Categoría: DOCTRINA

  • JESÚS COMO OFENSA

    Jesús ofende con la asunción de que nadie puede venir a él si el Padre no lo trajere. Con esta referencia se comprende que el requisito fundamental para acudir a Cristo sería el ser enviado por el Padre. La conclusión derivada señala que él lo resucitará en el día postrero, es decir, la persona obtendrá la vida eterna. Ya había dicho unos momentos antes que todo lo que el Padre le daba a él vendría a él, y no lo echaría fuera (Juan 6:37). En síntesis, si todo lo que el Padre le da al Hijo irá a él, para no ser echado fuera sino para ser resucitado en el día final, se entiende que existe una seguridad absoluta en ser enviado a Jesús. De hecho él lo afirmó más adelante diciendo que estaríamos guardados en sus manos y en las del Padre, el cual es mayor (Juan 10: 27-29).

    Además de esta síntesis, se le suma el hecho de la imposibilidad por causa de la naturaleza humana para poder acudir a Jesús por cuenta propia. Los que así lo hacen terminan en apostasía, con interpretaciones privadas de la Escritura, como Simón el mago, intentando hacer negocios con el dios de la prosperidad. Por supuesto, como bien lo señala Juan en su Evangelio, Capítulo 6, los discípulos (o seguidores) que andaban tras Jesús (una muchedumbre que admiraba sus milagros) se ofendieron en grado sumo. ¿Esto os ofende? -les dijo el Señor, sabiendo que murmuraban por sus palabras y afirmaban que nadie podía entender ese discurso duro de oír (Juan 6:60).

    Los que confunden el símbolo con la realidad hacen como hicieron esos discípulos voluntarios que se iban tras las señales y prodigios del Señor. No fueron capaces de discernir lo que Jesús hablaba respecto a comer su carne y beber su sangre; supusieron que se trataba de un acto de canibalismo, por lo cual exclamaron: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Juan 6:52). Jesús no pretendió jamás que se lo comieran, aunque se refería a sí mismo como el maná que descendió del cielo, la verdadera comida para vida eterna. En su última reunión con sus discípulos escogidos (aunque Judas lo iba a entregar y era de los doce, por lo que Jesús se refirió a él diciendo que era diablo), el Señor se refirió a comer su pan y a beber su sangre como una memoria que deberíamos tener siempre.

    El pan y el vino representaban como símbolos el cuerpo y la sangre derramada del Señor por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús había dicho: Haced esto todas las veces que lo hiciereis en memoria de mí (Lucas 22:19). Es una memoria, es un acto simbólico, ya que no podemos matar al Señor de nuevo para comer su carne y beber su sangre; incluso cuando el Señor no había muerto y celebraba con sus discípulos esta costumbre que instauraba, ninguno de ellos mordía su carne ni tragaba su sangre en forma literal. Pero la confusión llega cuando el discernimiento está ausente y se siguen enseñanzas de los hombres bajo interpretación privada de algunos que se han declarado maestros.

    La Cena del Señor no es una reiteración de lo sucedido, sino una conmemoración de lo que él haría e hizo en la cruz. La influencia de la filosofía neoplatónica motivó a suponer que al comer el pan y tomar el vino se comía y bebía literalmente la carne y la sangre de Jesús. Recordemos que Platón fue considerado nominalista, una persona que suponía que los nombres preceden a las cosas. De allí la importancia que los neoplatónicos le dieron a los símbolos como si fuesen la cosa misma (dado que en alguna medida la palabra funge como símbolo o signo de la cosa nombrada). Esta corriente minó los pilares de la iglesia desde el siglo V, hasta que se convirtiera en oficial para la iglesia en el Cuarto Concilio de Letrán, en 1215, y se asumió en consecuencia la teoría de la transubstanciación.

    El beneficio de su sangre y de su carne, viene a ser una bondad espiritual de la gracia del Padre. Pero este asunto no fue comprendido por los que suponían un acto de canibalismo en lugar de una forma simbólica de lo que Jesús haría por su pueblo. Esta sangre se derramó como ese cuerpo se molió por los pecados de todo su pueblo, por los pocos escogidos y no por los muchos llamados. La redención universal forma parte del conjunto herético de los falsos maestros esparcidos por el mundo. No sabemos quiénes son los elegidos que faltan por creer, por eso predicamos el evangelio a todo el mundo, además de que sirve de testimonio a todas las naciones; pero no pensamos que cada persona que oye el mensaje de salvación será llamada eficazmente por el Señor, pues conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19). Esa es la fundación de Dios, que permanece segura, ya que la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella es imposible agradar a Dios. En realidad, Cristo es el autor y consumador de esa fe, asunto de firmeza inamovible. En esa cualidad radica nuestra seguridad, como un sello del poder de Dios.

    Este sello jamás será removido, ya que la elección se hizo conforme al amor de Dios (al conocimiento previo, es decir, al especial amor que dura eternamente). Sabemos que la Biblia dice en numerosos textos que el conocimiento del Señor equivale al amor, sin que se trate apenas de algo referido al mundo cognoscitivo o mental. Por ejemplo, Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño (pero ya era su esposo, de manera que la conocía cognoscitivamente); el Señor conoce a los que son suyos pero dirá en el día final a muchos que nunca los conoció (pese a que él es Omnisciente); a vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra (Amós 3:2). Así que cuando la Escritura dice que a los que antes conoció, a estos también predestinó, no está afirmando que conoció lo que iban a decidir y por eso los predestinó. Lo que afirma es que Dios los amó desde la eternidad (como lo dijo a Jeremías: con amor eterno te he amado), sin mirar en el corazón perverso del ser humano. Si todos hemos estado muertos en delitos y pecados, si Dios no vio justo ni aún uno, ni alguien que hiciera el bien ni quien lo buscara, ¿cómo pudo escoger a una persona porque viera que un día iba a querer seguir al Señor? Imposible, si fuese por ese método de ver el futuro Dios se contradiría en su palabra al decirnos que todos hemos estado muertos en delitos y pecados.

    Así que Dios es un Dios justo que justifica al impío, pero ese mismo Dios ha dicho por igual que odió a Esaú (antes de que hubiera hecho bien o mal, antes de ser concebido). Añadió que endurece a quien quiere endurecer, sin mirar en sus obras (Romanos 9). Por supuesto que esta doctrina es odiada por muchos, incluso por gente religiosa que se jacta de tener la membresía cristiana. Cuando uno lee el Antiguo Testamento, puede entender por las historias de las conquistas hechas por Israel que los pueblos conquistados fueron generalmente repudiados por Dios. No había diferencia genético-espiritual entre Israel y sus naciones conquistadas, simplemente fue la voluntad de Dios el haber escogido a Jacob como su pueblo.

    En Isaac sería llamada la descendencia o Simiente, la cual es Cristo. Ese fue el propósito divino desde antes de la fundación del mundo. Ya el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de que Adán fuese creado para manifestarse en el tiempo apostólico como el Hijo de Dios (1 Pedro 1:20). Su propósito sería lavar los pecados de todo su pueblo, en un ofrecimiento como víctima redentora ante el Padre Eterno. Vemos que la diferencia entre la congregación de los justos y el mundo la hace el Señor, no la hacemos nosotros como si tuviésemos estirpe y pureza natural. Antes, lo necio del mundo, lo menospreciado, lo que no es escogió Dios para avergonzar a lo que es.

    Así que no nos toca mirar con altivez a los demás, más bien vemos en la desgracia del prójimo (el que no tuvo gracia) un espejo que pudiera reflejar nuestro destino. Pero el cambio operado en nosotros por la renovación de nuestro entendimiento, gracias a la regeneración realizada por el Espíritu Santo, se establece como el diferencial entre salvación y perdición eterna. De nuevo, anunciamos este evangelio para que el que tenga oídos para oír que oiga; los otros, los que lo rechazan, no podrán alegar desconocimiento alguno a su favor. Incluso tampoco lo alegarán los que jamás hayan escuchado sobre Jesucristo, ya que la ley de sus conciencias los acusa.

    Hay solamente un Dios, un Evangelio, un Libro Santo, una sola vía de salvación. Todos los que están por fuera de esta verdad revelada en la Biblia se tienen como mentira, decepción, dado que siguen la doctrina del enemigo de las almas. Esas falsas doctrinas conducen a la gente al infierno de eterna condenación; declarar esta verdad se ha convertido en una ofensa para la humanidad sin Cristo. No es asunto que ocurra en estos tiempos difíciles, solamente, sino que ya vimos que hace 2000 años muchos se ofendieron con Jesús cuando afirmaba la doctrina del Padre. Cualquier mínima desviación del evangelio de verdad se manifiesta como una mentira que condena. Y si aquellos hombres que rechazaban esta doctrina de Jesús fueron llamados discípulos suyos en el evangelio de Juan, hoy tenemos que decir algo parecido: la mayoría de los religiosos autodenominados cristianos rechazan por igual este mensaje.

    Jesús les dijo a esa gente y les dice a la de hoy día la misma frase: ¿Esto os ofende? …Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:61 y 65). Esos viejos discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él; de igual manera acontece hoy día, quienes se ofenden por la doctrina de Jesús no andan con él (2 Juan 1:9).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • FALSOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

    Los Testigos de Jehová se conocen por su marcado proselitismo, semejantes a los viejos fariseos que recorrían el mundo en la búsqueda de un seguidor. Se hacen llamar testigos, pero en realidad son de falso testimonio. Su doctrina va contra las Escrituras, con el énfasis en ciertas palabras del griego que ellos interpretan literalmente, fuera de su contexto y muchas veces con grave desconocimiento del sentido gramatical.

    En cuanto a la Divinidad de Cristo, aseguran que Jesús fue creado, diciendo que es inferior al Padre, para lo cual utilizan un texto sin contexto: Colosenses 1:15. Este versículo dice así: Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Jesús no es la primera criatura que Dios haya hecho, sino que en él fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16; Juan 1:1-3). La palabra primogénito significa el primero de una familia, pero por igual tiene el sentido del mayor de todos o de ser el principal. Asimismo, primogénito quiere decir la causa de todo cuanto se ha hecho, alguien que tiene la preeminencia. Fijémonos en Romanos 8:29, que nos asegura que fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

    En este último texto vemos una forma subjuntiva (para que él sea), lo cual presupone que existe una condición previa: que hayamos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Es decir, una vez que fuimos predestinados Jesucristo llegó a ser el primogénito entre muchos hermanos. Sin predestinación Jesús no hubiese sido el primogénito, sino solamente el unigénito. Sin embargo, de acuerdo al texto que citamos de Juan 1, Jesús es el Creador de todo cuanto existe. Nadie podría seguir el disparate de que Jesús es su propio Creador, ya que Dios existe desde siempre.

