Categoría: APOSTASÍA

  • CRISTIANISMO Y APOSTASÍA

    La teología puede ser herética u ortodoxa, pero la historia del cristianismo engloba a los célebres personajes que impactaron con su influencia argumentativa, más allá de su enfoque doctrinal. Así que cuando se habla de la cristiandad y lo que cree tiene que mirarse al conjunto de personas que militan en una ideología religiosa, en este caso bajo la denominación cristiana. Eso no hace que cada personaje histórico sea un verdadero creyente como lo ordena la Biblia, por lo cual nos sorprende muchas veces lo que leemos en los libros de los llamados padres de la iglesia.

    Estos famosos representan la cristiandad, pero en muchas ocasiones ni siquiera pretendieron creer. En otro contexto, una cantidad de avezados navegantes pudieron haber sido ignorados por los escritores de la historia, mientras Cristóbal Colón se lleva la gran fama como si fuese el único de ellos. Sucede lo mismo en cualquier área del saber humano, del arte, de los que arman grandes estructuras, en tanto los que los representan cobran la celebridad única que la narración ordenada confirma.

    Cuando uno mira de cerca a esos grandes personajes de esta religión, puede darse cuenta de que no han llegado a creer con la simpleza que la sensatez cristiana supone. Jesús una vez exclamó: ¡Oh insensatos, y tardes de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! (Lucas 24:25). No fue sino hasta que Jesús mismo les abriera los ojos que ellos llegaron a creer de verdad (Lucas 24:32). ¡Cuántas personas temen sobre su destino, por cuanto oran a un dios que no puede salvar! Buscan la redención colocando su propia justicia como aval, para que, uniéndola a la justicia de Jesús, el Padre quiera salvarlos (Romanos 10:1-4; Isaías 45:20-21).

    La Biblia exhorta a que la gente se arrepienta de su propia justicia, que cambie su mentalidad respecto a lo que verdaderamente es frente al gran Yo Soy de las Escrituras. La ley de Moisés no justificó a nadie, sino que por medio de ella se anunciaba a Cristo. Los que creyeron en esa promesa de la Simiente fueron redimidos, pero los que se ufanaban del cumplimiento de las normas no pudieron ser justificados: …que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él (Cristo) es justificado todo aquel que cree (Hechos 13:39).

    A lo largo de la historia del cristianismo se contemplan falsos apóstoles, trabajadores del engaño, quienes como Satanás mismo hace se disfrazan de ángeles de luz. Sin embargo, su fin será de acuerdo a sus malévolas obras (2 Corintios 11:13-15). Estamos ciertos de que la sangre de Cristo demanda la salvación de todos aquellos por quienes el Señor murió, por lo cual se escribió que en Cristo todos vivimos (1 Corintios 15:22). Ese todos hace referencia al grupo de beneficiarios de su trabajo en la cruz (Mateo 1:21). Sabemos que muchos mueren en sus delitos y pecados, los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). El texto de Corintios habla de que en Adán todos mueren, lo cual es absolutamente cierto: Antes ustedes estaban muertos a causa de su desobediencia y sus muchos pecados (Efesios 2:1); la expresión: en Cristo todos viven, ha de entenderse que vivimos porque Jesucristo es el Segundo Adán, el que da vida a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65).

    Los que rechazan a Dios, los que se ofenden con las palabras de Jesús, los que murmuran acusando a esa palabra de ser dura de oír, se convierten en personas que odian a Dios. Estos creen que Jesucristo murió por los que van al cielo y por los que van al infierno, por Jacob y por Esaú, por los elegidos para vida eterna como por los destinados a tropezar en la roca que es Cristo. Estas personas que así creen no viven a través de Cristo sino que existen de acuerdo a su autojustificación. Por lo tanto, niegan Romanos 3:24-27 que resume lo siguiente: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados…a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. Por eso no hay jactancia, ni ley, sino la ley de la fe.

    Esta palabra suele ser dura para aquellos que demandan otro tipo de seguridad, la de la ficha personal: tal día levanté la mano, tal día di un paso al frente, hice la oración de fe, me impusieron las manos. No existe tal cosa como el esfuerzo en creer, como para que se diga que si Él hizo su parte yo hice la mía. Estas personas tienen de qué jactarse, de su propia justicia (Romanos 10:1-4). Dios no salva a nadie a expensas de su justicia, y su justicia es Jesucristo. Si el Señor no representó en la cruz al mundo por el cual no rogó la noche previa a su muerte (Juan 9:17), entonces ese mundo quedó excluido.

