El lugar de la crucifixión ha sido llamado el del Calvario, el de la Calavera, que en griego es el Gólgota, el sitio de la calavera. Estos elementos del nombre donde fue crucificado el Señor son por demás ignominiosos y pasan a sumarse a sus sufrimientos. Sin embargo, cuando el Señor triunfa en la pasión y la resurrección su victoria alude a la simbología del sitio donde fue sacrificado, al sitio de la muerte. Triunfó sobre la ignominia misma, sobre la calavera como símbolo de la muerte.
Jesús fue crucificado con un ladrón a su derecha y otro a su izquierda, para significar con ello que él parecía como uno de los dos compañeros de muerte. Se cumplía la profecía de Isaías, que sería nombrado con los transgresores. La barbarie romana en el sacrificio del madero, dejado especialmente para las ejecuciones a criminales, es un crimen en sí mismo. Esa salvajada constituyó una simple manifestación de la naturaleza humana. Lo hicieron no porque eran romanos, pues podrían haber sido de cualquier nacionalidad, sino porque estuvieron inspirados en su propia naturaleza, la naturaleza del hombre, aquello que queda dentro de nosotros como símbolo de la muerte en el pecado. La naturaleza humana está fenecida en delitos y pecados y desde esa muerte actúa, como se ha demostrado por el salvajismo de las guerras y la crueldad de los imperios. No hay un imperio honesto, sano, amigable, sino el inspirado en la rapiña, en la esclavitud para el vencido, como una patente del vencedor.
Cuando recordamos una de las pruebas hechas por Satanás a Jesús, especialmente cuando le pidió adoración a cambio de los reinos de la tierra, entendemos por medio de las respuestas de Jesús que esos reinos le pertenecen al príncipe de este mundo. El rey de Babilonia, el príncipe de Persia, y muchos otros nombres que aluden al control de Lucifer sobre el gobierno del mundo, nos recuerda que el ofrecimiento a Jesús no le fue objetado. Le fue objetado solamente la petición de adoración. Con esto quiero estimar que tanto Roma, como todos los reinos anteriores, los que le siguen hasta nuestros días y los que falten hasta la consumación de la venida de Cristo, son controlados por la mano de Lucifer. De manera que no puede haber un imperio bueno, honesto, pacificador, pues la naturaleza humana, envuelta en delitos y pecados, no deja ver la piedad en el actuar del hombre en la tierra. Los príncipes del mundo son marionetas de Satanás. Eso no quiere decir que el Dios soberano no tenga el control total de todos ellos, simplemente que ordena esa naturaleza humana para completar sus propósitos eternos.
Las personas en torno al sacrificio de Jesús en el Gólgota estaban en su mayoría disfrutando de un espectáculo. Parte de ese escándalo consistió en recordarle a Jesús que como Hijo de Dios había salvado a muchos, pero que no se podía salvar a sí mismo. Eran proposiciones irónicas, pues si realmente le hubieran reconocido como Hijo de Dios no habrían hecho esa burla con esas frases.
Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos o más personas el mismo día, pero la crucifixión y la justicia allí eran romanas, y quizás por la comodidad de no repetir más ejecuciones, o por hacer más ejemplar la pena, los romanos permitieron que esto sucediera. Sin embargo, no era otra cosa sino el cumplimiento de la profecía: fue contado con los malhechores.
Agustín de Hipona dijo una vez referente a este hecho de la crucifixión que la misma cruz fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda.
El ladrón que en principio le injurió, pero que después tomó conciencia y cual hijo pródigo emprendió su camino de regreso a casa, recriminó a su colega, el malhechor que continuaba con sus sarcasmos y no respetaba el sufrimiento de un hombre inocente. Ese ladrón reconoce a Cristo como el Señor, el que vendrá como Rey de reyes, por lo cual le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino.
Hay un texto en el Nuevo Testamento que hace alusión a una mujer con dos hijos, los cuales servían a Jesús. Esta mujer se adelantó a otras madres y le dijo al Maestro que cuando él instalara su reino colocara a cada uno de sus hijos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda. Esta mujer mostró parte de nuestra naturaleza contaminada. No era consciente todavía de la naturaleza del reino de Dios, de la naturaleza de la gracia divina que ha alcanzado a los elegidos para salvación. Ella pedía algo muy especial, pero que delataba la bajeza de nuestras pretensiones: hacía una solicitación para conseguir algo que deseaba su alma ambiciosa, se imaginaba que tenía algún derecho bien o mal fundado sobre el servicio que sus dos hijos habían prestado al Maestro. Tenía una ambición desmedida al suponer que si llegaba primero que otros, y proponía al Maestro su petición, tendría el derecho por ser la primera en hacerlo. A veces escuchamos a personas que argumentan que han servido al Señor muchos años y que ellos merecen tener ciertos privilegios particulares, fundamentados en el argumento de la cantidad del tiempo de servicio prestado.