    El texto de Colosenses 1:16-17 asegura que en Cristo fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, dominios, sean principados o potestades, todo fue creado por medio de él y para él. Y él (Jesucristo) es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.

    Jacob fue el segundo, después de Esaú; sin embargo, se puede decir igualmente que Jacob fue el primogénito (porque arrastró con él los derechos de la primogenitura, la bendición especial de Isaac su padre). Los testigos falsos de Jehová no podrían entender esa primogenitura de Jacob porque se adhieren a la letra y olvidan el espíritu (es decir, el contexto).

    Jesús, sin ser creado, como Creador, tiene la preeminencia (primogenitura) sobre toda la creación. La Escritura lo afirma por doquier, llamándolo a él Emmanuel, que significa: Con nosotros Dios (Mateo 1:23; Isaías 43:11). Jesucristo es Jehová el que salva. Existe un texto en Hebreos 12:23 que refiere al concepto de la primogenitura. El autor señala que los creyentes nos hemos acercado a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos. A la iglesia de Dios se le compara con la asamblea de primogénitos, todos igualados en amor. No se refiere solamente a los apóstoles como los primeros frutos del Evangelio, sino a cada creyente igualado en el amor divino, ya que el mismo trabajo hizo Cristo en la cruz por una oveja como por otra. Por esa primogenitura tenemos derecho a la misma herencia, sin discriminación; he allí el sentido de ser el primogénito.

    En síntesis, la Biblia nos relata sobre la primogenitura del Hijo de Dios, no porque él haya sido creado sino porque tiene la primacía en todos sus hermanos. Esos primogénitos señalados en el libro de Hebreos están inscritos en los cielos, no en la tierra. Jeremías 17:13 nos habla de los que se olvidan de Jehová que serán inscritos en la tierra. Vea usted la diferencia de la inscripción: los que rechazan a Jehová tienen sus nombres inscritos en la tierra, donde yace su morada; los que nos acercamos por cuanto fuimos atados con cuerdas de amor tenemos el nombre inscrito en los cielos.

    Otro punto grave de los falsos testigos de Jehová toca el tema de su rechazo a la Trinidad. Ellos la señalan como una doctrina pagana, diciéndonos que solamente Jehová es Dios, en tanto Jesús es un ser creado y el Espíritu Santo una fuerza. La enseñanza sobre la Trinidad está manifestada a lo largo de la Escritura, no solamente en el Nuevo Testamento, con el célebre relato del bautismo de Jesús, o con las admoniciones a no contristar al Espíritu Santo (de Dios), o al hecho de que Él (el Espíritu Santo) nos guía a toda verdad. Sabemos que una fuerza no tiene tal capacidad racional ni mucho menos una relación personal con alguien.

    El Espíritu Santo es llamado nuestro Consolador (el Parakletos) prometido por Jesús. En el Génesis 1:26 se habla de una pluralidad divina regida por un verbo en singular (en lengua hebrea). Cuando se dice Oye, oh, Israel, Jehová el Señor uno es, en realidad se está usando un término hebreo que significa unidad. Isaías dice este verso esclarecedor, para aquellos que son llevados hacia la vereda de la certeza: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    En este texto citado de Isaías vemos a tres personas: 1) el que habla (que no es Isaías, ya que él no estuvo desde el principio); 2) Jehová el Señor quien lo envía; 3) el Espíritu quien también lo envía. Es decir, tanto Jehová el Señor como el Espíritu envían a Jesús el Cristo, enseñándonos provechosamente, encaminándonos por donde debemos seguir.

    Uno de los textos preferidos por los que niegan la Trinidad como concepto de las Escrituras se encuentra en Deuteronomio. Veamos la explicación filológica del texto en cuestión para clarificar aún más lo que la Biblia nos enseña. La Biblia dice en Deuteronomio 6:4, a partir del hebreo traducido, lo siguiente: Jehová nuestro Elohim, Jehová es uno. En realidad, existe un término hebreo que significa uno y otro que significa unidad. Son muy parecidos, por eso conviene tener en cuenta cuándo aparece uno y cuándo el otro.

    Por supuesto, hemos de ayudarnos con diccionarios bilingües (hebreo y una segunda lengua) para poder comprender el sentido derrumbado con las traducciones. Me refiero a ACHID, frente a YACHID. En algunos contextos de la Escritura se usa ACHID que quiere decir UNA UNIDAD. Cuando en el Génesis se lee que fue la tarde y la mañana un día, se está empleando el vocablo ACHID (una unidad de dos objetos separados). Pero cuando en Génesis 22 leemos que Dios ordenó a Abraham tomar a su único hijo para el sacrificio encontramos YACHID. Ya podemos ir mirando la diferencia entre uno y otro término, pero también su similitud fonética y gráfica.

    Al decir que Dios es uno estamos en lo correcto en algún sentido, pero preferimos la inspiración del Espíritu cuando se escribió ACHID para indicarnos que Dios es una UNIDAD. Es lo mismo que un Dios en tres personas, una unidad en sustancia y esencia pero constituida por tres personas. Muchos continúan con la ceguera, pese a la evidencia bíblica con cuantiosos textos que nos hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Son tres personas distintas pero que están en una unidad sustancial o esencial. Jeremías había alertado sobre la perversión de las palabras del Dios vivo, del Dios de los ejércitos (Jeremías 23:36).

    Cuando se habla de la unión del hombre con la mujer para que sean una sola carne (Génesis 2:24), se está usando el vocablo ACHID. Es decir, que el hombre y la mujer siguen siendo hombre y mujer pero en el matrimonio serán una UNIDAD. Ya nos referimos a Abraham (Génesis 22:2), quien fue ordenado para tomar a su hijo, su únicoYACHID, para ofrecerlo en holocausto. Si los judíos entendieron mal esta señal lingüística lo hicieron por el desvarío que debían sufrir de acuerdo a la profecía. No obstante, a nosotros los creyentes nos toca la tarea de juntar las partes, de estudiar los textos y de encontrar el desliz de las traducciones que ofrecen negligencia o mala intención.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DOCTRINA PERNICIOSA

    El arminianismo se conoce como una doctrina perniciosa, a la luz de las Escrituras. Ella tiene el objeto de minar la enseñanza de la gracia soberana, hasta hacerla servidora de la voluntad humana. No pudiendo aceptar la tesis del Dios que elige de acuerdo al propósito de su voluntad, el arminiano (dependiente de la doctrina enseñada por Arminio) interpreta privadamente las Escrituras. Para lograr tal objetivo ha llegado hasta el descaro de afirmar que cuando la Biblia dice que Dios odia en realidad quiere decir que Dios ama menos.

    De esta forma, cuando encontramos textos referidos al conocimiento previo de Dios lo interpretan como un conocimiento anticipado, en base a lo que miró en el túnel del tiempo. Por esta vía niegan de hecho la Omnisciencia divina, ya que el dios en el que creen necesita averiguar el futuro en los corazones de los hombres. Hace de esta manera autónomo al ser humano, bajo el pretexto de que si lo viera en forma distinta supondría hacerlo un robot. La predestinación admitida por el arminianismo se fundamenta en el hecho de la previsión divina, conociendo Dios lo que acontece en los corazones de los que habrán de creer.

    En realidad, tal dios arminiano se nos muestra con mucha suerte. Tiene la suerte de que el ser humano, tan voluble en su estado de ánimo, mantenga impertérrito la decisión que Él descubriera al mirar en el túnel del tiempo. Es como si Dios adivinara el futuro en los corazones humanos, para luego dictárselo a sus profetas en un plagio sin igual, ya que ellos aseguran: Así dijo Jehová. Tal Jehová pudo decir tales cosas porque las recopiló al mirar el futuro en las mentes humanas. Como si viera a la humanidad deseando un Mesías para crucificarlo, por lo cual aprovechó tal descubrimiento para enviar a su Hijo a padecer la crucifixión prevista.

    Los arminianos también vienen disfrazados con la doctrina de la gracia soberana. Hay quienes claman tales doctrinas de la gracia pero predican una salvación generalizada, una expiación universal para que cada ser humano sienta que tiene una oportunidad que depende en exclusiva de su decisión final. En otros términos, el arminiano tuerce la Escritura al asegurar que el hombre es libre para decidir sobre su estado espiritual; de esta manera niega la Biblia cuando asegura que no hay quien busque a Dios, que todos están muertos en delitos y pecados.

    Por esta razón, un arminiano sostiene que la muerte en realidad es una enfermedad espiritual que tiene remedio si tan solo el ser humano se dejara persuadir por la gracia que habilita, otra ficción más de su teología. Incluso llega a otro desvarío descomunal, al afirmar que -aunque la redención puede ser particular para el elegido de Dios- el evangelio anuncia el amor divino para cada habitante del planeta, incluidos los no elegidos. Al decir que Dios quiere que todos sean salvos, sin excepción, ofertan el evangelio como una oportunidad del amor divino.

    Poco les importa a los arminianos lo que dice el texto de 2 Corintios 2:15-16: Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? En realidad la Escritura endurece a quienes tiene que endurecer, pero muestra la misericordia de Dios a quienes Dios quiere mostrarla (Romanos 9: 15-16). No creemos en la falacia de muchos calvinistas (los seguidores de Calvino) que afirman lo siguiente: la sangre de Cristo es suficiente para todos pero eficiente solamente para los elegidos.

    La doctrina de la regeneración universal viene como un evangelio anatema (maldito). Como si la salvación estuviera condicionada en la fe, y como si el Espíritu Santo habilitara a la persona para que tome su decisión final. Esto lo decimos porque si así se piensa se está creyendo que la salvación está finalmente condicionada en el pecador, en lo que haga, en lo que decida bajo la persuasión de la predicación. Nada más lejos de las enseñanzas de Jesús, cuando les decía a sus discípulos la razón por la cual hablaba en parábolas.

    La salvación está condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo; el evangelio es el anuncio de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Uno de los reconocidos frutos del regenerado por el Espíritu es su deseo de obedecer a Dios, más allá de sus caídas por el pecado (Romanos 7:14-25). Dios nos ha salvado y nos mantendrá a salvo para su propia gloria (Juan 10:14-18), habiéndonos escogido desde antes de la fundación del mundo.

    Nosotros somos vistos en el estado natural como trapos de inmundicia, y nuestra justicia es semejante a los trapos de mujer menstruosa. Somos hojas muertas llevadas por el viento, sin que haya entre nosotros uno solo que busque al verdadero Dios (Isaías 64:6-7). ¿Y qué dijo Cristo? Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere, y yo lo resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). El profeta Isaías nos entrega esta píldora respecto a la absoluta soberanía de Dios: Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad (el mal). Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45: 5-7).

