Categoría: DOCTRINA

  • CAMINO DE MUERTE (PROVERBIOS 14:12)

    El camino del pecado y la maldad promete bastante, pero da poco y quita todo. El placer carnal suele mostrarse atractivo para el que milita en la carne y transita por camino ancho con grandes compañías, con apariencia de rectitud. ¿Qué de malo tiene un poco de placer para el cuerpo y la mente? Salomón probó ese camino, hasta que llegó a saber que era camino de muerte. Su vida quedó destruida, apartada por completo de la presencia de Jehová, si bien al final de sus días tuvo que reconocer en su libro Eclesiastés que el fin de todo el discurso era temer a Jehová.

    En el medio religioso muchos transitan esas vías, tan solo cuidándose de los placeres sexuales que son muy vistosos. Sin embargo, se atragantan con las herejías y los errores doctrinales, en un total desprecio y desconocimiento de la justicia de Dios que es Cristo. Las buenas obras las buscan para ayudar en el camino hacia el cielo, hablándose de almas alcanzadas, de tantas decisiones de fe tomadas, de sus prédicas y ministerios, aunque su final sea camino de muerte.

    Para llegar a ser Papa de la Iglesia Católica Romana hay que prepararse durante años, estudiar teología y poseer habilidades humanísticas cuantiosas. Sin embargo, sabemos que ese final teológico conduce a la gloria humana y a la blasfemia de Dios, al creerse el vicario de Cristo en esta tierra. La paga del pecado es la muerte, y la muerte eterna. Eso nos advierte Salomón en su libro de los Proverbios, así que si usted milita en una doctrina de errores doctrinales, debe saber que Pablo llama a eso maldición o anatema. En la Biblia no existe la separación entre la herejía y sus herejes, como si Dios amara al hereje y repudiara la herejía. No, la Biblia ha anunciado que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11). Se nos llama divisionistas y faltos de amor, cuando señalamos la maldad de los que practican los errores doctrinales. Se arguye que ellos aman a Cristo con el corazón, si bien no se meten en los asuntos de la teología porque eso compete a la materia intelectual.

    La separación entre corazón y mente es una ilusión; Jesucristo dijo que del corazón salen los malos pensamientos y los homicidios. Esos actos son por igual de la mente, por lo que también leemos: Que nunca te abandonen el amor y la verdad: llévalos siempre alrededor de tu cuello y escríbelos en el libro de tu corazón (Proverbios 3:3-4). Cierto es que debemos amar al Señor con todo el corazón y con toda la mente (Mateo 22:37), lo cual hace que mente y corazón tengan una misma función. ¿Cómo tener un corazón alegre y dejar el ánimo decaído? Para eso existen terapias intelectuales, donde la mente debe actuar para refrenar la depresión, esperando que el cuerpo contribuya por medio del ejercicio físico. Entonces, el corazón viene como metáfora de un sitio donde reposa la emoción pero también el intelecto. A veces se separa y a veces se colocan juntos.

    Por ejemplo: Hijo mío, no te olvides de mis enseñanzas (doctrinas); más bien, guarda en tu corazón mis mandamientos. Porque prolongarán tu vida muchos años y te traerán prosperidad (Proverbios 3:1-2). Acá vemos que las doctrinas del Evangelio deben guardarse en el corazón, incluso los mandamientos de Dios. ¿Qué es una doctrina? Es un conjunto de enseñanzas respecto a un tema particular, en este caso respecto a la teología. Guardarlas en el corazón implica ocuparse de ellas todo el tiempo, ya que ese es el sitio central de nuestra atención. El corazón toma decisiones (actividad netamente intelectual), pues cada quien debe dar según lo que haya decidido en su corazón (2 Corintios 9:7). Hay corazones sabios y necios (Proverbios 10:8); sabemos que la sabiduría constituye una actividad intelectual, lo mismo que la necedad. El de sabio corazón acata las órdenes, así Dios restaura a los de corazón quebrantado (el que se arrepiente: el arrepentimiento es un cambio de actitud mental respecto a un error). Al corazón llevamos sabiduría (Salmos 90:12), así que si se nos dijo que seríamos dichosos los de corazón limpio, porque veríamos a Dios, no será posible tenerlo limpio con una mente sucia. Todo va unido dentro de la metáfora bíblica.

    El corazón también es el centro de la voluntad: Aleja de tu corazón el enojo, y echa fuera de tu ser la maldad…(Eclesiastés 11:10). En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti (Salmos 119:1). El corazón puede ser pecaminoso e incrédulo (Hebreos 3:12), guarda las palabras divinas (Proverbios 4:20-21), puede ser sabio (Proverbios 23:15), en el corazón se puede cometer adulterio (Mateo 5:27-28). Hemos de amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas…(Marcos 12:23), es decir, no dejando el entendimiento a un lado para abocarnos a la emoción aisladamente. Volverse al Señor de todo corazón implica dejar a un lado los ídolos (una actividad intelectual, un deber que se razona), así lo dijo Josué 24:23. Para invocar al Señor con corazón limpio hay que huir de las malas pasiones de la juventud, y esmerarse en seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Vemos que existen actividades intelectuales para poder seguir a Jesús (2 Timoteo 2:22). El corazón se limpia con la palabra de Dios, y la palabra de Dios se comprende con el estudio (escudriñándola), con esfuerzo intelectual.

    Nuestro corazón se compone de la mente, la emoción y la voluntad, y aún de nuestra conciencia. Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9:4). El propósito del corazón implica tomar una decisión (Hechos 11:23), …y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Juan 16:22), lo que también toca una parte emotiva. Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios (1 Juan 3:20); …purificados los corazones de mala conciencia (Hebreos 10:22). En estos dos últimos textos también tenemos el ligamen del corazón con la conciencia, en una actividad de reprensión (examen intelectual).

    Por lo tanto, no importa que seamos pocos los escogidos, que seamos llamados la manada pequeña, que a veces tengamos que decir con Elías: Señor, ¿solamente yo he quedado? El error doctrinal de los que enseñan vanidad nos separa, recibimos el odio de los que se llaman hermanos pero transitan en el camino ancho del otro evangelio. Ellos se sienten acompañados domingo a domingo, y dicen paz cuando no la hay; en cambio, cuando denunciamos las herejías o los errores doctrinales, somos señalados como separatistas. Se nos acusa de no amar con el corazón y de estar pendientes solamente de la doctrina.

    Pablo le recomendó a Timoteo que se ocupara de la doctrina, alabó a los romanos por haberse entregado y por haber permanecido en esa forma de doctrina una vez recibida. Isaías nos advierte que por el conocimiento del siervo justo seremos justificados, el apóstol para los gentiles criticó duramente a los que teniendo celo religioso por Dios ignoran lo que significa la justicia de Dios. Esa justicia es Jesucristo, nuestra pascua; es nuestra justicia por cuanto nos representó en el madero llevando nuestros pecados. Jesús no rogó por el mundo que no iba a representar en la cruz (Juan 17:9), sino que vino a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Así que conviene escudriñar las Escrituras para saber qué es la justicia de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL VENENO DEL ERROR

    Razón tuvieron los latinos con su frase que dice: la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Al suavizar el discurso del Evangelio se envenena la fuente, algo que Jesucristo advirtió para no hacer. Cuando enseñaba a la multitud reseñada en Juan 6, sus palabras resultaron ásperas al punto de que aquellos discípulos (montones que lo seguían) las consideraron duras de oír (Juan 6:60). El hombre natural no soporta el camino de la cruz, pero se da a la tarea de oscurecer lo que aparece prístino y sencillo.

    El orgullo humano necesita doctrinas agradables, para que no lo destronen del alma de la humanidad. Lo que resulta bochornoso, en ocasiones lo denominan digno de ser imitado, como si con esa negación de la realidad descartaran lo que los acusa. Jesucristo realizó una expiación completa, algo que agradó al Padre en forma total. Esa satisfacción nos asegura la salvación a cada uno de aquellos que representó en la cruz. No olvidemos que la Escritura dice que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Los grandes tesoros cuando se consiguen son guardados con celo, custodiados con astucia y después son explotados adecuadamente. Eso se desprende en parte de lo que afirmara Jesús respecto al reino de los cielos (Mateo 13:44-46). No cambiamos el tesoro por baratijas, no recibimos espejitos a cambio del oro. Dios está contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira, por cuanto engañan al pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz, que trabajan en conjunto con los que edifican la pared y con los que la recubren de fábulas (Ezequiel 13: 9-10).

    Se ha vuelto tan común hoy día la prevaricación de la doctrina de Cristo, que una mezcla de gente cohabita en los templos bajo el principio de no hacerse daño. Para esa vanidad de vida se ha inventado el criterio dualista de corazón-mente, como algo separado, dándosele preferencia al corazón que siente pasión por el Mesías pero relegando a la nada a la mente que escudriña intelectualmente. Se han olvidado de que Jesús es el Logos, la razón pura, la inteligencia, de manera que sus palabras están llenas de lógica y verdad espiritual. Bajo el ardid de amar a Jesús con el corazón, se menosprecia la doctrina bíblica que obliga a pensar.

    Esa manera de actuar, Pedro la denomina habladurías del mal o detracciones (1 Pedro 2:1). La censura o murmuración contra la palabra de Dios resulta desdichada, blasfema y signo de alguien que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). Un niño que toma leche de su madre no consume veneno suave para después alimentarse con comida sana. El niño debe mamar la leche sana desde un principio, para ir creciendo adecuadamente, evitando su prematura muerte. De igual forma las personas que han nacido de nuevo, desde el primer momento en que han creído la doctrina propia de la salvación, deben alimentarse de la palabra incorruptible. No puede alguien pretender consumir un evangelio anatema y después saltar al verdadero evangelio, como si hubiese sido necesario navegar primero en el error.