    Los religiosos tienen a mal esa palabra bíblica, diciendo que hay injusticia en Dios. Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor (Jeremías 2:22). ¿A quiénes les permanecerá esa mancha de pecado? A todos aquellos por quienes Jesús no oró la noche previa a su muerte, que son los mismos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, los mismos que Dios odió desde antes de ser concebidos para manifestar la ira de su justicia, representados en Esaú (Romanos 9:11-13).

    La bestia diabólica apocalíptica es y será adorada por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo(Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8). Con tanta reiteración de este tema en las Escrituras, ¿cómo pueden los teólogos y demás hombres de religión aseverar que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción? ¿Acaso no ven los contextos en que fueron escritos los textos que ellos esgrimen como universalistas? Por ejemplo, Juan el apóstol le dice a su iglesia que Cristo es la propiciación por los pecados de ellos, pero no solamente por los de ellos sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2). Esa expresión que aparenta ser universalista hace referencia a la inclusión de los gentiles (no a cada gentil), que no se reunían por fuerza en esa iglesia compuesta por judíos (no que cada judío se reuniera allí). Recordemos que Juan era un apóstol que ministraba ante los judíos, pero Pablo administraba a los gentiles. Así que con ese contexto no podemos mirar a Juan como contradiciendo las palabras del Señor que él mismo relató en su Evangelio, en especial en Juan 6 que antes hemos señalado.

    También los fariseos exclamaron un día que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19). Esa expresión es hiperbólica, apunta a una exageración del lenguaje, para ilustrar que, pese a todo, el Nazareno tenía seguidores. Sabemos que esos mismos fariseos formaban parte de todo el mundo, como lo hacían los del imperio romano, y un gran etcétera de naciones que ni siquiera conocían a Jesús. Ninguno de los señalados seguía al Señor, así que la expresión de los fariseos, que aparenta ser universal, no lo es sino hiperbólica.

    Resumiendo las dos grandes teologías que dominan el mundo evangélico de hoy día, podemos adelantar que una de ellas es el semipelagianismo, mientras la otra es el arminianismo. La primera se refiere a Pelagio, monje y teólogo británico de los siglos IV y V, fundador de la herejía del pelagianismo. Afirmaba que la naturaleza humana no estaba corrompida por la caída de Adán, y que los seres humanos podían alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos, sin la necesidad de la gracia divina. El semipelagianismo viene después, diciéndonos que sí necesitamos de la gracia pero que si usted da un primer paso hacia ella, Dios dará el segundo. De esa doctrina proviene el conocido cliché que dice: Dios te ama y votó por ti; Satanás te odia y votó contra ti; tú decides la votación votando por ti mismo.

    Jacobo Arminio, holandés del siglo XVII, fue un peón de Roma en las filas del protestantismo de la Reforma, en especial dentro de una universidad calvinista. Su posición enfatiza la importancia del libre albedrío del ser humano en el proceso de salvación, aunque también desarrolló la idea de que los creyentes puedan caer de la gracia para siempre. De esta forma, la predestinación que los arminianos sostienen es aquella que está condicionada a la fe del individuo (Dios vio en el túnel del tiempo quién quería salvarse y quién no); por lo tanto, sigue otro axioma: la expiación de Cristo es universal, para todo el mundo, sin excepción, negando que Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9 y Mateo 1:21, entre otros textos). Continúan con la aseveración de que el ser humano es libre de responder al llamado del Espíritu Santo, que ya no llamará en forma irrevocable y eficaz sino que dependerá de la voluntad de cada individuo. Los arminianos creen que los creyentes tienen la capacidad de resistir al pecado y perseverar en la fe (negando Romanos 7, por ejemplo), por lo cual sigue la consecuencia de que el creyente pueda caer de la gracia si no vence el pecado. Con ellos, la lectura de la Biblia será más literal, en el sentido de que niegan sus contextos, para forzar los textos a que encajen con la tesis romana de la teología de las obras.

    De acuerdo al arminianismo, Dios inicia el primer movimiento, con una gracia genérica o preventiva, ante todos los hombres, sin excepción (aunque jamás hayan oído el Evangelio). Esto se diferencia del semipelagianismo, donde el ser humano inicia la primera movida; pero en ambos sistemas teológicos, el esfuerzo humano es el que logra finalmente la redención. La gloria de Dios es dada al hombre que arrebata por su libre albedrío la antorcha de la salvación, contraviniendo la sentencia bíblica de que Dios no dará a otro su gloria (Isaías 42:8).