    Ese Dios que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) reclama para Sí todo cuanto existe. Él es el autor de la paz y de muchos males, como dice Isaías. Otro profeta relata sobre el tema lo siguiente: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). El Señor decretó todo cuanto sucede, incluso escogió desde antes de la fundación del mundo a su pueblo que habría de bendecir. Adán fue creado para que pecando se pudiera manifestar el Cordero de Dios, preparado desde antes de la creación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    No hay cristianos casi cristianos, ya que a los que Dios llama en forma eficaz el Espíritu les otorga vida en el tiempo aceptable. La regeneración no la da el Espíritu en forma progresiva, sino tal acto corresponde a los actos únicos e inmediatos, como el dar a luz. Una mujer no pare a medias un hijo, pare o no pare. Asimismo, la regeneración cuando nos llega nos hace resplandecer la luz de Cristo en nuestros rostros. Nadie puede ser salvo y estar apartado de la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). El que cree otro evangelio es considerado anatema, de acuerdo a lo dicho por Pablo en Gálatas.

    El llamado se hace para aquellas ovejas a las que el pastor llama oportunamente, para que se arrepientan (cambien de mentalidad respecto a Dios y a ellos mismos). Para que vean al Dios soberano absoluto que hace como quiere y entiendan que nosotros no somos nada, a menos que tengamos de nuestro lado al Altísimo con su misericordia. Es entonces cuando podremos decir: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CELO O CONOCIMIENTO

    Alguien puede ser celoso en cuanto a la piedad, pero si está lejos del conocimiento de la justicia de Dios de nada aprovecha. Eso es basura, diría el apóstol Pablo, con un vocablo mucho más crudo: estiércol animal. En Romanos 10:3 el apóstol señala que existe demasiadas personas celosas en los asuntos del Dios de la Biblia, pero que carecen de ciencia o conocimiento; por esta razón de nada les sirve. El conocimiento fundamental para salvación refiere al siervo justo reseñado por Isaías (Isaías 53:11). Si no se conoce la justicia de Dios, que es Jesucristo, no se podrá ser justificado. Por esa razón también se afirmó que aquel siervo justo justificaría a muchos, no a todo el mundo, sin excepción.

    ¿En qué consiste esa justicia de Dios? Muy simple, la Biblia apunta que nadie pudo cumplir toda la ley, por lo cual todos cayeron bajo su maldición. La ley no salvó a nadie, ni la ley escrita dada a Moisés ni la ley escrita en los corazones a través de la conciencia humana. En resumen, la ley vino para condenar al hombre, para mostrar su pecado o transgresión, su incapacidad para querer lo bueno y para acercarse al verdadero Dios. Urgía entonces una propiciación para que Dios se amistara con el hombre, para la reconciliación definitiva. Pero el Dios de la Biblia se muestra soberano absoluto, sin consejero, sin quien detenga su mano en lo que hace. Todo cuanto quiso ha hecho, por lo cual tiene en sus manos el corazón del rey para inclinarlo a todo cuanto el Señor desee.

    Si eso lo hace con el corazón del rey (que es un ser poderoso), ¿qué no hará el Señor con el corazón de los más indefensos? Su poder no conoce límites, de manera que así como hizo el universo bajo la voz de su mandato, de la misma manera levanta a los muertos en espíritu para darles vida con la voz de su Evangelio. Pero no todos los que oyen el Evangelio se despiertan para vida, porque los hay quienes diciendo que lo creen y mostrando un gran celo por ese Dios del evangelio continúan sin conocer la justicia divina. De nuevo, ¿en qué consiste esa justicia de Dios? Jesucristo es presentado como la justicia de Dios, por cuanto vino como Cordero sin mancha para ofrecer el sacrificio por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ese Cordero ya había sido ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para que se manifestara oportunamente (1 Pedro 1:20).

    Esa es la única justicia que reconoce el Padre, de forma tal que mira a su pueblo cubierto con la sangre del Cordero. Existe un símil histórico, un paradigma desde hace siglos, cuando Israel estuvo esclavizado en Egipto. Sabemos que de acuerdo a la Biblia Egipto representa el mundo, la esclavitud al pecado; conocemos que vendría el castigo de la muerte de los primogénitos en aquel territorio, como castigo divino. Solamente las casas que estuviesen marcadas con la sangre de un animal sacrificado para tal fin serían pasadas por alto. Eso es lo que significa la pascua: pasar por alto el pecado.

    Aquella sangre era un tipo de la que habría de venir con el Cordero de Dios. Vino Jesucristo y propició por los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Pablo anuncia que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1) para ser semejantes al Hijo de Dios, para ser sus herederos, como hijos de adopción. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que creían todos aquellos que fueron ordenados para vida eterna; se añade que el Señor añadía a la iglesia cada día los que habrían de ser salvos. La salvación pertenece a Jehová, como señalara el profeta Jonás. Ignorar ese hecho soberano demuestra que se ignora por igual la justicia de Dios. Atribuir aunque sea un ápice de esta salvación tan grande a la justicia humana, a la voluntad quebrada de un muerto en delitos y pecados, sugiere una ignorancia supina en cuanto a la justicia de Dios.

    Por supuesto, no podemos pedirle a los muertos en delitos y pecados que tengan conocimiento previo de esa justicia para poder ser justificados. Sin embargo, sí se exige que el que ha sido llamado por Dios para santificación y vida eterna reconozca que fue Dios quien lo redimió de principio a fin. Juan nos lo advierte en su carta segunda, cuando nos escribe que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo.

    Entonces, ¿cuál es esa doctrina de Cristo en la cual hemos de habitar? Su justicia alcanzada de acuerdo a los parámetros del Padre. En Juan 6 podemos descubrir la enseñanza del Hijo de Dios, de su soberanía en la salvación, cuando nos enfatiza respecto al hecho de que ninguna persona puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga. Al mismo tiempo nos advierte que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y no será echado fuera. Entonces, uno debe concluir a partir de esas dos premisas que el que no viene a Cristo no ha sido enviado por el Padre jamás. El que no viene no ha sido enseñado jamás por Dios (Juan 6:45), lo cual no excusa de pecado al réprobo en cuanto a fe.

    La doctrina de la absoluta soberanía de Dios aparte de ser ineludible es controversial para los renegados. Ellos se salpican con la ira que contienen, regurgitan sus murmuraciones, al tiempo que se les rompe el empaque donde están metidos. De esa manera dejan ver su verdadera doctrina, la del celo por un Dios hecho a su manera: si Dios predestina tuvo que haberlo hecho en base a lo que previó en los corazones humanos; si Dios salva y condena tuvo que hacerlo en base a la decisión de los seres humanos. Con ese criterio demuestran su lejanía respecto a la ciencia de la justicia de Dios, muriendo en la crasa ignorancia de la que habló el profeta Oseas (Oseas 4:6).

    Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aun antes de hacer bien o mal (es decir, no en base a sus obras buenas o malas). Terrible cosa haber sido odiado por Dios, por cuanto la Biblia asegura que Él está airado contra el impío todos los días. En cambio, a Jeremías Jehová le dijo: Te he amado con amor eterno, por lo tanto te prolongo mi misericordia. En resumen, hemos sido amados eternamente, más allá de que cuando estuvimos muertos en delitos y pecados estuvimos bajo la ira de Dios.

    Jesucristo también estuvo bajo la ira del Padre, cuando cargó con nuestras ofensas en la cruz. Pero no podemos decir ni por un instante que el Padre lo odió o que lo dejó de amar. De Judas se escribió que era el hijo de perdición, que debía ir conforme a las Escrituras. Pedro nos habla de los que fueron ordenados de antemano para tropezar en la Roca que es Cristo. En el Apocalipsis Juan nos dice que existe un libro de la vida del Cordero donde reposan nuestros nombres, pero que hay nombres que allí no están escritos desde la fundación del mundo, por lo cual ellos pertenecen a la bestia o a Satanás (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El Evangelio revela la justicia de Dios (Romanos 1:17), para que conozcamos al Dios justo que justifica al impío por medio de la propiciación y redención de Jesucristo (Romanos 3:21-26). Al tener ese conocimiento desechamos nuestra noción de justicia, esa justicia que no se somete a Dios (Romanos 10:3). No existe nada en nosotros que pueda hacer la diferencia entre cielo e infierno, de manera que esa es en esencia la victoria del celo con conocimiento sobre el celo inútil por la piedad. Existe un automatismo absoluto entre el que ignora esa justicia de Dios y el que propone su propia justicia. De nada aprovecha que se acepte la justicia divina si al mismo tiempo se intenta añadir a ella la nuestra, a través de lo que suponemos buenas obras.

    Nuestras buenas obras, ya preparadas de antemano, vienen como consecuencia de tener la justicia de Dios. De lo contrario, esas obras serían vanidad y nada alcanzarían en la presencia de un Dios Santo.

    César Paredes

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  • LAS LLAVES DEL REINO

    Después de que Jesús advirtiera a sus discípulos de que se guardaran de la levadura o doctrina de los fariseos y saduceos, les preguntó qué decía la gente acerca de Él. Entonces respondieron ellos diciéndole que unos opinaban que era Juan el Bautista, otros que era Elías, otros suponían que Jesús era el profeta Jeremías. Esta manera de preguntar no es más que una forma de enseñar, de catequizar, pues después de escuchar esas respuestas Jesús pasa a la segunda y más importante pregunta: ¿Y cuál es la opinión de ustedes? ¿Quién soy yo para ustedes? Esta interrogante está planteada bajo la intención de crear distinción entre la opinión de la gente en general y la opinión de sus discípulos en particular. Pedro se dispuso a responder diciéndole que Jesús era el Hijo del Dios viviente, el Cristo mismo.

    La respuesta de Pedro fue suficiente para que Jesús continuara con su catequización.  En Mateo 16, donde se encuentra este relato, vemos la manera como el Señor adoctrina a Pedro y al resto de los doce.  Cuando Pedro se llamaba Simón, Jesús le había cambiado el nombre diciéndole: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro) -Juan 1-42. El cambio de nombre no es caprichoso sino simbólico, pues Simón quiere decir caña, una especie de pasto que crece en el monte y que es movido fácilmente por el viento; en cambio, Pedro o Cefas quiere decir roca, entidad mucho más pesada y estable que la caña y que no es movida fácilmente por el viento. Con ese cambio de nombre Jesús estaba preparando a Pedro (el antiguo Simón, hijo de Jonás), mostrándole la manera en la que iría siendo transformado su carácter.  Jesús ahora aprovechaba el anuncio hecho a Pedro sobre su cambio de nombre y le recordaba su vieja identidad.  Le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás… En este momento Pedro recuerda su antiguo nombre ligado a su padre terrenal, un pescador como lo había sido él mismo.  Quizás esto parezca como un volver atrás, a sus orígenes, a tener presente de dónde lo había llamado Jesús; quizás implique también que voluntariamente el Señor le advertía en este breve descenso a su pasado que no debía insuflarse por lo que escucharía a continuación: porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Ya esta declaración debería ser suficiente para alegrarse en forma especial, pues el mismo Hijo de Dios le reconocía el hecho de que el Padre le había revelado semejante información.

