Categoría: DOCTRINA

  • LOS CAMINOS DE LA HORMIGA (PROVERBIOS 6:6-9)

    Un llamado para el hombre perezoso y dormilón, para que mire al ínfimo insecto conocido como la hormiga. Sin tener capitán prepara en el verano su comida, volviéndose cauta para continuar su camino. El descuidado se abandona al sueño, al reposo, a la imaginación de sus castillos etéreos, pero será sorprendido en el momento de necesidad. La pobreza le será una garantía.

    Estos proverbios de Salomón instruyen al sencillo, en cosas tan importantes y tan olvidadas en estos tiempos de abandono moral. En pocos versos resume lo que nos acontece por doquier como si fuese un hábito sin reproche: El que anda en perversidad de boca (malas palabras, palabras corrompidas, quejas y murmuraciones), el que guiña los ojos y habla con los pies, como señalando a escondidas o expresando rabietas, el que hace señas con los dedos (muy habitual aún entre las mujeres), posee una gran perversidad en su corazón, piensa el mal y crea discordias (Proverbios 6:12-14).

    Quien así va camina contra la luz de la razón, contra el Evangelio, bajo el engaño y en blasfemia contra Dios y el hombre. Resulta asombroso que a la Bestia de Apocalipsis 13:5 también le fue dada una boca para que hablara blasfemias. Los que actúan en forma similar preparan su camino, incluso sin saberlo. Presenciamos un estado de anomia, de abandono moral que desecha la ética como norte y se acoge a la perversión. Incontables personas son amigos de las mímicas realizadas con sus manos, para hablar groserías y enfatizar su escarnio y furia.

    Pensemos que la maldad produce herejías, interpretaciones privadas de las Escrituras. De error en error se avanza por el camino de la perdición, en el juego de las falsas doctrinas sazonadas con momentos de verdad. La serpiente antigua hablaba verdades a medias en el Edén, para entrampar a las criaturas humanas recién aparecidas. En realidad Adán y Eva no murieron de una vez, sino que vivieron muchos años; su muerte espiritual fue instantánea pero la medio verdad consistió en que físicamente todavía tenían por vivir. Se les abrieron los ojos, conociendo el bien y el mal, lo cual también fue una verdad a medias dicha por Satanás. A medias porque esa apertura los condujo al padecimiento por lo que acababan de aprender.

    De igual forma actúan los maestros de mentiras, los que trabajan con textos de la Biblia sacados de contexto. Si Dios es amor, dicen, no castigará por la eternidad al alma humana. Si Dios es amor no puede odiar al hombre, sino solamente al pecado. Dado que Jesucristo es Dios hecho hombre, todo su trabajo en la cruz debería ser suficiente para toda la humanidad, sin excepción; lo que pasa es que no todos aceptan esa oferta lanzada desde la cruz. De esta manera se trabaja con sofismas, se exagera o minimiza la palabra de Dios hasta incurrir en falacias teológicas.

    El tema de la propiciación resulta oportuno para ilustrar lo ya dicho, ya que Jesús apaciguó la ira del Padre. En ese sentido Cristo hizo el sacrificio de su vida con su sangre, cuando llegó a ser pecado por causa de su pueblo. Fue juzgado por el pecado que cargó a cuestas, el de todos sus amigos o toda su iglesia, los elegidos del Padre desde la eternidad. Resulta obvio por las Escrituras que Jesús no apaciguó la ira de Dios contra Judas Iscariote, el hijo de perdición que iba conforme a las profecías. De la misma manera podemos decir del Faraón de Egipto, o de Caín que era del maligno. Ningún réprobo en cuanto a fe tuvo el beneficio del apaciguamiento de la ira de Dios, de manera que no se puede hablar de una muerte general, por todo el mundo sin excepción.

    ¿Castigará dos veces Dios por el mismo pecado de una persona? No, ya que el juez justo de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo. El acta de los decretos, que nos era contraria, fue clavada en la cruz de Cristo. Allí en el madero pagó Jesús el castigo por cada pecado de cada hijo que Dios le dio. Dios no enviará a ninguna persona al infierno, siempre y cuando el Hijo haya expiado su culpa en la cruz. En ese lugar el Señor exclamó: Consumado es (su trabajo había terminado en ese momento, el trabajo de la expiación).

    Los que hemos sido beneficiados con ese trabajo de Jesucristo, hemos de darnos a la tarea de ayudar a los hermanos. Seguimos anunciando este evangelio para que las ovejas sean alcanzadas y oigan la voz del buen pastor. Pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:11), pero a los cabritos les dirá: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:33,41). Jesús dijo en una oportunidad: Mi Padre todavía trabaja y yo trabajo (Juan 5:17). Dios no se echa al abandono ni a la negligencia, sino que nos legó el trabajo como una alegría de vida. La hormiga trabaja aunque no tenga líder que la obligue, lo cual motivó a Salomón a destacarla como ejemplo a imitar.

    Nos preparamos para cuando nos demanden por la fe que tenemos, para la defensa del Evangelio. El estudio de la Biblia debe constituir una pasión en cada creyente, ya que sabemos que Jesucristo es el Logos que nos ha creado. La inmoralidad del mundo aumentada en estos últimos tiempos nos induce a la desgana por cuanto muchos seres perversos y abominables disfrutan de sus estafas, robos públicos y cuanto fruto del engaño alcanzan.

    La mentira teológica ha crecido y se predica desde los púlpitos domingo a domingo. Por todo el mundo ha crecido la hierba mala de la teología de las obras según la cual Dios hizo su parte, el diablo hace la suya y a cada quien le toca responder con su libre albedrío. Ese supuesto religioso, mito del averno, envenena la fuente: ahora el hombre decide su destino final, a pesar de la terrible abominación que conlleva el que una persona a quien se le han expiado sus pecados sea enviada al infierno de condenación. Eso implicaría desvalorar la sangre de Cristo, pisotear su nombre, poder y amor eterno; como si la muerte del Señor hubiese sido en forma potencial y no actual.

    A esa teología el ser humano caído todavía en delitos y pecados tiene en alta estima, ya que cumple con ciertos valores y presupuestos culturales. Contiene palabras más suaves, releva a Dios de su actividad de endurecer a quien quiere endurecer, abre camino libre para el mitológico libre albedrío que le permite al hombre finalmente decidir su destino, con independencia de su Creador.

    Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras (Génesis 3:15; Daniel 9:24; Mateo 1:21; 1 Corintios 15:3). Todo lo escrito sobre el Mesías, el Cordero de Dios, se cumplió a cabalidad. Isaías habló tocante a conocer al siervo justo que justificaría a muchos. El cuento de la libertad del hombre se pone en evidencia en las enseñanzas de Jesucristo: Nadie puede venir a mí si el Padre no lo trajere; y yo lo resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Estas palabras enfurecieron a muchos de sus discípulos, los cuales se retiraron de él con murmuraciones. Les pareció una dura palabra de oír (Juan 6:60); se sintieron ofendidos porque el Señor había dicho que todo lo que el Padre le daba vendría inequívocamente a él y no sería echado fuera jamás (Juan 6:37). Sí, esos discípulos que lo habían seguido por mar y tierra resultaron ofendidos con sus palabras. Jesús les dijo a ellos: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).

    Este es nuestro trabajo, anunciar por doquier a tiempo y a destiempo el Evangelio de Cristo. Nuestro trabajo sigue siendo como el de siervos inútiles, pero lo hacemos igualmente para que Satanás no gane ventaja sobre nosotros, los que somos la iglesia de Cristo (2 Corintios 2:11), porque no ignoramos sus maquinaciones. Esos planes ocultos del príncipe de este mundo llevan confusión a través de los maestros de mentiras, los profetas del falso evangelio, el espíritu de estupor que opera la mentira en los que no aman la verdad (2 Tesalonicenses 2:11).

    César Paredes

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  • DOS EVANGELIOS (GÁLATAS 1:6-9)

    No que haya dos evangelios, sino que algunas personas en su perversión anuncian otro diferente. Esa premisa de Pablo nos conduce a la síntesis de la existencia de un solo Evangelio, el anunciado por Jesucristo y sus apóstoles, el revelado a través de Isaías y de los demás escritores bíblicos. Ya en el Génesis encontramos su aparición cuando Jehová cubre de pieles de animales la desnudez humana, o cuando se le anuncia a Eva la Simiente prometida que vencería a la simiente del dragón, la denominada serpiente antigua. Así que no hay nada nuevo pero sí algo original y propio del Dios de las Escrituras, lo cual hace deducir que desde antes de la fundación del mundo existía el Evangelio en el pacto interpersonal de la Divinidad.