    En ninguno de esos sistemas nombrados el hombre aparece muerto en delitos y pecados, sino simplemente enfermo (ya que Pelagio reconoció años más tarde que sí se necesitaba de la gracia divina como recurso fundamental). La gracia preventiva derivada de estos dos grandes herejes viene para todos los hombres sin excepción, sin que importe el hecho de que jamás hayan oído el evangelio o de que hayan muerto en la completa oscuridad del alma. Así que Jesucristo, de acuerdo a este otro evangelio, tuvo que morir por todos los seres humanos, sin excepción. Habiendo alcanzado el perdón de pecados, esa gente que murió en la ignorancia de lo que Jesús había hecho por ellos, debería ser redimida (de lo contrario, habrá sangre inocente en el infierno).

    Este sistema conduce, aunque sus representantes lo nieguen, a la universalidad en la salvación. Si Cristo murió por todos, luego todos son salvos. La Biblia no aporta ayuda a ese error doctrinal, más bien sostiene que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio en la cruz (Juan 17:9); puso su vida por las ovejas, no por los cabritos; vino a dar su vida por su pueblo, al cual salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús solo salva a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65). Proclamar la simple fe del evangelio no trae gran audiencia, pero resulta la única forma de anunciar la palabra revelada. Es Dios quien hace nacer de nuevo, no el predicador; recordemos que en la oración de Jesús encontrada en Juan 17 leemos que ruega al Padre por los que le daría, por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes, sus apóstoles verdaderos. Esa es la palabra incorruptible de la cual habló también el apóstol Pedro.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA APOSTASÍA Y LA TRIBULACIÓN

    La Gran Tribulación, para probar a los moradores de la tierra, genera una inquietud por saber si la Iglesia pasará por este juicio divino, la llamada ira de Dios, ya que es parte de nuestro vivir el ser atribulados con diversas pruebas. Al examinar los pro y los contra de una y otra postura, creo que -más allá del deseo de no estar en medio de semejante fuego cruzado por parte de Dios y de Satanás- conviene hacer un examen minucioso en la lectura del Apocalipsis, el libro que mejor anuncia los eventos del fin.
    Cuando comenzamos a leer el capítulo 1 del mencionado libro, el verso 4 ya anuncia el destinatario inmediato: Juan, a las siete iglesias que están en Asia. Más adelante el autor describe el sitio donde se encontraba, la isla de Patmos, por causa del testimonio de Jesucristo (la historia nos habla del destierro a esa isla, en donde se supone que muere entrado en años). En esa isla, en el día del Señor –suponemos que era un día domingo- Juan estaba en el Espíritu y comenzó a oír una voz que le ordenó escribir en un libro lo que él estaba viendo, para enviarlo más tarde a las siete iglesias que están en Asia. Estas siete iglesias tienen una particularidad geográfica, todas se encuentran en Asia, pero además todas ellas, vistas desde las alturas distantes, configuran algo parecido a un círculo. El círculo en la simbología universal señala la idea del continuo, de lo que no acaba, de aquello que empieza y termina con él mismo, de algo que visto a cierta distancia pareciera que pudiera comenzar y terminar en cualquier sitio. Las iglesias son enumeradas, y hay una primera seguida de una segunda, hasta llegar a la séptima que cierra el círculo. Esta aclaratoria es de importancia por cuanto en Asia existían más de siete iglesias; fuera de Asia también existían muchas más. Esto nos llevaría a las interrogantes de ¿por qué siete y no ocho o dieciséis, o por qué no nombrarlas a todas?
    Recordemos la simbología del número siete que es número de perfección. En el séptimo día descansó Dios de hacer su obra de la creación; el séptimo día es el del reposo, el que se dedica al Señor. Si el seis es número de hombre, y el tres denota trinidad en la Biblia, el triple 6 ó 666 es el hombre tres veces divinizado, tres veces rebelado contra Dios. Es por lo tanto la encarnación de la Bestia que se opone a Dios. Los números en la Biblia también tienen su significado y su razón de estar nombrados en determinados momentos y circunstancias.
    Siete iglesias distribuidas como un círculo debe llevarnos a la idea de la plenitud de las iglesias, a la totalidad de las iglesias. De allí que el mensaje de Juan no sea un mensaje local, restringido a un momento histórico pasado, a un grupo mínimo de comunidades eclesiásticas, marginando a la mayoría de las iglesias existentes en ese momento y mucho menos marginando a las iglesias que existen a lo largo de la historia del cristianismo. Es por lo tanto un símbolo de la totalidad de las iglesias, por lo cual conviene denominarse como el mensaje para la Iglesia en general.
    A medida que se menciona cada iglesia se le subrayan sus características y el Señor les anuncia a todas que Él conoce sus obras. Llama la atención que cerrando el conjunto aparecen las dos últimas iglesias: Filadelfia y Laodicea. A Filadelfia se le dice que tiene una puerta abierta que nadie puede cerrar, pues aunque es una iglesia de poca fuerza esa iglesia tiene el mérito de haber guardado la palabra de Cristo (yo diría la doctrina de Cristo) y se ha atrevido a no negar su nombre en medio de un mundo que quiere apagar el nombre de Cristo. Una gran promesa le es anunciada a este período que ella representa: Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra (Ap.3:10).
    En cambio, la iglesia que cierra el grupo, la del último período, cuyo nombre significa algo como la justicia del pueblo o el pueblo que gobierna, por el compuesto étimo de Laos –pueblo- y Diké –justicia, que puede ser también metafórico de gobernanza, da a entender que es la iglesia democrática, que toma sus propias decisiones, que se gobierna a sí misma, ha dejado al Señor mismo fuera de la iglesia. El Señor le dijo que estaba a la puerta llamando, para enfatizar que no está dentro de esa iglesia. Existen muchas razones para estar fuera: una iglesia que apesta pues le produce náuseas y vómito al Señor; se trata de una iglesia engreída, cargada de soberbia, de poder humano: tiene de todo, es rica y no necesita ni de Jesucristo, pues posee seminarios, doctrinas (en plural), intérpretes, profetas, libros exegéticos, diversas traducciones de la Escritura, nuevas interpretaciones actualizadas al momento histórico en que vive, se adapta al cambio sociocultural de las masas, posee muchos militantes, en otros términos, no tiene necesidad de nada. A esta iglesia no le promete ni la puerta abierta ni la liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero. Puede muy bien ser la iglesia apóstata que habrá de pasar por la Gran Tribulación, que ya no es iglesia por cuanto ha sido vomitada de la boca del Señor, al ser indigerible como asamblea de creyentes. Tan sólo queda en ella un conjunto de seres individualizados, que todavía tienen el chance de oír aisladamente la voz del Maestro que los invita a cenar (a la comunión íntima). Una vez que Juan oye la voz que le anuncia el mensaje a las siete iglesias, miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz que le decía: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Distingamos que la expresión después de esto viene precedida de la conclusión del mensaje a las siete iglesias. Además, la posición geográfica-casi circular de las siete iglesias, connota lo que empieza y lo que acaba como una totalidad absoluta. ¿Qué significa después de esto?Simplemente después de recibir el mensaje para las siete iglesias, después de haber hablado de lo que habrá de suceder a la iglesia en general.

