Una de las cosas bíblicas que nos compete como creyentes viene a ser la más importante de todas las acciones. La oración o la plegaria ante el Dios Omnipotente, bajo la seguridad de que somos oídos por el Señor de toda dádiva y don perfecto. Fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo, para participar de los asuntos espirituales preparados para nosotros. La providencia divina ha sido la manera de orientarnos en este tránsito por los caminos del mundo. Saber que tenemos carencias de todo tipo, que están representadas en la expresión del Padrenuestro, bajo la petición enseñada por Cristo: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, sirve de estímulo para continuar orando.
El pan necesario y suficiente para cada día, dice el texto en su origen. Ese pan no puede referirse solamente a la comida, en el sentido estoico del término, ya que quedaría por fuera una cantidad de necesidades no enunciadas en ese modelo de oración. El pan puede ser el afecto que necesitamos, la conquista de nuestras metas honorables, el alcance de aquello por lo cual batallamos. Eso nos sustenta el alma, por lo tanto en esa instancia de la petición hemos de incluir al detalle lo que nos hace falta.
Diversas fueron las exposiciones de Jesucristo en relación con la oración. La viuda y el juez injusto ilustra con creces la necesidad de pedir sin desmayar, a tiempo y fuera de tiempo. El modelo del mal, representado en la figura del juez injusto, se ha levantado para resaltar el poder de Dios exhibido cuando oramos. Ese juez injusto fue vencido por la insistencia de la viuda pertinaz, pero resulta mucho más grande la justicia del Juez de toda la tierra, que hará siempre lo que ha de ser justo.
¿Qué resulta justo para el Dios del cielo y de la tierra? Todo lo que tenga que ver con la justicia de Jesucristo, la cual nos fue imputada en el Calvario. El amigo que llama a la puerta de su vecino para pedir un poco de pan, dado que tiene invitados en su casa, es otra de las figuras levantadas por Cristo acerca del tema de la oración. Dios siempre responde con la cantidad necesaria de la providencia. Sobreabunda en la respuesta, simplemente porque se agrada de que sus hijos recuerden que son limitados y que en Él existe toda plenitud. Dice la Biblia que Dios ya conoce de qué tenemos necesidad, que aún nuestras palabras las sabe antes de que las pronunciemos. Pero nosotros tenemos que orar, ya que es un deber y una facultad al mismo tiempo.
Es como respirar: si no lo hacemos nos asfixiamos. Es nuestro deber respirar, pero nos conviene ejercer esa facultad para nuestro bien. Oremos en todo tiempo, en la casa y en la calle, en secreto y en público, en la iglesia o en la escuela, tratando de imitar lo que hacía Jesucristo. No me gusta seguir lo que dicen muchos de los predicadores de este tema de la oración, ya que en su mayoría se enfocan en demostrar a un Dios reticente a nuestras plegarias en razón de nuestros pecados. Ciertamente, el pecado no nos honra para nada, nos distancia del Señor; sin embargo, si lo miramos como una mancha de una herida que recibimos en el campo de batalla, descubrimos que aún en el pecado podemos clamar. El hijo pródigo en medio de las pocilgas se dispuso a acudir a la casa de su padre.
No intento justificar el pecado, al contrario, creo que mientras más nos mantengamos ocupados en hablar con Dios menos oportunidad le brindamos a la carne. Si por el pecado fuese, no oraríamos nunca: David dijo que había sido formado en maldad, y concebido por su madre en pecado (Salmos 51). Pablo habló de la ley del pecado que dominaba sus miembros, del mal que no quería hacer pero hacía, así como del bien que deseaba pero no terminaba haciendo (Romanos 7). Dos paladines de la oración acaban de ser mencionados, ambos pecadores, pero podríamos sumar un tercero. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, decía Santiago, pero oró y Dios lo escuchó.
Orar puede ser visto también como una acción desesperada en el campo de batalla. Hay soldados heridos que todavía pueden disparar sus armas, que incluso maltrechos como están batallan y obtienen buenos resultados. Satanás es nuestro enemigo, no es una ficción. Se ocupa con sus demonios, que son muchos, junto con sus discípulos humanos, que son cuantiosos, en desanimarnos en materia de oración. Pensamos que tenemos que estar absolutamente limpios para poder clamar a nuestro Dios. Tal vez no tengamos honorabilidad porque nuestras faltas son cuantiosas, aún sabiendo que no deberíamos hacer tal o cual cosa por pecaminosa. Pero Asaf, el salmista, escribió que Jehová sostenía su mano derecha (Salmos 73:23). Jehová guiaba su consejo y después lo recibiría en gloria; esto lo supo en el santuario de Dios (la presencia del Señor).