    En este punto pudiéramos deducir que el reconocimiento que hiciera Pedro no pudo ser posible sino por la revelación del Padre.  Este era un secreto que debía mantenerse callado hasta que llegado el tiempo fuese dado a conocer a voces, pues la hora de Jesús no había llegado aún, y el misterio de la Iglesia no había sido revelado entonces.  Pero hay más en esta declaración, ya que entendemos que corresponde a un acto soberano del Padre el dar esta revelación. Aunque se nos ha exigido anunciar el evangelio a toda criatura, muchos no entienden y tienen sus oídos tapados, pero sólo hay un grupo a quienes esta revelación les produce el fruto de la comprensión sistémica del evangelio de Jesucristo. 

    Continuó Jesús diciéndole: …tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. De la forma en que a Pedro le fue dada la revelación afortunada de que Jesús era y es el Hijo de Dios, el Cristo esperado, a muchos de nosotros nos es dada la revelación del sentido de estas palabras del Mesías: …sobre esta roca edificaré mi iglesia.  ¿Cuál roca? Algunos han entendido que la roca es Pedro mismo, como si él fuese suficiente para soportar el peso de la iglesia.  Recordemos que este mismo Pedro, que aparece después en Pentecostés anunciando el evangelio fue reprendido por Pablo, según el relato hallado en el libro de los Gálatas 2:11, porque era de condenar. De manera que la fortaleza en que se iba transformando el apóstol no contenía suficiente material para soportar los embates del infierno.  Por otro lado, Jesús mismo le había recordado al apóstol que él seguía siendo Simón, el hijo de Jonás, transformado ahora en Pedro, pero con su vieja naturaleza. Asimismo, todos nosotros mantenemos nuestra naturaleza pecaminosa, si bien somos redimensionados con una naturaleza nueva producida y dada en el nuevo nacimiento, cuando el Espíritu de Dios nos ha sido dado como garantía de nuestra pertenencia al Padre.  Por eso Pedro no podía ser el objeto de esta declaración de Jesús.

    ¿Cuál roca?  La roca es la confesión dada por Pedro acerca de quién era el Cristo. El foco de la catequización del Señor no era otro que la opinión dividida entre la gente y sus pocos discípulos del momento.  En esta opinión dividida el único acierto constituía una verdadera roca, una fortaleza.

    Esa opinión acertada pronunciada por Pedro no salió de él mismo, de sus elucubraciones intelectuales calculadas, sino que le fue dada por el Padre.  Esa confesión legítima se convierte en el fundamento de la Iglesia de Cristo, pues ya el Señor es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20), lo cual lo instaura como el fundador de la iglesia y como su propia fundación. Ni Pedro es el fundador de la iglesia ni tampoco la fundación de ella.  Sobre esta roca -confesión hecha bajo la revelación del Padre- edificaré mi iglesia; acá vemos que Jesús es el fundador, pero que la revelación del Padre anuncia el material del cual estaría construida la iglesia.  Esa materia prima es la sustancia de la confesión bajo revelación de que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Esa es la garantía de la iglesia para que las puertas del Hades no prevalezcan contra ella.  Los llamados a estar fuera del mundo lo estamos en la medida en que confesamos que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor (asunto hecho por Pedro) y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10). Precisamente eso fue lo que hizo Pedro en el día de Pentecostés, como veremos más adelante.

    Pero la catequización de Jesús hacia sus discípulos continuaba y por eso agregó: …Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. ¿Cuáles llaves? ¿Para qué sirven esas llaves?  Notemos que el Señor no le dijo a Pedro que él le había dado las llaves, en tiempo pasado; tampoco le dijo te doy las llaves, en tiempo presente, sino que lo hizo en tiempo futuro, como una promesa o como una profecía.  Por lo tanto tenemos que mirar cuándo se hizo efectiva esa promesa, cuándo se dio cumplimiento a esa profecía. 

    Todo el Nuevo Testamento nos deja claro que ´las llaves del reino´ son figurativas, pues no necesitamos ningunas llaves particulares para abrir puertas, así como tampoco Pedro llega a ser portero del cielo. Sólo Dios tiene potestad de dejar entrar o impedir entrar a su reino.  Ya Isaías hablaba de la llave que abre y que cierra: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá (Isaías 22:22). Otro texto aclaratorio acerca del significado figurativo de las llaves se encuentra en Lucas 11:52: ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!  Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis. Esto implica que las llaves representan las buenas nuevas que nos brindan el acceso a la vida eterna.

    El cumplimiento de la entrega de las llaves del reino, que son como ya dijimos las buenas nuevas de acceso a la vida eterna, se realiza en dos actos. El primer acto tiene lugar ante el pueblo judío, la casa de Israel, pueblo que esperó el día de Pentecostés, en forma unánime y junta.  Allí Pedro enuncia su gran discurso, poniéndose en pie, alzando la voz y promulgando la explicación de lo que acontecía con el derramamiento del Espíritu, otra promesa también anunciada por Jesús, cuando prometiera al Consolador, que como su nombre lo indica no es una energía sino una persona que nos guía. Este acto está narrado en Hechos capítulo 2.  Posteriormente, cuando Pedro junto con Juan están ante el concilio, Pedro, lleno del Espíritu Santo les dijo: …Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo (Hechos 4:11).  Observamos que Pedro no se atribuyó a sí mismo el hecho de ser la piedra angular sobre la cual se fundaría la Iglesia en Pentecostés, sino que se lo atribuyó a Cristo, pues recordaba cuando el Señor le había dicho Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia, en el entendido de que esa roca no era otra cosa que la confesión que bajo revelación del Padre había hecho de Jesucristo como el Hijo del Dios viviente.  Si la confesión de que Cristo es el Hijo del Dios viviente es una roca, ¿cuánto más roca no lo será el Hijo mismo?

    El segundo acto se realiza cuando el mismo Pedro anuncia el evangelio a los gentiles, de acuerdo a lo narrado en Hechos capítulo 10.  Dice el libro en el verso 25 que cuando Pedro entró a casa de Cornelio éste se postró ante sus pies y lo adoró. Vemos también que acto seguido Pedro le reprendió y le instó a no adorarle y a no inclinarse ante él, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre. Con la entrada de un judío a casa de un gentil para compartir el evangelio del reino, anunciado primeramente a los judíos en el día de Pentecostés, se está dando la apertura para la evangelización en el mundo gentil.  Acá se termina de cumplir, con este segundo acto, la promesa de las llaves que abre la puerta del reino para la humanidad partícipe de esta manifestación de gracia soberana.  Este acto dejó maravillados a los fieles de la circuncisión que acompañaron a Pedro a casa de Cornelio.  Las llaves y no la llave implican al menos dos puertas para abrir: la del mundo judío y la del mundo gentil.  

    En cuanto al atar y desatar está ligado a las actividades cotidianas inherentes a la iglesia, toda vez que queda inaugurada en estos dos acontecimientos reseñados en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Henry Mattew, célebre comentarista cristiano, propone ciertos criterios para la comprensión de la funcionalidad de las llaves, funcionalidad que se proyecta en el atar y desatar.  El hace referencia a lo que las llaves abren:

    1.     Evangelio predicado a judíos y gentiles;

    2.     La llave de la doctrina;

    3.     La llave de la disciplina.

    Ya vimos lo referente al evangelio predicado a judíos y gentiles, ahora veamos la funcionalidad de esas llaves en cuanto al cuidado de la doctrina. Dice el profeta Oseas (capítulo 4): Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.  Pablo le recomienda a Timoteo que se ocupe de la doctrina, que la cuide. Pablo en un discurso dado en Mileto reconoce que él no ha rehuido dar todo el consejo de Dios. Esa llave del reino cobra en ese momento funcionalidad pragmática en la iglesia incipiente, pero dicha funcionalidad continúa vigente en la historia de la iglesia hasta nuestros días, por cuanto las necesidades son similares y las enseñanzas se mantienen válidas.  Lo referente a la disciplina es otra de las funcionalidades de las llaves del reino, sin embargo, su valor fundamental se explicita en el atar y desatar.  Esa disciplina, como bien dijera Mattew, no es legislativa sino judicial. La legislación nos es dada por herencia, mas la judicialidad es tarea de la historia de la iglesia.  Ya el libro de Corintios presenta el relato de un caso de inmoralidad juzgado, en el cual Pablo recomienda una determinada sanción en 1 Corintios 5:1 y una restauración de la misma persona en 2 Corintios 2:7.  De igual forma esa judicialidad se aplica frente a Simón el mago, caso reseñado en el libro de los Hechos, capítulo 8 verso 21.  Pedro le dijo a Simón el mago: No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. También sabemos de la disciplina sufrida por Ananías y Safira, según relato de Hechos 5.  Asimismo, Pablo en su carta a Timoteo le dice que él entregó a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendiesen a no blasfemar.  Los casos de declaración de herejes en la iglesia de los primeros siglos constituyen también un claro ejemplo de la disciplina. 

