia de piedad no resuelven el problema humano. Cristo afirmó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos al Padre (Juan 6:45). También dijo que nadie podría ir a él (a Jesús) si el Padre no lo trajere a la fuerza. Esa es la naturaleza del verbo usado en el texto griego: ELKO, ser arrastrado por un barco remolque, ser dragado. No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.

    En Juan 6:37 Jesús dijo que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería nunca echado fuera. Esas dos premisas enunciadas (Juan 6:37 y 6:44) colocan al ser humano en la imposibilidad de acudir por cuenta propia. Al mismo tiempo garantizan por medio de la potencia de un Dios Todopoderoso que todos iremos, sin excepción, siendo admitidos, sin excepción, por Jesucristo. Ese todos anunciado por Cristo hace referencia a todo aquel que es enviado por el Padre. Por supuesto, su discurso generó incomodidad en los que lo seguían, los cuales fueron llamados discípulos por el escritor del evangelio.

    Se entregaron a la murmuración afirmando que las palabras de Jesús eran duras de oír. La salvación es de Jehová, pero él no desprecia al corazón contrito y humillado. La salvación es la liberación de la esclavitud del pecado y de la condenación, lo que resulta en una vida eterna con Dios. La vida eterna se define como el conocer al Padre y a Jesucristo a quien Él ha enviado. El Señor es la fuerza de su pueblo, es la defensa salvadora de su ungido. Jesús no rogó a ninguno de aquellos alumnos que lo seguían por mar y tierra, no les recordó que ellos habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces. Simplemente reconoció que ninguno de ellos había creído, por lo cual se volvió a los doce para preguntarles si ellos se querían ir también.

    Pedro reconoció que no tenían a quien más ir, ya que el Señor tenía palabras de vida eterna. Jesús agregó que él los había escogido a ellos, y que uno de ellos era diablo (hablaba de Judas, el que lo había de entregar). Por esa razón se escribió en el libro de Jonás que la salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:20), dado que es el Espíritu de Dios el que santifica. La santificación es la separación del mundo, así que somos odiados por ese mundo que no nos ama, porque tampoco amó a Jesús nunca. El mundo ama lo suyo, les entrega una paz incierta, la comunión de los que en él habitan unidos por la carne. La iglesia, por contrapartida, presupone la comunión de los que están unidos por un mismo Espíritu.

    Nuestro soplo de aliento para vida eterna vino dado por el segundo Adán, Jesucristo como Dios-hombre Mediador. Somos la nueva creación de Dios, metidos en vasos de barro frágiles, pero bajo la garantía de que ni uno solo de nosotros perecerá. Ese sí que es un aliento para vida eterna, el consuelo de cada creyente en medio de las vicisitudes de la vida diaria. Ofrezcamos sacrificios de alabanza, cumplamos lo que hemos prometido ante Dios, porque la salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA RELACIÓN CON EL DIOS VIVO

    Muchas personas religiosas se esfuerzan por mantener un vínculo con la idea del ‘dios’ que fabricaron, por lo cual un modelo de divinidad parece ser acogido por millares de seres humanos a través de nuestra historia.  Una gran variedad de ese prototipo de ‘dios’ hecho a semejanza del hombre prorrumpe en las almas desoladas y sedientas de agua viva.  Sin embargo, resulta temerario recorrer los caminos que parecen rectos pero que tienen un destino de muerte o perdición.

    El Dios de la Biblia se manifiesta a sí mismo como el creador de todo cuanto existe.  Sabemos por la lectura de las Escrituras que se trata de un Ser Soberano.  No hubo ni habrá después de Él nada semejante, todo cuanto quiso ha hecho y nunca ha tenido consejero.  No obstante, la vieja costumbre de construir a un ‘dios’ conforme a nuestra semejanza ha ido modelando en nuestro espíritu y mente la configuración antropomórfica de la Divinidad.  Leemos las porciones de la Biblia e interpretamos de acuerdo a nuestros valores culturales.  Aquello que pudiera incomodarnos lo ajustamos al punto en que empezamos a llamar a lo bueno malo, y a lo malo bueno.