Lucas 18 nos habla de esa viuda insistente ante el juez injusto. La enseñanza final del Señor en esta parábola fue que Dios haría justicia a sus escogidos, los que clamamos a él día y noche. No se tardará en respondernos, sino que prontamente nos hará justicia (Lucas 18: 7-8). Los elegidos del Padre somos un número determinado, un pueblo especial amado con amor eterno. Por su soberana voluntad y bondad fuimos escogidos en su Hijo Jesucristo, para salvación y vida eterna. Para esto existe la providencia divina, asistiéndonos con los medios adecuados, por lo tanto Él se vengará de nuestros adversarios. Nos librará de ellos, pero se vengará igualmente por sus malas intenciones contra nosotros. Dios odia el pecado, pero ha perdonado a su pueblo; al otro pueblo no lo ama (no te ruego por el mundo, dijo Jesucristo en Juan 17:9). Ese pueblo no amado nos odia y procurará siempre hacernos daño, pero como nosotros no podemos ni debemos vengarnos dejamos que el Padre lo haga. Nuestra oración lleva implícita esa sugerencia, como lo dicta la parábola de Lucas 18.
La petición de la viuda era que se le hiciera justicia contra su adversario (Lucas 18:3). Esos adversarios y perseguidores que tenemos gratuitamente son por lo general vasos de ira, objetos del odio de Dios. Una correlación existe entre el pecado de esos transgresores y nuestros sufrimientos, ya que el punto de encuentro aparece en nuestras plegarias. La pobre viuda no tenía poder propio para ejecutar la justicia, pero acudía ante el juez que conocía. Pedía contra su adversario, como nosotros hemos de pedir contra el adversario de los hijos de Dios: el diablo. Ese es el acusador de los hermanos, nuestro perseguidor. Él mueve a su gente para tendernos trampas, para procurar nuestras caídas y después señalarnos como pecadores.
Pedro negó al Señor y fue levantado con la mirada del Señor; su pecado lo hizo llorar amargamente. Cada creyente tiene sus momentos de caída y levantada, por lo cual no hemos de mirar a las condiciones para la oración eficaz. La única condición es orar, disponernos a hacerlo, ya que a partir de ese momento nuestra vida comenzará a cambiar y los resultados se comenzarán a ver. Con la oración, el pecado que nos gobernaba bajo su ley va perdiendo su vigor y nuestra libertad va surgiendo, hasta no sentir más su yugo. No tenemos escapatoria en este mundo, seguiremos la batalla contra la carne, pero aunque caigamos a menudo a menudo hemos de seguir orando.
La Escritura dice que Dios soporta con paciencia la iniquidad de los vasos de ira (Romanos 9), pero tiene la venganza preparada contra ellos. Un propósito existe en su pecaminosidad, al menos conocemos que ese pecar de nuestros enemigos nos conduce a la oración secreta. Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! (Lucas 17:1). Perdonemos a nuestros hermanos que se arrepienten (así lo hagan siete veces al día -Lucas 17:4); de esta manera también nuestro Padre nos perdonará. El pan nuestro se ha de pedir cada día, como el viejo maná del desierto. No se permitía aprovisionarlo para el día siguiente; de la misma manera nuestra oración ha de ser todos los días, no podemos orar hoy por mañana. Esto no quiere decir que no podamos orar por cuestiones futuras, simplemente el Señor quiere ilustrar nuestra necesidad de orar todos los días.
Luego aparece una gran motivación para la oración: así como el juez injusto, existen padres malos. Esos padres malos saben dar buenas dádivas a sus hijos: si pide pan no le dará una piedra; si pide pescado no le dará una serpiente. Si pide un huevo, no le dará un escorpión. En ese contexto presentado hemos de mirar a nuestro Padre amoroso, el que dará el Espíritu Santo a quien se lo pida. Ese Espíritu Santo resulta superior a lo que el padre malo puede dar a sus hijos; ese Espíritu Santo nos ayudará en nuestras oraciones, conduciéndonos a pedir como conviene, porque conoce la mente del Señor. Ese Espíritu gime en nosotros, para ayudarnos en nuestras plegarias.
El que se nos haya dado el Espíritu Santo no implica que no se nos darán todas las cosas que hayamos pedido. Simplemente que la sabiduría divina supera nuestras carencias, de manera que aprenderemos bajo su cayado hasta que comprendamos la soberanía divina que supera todas nuestras carencias. Si la viuda se dirigía ante el juez injusto con palabras de respeto, como su majestad, honorable juez, etc., nosotros tenemos la ventaja de que a nuestro Padre, el Juez Justo, le podemos decir Abba Padre (Padre querido). He allí el alcance de aquella parábola de Jesús, por contraposición con lo que aprendemos de las relaciones en el mundo. Las cosas bíblicas que nos competen como creyentes incluyen esta particularidad de la oración al Dios que nos ama lo suficiente, tanto como para no haber perdonado a su Hijo, hasta que lo entregó por nuestros pecados, para eliminar la pared que nos separaba de su presencia. Aprovechemos esa ventaja que tenemos en esta tierra, mientras entramos al reino celestial en forma definitiva y permanente.
César Paredes