    Había dos escuelas judías encargadas de la interpretación de sus leyes, una más permisiva que la otra. De esta forma la permisiva desataba (la escuela de Hillel) y la menos permisiva ataba (la escuela de Shammai). Ese contexto histórico servía de apoyo a los apóstoles, judíos todos, para comprender la importancia de la nueva judicialidad en la iglesia. Tanto es así que el contexto en que se profieren las palabras de Jesús es un contexto de disciplina.  Véase el texto comprendido en Mateo 18: 15-22 en el cual Jesús argumenta sobre la necesidad de perdonar al hermano, así como sobre el proceso judicial dentro de la iglesia. La cultura del atar y desatar estaba muy arraigada en los judíos de esa época, y Jesús mismo hablaba referente a los escribas y fariseos como personas que atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. De manera que Jesús dejó un mecanismo disciplinario para su iglesia consistente en atar y desatar. Hemos de entender que su referencia a remitir y retener pecados gira en torno al hecho de la predicación del evangelio, a la gran posibilidad dada por la significación de las llaves del evangelio del reino.  Por eso cuando el Señor resucitó y apareció a sus apóstoles, les sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.  A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos (Juan 20:22-23).  El sentido de este pasaje no es que el hombre pueda perdonar o retener pecados, como bien quedara manifiesto en Isaías 43: 25: Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

    El texto reseñado en Juan 20 implica que el Señor les dio un mandato a sus apóstoles, no a uno solo en particular.  Además, implica que al pregonar el evangelio habrá gente que rechazará al Señor del evangelio, y él dijo que quien le rechazare y no recibiere sus palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Por eso Pedro, siguiendo el mandato recibido, le dijo a la multitud: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38); pero en Hechos 3:19, ante otro grupo de personas proclama: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio… De manera que se cumple la remisión o la retención de pecados en el accionar de la evangelización.  Pero hay más, pues Ananías y Safira, como mencionáramos mucho antes, recibieron castigo en virtud del mandato del Señor a sus apóstoles.  Y Pablo reprende a Elimas, quien es cegado por un tiempo (Hechos 13:11). Todos estos hechos ocurren en el proceso de la predicación del evangelio y de la administración de la iglesia, de manera que lo expresado por Jesús en cuanto a las llaves del reino, a la confesión revelada de Pedro, a la posibilidad de retener o remitir pecados por parte de sus apóstoles, el hecho mismo de atar o desatar en el contexto disciplinario, ponen de manifiesto la discrecionalidad del Espíritu de Dios obrando en y con la iglesia a través del apostolado, y a través del ministerio de sus pastores.

    Grande es el misterio de la piedad, como dijera Pablo, pues Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.  No obstante ese misterio, el mismo Espíritu le dijo a Pablo que en nuestros días muchos caerían en la apostasía escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.  Estos apóstatas, como bien lo declara Juan en una de sus cartas, salieron de nosotros pero no eran de nosotros.  El enemigo de las almas tuerce las Escrituras, por lo que una explicación de las mismas puede enderezar el camino de los que realmente buscan la verdad.  El asunto es que la verdad puede espantar a muchos, como espantó a muchos discípulos que habían disfrutado de la compañía del Señor, presenciando sus milagros, comiendo de los panes y los peces multiplicados.  En una ocasión Jesús les exponía que nadie podía venir a Él si el Padre no le trajere.  Eso motivó a la murmuración y Jesús les increpó ratificándoles esa verdad.  Al instante muchos de sus discípulos le dejaron y murmuraban diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  Hay gente que oye la verdad pero le parece dura, y prefiere entonces ir a los charlatanes y burladores para que les entretengan con vanas palabrerías.  Jesús no fue tras esa gente preocupado por sus almas, ni preocupado porque eran muchos los que se habían ido. Por el contrario, dice la Biblia que se volteó a los doce y les increpó diciendo: ¿queréis vosotros iros también?  Y más adelante les volvió a decir a los doce: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?, referido este último a Judas Iscariote, el que le habría de entregar.  Por lo tanto, Jesús sabe todo, conoce todo, sabe quiénes son sus ovejas, así como sus ovejas al oír su voz le siguen. La gran pregunta queda en pie, ¿te incomoda la verdad y te parece dura? Mucho mejor decir como el apóstol Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL CONOCIMIENTO DEL HIJO

    Isaías refiere al conocimiento del Hijo de Dios, a quien llama el siervo justo, para poder ser justificado (Isaías 53:11). Si no conocemos a Jesucristo, ¿cómo podemos invocarlo si no creemos en él? ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? -se pregunta Pablo en Romanos 10:14. Cualquiera puede decir tener fe aunque pudiera ignorar el sustento de ella, la verdadera esencia (Hebreos 11). La gente asegura creer en Dios, pero lo mismo hacen los paganos del mundo, llamando dios a lo que no lo es (Romanos 1).

    Nosotros, los que nos llamamos creyentes en Cristo, entendemos que Dios envió a su Hijo en semejanza de hombre, con la idea de redimir a todo su pueblo de sus pecados. Eso lo aseguró un ángel en la visión que tuvo José, a quien le fue dicho cuál sería el nombre que habría de colocarle al niño por nacer. Sería llamado Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de una manera muy especial al mundo, razón por la cual él había venido a morir por ese mundo. Pero no nos confundamos con el término, ni le demos mayor extensión que la que su contexto permite. Hablaba con un maestro de la ley, así que le estaba advirtiendo que no creyera que Dios amaba solamente al pueblo judío o de Israel, sino que también hacía lo mismo con las gentes (los gentiles), a quienes los judíos daban por llamar el mundo.

    Parte de esta doctrina se enfatiza en el día previo de la muerte de Jesús. Estaba orando en el huerto de Getsemaní y clamaba al Padre agradeciendo por aquellos que le había dado. Explícitamente dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Bien, fue Jesús el autor de esas dos frases, la de Juan 3:16 y la de Juan 17:9; en ambas se menciona la palabra mundo. Hemos de estar atentos a este contexto, ya que si tomamos ese vocablo como si tuviese un mismo referente caeríamos en una contradicción: la contradicción de la rebeldía del Hijo, que no moriría por el mundo que el Padre amaba. Eso no puede ser posible sino en una mente retorcida que busca una interpretación privada de las Escrituras.

    Para conocer al Hijo de Dios conviene acercarse a su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dejó a sus discípulos. Bien sabemos que el Nuevo Testamento contiene abundante información de lo que Jesús enseñó, así como el Antiguo Testamento también ilustra acerca de ese siervo justo que vendría. El apóstol Juan describe en su evangelio ciertas escenas en las que Jesús enseñaba a muchos discípulos. En el Capítulo 6 de ese evangelio vemos con claridad lo que aconteció ante la multitud que lo seguía como su Maestro. Ellos se espantaron de su doctrina, no la pudieron asumir y prefirieron dejarlo e irse de su lado. Hoy en día hay muchos que rechazan su doctrina pero que no se van, sino más bien se quedan merodeando para confundir a los que muestran interés en las enseñanzas de Jesucristo.

    En tal sentido, dicen conocer a Jesucristo pero ignoran su cuerpo de enseñanzas; dicen amar a Jesús con el corazón, aunque no aceptan en su intelecto lo que Jesús enseñó. Bueno, sigue la confusión entre corazón y mente, cuando son dos metáforas de una misma acción: la de comprender lo que Jesús dijo y la de asumir como un todo su doctrina. Conviene leer a Pablo en asuntos de doctrina, quien expone el caso de Jacob y Esaú, diciéndonos que esa es la forma en que Dios ha mostrado su elección: 1) la hizo desde antes de la fundación del mundo; 2) no miró la obra humana, ni buena ni mala, sino que simplemente actuó como un Elector libre; 3) no depende de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer.

    Por supuesto, esa enseñanza se pasa por alto en las sinagogas de los supuestos creyentes, y también se interpreta de manera diversa para desviar el sentido unívoco que conjuga con el resto de las Escrituras. La soberanía absoluta de Dios no es bienvenida en el reino del libre albedrío humano, por lo cual se habla de paradojas, de conciliación, despreciando que Dios sigue siendo el Despotes descrito por Pedro en una de sus cartas. En realidad no tiene consejero, no tiene nadie quien le diga qué haces; el Señor gobierna aún en los pensamientos de los hombres, haciendo que el corazón del rey se incline a cuanta cosa Él ha deseado. En el libro del Apocalipsis vemos una escena en la que Dios coloca en los corazones de los que gobiernan la tierra el dar el poder a la bestia (Apocalipsis 17:17), para que se cumplan todas las palabras de su consejo.

    Ese siervo justo nos convenía de esa manera, ya que si fuese por obras todos estaríamos condenados. El cuento de que Cristo murió por todos, sin excepción, de que hizo posible la salvación para toda criatura humana, proviene del pozo del abismo. No tiene respaldo bíblico, excepto que se miren los textos fuera de sus contextos. La expiación es el pago por el rescate del alma, el sacrificio que hizo Jesucristo en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), al dar él su vida por las ovejas y no por los cabritos (Juan 10).

    La Biblia dice que Dios justifica al impío, de manera que nos justifica por medio del sacrificio de su Hijo. Jesucristo ha sido llamado la justicia de Dios, nuestra pascua, ya que sin esa justicia no podríamos tener redención. Muy malo para Judas, para Caín, para el Faraón de Egipto, para cualquier otro réprobo en cuanto a fe, como todos aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Así que resulta en otra gran mentira el decir que ya Dios hizo su parte, que el diablo ha votado en su contra, pero que ese empate lo resuelve cada quien levantando la mano a su favor.

    Nosotros no tenemos sino nuestra propia maldad o nuestro propio pecado; nada bueno hubo para que Dios se fijara en nosotros. De allí que nos gloriamos en la cruz de Cristo, nos apegamos a su doctrina y anunciamos su evangelio. Pero el evangelio tiene su anti-evangelio, que sería la enseñanza anatema de los falsos maestros. Existe un modelo teológico que está siendo aceptado en todo lugar, como una mala hierba que se propaga por doquier, lo cual ha hecho que muchos predicadores de la verdad trastabillen y lo acepten como otra manera de creer la verdad. Sin embargo, conviene denunciarlo si queremos predicar todo el consejo de Dios. Hablo del Arminianimo/Pelagianismo, una enseñanza que dice que Dios miró a través del tiempo para ver quién iba a creer. De esa manera Dios elegiría a cada uno de los que creerían, ya que se dio cuenta de que algunos lo aceptarían mientras otros lo rechazarían. Esto implica que el hombre cayó en el jardín del Edén pero no murió, sino que se enfermó de pecado. Es decir, todavía quedaría algo de bueno en el corazón humano por lo cual Dios tuvo en consideración darle una nueva oportunidad. Esto va contra las Escrituras que dicen que todos están muertos en sus delitos y pecados, que fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás. La Escritura añade que Dios miró y vio que no había justo ni aún uno, que no había quien lo buscara (al verdadero Dios), ni quien hiciera lo bueno. Añade la Biblia que la justicia humana se asemeja a los trapos de mujeres menstruosas.

    En otros términos, para el otro evangelio el ser humano está en capacidad de elegir a Cristo, ya que si así no fuera Dios sería injusto. Eso es lo que enseña el arminianismo y su doctrina legendaria el pelagianismo. Hay pastores que predican la gracia soberana, pero que hablan de la posibilidad de la salvación dentro de la doctrina arminiana y pelagiana. Ellos se colocan como ejemplos, ya que dicen que anteriormente ellos fueron arminianos y ahora han creído en la soberanía de Dios. Por lo tanto, computan la época de su arminianismo/pelagianismo como parte del período de redención. Yo me pregunto, ¿por qué salieron del arminianismo o del pelagianismo? No hacía falta salir, ya que en su decir fueron salvos en ese tiempo.