    En la ejecución de la redención las tres personas divinas realizan su operativo particular: el Padre ordenó todo cuanto existe y ha hecho la predestinación y elección eterna, el Hijo vino a morir por todos los pecados de su pueblo, el Espíritu Santo regenera a la criatura que ha sido enseñada por Dios y que ha aprendido para ser enviada a Cristo. Esto tiene apoyo de las Escrituras, en múltiples textos, como ya se ha escrito en otros artículos.

    El anuncio de la buena nueva de salvación nos toca a los creyentes como tarea, sin distinción de personas, para llamar a toda posible criatura humana al arrepentimiento y a creer en el Evangelio. Poco importa si el que escucha el mensaje no posee la capacidad natural para creer, ya que no es de todos la fe y ella viene como un regalo de Dios. Ciertamente, sin fe resulta imposible agradar a Dios. Pero la metanoia (arrepentimiento en griego) implica un cambio de mentalidad respecto a dos cosas, por lo menos: 1) En relación a quién es Dios. Ya no será la misma concepción que como seres naturales acostumbramos a tener, como si fuese un ser minúsculo o un genio de una lámpara, que nos escucha para venir en nuestro auxilio a concedernos deseos o favores. Ahora se trata de verlo en su dimensión bíblica: el Hacedor de todo, el Todopoderoso Jehová que hace como quiere y no tiene consejero, un Dios soberano en forma absoluta que ha elegido el destino de todo cuanto ha creado; 2) En relación a quiénes somos nosotros, ínfimas criaturas que estamos acá en esta tierra por obra divina, que nos infatuamos sin tener con qué, que presuponemos que venimos de la nada o de una ameba a través de un proceso evolutivo. Una vez arrepentidos de esas falsas creencias, pasamos a comprender que nunca podemos vivir en forma independiente de nuestro Creador.

    Ese arrepentimiento de lo que hemos sido nos conduce a ser otros, a creer de otra manera en el Dios que nunca habíamos imaginado porque como criaturas naturales no lo podíamos discernir, por lo tanto nos parecía locura todo lo que oíamos al respecto. El nuevo nacimiento que nos da el Espíritu de Dios nos otorga vida eterna que comenzamos a disfrutar desde ahora mismo, por lo cual nos volvemos voluntarios de Dios en este día de su poder en nosotros. Dios es el que ha elegido, no basado en nuestras obras muertas (delitos y pecados) sino en su buena voluntad y gracia soberana. Tuvo misericordia de los que eligió desde la eternidad, amándonos con amor eterno y prolongándonos su misericordia. Pero en su lado opuesto Él endureció a quien quiso endurecer, para que la redención se muestre por gracia y no por obras, a fin de que nadie se gloríe.

    Para que la gente se evite malas interpretaciones, la Biblia enseña que todos hemos pecado y hemos llegado al estatus de apartamiento de la gloria de Dios. Destituidos de esa gloria, hemos seguido cada cual por nuestros caminos, sin desear al verdadero Dios, sin exhibir siquiera un poco de justicia que satisfaga al Padre Creador de todo lo que existe. Pero para que se levanten objetores y maledicentes, la Biblia por igual enseña que Dios amó a Jacob y odió a Esaú desde antes de ser concebidos, sin mirar en sus obras buenas o malas. En su acto soberano eligió a quién redimiría y a quién condenaría.

    Esa revelación bíblica molesta a muchos; no pocos son los ofendidos y murmuradores, a quienes la Biblia acusa de poseer el entendimiento entenebrecido. Al parecer, dentro de ese lote de personas enojadas por la actitud divina, algunos que caminan perdidos son llamados para salir de las tinieblas a la luz, mientras otros son endurecidos bajo un espíritu de estupor de manera que se pierdan para siempre. Estos últimos no aman la verdad sino que se ofenden por ella, se retuercen de odio contra el Dios de la Biblia, demandan justicia contra el Creador al acusarlo de injusto por condenar a Esaú aún antes de que hiciera malas obras.

    La objeción contra el Creador no puede considerarse como algo nuevo en teología. Tampoco puede remontarse a la época en que se escribió la epístola a los romanos, más bien viene desde que el pecado entró a este mundo y con él la muerte. Dios resulta confinado al banquillo de los acusados, sin derecho a réplica, aunque algunos teólogos procuran su defensa con buena voluntad, pero el acusado rechaza tal defensa no pedida. Él sigue diciendo en muchos textos de las Escrituras que no tiene consejero, que hace como quiere, que todo lo que quiso ha hecho. Reclama que aún al malo hizo para el día malo, que su palabra permanece para siempre y no hay quien pueda detenerla. Es más, le dice a quienes lo odian que ellos han sido colocados en ese rol, como Judas Iscariote fue puesto para que la Escritura se cumpliese.

    El otro evangelio (al que se le suman todas las variantes que siguen apareciendo) se afianza en la redención por obras, mientras el verdadero Evangelio se define como el de la gracia. Muchos teólogos que fungen como maestros de mentiras, asumen la gracia como premisa pero dejan un espacio para la realización del libre albedrío. No pueden despojarse de ese mito religioso, al que han convertido en un ídolo. Hablan de un dios que por gracia habilita al hombre para que libremente decida su futuro, pero arguyéndose que la predestinación se basó en el conocimiento previo de Dios respecto a lo que su criatura haría. De esa manera pretenden exculpar a Dios al menos ante sus conciencias, criterio seguido por miles de personas que propagan una teología equivocada, alejada de la Biblia pero recortada de sus páginas sacadas de contexto.

    La iglesia de Roma, por cierto, maestra de la teología de las obras, tuvo su peón en la época de la Reforma Protestante. Se llamó Jacobo Arminio, el cual enseñó su teología jesuita del justo medio, según la cual Dios soberano se despoja por un momento de su soberanía absoluta para que su criatura pueda decidir con libertad si acepta o no acepta a Jesucristo. Como consecuencia derivada de esa concepción teológica, Jesucristo vino a morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción. En realidad, poco importaría el que su sangre resulte derramada vanamente por aquellos que nunca han oído el evangelio y no se enteran de esa gracia a su favor. Tampoco importa que aquellos que deben decidir su futuro desprecien esa sangre derramada por ellos, así que serían castigados doblemente: en el Hijo, cuando padeció en la cruz para perdonar sus pecados, y en ellos como condenados cuando sean castigados eternamente por sus culpas.

    Ese sistema teológico arminiano tiene gran aceptación porque se ve como más justo, porque intenta resolver la antipatía que causa el Dios que odia de antemano a sus criaturas humanas, pero enturbia por igual la doctrina de Cristo. Jesucristo enseñó que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae; agregó que todo lo que el Padre le da viene a él, lo cual impone una conclusión forzosa: Solamente los que el Padre envía y le da al Hijo serán redimidos. Por lo tanto, Jesucristo no murió para perdonar todos los pecados de todas las personas, sin excepción, sino por todos los pecados de todo su pueblo en forma absoluta. Esa fue su misión como lo confirma la Escritura, desde antes de haber nacido se dijo: se pondría al niño por nacer el nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús significa Jehová salva (Mateo 1:21).

    La droga arminiana, como se le ha denominado, crece como hierba mala. Su propagación ha minado los púlpitos reformados o protestantes desde el mismo inicio, para convertirse su doctrina en un monstruo del pecado. Sutil como el silencio, se enreda en las páginas de la Biblia sacada de contexto, para placer y como tarea emprendida por los defensores de esta enseñanza heredada de Pelagio y seguida por su pupilo distante Arminio. Se presenta como elixir, pero en un envase que dice cristianismo, para ocultar el misterio de la iniquidad que pregona. Esta falsa doctrina arminiana convierte la gracia de Dios en vasalla de la libertad humana, como si fuese un logro intelectual para las almas atormentadas por la sola idea de su impotencia ante el Dios soberano de las Escrituras, que ha ordenado desde la eternidad quiénes serían los objetos de su amor y misericordia y quiénes serían los objetos de su odio y endurecimiento.

    ¿Qué antídoto puede haber para el veneno satánico? La regeneración del Espíritu Santo, para que la palabra de Dios se convierta en el placer del alma voluntaria en el día del poder del Altísimo. La regeneración que no proviene por voluntad humana sino de Dios. El no regenerado tiene en poco la palabra de la verdad de las Escrituras, porque le parece una locura y no puede discernirla. El arminiano siempre intentará enderezar lo que está recto, por lo tanto lo tuerce para su propia perdición.

