Categoría: EL QUE SOY

  • YO SOY EL QUE SOY

    Dios se definió como el YO SOY EL QUE SOY, cuando le aseguraba a Moisés que bajo ese nombre los hijos de Israel entenderían quién lo habría enviado. El YO SOY había enviado a Moisés a liberar al pueblo de Israel de la esclavitud egipcia. Su nombre proveniente de la lengua hebrea, Jehová, es un símbolo de quien hace todas las cosas posibles, del Libertador. Ese era el mismo Dios de sus padres: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. De manera que este es el nombre de siempre, el que ha de ser tenido como memoria en todas las generaciones (Exodo 3:14-15).

    La creencia religiosa de los judíos les hizo entender que solamente el pronunciar ese nombre sería un acto de blasfemia, de manera que lo sustituyeron por ADONAI (que quiere decir Señor). Ya en el Nuevo Testamento se sigue esta tradición, la de señalar a Jehová como el Señor o como Dios. Pablo nos señala en Romanos 1:23 que la mentalidad pagana cambió la gloria del incorruptible Dios / Jehová al hacerlo semejante a cualquier humano corruptible, o a las aves, a los cuadrúpedos y a las criaturas que se arrastran. Este mismo Dios es también tenido por la Biblia como el Cordero sin mancha, el Hijo de Dios, la misma divinidad en tres personas.

    La visión trinitaria se va dando progresivamente en las Escrituras. Uno de los textos más relevantes del Antiguo Testamento dice así: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). Este es un llamado al pueblo judío, para que tengan en cuenta el ministerio de Cristo y su doctrina. No ha hablado en secreto, es decir, se ha proclamado en las sinagogas de los judíos, en el templo; esta actividad se hizo desde el principio, como se conviene en Juan 18:20. Antes que el tiempo fuera yo era /Isaías 43:13, Juan 8:58, Juan 1:1-3.

    Estos textos de Isaías y los de Juan nos indican que Cristo existía antes de su encarnación, nos habla de su eternidad, siendo la Palabra y el Hijo de Dios que estaba con Dios el Padre. Se nos habla de la gloriosa doctrina de la Trinidad, pues Dios el Padre Jehová el Señor es quien lo envió a la tierra con su Evangelio, como Mediador entre Dios y los hombres. Ah, pero no es todo, ya que el texto de Isaías continúa diciéndonos que también lo había enviado el Espíritu. Es decir, a la interrogante de quiénes enviaron a Jesucristo a la tierra responderemos con Isaías que fueron el Padre y el Espíritu.

    Ese Jesús les prometió a los discípulos y por ende a sus seguidores por toda la tierra que el Padre les enviaría al Consolador que es el Santo Espíritu (Juan 8:26). El texto de Lucas 3:21-22 nos demuestra la acción de esta Trinidad: el Hijo de Dios fue bautizado por Juan el Bautista; el Espíritu descendió sobre él como paloma, mientras el Padre habló con sonora voz diciendo que Jesús era su Hijo amado en quien tenía complacencia.

    Aunque muchos conocían el nombre Jehová, no todos sabían su significado; fue a Moisés a quien se le dijo lo que contenía el nombre. Ya no era solamente el Todopoderoso, el Omnipotente, sino que además era el que existía por sí mismo. Las culturas paganas siempre han pasado por el jefe de los dioses, el padre de ellos, por golpes de estado a la jerarquía divina. El Dios de la Biblia no tuvo comienzo, simplemente es el que es, lo cual significa además que es quien hace todo posible. De allí la gran pregunta retórica que Él hizo: Yo soy Jehová, Dios de toda carne, ¿habrá algo difícil para mí? (Jeremías 32:27).

    El gran Yo soy tiene vida eterna en sí mismo; de esta manera Él la comparte con quien quiere compartirla, a través del Hijo como nuestra justicia. En tu luz veremos la luz (Salmos 36:9). Como nos asegura Juan: En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Juan 1:4). Se nos asegura que el que cree en Jesús, el Cristo, tiene vida eterna, no morirá por siempre (Juan 11:25). Todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, para tener vida eterna y para ser resucitado en el día postrero. Estando guardados en las manos del Padre y en las manos del Hijo, no existe nada que nos separe de ese amor eterno (Juan 10:27:29).

    El gran Yo soy es quien circuncida nuestros corazones (Deuteronomio 30:6). Esa es la razón por la cual amamos al Señor, para poder vivir. Cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados él nos dio vida juntamente con Cristo (ya que somos salvos por gracia, no por obras, a fin de que nadie se gloríe. Y si alguno se gloría, que se gloríe en el Señor). Ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús, siendo salvos por gracia por medio de la fe, y esto no de nosotros sino que todo ello es un regalo de Dios (Efesios 2: 5-8).

    La semilla incorruptible es la que nos ha hecho nacer de nuevo; entendemos que el nuevo nacimiento lo hace el Espíritu Santo, pero todo lo hace por medio del evangelio, por la palabra que no está corrompida. Un falso evangelio no producirá el nuevo nacimiento, ya que el Espíritu Santo no se goza en la falsedad. El pecador redimido recibe vida eterna, así como también recibe un corazón con el cual ame a Dios por sobre todas las cosas.

    Jehová es el gran Yo soy, mientras nosotros somos sus criaturas formadas. Humillémonos delante de Él como corresponde a las vasijas de barro que no pueden reclamar nada del alfarero. Tengamos conciencia de nuestra pequeñez frente al Altísimo, para ver si hallamos gracia para el oportuno socorro. Amístate ahora con Él, y por eso te vendrá paz. Busca la paz y síguela. Con Job digamos: De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por lo tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:5-6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org