Pero el ladrón en la cruz, ante la inminencia de la muerte, ante la realidad de su castigo eterno merecido por sus muchos males cometidos, se aferró apenas a una esperanza en el Dios que da la vida y el perdón. Con mucha humildad logró decirle al Señor que se acordara de él cuando viniera en su reino. Solamente pedía eso: que se acordara que él había sido crucificado por sus culpas merecidas, que él le había reconocido como al Señor, que había entendido que la inocencia de Jesús no merecía semejante castigo. No entendió mucho más, no tuvo mucho tiempo para teologizar el evento que estaba viviendo, ni tiempo para bautizarse o tomar la cena del Señor, pero en su más recóndita humildad pidió solamente un acto de misericordia, no un derecho. Pidió que el Señor se acordara de él cuando viniera en su reino.
Esa petición de misericordia bajo el estatus de humildad fue suficiente para conseguir una respuesta de gloria. El Señor le dijo inmediatamente que hoy estaría en el Paraíso. Esa petición en la más profunda humildad consiguió arrebatarle al Señor demasiadas cosas. Fue el último ´robo` del ladrón, solo que esta vez arrebataba tesoros escondidos en los cielos. Logró la promesa de parte del Fiel y Verdadero, de que estaría desde ese mismo día en el Paraíso, no en el Hades donde están los condenados, donde está el rico de la parábola relatada por Jesús; logró arrebatarle a Jesús en el último momento de la existencia del Maestro en la tierra como cordero pascual una visión teológica del destino de las almas. Ya el Señor lo había enseñado en la parábola del rico y Lázaro, pero en este momento frente a la muerte lo confirmaba, y le prometió que su alma estaría separada de aquellas almas condenadas, en el Paraíso, el lugar de los bendecidos. Esta manifestación teológica, patentizada en medio del dolor del sacrificio del martirio del madero, confirma a todos los creyentes que cuando mueran tendrán igualmente, cual el ladrón de la cruz, un espacio, una morada el el Paraíso con Jesús.
Apocalipsis 2:7 nos ofrece una esperanza similar: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Si nuestro precursor Adán allí tuvo su primera morada, en el segundo Adán (Cristo) hemos sido restaurados a la residencia celestial, con Cristo en medio nuestro. Por eso el Señor oró en el Getsemaní, la oración previa al sacrificio y a su arresto, para pedir al Padre que aquellos que le había dado, estén con él, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Además, en esa oración Jesús mismo definió la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17). También Pablo confirma nuestra presencia en ese Paraíso cuando expresa que para él el vivir es Cristo pero el morir es ganancia. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23).
Lo curioso de este acto de humildad del ladrón ante Cristo es que el Señor no miró la hoja de vida del enjuiciado, no le recordó sus miserias, sino que lo redimió y a través de lo que le dijo nos informó a nosotros, mucho antes de que el apóstol Pablo lo dijera, que la muerte en Cristo nos llevaría inmediatamente al Paraíso. El apóstol Pablo no dijo estar en un sueño o sumergido en la inconsciencia, a la espera del día de la resurrección. Dijo que tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que estar en esta carne.
¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Esas palabras recriminaban al ladrón que continuaba con sus injurias y sarcasmos. Barnes (Comentarios de la Biblia) afirma que esta ´misma condenación` se refiere a la muerte similar que los tres estaban padeciendo. No se refiere en ningún momento a la muerte por la misma causa o razón, sino al mismo ´tipo´ de muerte física. Sabemos que la muerte de Jesús fue muerte de sacrificio por nuestras culpas, pero la muerte de los dos ladrones era una muerte por sus culpas, y bajo la ley romana era una muerte merecida.
Si bajo la ley romana la crucifixión era el pago a los que habían quitado la vida a otros, a los que habían sido asaltantes, violadores y rebeldes, bajo la ley divina el castigo eterno sería una suposición lógica y teológica. No obstante, Jesucristo nos muestra con su ejemplo del perdón al ladrón arrepentido, además de su oración magistral Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, que el criterio de justicia ha sido invertido. Los romanos con su lógica jurídica buscaban reivindicación con el martirio; Jesucristo, el mártir inocente, buscaba el perdón para sus asesinos. Era su opuesto y ejemplificó una conducta. El perdón a los enemigos vino a constituir una nueva norma del hacer, ya antes anunciada en el Sermón del Monte. Hubiese sido más fácil y lógico suplicar al Padre por justicia reivindicativa, pero quizo Jesús rogar por el perdón de esa gente engañada que le martirizaba. Quizás la conducta que mostraba Jesús en medio de los actos de burla, de dolor, de pena máxima, sedujo al ladrón al arrepentimiento. Lo sedujo como al profeta Jeremías: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste… (Jeremías 20:7).