    Juan miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz diciéndole que subiera allá, pues le mostrarían las cosas que sucederían después de lo antes dicho. Hay un orden establecido en la visión de Juan: primero recibe el mensaje para la iglesia, después es llamado al cielo donde se le muestra lo que sucederá después de lo profetizado para la iglesia. Con el señalamiento de te mostraré las cosas que sucederán después de estas, usted puede buscarlas en el libro de Apocalipsis a partir del capítulo 4, pero tenga en cuenta que van a suceder después de que sucedan las otras cosas anteriores, referidas al período de la iglesia. Lo que va de primero es el mensaje a las siete iglesias.
    Se habla a partir de allí de la adoración celestial, del rollo y del Cordero que fue el único digno de abrirlo, de los sellos y de algo muy importante, una multitud de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, delante del trono y en la presencia del Cordero, y se le dijo a Juan que esos habían salido de la gran tribulación, y habían lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Podría muy bien tratarse del remanente dejado de Laodicea que se arrepiente en medio de la lucha que supone vivir bajo la gran tribulación, que oyó la voz del Señor, desde fuera de la iglesia, a la puerta, invitándoles a cenar con Él. Sigue el séptimo sello, con siete trompetas que fueron tocadas una a una, y cada una de ellas traía castigo a la tierra. A Juan parece habérsele revelado el tiempo del fin, pues se le prohibió escribir (cap.10 verso 4) lo que había oído y lo que seguía a continuación, que el tiempo no sería más (verso 6).
    Después de eso tuvo que seguir escribiendo lo que tendría que profetizar acerca de muchas naciones, pueblos, lenguas y reyes. Entre otros eventos aparecen la mujer y el dragón, dragón que es Satanás persiguiendo a la mujer, la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, el que fue arrebatado para Dios y para su trono. Esa mujer no es otra que Israel, la de la promesa del Génesis 3:15, cuando se habla de la enemistad entre la simiente de Eva y la simiente de la serpiente, y esa simiente de Eva no es otra que la prometida a Abraham cuando se dice En Isaac te será llamada descendencia, cuya descendencia refiere a la simiente que es Cristo, el único con capacidad para herir a la simiente de la serpiente (el Anticristo). Por ello, cuando el dragón persigue a la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, no persigue sino al pueblo de Israel quien representa a la madre de ese niño, pues por la vía de Isaac y su descendencia nació Cristo. Nosotros nos preguntamos a estas alturas de la lectura del Apocalipsis, ¿por qué razón el dragón no persigue a la Iglesia de Cristo? ¿No es su enemiga esencial? La única razón lógica textual que encontramos es que esa iglesia enemiga de Satanás no estaría en la tierra cuando estas cosas estén sucediendo.
    Siguen los eventos de las dos bestias del abismo, las copas de la ira de Dios, la condenación de la gran ramera, la caída de Babilonia, el misterio religioso pagano y político. Podemos referirnos al Anticristo como la bestia cuyo imperio todavía no ha venido. Si miramos en Apocalipsis 17:8-11, verificamos que Juan hablaba de un bestia que era, no es y está para subir del abismo. Es decir, era del imperio de Roma, no es por cuanto todavía no había llegado, pero vendrá al subir del abismo. Nos indica que el hombre de pecado, el hijo de perdición, la abominación desoladora, entre otros calificativos bíblicos para este engendro satánico, debe proceder de lo que era ese imperio romano. Si miramos las profecías de Daniel observaremos a un príncipe que ha de venir; no sabemos sino que hará un pacto con muchos y en referencia con la nación judía.