    Esa distorsión en la percepción del otro interrumpe la adecuada comunicación. ¿Cómo puedo interpretar debidamente lo que el otro me dice, si yo tengo una imagen torcida de quien me habla?  Por ello suponemos que Dios guarda silencio.  Suponemos que demora en responder a nuestras inquisiciones. En esa visión distorsionada solemos decirnos ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos? (Job 21:15).
    El Dios revelado se manifestó en forma humana; el Verbo se hizo carne. Esa podría ser la forma más objetiva de comunicación hacia nosotros los humanos, en nuestra relación con el Ser Supremo.  El Verbo encarnado podría constituir un modelo de esfuerzo comunicativo ideal: ponerse al lado del otro, tratar de percibir como ese otro.

    No bastaron los profetas o los salmistas, no fueron suficientes los patriarcas o todos los ungidos del Antiguo Testamento para configurar una imagen divina en la historia humana.  Urgía la manifestación encarnada del Dios vivo, eterno e inmutable.  De tantos nombres por los cuales se le llamó, nos quedamos con el más inmediato y terrenal, Jesús el Cristo. 

    Ese intento celeste por perfeccionar la comunicación con nosotros debe rendir sus frutos oportunos.  Quizás el primero de ellos no sea otro que entender que la relación dialógica entre el Padre y nosotros ha de ser personal, individual  y con un código inteligible para el diálogo.  Personal por cuanto no tiene que pasar por la institución humana que se autoerige como intérprete traductor de la función dialógica.  Individual porque se dirige a lo indivisible que tenemos cada uno de nosotros, aquello que nos hace ser únicos y que aunque semejante en todos los humanos no se puede compartir: nuestra identidad.

    Una comunicación personal e individual presupone un código inteligible y particular, inherente a nuestra habla emocional, intelectual y espiritual.  Cierto es que la comunión horizontal entre los humanos toma en ocasiones forma de iglesia.  Pero no puede haber iglesia sin individuos, o sin personas.  De allí que se hace necesario redescubrir en nosotros mismos ese lenguaje con el cual nos sentimos parte del otro interlocutor.  El lenguaje es el que comunica, de eso tenemos ejemplo cuando el Verbo (La Palabra) se hizo carne.

    Quizás nuestro problema comunicativo se funda en el hecho de que tratamos de comunicarnos con palabras de otros.  Tan estéril puede resultar ese intento comunicativo como aprenderse de memoria un diálogo para hablar con nuestros seres queridos.  Las palabras de la institución no perfeccionan ni fuerzan el diálogo.  Las palabras tomadas de otro no me comunican a mí. 

    David fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios.  Eso nos impacta y de inmediato viene a nuestra mente Betsabé (recordamos su actuación bastante dañosa en cuanto a la ética y a la moral).  Sin embargo, no hubo otro que cantara tanto la grandeza y la misericordia de Dios, porque quizás no hubo otro que comprendiera tanto el uso de sus propias palabras y de su propio recurso lingüístico como David.  La actitud de este poeta no fue otra que intentar trasladar por medio de las palabras lo que su alma capturaba del Dios que le había elegido desde los siglos y le había separado de las ovejas de su padre, para venir a ser el nuevo pastor del pueblo que le tocó dirigir.

    Las palabras de David están a nuestro servicio.  Podemos repetir esos salmos una y otra vez, pero no como quien memoriza a la usanza de un autómata un texto, sino como quien lo digiere en su alma. De esta forma, al leer uno de sus tantos cantos vamos añadiendo nuevos valores, nuevas esencias al olor fragante que emana de las alabanzas.  Sabemos que David fue un profeta; a lo mejor nosotros no vamos a profetizar al estilo de David, pero sí somos llamados a tener una comunión, a lo menos, a su estilo.  Sólo de esa forma podemos ser llamados conformes al corazón de Dios.

    David parece haber descubierto que el Señor tenía un contacto personalísimo con él.  David no se confió sólo en el contacto histórico de su Dios con los profetas y patriarcas que le precedieron. David también anheló el contacto íntimo que tuvieron Moisés, Samuel, Abraham, entre otros.  Caminar con Dios, ser conforme al corazón de Dios, ser amigo de Dios, fueron expresiones referidas a ilustres personas que pareciera hubieron descubierto lo mismo:  el beneficio de la comunión íntima. 