    Jesús lo afirmó por igual, que sus ovejas cuando oyen su voz lo siguen, sin que se vayan jamás tras la voz del extraño. ¿Quiénes son esos extraños? Son los mismos reseñados por Ezequiel, los que profetizan vanidad y adivinan mentira, los del otro evangelio acusado por Pablo, aquellos que desdibujan la expiación de Cristo para que resulte más suave la palabra de la cruz. Existe un mandato bíblico de inmiscuirnos en la razón, para las nuevas criaturas que somos bendecidas por Dios con las bendiciones espirituales en Cristo, para servirle con nuestros cuerpos a través de un culto racional (Romanos 12:1).

    Hemos de reconocer que existe un montón de gente ordenada para tropezar en la piedra del ángulo, la roca que es Cristo, gente que carece de fundamento sólido y parece que construye su casa en la arena. La roca donde tropiezan los que hablan vanidad, y los que los siguen a ellos, tiene un filo cortante para los que no son enseñados por el Padre, para los que nunca aprenden. Ella anuncia que nadie puede venir si el Padre no lo trae, porque se necesita ser enseñado por Dios y haber aprendido, para poder ir al Hijo. De esa manera se puede comer el pan de vida, beber de la fuente de agua eterna, y no ser echado nunca fuera (Juan 6).

    Es un error decir que Jesús pretendió la salvación de todo el mundo, sin excepción; es un error guardado en una falacia el afirmar que como Jesús es Todopoderoso su sangre también lo es, en el sentido de tener la posibilidad de expiar a todo el mundo, sin excepción. Continúa siendo un error el afirmar que Jesús murió por todos pero que su sangre solamente resulta eficaz en los elegidos. ¿Por qué es un error? Porque no fue lo que pretendió el Padre, como también se demuestra por la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. El Señor rogó por los que el Padre la daba, pero en forma explícita aseveró que no rogaba por el mundo (Juan 17:9; 20).

    Hoy día se ha puesto de moda el asegurar que Jesús murió de alguna manera por Judas Iscariote, que si él no se hubiera suicidado de seguro hubiese encontrado perdón. Incluso hay quienes afirman que el arrepentimiento de Judas al devolver las monedas, al confesar que había entregado a un inocente, más su intención manifiesta de castigarse con el suicidio, sirve como signo de arrepentimiento para perdón de pecados. Tal afirmación resulta en profecía de vanidad y mentira, dado que Jesús aseguró que Judas era diablo, que era el hijo de perdición que debía hacer aquello que le fue encomendado para que la Escritura se cumpliese.

    Incluso Juan Calvino afirmó en sus Comentarios de la Biblia que cuando Jesús le lavaba los pies a los discípulos, incluido Judas, confiaba en que con ese acto Judas se arrepintiera. Parece ser que muchos que se acercan a la verdad todavía tropiezan con la roca que es Cristo, con su palabra, porque no vale acercarse ni tener celo por Dios (hasta llegar a matar a otro por asuntos de doctrina), sino que se tiene que haber sido enseñado por el Padre, para que habiendo aprendido se vaya seguro hacia el Señor.

    Las personas reseñadas por Pablo en Romanos 10:14, poseían un gran celo por Dios pero no lo conocían conforme a ciencia. ¿Por qué no lo conocían, si se la pasaban estudiando el Antiguo Testamento? Porque no se sujetaban a la justicia de Dios, al ignorarla y procurar colocar la suya propia. Al parecer, gracia y obras se perturban la una a la otra, en tanto que las buenas obras son consecuencia de la gracia pero nunca su causa. El acto de examinar las Escrituras es una actividad intelectual; eso no quiere decir que una persona marginada de la cultura universitaria no pueda conocer a Dios. Simplemente se quiere decir que todos tenemos intelecto, el cual conviene ejercitar para poder conocer lo que la Biblia enseña tocante a Jesucristo. Ya Jesús lo dijo: Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).

    Hay gente que sale a predicar el evangelio bajo la creencia de que aún los no elegidos pueden llegar a creer. Para ello argumentan que Cristo murió por todo el mundo, que su sangre es de tal valor que sirve como enlace para cada persona si tan solo deseara creer. ¿No encierra tal afirmación el concepto de la expiación universal? ¿Acaso los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, podrán ser afectados positivamente por la supuesta expiación universal? Eso equivale a decir que como Dios es amor, y dado que Él es Todopoderoso, su amor es también todopoderoso y alcanzará por sobre cualquier obstáculo a todos los perdidos. Pero eso no es lo que afirma la Biblia, como tampoco es la voluntad eterna e inmutable del Todopoderoso.

    Mucho cuidado con los profetas de vanidad que hablan mentira, palabras que Dios no ha dicho, porque ellos engañan al pueblo, se dan a las fábulas, prometen prebendas que jamás saldrán como oferta divina. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, en tal sentido pasa por una buena noticia para todos aquellos que son creyentes, de acuerdo a los planes eternos que no cambian del Padre Celestial. Jesús vino a morir por su pueblo, por sus escogidos, por su iglesia, no por el mundo que no fue amado por Dios. ¿Suena dura esa palabra? Entonces mire el Capítulo 6 del evangelio de Juan, allí podrá encontrar a muchos discípulos de Jesús que se ofendieron por esta palabra. Ellos fueron muy sinceros y al instante se apartaron de Jesús.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN MISMO CONOCIMIENTO

    Interesante la ecuación bíblica sobre el conocimiento; no se trata de una condición sino de una consecuencia. Pero al mismo tiempo, podría ser una condición que no podemos cumplir ninguno de nosotros, sino que el Padre la provee cuando nos enseña. Isaías dice que por su conocimiento el siervo justo justificará a muchos. Es decir, urge conocer quién es ese siervo justo y qué trabajo hizo. Conviene saber por qué razón él fue declarado la justicia de Dios, y por qué al mismo tiempo nosotros fuimos llamados justos o justificados. Ese conocimiento no lo tuvieron aquellos por quienes Pablo oraba para salvación, ya que los consideraba perdidos. Al menos no lo tuvieron mientras el apóstol escribía su capítulo 10, versos 1 al 4, de su Carta a los Romanos.

    A algunos les falta ese conocimiento, por lo que se consideran perdidos. No importa el celo religioso que se tenga, ni la conducta intachable que moralmente exhiba la persona en sociedad. Poco importan las buenas acciones individuales o de grupo, el cuidado por los semejantes, la disposición religiosa y pasión mostrada por el saber bíblico. Lo que importa es un conocimiento que solamente lo da el Padre, de acuerdo a las palabras de Jesucristo. Él dijo, como fue recogido en Juan 6:45, que el Padre es quien enseña a la persona que va a enviar hacia el Hijo, que cuando la gente aprende del Padre vendrá a él.

    ¿Cuál es ese conocimiento dado por el Padre? De seguro es que Cristo es su justicia, que nadie puede venir a él si no es uno de los escogidos en Cristo desde la eternidad. Ese conocimiento no lo poseen los que son incrédulos, ya que desestiman lo que significa la justicia de Dios. En realidad, la ley vino pero se mostró como una maldición sobre todos aquellos que intentaron cumplirla; ella tenía un mandato muy severo: sería maldito cualquiera que fallare en un punto. El rasero mostrado por el Creador es demasiado alto, como alta también es su santidad. Sin santidad nadie verá al Señor, sin santidad la gente solo puede caminar hacia el infierno de fuego.

    Entonces uno aprende que el Padre nos ha dicho que sin Jesucristo no puede haber redención. Que urge comprender que Jesús se convirtió en la justicia de Dios y vino a ser nuestra pascua. Él llevó nuestras transgresiones y pagó por nuestros pecados, en fin, los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). En este punto muchos tuercen la cara porque detestan a un Dios que les parece injusto. Ellos quisieran que Él hubiese dejado todo al libre albedrío humano, como si el hombre lo poseyera; desean decidir su destino final y no que se tenga que caminar sobre un guión preestablecido.

    ¿Hay injusticia en Dios? Esa es la pregunta que la lógica del hombre natural levanta contra el Creador. La respuesta la da el Espíritu de inmediato: En ninguna manera. Pero el hombre continúa con el puño alzado contra la decisión del Padre Eterno, diciéndole que el pobre de Esaú no pudo resistirse a la voluntad divina, por lo cual tuvo que vender su primogenitura. La Biblia sigue respondiendo que no es lícito para el vaso de barro discutir con el alfarero, para reclamarle la razón por la cual lo ha hecho de tal o cual manera. Es Dios quien decide y quien lo ha hecho desde la eternidad, por lo cual también preparó al Cordero sin mancha para manifestarse en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Muchos teólogos reformados han seguido con la necedad de oponerse al designio del Creador, pero dan interpretaciones diferentes al sentido literal y común de lo expresado. Por ejemplo, el célebre predicador Spurgeon aseguraba que una es la pregunta sobre Jacob y otra sobre Esaú, que una es la respuesta de la gracia de Dios y otra la condenación que se basa en las obras. Esa defensa de Dios le gusta a la feligresía que deambula en los pasos del fantasma del libre albedrío. Pero la Biblia sigue siendo tajante y no da una respuesta fácil de oír para esos oídos no educados por el Padre. Ella dice que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido.

    En fin, que Dios reclama la condenación de Esaú, más allá de que Esaú y todos nosotros seamos responsables por nuestros actos. A Jacob amó Dios, aún antes de ser concebido, antes de que hiciera bien o mal. En ese punto todos cantan alegrías porque entienden que sus obras no pueden salvar a nadie, por lo tanto urge la gracia. Pero en cuanto a Esaú, un gemelo del cual se habló en los mismos términos que se usaron para su hermano (antes de ser concebido, antes de hacer bien o mal), la gente piensa distinto. Se sostiene que Esaú se condenó por vender la primogenitura, pero lo que la Biblia establece en Romanos 9 es que Esaú vendió su primogenitura porque Dios lo había odiado (más allá de que Esaú no lo supiera en el momento de la venta).