    A Daniel se le habló de 70 semanas relacionadas con su pueblo (judío) y su santa ciudad (Jerusalén; Daniel 9:24). En el desglose que hace el ángel respecto a los particulares de la división de esas semanas, siete más sesenta y dos semanas, el verso 26 arranca con una interrupción de las 70 semanas, un paréntesis si se quiere, bajo la expresión siguiente: Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías … y el pueblo de un príncipe que habrá de venir destruirá la ciudad y el santuario (hecho ocurrido en el año 70 d.C.). El verso 27 agrega: Y por otra semana (la setenta) confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. El estilo narrativo de Daniel se da en forma cronológica, un evento primero y después el otro.

    En la profecía de Juan, el ángel le aclaró al apóstol que esta bestia (el Anticristo) será uno de los reyes anunciados, pero que será igualmente no solo el siete sino el ocho. Probablemente se deba a que este personaje sufrirá una herida como de muerte, lo verán sin vida y se levantará cuando esa herida sane (Apocalipsis 13:3). Juan, en Apocalipsis 17, menciona una bestia con siete cabezas que son siete montes y siete reyes. Referente a los reyes asegura que cinco de ellos han caído (antes de la época del apóstol Juan), uno es y el otro no ha venido. Es decir, se debe ser cuidadoso con la interpretación de lo que la letra anuncia, ya que si se habla de reyes, de los cuales cinco ya habían caído hasta la época en que Juan escribe, no puede referirse al papado que no existía para ese entonces. Lo más seguro, de acuerdo a los estudiosos de la materia, es que se refiera a los cinco imperios caídos hasta ese momento: Egipto, Asiria, Babilonia, Medo-Persa y Grecia. Juan escribía mientras vivía bajo el imperio de Roma.

    Ese último imperio (el séptimo) durará breve tiempo, los siete años de la semana que falta por cumplir, lo que concuerda con el período denominado la tribulación y la gran tribulación. Es entonces que se manifestará la abominación desoladora de la cual habló el profeta Daniel, de acuerdo a las palabras de Jesucristo en Mateo 24.

