Categoría: DISCIPLINA

  • BALANZA INCLINADA

    En ciertas ocasiones, al exponer la teología de la soberanía de Dios, inclinamos la balanza hacia lo que la Divinidad puede hacer, pero descuidamos el deber ser del creyente. Mucho énfasis en un lado puede desviarnos del equilibrio sostenible entre la soberanía y la responsabilidad humana. Se nos envía a predicar el evangelio a toda criatura, para decirle que se arrepienta y crea en el verdadero Dios. Nunca se nos ha dado una lista de personas de las que sepamos que sus nombres están escritos en el libro de la vida. La actitud nuestra ha de ser siempre la de alguien que anuncia algo que ha encontrado o que le ha sido dado, la gracia que nos alcanza por medio de la palabra revelada.

    Echar el cuento de lo que nos sucedió para ver si el otro que nos oye se motiva a la curiosidad. No hemos de aterrarnos por que se nos conciba como locos, como si fuésemos los más estultos de una clase, como a veces nos señalan por el solo hecho de anunciar a Cristo como el único camino hacia el Padre. A Pablo le dijeron que las muchas letras lo habían vuelto casi loco, si bien en otra oportunidad el apóstol se excusaba para que le permitieran un poco de locura. Hemos de tener en cuenta la presencia de dos sistemas antagónicos, el mundo y el Creador. El sistema mundo ama lo suyo pero odia a Cristo y a su descendencia, por cuanto no pertenecemos a ese entramado de conjeturas y suposiciones que ama el indagar antes que aprehender la verdad propuesta.

    La marca de la bestia es antes que nada un marcaje del sistema mundo; se da progresivamente y por seducción a las almas inconstantes. También la obtiene quien voluntariamente acepta con simpatía el atractivo hacia lo que contradiga al Dios de las Escrituras. Por supuesto que habrá de ser una señal como lo expresa el Apocalipsis, pero antes de que llegue ese momento podemos ver el desfile de las almas en las pasarelas del sistema del príncipe de este mundo. Nos toca como creyentes seguir anunciando a toda criatura, ya que ese ha sido el camino señalado para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor.

    La forma en que Dios atrae a su pueblo se describe en la Biblia con metáforas; una de ellas está en Oseas 11:4, y dice: Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. Esta expresión poética describe que Dios con amor y ternura se dirige a su pueblo, seduciéndolo con cuidados en este mundo hostil. Isaías asegura que hemos de buscar a Dios mientras puede ser hallado, que lo llamemos en tanto que está cercano. Jeremías nos advierte a no lamentarnos en nuestro camino sino solamente por el pecado que cometemos.

    Así que ese Dios soberano hace cuanto quiere y nada acontece sin que Él lo haya enviado (sea lo bueno o lo malo), por cuya razón debemos agradecer y aprovechar la ocasión en que notemos su reposo. Es mejor buscarlo en su misericordia que en medio de su ira, he allí el consejo de los profetas antiguos. La Biblia nos enseña que Adán y Eva cayeron de su estado original de inocencia hacia un estatus de muerte y depravación. De esta forma la culpa de Adán ha sido transmitida en forma federal, hacia toda su posteridad.

    Tuvo que venir Cristo como segundo Adán, para que en él todos vivan. Si bien en el primer Adán todos mueren, en Cristo todos los que son su pueblo habrán de vivir por siempre. Recordemos que Cristo es la cabeza de la iglesia, de manera que vino a morir por todos los pecados de su pueblo para que su pueblo pueda vivir eternamente (Mateo 1:21). La iglesia apóstata enseña que los creyentes no pueden estar seguros de su salvación, a menos de que se les haya dado certeza por especial revelación. En Hebreos 11:1 se nos declara lo que es la fe, así que conformémonos con esa definición inspirada por el Espíritu Santo.

    Estamos convencidos, como creyentes, de que nuestros pecados fueron perdonados bajo el sacrificio de Jesucristo, quien pagó por todos los errores de todo su pueblo. Las Escrituras son muy claras al respecto, al haberse enunciado en el evangelio de Juan que Jesús no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Si Jesús no rogó por el mundo, se entiende que Jesús no vino a salvar a ese mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión; en cambio, agradeció por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros creyentes (Juan 17:20).