    Al parecer no han entendido que la doctrina errónea no salva a nadie, como Pablo aseguró de la maldición de todos aquellos que predicaban un evangelio diferente al que calificó de anatema. El mismo apóstol tuvo como pérdida todo su tiempo de fariseo, de guardador de la ley de Moisés, diciendo que ahora nada más procuraba sino la excelencia de Cristo. Tener como pérdida su tiempo de fariseo ejemplar implica que él mismo reconocía que no era salvo en esa época. Pero estos nuevos pastores se congracian con el evangelio anatema y se colocan como argumento de validación, al decir que ellos fueron arminianos y que ahora que creen en la gracia soberana son salvos, como antes lo eran. Eso es un galimatías doctrinal fermentado.

    Pablo nos ha dicho que antes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), caminando en el sendero del príncipe de la potestad del aire. ¿No es andar de la mano con ese príncipe el caminar en otro evangelio? La doctrina que se opone a la doctrina de Cristo es sencillamente una doctrina del anticristo. Ese espíritu opera todavía en los hijos de desobediencia, así que conviene arrepentirse y creer el evangelio de Cristo, si en verdad hemos sido enseñados por Dios y hemos aprendido de Él (Juan 6:45).

    No hemos de creer que existe salvación en un evangelio que proclama a voces que la predestinación divina es repugnante (Jacobo Arminio), que declara que un Dios que hace tal cosa es simplemente un diablo (John Wesley), que alguien que elija es por igual un tirano (John Wesley). Tampoco hemos de creer que hay salvación en el corazón de un predicador que anuncie ante sus feligreses que su alma se rebela contra quien coloque la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Spurgeon). Quien colocó esa sangre a los pies de Dios fue el Espíritu Santo que inspiró a Pablo a escribir su Carta a los Romanos. Entonces, mucho cuidado con los camuflados, con aquellos que se engalanan ante sus oidores y asambleas, los que le dicen bueno a lo malo y a lo malo llaman bueno. Ocúpate de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; buen consejo para nosotros en estos tiempos de anti-evangelios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

    Intentamos expandir el anuncio de la buena nueva de salvación, para que la información llegue hasta lo más lejos posible. No vinimos a este mundo a salvar almas, como si tuviésemos el poder de hacerlo. Nuestro cometido consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, enseñada por los escritores bíblicos. Por supuesto, muchos creerán por medio de esa palabra, pero nosotros no salvamos a nadie. Apenas nos mostramos como instrumentos en las manos del Todopoderoso, para que las ovejas del Señor que todavía andan perdidas vayan al redil.

    Las cabras que oyen este mensaje se enfurecen, nos odian, porque son del mundo. El mundo ama lo suyo y nunca amó al Señor; además, Jesús no rogó por el mundo la noche antes de realizar su expiación (Juan 17:9). El otro evangelio, aquel del cual Pablo dijo que era maldito, se predica a las cabras, y las ilusiona, por lo que en las sinagogas donde operan sueltan cabezazos contra todos los que puedan soltar. En esos lugares la doctrina del Señor no se manifiesta como énfasis, y cuando lo hace viene torcida para perdición de quienes doblan el sentido de las palabras bíblicas.

    Los pies de los que traen las buenas nuevas de salvación son exaltados en el texto bíblico. La evangelización, de acuerdo a lo que muestran los evangelios, consiste en el anuncio general del trabajo de Jesucristo en la cruz. Pablo aseguró que él había mostrado todo el consejo de Dios; así que conviene mirar cuál fue su mensaje para poder imitar a ese gran evangelista. La doctrina del apóstol, lo que él daba en llamar su evangelio, siempre contuvo la enseñanza de la soberanía de Dios. La predestinación fue un tema favorito del apóstol para los gentiles, una cosa profunda que los indoctos e inconstantes tuercen, en el decir de Pedro (2 Pedro 3:16).

    Dios ama al dador alegre, todo lo que el hombre sembrare eso segará. Esto también puede ser tenido como otro punto doctrinal bíblico, precisamente de la pluma del apóstol Pablo. El apóstol hablaba de los hermanos que se esmeraron por ayudarlo, algunos enviándole dinero para los asuntos propios de su estancia como misionero, otros fueron elogiados por su generosidad en la hospitalidad que tuvieron. Con ello se contempla la importancia de la ayuda que los creyentes han de darse unos a otros, en la armonía que dicta el amor que nos tenemos.

    Las aflicciones del tiempo presente no son nada, comparado con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Romanos 8:18). Eso lo dijo el apóstol que fue arrebatado al tercer cielo, sin que le quedara claro si fue en cuerpo o en espíritu. En ese lugar vio cosas que no pudo narrarlas, no por prohibición sino por no encontrar palabras; el impulso que le dejó ese acontecimiento fue de tal magnitud que siguió encendido en la fe con gran ímpetu. Para evitar que aquella experiencia se le subiese a la cabeza, le fue dado un aguijón en su carne, el mensajero de Satanás que lo abofeteaba. Oró en tres oportunidades al Señor para que le quitara esa carga pesada, pero el Señor le dijo que le bastaba con su gracia, ya que su poder se hacía más grande en la debilidad del apóstol.

    Dios nos administra, nos controla para que no tengamos desviación del camino. Nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca, de manera que comprendamos que lo que decimos demuestra lo que creemos. Es decir, el árbol bueno se conoce por su irrefutable fruto bueno; aquel que ha nacido de nuevo no puede confesar un falso evangelio, porque estaría siguiendo al extraño. Eso sería incongruente con lo que dijo Jesucristo, que las ovejas que oyen su voz y le siguen no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). La confesión de otro evangelio forma parte del trabajo del apóstata, del maestro de mentiras, del pastor inútil.

    La doctrina del Evangelio se nos ha dado como una materia de seria importancia. Conviene cuidarla y ocuparse de ella, ya que por medio de su contenido muchos alcanzarán la salvación (1 Timoteo 4:16). Esta declaración de Pablo ante Timoteo demuestra que la falsa enseñanza, la falsa doctrina, no salva a ninguna alma. Así que resulta inútil el dicho de muchos supuestos creyentes que han militado por un tiempo en el error doctrinal, la presunción de su decir que afirma que en ese período de tiempo de error anduvo salvo. Eso no puede ser posible, ya que la palabra contaminada está corrompida y resulta ineficaz en materia de salvación.

    Lo dijo Jesucristo, cuando rogaba al Padre, dando gracias por los que habrían de creer por la palabra de esos primeros discípulos (Juan 17:20). Ellos tenían la palabra incorruptible del evangelio, como bien lo escribió el apóstol Pedro. Pablo tuvo por basura todo ese tiempo en que fue un religioso más del fariseísmo, todo aquello que hizo sin Jesucristo. Tengamos en cuenta esas palabras del apóstol, para que cotejemos los actos de muchos que dicen venir del error doctrinal pero que todavía insisten en afirmar que eran creyentes salvos mientras militaban en la falsedad de la enseñanza. Si en realidad hubiesen sido salvos desde ese tiempo en que andaban en la herejía, no habrían tenido necesidad de cambiar su doctrina.

    No podemos andar por el mundo diciéndole a la gente una mentira doctrinal, como se ha acostumbrado desde hace demasiado tiempo: “Cristo murió por tus pecados, acéptalo como salvador. Él ya hizo su parte, haz tú la tuya. Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida”. Piense en Judas, antes de decir usted tales palabras; piense en Esaú, en el Faraón, en cada réprobo en cuanto a fe, en los destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Así que esa fórmula de evangelización es herética en su totalidad. El fruto que ella produce es para muerte, pues si alguien cree en el error, su ignorancia no lo justificará. Lo afirmó Jesucristo cuando reprendió a los escribas y fariseos que rodeaban el mundo en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno (Mateo 23:15). ¿Por qué doblemente culpable? Porque ya estaba perdido y después siguió a otro que también andaba en el error. Jesús no lo disculpó por su ignorancia, sino que lo condenó doblemente. Así que conviene escudriñar las Escrituras porque en ellas parece que tenemos la vida eterna, y ellas testifican de Jesús.

    Es mejor decirle a la gente que Jesús es el Hijo de Dios que vino a este mundo para morir por todo su pueblo (Mateo 1:21), que no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero que vino a buscar a las ovejas perdidas. Que si oyes hoy su voz, no endurezcas su corazón. Que nos acerquemos a Dios en tanto Él está cercano. Que examinen las Escrituras para ver que le dice Dios a su alma, pues más vale perder la vida y sus cosas antes que nuestra alma eterna. Esto no es necesariamente el modelo, pero sí que puede tener lineamientos generales para hablar con el prójimo, para ver si es motivado por el Espíritu Santo para indagar en la palabra de Dios.

    Seguir con el modelo perverso de los falsos maestros no traerá buen fruto. Con esa mentira se garantiza el fracaso, como bien lo afirmó el Señor: el árbol malo no puede dar fruto bueno. Si la premisa mayor está contaminada de error, la conclusión será forzosamente errática también. Hablad verdad, cada uno con su prójimo (Efesios 4:25). Los trucos sicológicos tampoco son adecuados para persuadir a las almas, pues de seguro atraerán a las cabras al aprisco de las ovejas. Resulta categóricamente trascendente el hablar la verdad, el anunciar a Cristo como el Dios soberano, el que dio su vida en rescate por muchos. ¿Estará usted entre esos muchos?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA FE ESPARCIDA

    Pablo da gracias a Dios porque la fe se divulga por todo el mundo (Romanos 1:8), gracias al Evangelio que ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe (Romanos 16:26). El apóstol celebra que los destinatarios de la Carta a los Romanos habían guardado la doctrina aprendida, advirtiéndoles que se fijasen en los que causaban divisiones y tropiezos contra esa doctrina (Romanos 16:17). Un valor fundamental le dio Pablo al conjunto de enseñanzas impartidas a la iglesia, en especial a aquellas que sostienen el corazón del Evangelio. Sin la expiación, sin su comprensión, el Evangelio parece anularse, quedar inutilizado y sin poder. Si alguno cree otro evangelio, sea anatema, dijo en otra carta escrita.

    Esos que causan tropiezo sirven a su propio vientre, los cuales trabajan con palabras suaves y lisonjas, para engañar a los corazones ingenuos. Estos de corazones simples no son excusados, ya que Jesucristo afirmó cuando incriminaba a los escribas y fariseos, que rodeaban la tierra en busca de un prosélito (simpatizante), que ellos lo hacían doblemente merecedor del infierno. Es decir, la Biblia no excusa la ingenuidad del que es atrapado por los herejes, más bien lo condena en forma doble.