    Continuando con el esquema de Apocalipsis, vemos que inmediatamente después se oyen alabanzas en el cielo, un ¡ALELUYA! por los juicios verdaderos y justos, porque se ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra. Y más gritos de ¡Aleluya! porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado (Ap.19: 7-8). Y el ángel le dijo a Juan que escribiera que Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Después de las Bodas del Cordero, es decir, del matrimonio entre Cristo con su Iglesia, Iglesia que está en el cielo en ese momento de las bodas, Juan ve el cielo abierto y al caballo blanco y a Jesucristo montándolo, viniendo a la tierra para hacer justicia y tomar venganza en sus manos, y fue apresada la bestia y el falso profeta, y lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Siguió mirando Juan y vio lo de los mil años, el juicio ante el gran trono blanco, el cielo nuevo y tierra nueva, así como la nueva Jerusalén.
    Entonces queda claro por el texto que existen varios hechos relatados por Juan en un orden cronológico y lógico-textual. Ello permite afirmar sin temor a equívocos que la iglesia de Cristo que está en el cielo casándose con Cristo no puede pasar por la Gran Tribulación, sino que habiendo sido librada de la ira de Dios y del azote de Satanás en el período de siete años anunciado por Daniel en su famosa semana setenta, estará presente en sus bodas celestiales Pasará, sí, la iglesia apóstata, la iglesia tibia, la que Jesús vomita. Se arrepentirán los que Él tenga señalados para tal fin. Estos eventos relatados por Juan los vamos a resumir una vez más, para recordarlos más fácilmente:
    1-Que a Juan se le reveló acerca del destino de las siete iglesias, que conforman un círcuito geográfico, simulando con ello la idea de un período completo de existencia;
    2-Que se escogieron siete iglesias en lugar de las decenas de iglesias existentes en ese entonces, queriendo configurar con ello una significación especial, pues siete es el número de la perfección divina connotada innumerables veces en las Escrituras;
    3-Que la manera como está escrito el mensaje para cada iglesia da a entender un período in crescendo, es decir, un período progresivo en la historia, finalizando con las dos últimas iglesias, una a quien se le promete liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre los moradores de la tierra, y otra a quien no se le promete nada, sino que es vomitada por su tibieza y apostasía;
    4-Que finalizado el mensaje a las iglesias, el Señor mismo le indica a Juan que suba al cielo –ya no va a estar en la tierra como miembro de la iglesia- para que vea lo que va a suceder después de lo que acontecerá con ellas. Recordemos que una de las cosas que acontecerá a la iglesia es su oferta de liberación de la hora de la prueba (Ap.3:10). No dice el texto que los librará EN la hora de la prueba, sino DE (EX) esa hora. Su liberación de la hora de la prueba, da a entender que ella estará fuera de ese momento de tribulación, ya que la preposición griega ek se traduce como ex, fuera de;
    5- Después de estas cosas, es decir, después de lo sucedido a la iglesia acontecerán unos eventos pormenorizados de juicio e ira divinas. Y el Señor no nos ha puesto para ira, como señalan otros textos de la Escritura. Altamente significativo resulta mirar el texto de Tesalonicenses donde Pablo ordena los eventos a ocurrir antes de la Segunda Venida de Cristo. La venida del Señor viene después de que ocurran dos eventos: 1) la apostasía; 2) la manifestación del hombre de pecado (Anticristo).

    La gran mayoría de cristianos nos hemos dejado llevar (las más de las veces) por los diccionarios religiosos; el término apostasía significa el estado en que caminan los que se apartan de los principios del Evangelio. Eso es cierto, pero no es el único sentido del término. Ese sentido viene contaminado por la literatura religiosa cristiana de siglos atrás, si tenemos en cuenta que los vocablos se semantizan y desemantizan. Sí, ellos toman nuevos significados y se despojan de otros. En el contexto en que Pablo escribe conviene mejor buscar un diccionario etimológico griego que refiera a la época en que el apóstol escribió, para determinar lo que quiso decirnos.

    Cerca de once versículos existen en el Nuevo Testamento con el término apostasía tal como lo vemos, o bajo la forma verbal: apostatar. Por ejemplo, en el libro de los Hechos cuando el ángel le libera de las cadenas de prisión a Pedro, le ordena atarse las sandalias e ir a la casa donde lo esperaban. Inmediatamente después, el texto griego dice que el ángel apostató de Pedro. Es decir, el ángel se apartó del apóstol. Otros textos nos dan a entender que puede significar divorcio, despedida, separación, un sentido muy distinto del que vemos hoy día: apartarse de la fe, como si fuere una regla. La lengua griega usa preposiciones para anteponerlas a los verbos, de manera que cobren otro significado. APO significa hacia arriba, desde, sobre, encima, etc. El verbo ISTEMI significa ponerse de pie, levantarse, etc. De manera que la combinación de la preposición con el verbo bien puede referirse, cuando se sustantiva, a la levantada hacia arriba, la partida, la despedida de este mundo, la separación de este mundo, al divorcio de este mundo, etc. No es forzoso que tenga el sentido religioso que se ha incorporado después de que Pablo escribiera la carta, de acuerdo a las interpretaciones hechas por siglos.

    Pablo pudo resumirle a los hermanos que no se angustiaran por lo que le habían dicho con una carta fraudulenta, que el Señor ya había venido y los había dejado atrás. Pablo pudo aclararles precisando esos dos hechos, que la venida del Señor no ocurrirá sin que antes sucedan esos dos eventos: 1) la partida (apostasía en griego) y 2) la manifestación del hombre de pecado (la abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel). Aclaro que el hecho de apartarse de la fe ocurre como profecía de Pablo, pero dada en otra carta, cuando dijo que el Espíritu le decía claramente que en los postreros tiempos muchos apostatarán de la fe (1 Timoteo 4:1). Resulta por demás importante mirar el complemento determinativo (genitivo) que acompaña al verbo apostatar. Si el verbo apostatar significara por fuerza apartarse de la fe, el apóstol no habría colocado tal aposición en forma redundante. El ángel tampoco hubiera apostatado de Pedro en la prisión, no se habría hablado del divorcio entre las parejas matrimoniales si eso significara apartarse de la fe, etc. Incluso Pablo y Bernabé disputaban y se apartaron el uno del otro, cita bíblica en la que también se usa apostatar (pero ellos no se apostataron de la fe el uno al otro, sino se separaron uno del otro para evitar las disputas);