    César Paredes

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  • LA NECEDAD DE MUCHOS

    Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida. Y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento. Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? (Proverbios 6:6-9). Esta admonición del libro de Proverbios nos viene al caso sobre la tarea teológica. Muchos piensan que la teología la deben ejercer los profesionales egresados de institutos específicos, graduados de seminarios de teología. El trabajo, como tema de estos proverbios citados, se extiende a todos sus renglones, inclusive al estudio de las Escrituras.

    Tal vez el proverbio carezca de propiedad por cuanto la hormiga no lee, pero su ejemplo descrito cubre nuestras necesidades. La Biblia ha dicho que el pueblo de Dios perece por falta de entendimiento; Isaías habla tocante al debido conocimiento que hemos de tener en relación al siervo justo; Jesús nos dijo que hemos de examinar con buen escrutinio las Escrituras, porque suponemos que allí está la vida eterna. El gran Jehová (el gran Yo Soy el que Soy) ordenó que el pueblo recién salido de la esclavitud leyera la ley, la escribiera en los dinteles y en sus ropas. Todas las Escrituras vinieron gracias a la labor de escribanos, su compilación y publicación obedece al hecho de que hay gente esmerada en la actividad de escribir. Su consumo va dirigido primordialmente a lectores, de manera que se exige un esfuerzo para dejar la pereza cuando se trata de aprender y comprender la palabra de Dios.

    La pereza destruye a cualquiera en el área en que se es perezoso. Tal vez una persona sea diligente para manejar negocios y hacer dinero, pero se descuida en cómo administrarlo. A lo mejor estudia mucho su carrera universitaria, pero deja su Biblia prensada en la biblioteca de su casa junto a otros libros que considera más importantes. Ellos andan como si tuviesen humo en los ojos, por la pereza que demuestran frente al texto sagrado. Si su alma desea conocer las Escrituras pero la cunde la pereza, nada alcanzará respecto a ese propósito.

    Algunos suponen que pueden amar a Cristo con el corazón, pero que los asuntos de la mente o intelecto no comprenden su tarea. Equivocados andan por el mundo, enredados en el espíritu de estupor, porque amar al Señor implica conocer su palabra. Él es el Verbo hecho carne, el Logos que creó el mundo; en esa su creación hizo la inteligencia para los seres humanos, la cual le honra, aunque en especial la que está en sus hijos. Esa Escritura que habla de él agrega que los creyentes (nacidos de nuevo) tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). Al poseer la mente de Cristo hemos de buscar la instrucción que viene de arriba, no necesariamente la del mundo, como si su filosofía pudiera explicarnos los misterios del Evangelio.

    Algunas personas pueden tener celo de Dios, pero si no les asiste el entendimiento respecto a la justicia divina, andarán perdidos como el más oprobioso réprobo en cuanto a fe. Eso lo expone Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. Dejar la doctrina de Cristo bajo ignorancia, escondiéndose en el supuesto amor al Señor, nos lanza hacia el sabor del misticismo, del ostracismo religioso que se goza en la subjetividad del sentimiento de la religión.

    Pablo nos dice que debemos andar con diligencia, no como necios sino como sabios (Efesios 5:15). Los necios no tienen enfocados sus ojos adonde caminan, sino que andan por senderos de oscuridad. Sus vías apuntan a la destrucción final, aunque les parezcan en principio caminos de bien. El loco o el necio pueden andar desnudos, sin el acato del orden público. De igual forma, el necio bíblico camina sin los atuendos del Evangelio, con un evangelio acortado, cuyos adornos son el barniz religioso de su cultura. El necio bíblico suele vivir fuera de la doctrina de Cristo, aunque profesa creer en él como Hijo de Dios, como Salvador del mundo, como el que puso su vida por todo el mundo, sin excepción. Él no sabe distinguir entre la justicia de Dios y la justicia humana, supone que la diferencia final entre cielo e infierno la hace él mismo con su voluntad, con su religiosidad, con su constancia y hábitos de religión que lo consagran como conocedor de la Biblia.

    El estudio pudiera ser considerado como el más noble empleo del alma, pero solo si se apunta a la Escritura como contenedor de la vida eterna. De lo contrario, solo acarreará fatiga para la carne, porque el hacer muchos libros no tiene límite, máxime cuando estudiamos unos que contradicen a otros, todo lo cual sirve tan solo como ejercicio intelectual. Pero, ¿en qué aprovecha el alma si ganare todo el conocimiento humano y ella se perdiere? No hay fin en hacer muchos libros, decía Salomón (Eclesiastés 12:12).

    La Biblia nos incita a juzgar con justo juicio, nos ordena a probar los espíritus para saber si son de Dios. Nos prohíbe darles la bienvenida a quienes no vivan en la doctrina de Cristo. El mucho celo por Dios sin conocimiento no sirve de nada, lo dijo Pablo cuando escribía a los romanos. La justicia de Dios funge como centro del Evangelio, por lo que conocer al siervo justo que justificará a muchos conviene. La justicia de Dios es Jesucristo, porque cumplió la ley sin quebrantarla en ningún punto, sufrió la maldición del pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21) para que las actas con los decretos que nos eran contrarias fuesen clavadas en la cruz. No rogó Jesús por el mundo (Juan 17:9), por lo tanto murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Mejor es el día de la muerte que el día del nacimiento, decía Salomón. Bien, Pablo lo ratificó cuando afirmó que para él el vivir era Cristo pero el morir era ganancia, porque prefería partir para estar con Cristo lo cual era mucho mejor. A veces nos toca el lamento por la soledad en la que andamos, pero ese lamento delatado en nuestro rostro conduce a que el corazón se perfeccione (Eclesiastés 7:3). Somos odiados por el mundo, pero ese mundo está por igual en las sinagogas donde no se perdonan los pecados que Jesús ya perdonó. Allí impera el gobierno de las reglas del Derecho religioso, por sobre el amor del Padre que nos amó con amor eterno. En esas sinagogas se exhiben con luces los pecados de todos aquellos que exponen la doctrina de Cristo, para que nadie los escuche y sigan al espíritu de estupor.

    La palabra de Jesucristo todavía les parece dura de oír, y así será hasta el fin de sus días, cuando sean consumidos por la mentira y tragados por la garganta del abismo. La Biblia en la boca del impío genera interpretación privada, desviación contextual para tropiezo en la roca que es Cristo. Por eso Dios le dice al malo: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección y echas a tu espalda mis palabras (Salmo 50:16-17).

    César Paredes

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  • LA DOCTRINA DE CRISTO

    Grandes predicadores de la humanidad los hay, como también existen poderosos sacerdotes de la Gran Ramera. Todos ellos participan de un denominador común, el apego a una verdad conciliada en un justo medio. El Dios de la Biblia les resulta demasiado binario y soberano, pese a que algunos de ellos se inclinen por las doctrinas de la gracia. Los viejos fariseos también conocían el Antiguo Testamento, pero habían inferido un Dios que les convenía. Era la divinidad de las obras, de la estirpe israelita, ajeno a los gentiles, con el cual manipulaban a las masas más ignorantes que ellos.

    La ignorancia mata. No podemos defender al que ignora la justicia de Cristo, pretendiendo esgrimir un argumento ad misericordiam o uno ad populum. Como si la mayoría tuviera la razón por el peso de la cantidad, o como si los más necesitados socialmente tuviesen justificación por obras de ignorancia. A los fariseos de entonces les fue dicho que se asemejaban a los sepulcros pintados de blanco por fuera, podridos por dentro. Porque la muerte hiede, especialmente después de unos días. Los que yacen muertos en delitos y pecados apestan, aunque se blanqueen externamente con laca religiosa o se perfumen con las flores de la religión espuria.

    Hubo un predicador perteneciente a la Reforma Protestante que se hizo célebre, tan célebre como pudieron hablar de él no una sino dos autobiografías. Su ego va delante y lo anuncia como el príncipe de los predicadores calvinistas. Él fue tenaz defensor de las doctrinas de la gracia, pero sucumbía por el pietismo de los que blandiendo una y otra vez sus herejías doctrinales se ensañaban contra el Dios de la Biblia. Llegó a afirmar que los enemigos de la doctrina de Cristo (de la gracia) cuando llegaran al cielo (en virtud de su religión herético-pietista), se convertirían en calvinistas (propulsores de la gracia).