    El tiempo llegaría cuando las congregaciones cristianas no tolerarían más la sana doctrina. La comezón de oír hace que se busque a los maestros que hablan conforme a sus propias concupiscencias. Eso lo podemos constatar hoy día, y desde hace mucho tiempo atrás. A Timoteo Pablo le indicó que se ocupara de la doctrina como la herramienta para salvación de muchos; también le advirtió sobre el tiempo en que no se sufriría más la sana enseñanza doctrinal. Es decir, ahora se dice que se quiere a Cristo con el corazón, si bien no se comprende ni se acepta toda su teología con la mente. Este sinsentido es notorio por doquier, en especial en aquellas personas que son depravadas en sus principios y prácticas. Hay multitudes que no toleran las palabras duras de oír de Jesucristo, que discrepan del Dios de la predestinación, del Dios soberano que amó a Jacob y odió a Esaú sin mirar en sus obras. Esa Escritura que anuncia a voces que la salvación es de pura gracia, por el Elector, sin mediación de obra humana alguna, viene a ser odiada y tenida por maligna, propia de un diablo o de un tirano.

    Mucho se ha hablado de la necesidad de la gracia, del hecho de que Jacob no pudiera ser salvado a no ser por la misericordia de Dios. Pero en cuanto a Esaú, el odio de Dios es torcido y se tiene por un amor disminuido. Eso no lo resiste la Escritura, pero los que la tuercen consiguen su propia perdición. Por supuesto, a muchos les encanta oír cosas del evangelio, sus asuntos maravillosos, para lo cual escuchan a los neo profetas, a los anunciadores de sueños, a los que vaticinan el futuro. Les encanta escuchar a los que hablan en supuestas lenguas, como una prueba del dios en el cual han creído. Ellos buscan misticismo, algún elemento que los tranquilice en medio de la mentira en la cual se mueven.

    De esta manera se refieren a las fechas en que nacieron de nuevo, de la prédica que escucharon, sin importar si fue desde la tribuna del falso evangelio. Para ellos lo que parece importar es la prueba subjetiva, acompañada a veces de una cierta objetividad marcada por su más o menos buena conducta. La religiosidad ayuda a aceptar la mala doctrina asumida, pero para ellos eso no resulta de importancia, ya que su comezón de oír los aleja de la sana doctrina que ya no soportan (2 Timoteo 4:3-4). Las fábulas maravillosas de aquellos que dicen haber muerto e ido al infierno o al cielo, son narrativas que acrecientan la fe espuria que poseen los falsos creyentes. La autoridad espiritual les nace de la fabulación de los que sufren experiencias espirituales, no de la Escritura misma.

    Por esa razón también se ocupan de los falsos milagros, como lo hacían los antiguos griegos con los oráculos que escuchaban. Sus pitonisas anunciaban en un lenguaje anfibológico ciertos eventos que podrían suceder. Ellas también balbuceaban como si pronunciaran lenguas raras, entraban en trance y advertían del futuro. Hoy existe el kundalini, una conducta de éxtasis espiritual común en ciertos sitios de la India; desarrollan una manera de contorsión en el cuerpo para el despegue de la serpiente interior, imitada al calco en ciertas congregaciones que creen en los dones milagrosos. Parecieran herederos del misticismo de Simón el Mago, el que quiso hacer negocios pidiendo el Espíritu para causar impacto en el mercado religioso de las personas.

    Hoy día existen profetas que en nombre de ese evangelio anatema predicen muertes, guerras, terremotos, como si al cumplirse alguno de esos hechos significase que hablaron de parte del Dios de las Escrituras. La doctrina de Cristo la han apartado, porque les resulta dura de oír (Juan 6: 60), pero en cambio camuflan la de los fabuladores revistiéndolas de piedad, aunque su eficacia continúa negada. Pareciera que nadie se diera cuenta de los tres grandes momentos bíblicos en que aparecieron dones especiales, dados a los mensajeros de Dios. Moisés y Josué tienen esas historias narradas en el texto bíblico, mientras conducían a Israel hacia la tierra prometida. Posteriormente aparecen en la escena Elías y Eliseo, con dones especiales, para que el pueblo de Dios comprendiera que eran sus enviados y fuesen rescatados de su caída ante los Baales. Finalmente llegó Jesucristo, que hacía prodigios y maravillas, otorgándoles poder a sus discípulos como prueba de haberlos enviado en el nombre de Dios. De eso habla la Escritura, así como de su desaparición.

    Pablo aseguró que esos dones terminarían, cuando viniere lo completo (la Escritura misma). Este apóstol tuvo el don de sanar enfermos de manera espectacular, ya que enviaba su pañuelo a ciertas regiones para que se produjera el milagro real. Pero vemos que entrado en años ese don no lo acompañó más, sino que menguó: a Timoteo le dijo que tomara vino y no agua, por causa de su estómago. A otros hermanos dejó en ciertas regiones porque estaban enfermos; ¿por qué no los sanó con el don que tenía? Por esa razón uno debe pensar que se extinguía el don.

    Santiago habla para la iglesia local de entonces, cuando existían esos dones en forma viva; recomienda ungir con aceite al enfermo por parte del anciano de la iglesia, para que con la oración de fe sanare el enfermo. Hoy día eso no acontece, pero en lugar de comprender que la historia nos enseña que aquello que era espectacular cesó, se dice que si no hay sanidad es por culpa del enfermo que no tiene suficiente fe.

    Dios es Todopoderoso, puede sanar a quien quiere y como Él quiera; a veces da sanidad por medio de la ciencia médica, otras lo hace a pesar de la ciencia médica. A veces no quiere sanar a alguien y esa persona se agrava y muere, o vive enferma por mucho tiempo. Eso no implica que sea impotente, sino que en su providencia tiene unos planes que no concurren con los nuestros. Tenemos que ser cautos y velar, ya que el evangelio anatema es muy variado, muta constantemente en formas diferentes, como una acechanza del diablo para manipular a los que no se ocupan de escudriñar las Escrituras. No podemos creer a todo espíritu (a toda persona), ya que muchos engañadores andan por ahí con la trampa del error doctrinal preparada.

    Es bueno esparcir el Evangelio, ese que predicó Jesucristo junto a sus discípulos, el recogido por todos los escritores de la Biblia. Esa semilla de la palabra incorruptible da fruto para salvación eterna, no avergüenza a quien la recibe y la esparce, da seguridad a cada creyente. Sigamos sembrando la palabra, aquella por la cual fue constituido el universo y esa por la cual nace el hombre de nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NO HAY OTRO DIOS

    Yo soy Jehová, y no hay otro, yo soy el único Dios que existe (Isaías 45:5). Esa aclaratoria lanza el Dios de la Biblia, ante Ciro, mucho antes de que apareciera en escena. Es el mismo que dice más adelante que Él forma la luz y crea las tinieblas, que hace la paz y crea la adversidad. Él es quien hace todo eso (verso 7). Con esa premisa nos queda dos posibilidades, aceptar sumisos ante su majestad o correr altivos en tono de huida, hacia la búsqueda de otra divinidad. Tal vez otros prefieran mantenerse en el ateísmo, ya que no conciben la idea de un Ser Supremo, pero los cristianos nos hemos de aferrar a la ley y al testimonio.

    Algunos teólogos hablan del mal como castigo por el pecado, pero pudiera bien comprenderse por igual que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual englobaría el mal como pecado hecho para su propia gloria. Si el hombre no hubiese caído en la tentación en el Edén, Jesús como Cordero sin mancha no se hubiese manifestado en el tiempo de los apóstoles (1 Pedro 1:20). Dios tuvo todo preparado para que con las circunstancias creadas por Él mismo apareciese el Mesías Redentor, el único Mediador entre Dios y los hombres.

    A Jacob amó Jehová, pero odió a Esaú, sin que mediara obra alguna entre ellos, mucho antes de que naciesen o fuesen concebidos, porque así lo planificó desde la eternidad (Romanos 9: 11,13). La salvación vino por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe. Bueno, existen las buenas obras como fruto de la redención, pero la principal buena obra es la confesión del Evangelio que se ha creído. Como dijo Jesucristo, de acuerdo al evangelio de Lucas 6:45: de la abundancia del corazón habla la boca, hablando de los frutos que testificarán del árbol bueno (así como del árbol malo, cuando se confiesa un evangelio diferente).

    Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé (Isaías 45: 11-12). El futuro para los hombres es la historia escrita por Dios, el Creador; sin necesidad de mirar en los corredores del tiempo, Jehová anuncia lo que vendrá, ya que es el mismo creador del futuro. Ni una jota, ni una tilde escaparán de su cumplimiento, ya que en Él todo es un Sí y un Amén.

    La religión habla de lo que le conviene, en especial cuando actúa como franquicia de comercio. Existe un intercambio de valores, gente que se aglutina para que le digan cosas de esperanza; de igual forma aparecen los mercaderes del templo, los que venden ilusiones con frases blandas que agradan al oído. Jesús no actuó de esa manera, como se desprende de sus discursos. En especial, podemos encontrar en Juan, Capítulo 6, el relato acerca de la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces. Esa gente seguía a Jesús por mar y tierra, lo buscaba con anhelo. Sin embargo, pese a que eran discípulos de ese gran Maestro, se ofuscaron por sus palabras de Dios soberano.

    Cuando él les dijo que ninguno de ellos podía venir a él, si el Padre no lo traía, ellos se incomodaron. Comenzaron a murmurar, dijeron que sus palabras eran duras de oír. Su ofensa fue notoria y Jesús les reclamó el hecho de que estuvieran ofendidos. Pero ese reclamo no vino acompañado de una disculpa sino de una reiteración de su mensaje. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ya en el verso 44 les había recalcado lo que les había anunciado en el versículo 37. En el verso 36, Jesús, que siempre conoce a los que son suyos, les había indicado a esos discípulos que ellos no eran creyentes. En el verso 37 les dio la razón por la cual no creían, ya que no habían sido enviados por el Padre al Hijo; si hubiesen sido enviados por el Padre, él no los habría echado fuera, no los habría espantado con su discurso. Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar (Verso 64). ¿Acaso no conoce el Señor a los que son suyos? El fundamento de Dios es firme y tiene ese sello, el conocimiento del Señor respecto a los que le pertenecen. Por eso se enfatiza en que debemos apartarnos de la iniquidad, si invocamos el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

    Ciertamente, muchos de los que son formados en el conocimiento de la doctrina cristiana llegan a saber que no hay otro Dios. Pero como ese que conocen no les gusta del todo, intentan moldearlo a su propia imagen y semejanza. Para ese objetivo se dan a la tarea de torcer las Escrituras, de interpretarlas privadamente, dando sus propias opiniones (lo que en griego se traduce como herejía). No obstante, el apellido de cristiano se mantiene por siglos, para confusión general y para blasfemia del nombre del Señor. Aquellos primeros discípulos desencantados con Jesús tuvieron la gallardía de retirarse de su lado, si bien generalizaron que esas palabras nadie podía oírlas. Hoy día los disidentes no se retiran sino que siguen infiltrados para intentar darse ánimo en medio de multitudes que se llaman cristianas, pero cuyo corazón doctrinal no tiene nada que ver con Dios.

