Este andar se refiere a los que andan conforme a su naturaleza de personas caídas, no regeneradas, teniendo por modelo a su padre Adán. En la descripción hecha en el capítulo 1 de Romanos, Pablo señala que la ira de Dios se manifiesta desde el cielo mismo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, los que detienen con injusticia la verdad (Romanos 1:18). Esa ira divina se valora en la ley divina, así como en la luz natural del espíritu humano mediante la conciencia. Ya la destrucción del mundo antiguo (el diluvio) habló del castigo celestial contra los pecadores y las leyendas de muchos pueblos antiguos así lo relatan.
Al no tener en cuenta a Dios, la humanidad comenzó a venerar a los ídolos, detrás de los cuales están los demonios. El ser humano se envileció y comenzó a divagar en su necio proceder, rindiéndole tributo a la criatura antes que al Creador. Como consecuencia, Dios también deshonró a esa humanidad dándola a pasiones vergonzosas (Romanos 1:24-28). Y es que la mente natural o carnal, la que vive en la carne o naturaleza humana, viene a ser hostil contra Dios; la sabiduría humana está en abierta enemistad contra Dios. Por esa razón la Escritura señala que pretendiendo ser sabios se hicieron necios.
La mente natural se forma nociones desviadas de lo que es Dios, no acepta la revelación divina, y si llega a regodearse con ella la transforma con sus privadas interpretaciones (herejías). Hay predicadores y pastores que llaman a sus feligreses para que se callen en cuanto a la predicación de la soberanía absoluta de Dios; ellos dicen que se puede creer en esa doctrina pero hay que mantenerla en silencio, para no molestar a los que no la creen. De esta manera se abusa de la gracia y la misericordia, envileciendo la doctrina del Señor.
En Juan 6 vemos claramente cómo Jesús enseñaba la soberanía absoluta del Padre, pero la multitud que lo seguía por mar y tierra, la misma que también había sido favorecida con el milagro de los panes y los peces, se dio a murmuraciones por las palabras escuchadas. Jesús sabía desde el principio quiénes creían y quiénes no, por lo que se volteó hacia ellos increpándoles sobre su ofensa. Les reiteró una vez más con estas palabras: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ese conector consecutivo (por eso) presupone que se hace un resumen de lo dicho anteriormente, dando a entender que la actitud de ellos era una consecuencia (por eso) por causa de la doctrina que Jesús predicaba.
La mente natural que poseían aquellos discípulos reseñados en Juan 6 era igual a la mente natural que no se sujeta a la ley de Dios. La Biblia ha sido enfática en decir que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios. Agrega que por causa del pecado no existe quien pueda entender las cosas del Espíritu de Dios, más bien todos se fueron tras sus propios caminos. Así que por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19). La condición humana es la de la esclavitud al pecado (Romanos 6:17-20), dando solamente un fruto para muerte (Romanos 6:21).
Esta realidad toca al ser, no solo a la conducta. En síntesis, como resumen de la naturaleza humana podemos afirmar que existen características negativas muy fuertes: esclavitud y muerte en el pecado, ceguera espiritual, hostilidad contra Dios, incapacidad moral para buscar y compartir con Dios. El camino final después de esta vida es el infierno de eterna condenación. Urge la presencia del Espíritu Santo para resucitar almas zombies que caminan hacia el lago de fuego, pero para eso solo Dios es necesario. Si Dios no ordena la vida, ¿de dónde podrá venir? El nuevo nacimiento lo da el Espíritu, para que nadie se jacte en la presencia de Dios como si hubiera podido nacer por cuenta propia. De esta forma: la salvación pertenece a Jehová, somos salvos por Cristo exclusivamente, por la regeneración del Espíritu. Todo el paquete de la salvación proviene como un regalo de Dios (Efesios 2:8).
Pablo afirma que somos deudores ante Dios, pero nunca ante la carne. De esa manera los creyentes no pueden vivir conforme a la carne; advierte el apóstol que si vivimos conforme a la carne moriremos, pero si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, viviremos. Parece ser que tenemos una responsabilidad muy grande por haber creído: no podemos vivir según la carne. El creyente no puede practicar el pecado pues cuando peca el Espíritu se contrista dentro de él. Es decir, ese Espíritu que nos fue dado como arras de nuestra redención final sufre contristamiento en nosotros por causa de la desobediencia a la ley de Dios.
Al mismo tiempo, Pablo nos alienta a realizar una tarea conjunta con el Espíritu de Dios, para no dejarnos de brazos cruzados como si la pereza espiritual nos gobernara. Hemos de matar las obras de la carne en nosotros. Esta tarea tiene que lograrse por medio de muchos trabajos individuales, cada quien sabe por lo que debe orar, conoce lo que debe realizar. De esta forma el sendero al reino de los cielos se transita con mucha conciencia de lo que nos ha sucedido, del milagro de la redención donde nada podíamos hacer en nuestra vida de muerte. Ahora que estamos vivos, no se nos dice que no hagamos nada sino que, al contrario, nos pongamos a hacer morir eso terrenal que todavía hay en nosotros.
El Capítulo 7 de Romanos nos presenta la crisis advertida por Pablo, cuando reconoce que existe una ley en sus miembros que lo llevaba a la cautividad del pecado (Romanos 7:23). Pablo agradece a Dios por Jesucristo quien lo librará finalmente de ese cuerpo de muerte. Sepamos que somos deudores ante Dios, para que procuremos hacer morir esas obras de la carne para que podamos tener vida. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. (Romanos 7:17-18).
La contaminación por el pecado es asunto serio en la naturaleza humana, aún creyendo y viviendo con el Espíritu de Dios sigue ese mal olor de la transgresión. Eso nos lo narra Pablo, para que sintamos que debemos luchar hasta el final sin rendirnos, con la garantía de la redención final pero con la marca de esa ley que está en nuestros miembros, hasta el día en que Jesucristo nos libre por completo del cuerpo mortal del pecado. Pablo se sintió miserable por no hacer lo bueno que deseaba hacer y por hacer lo malo que no quería hacer. Él tenía al Espíritu Santo que lo guiaba y todavía sentía eso que nos describió. Algunos piensan que el apóstol hablaba como Saulo pero se equivocan, ya que Saulo jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía persiguiendo a la iglesia. Ese Saulo que fue el apóstol era un hombre ciego, con incapacidad moral para agradar a Dios, para seguirlo y vivía según la carne. Tuvo que ser derribado de su caballo (el orgullo humano) por Jesucristo para que naciera de nuevo y se transformara en Pablo el apóstol. Resultaba más que evidente que Saulo no tenía capacidad para dar el primer paso para la salvación, así que Dios se le manifestó con su gracia y lo hizo nacer de nuevo. Escribimos estas cosas del Evangelio para que nos demos cuenta del tamaño de la ofensa nacida en el Edén, sus consecuencias eternas y nefastas para el alma humana. La fe viene por el oír la palabra de Dios.
César Paredes