    Tenemos además una promesa del Mesías que nos recuerda que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad. Le adoramos por su obra general, la creación, y por su obra particular, la salvación. Pero sólo es posible adorarle en espíritu y en verdad a través de la comunión íntima. La misma Biblia nos asegura que Dios dice: Si alguno se gloría, gloríese en conocerme.  La gloria del creyente está en conocer a Dios, lo cual será posible si entendemos que no hay traductores ni intérpretes de la comunión. La comunión es un acto individual y personalísimo, ‘intuito personae’, como solían decir los romanos antiguos en referencia a ciertos actos del Derecho.  Cuando se contrata a un artista para que realice una determinada obra de arte, ese artista y no otro deberá hacer dicha obra. Ese carácter jurídico es ‘intuito personae’, por una persona en específico, ella sola y no otra. De igual forma, la alabanza, la adoración, el temor, la comunión misma, han de ser intuito personae, con nuestros medios y nuestras formas individualísimas, conforme al raciocinio implantado por el mismo Creador en las mentes, espíritus y almas de sus escogidos desde los siglos para tales fines.

    En la medida en que personalicemos los mecanismos de contemplación y adoración, en esa medida la relación con Dios correrá por un camino auténtico. Nacer y morir son dos actos personalísimos, nadie los puede hacer por nosotros. De igual forma, la relación con Dios es personalísima y pasa por la cámara secreta, cuando cerramos la puerta (a las voces del mundo) y tenemos comunión con el Padre que está en lo secreto, el cual ha prometido recompensarnos en público.  El mundo grita a voces y logra generar interferencia en nuestro ánimo comunicativo con el Padre. El mundo parece una sirena salida de los mares mitológicos, con un suave canto que atrae hacia las profundidades del abismo a las almas cautivas por su sonido. Se dice de Ulises, un personaje también mitológico, que se ató al mástil de su barco para poder resistir el llamado de la sirena en alta mar.  Nosotros debemos cerrar la puerta, en la metáfora bíblica, para orar a nuestro Padre que está en lo secreto (como cuando Elías percibió a Dios en el silbo apacible), el cual, sin duda, habrá de respondernos, pero sólo cuando logramos cerrar la puerta y quedamos fuera del atractivo del mundo con sus  cantos de sirenas. De seguro Dios nos recompensará en público, ¡haz la prueba!

    César Paredes
    retor7@yahoo.com

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  • SACRIFICAR ALABANZA A DIOS (SALMOS 50)

    Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre (1 de Juan 2:22-23). El establecimiento de la paz con los que no tienen la doctrina de Cristo señala el anatema de los que se dicen cristianos de religión. Estos no se ocupan de lo que Cristo dijo en toda su doctrina, sino de lo que hizo por su pueblo extendiendo dicho favor a toda persona en general. Por esa razón establecen un beneficio universal en la muerte de Cristo, pero como muchos no lo aceptan dicen que la virtud de su muerte se actualiza en todos los que de buena voluntad lo aceptaron.

    Vamos viendo cómo se mezclan las cartas para hacerlas del mismo montón, como si cada una de ellas fuese extraída de las Escrituras. Si los Solo Jesús niegan la trinidad, se busca el punto de coincidencia para afirmar que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

    En un principio no fue así, más bien se nos encomendó sacudir el polvo de nuestras sandalias en esas casas donde la doctrina del Señor no aparece bien recibida. Incluso se habla de ciudades enteras donde no se recibe lo que el Señor dice. Pero la insistencia arminiana marca la pauta con el afán de convertir almas para Cristo. La persuasión sicológica viene como bandera para que a baja voz, mientras la supuesta iglesia ora, el predicador invite como si fuese la última oportunidad que su dios da a los asistentes. En el fondo, un piano entona un himno suave, melodioso, como si fuese una treta de Hollywood de acuerdo al guion establecido para una película.

    Luego se levantan algunos, los más sensibles y dicen recibir a Cristo. La feligresía se emociona, dice amén, mientras los ayudantes de turno se acercan para crear la hermandad de oficio con la felicitación y la ayuda para que comiencen a orar.