    Estos son llamados extraviados, los que no permanecen en la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). Se nos recomienda no compartir espiritualmente con esa gente, ya que nos acarrearía muchas plagas encima. Son una tragedia, los que casi creen, los que llegan a creer a medias, los que se interesan por la doctrina cristiana pero en forma parcial. Las cosas duras de roer las llaman comida fuerte, pero yerran al suponer que la falsa doctrina es comida láctea para niños. No, el alimento que da el Espíritu, la palabra de Dios, es una sola; la doctrina (cuerpo de enseñanzas) de Cristo ha de ser creída en forma absoluta, de lo contrario será llamado extraviado aquel que no la mantiene como creencia.

    ¿Cuál es el problema que tiene el asumir que Cristo murió en exclusiva por su pueblo? Eso enseñan las Escrituras (Mateo 1:21); la nación santa, los amigos de Jesús, su pueblo, su iglesia, son el conjunto de personas elegidas desde la eternidad por el Padre, para darlas como recompensa al Hijo por su trabajo en la cruz. Multitud de textos lo dicen, como por ejemplo Efesios 1:11 (uno suficientemente emblemático). No puede adulterarse esa doctrina con el supuesto de que Cristo supo quién iba a creer y quién lo iba a rechazar, ya que en principio todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Un muerto (como Lázaro, de acuerdo al Evangelio de Juan), no puede decidir nada. Solamente necesita la voz del Espíritu, el que hace nacer de nuevo. El Espíritu llama de manera eficaz a los que son de Cristo.

    De esa forma se ha escrito que el nuevo nacimiento no depende de voluntad de varón, de carne alguna, sino solamente de Dios. De quien quiere tener misericordia, Dios tiene misericordia; pero al que quiere endurecer, Dios endurece. ¿Son acaso estas palabras de Romanos 9:15 duras de oír para usted? En Juan 6 hemos visto lo que acontece con quienes consideran duras de oír tales palabras; pero también allí leemos la respuesta de un creyente: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Juan 6: 68).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL BUEN PASTOR

    Jesús se definió a sí mismo como el buen pastor, el que pondría su vida por las ovejas (Juan 10: 11,14-15). No existe mayor amor que ese, que alguien ponga su vida por sus amigos, por lo tanto se nos recomienda amar a la esposa de la manera como Cristo amó a la iglesia, hasta entregarse a sí mismo por ella (Efesios 5:25). En la oración realizada en el huerto de Getsemaní Juan nos asegura que el Señor no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de esos primeros creyentes. ¿Cuál es la razón de no rogar por el mundo? La eficacia del trabajo de Cristo representa un principio fundamental dentro de la economía divina.

    La sangre del Señor no fue derramada en forma inútil, como los amantes de la expiación universal reclaman. La Biblia habla de la doctrina de la predestinación para salvación, de los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo. Se nos anuncia al Cordero preparado desde antes de que el mundo fuese fundado, para que se manifestara en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). También nos expone de forma explícita acerca de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Estos fueron preparados para la gloria de la ira de Dios (Romanos 9: 17).

    Cuando Pablo diserta sobre el asunto de comer de todo, cosa que molestaba a los débiles en la fe, escribe que si el hermano es contristado por causa de tu comida, ya no andas conforme al amor. Es decir, no se debe hacer que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió (Romanos 14:15). Acá no se habla de destrucción perpetua, como si entristecerse por asuntos de alimentación condujese al infierno de fuego. Sino que la malicia no debe aparecer en el corazón de nadie en la iglesia, ni el deseo de perturbar al hermano en asuntos de preferencias de alimentos. Uno se puede perder de tristeza, consumir de dolor, por causa de los que en la iglesia juegan un rol de superioridad espiritual. Pero eso no implica perdición eterna, en ninguna manera. El pueblo especial del Señor, el que él vino a rescatar en la cruz, no puede perecer eternamente. De la misma forma, cuando en el Nuevo Testamento se habla de salvación, no siempre se hace referencia a la salvación eterna.

    Por ejemplo, la mujer se salvará si engendra hijos. Si eso se refiriera a la salvación eterna, entonces sería una redención por obras, por medio del parto. ¿Qué pasaría con las mujeres estériles por las cuales murió Cristo? El contexto urge para poder comprender el sentido de los términos. De igual forma, otras palabras generan incomodidad al ser descontextualizadas: mundo, todo, etc. Un ejemplo que puede mostrar lo que decimos, y encontrado en la Biblia, sería: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). Pero los romanos no se iban tras Jesús, ni los países circunvecinos de Judá, como tampoco los mismos fariseos que hablaban. Es el uso de una hipérbole lo que da como resultado este tipo de construcciones lingüísticas, para mostrar la importancia enorme que Jesús cobraba en esos momentos. Otra frase similar: Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. La iglesia pertenece a Cristo y no está regida por el maligno, aunque está en el mundo (1 Juan 5:19). Volviendo a lo dicho por Pablo a Timoteo, descubrimos que hay salvación social, emocional, económica, de muchos tipos: la mujer se salvará engendrando hijos (1 Timoteo 2:15).

    No deberíamos imaginar siquiera que algún creyente en Cristo, redimido por el Señor en la cruz, pueda perderse. Dios no enviará al infierno a quienes ha amado eternamente, así como no sufrirá por aquellos que tiene destinados para la muerte eterna. El caso de Esaú lo demuestra, no dijo Pablo que Dios estaba triste al pensar que Esaú estaba destinado a perdición. Al contrario, esa fue su voluntad desde antes de que fuera concebido (Romanos 9). Nuestro Dios no nos ama un día y otro día nos odia, como tampoco odia en un momento y ama al siguiente. El amor por Jeremías lo definió Jehová como eterno, mismo amor que tiene por cada uno de sus escogidos.

    El Señor conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre; ellas le conocen a él y lo siguen. Jamás se irán tras el extraño, porque ya no conocen la voz de los extraños. El extraño es el del evangelio diferente, el maestro de mentiras, el falso profeta, el que dice paz cuando no la hay. Todo aquel que profesa una doctrina diferente a la enseñada por Jesucristo, se tiene como extraviado, sin el Padre y sin el Hijo; ¿cómo podrá tener al Espíritu? (2 Juan 1:9-11).

    Todos aquellos que hemos creído el Evangelio de salvación que está condicionado en la sangre del Hijo de Dios, cuya justicia nos fue imputada, poseemos un mensaje de confort. Esto forma parte de su gracia eterna, ya que todo el proceso de salvación (desde nuestra regeneración hasta la gloria final) se afianza solamente en el trabajo realizado por Jesucristo. Su célebre frase dicha en la cruz, Consumado es, agranda la esperanza de cada redimido. Lo que Dios hizo se tiene por perfecto, sin que se le pueda quitar un ápice ni aumentar en alguna medida. ¿Quién puede deshacer lo que Jesucristo hizo?

    La culpa y la condenación por el pecado han sido removidas en la cruz, lugar donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria. ¿Quién puede desclavarla? ¿Con qué martillo se podrá superar la intensidad del perdón divino? Nunca más estaremos bajo la ira divina, nunca más bajo su maldición. La paga del pecado es la muerte, pero para nosotros hubo una dádiva superior al castigo: la vida eterna en Cristo Jesús. Si miramos la Escritura desde esta óptica, la del perdón otorgado a cada uno de los escogidos de Dios, ella será miel a nuestro paladar. Nuestra motivación se agiganta hacia la obediencia, en la búsqueda de la gloria eterna. Sabemos que no podemos añadir a esa meta nuestro esfuerzo, porque ya el trabajo fue enteramente consumado; pero sí que podemos procurar nuestra santificación (separación del mundo), haciendo morir lo terrenal en nosotros. Tenemos gratitud por lo que el Señor hizo, de manera que nuestras buenas obras en esta tierra buscan ofrendar en forma fragante al Todopoderoso; jamás buscarán aplacar su ira (que ya no existe contra nosotros).

    El que no ha creído el Evangelio de Cristo no puede comprender la dimensión de esta verdad que anunciamos; para el creyente lo acá dicho puede ser tenido como una palabra de aliento, en medio de estos sequedales de verano que se manifiestan en el pavimento del mundo. Los falsos Cristos, los falsos profetas, los maestros del engaño se multiplicarán en forma notoria en los días finales. Pero no les será posible a ninguno de ellos arrastrar a ninguno de los que fuimos redimidos en la cruz del Calvario, así que solamente engañarán a aquellos a quienes les será enviado el espíritu de estupor, por cuanto no tienen amor por la verdad.

    No se trata de que nuestro talento sea el que nos saca del engaño y de la trampa del enemigo, sino de la preservación que tiene el Todopoderoso en favor de su pueblo. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Las doctrinas del Evangelio, que son todas dignas de conocer, vienen como sustento y verdad para los que seguimos a Jesucristo. Nunca vamos a decir como algunos dicen: “Otra vez el tema de la soberanía de Dios”. No lo diremos porque esa es la temática principal de las Escrituras, pintarnos a un Dios soberano en forma absoluta, el que hace todo posible, el que puede enviar cuerpo y alma al infierno pero que por igual puede justificar al impío.

    Nunca cesarán nuestros labios de anunciar esa ciencia y entendimiento que emanan de la palabra de vida, todo lo cual fue divinamente inspirado a los santos hombres de Dios. De la manera como Jehová colocó a David para que apacentase a Israel, lo hace con nosotros hoy día. Tenemos la Escritura en forma completa, y ahora no conocemos solo en parte sino en forma total. Por supuesto, conocemos lo que se nos ha revelado, el consejo de Dios suficiente y necesario para que seamos apacentados con entendimiento. Ya no estamos más bajo el engaño de los falsos evangelios, ni tampoco pertenecemos a los que engañan con vanas palabrerías y huecas sutilezas.

    Sepamos y digamos una vez más, que no seguimos al extraño porque hemos oído la voz del buen pastor (Juan 10:5). Esas son palabras de Jesucristo, dignas de tenerlas por ciertas, aunque multitudes caminen por los senderos del delito espiritual. La gracia preservativa de Dios hace imposible que una sola de sus ovejas llamada por su nombre pueda seguir al extraño.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com