    Semejante barbaridad lo deja desnudo por virtud de la traición de sus palabras. Su verbo lo dejó expuesto, como cuando la palabra descubre el corazón. Hablamos de Charles Spurgeon, muy conocido defensor de su religión calvinista. La gente se apega a las tradiciones, a imágenes de líderes políticos-religiosos, vende sus ideas como si fuesen extraídas de las Escrituras, sin examinar minuciosamente su veracidad. Por esa razón reclamamos lo de la Biblia como perteneciente al Dios que la inspiró, pero nos alejamos de aquellos que pretenden hacer palabra de Dios sus propias palabras.

    Ese Spurgeon fue el que sagazmente atribuyó a Esaú su condenación, al vender su primogenitura. El que propuso que ante dos preguntas distintas había que dar dos respuestas diferentes, ya que hipotéticamente alguien puede preguntarse por qué Jacob fue salvado y por qué Esaú fue condenado. Sin embargo, la Biblia da una misma respuesta para ambas interrogantes, como lo leemos en Romanos 9:11: pues no habían aún nacido (Jacob y Esaú), ni habían aún hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. Es decir, Pablo señala por inspiración del Espíritu Santo que los gemelos fueron escogidos independientemente de sus obras buenas o malas, pero Spurgeon, aún conociendo lo que la Escritura dice, torció el sentido para perdición de muchos, al afirmar que Esaú se condenó por sus obras. Es más, llegó a declarar que su alma se rebelaba contra aquel que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios.

    Bien, Spurgeon mismo lo dijo: su alma se sublevaba, se rebelaba, se volvía insurrecta, se disgustaba, repugnaba y atentaba contra la autoridad de Dios mismo. ¿Por qué? Porque el que inspiró las palabras escritas por Pablo fue el Espíritu Santo, Dios mismo, así que Spurgeon se declaró insurrecto contra la autoridad divina del Espíritu, se molestó y manifestó repugnancia contra el Dios de la Biblia por condenar a Esaú (colocar la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios) sin mirar en sus malas obras. ¿No es eso lo que Arminio escribió en sus obras? Él dijo que la predestinación era repugnante, así de simple. Lo mismo aseveró John Wesley, pero muchos alaban su pietismo aparente, porque lo que importa es decir que Jesús salva, un cliché religioso que abre puertas a miles de personas que siguen el espíritu de estupor porque odian la verdad.

    Si alguien desea corroborar lo dicho, puede ir a un sermón en la web (o en las obras completas de Spurgeon) titulado Jacob y Esaú. Allí puede leer el escrito y tomar nota de lo dicho. Como dijera David: ¿No odio a los que te odian? En realidad odiamos esas declaraciones de los que odian a Dios, aunque en realidad amamos a cualquiera que anda perdido en las tinieblas del mundo y de Satanás, por lo cual le declaramos la verdad en amor para que la conozcan. Si no lo amáramos lo dejaríamos en la ignorancia respecto a la justicia de Dios, que es Jesucristo. Por eso les anunciamos que Jesús no puede ser un cliché, una palabra mágica para salir del infierno, o para no ir a ese lugar; no, Jesús significa Jehová salva, un nombre que le fue dado al niño por nacer porque venía con una condición a este mundo: salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesús vino a salvar el mundo amado por el Padre (Juan 3:16) pero no vino a salvar el mundo no amado por el Padre (Juan 17:9). De allí que este evangelio molesta a muchos, como parece que le molestó demasiado al príncipe de los predicadores y a muchos de los discípulos que seguían a Jesús. El Señor dijo: Ninguno puede venir a mí a menos que le sea dado del Padre (Juan 6:65); Todo lo que el Padre me da vendrá a mí (Juan 6:37). Por lo tanto, todos aquellos que sin excepción el Padre le da vendrán a Jesús (solamente ellos).

    Los seguidores de Jacobo Arminio promulgan la tesis católico-romana dibujada por los jesuitas. Uno de sus férreos seguidores se llamó John Wesley, denominado el príncipe de los predicadores arminianos. Así que tenemos dos príncipes honrados por sus teologías: el príncipe calvinista (Spurgeon) y el príncipe arminiano (Wesley), como si se tratara dos lados de una misma moneda. Ambos proclaman teologías antagónicas, pero se dan la mano bajo el cuento de que predican a Jesús, por lo cual nos preguntamos ¿qué detiene el que se den la mano con Roma, que también predica a Jesús?

    Tanto Arminio como Roma promulgan la elección condicional, el libre albedrío, el perfeccionismo, una expiación ilimitada (por lo tanto ineficaz), una justificación que está condicionada en el pecador, una perseverancia condicional, en un franco rechazo y odio contra la elección incondicional y la reprobación incondicional. Pero los calvinistas que detestan muchas de las doctrinas romanas y arminianas, saludan con agrado la tenacidad religiosa de Wesley y Spurgeon, de Arminio y de Roma, en sus trazos ecuménicos. En especial se da cuando sus ojos se enfocan en la vida ejemplar de sus grandes líderes, al igual que antes se miraba la apariencia de los fariseos.

    Calvino llegó a decir que la expiación de Jesús se hizo por todo el mundo sin excepción, pero que resulta eficaz solamente en los elegidos. Llegó a afirmar que mientras Jesús le lavaba los pies a Judas le estaba dando la oportunidad de arrepentirse, como si eso fuese el deseo del Señor quien más bien lo apuró para que hiciera lo que tenía que hacer. Pero Calvino se refugiaba en las doctrinas de la gracia de la boca para afuera, porque ese era el arma teológica de la Reforma contra Roma. Sus seguidores ahora equiparan sus enseñanzas al evangelio, un atrevimiento que ni los viejos fariseos tuvieron respecto a ellos mismos.

    ¿Qué importa cuánto celo se tenga por el evangelio, si no se hace conforme a ciencia? Eso fue lo que dijo Pablo cuado escribía a los romanos, que su oración era para salvación porque ellos andaban perdidos. Tener celo respecto a Dios sin el conocimiento de su justicia (Jesucristo como propiciación por todos los pecados de su pueblo), no conduce a nada bueno sino a la permanencia en el estado de perdición eterna. ¿Qué importa llamarse seguidor de un predicador o teólogo famoso, si su doctrina se aleja de las enseñanzas de Jesús? Por cierto, existe un hábito intelectual peligroso, el creer que Jesús vino a enseñar ética para que vivamos testificando ante el mundo y contra sus errores. La ética de Jesús no se objeta, pero eso Pablo lo demostró cuando escribía a los romanos y les dijo que su celo por Dios (su ética) no les servía de nada si ignoraban la doctrina de Cristo (sus enseñanzas respecto a su justicia, como se señala en Juan 6, de acuerdo a los textos antes mencionados).

    Juan, por su parte, escribe en su Primera Carta, Capítulo 1 verso 9-10, que el transgresor es aquel que se aparta de la doctrina de Cristo. Esa persona ajena a las enseñanzas del Señor, respecto a lo que vino a hacer en esta tierra (que no vino solo a hablar de moral y buenas costumbres) no tiene ni al Padre ni al Hijo. Por eso decimos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En verdad debemos seguir el camino de la soledad del profeta Elías, la de Isaías que le preguntaba al Señor quién había creído al anuncio dado, la soledad del que predicaba en el desierto (Juan el Bautista). No podemos decirle bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo.

    César Paredes

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  • EL CONOCIMIENTO DEL SEÑOR

    El conocimiento medio reprime el dominio de Dios sobre la supuesta libertad de los actos que ocurrirán. Esto por supuesto incluye al ser humano como objeto de esa libertad; se supone que la voluntad humana estimula el decreto. Visto así, Dios depende de la criatura para poder decretar o disponer algo. Una vez que la criatura esté determinada a acometer una conducta determinada, el ya no tan poderoso Señor puede mirar con certeza y apostar a esa conducta de la criatura voluble llevada por todo viento de doctrina. Supongamos que Dios ve que un fariseo deseaba la muerte de su Hijo lo antes posible, de manera que si viendo esa intención interviene para crear circunstancias disuasivas se demuestra que lo que vio tampoco era una certeza de algo que acontecería. Entonces, ¿para qué averiguar el futuro si lo puede cambiar a su antojo? Y si lo puede cambiar en realidad no vio nada ciertamente eficaz.

    Pero si Dos al ver el futuro puede cambiarlo en alguna manera, ese cambio debió haber sido parte de su decreto eterno e inmutable. Sin embargo, la Escritura no da pie para pensar que el conocimiento previo de Dios se debe a que mira el futuro como algo externo a su voluntad y a su decreto. Dios dice el final desde el principio porque Él hace todo cuanto existe: aún al malo para el día malo. No le dijo Jehová a Moisés que iba a cambiar las circunstancias del Faraón para endurecerlo, sino que lo endureció directamente en medio de cualquier circunstancia. El Señor no previó que a su palabra se crearían los cielos y la tierra, como si eso existiera en alguna medida y con su palabra lo haría manifiesto. Simplemente habló y fue formado el universo.