    Esos nuevos conversos guardarán las fechas de su conversión a Cristo, pero eso sí, jamás darán cuenta del verdadero evangelio sino del anatema que les enseñó desde el principio que Cristo murió por todos y que el Espíritu pudo vencer la pereza que en ellos había. Eso nos lleva a pensar que ese Espíritu vencedor resultó un fracasado en los otros que no aceptaron ni dieron un paso al frente. Para resolver ese tema teológico, trasladan el fracaso del Espíritu a la renuncia de aquellos pertinaces que no fueron persuadidos bajo la rutina del show montado en la reunión.

    Vemos que bajo este esquema hay algunos que sí vencieron su propia desgana, mientras otros siguieron atrapados en su incredulidad. Ha triunfado el eslogan teológico que dice que Dios salvó a los que sabían querían salvación. A los otros los abandonó en su propio endurecimiento. Uno se da cuenta de que los renuentes no fueron persuadidos por el Espíritu Santo, en cambio los dóciles al Espíritu cooperaron para que la salvación se convierta en un trabajo sinergístico. Hubo colaboración con el Espíritu y por eso el gozo de recordar la fecha y el nombre del predicador que procuró su trabajo para sacar esa alma del infierno.

    Estos son los que al transcurrir décadas insisten en que fue gracias a tal o cual misionero que ellos fueron alcanzados para Cristo. Poco les importa si tales personas no creen en la doctrina de Cristo, si andan tras el extraño, ya que el testimonio en el cual confían gira en torno a la moralidad del predicador. Piensan que el anatema se da cuando la mala conducta empieza, olvidando que Pablo se mantuvo incólume en cuanto a su fe de fariseo, si bien consideró su vida entregada al celo de Dios como una pérdida.

    Andan tras el extraño los que se dicen creyentes pero caminan tras la doctrina de los que reciben nuevas revelaciones de Dios. Carecen de la doctrina de Cristo los continuacionistas, los que todavía reciben dones especiales como el de lenguas o de profecía que vaticina el futuro, añadiendo a la Escritura que ya fue sellada. Son vanagloriosos y mentirosos los que escuchan a los nuevos apóstoles, como si ellos hubieran cumplido con el requisito de ver a Jesús. Al parecer, el Apocalipsis que describe una ciudad con puertas alusivas a los doce apóstoles se equivocó, ya que los nuevos apóstoles necesitarán una modificación de la arquitectura de la nueva ciudad. Yerran todos los que suponen que las enseñanzas de Cristo giran en torno a la moralidad del creyente, como si el cuerpo general doctrinario del Señor pudiera pisotearse en algún punto.

    ¿Qué decir de los que le dicen bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo? ¿Acaso el Señor ha cambiado su criterio y su inspiración de las Escrituras? El que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios. Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9). La doctrina esencial de Jesucristo consistió en que él moriría en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). En Juan 17:9 Jesús ora solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de los primeros apóstoles. Dijo en forma expresa que no rogaba por el mundo, es decir, que no moriría al día siguiente por la gente por la cual no pidió. Su muerte y su ruego contienen un mismo objeto y los mismos sujetos de su oración. Todo lo demás es herejía, falsa enseñanza, esperanza vana, doctrina de indoctos e inconstantes que tuercen para su propia perdición.

    Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Esta prerrogativa la tenemos todos aquellos que el Padre ha llamado en su tiempo eficaz, siempre por medio de la predicación del evangelio. Eso lo aseguró Jesús en su oración en el Getsemaní, de acuerdo a Juan 17: por los que han de creer por la palabra de ellos (sus discípulos). Es decir, la palabra incorruptible de la que refiriera el apóstol Pedro, incontaminada, sin interpretación privada. Ese es el Evangelio puro y simple, el no anatema reseñado por Pablo. Por lo tanto, somos más que vencedores porque a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).