    El que deposita su confianza en sus propias obras tiene la incertidumbre que acompaña a la salvación por méritos propios. La seguridad proviene del sacrificio de Cristo quien fue considerado como la justicia de Dios. De esa manera fue llamado también nuestra pascua, teniendo en cuenta por contraste que él no fue el descanso de Judas Iscariote. Más bien lo había escogido como un diablo, como el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Si la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, conviene esperar en el Salvador de todo su pueblo.

    Si Jehová no nos hubiera escogido como remanente, seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Donde no hay seguridad no hay fe, si no existe fe no hay seguridad. Recordemos que la fe es un regalo de Dios, que no es de todos la fe y que sin ella es imposible agradarlo a Él. Dios nos salvó y nos llamó a una vida de santidad. Esto lo hizo no porque viera en nosotros potencialidad o cualidades particulares de provecho; simplemente estuvimos muertos, lo mismo que los demás, pero obviando nuestras obras la única obra prevista en nuestro llamamiento fue la del Señor Jesús en la cruz del Calvario. La elección nunca se fundamentó en nuestras acciones, sino en la gracia divina que nos fue dada en Cristo Jesús desde antes del inicio de los tiempos.

    Examinando el sentido de esa gracia, su tamaño, su imposibilidad de conseguirla por insistencia nuestra, deberíamos volcarnos hacia esa separación del mundo que tanto bien nos hace. Como dice el salmista: Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque Él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmos 95: 6-8).

    Imponga Dios en nosotros la renuncia a lo oculto y vergonzoso, para no andar con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino caminando por la manifestación de la verdad. El amor por la verdad revelada en las Escrituras debe ser nuestro norte, si es que tenemos el evangelio de verdad. En algunos (y de seguro muchos) ese evangelio está encubierto porque el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4).

    Más allá del acto religioso que supone una manifestación pública del cambio que se opera en nuestro ser al conocer al Señor, Dios ha hecho que de nuestras tinieblas salga la luz que brille en nuestros corazones, dándonos el brillo del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. Esto es un tesoro guardado en vasos de barro, para que se demuestre una vez más la excelencia del poder de Dios, no vaya a ser que alguien se crea como vasija especial hecha con materiales especiales.

    Son notorios los cambios del pecador cuando Dios lo salva, se dan como frutos inevitables de la regeneración o nuevo nacimiento. Dios le entrega al pecador el don de la fe, de tal forma que aunque creyera en un falso dios y en un falso evangelio, ahora pasa a creer en el verdadero Cristo y en su evangelio de verdad. En esa conversión se recibe el conocimiento específico de lo que es la santidad, la gracia y la justicia de Cristo, así como la misericordia que obtenemos gracias a la persona y obra del Señor. Nuestra salvación se ha operado bajo la condición exclusiva del trabajo de Jesucristo, de manera que ya no creemos más en el falso evangelio condicionado en nuestras obras. No se trata de que Dios haya hecho su parte y ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra, sino de que todo es de Él.

    En esa comprensión encontramos seguridad, la demostración de nuestra fe en virtud de la justicia divina que es Cristo mismo. Jesucristo pasa a ser nuestra pascua, por lo cual estamos seguros de que Dios pasó por alto nuestras faltas, todas ellas castigadas en el Hijo que se entregara en lugar de nosotros, para recibir la ira por nuestro pecado. Esto no es difícil de entender, pero sí que es imposible de aceptar si seguimos en la vieja naturaleza. Muchos predicadores todavía andan desviados de la fe, anunciando que si no hacemos esto o aquello no seremos salvos.

    El cambio de conducta viene como consecuencia de la comprensión del evangelio recibido, no como un hábito religioso que genera culpa, complejos y nerviosismos. Dios ha perdonado todos nuestros pecados en Jesucristo, sin que pudiéramos siquiera limpiarnos por cuenta propia del menor de ellos. Esa es la gracia de Dios, inconmensurable regalo del Creador, quien ha tenido misericordia de quien ha querido tenerla.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CASTIGO Y CONFIANZA

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, asegura Hebreos 10:31. Como alguien arrestado por la justicia, como cualquier criminal conducido hacia el patíbulo, bajo la sentencia de condenación, la ira divina viene a ser asunto de terror, donde la misericordia ha escapado huyendo a lo lejos de las manos del Todopoderoso. Sí, caer en las manos del Dios vivo se tiene por horrendo, ya que no existe paz para el impío. La desnudez del pecado muestra la carga de la justicia en contra del que falla ante la ley de Dios.