    Debemos decir que en materia de predestinación la Biblia nos asegura que fue su propósito lo que lo motivó a esa actividad (eudokian en griego), su buen parecer. Pero si Jacob y Esaú no habían aún nacido, ni siquiera habían sido concebidos (de acuerdo al término en griego bíblico) ¿cómo pudo Dios preverlos y cambiar sus circunstancias para que uno resultara salvado (amado) y el otro condenado (odiado). Los que veneran a Esaú cambian el texto y aseguran que Dios vio desde antes que Esaú amaría las lentejas más que la primogenitura, pero el texto no da para ese imaginario. Tampoco permite el escrito cambiar la semántica del verbo MISEO (odiar) como para asegurar que Dios no odió a Esaú sino que lo amó menos.

    En ese acto de predestinación que hiciera el Todopoderoso no medió ningún acto voluntario de los gemelos para labrar sus destinos, no intervino el conocimiento medio divino (como si Dios viera los distintos futuros de ambos y aprovechara algunas circunstancias para definir el futuro de ellos). La Biblia nos asegura que esto se hizo para que el propósito de Dios respecto a la elección descansara no en las obras sino en el que llama. Ese llamado no se hizo por conocimiento medio sino por el propósito eterno y por la buena voluntad de Dios, para ensalzar su justicia y su misericordia. El propósito del decreto de Dios no dependió de la voluntad de Esaú o de Jacob, sino que de su deseo eterno y propósito eterno tomó el Señor tal decisión.

    Si Dios vio distintos futuros como afirman los del Teísmo Abierto, para luego tomar por cierto el último futuro, el que se daría con certeza absoluta, en realidad esos distintos futuros previos serían absoluta vanidad. Una ilusión, una quimera, algo que no sucedería nunca, ya que dominaría el último futuro tomado por cierto y que cobra certeza al acontecer. Veríamos a un Dios mirando vanidad e incertidumbre, analizando situaciones inútiles -o perdiendo su tiempo y energía- en lo que no serviría de nada. Porque esos supuestos futuros son un entretenimiento para el alma humana que planifica y supone hacer tal o cual cosa, pero que estorbarían para el vidente especial que es Dios. En realidad, si así fuera el caso, lo que se intenta afirmar es que Dios no tiene nada que ver en nuestras acciones, simplemente se convierte en un relator de las mismas, al declararlas a sus profetas.

    Ese Dios no estaría en condiciones de prometer nada, dado que nada puede; solamente sería un oráculo como el de los griegos, que predice en base a la ventura (pero con mucha suerte, como se ha dicho en otras partes: el ser humano tan dado al cambio no cambió en ese su último futuro descubierto). Incluso ese último futuro visto pudo ser incierto, ya que múltiples variantes seguirían interviniendo y ni Dios podría detener las circunstancias inherentes al futuro mismo. No podría porque ya no sería tan Poderoso porque se ha limitado a mirar el futuro y no a hacerlo. Hemos llegado adonde ha querido la teología de la veneración a Esaú, a enjuiciar a Dios por injusto porque el pobre de Esaú no tuvo otra opción que vender su primogenitura. ¿Porqué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? Esa declaratoria del objetor levantado por Pablo en Romanos 9 nos coloca el argumento bajo supremo orden. Nadie podrá alegar exabruptos como el que odiar significa amar menos, como que Dios odia solamente el pecado pero ama al pecador, o como el que Dios ama a todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de reconocer que esta teología bíblica parece antipática y contiene palabras duras de oír. Pero el Señor no ha cambiado su forma de hablar, antes enfatiza una vez más hasta preguntar si ustedes también se quieren retirar como aquellos discípulos descritos en Juan 6. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Y yo lo resucitaré en el día postrero. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Escrito está en los profetas: y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí. Por eso os digo: ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. El Señor enfatizó con repeticiones en esta doctrina del Padre que vino a exponer, lo hizo frente a la multitud que lo seguía por tierra y agua, muchos de los cuales se habían beneficiado de los panes y los peces. El Señor supo que murmuraban descontentos por sus duras palabras de oír.

    Pedro cuando fue preguntado, junto a los demás apóstoles, exclamó con profunda lógica: No tenemos adonde ir porque tú tienes palabras de vida eterna. El Señor no les agradeció porque no se fueran, más bien les recalcó con el colofón de su teología: ¿No los he escogido yo a ustedes doce y uno de ustedes es diablo? (Hablaba de Judas, el que le habría de entregar). El Señor no usa conocimiento medio, no averigua el futuro en el túnel del tiempo, como dicen los jesuitas en su eco católico-romano. El Señor ha creado el mundo y los que en él habitan y no le preguntó a nadie si quería nacer en esta tierra; sigue siendo soberano absoluto (el Despotes del Nuevo Testamento), declara el final desde el principio porque así lo ha ideado (no dice que así lo ha averiguado).

    Semejante Dios tiene demasiado poder como para echar el cuerpo y el alma en el infierno. No en vano dice la Escritura: Amístate ahora con Él y por eso te vendrá paz y bien. Buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle mientras está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). La palabra que sale de la boca de Jehová no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para que la envió (Isaías 55:11).

    César Paredes

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  • EL ANUNCIO

    El anuncio del evangelio pasa por un recorrido de personas a través de los siglos. En un primer momento, cuando se comenzó la comunicación acerca de Jesucristo como Hijo de Dios, algunos aseguraron que lo habían visto, aún después de la muerte, por causa de su resurrección. Otros que no lo vieron, fueron objetos de sus milagros, deleitados con la manifestación del Espíritu en los días en que los dones especiales estuvieron vigentes. Después de cerrado el libro de la profecía final (Apocalipsis), después de todos los eventos predichos como profecías por los apóstoles y demás escritores del Nuevo Testamento, nos queda la doctrina expuesta como el manjar para el alma y como la ocupación para beneficio de nuestra salvación.

    Ese anuncio vino como enseñanza, como la doctrina que el Padre le dio al Hijo. En ese conjunto didáctico encontramos un balance entre ética y teología, al mismo tiempo en que miramos el carácter de Dios a través de su posición soberana sobre su creación. El Señor Jesús se esmeró en anunciar en muchas oportunidades ese carácter del Padre, pero sabemos que hablaba también de sí mismo, porque él y el Padre eran uno. No que eran la misma persona, como se desprende de sus oraciones, de su bautismo y de sus muchas enseñanzas, sino que eran uno porque no disentían el uno del otro, como el Espíritu tampoco contradice la palabra de Cristo ni se contrapone a los designios del Padre.

    ¿Quién ha entendido ese anuncio? Esa pregunta la hizo Isaías, pero él se incluyó junto a Dios como si el anuncio fuera de ambos. Y lo era, como también sigue siendo el nuestro. Estamos comprometidos con la predicación del evangelio, pero debemos definirlo para evitar confusiones con los distintos evangelios predicados. No que haya varios sino que existen distorsiones del verdadero. El evangelio viene a ser la promesa de liberación que hace Dios para con su pueblo. Es el anuncio de que Cristo murió por todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras.

    El evangelio no viene como súplica al hombre muerto en delitos y pecados, enemistado con Dios, indispuesto en su entendimiento para discernir las cosas de su Espíritu. El evangelio viene como testimonio de lo que hace Dios ante las naciones, para endurecer a los réprobos en cuanto a fe y para rescatar a los elegidos del Padre. Las ovejas perdidas son llamadas al redil con el llamamiento eficaz del Señor, para que lo sigan y jamás se vuelvan tras el extraño. Las cabras son como el árbol malo: jamás darán el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio. Siempre estarán en la duda acerca de la soberanía de Dios, sostendrán que existe injusticia en Dios por haber odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal.

    Ha habido teólogos cristianos, como todavía los hay, que dicen explícitamente que no creen en los textos referidos a la condenación divina, en la forma en que se escribió en la Biblia. Los hay quienes un poco menos atrevidos a la negación trastocan el texto para obligarlo a decir algo inesperado: Dios amó menos a Esaú, pero lo amó. Los hay quienes sugieren y pregonan que los amados de Dios lo son porque Él vio en el túnel del tiempo quiénes lo iban a amar y por eso los predestinó.