    Puro y simple, la enseñanza del Padre para poder ir hacia el Hijo es que de Él depende absolutamente todo, y si alguno se tropieza para caída con esa verdad podemos estar ciertos de que no ha aprendido nada de lo que ha sido enseñado por Dios. La Escritura es su palabra y en ella subyace la verdad establecida como principio irrefutable de su evangelio. No vemos a Esaú peleando contra Dios diciéndole que no quería vender su primogenitura, como tampoco vemos a Jacob oponiéndose a la regeneración que el Señor hizo en su vida. Cuando el Señor le habló a Saulo de Tarso, él cayó a sus pies de inmediato. Como dice la Escritura: tu pueblo lo será de buena voluntad, en el día de tu poder (Salmos 110:3).

    De la misma manera el Faraón de Egipto no se resistió al endurecimiento hecho por Jehová, sino que actuó en consecuencia. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19); el alfarero tiene la potestad sobre el barro (Romanos 9:21). Hay gente en los templos denominados cristianos que se opone abiertamente a esta doctrina, incluso pastores que dicen a sus predicadores que no se hable del tema. Hay quienes han dicho que es mejor creer esa doctrina en silencio, ya que a la gente ese tema no le agrada, y eso le confunde. La justicia de Cristo se le imputó a Jacob, quedando constituido justo. Lo mismo le aconteció a Abraham, cuya fe le fue contada por justicia. ¿Qué le creyó Abraham a Dios? Le creyó la promesa de que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.

    ¿Cómo pueden ser benditas esas naciones? Solamente por Jesucristo, como se ha escrito: En Isaac te será llamada descendencia (la cual es Cristo: Romanos 9:7). Si dependiéramos de nuestra propia justicia, todos estaríamos todavía muertos en delitos y pecados; pero Dios fue rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, dándonos vida juntamente con Cristo cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados -por gracia somos salvos (Efesios 2:4). El que ignora la justicia de Dios impone la suya propia, en tanto no puede someterse a la justicia de Dios (porque la ignora).

    Parece ser que el evangelio se encuentra escondido para el que ignora esta gran doctrina de la justicia de Dios. El incrédulo sigue ignorando esa justicia, colocando a su lado la suya propia, para ayudarse a creer. Pero el brillo del evangelio de la gloria de Cristo no le resplandece al que sigue perdido en delitos y pecados; en cambio, la vida eterna siempre está presente en los que son de Cristo y han llegado a seguirlo como buen pastor. Ellos continúan creyendo y conociendo tanto al Padre como al Hijo (Juan 17:3). Conocer esa justicia en sus justos términos implica que hemos llegado a conocer la verdad que nos hace libres.

    ¿Cuál verdad debemos conocer? La verdad del Evangelio, con un conocimiento de provecho, no como los que andan siempre aprendiendo pero nunca llegan a saber. Si tenemos el espíritu de la verdad seremos llevados hacia esa verdad siempre, para ser librados de la ignorancia del conocimiento sin ciencia. Es el Padre el que enseña, somos nosotros los que aprendemos para poder ir a Jesucristo (Juan 6:45). La simpleza de la ecuación divina en torno a la verdad nos conduce a esta conclusión inmediata: la verdad que nos hace libres es la verdad desconocida por los que se pierden. Es la verdad de la persona y el trabajo de Jesucristo: para convertirnos en siervos de la justicia hemos de obedecer de corazón a aquella forma de doctrina enseñada por los apóstoles y por Jesucristo (Romanos 6: 17-18).

    No huyamos del estudio doctrinal, más bien hagamos caso como se supone que le hizo caso Timoteo a Pablo, al ocuparse de la doctrina que ayuda a la salvación. El que se extravía y no anda en la doctrina de Cristo, no tiene ni al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae tal doctrina, participa de sus malas obras (2 Juan 9-11). Predicamos esta palabra porque ella es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • MUERTOS EN DELIGOS

    La Biblia afirma que la humanidad murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Asegura que esa calamidad llegó porque la paga del pecado es la muerte, de manera que en Adán todos mueren. La advertencia dada en el Edén fue una verdad contundente, aunque físicamente los primeros seres humanos tardaron en morir hasta comenzar a poblar la tierra, para cumplir el designio del Creador. Lo que dijo la serpiente resultó una gran mentira (lo que es lo mismo, una verdad a medias): seréis como dioses al conocer el bien y el mal.

    El hombre conoció el bien y el mal, pero su deidad no llegó nunca; si bien la Escritura dice dioses sois, lo dice para hacer referencia a ciertas cualidades humanas en tanto somos imagen y semejanza de Dios. Así se participa de una metáfora divina, como lo hacen los magistrados en la tierra, decidiendo con autoridad y poder al gobernar las naciones. Nosotros también podríamos decir que somos como ángeles, al ser mensajeros del Altísimo. Así que la metáfora nos envía al contexto de las palabras pronunciadas, por lo que aunque seamos llamados dioses, todos moriremos como hombres (Salmos 82:6-7).

    Si hemos caído en una depravación total, en el sentido de que se nos ha considerado muertos en delitos y pecados, bajo la ira de Dios por causa del mal en nosotros, no podemos cambiar el diagnóstico diciendo que solamente estamos enfermos. La metáfora se respeta en su totalidad, para comprender el contexto de lo que se nos quiere enseñar. Nos dice la Biblia que no podemos hacer nada bueno, acostumbrados como estamos a hacer el mal. De manera que Dios tiene misericordia y muestra su gracia sobre quien Él desea mostrarla. No puede el ser humano reclamar derechos cuando a él se le computa muerto, ya que su voluntad no cuenta por causa de la putrefacción del cadáver.

    Predicamos el evangelio a los muertos, pero el Espíritu es quien da vida. La palabra de Cristo genera fe en aquellos que fueron elegidos desde la eternidad por el Padre, quien quiso hacerse un pueblo para su gloria. No sabemos quiénes, de entre los muertos, son los elegidos; pero predicamos por igual a todos, diciéndoles que se arrepientan y crean el evangelio. Algunos oirán porque son revividos, otros seguirán en silencio, tal vez molestos por oír una palabra que les parece indiscernible.

    Dios no eligió a cada miembro de la raza humana para salvarlo; eso se sabe porque la Biblia habla del infierno eterno. Habla también de los réprobos en cuanto a fe, de los que no fueron inscritos en el libro de la vida, de los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Porque Cristo es más que un nombre, es una persona con un trabajo específico, junto a un cúmulo de enseñanzas teológicas de especial relevancia. Él habló de la elección del Padre, se refirió a que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae. Aseguró que todos los que el Padre le da vendrán a él, y jamás serán echados fuera.

    Se comprende por esas enseñanzas de Jesucristo que los que no vienen a él nunca fueron enviados por el Padre; aquellos que vienen por cuenta de un falso evangelio serán repudiados en el día final, cuando les diga que nunca los conoció. Él dijo que aquella planta no plantada por su Padre será desarraigada. Por lo tanto, existe una elección que no se fundamenta en la persona, ni en su muerta voluntad, sino que se basa en el designio del Elector. No por obras, asegura la Biblia, sino por gracia; de otra manera la gracia no sería gracia. Esto fue así para que nadie tenga de qué jactarse en la presencia de Dios, para que nadie suponga que hubo algo bueno en él que Dios tomó en cuenta a la hora de la elección.

    Por supuesto, existe mucha gente dentro del cristianismo externo que se molesta por esas doctrinas de Jesús. Ellos sostienen que les parece una palabra demasiado dura de oír, que Esaú no tuvo posibilidad alguna de resistirse a la voluntad del Todopoderoso, de manera que en alguna medida su condenación suena injusta. Para no culpar abiertamente a Dios, tuercen la Escritura para hacerla decir palabras más blandas, haciendo recaer la condenación en la conducta impropia de Esaú. Pero, ¿qué de Jacob? ¿Acaso Dios vio algo bueno en esa persona que escogió aún antes de ser concebida? Esto no parece en ninguna manera injusto, a pesar de que Jacob tampoco pudo resistir esa voluntad de Dios.

    Vemos que el ser humano juzga a Dios, siempre que exista condenación. Hubiese sido mejor que el hombre fuera libre en forma absoluta, independiente del Creador, sin que tenga que rendir un juicio de cuentas después de esta vida. La Biblia afirma que está destinado para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio. Como muchos no se sienten llamados por Dios, se han armado de unas falsas doctrinas para construir muchos falsos evangelios. De esa manera se acompañan en esta vida, domingo a domingo, en cultos extraños para un dios extraño. Ellos lo llaman Jesús, le dicen Jehová, pero en realidad es antes que nada un Baal-Jesús.

    Al clamar a un dios que no puede salvar, su desespero los conduce a buscar la mística, como una prueba de la espiritualidad que poseen. Sus teólogos los instruyen en un evangelio diferente y estando acostumbrados al mal aprendizaje ya no logran distinguir la mentira de la verdad. Por ese camino continúan en la persecución del espíritu de estupor, para alcanzarlo y abrazarlo, hasta degustar la mentira a granel. Su despertar final será de sorpresa, cuando comprendan que han caído en el mismo hueco que sus maestros de mentiras (Salmos 73:18-20).

    Algunos adoran ángeles, otros se dan a los santos intercesores, los hay de los que buscan a María como madre de Dios; también los que dicen hablar en lenguas, dando lugar a la barbarie literal, en la suposición de la bienvenida carismática. Milagros ven para avivar sus ánimos, aseguran que Dios les dio palabra, pero haciendo tales cosas la doctrina de Cristo queda relegada como algo que causa separación. Por esa razón, también distinguen entre corazón y mente, en el consuelo de que tal dicotomía los exima de pensar en las enseñanzas de Jesús, a quien dicen amar con mucho corazón. Pero Pablo lo aseguró: ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? Isaías también lo afirmó: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos. Juan lo resaltó: el que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9).

    Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, le encomendó Pablo a Timoteo (1 Timoteo 4:16). Esto implica vigilar los errores, denunciar las herejías (opiniones propias), para que no infeste la grey de Dios. A ese rebaño conviene alimentar con el conocimiento y el entendimiento de las enseñanzas de Jesucristo, quien vino a predicar la doctrina del Padre. Esa doctrina de Timoteo fue la misma que le enseñó Pablo, la apostólica, de acuerdo a la palabra incorruptible. Esa palabra edifica, resulta nutritiva para el alma de manera que comprenda los tiempos, las advertencias y logren afirmarse en la enseñanza de Jesucristo. Un ministro que se ocupe de él mismo y de la doctrina, ayuda tanto a la grey como se ayuda a sí mismo. De igual manera, ayudará a muchos que lo oyen, porque solamente el evangelio no adulterado tiene el poder de la palabra eficaz para llamar de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS BUENOS ÁRBOLES

    Los buenos árboles darán siempre buenos frutos; por el fruto los conoceremos, ya que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). La boca denuncia lo que hay en el corazón respecto a la doctrina que se ha creído. Un árbol malo podrá tener apariencia de buen árbol, con hojas verdes y tronco fuerte, muy útil para dar sombra, para ser refugio de aves, pero no dará el fruto propio de un árbol bueno. Es decir, un hombre religioso podrá equipararse a un impío en cuanto a celo por Dios y alta moralidad, como sucedió con los viejos fariseos. Algo parecido les aconteció a los judíos que Pablo describió como carentes de salvación (Romanos 10:1-4).

    Incluso Pablo se preguntó acerca de lo que le aprovechó a Israel por ser el portador del testimonio de Dios, diciendo que mucho, más allá de que no le fue procurada la salvación a cada uno de los que conformaban la nación. El apóstol para los gentiles dijo de sí mismo que había sido un hombre probo, discípulo de Gamaliel, sobresaliente judío y guardador de la ley en muchos puntos, pero que no le aprovechó de nada en materia de redención. Tuvo todo eso como basura pasada, por causa de la excelencia de Cristo. Por lo tanto, hemos de guardarnos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo. Hoy día abundan los que mutilan el alma, que son de igual pelambre que los antiguos canes descritos en Filipenses 3:1-8.

    Existe mucho celo para perseguir a los que son de Dios, demasiada basura en el chiquero de los que se aferran a la religión y su letra, sin que Dios los haya enseñado para ir a Cristo (Juan 6:45). La gente mala se juzga a sí misma como buena, como creyentes en el Dios de la Biblia, aunque sea de puro decoro. Ellos aprenden los textos de memoria y saben jugar fuera de contexto, pero su corazón queda descubierto en cuanto comienzan a hablar de doctrina. Al verse expuestos acuden a su conocido ardid, el de que prefieren amar a Jesús con todo su corazón, más allá de que no comprendan todas sus enseñanzas; al fin y al cabo, esas cosas de la mente separan, mientras que los asuntos del corazón acercan.

    Dan fruto para muerte, aunque vivan vidas con alta moralidad, como se suele hacer en muchas otras religiones también paganas. Por supuesto, vivir una vida plagada de inmoralidad demuestra que Cristo no vive en esa persona, pero el que alguien tenga buena conducta no presupone que Cristo vive en ella. Muchos ascetas y gente de religión puede conseguir un buen testimonio ante los demás; no obstante, lo que ellos hablan los delata como árboles malos porque carecen de la justificación que solo Cristo puede dar a sus escogidos.

    El asunto de la doctrina que se cree y se confiesa pasa a ser el fruto para reconocer al árbol bueno. Jacob y Esaú parecían buenos hijos ante sus padres, se ocupaban de sus quehaceres y trabajaban con ahínco. Pero uno fue escogido para bendición, mientras el otro fue odiado eternamente. ¿Qué diremos a eso? Que el fruto moral bueno es el que viene como dependencia de la bonhomía espiritual; el fruto moral aislado no presupone que proceda de un buen árbol. Jesús propició con su sangre para nuestro beneficio, pero el otro Jesús que la gente se imagina y confecciona a su voluntad no realizó nada en concreto. Según sus teólogos solo hizo posible para todos lo que le resultó imposible para sí mismo. Es decir, exponen una proposición que por falaz se cae a pedazos, ya que esa salvación fue potencial y los muertos en delitos y pecados deben buscarla y aceptarla.

    ¿Cómo se puede ignorar la vida y la obra de quien nos salvó? ¿Acaso no es necesario conocer a aquel a quien vamos a invocar? En eso consiste la predicación, en dar a conocer a aquel enviado de Dios para el rescate de todo su pueblo (Mateo 1:22; Juan 17:9; Romanos 10:14-15). El que se auto justifica coloca sus propios esfuerzos por alcanzar una hipotética salvación, en tanto él llega a ser la gran diferencia entre salvación y condenación. Esta presunción de potestad en el individuo lo convierte en un anticristo más, alguien que se pone en lugar del verdadero Jesucristo y se otorga el derecho de la salvación.

    ¿Por qué cuesta tanto creer que Dios es el autor de toda gracia? ¿Por qué la gente desea una gracia genérica, dada por igual a cada miembro de la raza humana? Tal vez sea por aferrarse tanto a su mítico libre albedrío, a la promesa de la serpiente que le dijo que sería como un dios si comiere de aquel fruto prohibido. El hombre se cree independiente de su Creador, pero en su ilusión ha olvidado que le debe un juicio de rendición de cuentas una vez que trascienda el umbral de la muerte. Hemos de juzgar de acuerdo al estándar del evangelio, no al de la moralidad o al de la religiosidad.

    La doctrina de la expiación pasa por esencial en la materia del evangelio. No se trata de creer que Cristo es el Hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, o de decirle Señor. Jesús aseguró que muchos le dirán en aquel día que ellos lo llamaron Señor, Señor, pero que él les responderá que nunca fueron conocidos por él. Los demonios creen y tiemblan, pero de nada les sirve; hemos de comprender las palabras de Isaías cuando dijo: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Conocer al siervo justo implica saber qué hizo en la cruz, que hizo en la carne, además de saber que era el Cordero de Dios.

    Jesús justificó a muchos, no a todos; asimismo dijo que muchos serían llamados y pocos los escogidos. Que hemos de ser enseñados por el Padre, para que habiendo aprendido podamos venir a él. Que nadie viene a él a no ser que el Padre lo traiga. Dijo también que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y el que a él viene no lo echa fuera (Juan 6). Si no posee esta doctrina en su corazón, ¿cómo pretende validar el evangelio en su vida?

    Así como hay árboles malos que dan buena sombra y cobijan a las aves, sirve la analogía para comprender que aún a los impíos los utiliza Dios en lo que desea. El Faraón sirvió para la exhibición del poder divino, de su justicia y su ira contra el pecado y toda forma de injusticia; Esaú vino a ser un prototipo de réprobo en cuanto a fe, para que miremos ese espejo y comprendamos la más grande misericordia de Dios para sus elegidos. A veces admiramos la obra de los impíos, porque vemos alguna verdad en su labor; nuestro error se acaba cuando al cotejar con la palabra de Dios comprendemos que aún en sus palabra se esconde mucho anti cristianismo.

    Cuando uno ve la doctrina demoníaca de la salvación, entiende que se parece en gran manera a la verdad de la Biblia, pero de cerca muestra que procede de un árbol malo. Debemos perseverar en la doctrina de Cristo, para no extraviarnos; el que se extravía, no tiene ni al Padre ni al Hijo, pero el que le dice bienvenido a tal persona participa por igual de sus malas obras (2 Juan 1:9-11). No es lo que le parece al hombre lo que ha de ser justo, sino lo que Dios dice que es su justicia. ¿Contenderá el hombre con Dios? ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). El evangelio seguirá encubierto en los que se pierden, los que tienen el entendimiento cegado por parte del dios de este siglo. De esa manera no les resplandecerá la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Pero para nosotros, está el tesoro en vasos de barro, de forma que se comprenda que la excelencia pertenece a Dios y no a nosotros (2 Corintios 4:3-7).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA SUBSTANCIA DE LA DOCTRINA

    El cristianismo es racional y moral, decimos; hemos de tener una conducta acorde con el Maestro Jesús. Pero la cultura dejada como huella nos mostró a un hombre de pelo largo, a pesar de que él no hizo ningún voto de nazareo. El nazareato era un sistema de apartamiento para Dios, propio de la cultura hebrea, mediante un voto de cumplir una serie de preceptos en la vida. Los nazareos se abstenían tanto del vino como de cortarse el cabello, al igual que no se acercaban a los muertos. Vemos por las Escrituras que Jesús tomó vino, resucitó a Lázaro, estuvo con leprosos, por lo que no imaginamos cómo es que tuvo el pelo largo.

    Tal vez la confusión viene porque al ser oriundo de Nazaret, el mote de nazareno se asemeja al de nazareo; por otro lado, en el asunto del pelo, recordemos que Jesús se apareció al apóstol Pablo. Si hubiese venido con cabellera larga, de seguro el apóstol no se hubiera atrevido a escribir en una de sus cartas que al hombre le honra el pelo corto, mientras la mujer debe mantener su cabellera larga. De todas maneras, Jesús el Cristo es mucho más que un emblema social representado por un hombre con un tipo de cabello; es más que un conjunto de hábitos de misericordia y cordialidad con la gente necesitada.

    La cristiandad ha de andar de acuerdo con la racionalidad y con la moral que presentan las Escrituras. Jesús nos dejó ejemplo de sus pisadas, si bien no de pecado alguno; en tal sentido, ninguno podrá ser igual que Cristo, pero eso no indica que no podamos conducirnos como él. La esencia o sustancia implica el todo de una cosa, en este caso del que hablamos nos referimos a la naturaleza de la doctrina de Cristo. La naturaleza de Cristo (la ousía – οὐσία), constituye la razón por la cual pudo cumplir todas las prescripciones de la ley divina. No podía ningún hombre contaminado de pecado acatar a plenitud el mandato de obediencia a la ley, así que la maldición que ella trajo seguía como una espada en la cabeza de cada ser humano.