    6-Que después de mencionar la cadena de eventos terroríficos para los moradores de la tierra, Juan oyó las voces de gozo por la celebración de las Bodas del Cordero, el matrimonio de Cristo con su Iglesia. Eso sucede en el capítulo 19 versos 7 y 8 de Apocalipsis, poco antes de que el Señor, mencionado en el capítulo 19 versos 11 en adelante, monte su corcel blanco y sea visto como quien viene a combatir en la tierra con sus ejércitos celestiales, para apresar a la bestia y al falso profeta, Por lo cual, mal pudiera el Señor desposarse con su Iglesia si ésta se encontrase en la tierra. Y las bodas se celebran precisamente en el cielo, justamente antes de que él venga en su Segunda Venida.

    Los tesalónicos estuvieron preocupados por una falsa carta, donde se les decía que el Señor había venido y los había dejado. El apóstol los consuela y desmiente esa información, diciéndoles que dos eventos deben suceder antes de la venida del Señor: la apostasía y la manifestación del Anticristo. ¿Cómo puede Jesucristo casarse con su iglesia para después venir a la tierra a juzgar a la simiente de la serpiente si antes no se ha llevado a su iglesia para celebrar las bodas?
    Leer el texto nos da la orientación necesaria para entender lo que el texto mismo propone. Razón tenía el Señor cuando dijo: Examinen las Escrituras…Escudriñen las Escrituras, porque allí está la vida eterna, en ellas está descrita la verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NOTAS DE APOSTASÍA

    Si la oveja que sigue al buen pastor no se va jamás tras el extraño, en razón de que desconoce la voz de los extraños, ¿cómo puede un creyente apostatar de la fe? Jesús afirmó que nadie podía arrebatar a una de sus ovejas de sus manos, ni de las manos de su Padre; entonces, ¿será que la oveja se escapa por su cuenta? Esto les encanta a los de la expiación universal, acostumbrados a apostar por su propia firmeza, a mirar en sus buenas obras de perseverancia, muy a pesar de que no conozcan lo que significa la justicia de Dios. Para ellos, la justicia de Dios es simplemente pasar juicio contra los enemigos, pero ellos mismos se tienen en ocasiones como enemistados con Dios.

    Jesús es veraz, la palabra de Dios no miente; Dios no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. Si Él dijo algo, lo hará; si habló, ejecutará aquello que afirmó. Por lo tanto, la apostasía tiene que ver con los que profesan ser cristianos y no lo son; así lo afirmó el apóstol Juan: Salieron de nosotros pero no eran de nosotros. La cultura cristiana se ha extendido a lo largo de la tierra, por lo cual resulta lógico mirar las noticias de múltiples apóstatas en distintos sitios del planeta. Pertenecen a una ideología religiosa (cultura cristiana, en este caso), pero nunca han nacido de nuevo. El que ha sido regenerado por el Espíritu Santo no puede apostatar de la fe, por cuanto el Espíritu vive en él y lo guarda hasta la redención final.

    En resumen, estamos en las manos del Hijo, en las del Padre y custodiados y habitados por el Espíritu Santo. La oveja no desea apartarse del redil donde está el buen pastor; puede ser que el pecado aceche para sorprender al que no tiene cautela, pero de acuerdo a lo relatado en Romanos 7 sabemos que Jesucristo dará la victoria. Hay gente de la cultura cristiana que es asesinada por causa de su religión, pero eso no los hace mártires del Señor, simplemente han sido víctimas por partida doble: de sus asesinos y de sus maestros de mentiras.

    Jesús lo aseguró, diciéndonos que los fariseos recorrían la tierra en busca de un prosélito (alguien a quien convencían y lo convertían en discípulo de sus normas y creencias). Por más que aprendían la ley de Moisés y guardaban muchos de sus mandamientos eran hechos doblemente merecedores del infierno de fuego. ¿Por qué doblemente? Porque primero que nada estaban perdidos fuera de los mandatos de la ley de Moisés, pero en segundo lugar porque cuando conocían la ley de Moisés lo hacían a través de los falsos maestros que habían abandonado el espíritu de la ley y se aferraban a la letra. Si sus maestros eran unos apóstatas de la ley de Moisés, cuánto más sus discípulos debían de ser culpables por haber aprendido a honrar la mentira como doctrina.