    Fuimos amados por Dios (conocidos por Él), predestinados, hechos conformes a la imagen de su Hijo, fuimos llamados, justificados y glorificados. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene la carga semántica de tener comunión íntima. Se ha escrito en Génesis 4:15 que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. El Señor dijo que había conocido solamente a su pueblo (Amós 3:2, pese a que Él es Omnisciente), en tanto a otros les dirá: Nunca os conocí (Mateo 7:23, a pesar de su Omnisciencia). Pablo escribió: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19), en el sentido de tener comunión íntima con ellos; al impío, en cambio, el Señor le reclama: ¿qué tienes tú que tomar mi palabra en tu boca? (Salmos 50:16). El que sacrifica alabanza honrará a Dios, y el que ordena su camino Dios le muestra su salvación.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CELOS POR DIOS

    El creyente debe seguir los principios de adoración que las Escrituras han señalado. En ellas encontramos que la palabra de Dios es la única autorizada para regir la alabanza del pueblo de Dios. Descuidar ese principio puede traer graves consecuencias, como se las trajo a los hijos de Aarón con su exhibición de fuego extraño (Levítico 10:1-3). Nosotros no necesitamos cruces ni palomas, ni esculturas o dibujos, nada alusivo al físico del Señor Jesucristo. Además, si no hubo retrato suyo en su época es porque el Padre sabe el daño que haría el adorarlo a través de figuras.

    Es sabido que Jesús fue llamado de Nazaret, pero él no fue nazareo. No hizo voto de nazareo, como para no tocar muertos, no beber licor o no raparse el cabello. Es decir, Jesús no puede presumirse de pelo largo como si hubiese hecho un voto de dedicación nazarea (como fue el caso de Sansón). Por otro lado, de acuerdo al Nuevo Testamento, a Pablo se le apareció Jesús. Más adelante, en una de sus cartas, el apóstol habla de la honra del pelo corto en los hombres, como el del pelo largo en las mujeres. Si hubiese visto a un Jesús con el cabello largo, no se hubiese atrevido a afirmar lo que sostuvo en esa carta en referencia a la forma de llevar la cabellera el hombre creyente.

    Bien, esto sirva para que se entienda la futilidad de recordar imágenes que tienen el sentido de distorsionar el punto de la adoración. ¿Por qué razón celebrar días santos? ¿Acaso hemos de festejar el cumpleaños de Jesucristo? ¿No cuelgan en el árbol navideño unas bolas que son reflejo de lo que se hizo primeramente, al colgar los testículos de diversos animales e incluso de personas, como señal de fertilidad del siempre verde árbol? Pero se ven tan agradables en la iglesia o en la casa, en los comercios que invitan al consumo, que se pasa por alto tan nefasta costumbre antigua.

    Dios no cambia, así que sigue siendo el mismo de siempre. Lo que ordenó como alabanza debe continuar, así como lo dice el Nuevo Testamento también: con salmos, con himnos y con cánticos espirituales. Hemos de andar cantando y alabando al Señor en nuestros corazones (Efesios 5:19). Estos salmos, himnos y cánticos espirituales demostrarán la llenura del Espíritu Santo en nuestra vida de santidad.

    Ahora apareció el team de alabanza, el grupo de los cantores de la iglesia que imitan a los de Miami, con baterías y guitarras eléctricas, con equipos de sonido que retumban en los pequeños locales, sobre quienes descansa la tarea de la adoración. Los demás van a oír y ver lo bien que tocan o cantan, apenas levantando una mano al estilo de las tele-iglesias. Sin embargo, el evangelio sigue siendo el mismo: La buena noticia de salvación condicionada en la sangre expiatoria de Jesucristo, así como en la imputación de su justicia en aquellos a quienes él representó en la cruz. El Señor lo dijo en su oración intercesora: No ruego por el mundo (Juan 17:9), ¿cómo podía morir por el mundo por el cual no rogó la noche previa a ir a la cruz? El Señor vino a salvar a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Aquellos que aseguran que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, y que el pecador tiene que hacer su parte para que Dios lo salve, están indicando que no se rigen por el principio regulativo del evangelio. Sabemos que el mundo de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los creyentes es el poder de Dios. Dios destruye la sabiduría de los sabios, y desecha el entendimiento de los entendidos. En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por cuya razón agradó a Dios salvar a los creyentes por medio de la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    La sabiduría humana no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios, mucho menos tiene la capacidad de la alabanza debida. Por lo tanto, Dios ha indicado cómo adorarlo, pidiendo que se haga en espíritu y en verdad. La doctrina del evangelio no la puede recibir el sabio o el educado, sino que a través de todas las edades ha sido reprochada. Hoy día no es diferente, ya que la doctrina de Cristo se silencia y la gente aprende a saltarse escrituras en las congregaciones para no crear separación en los grupos.