    Pero Jesucristo cargó con todas las sanciones que nos eran contrarias, habiendo clavado en la cruz el acta de los decretos que teníamos en contra. Nosotros, estando justificados en su sangre seremos salvos de la ira de Dios (Romanos 5:9). Fuimos perdonados por un acto judicial divino, no a expensas de la ley sino en virtud de su cumplimiento; no que nosotros la hayamos cumplido, sino quien nos representó en ese madero. Somos plantas sembradas por el Padre en su huerto, así que Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada (Mateo 15:13). Esto nos recuerda aquella escena donde Jesús exponía su doctrina, lo que nos lleva a deducir su esencia. Hablamos de lo que narra el evangelio de Juan, en el capítulo 6, cuando muchos de los que lo seguían se ofendieron por la enseñanza de la soberanía de Dios en materia de redención.

    El evangelio de Jesucristo es sabiduría y misterio, algo que estuvo escondido desde los siglos (Isaías 64:4; 1 Corintios 2:9). Ese evangelio estuvo ordenado antes de que el mundo fuera, como un conjunto de cosas invisibles no oídas. Esto engloba la doctrina de la gracia junto con la buena noticia para el pueblo de Dios, asuntos que Dios no quiso revelar antes para el mundo pagano. Hoy ha sido dado a conocer al mundo en general, pero en ese mundo, nosotros como gentes no judías hemos sido beneficiados. Ese conocimiento es desde siempre, pero la predicación del evangelio nos trajo la sabiduría escondida desde los siglos.

    Esa sabiduría anunciamos ante todos, para que los que sean llamados escuchen la voz eficiente del que puede salvar al pecador. El Padre de Jesucristo, nuestro Señor, nos hizo renacer para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros (los que esperamos en Cristo, los que fuimos ordenados desde antes de la fundación del mundo para ser salvos) -1 Pedro 1:3-4; Efesios 1:11. Por tal razón somos guardados por el poder de Dios, mediante la fe; por lo tanto, soportamos las pruebas que ocurren apenas durante un momento comparado con la eternidad de la gloria venidera.

    El apóstol Pedro se regocijó de que nosotros amemos al Señor sin haberle visto, y eso hacemos al recibir lo que los profetas inquirieron y sobre lo cual escribieron, si bien a ellos no les tocó sino administrar estos asuntos para nuestro beneficio. La era del evangelio tiene gran importancia, debería alegrarnos lo suficiente para que no nos dejemos atrapar por los encantos del mundo. Fue Dios hecho hombre quien vino a exponer la doctrina del Padre, con insistencia y buen orden. Sus apóstoles continuaron con la misión encargada, para que pudiéramos tener lo que fue completado, y junto a otros escritores nos legaron el libro sagrado. Somos beneficiarios de excepción en este mundo hostil, dado que los misterios del evangelio son aclarados ahora y no lo fueron en el tiempo de los antiguos profetas.

    La esencia del consejo de Dios respecto a la salvación, nos llegó como si fuese un dibujo esquemático del plan concebido para beneficio de un pueblo, de un real sacerdocio, de una nación santa, de un linaje escogido, de entre aquello que el mundo ha despreciado y ha tenido como lo que no es. Dios nos escogió para que seamos ricos en fe, así que no nos entretenemos en las veleidades mundanales, sino que aspiramos siempre a algo mejor. Caminamos como extranjeros y peregrinos, pero hacia la patria que está en los cielos, donde Jesucristo fue a preparar un lugar para nosotros.

    El Señor nos trae paz y alegría, junto con la justificación y la santificación. Poco importa que el pecado todavía batalle contra nosotros, porque existe esa ley del pecado que domina a veces nuestros miembros (Romanos 7). Procuramos matar las obras de la carne, eso hacemos a diario con la ayuda del Espíritu; pero estamos sometidos todavía a un mundo contaminado y pesimista, que odia a los que somos de Dios. El mundo no nos ama, y el mundo tiene demasiada gente odiosa, pero Dios nos sigue dando alegría y paz, señalándonos que la perfección absoluta está en los cielos que ahora vemos como por espejo. En ese lugar nuestras almas y cuerpos serán glorificados, frente a una gloriosa compañía: el Padre, el Hijo y el Espíritu, junto a los ángeles guardados de caer y a una multitud de seres humanos santificados.

    Nosotros como seres malos damos buenos regalos a nuestros hijos, a los seres de nuestro afecto, pero Dios que es bueno cuánto más no nos dará. Nos ha dado ya su Santo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final, para guiarnos a toda verdad porque no nos deja en la ignorancia respecto a la verdad del evangelio. Gracias a ese Espíritu, y por medio de la palabra inspirada a los santos hombres de Dios, podemos distinguir el evangelio de la verdad del evangelio de los falsos maestros. El gran Dios nos ha preparado grandes cosas a cada una de las personas que somos de su afecto; Cristo nos ha llamado sus amigos, dado que el Padre tiene un considerable afecto por sus hijos adoptados, entregados al Hijo como linaje prometido.

    Jugosos y pesados racimos de uvas se encontraron en Canaán, la tierra prometida, como una brevísima muestra de la grandeza de una promesa divina; por igual, Pedro y Juan fueron testigos por un momento de la transfiguración en la montaña con Jesús, mirando de soslayo la gloria de Cristo en la transformación. Pablo fue transportado al tercer cielo y vio cosas que no pudo narrar por no encontrar las palabras adecuadas, una escena que nos evoca lo que nos aguarda a cada creyente. Los cuantiosos milagros del Señor cuando estuvo con sus discípulos, al reprender la tempestad para hacer una gran bonanza, al multiplicar los panes y los peces, al convertir el agua en vino, al levantar a Lázaro de entre los muertos, al sanar cuerpos enfermos, nos da a entender no solo de su poder sino de su misericordia. Verlo a él será el atractivo especial, al mirar sus manos y sus pies, su costado traspasado por causa de nuestros pecados como pago por nuestra salvación.

    Esa es la esencia o substancia de la doctrina que vino a enseñar Jesús entre nosotros. Vino a decirnos que el Padre tiene todo el poder que puede concebirse en Dios, pero que por su amor escogió a unos cuantos para mostrarles las riquezas de su gloria. Nos sacó del mundo, no porque valiéramos algo más que los que dejó en ese mundo, sino porque nos quiso amar por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no amarlo en consecuencia? ¿Para qué pecar, si soy salvo? ¿Cómo vivir aún en el pecado? ¿Perseveraremos en el mal para que la gracia abunde? En ninguna manera, sino que el pecado siendo la causa de la ira de Dios vino a ser una ocasión para que Dios mostrara su gracia perdonándonos en Jesucristo.

    El evangelio refleja la substancia de la doctrina de Cristo, muestra su pago por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17-9; Juan 3:16). Si miramos esas tres citas bíblicas entenderemos el sentido de su muerte y resurrección, porque fue a su pueblo que vino a salvar, no al mundo por el cual no rogó, por lo cual cumplió el designio del Padre en cuanto a su mundo amado. Pero si supiésemos esa verdad de puro razonamiento nuestro, sin el Espíritu de Cristo que devela la mente de Dios para nosotros, seríamos solamente conocedores del intelecto. Sin embargo, podemos decir en virtud del nuevo nacimiento que nos dio ese Espíritu de Dios que Él me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2:20). En ese plano completamos la esencia de su doctrina, su entrega por sus amigos, su amor con el cual nos hizo amarlo en consecuencia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EXAMINAOS PARA VER SI ESTÁIS EN LA FE

    Que cada uno se examine a sí mismo, de la manera como fue dicho que hemos de probar los espíritus para ver si son de Dios. Nosotros también hemos de evaluar nuestra fe, para ver si Cristo está en nosotros o si estamos reprobados (2 Corintios 13:5). ¿Cómo puede un falso creyente saber si está reprobado? De la manera que un impío cualquiera puede reconocer que Cristo está en nosotros, como aconteció en la relación de Caín y Abel. Uno de ellos entendió que el otro fue tenido en cualidad de hijo de Dios, por cuya causa lo asesinó. Caín, que era del maligno, supo que existía algo diferente en Abel. Los hermanos de José supieron por igual que había algo diferente en el hermano soñador, al que Jehová visitaba.

    ¡Cuánto más nosotros que decimos conocer la palabra también hemos de calificarnos para ver si estamos reprobados o si estamos firmes en la fe! El examen recomendado por Juan para detectar al que anda extraviado de la fe de Cristo, sirve para cada quien. La comparación no se hace en un plano místico, sino con el objetivo instrumento del evangelio. La referencia inmediata de la prueba descansa en la doctrina enseñada por Cristo. Así de simple; el que no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Poco importa que venga en el nombre de la iglesia, de Dios, de algún creyente; basta con probar si su fe descansa en los parámetros de las enseñanzas de Jesús.

    Hemos de andar arraigados y sobreedificados en Cristo, de la manera como hemos sido enseñados (Colosenses 2:7). El texto que sigue advierte contra la filosofía engañosa y las huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo. De manera que ese examen que nos hemos de hacer tiene las respuestas dadas en esa plantilla que se llama la Escritura, para cotejar cuáles son nuestros aciertos o desaciertos. Todas las respuestas tienen que ver con la doctrina de Cristo, no con los elementos superficiales de la historia de Jesús. Me explico, el conocer que Jesús nació en un pesebre, que hizo milagros, que dio grandes discursos de esperanza, que murió por los pecados de su pueblo y resucitó al tercer día, que está a la diestra del Padre y que vendrá a la tierra para juicio, constituye una información relevante en cuanto a historia. Pero no todo ese conocimiento se incluye en el examen, ya que la Biblia refiere el tema del test en forma exclusiva al asunto doctrinal (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, hemos de evaluar quién fue Jesús como persona enviada por el Padre, su función como Cordero sin mancha. Asimismo, nos hemos de enfocar en la calidad de su trabajo que vino a hacer el cual declaró consumado. ¿Qué significa la expiación? ¿Qué quiere decir la pascua? ¿Por qué Pablo dice que Jesucristo es nuestra pascua? ¿Fue la muerte de Jesús un trabajo hecho a favor del mundo por el cual no rogó la noche antes de morir? (Juan 17:9). De igual forma, otras preguntas aparecen en relación a sus enseñanzas, como el concepto de justicia de Dios. El Señor se hizo pecado por causa de su pueblo, para impartirnos su justicia a cambio de tomar nuestras iniquidades y pagar con su sacrificio al recibir un castigo que nos correspondía.