    El anuncio tal cual está en las Escrituras sigue ignorado por muchos. Esa es la razón por la cual Isaías se preguntaba quién había creído el anuncio dado por él y por el Señor. Cristo murió y resucitó de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4). En ese texto, Pablo habla de la muerte de Cristo en favor de nosotros (los creyentes, la iglesia), no en favor del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su muerte (Juan 17:9). Por esta razón sabemos que una persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios no puede vivir en la ignorancia del Evangelio. No podrá decir que Cristo murió por cada uno en particular, incluso por aquellos que no vino a salvar. Esa posición de error echa por tierra la declaración de Jesucristo recogida en Juan 10:1-5, que dice que sus ovejas que lo siguen no se van más tras el extraño. El extraño es el profeta o maestro de mentiras, como señala Jeremías, el que dice paz cuando no la hay, el que comulga con doctrinas de demonios para suavizar la dura doctrina de Jesucristo.

    El que ignora el evangelio da visos de que anda perdido, de que no ha sido llamado eficazmente. Existe una condición supuesta en el ofrecimiento del evangelio, como si se tratase de un mercadeo. El evangelista ofrece el producto de la salvación condicionada tanto en la gracia de Cristo como en la disposición del prospecto, de manera que se establezca un contrato bilateral. Le dice que Dios hizo ya su parte, que ahora usted tiene que hacer la suya. Una serie de métodos persuasivos caen sobre el auditorio para manipular a los futuros creyentes, de tal forma que sean conducidos a una forma de piedad externa (apariencia de piedad sin eficacia). El evangelista se ve triunfante porque ha rescatado un alma del infierno, pero olvida que ha condicionado en la criatura la salvación que anunciaba por gracia.

    Cristo vino a ser la justicia de su pueblo en tanto el Padre lo hizo pecado por nuestra causa (al Hijo que no conoció pecado), para que lleguemos a ser la justicia de Dios en él (en Cristo). Quiere decir que la justicia de Cristo se nos imputa a cada creyente (2 Corintios 5:21), pero creen solamente los ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Jesús dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, que seríamos enseñados por Dios para que habiendo aprendido pudiéramos ir a él. Aseguró que esos enviados del Padre nunca los echaría fuera, sino que los resucitaría en el día postrero. Dijo, además, que estamos guardados en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor; por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos el Espíritu Santo como una garantía de la redención final.

    El evangelio de Cristo no gustó a muchos de sus discípulos que se fueron dando murmuraciones contra la dura palabra, la que nadie podía oír (Juan 6:60-66). Ellos preferían el falso evangelio que condiciona la salvación bajo la premisa de que tomarían en cuenta su voluntad libre para la decisión. Consideraron dura aquella palabra por cuanto los dejaba por fuera en cuanto a su albedrío, como si el Padre necesitara de su aprobación para poder salvarlos. Además, frente a la duda de no ser electo decidieron precipitarse a su abismo, a las doctrinas de demonios, dando pie a sus cavilaciones sobre la excesiva dureza de la teología de la soberanía absoluta de Dios.

    Queda claro en el Nuevo Testamento que Jesús en ningún momento intentó suavizar la doctrina del Padre, más bien increpó a los doce discípulos (apóstoles) para que se fueran en caso de que así lo desearan. Por otro lado, Pedro le respondió que no tenían a quién ir, que sabían que él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús todavía les añadió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (Judas Iscariote, el que le había de entregar para que la Escritura se cumpliese). Vemos a lo largo de Juan 6 que Jesús no se esconde en palabras para simular una vergüenza en torno a la doctrina del Padre, más bien la avienta de frente y en forma desafiante. Incluso el hijo de perdición había sido destinado para tal fin, de quien fue dicho que mejor le hubiera sido no nacer.

    El Dios soberano de las Escrituras no necesita nuestra compañía, simplemente ha creado este universo y nos colocó acá para despliegue de su gloria. Gloria como Creador de todo cuanto existe, aún de los malos para el día malo, gloria como el que despliega su justicia y su ira contra el pecado, gloria de Salvador para mostrar misericordia en los que quiere mostrarla. Por supuesto, todo este anuncio deja por fuera la voluntad muerta del ser humano caído y perdido en sus delitos y pecados. Nuestra buena voluntad (Salmo 110:3) podrá serla en el día del poder de Dios, el día en que su Espíritu nos vivifica y nos dispone para amar el andar en sus estatutos (Ezequiel 36:26-27).

    César Paredes

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  • SIN PLACER EN LA MALDAD

    Jehová afirma que Él no tiene placer en la maldad, tampoco se agrada de los insensatos. Él aborrece a todos los que hacen iniquidad. La Biblia nos asegura del amor de Dios por sus escogidos, a quienes tomó siendo sus enemigos, a pesar de nuestra muerte en delitos y pecados. Esa es la razón por la cual le amamos a Él, dado que nos amó primero. No hubo algo digno en nosotros para que nos tomase en cuenta, de la misma masa de barro formó vasos de honra y vasos de deshonra. De esa manera, la Escritura enfatiza en el hecho de que Dios ama y odia, pero lo hace en personas separadas.

    Dios amó a Jeremías y le prolongó su misericordia, por cuanto el amor de Jehová se considera eterno. Odió a Esaú, sin que tuviese que mirar en sus malas o buenas obras, así como amó a Jacob no tomando en cuenta lo que hacía. Por supuesto, un Dios que odia la iniquidad no puede soportar al inicuo a su lado. Sin embargo, pese a no haber visto nada bueno en sus escogidos, los apartó en Cristo para dárselos como un legado, como el fruto del trabajo que haría. Cuando el Señor expiraba en la cruz pronunció una sentencia definitiva: Consumado es. ¿Qué era aquello que había terminado en forma perfecta?

    Se trataba del trabajo encomendado, salvar a todos los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la incorruptible palabra de aquellos primeros creyentes (apóstoles). De ellos se había perdido uno solo, pero tuvo que suceder por causa de la Escritura. Jesús fue enfático cuando oraba, habiendo dejado en forma explícita que no rogaba por el mundo. Ese mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su crucifixión no era el mundo amado por el Padre, de acuerdo a lo que le había mostrado a Nicodemo. Así que en las propias palabras de Jesús vemos dos tipos de mundos: 1) el amado por el Padre (Juan 3:16), el cual incluía a judíos y gentiles, asunto que sorprendió al maestro de la ley que suponía que solamente los judíos serían los amados por Dios, 2) el no amado por el Padre, por el cual Jesucristo no iba a morir (Juan 17:9).

    Ese mundo por el cual Cristo no rogó engloba a Esaú, al Faraón de Egipto, a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, a los que adorarán a la bestia y se admirarán de su poder. Son los mismos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo, llamados también réprobos en cuanto a fe. A este grupo Dios odia de todo corazón, habiéndolos catalogado como hacedores de iniquidad. Por esa razón la Biblia nos dice que Dios está airado contra el impío todos los días.

    El odio de Dios por los impíos presupone por igual su odio por la impiedad. El acto inicuo de torcer las Escrituras para hacerla decir lo que ellas no pretenden, se considera una acción de iniquidad suprema. Hay maldición explícita para los que tal hacen, como las palabras de Jesús en el Apocalipsis: les serán añadidas las plagas de ese libro, por ejemplo. Pedro nos dice que quienes tuercen la palabra revelada se pierden, labrando para ellos mismos su extravío. Pablo maldice a los que son portadores o participantes de cualquier falso evangelio. A esta gente les cae el espíritu de estupor profetizado, por no amar la verdad sino entretenerse con la mentira.

    Mucho furor causa hablar del odio de Dios por algunas personas, molestias sin fin. En las mal llamadas iglesias, mejor denominadas Sinagogas de Satanás, como lo hace Juan en el Apocalipsis, se cierran las puertas a cualquiera que ose afirmar que Dios odia a alguien en particular. Todos se vuelcan a decir que Dios odia el pecado pero ama al pecador. Y ciertamente Dios ama al pecador (impío) que va a redimir, el que ha escogido desde antes de la fundación del mundo para entregárselo a su Hijo (Efesios 1:4,5,11). Pero a los vasos de ira preparados para hacer notorio su poder y justicia Dios odia, no los va a estar recordando con tristeza por el hecho de que vayan al infierno de eterna condenación.