    Esa doctrina despreciada ha venido a ser alimento y bebida para el alma que Dios ha señalado como aquella que redimirá. Pero ese alimento y esa bebida se sirven mediante la locura de la predicación del evangelio. ¿Por qué una locura? Porque Dios ya sabe a quién ha elegido para salvación y a quién ha señalado para perdición (Jacob y Esaú, en Romanos 9, son un claro ejemplo). Entonces, ¿para qué predicar? Porque en tal sentido parece una locura de Dios ordenada a sus siervos, pero por medio de esa supuesta insensatez la sabiduría de Dios, que es Cristo, viene a cada persona que habrá de oír esa palabra de fe y que dará fruto a su tiempo.

    A los que cavilan les digo lo que sigue a continuación: Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Corintios 1:25). La humanidad se ha perdido en delitos y pecados, camina hacia perdición final, por causa de su pecado. El Padre ha escogido a algunos para salvación, a los cuales el Hijo ha redimido en la cruz, en tanto el Espíritu los santifica haciéndolos primero nacer de nuevo.

    Los que perecen rechazan el verdadero evangelio, siguen al príncipe de este mundo, juzgan como locura la palabra divina. Para ellos el evangelio permanece escondido, estando cegados por Satanás. En medio de semejante locura teológica, para nosotros el evangelio pasa a ser el poder de Dios. Los judíos piden señales, los griegos demandan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, una roca de caída para los judíos y una locura para los griegos o sabios. Dentro de los llamados, judíos y griegos, /judíos y gentiles/, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Nosotros caemos sobre la roca que es Cristo, pero ay de aquellos sobre quienes caiga esa roca.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ALABAR A DIOS

    ALABAR A DIOS

    Va bien con nuestra alma el alabar a Dios, muy bien, por lo tanto alabemos a nuestro Dios. Poco importa que el mundo ignore al Creador, que lo malinterprete, que lo tenga por objeto o animal, que le dé el nombre de algún demonio. Sí, al impío dijo Dios que él no tiene que tomar en su boca la palabra divina, así que animémonos a tomarla nosotros como un derecho inalienable, como una dicha de regalo. Grande es la fidelidad del Señor, su misericordia no posee ni una sombra de duda, cada mañana la vemos en nuestra disposición para la vida. A los que a Dios aman todo ayuda a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Todo lo que respire bendiga el nombre de Jehová, cuya gracia nos impulsa en medio de este mundo insano. Si abrimos el noticiero, o cualquier medio digital, si escuchamos a los que van al abasto, a los que hacen cualquier cola, siempre oiremos quejas y palabras de mal gusto. No tienen seguridad, pero poseen conciencia de quién es quién. Ellos saben que en nosotros está la paz de Jehová, que hemos nacido del Espíritu, aunque no hayan jamás leído al respecto. El testimonio del Señor se deja ver en nuestra actitud para vivir, parar confrontar la maldad y para asumir la alegría de la vida.

    Tenemos una perfecta sumisión a su palabra, sabemos que los ángeles descienden para socorrernos, que nos defienden, porque así está prometido en la palabra inquebrantable de las Escrituras. Nos sumergimos en la dulce oración, ante el trono de nuestro Padre donde depositamos nuestra ansiedad sobre quien nos cuida. Nuestra alma ha encontrado alivio al inclinarnos, sabemos que lo más bajo que caeremos será a los pies del Todopoderoso y que jamás lo haremos ante los pies de ningún humano. De rodillas ante Dios, no ante los hombres.

    El espíritu ansioso ve que Dios se apresura a socorrerlo, cobra alivio al reconocer la presencia de quien dio su vida hasta el martirio por extendernos su justificación. Hemos sido salvados por gracia, no por obras que pudiéramos tener; si alguien supone que su obra ayudó, entonces tiene de qué gloriarse. Sepa esa persona que Dios no compartirá su gloria con nadie, que desde la eternidad se propuso darle la gloria de Redentor a su Hijo, que Adán tenía que pecar en el Edén para que se manifestase aquel Cordero ordenado para nuestro provecho (1 Pedro 1:20).