    La herejía tiene que ver con la opinión propia en materia de fe y doctrina bíblica. Pedro informa que algunas personas se dan a la tarea de torcer las Escrituras, como si quisieran tener una interpretación privada. Es decir, lo que Jesús dijo puede resultar ofensivo, confuso para muchos por la dureza de sus palabras; pero dedicarse a suavizar lo que por naturaleza parece rígido se considera una interpretación privada (herejía), lo cual se hace para propia perdición de quien se adhiera a esa suposición. El ángel le indicó a José en una visión que el nombre del niño por nacer sería Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Hubo una restricción en materia de salvación, una referencia exclusiva al pueblo de Dios. No se incluyó al mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9; Mateo 1:21).

    Tenemos una referencia en el Antiguo Testamento, la cual nos da a entender que esa nueva Pascua sería similar a la primera pascua del pueblo de Israel. Aquella anterior se hizo en favor de todos los que se aferraron a la marca de la sangre del cordero colocada en sus dinteles, lo cual hace inferir que los que no tenían tal marca serían sometidos al juicio del ángel de la muerte. Jesús aseguró que pondría su vida por las ovejas, no lo hizo por los cabritos; a unas personas les dijo en forma directa que ellas no formaban parte de sus ovejas, por lo cual no creían y no venían a él. En otra ocasión dijo que ninguna persona podía venir por su cuenta a él, sino solamente aquellas enviadas por el Padre. Agregó que todo lo que el Padre le daba vendría a él y nunca sería echado fuera.

    Esta doctrina de la gracia, que incluye la predestinación y la soberanía absoluta de Dios, ofendió a muchos. Esa es la doctrina que debemos tener y en ella hemos de permanecer, de manera que quien no la traiga a casa no debe habitar como hermano entre nosotros. No debe ser bienvenido aquel que venga con una doctrina diferente. Por eso hemos de tener cuidado con los que andan enredados en filosofías y huecas tradiciones, como si la costumbre de una doctrina equivocada la hiciera aceptable. No puede el argumento falaz de cantidad validar la doctrina que la mayoría sigue, por el solo hecho de que la mayoría debe tener la razón. Somos llamados la manada pequeña, se nos habla de la soledad de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del Señor que fue abandonado; se nos incita a entrar por la puerta angosta, a caminar por el camino estrecho, a huir del mundo y sus atractivos. Se nos dice por igual que en el mundo tendremos aflicción porque no pertenecemos al mundo donde tenemos que seguir por cierto tiempo.

    Cuando Pablo escribió a los de la iglesia de Roma, les habló de un grupo de personas que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia. Por ellos oraba, una demostración doble de su amor: 1) no les dijo paz, paz, cuando no la había, es decir, no los engañó para que continuaran en la mentira doctrinal; 2) oraba para su salvación, por si Dios los tenía en su lista. En otros términos, cuando uno ora por una persona demuestra amor hacia ella, ya que al estar en nuestros pensamientos lo conducimos en oración al Padre para ver si aquel también alcanzará misericordia como nosotros.

    Lo que hizo el apóstol Pablo por esos israelitas referidos en su carta a los romanos nos demuestra varios puntos interesantes. Hay gente en las congregaciones eclesiásticas que suponen amar a Dios, que manifiestan gran celo por su palabra, pero que desviados de la doctrina esencial del evangelio (la justicia de Dios que es Jesucristo) hacen inútil tal celo y trabajo. Ellos han demostrado por su errónea doctrina que están extraviados, que siguen reprobados. No se les habrá de engañar diciéndoles que no pasa nada, que por su buena conducta serán exonerados por Dios. No será así porque la salvación no es por obra, no vaya a ser que alguien se gloríe.

    Pablo les hizo ver su torcedura de pensamiento, les dijo que su creer resultaba anticientífico, contra la naturaleza de la fe de Cristo. Porque creemos en el Señor pero no en abstracto, como si fuera solo una figura histórica; si creemos en él es porque le conocemos (¿cómo se invocará a aquel de quien no se conoce?). Si creemos en él es porque conocemos sus enseñanzas, en especial la que se centra en el núcleo del Evangelio. La expiación que el Señor realizó en la cruz originó nuestra justicia, pero no porque fue una oferta libre para que cada quien la aceptara o la rechazara, sino que nos vino como la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados. Esa promesa ya está descrita en el Génesis y fue anunciada reiterativamente en muchos lugares de la Biblia.

    Se puede estar en la fe de las tradiciones humanas, en la fe subjetiva de lo que hemos mirado como Dios. Muchas veces la gente de religión se apega a un ídolo, una concepción de lo que debería ser Dios. Tal vez Dios debería haber amado a Esaú, o tal vez debería haberlo odiado en base a sus maldades (la venta de la primogenitura, por ejemplo). Tal vez resulte injusto la condena del Faraón, a quien Jehová levantó para gloriarse en toda la tierra. Jehová le había dicho a Moisés que endurecería el corazón del Faraón, para no dejar ir a su pueblo. De manera que eso nos puede parecer injusto.

    De esta manera, con el criterio de lo que debería ser justo que Dios haga vamos armando el ídolo, equipándolo con nuestra ideología. Pero al cotejar nuestros resultados con las Escrituras encontramos mucha disparidad. Por esa razón buscamos a los expertos en torcer la palabra divina para que ese Dios no aparezca tan ofensivo ante los demás. Allí ha surgido otro ídolo y a ese ídolo muchas personas que se llaman cristianas adoran. Como si adorasen a un Baal-Jesús. Pero ¿quién se engaña con esto? Solamente los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No obstante, en esa gigantesca Babilonia que domina el mundo, todavía hay gente de Dios que se encuentra atrapada. Algunos ni siquiera lo saben, pero el llamado del Señor sigue siendo el mismo: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados (Apocalipsis 18:4). Examinarse a sí mismo para ver si se está en la fe, probar a los espíritus (personas) para ver si son de Dios, estar atento a los falsos maestros para denunciarlos y para alejarnos de ellos como mensajeros del evangelio extraño, son algunas de las tareas que competen a los creyentes de la fe de Cristo. Esta tarea forma parte de la carrera de la fe, de la batalla que hemos de pelear en el día a día, para que velando podamos orar con conciencia por asuntos específicos que conciernen a nuestra peregrinación en la tierra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA POSIBILIDAD DE LA SALVACIÓN (GÁLATAS 3:10)

    Si bien millones de personas viven en el mundo sin pensar en la vida eterna, sin darle importancia al alma que no muere, una gran parte de los que sí se ocupan en el pensamiento de la eternidad caminan por rumbo equivocado. Los que se colocan del lado de aquellos que levantan pendón en favor de la posibilidad de la salvación, de su potencialidad lanzada al azar, desconocen por completo la justicia de Dios. El evangelio se define como el poder de Dios para salvación, en él se revela la justicia de Dios. Existe una doctrina demoníaca llamada expiación universal, la gran mentira de Satanás que mantiene ocupada a la gente con la fantasía del libre albedrío para tomar decisiones respecto al alma.

    Ellos anuncian que la muerte de Cristo te da una oportunidad de salvación, predican a voces en las sinagogas para regocijo de los voceros de esta blasfema doctrina. Con ello le dan la gloria al individuo, quien decide si va a Cristo y cuándo hacerlo, mientras el Señor espera paciente por el alma que redimió pero que no ha actualizado la salvación conseguida. Lamentablemente, para ese Cristo, sus sueños fracasaron, ya que demasiada gente se pierde a pesar de haber conseguido su perdón en la cruz. Su sangre derramada por todos, sin excepción, parece ineficaz ante el potente libero arbitrio del hombre contumaz y rebelde.

    La muerte de ese falso Cristo iguala las posibilidades de la raza humana, obsequiándole una oportunidad de reposo eterno aún a aquellos que jamás han oído su nombre. Los teólogos disfrutan esta teología porque la consideran igualitaria, alentadora para las masas que domingo a domingo se dan a la tarea de celebrar a su falso Mesías. Isaías compara a esta gente con los que se dan a la tarea de fabricar un ídolo, ya que todos ellos oran a un dios que no puede salvar. Les dice que ellos no conocen nada; no conocen a Jehová, el único Dios, el que revela todo desde antes de que acontezca, el Dios justo y Salvador (Isaías 45:20-21).

    Pero los que fabrican Cristos se aferran al azar, a la oportunidad de decisión, convirtiéndose ellos en la causa eficaz de la salvación que profieren. Ellos no creen que el verdadero Jesucristo murió conforme a las Escrituras, demandando la redención de cada uno de los que representó en la cruz. Ese Jesús de la Biblia no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que rogó por los que iba a redimir (aquellos que el Padre le dio y le seguiría dando por la palabra de sus primeros discípulos -Juan 17: 20). Ese Jesús que predicamos cumplió todas las condiciones para nuestra salvación, ya que fue el Cordero sin mancha que el Padre exigía y prometía para el aplacamiento de su ira contra el pecado y el pecador.