    La Vulgata Latina lo expresa muy claramente, en especial para los que somos de habla hispana. Dice el Salmo 5:7 de la siguiente manera: Odisti omnes operantes iniquitatem. (Odias a todos los que hacen iniquidad). El verso 7 de la Vulgata tiene la numeración del 6 en la Reina Valera, vemos el sentido original del texto que ha sido traducido poco a poco de manera distinta. Dios odia a los que operan iniquidad, no dice que ama menos, que los ama a pesar de todo; no, dice que Jehová tiene odio por ciertas personas. Nosotros, los que hemos sido redimidos, fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás, cuando estuvimos en la esclavitud de las tinieblas. Sin embargo, Dios nos tuvo ira pero nos amaba con amor eterno.

    El Hijo de Dios estuvo en la cruz pagando la condena de su pueblo; el Padre nunca lo odió, pero le mostró su ira por el pecado, lo castigó exhaustivamente, hasta el punto de abandonarlo, de acuerdo a la oración del Señor en la cruz. Dios va a destruir a los que hablan mentira, dice el texto del Salmo 5; fijémonos que los que tuercen las Escrituras dicen mentiras respecto de ella. Aquellas personas que niegan el infierno de fuego, porque les parece muy tortuoso, poco digno de un Dios de amor, tuercen las Escrituras (hablan mentiras contra Cristo, quien habló con énfasis sobre el tema). Los que universalizan la expiación del Señor, para hacerla más democrática y apetecible a las masas, tuercen las Escrituras porque ellas hablan de Jesús que moriría por todos los pecados de su pueblo. Los que dicen que el evangelio es una oferta de salvación abierta al mundo que lo desee, mienten contra la Biblia que asegura que nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía. Los que aseguran que una vez que el redimido peca pierde la salvación, hablan mentira contra la Escritura que nos brinda la certeza de que Cristo no echará fuera a ninguno que el Padre le haya enviado.

    Aquellas personas que proponen que pueden militar en un evangelio diferente por un tiempo, aún después de haber creído de verdad en el evangelio de Cristo, hacen al Señor mentiroso cuando aseguró que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño. Cuando la Biblia habla de salvación por gracia y no por obras, lo dice para que nadie pueda gloriarse de sí mismo. Pero hay muchos falsos creyentes que dan certeza de creer por cuenta propia, diciendo que ellos decidieron tal día a tal hora, que ellos le pidieron al Señor que los inscribiera en el libro de la vida. Tal vez, dicen ellos, el Señor los anotó desde antes de la fundación del mundo porque vio que ellos iban a creer. Por otro lado, existen los llamados cristianos que tienen comunión con los que se apartan de la doctrina de Cristo, diciéndoles bienvenidos a sus vidas en forma espiritual. Ellos comparten la misma fe, por cuanto ninguno de ellos ha creído en realidad en el verdadero evangelio del Señor.

    La doctrina de Cristo nos viene como parte del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Ocuparse de la doctrina sirve a muchos, nos ayuda en el cultivo de nuestra salvación, viene como fruto obligado de poseer la verdad y del habitar del Espíritu en nuestras vidas. La doctrina no opera como un prerrequisito de salvación, porque eso sería salvación por obras de conocimiento, pero viene como inevitable consecuencia de la redención. No deja Dios en la ignorancia a su pueblo escogido, una vez que lo ha llamado en forma eficaz. El Espíritu nos lleva a toda verdad, no nos conduce de mentira en mentira para finalmente llevarnos al cielo.

    César Paredes

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  • LA FUNDACIÓN DE DIOS

    Los constructores de edificaciones del Medio Oriente tenían en mente la piedra del ángulo. Esa roca resultaba de gran relevancia cuando su construcción arqueada lo exigía. Consistía en la piedra central del arco, la que si se quitaba después de consolidado el edificio lo haría venir abajo. En otros contextos de ingeniería, también se estila la colocación de la piedra angular como la primera roca que marca el inicio de la edificación. Son variadas las maneras de su concepción, pero en todas destaca su utilidad y su primacía.

    Jesucristo ha venido a ser la piedra angular, la que muchos edificadores desecharon. Ha sido descrito como una roca que aplasta a quien ella le cae, pero quien cayere sobre ella será quebrantado (Mateo 21:44). Habrá esperanza para quien caiga en ella como la única salida para su alma, pero los que desprecian esa roca rechazan su utilidad. La Escritura ha dicho en forma explícita: El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19).

    A Jeremías lo conoció el Señor por lo cual le dijo que lo había amado con amor eterno. A Jacob también Dios lo conoció, habiéndolo amado desde antes de ser concebido. Eso ha hecho con cada uno de los elegidos, aquellas personas que fueron su deleite desde que los destinó para ser objetos de su gracia y favor eterno. Jesús vino por las ovejas perdidas, no por las cabras que serán echadas fuera. Jesús aseguró que todo aquel a quien el Padre le envíe vendrá a él, y jamás será echado fuera.

    Aquella piedra angular, aquel fundamento sobre el cual debemos edificar, tiene un sello distintivo: el conocimiento del Señor de los que le pertenecen. Ese fundamento inamovible que es Jesucristo impide que los que le pertenecen sean removidos de la Roca. Están guardados en sus manos y en las de su Padre, con otro sello interno: el Espíritu Santo como garantía de la redención final. Esa exaltación nos debe motivar a la felicidad permanente, ya que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús.

    Los otros, aquellos que no poseen este sello tendrán que soportar cuando esa roca les caiga encima. Por ahora andan con desdén, nos miran con desprecio, como si ellos fueran algo muy importante y nosotros no fuésemos nadie. En realidad, lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es, lo despreciado del mundo eligió el Señor como su pueblo. Además, todo se hizo por gracia para que nadie tenga de qué gloriarse, excepto en la cruz de Cristo.

    El que Dios nos haya conocido desde antes de la fundación del mundo sugiere un amor especial para nosotros. No pudo ver nada bueno o agradable, ya que por naturaleza éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás. Por otro lado, estuvimos muertos en delitos y pecados, nos llamó cuando éramos sus enemigos, habiéndonos nosotros apartado con desprecio hacia nuestro Creador. Así que Dios no pudo ver santidad en ninguno de sus elegidos, ni soslayar si había algún interés de nuestra parte. Cada uno de nosotros andaba apartado por su camino, en injusticias, como airados con el Todopoderoso.

    Pero Dios nos escogió y nos selló: ese sello es su conocimiento de que le pertenecemos. Dado que Dios hace justicia, castigó en su Hijo todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Esa razón nos basta para vivir confiados en que no recibiremos la pena eterna, ya que el Hijo logró que el Padre se amistara con nosotros. De ese modo Jesucristo ha sido llamado nuestra pascua, la justicia de Dios. Como consecuencia lógica de lo que hizo el Señor en la cruz, cada redimido cree el Evangelio de Cristo. El Espíritu que nos ha resucitado hace que vayamos a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor que no son otra cosa sino el compendio de su doctrina.

    De allí que ninguna de las ovejas que siguen al buen pastor podrá irse tras doctrinas extrañas (Juan 10:1-5). Los que nunca creerán este evangelio son aquellas personas por las cuales Jesús no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Cuando uno predica el evangelio del Señor, tal cómo está en las Escrituras, se cumple el propósito del Altísimo: rescatar a las ovejas perdidas y generar mayor condenación en los que no creerán jamás. Por supuesto, muchos resultan ofendidos con este evangelio, como resultaron con gran ofensa aquellos discípulos reseñados en Juan 6 (cuando el Señor les habló de la predestinación que el Padre había hecho).

    Rebelión y salvación son excluyentes, dos consecuencias del pecado (uno ya pagado en la cruz y otro jamás cancelado). La vida espiritual acarreada por el evangelio nos garantiza el entendimiento de esta única vía para la reconciliación con Dios. Los que se endurecen como consecuencia de la palabra predicada dan prueba de su obstinación. Cada persona que ha sido redimida, habiendo creído genera un agradable olor para Dios, por causa de Jesucristo (esto es en nosotros los redimidos). Nosotros generamos un olor de vida para vida, pero en los que se pierden también somos un grato olor mas olor de muerte para muerte (2 Corintios 2:15-16).

    La palabra de Dios condena a los irredentos, de manera que esa palabra que anunciamos genera por igual agradable olor para Dios. Poco importa que sea un olor de muerte para muerte, sigue siendo agradable al Señor por cuanto es su palabra la que ha salido y no volverá vacía. Ella cumplirá con el propósito del envío. De todas maneras, cada persona en la tierra, en cualquier época, ha tenido la información que Dios ha querido darle: por medio de la obra de la creación y por la conciencia que Dios ha instalado en los corazones de los humanos.