    Pablo expuso claramente en su Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, el error de los que manifestaban un gran celo por el Dios de la Biblia, pero que no tenían conocimiento alguno acerca del significado de la justicia de Dios. Les dijo que estaban perdidos, no les doró la píldora como para que no se ofendieran y se retiraran de su influencia; simplemente les llamó ignorantes en forma abierta. Isaías nos lo advirtió mucho antes: Por el conocimiento del siervo justo (Jesucristo) éste justificará a muchos (Isaías 53:11). Jesús vino para convertirse en la justicia del Padre, en relación a todo su pueblo, al cual liberaría de sus pecados (Mateo 1:21). Ezequiel advierte contra los habladores de vanidad, los que engañan al pueblo y dicen paz cuando no la hay. Por lo tanto, Dios enviará destrucción para que desbaraten sus argumentos (Ezequiel 13:10-14).

    Todo aquel que busca la salvación como un fruto propio de sus obras lleva fruto de muerte (Romanos 7:5). Sin embargo, el que cree en Jesucristo -sin buscar añadir su propia justicia- tiene vida eterna, ya que por medio del Señor se anuncia el perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés nadie pudo ser justificado, pero a través de Jesucristo como justicia de Dios alcanzamos su misericordia y perdón. Aquellas personas del Antiguo Testamento que aguardaban la manifestación del Cordero de Dios anunciado, los que ofrecían sacrificio como un tipo de lo que vendría, adoraban con rectitud al Todopoderoso.

    No descansamos en nuestro propio poder, ya que no lo tenemos; sin embargo, lo que resulta imposible para los hombres es posible para Dios. Dios fue quien mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Para nosotros el evangelio no está escondido, ni Satanás pudo mantener sus tinieblas sobre nuestro entendimiento. La tierra sería una masa oscura si el sol no estuviera como su luminaria; de la misma manera, Dios ha hecho que en su pueblo alumbre el evangelio de Cristo, para que veamos la tenebrosidad del pecado, para que valoremos el tesoro de las palabras del Señor.

    Gracias a la luz del evangelio de Cristo podemos disipar las tinieblas de los que argumentan con falacias. Son estos los que se ufanan en decir que ellos constituyen la prueba de que se puede militar en una falsa doctrina y ser salvo al mismo tiempo. No logran discernir la frontera entre andar extraviado de la verdad y estar en la verdad; para ellos el tiempo que pasaron en la mentira debe computarse como tiempo invertido en la verdad. Están en una falacia de petición de principio, alegando que su conversión constituye la prueba de sus argumentos.

    Pero no se han convertido hacia la verdad sino que apenas han participado de un simulacro de la verdad. Sostienen que el tiempo perdido no lo fue del todo por cuanto supuestamente ahora han llegado a la verdad. El apóstol Pablo estimó como pérdida todo su tiempo alejado de Cristo, pero estos incrédulos de hoy aseguran que como ahora dicen creer el tiempo de su incredulidad debe tenerse como la prueba de que Dios ama al que esté en la incredulidad.

    Ese argumento tautológico desdice de su validez, pero los que se hechizan por lo rimbombante de sus palabras demuestran que son ciegos que siguen ciegos. Nadie podrá alegar estar en la verdad por el hecho de que Dios lo haya usado para beneficio de la verdad. Ejemplo tenemos en el Faraón de Egipto, quien estando en la mentira ha sido ampliamente usado por Dios para anunciar su nombre por toda la tierra. Lo mismo se puede decir de Judas, quien siendo hijo de perdición fue usado por Dios para cumplir a cabalidad su plan con el sacrificio de su Hijo. De esta forma el error doctrinal puede ser usado para la gloria de Dios, al condenarse el argumento erróneo, al resaltar por contraste la verdad, pero nunca se podrá exonerar de culpa a quien trabaja con la mentira o con el engaño doctrinal. El Anticristo será puesto por Dios, pero eso no implica que el creyente deba adorarlo o aupar su nombre.

    La Biblia dice que el pueblo de Dios lo será de buena voluntad en el día de su poder. Por lo tanto tenemos buena voluntad para la doctrina de Cristo, ya que fuimos alcanzados en el día del poder de Dios. Fue por el poder de Dios que llegamos a creer, cuando habiendo sido enseñados por Dios logramos aprender para ser enviados a Cristo (Juan 6:45). Nadie podrá alegar su propio error doctrinal para señalar que a pesar de vivir en la mentira del otro evangelio, del evangelio de maldición, ha llegado a ser salvo. Cuando Dios nos saca del falso evangelio no nos deja ir tras sus falsos maestros (Juan 10: 1-5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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