De manera que Jesús en medio de dos ladrones nos enseña la tarea del perdón para con nuestros enemigos. En vez de dar maldiciones cuando somos sorprendidos por el maltrato que se nos hace, por las injusticias que se nos comete, la palabra de bendición debe alinearse en nuestra boca para ser proferida hacia todos aquellos que nos causan males. Esa fue para Jesucristo su terapia en medio del dolor, dejar rebosar de amor su alma y no dejar acercar al odio que predispone más hacia el dolor. Es revelador que de las llamadas siete palabras, o siete expresiones, manifestadas por Jesús en el madero del monte de la Calavera, la primera de ellas fue la del perdón. Ella constituye por sí misma el propósito fundamental de su muerte: la compra bajo el precio de sangre del perdón del Padre para con la humanidad. Nuestro perdón fue comprado y Jesús al hablar con el Padre nos recuerda, con esa plegaria al iniciar su plática en la cruz, que su muerte es vicaria, sustitutiva, que él es el Cordero de la pascua; nos anuncia que su obra empieza a consumarse con ese sacrificio, pero nos predica la misma esperanza que le fue mostrada al ladrón que estaba a su lado. No importan los tipos de delitos cometidos; no importa si fuimos incluso los asesinos de Jesús (ese sería el delito máximo); no importa si la justicia humana nos ha condenado y nos ha convencido de que debemos padecer por nuestras culpas (como había convencido la justicia romana al malhechor que estaba a su lado); lo único que importa es el anuncio del perdón por la autoridad para el perdón. Jesucristo, el Cordero de la pascua anunciada, ha hablado su primera palabra, la cual sería el encabezamiento de su discurso en el programa establecido desde los siglos para su sacrificio.
Es como si con ese breve enunciado se pudiera ayudar a nuestra memoria olvidadiza, para advertirnos que el objetivo de su muerte era comprar nuestro perdón al Padre. Por eso Jesucristo encabeza sus palabras con esa petición y con ese argumento: Padre perdónalos –es su petición; luego el argumento: porque no saben lo que hacen. Porque tienen un velo en la mente, en el espíritu y no entienden lo que hacen, pues si hubieran entendido no lo habrían sometido a ese dolor. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).
Pero el razonamiento del ladrón que no alcanzó el perdón lo llevó a su propia perdición. Si tú eres el Cristo fue su plegaria, una proposición condicional cargada de razonamiento lógico, pero que implicaba duda acerca de la autoridad de Jesús. Si tú eres el Cristo como tú mismo has dicho, como muchos han dicho de ti, entonces paso a proponerte el mejor negocio para ambos. Primero que nada (y aquí viene la persuasión lógica de esa proposición) sálvate a ti mismo. Ese fue el mejor razonamiento que pudo tener en el momento de la muerte; con ese razonamiento de seguro se había conducido en toda su vida. Si otros tienen tanto, yo les puedo quitar un poco. Si a otros se les hace fácil la vida, yo se las voy a complicar un poco. Yo soy el razonador, yo soy el vindicador. Por eso se le hizo fácil pensar de esa manera en ese momento de angustia y tránsito hacia el más allá. Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo.
Es lógico suponer que una vez que Jesús estuviera a salvo podría agradecerle por sus palabras cargadas de lógica y le recompensaría salvándole a él. Como si Jesucristo no lo supiera, y no se acordara de que él era el Cristo; como si una sola palabra suya no hubiese bastado para que el Padre hubiere enviado a doce legiones de ángeles para favorecerle. Pareciera que ese ladrón razonador pretendió darle explicaciones a Jesús de cómo tenía que gobernar el mundo. Nos recuerda nuestros ocultos pensamientos y los pensamientos nada ocultos de los que piensan igual que el malhechor no perdonado: Si Dios es amor ¿por qué permite tanto dolor en el mundo? Si Dios es justo ¿por qué tanta maldad por doquier? Siempre el si condicional, nunca el sí afirmativo. Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y luego sálvanos a nosotros. Esta terrible proposición lógica encierra la peor crítica al evento sacrificial de Jesús. Presupone que un Dios todopoderoso, el Mesías esperado, debe ser capaz de evitarse a sí mismo semejante dolor; presupone que en consecuencia la liberación debe ser no solamente para el ladrón razonador sino para todos por igual, pues habla en nombre de nosotros. Sálvanos a nosotros. Sin embargo, el ladrón que se humilló habló por él mismo, no colectivizó, por lo cual dijo acuérdate de mí. Por eso Jesús le respondió a este ladrón que hoy estaría con él en el Paraíso, pero al que siguió injuriándole no le respondió nada.
César Paredes
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