    Recordemos que no todos los seres humanos fueron ordenados para vida eterna, sino que los hay también para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Por eso compartimos el gozo con el Señor, y poseemos un ánimo que el mundo desconoce. Jesucristo es la fuente de cada bendición, como manantial de aguas tranquilas y vida eterna. El impío huye sin que nadie lo persiga (Proverbios 28:1), pero el justo está confiado como un león. La conciencia atormenta al hombre de maldad, lo hace huir hacia sus terrores, como sucedió con Caín. Su pensamiento vive en el futuro plagado de calamidades, o en el pasado bajo el recuerdo de sus injusticias y aunque se ufane de ellas existe siempre una espada de Damocles que lo amenaza. El rostro del Señor está en su contra para que tropiece con sus enemigos, para que lo gobierne quien está contra él (Levítico 26:17).

    El que ha sido justificado por la fe de Jesucristo habita cual león fortalecido, sin temer a ninguna criatura. Como león fuerte no se aparta para huir de nadie (Proverbios 30:30). Si tememos a Dios no tendremos temor de nadie más, no solo seremos protegidos por ángeles, sino que sabremos que nuestro Señor está presto mirándonos. Aunque nuestra lucha sea intrincada con huestes de demonios, con principados y potestades, no tememos a los antros del mal. Simplemente comprendemos que el mundo anda conforme a su príncipe tenebroso, deseoso de complacerle y en odio natural contra los que somos amados por Dios. El mundo nos odia porque no somos de él, porque el mundo ama lo suyo, pero confiamos en aquel que ha vencido al mundo. El espíritu de cobardía, de temor y susto no nos gobierna, ya que el Señor nos ha otorgado el espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7-9).

    Lo que diga el hombre y lo que amenace el demonio no lo tememos, no nos descorazonamos por sus amenazas. Ante una eventual derrota en aquello que nos propusimos lograr, sabemos que Dios no ha muerto y que sus planes se cumplen. Tal vez no sean los mismos planes que hemos concebido, por lo tanto de seguro serán mejores. Seguimos oponiéndonos a los errores de los falsos maestros, a la doctrina diabólica de la expiación universal, al engaño de los mentirosos que dicen bien a lo que es mal y llaman malo a lo bueno.

    Poseemos el dominio propio que provee la doctrina del Evangelio, para comprender todo el consejo de Dios. Nuestra confianza se fundamenta en que hemos sido escogidos por el Padre de acuerdo a su propia voluntad, habiendo sido formados como vasos de misericordia y no de ira. ¿A qué hemos de temer? Dios es quien justifica, Cristo intercede por nosotros ante el Padre. El Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene, y si oramos conforme a la voluntad divina tenemos aquellas cosas que hayamos pedido. Por eso decimos Jesús, precioso Jesús, por la facilidad de confiar en él. Allí tenemos confianza y paz, junto a él hemos probado la respuesta a nuestras plegarias y nos animamos a volver a su trono a cada momento.

    Dios repudia el fuego extraño como alabanza a su nombre, de manera que no debemos ser ligeros en esta actividad. Tenemos los Salmos para memorizarlos o para recitarlos, incluso se cantan en algunas congregaciones. Podemos escribir himnos que describan y exalten su doctrina, su manera de ser. Pero cuando nos incorporamos a buscar una música que nos dé ánimo, el centro de la adoración ha cambiado de Dios al hombre. Ciertamente hay sonidos que dan alegría, pero ella debe ocurrir no por ese estímulo sensorial sino por el contenido de su letra que siempre ha de honrar al Todopoderoso.

    La doctrina del creyente ha de fijarse como el eje sobre el que gira su alma, el ancla con la que sostiene quieta su nave. Esa doctrina la enseñó Jesucristo con insistencia, para que nos ocupemos de aprenderla y aceptarla. Sin ella, la alabanza resulta hueca porque a Dios no le agrada que le adoremos sin reconocer lo que nos ha enseñado. Sepamos quién es el Señor para que adoremos de pura conciencia, mostrándonos deseosos de aprender más y más de su grandeza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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