    El que niega la deidad del Hijo y su eterna relación con el Padre, tiene por inútil su oficio. La sangre del pacto de gracia ha de ser tenida como pura, con respeto absoluto. Sin embargo, hay quienes la pisotean menospreciando la paciencia del Señor, teniendo como fábula el evangelio de Cristo. Recordemos que la venganza pertenece al Señor, como respuesta a las pasiones humanas. Menos mal que Dios juzga a su pueblo, para no dejarlo por fuera de su gracia eterna e infalible.

    Si Dios predestinó desde la eternidad a quienes habría de amar con amor eterno, lógico es que le pertenezca la venganza y dé el pago al que pisotee su sangre. Creemos firmemente lo que dijo Jesucristo respecto a sus ovejas, que no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Entonces, ¿qué es un apóstata? Es simplemente alguien que profesa ser creyente pero que no ha sido redimido. Solamente es un no escogido para salvación que puede apostatar, como también fue escrito que el diablo intentará engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos.

    No existe impedimento para la advertencia contra la apostasía, como tampoco un buen padre de familia debe impedir la admonición a su pequeño al cruzar una calle plagada de automóviles. Lo sostiene de la mano pero le dice que no se suelte; lo conduce certeramente pero le indica que siga con prudencia. El padre no piensa jamás soltar la mano del pequeño hijo pero eso no le imposibilita para la advertencia. La Escritura hace lo mismo con nosotros, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero.

    Fuimos iluminados por el Espíritu para ver nuestra impureza, hemos sido tocados por el Todopoderoso para comprender nuestra impotencia. Hemos escuchado de la justicia del Hijo para comprobar nuestra injusticia natural. Tenemos al alcance la manera de luchar en este mundo hostil, la oración y la palabra divina. Si oramos de manera constante tendremos una recompensa grandiosa, habiéndosenos dicho que seremos galardonados al rogar al Padre. Hemos de creer que Dios está allí en el sitio de nuestra oración, que nos oye y por lo tanto nos recompensa.

    Esa respuesta está conectada con la salvación eterna. La gracia divina garantiza la recompensa, como si la plegaria en sí misma no bastase con ser gratificante de manera suficiente. Se nos da más y más como añadido al hecho de orar, de conversar con nuestro Padre. El que ha sido llamado por su gracia ha sido conformado a la imagen de su Hijo. Entonces, ¿para qué pecar si el pecado solo trae degradación? ¿Por qué celebrar el pecado? Nada menos inteligente para un hijo de Dios que recrearse en la maldad.

    Si pensamos en la grandeza divina, en el socorro oportuno que recibimos de la mano de quien nos amó con amor eterno, entenderemos que se nos prolongará la misericordia del Señor. Tal vez habremos de sufrir algunas aflicciones que provienen de la mano de Dios, ya que como a hijos se nos trata y por lo tanto recibimos castigo y azote como parte del amor de Dios. No solo hemos recibido una promesa de vida eterna, sino la vida misma como un reflejo de la eternidad que nos aguarda.

    El Señor se manifestará y vendrá a esta tierra para traer juicio y quebranto contra los que la destruyen. Él dijo que vendría otra vez, nos habló de señales del fin. Vivimos en una época en que las señales parecen sobrar, la repetición de los signos anunciados nos alertan de la prontitud de su venida. El mundo se ríe de nosotros, nos habla de la tardanza del Señor. Cuando decae el consumo de su palabra aumenta la influencia del mundo en nosotros. En la medida en que consumimos más de la presencia del Señor, el mundo se achica y se muestra vencido.

    Al esperar la venida del Señor se demuestra la paciencia de los santos. El mundo anuncia conspiraciones, pandemias, controles sociales, avisa de una cárcel global donde se honrará al autómata. Una marca en la mano o en la frente, un número que signará a los adquiridos por Satanás. Los que se saben hijos del maligno hacen esfuerzos por desencadenar males sin número, en especial contra los que reconocen como hijos del Altísimo. Este es su mundo, se dicen a sí mismos, por lo tanto nosotros sobramos en su espacio. En alguna medida eso es cierto, ya que la Escritura ha dicho que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros pertenecemos al Señor. La iglesia no pertenece al mundo, a menos que se entregue como espectáculo de vergüenza. En dado caso, eso no podría llamarse iglesia de Cristo.

    Nosotros nos preguntamos con frecuencia: ¿A quién iremos? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna.

