Algunos teólogos se enredan en el pajonal de saberes humanos, en el intento de defender a Dios de lo que sus propias mentes lo acusan. Al tratar de poseer control de aquello que golpea sus almas, trabajan para que el texto bíblico diga lo que por ningún lado insinúa. En Romanos 9 leemos que Dios endureció el corazón del Faraón desde un principio, asunto que le fue dicho a Moisés desde el momento en que se le encomendó la tarea ya conocida. Leemos por igual que Esaú fue odiado aún antes de ser concebido, antes de que hiciese lo bueno o lo malo.
El texto bíblico no se presta para que se lea de otra forma, como han tratado algunos renombrados pastores y doctores de la teología. Cuando leemos el sermón titulado Jacob y Esaú, de Spurgeon, nos damos cuenta de la sutil argucia del orador para tratar el tema. Dice que ante la interrogante de por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad, deberíamos plantear dos preguntas. La primera gira en torno a la misericordia que tuvo el Todopoderoso sobre Jacob (acá no deja duda de que fue un acto soberano de piedad). La segunda trata sobre el caso de Esaú, quien demostró con su estilo de vida que merecía la reprobación.
Al parecer Spurgeon intenta excusar a Dios por su odio anticipado sobre este descendiente de Abraham. Intenta demostrar que Dios lo rechazó porque vendió su primogenitura, pese a que el texto bíblico haya anunciado que ese repudio ocurrió mucho antes de que hiciera bien o mal o de que fuera concebido. Este doble rasero para explicar la relación divina con Jacob y Esaú pone en duda la comprensión del texto con el que trata de hacer malabares argumentativos.
La Biblia nos describe la responsabilidad que el ser humano le debe a su Creador, independientemente de su habilidad. Precisamente, el hecho de que Dios sea soberano absoluto hace que la criatura sea ínfima en poder y voluntad para saciar la demanda exigida. Esa es la razón del argumento de Pablo en su carta, a través de un objetor retórico que levanta para que diga: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? El objetor da por demostrado que para que una persona sea responsable debe poseer plena libertad de antemano.
Concebir el tratamiento bíblico como obligado a las costumbres del derecho humano resulta falaz. Una cosa son los principios generales del Derecho, los presupuestos y normas con que la humanidad trabaja, pero otro asunto resulta el carácter soberano de Dios. Precisamente, hemos de entender lo que significa ser Dios. De entrada diremos que el Ser Supremo rechaza la argumentación sofística del objetor levantado por Pablo, ya que la respuesta del Espíritu se introduce con la expresión: En ninguna manera. Es decir, Dios no se muestra injusto sino soberano (Romanos 9:17-24).
Tal vez el hombre quiere ser Dios, como lo quiso ser Lucifer, en tanto su deseo oculto lo hace utilizar el argumento contra el Creador de todo cuanto existe y lo acusa de injusticia. Si yo fuera Dios no sería como Él, sería mejor todavía.
En ese punto Dios responde a la objeción situando al acusador en su justo sitio: ¿Quién eres tú para altercar con el Todopoderoso? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero. Acá se muestra quién es la criatura humana y quién es su Hacedor. Jesús había hecho abundantes señales delante de los judíos de entonces, pero ellos no creían en él. La razón de su incredulidad se basaba en el mismo hecho que le ocurrió a Esaú, para honrar el justo juicio divino contra el pecado. Dice el evangelio que no creían para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que había sido dicha: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? (Juan 12:38).
El texto continúa y agrega que por esa razón (lo dicho por Isaías) ellos no podían creer, por lo que también antes había declarado ese profeta: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane (Juan 12:40). Lo que acá decimos se refuerza con el hecho de que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (cuando el Cordero de Dios fue ordenado para manifestarse en el tiempo apostólico: Efesios 1:4-5 y 11; 1 Pedro 1:20). De igual forma se lee en el Apocalipsis que aquellos moradores de la tierra que no tienen sus nombres escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoraron y sirvieron a la bestia (Apocalipsis 13:8 y 17:8).
En realidad la Biblia nos muestra cómo Dios ha causado en el ser humano el pecado, lo cual podemos ver en la descripción hecha sobre el caso del Faraón de Egipto, o sobre el rey de Asiria, el báculo del furor de Jehová. ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10: 15). Vemos que el rey de Asiria no hizo que Dios le ordenara hacer lo que hizo, sino que el que mueve el hacha es Dios mismo; así que el rey de Asiria, el Faraón de Egipto y todas las personas de la tierra son movidas por Dios para que hagan lo que hacen.
Por esta razón se levanta la objeción, ya que no podría haber responsabilidad sin libertad. Sin embargo, en los predios del Dios soberano las cosas no son conforme al Derecho de los hombres.
Somos llamados a hacer justicia entre nosotros pero nunca a objetar lo que Dios hace con su obra. Desmenuzar bajo los pies a todos los encarcelados de la tierra, torcer el derecho del hombre delante de la presencia del Altísimo, trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba. (Lamentaciones 3: 34-36). La gente se queja por lo que sucede, pero Jeremías nos incita a mirar más allá de las aflicciones para ver quién es el que mueve todo cuanto nos acontece: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39).
La Biblia nos muestra de continuo que Jehová es soberano y gobierna en los corazones de los hombres. Jehová llamó a Ciro su siervo, pero dijo igualmente que él no lo conocía (Isaías 45: 1-10). Le dijo a Satanás que considerara a su siervo Job (Job 1:8). Si alguno quisiera conocer más de este Dios soberano, le vendría de maravilla escudriñar las palabras escritas en el Capítulo 45 del libro de Isaías. Acá se describe la soberanía de Dios al usar al rey pagano Ciro para liberar a Israel del exilio babilónico. Se muestra a Jehová como el único Creador y Señor, cuyo poder se extiende sobre todas las naciones. Advierte contra la idolatría y su vanidad, lo abundantemente necio que resulta el honrar a figuras que el hombre se hace acerca de lo que debería ser Dios.
Finalmente, escuchemos a otro profeta bíblico cuya enseñanza calza con lo acá descrito: ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).
César Paredes