    La muerte de Cristo muchas veces es rechazada y despreciada por los mortales humanos, de manera que genera en ellos condenación. Sin embargo, en los ordenados para vida eterna, esa muerte de Cristo es aceptada como el más precioso don. Por esa vía obtenemos vida espiritual, riquezas celestiales, posicionamiento como herederos de Dios. Nosotros vivimos por fe (Romanos 1:17), con la cual no nos avergonzamos del evangelio, el poder de Dios para salvación.

    Ahora bien, ¿quién es suficiente para comprender este doble efecto del evangelio? Solamente el Dios soberano, en virtud de su voluntad suprema agradable y perfecta. En unos permanece escondido el evangelio pero en otros les es manifestado con simplicidad. Ninguna persona puede ser capaz para hacer exitosa la prédica del evangelio de Cristo, ya que solo Dios da el crecimiento. Pablo argumenta de inmediato que muchas personas predican un evangelio falso, como intentando decir que Dios quiere que todo el mundo sea salvo. Fijémonos en que el apóstol insiste en que los que medran o corrompen el evangelio aseguran con palabrerías y sofismas que Cristo murió por todos, sin excepción. De esa manera se garantizaría una salvación universal, pero que en definitiva quedaría sujeta al mitológico libre albedrío humano.

    Estos falsos predicadores mezclan el vino con agua, para hacer ganancias deshonestas. Ya la Escritura lo ha dicho: somos grato olor para Dios en Cristo, en los que se salvan y en los que se pierden. En unos, olor de vida para vida; en otros, olor de muerte para muerte. Esto deja explícita la voluntad divina en relación a la redención y a la condenación. Por eso la pregunta del apóstol: ¿Para esto quién es suficiente? Recordemos que aún la fe es un don de Dios (Efesios 2:8), que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Los que obedecen al llamado de Dios y creen el evangelio, deberían agradecer siempre al Señor por haberlos hecho creer.

    César Paredes

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  • TRANSGRESORES DE LA DOCTRINA

    Cuando Dios llama de manera eficaz a uno de sus elegidos para vida eterna, no lo hace a expensas de su justicia o de la ignorancia del evangelio. De su justicia por cuanto ya Cristo pagó por esos pecados de su pueblo (sus elegidos, los hijos que Dios le dio, el fruto de su aflicción, su linaje), de la ignorancia porque por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos. Ocúpate de la doctrina, le aconsejó Pablo a Timoteo, en tanto Jesús expresaba que venía a enseñar la doctrina de su Padre. ¿De dónde ha salido esa farsa acerca de que es más importante el corazón que el intelecto?

    Si Jesucristo fue descrito como el Logos (Juan 1:1), se sobreentiende que sus planteamientos fueron lógicos y que si, en consecuencia, tenemos la mente de Cristo, deberíamos pensar como él. El que una persona no sepa leer ni escribir no implica que no sepa razonar. El silogismo viene a ser una forma natural de razonamiento, de manera que no vale huir de la razón. Juan habla de los transgresores de la doctrina, los que no permanecen en la enseñanza de Cristo. Los acusa como los que no tienen a Dios y tampoco al Hijo. ¿Tendrán al Espíritu Santo? Desde luego que no, por cuanto no son de Cristo.

    Pero el apóstol agrega que el que reciba en su casa a cualquiera que no traiga la doctrina de Cristo se hace partícipe de sus plagas. Por supuesto, habla de aquellos que llamándose creyentes le dicen bienvenido a cualquier transgresor de la doctrina del Señor. Decir bienvenido a alguien significa participar con esa persona como si fuese un hermano en Cristo (2 Juan 1:9-10). Pero existen muchos religiosos que no desean quedarse solos en el mundo, de manera que se hacen acompañar por cuanto hombre de religión anuncia que es cristiano. En realidad, son más ecuménicos de lo que aparentan ser.

    Participar de sus malas obras implica recibir al príncipe de las potestades del aire, ya que la Escritura no da espacio para un término medio. O se es de Dios o se es de Satanás, o se comulga con la doctrina de Cristo o se participa de la doctrina de Satanás. Tanto se dice esto que Pablo habla abiertamente contra los ídolos. No tiene piedad alguna para aquellos que confeccionan ídolos, él sostiene que cualquier sacrifico que se le haga a un ídolo significa que se sacrifica a los demonios. Así de simple, no dejó el apóstol lugar para un ídolo vacío de significación, como si fuese una inocente obra de arte cualquiera.

    El que pervierte la doctrina de Cristo, o que la transforma negando alguno de sus puntos, no tiene comunión con el Padre Eterno sino con el padre de la mentira, llamado diablo o Satanás. Aquellos que niegan el infierno donde el fuego no se extingue ni el gusano muere, niegan parte de la doctrina de Cristo; los que niegan que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), desdicen de la doctrina de Cristo y se aferran a la enseñanza del diablo. Los que por igual niegan que Jesús es el único Mediador entre Dios y los hombres, asumen la mentira del diablo cuando sugiere que existen otros mediadores llamados santos o María su madre. Los que dudan de la encarnación de Dios, como los gnósticos que sostienen que un espíritu puro no puede habitar un cuerpo mortal, se sujetan a la doctrina del pozo del abismo. Los que dudan en cuanto a la resurrección de Jesús el Cristo también secundan la mentira del diablo, de manera que se convierten en transgresores de la doctrina del Señor.

    Muchas y variadas son la formas de transgredir las enseñanzas del Señor. Quizás la más común y considerada por los mentirosos como la menos nociva, o la más engañadora, sea la que sugiere el amor universal del Padre por todos los seres humanos. Ese amor enorme porque proviene de un Ser Eterno tiene que cubrir lo suficiente a cada criatura humana, para hacer más justo al Dios que condena. No sería justo Dios si condenara a Esaú sin basarse en las malas obras del gemelo de Jacob. Por igual sostienen que aunque Jacob no merecía redención alguna, se la ganó en su lucha con Jehová a quien no dejaba hasta que no lo bendijera, que su deseo por comprar la primogenitura agradó a Dios de tal manera que lo eligió para vida eterna.

    Estos transgresores exponen con una lógica retorcida, pero falazmente convincente, que Dios miró en los corredores del tiempo y vio a un grupo de gente que le deseaba. De esa manera los eligió para salvación eterna; esta doctrina sigue siendo satánica, por cuanto niega lo que Dios vio al mirar a la tierra: una humanidad muerta en delitos y pecados, que no lo buscaba a Él, apartada cada cual por su camino y sin justicia alguna.

    Al mismo tiempo se sugiere en esa doctrina falsa que Dios vio lo que acontecería y se lo dictó a sus profetas. En ese contexto, aquello que afirma ser su palabra no sería más que un plagio hecho a partir de lo que vio en los corazones humanos; como si hubiese visto por igual que en cierto momento de la historia algunas personas desearan un Mesías y por esa razón se le ocurrió enviarles al Cristo. Ya lo hemos dicho en otras oportunidades, semejante Dios ha corrido con mucha suerte: 1) porque la humanidad tan voluble se mantuvo firme en sus deseos y planes; 2) porque pudo llevar a cabo su propósito surgido del corazón humano.

    Transgredir la doctrina de Cristo implica también negar el propósito eterno de Dios de tener al Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), antes de que Adán pecara pero no por si acaso pecara sino porque Adán tenía que pecar. Se transgrede la doctrina de Cristo, cuando se presume que alguien puede acusar eficazmente a los elegidos de Dios, cuando ellos están guardados en las manos del Padre y del Hijo. Se transgrede cuando se duda del poder de esas manos y se asume que el hombre puede escaparse como si fuese un grillo que salta de esa custodia hacia el peligro de un animal feroz.

    Se transgrede cuando se afirma que ni un Buda puede dañar a nadie, ya que el ídolo es nada (lo cual es una verdad a medias, porque aún siendo nada representa al demonio). Se transgrede cuando se afirma que Cristo no perdona pecados, sino solamente el Padre (negando a 1 Juan 1:1-9). Las formas de transgredir la doctrina de Cristo es muy extensa, cada creyente puede examinar esos caminos largos por donde la impiedad suele invitar. Pero lo importante de este análisis será el que nos aferremos como Timoteo hizo de acuerdo al consejo de Pablo.

    De nuevo, por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos. No hay justificación sin evangelio, no existe evangelio sin comprensión, Jesús no puede ser un vocablo vacío o una palabra mágica para redimir almas. Jesús significa Jehová salva, pero ese nombre fue dado en alusión a que salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Nos toca creer, pero una vez habiendo creído el Señor nos hará entender de inmediato sus enseñanzas. Él no ama la ignorancia porque no quiere que perezcamos.

    César Paredes

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