    El Señor lo dijo varias veces, que no ponía su vida por los cabritos sino por las ovejas; habló y enseñó sobre la doctrina del Padre, con la cual se hacía eco porque así le había agradado al Todopoderoso. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae; pero todo lo que el Padre le da al Hijo lo resucita en el día postrero y no lo echa fuera nunca. Pablo menciona la manifestación de la justicia de Dios, la que anunciaban la ley y los profetas. Esa justicia de Dios viene por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (pero no olvidemos que la fe es un don de Dios -Efesios 2:8). Si la fe es un regalo de Dios no tenemos de qué gloriarnos, excepto en la cruz de Cristo; no es de todos la fe, dice la Biblia, sin fe resulta imposible agradar a Dios.

    La Biblia dicta una sentencia general para toda la humanidad: Todos pecaron y quedan destituidos de la gloria de Dios. Empero, anuncia la esperanza para el pueblo escogido, de entre los judíos y los gentiles, de muchas lenguas, culturas y naciones, con una justificación gratuita -sin salario de obras. Jesús fue puesto como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar la justicia de Dios, quien de esta manera pasó por alto todo el conjunto de pecados pasados en tanto es un Dios justo (Romanos 3:21-26).

    El hombre viene a ser justificado por fe sin las obras de la ley, aunque si de ley habláramos sería por la ley de la fe. Los que no entienden cómo Dios puede justificar al impío, viven con su garganta como sepulcro abierto. Engañan con su lengua a las multitudes, ofreciéndoles un Dios al por mayor, el que abarata su gracia para exaltar la voluntad humana. Ofrecen a un Dios a semejanza de la concupiscencia del hombre, como si fuese una divinidad pagana, de esas que a los griegos les encantaba anunciar.

    De la boca de estos engañadores sale maldición y amargura, ya que al ignorar al verdadero Dios pasan a creer en una divinidad falsa. Si alguien descuida la doctrina de Cristo, indica que anda extraviado y no es digno de ser tomado como hermano en el Señor. Quede claro que el pecador no puede hacer nada por su redención, ni siquiera aceptar el sacrificio de Cristo o dar un paso al frente en una congregación. Eso no valida ninguna salvación, porque Jesús no hizo una redención potencial que dependiera de la actualización de las personas.

    Dios da el arrepentimiento para perdón de pecados, así como la fe para sostener su gracia y redención. Ese paquete de la salvación pertenece a Jehová, pero los predicadores del otro evangelio han cambiado la eficacia de la muerte de Cristo en favor de su pueblo por una ilusión que blasfema el nombre de Dios. Si la muerte de Cristo no genera la redención de su pueblo, el pecador sería honrado por su fe auto generada y no Dios. Si la redención fuese una posibilidad potencial, el acto de arrepentimiento junto a la fe serían la corona de la gloria humana. Dios no dará su gloria a otro, dice Isaías; la frustración que genera la palabra dura de oír de Jesús no puede ser razón de peso para cambiar la doctrina de Cristo.

    Aquellos viejos discípulos se retiraron con murmuraciones, por causa de la doctrina de Cristo. Hoy día los pastores y maestros del cristianismo extraño frenan la retirada de los neo discípulos. De esa manera consiguen el dividendo de las ofrendas, de la presencia de gente en sus asambleas y de un público que les queda agradecido por la ilusión creída. Sepan que el Señor cumplió con todos los requisitos exigidos por el Padre, para el pago de la redención de todos aquellos a quienes representó en la cruz. La Biblia lo dice de muchas formas, incluso habla de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo. El tema de la redención no escapa a la voluntad absoluta y soberana del Altísimo, el que endurece a quien quiere endurecer y tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Aquellas ovejas por quienes el Cristo dio su vida como buen pastor, seguirán al pastor desde que sean llamadas por él. Su destino no cambiará por nada que les acontezca, serán felices por siempre por cuanto sus transgresiones han sido perdonadas y sus pecados cubiertos. Jehová no los inculpará de iniquidad y en sus espíritus no habrá engaño. Ellos saben en quién han creído, dependen de los méritos del Señor, nunca se atribuyen alguna cualidad especial por la cual hayan sido escogidos para esa maravillosa redención final.

    El criterio de la posibilidad de la salvación pasa por el pasillo de la ignorancia, una que es mortal y que hace perecer a todo el que en ella milita. ¿Murió Jesús por los moradores de la tierra que acudirán a la bestia (anticristo) y dirán ¡quién como la bestia!? ¿Murió Jesús en favor de aquellos gobernantes de la tierra que cumplirán el consejo de Dios para darle el poder a la bestia? (Apocalipsis 17:17). ¿Murió por aquellos cuyos nombres no fueron inscritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8 y 17:8). ¿Dio su vida Jesús por los destinados para tropezar en la roca que es el Cristo? (1 Pedro 2:8). ¿Murió Jesús por los que no son ovejas? (Juan 10:26-28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • JESÚS ES EL CRISTO (1 JUAN 5:1)

    Una alegría sale del alma del creyente ingenuo y superfluo, al saber que miles o millones de personas sostienen su misma creencia: Jesús es el Cristo, por lo tanto se tiene vida eterna por haber sido nacido de Dios. Un freno surge de repente de la Escritura: los demonios creen y tiemblan. No todo el que me dice Señor, entrará en el reino de los cielos. Pero Señor, hemos hecho milagros en tu nombre, hemos echado fuera demonios…a ellos se les dirá: Nunca os conocí. Bien, con ese freno conviene mirar de cerca el significado de la palabra Jesús, del término Cristo y del acto de nacer de nuevo o de Dios.

    ¿Qué significa Jesús? Lo que el ángel le manifestó a José en su visión fue categórico: Pondrás el nombre del niño por nacer Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús significa Jehová salva, así que ese nombre tenía un sentido muy profundo. La palabra Cristo significa ungido, el Mesías, por lo que ese era el hombre esperado por siglos, la promesa anunciada desde el Antiguo Testamento para el pueblo de Dios. No fue anunciado para el mundo pagano, sino que en su ministerio se abrió el horizonte de su gracia y ahora los gentiles tienen cabida por causa del endurecimiento de Israel.

    Eso está explicado en las Escrituras, por lo que nos inclinamos a exponer que aquellos que creen en Jesucristo no pueden simplemente decir que creen en ese nombre. Los mormones y los antiguos arrianos también creían que Jesús era el Cristo, pero le han dado ciertos matices por lo que su fe resulta vacía y hueca. Obviamente, Cristo no puede ser un vocablo vacío de significación sino uno que está cargado de un sentido teológico y doctrinal que expone las enseñanzas de su Padre. Su identidad permanece unida a su persona y a su obra, como un todo irresoluble.

    Si el evangelio tiene que ver con el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras, tenemos que contemplar ciertos hechos que pintan a Jesús como alguien que sabía lo que hacía desde un principio. Jesús no rogó por el mundo, así que ese es otro freno a la hora de dibujar la expiación que hiciera en la cruz. No rogó por los réprobos en cuanto a fe, sino solamente por aquellos que el Padre le había dado hasta entonces y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus apóstoles (Juan 17:9 y 20). Ya vamos viendo que no basta con decir que Jesucristo nació y vivió en Israel, que predicó el sermón del monte, que dijo muchas bienaventuranzas, que sanó enfermos y echó fuera demonios. No basta con afirmar que murió martirizado en una cruz y que resucitó al tercer día. Eso también lo saben y creen los demonios, como dijera Santiago.

    El Dios hombre Mediador nos anuncia su eficaz trabajo logrado en la cruz del Calvario. Eso forma parte central de su obra, ya que se convirtió en el Mediador de su pueblo al amistarlo con el Padre. Ese pueblo fue el conjunto de personas que él representó en la cruz, todos los cuales por los que oró y rogó la noche previa a su martirio (Juan 17). Como buen pastor, puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Por lo tanto, anunciar que la expiación de Jesús fue un hecho de alcance universal en forma absoluta, sin exclusión de ninguna persona, lo denuncia como un fracasado que no alcanzó sus objetivos. Por el contrario, decir que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, el mundo amado por el Padre, lo hace un trabajador eficaz en su totalidad. Esa es la razón por la cual pudo afirmar sin duda alguna que su obra había sido consumada.

    Esta palabra de la cruz que anunciamos es tenida como locura por los incrédulos, pero para los escogidos resulta el poder de Dios para salvación. Sabemos que no había otra forma de redención excepto la cruz del Señor en favor de todos sus escogidos. A nosotros se nos imputó su justicia y somos declarados justos, por medio de la fe de Jesucristo. El evangelio se nos anunció y el Espíritu operó el nuevo nacimiento, dándonos la fe necesaria para asumir todo el paquete de la gracia. Hay gente a la que este evangelio no le gusta, pero no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, el cual premia a los que nos acercamos a Él.

    Como siempre, gente iletrada en materia de las Escrituras ha asaltado el evangelio, apropiándoselo y maquillando sus palabras para hacerlas atractivas ante las masas. Trabajan muy bien el argumento de la piedad, de la misericordia, aunado al de cantidad. La mayoría parece que tiene la razón, resulta la premisa con la cual se mueven agitando a las congregaciones. Le dicen paz cuando no la hay ni la tienen, de manera que Jehová ha tenido que decirnos que no escuchemos sus palabras, las de los que intentan alimentarnos con vanas esperanzas. Ellos siempre tienen una visión de su propio corazón pero no de la boca del Señor. Anuncian muchas bienaventuranzas pero irritan a Jehová con sus engaños (Jeremías 23:16-17). El apóstol Pedro habla del carácter indocto o iletrado de tales personas (2 Pedro 3:16).

    El apóstol Juan nos advierte contra tales personajes, los que no viven en la doctrina de Jesucristo. Estas personas pueden decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero eso no los acredita de ser nacidos de Dios, ya que caminan extraviados de la doctrina enseñada por Jesús. Recordemos el capítulo 6 del evangelio de Juan, cuando un grupo de discípulos que habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces se escandalizaron por la doctrina de la soberanía de Dios en materia de salvación. Ellos se fueron murmurando y ofendidos, diciendo que nadie podía oír tales palabras.