    Iremos al Señor y cuando partamos de este mundo estaremos en el cielo, el que según la Biblia se describe más como un lugar espiritual. Es considerado el sitio donde reside Dios y se asocia con la vida eterna y la comunión con Él. La Biblia enseña que aquellos que aceptan a Jesucristo como su Salvador y siguen sus enseñanzas tienen la promesa de la vida eterna en el cielo. La fe en Cristo es clave.

    ¿Qué pasa si uno trata de seguir las enseñanzas de Cristo, pero falla a veces? La Biblia reconoce que todos cometemos errores. A pesar de los fallos, la enseñanza cristiana sostiene que la gracia de Dios es redentora. Arrepentirse y buscar la rectitud resulta fundamental. Cualquier creyente puede preguntarse alguna vez cuál sería el pecado imperdonable, según la Biblia. Según la Biblia, el pecado imperdonable es blasfemar contra el Espíritu Santo. Esto implica rechazar deliberadamente la obra del Espíritu Santo, que revela la verdad sobre Jesucristo.

    Siempre Dios disciplinará a sus hijos bajo la actitud de un Padre amoroso. Las formas de castigo mencionadas incluyen corrección, enseñanza y permitir que las personas enfrenten las consecuencias de sus acciones. La interpretación puede variar según las creencias y tradiciones teológicas. De allí que convenga el estudio de las Escrituras, la comprensión de la doctrina de Jesús, como un todo general, para que podamos sustraer la materia prima para poder interpretar con acierto lo que nos sucede.

    La Biblia destaca la santidad y la justicia de Dios, por lo que la expresión Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo sugiere que enfrentar la ira divina puede ser una experiencia aterradora en virtud de la pureza y la perfección de Dios. En el contexto de Hebreos el autor está enfatizando la importancia de mantener la fe y no alejarse de Dios, ya que desviarse podría tener consecuencias graves. La frase refleja la idea de que estar en desacuerdo con la voluntad de Dios o rebelarse contra Él puede llevar a consecuencias temibles. Es importante recordar que las interpretaciones pueden variar y dependen de las creencias teológicas de cada persona.

    Jesús afirmó que el Padre era bueno, y que solamente Él era bueno. Esta confesión proviene de su profundo conocimiento en la larga y eterna relación con Él. Como Hijo pudo comprender el afecto compartido, así que le fue fácil someterse a la voluntad en una relación continuamente afectiva. Solamente una vez, cuando moría por los pecados de su pueblo, pudo sufrir la soledad absoluta por la ausencia del Padre. Leemos su célebre expresión en el madero: Padre, ¿por qué me has abandonado? Fue el momento más terrible de Jesucristo, el instante en que se vio solo y abandonado por quien más lo había amado desde siempre.

    Esa soledad provino como consecuencia de cargar nuestros pecados, de hacerse pecado para recibir todo el castigo que merecía su pueblo escogido. Nosotros no pasaremos jamás por tal sendero, si bien comprendemos lo que significa la soledad en el mundo. Pero nunca entenderemos la soledad que jamás ocurrirá a nivel de nuestro espíritu, ya que el Señor nunca nos abandonará y estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

    Para los creyentes, encontrar confianza en Jesucristo forma parte central de nuestra fe. La enseñanza cristiana sostiene que a través de la fe en Jesucristo y su obra redentora las personas pueden encontrar perdón, gracia y reconciliación con Dios. La confianza en Jesucristo implica creer en su divinidad, aceptar su sacrificio por el perdón de los pecados y seguir sus enseñanzas.

    El estudio de la doctrina del Señor sirve como eje de la fe en Cristo, ya que no podemos seguir a alguien a quien no conocemos. Cristo es mucho más que el nombre de una persona, es mucho más que su condición de Hijo de Dios, puesto que su trabajo en la cruz lo convirtió en la justicia de Dios, en el Redentor del pueblo que se propuso salvar (Mateo 1:21). Si usted estudia el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, si llega a entender la esencia de lo que Jesús quiso enseñar, la confianza en Jesucristo le proporcionará consuelo, toda vez que descubra que usted es hijo de Dios. De lo contrario, si surge animosidad en contra de esa enseñanza de Jesús, tendrá que alejarse murmurando bajo la idea de que esas cosas descritas son difíciles de oír, y dirá que nadie podrá comprenderlas. La confianza en Jesucristo no es necesariamente compartida por todas las personas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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