    ¿Qué dice Jesús acerca de él mismo? Anuncia que la vida eterna consiste en comprender o conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Así que si alguien no lo conoce a él no puede tener vida eterna, por más que diga que Jesucristo es el Hijo de Dios (Juan 17:3). Sí, la gente perece por falta de conocimiento, los judíos tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia (entendimiento). No resulta válido el dicho en el que muchos creen, que aman a Jesús con el corazón y que no lo entienden con la cabeza, porque lo más importante es el amor y no el entendimiento o la doctrina. Semejante falacia es condenada por las Escrituras: Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).

    El evangelio parece estar escondido por el dios de este siglo, pero para aquellos que han de perderse. Lo leen, lo confiesan, pero su fe tiene una naturaleza espuria. Con ojos ciegos miran las tinieblas y no la distinguen de la luz, lo cual se traduce en que no pueden ver el brillo del evangelio de la gloria de Cristo. Sus palabras huecas las repiten, domingo a domingo, en sus asambleas donde honran de labios a su divinidad. El corazón de ellos permanece alejado del verdadero Dios porque no se ha operado el nuevo nacimiento. Si Dios no envía su Espíritu y no los enseña, no podrán aprender para ir a Cristo. Todo lo que harán será repetir una y otra vez que creen en ese esquema religioso aprendido en sus viejas escuelas religiosas. Se ofenderán cada vez que oyen las palabras duras del Señor, cuando agradece al Padre por su soberanía absoluta en materia de redención. Así, Padre, porque así te agradó.

    Ese Jesús anunciado en la Biblia aseguró que enviaría por parte del Padre al Espíritu de Verdad (el Espíritu Santo), para que testificara respecto a todo lo que él es (Juan 15:26). ¿Cree usted que ese Espíritu de Verdad va a guiar a uno de los suyos por un evangelio anatema, para después redimirlo en forma definitiva? Ese Espíritu de Verdad le recuerda a los suyos las palabras de Cristo, lo que dijo concerniente a su doctrina: que nadie podría venir a Cristo si el Padre no lo enviare, lo cual se traduce en que los que el Padre no envía al Hijo no podrán jamás ir a él como Mediador o Salvador. Esa doctrina de la soberanía de Dios en materia de redención la enseñó Jesucristo, por lo que el Espíritu de Verdad nos la recuerda con la palabra de Dios. Jamás nos la oculta, jamás nos va a decir créela tú pero no la repitas porque eso molesta a la gente. Jamás nos va a decir que Jesucristo no perdona pecados porque solo intercede por su pueblo, como si Esteban se hubiese equivocado cuando clamó al Señor para que no le imputara de pecado a los que lo apedreaban (para que los perdonara); o como si Juan se hubiese equivocado en su Primera Carta escrita, cuando en el Capítulo 1 dice que Jesús (él, como referente) es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados.

    El Espíritu de Verdad jamás nos hará habitar en un evangelio extraño, sino que cuando nos hace nacer de nuevo nos lleva a toda verdad; como Cristo dijo: Tu palabra es verdad, cuando hablaba con el Padre. Entonces, ese Espíritu de Verdad nos conduce por esa palabra del Padre, la misma doctrina enseñada por el Hijo. Así que el vocablo Jesús no puede ser jamás una palabra vacía, sino un término cargado de doctrina, que representa a la persona y a la obra del portador de ese nombre: Jesucristo, el justo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • BENEFICIOS DE CRISTO

    Gracias a la humillación y trabajo de Jesucristo nuestra redención fue procurada en forma absoluta. Escapados de la maldición de la ley, de la esclavitud del pecado y del control de Satanás, conocemos que estamos en el mundo sin ser de él. La muerte y el infierno no nos preocupan, por causa del título de gracia y gloria que nos acompaña por la eternidad. Ha habido un cambio de estatus espiritual, en virtud de nuestra unión con Cristo, de su justificación por medio de su sangre, por haber sido adoptados como miembros importantes de la familia de Dios. Estamos regenerados, santificados, consolados, sin que nadie pueda acusarnos o condenarnos (Romanos 8:32-35).

    Hemos renacido para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, la cual nos está reservada en los cielos (1 Pedro 1:3-4). Las promesas del Evangelio representan la dádiva de Dios para con nosotros, un banquete de manjares suculentos, de vinos refinados; destruirá la muerte para siempre, y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros de su pueblo (Isaías 25:6-7). 

    Recordemos que el Espíritu Santo es quien aplica nuestra redención, por quien tanto el Padre como el Hijo trabajan en nosotros. Es el Consolador enviado, el Parakletos, el que nos conduce a toda verdad y nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene. El Espíritu entra en nuestros corazones para hacernos desear las palabras del libro de Dios. Poseemos la gracia del Padre junto a su bondad, sin que nosotros tengamos mérito alguno, nos colocó en Cristo para la elección de gracia, para ser preservados y benditos. Eso se manifiesta en nosotros desde el momento en que fuimos regenerados y hechos nuevas criaturas, por afecto de la voluntad del Creador y no de voluntad humana. 

    Cristo nos ha sido hecho sabiduría de Dios para nosotros, por cuanto hemos dejado a un lado la locura y la necedad de quien no conoce a Dios, así que reconocemos que antes estimábamos como falta de cordura las cosas del Espíritu de Dios. Cristo nos ha dado a entender por su sabiduría todo lo relacionado con su reino, como consecuencia hemos tomado conciencia de que poseemos su mente. Él es la cabeza donde yace toda sabiduría y conocimiento, nuestro abogado y consejero, el que nos da la palabra para avergonzar a nuestros adversarios. 

    Cristo también es la justicia de Dios en nosotros, habiendo satisfecho las exigencias del Padre en materia judicial -la ley y su cumplimiento cabal. El Señor hizo de esa ley divina algo honorable y con magnificencia, nos dio a entender que la ley era buena y que ella era la que nos conducía a él como Hijo de Dios. Su obediencia, sufrimiento y muerte, nos hace ver que cargó con todos los pecados de cada uno de los que componemos su pueblo. Eso significa haber muerto conforme a las Escrituras, porque no rogó Jesús por el mundo la noche antes de su crucifixión, sino que lo hizo por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. En resumen, Cristo rogó y murió por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 3:16; Juan 17:20), no por el resto del mundo (Juan 17:9). 

    Se nos otorgó membresía en la familia celestial, donde Jesús tiene la cabeza y nosotros aprendemos de él. Una unión de gracia, con un legado que solo el ser humano puede disfrutar: los ángeles que fueron preservados de la caída no conoce la redención, puesto que nunca han estado perdidos. Los otros jamás serán redimidos, de forma que solo el hombre conoce y distingue la prisión y su liberación. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Juan 5:12). Por Jesucristo hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina, una vez que hemos huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia (2 Pedro 1:4). 

    Esas formas corruptas y viciosas que prevalecen en el mundo, ya no nos ocupan la mente. Porque hemos huido de la sodomía, del adulterio, del incesto, y de muchas otras formas semejantes de polución, si bien todavía estamos bajo la ley del pecado (Romanos 7). No tenemos la piedad por negocio, al estilo de Simón el mago, sino que nos ha caído la sombra protectora del Evangelio junto a la gracia, con su influencia de pureza para mantener un corazón sobrio y una boca entregada a las buenas conversaciones. Todo esto nos llega por influencia del Evangelio una vez que hemos nacido de nuevo; por eso nos agrada abstenernos de las formas y vicios que en otro tiempo constituían el pan cotidiano del alma esclava del mundo.

    El Faraón de Egipto nos sirve de ejemplo del tirano que humilla al pueblo de Dios; muchas formas de actuación tiene el oprobioso ser para exponer su maltrato sobre los que pertenecemos a la piedad. Sea el Papa de Roma, sea el conglomerado de rameras derivadas de la madre de todas las rameras de la tierra, doquier se extienda el falso evangelio allí también aparecerá la huella del anticristo. Empero, la liberación hecha por Moisés bajo el mandato divino: Saca a mi pueblo de allí, se refleja en lo que logra el Evangelio cuando germina su semilla en nuestros corazones. 

    Como tierra abonada por el Padre Celestial, respondemos ante el grano de trigo que cae en nuestro lugar. Damos fruto por doquier, porque no pueden silenciar el Espíritu que habla en nosotros, el que nos lleva a toda verdad. No conduce el Espíritu a sus hijos de mentira en mentira, de impiedad en impiedad, sino que nos recuerda las palabras de Cristo para que andemos en luz. Los que confiesan un falso evangelio no tienen el Espíritu Santo, por lo tanto no tienen ni al Padre ni al Hijo. Al que no vive en las enseñanzas (la doctrina) de Cristo, se le reconoce como un falsario religioso que deambula de engaño en engaño.

    Estos falsos piadosos desvarían con la doctrina del Señor, ellos anuncian otro evangelio, muy parecido al verdadero (porque como Satanás son capaces de disfrazarse de mensajeros de la luz). Les molesta concebir al Dios de la Biblia de acuerdo a lo que la Escritura enseña, por lo tanto se escandalizan y levantan su puño al cielo para señalar a Dios de injusto, por tener absoluta soberanía sobre los vasos de barro formados por Él. Reclaman una libertad que nunca les fue conferida, ni siquiera en el Edén donde se comprueba que el primer hombre debía responsabilidad absoluta en tanto criatura dependiente de su Creador.

    Otra de las consecuencias de vivir en la doctrina de Cristo viene a ser la soledad que sentimos por andar separados del mundo. Como Elías le decimos al Señor si solamente nosotros hemos quedado; como Isaías preguntamos quién ha creído a nuestro anuncio. Al igual que Juan el Bautista sabemos que somos una voz que clama en el desierto. Confiamos por igual en que la palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada. Continuamos adelante con todos los beneficios obtenidos en Cristo, el autor y consumador de la fe.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org