Categoría: ELECCION

  • DIOS ES Y PROMETE

    El que se acerca a Dios necesita saber que Él es, al mismo tiempo sabrá que promete una gran recompensa. Con ese principio bíblico veamos quiénes pueden yacer cerca del Altísimo, sin que medie temor o vergüenza, bajo el manto de su gracia. La doctrina del evangelio contiene en su esencia la idea del Dios que es (Jehová, Yo soy el que soy), aquel que hace todas las cosas posibles. Una de sus propias definiciones desafía a la humanidad con la siguiente interrogante: ¿Habrá algo que sea difícil para mí?

    Los antiguos griegos erigieron un monumento al Dios no conocido, porque para ellos tan sumergidos en su politeísmo les era natural que hubiese alguna otra divinidad que no conocieran. Pablo aprovecha esa coyuntura histórica en su visita a Atenas, cuando en el Areópago expuso a ese Dios no conocido. Ilustró su mensaje con citas de algunos poetas griegos: En Él vivimos, nos movemos y somos; linaje suyo somos. Pero ese Dios no conocido continúa escondido si no se procura conocerlo por medio de dos manifestaciones particulares: 1) por la creación misma (la obra de Dios ha manifestado a Dios); 2) por la revelación escrita (en un primer momento el Antiguo Testamento, hoy día también por el Nuevo Testamento).

    Muchos han leído las Escrituras y manifiestan creer en el Dios que allí se menciona. Pero saber de su existencia es una cosa y entender sobre sus promesas es otra. Por medio de la promesa primordial el ser humano puede comprender que el evangelio se ha convertido en una muy buena noticia. El Dios capaz de realizar lo que prometió tiene que ser un ser Todopoderoso. Queda por fuera aquella divinidad que dependa de la voluntad humana para poder alcanzar sus objetivos. La Biblia lo deja en claro: Maldito el hombre que confía en el hombre, así que mal puede Jehová confiar en el ser humano cuando éste ha manifestado siempre una voluntad voluble, una enemistad manifiesta contra el Creador, un descarrío supremo por causa de sus delitos y pecados.

    Urge una transformación del ser humano, pero éste no muestra capacidad natural. De esa manera queda en total dependencia no solo de la energía divina para transformar su corazón, sino también de la voluntad divina para que haga el milagro. Ese Dios ha declarado que ese asunto del nuevo nacimiento no depende de hombre, ni de voluntad de varón, ni del que quiera ni del que corra. Ha dicho que depende solamente de Él el tener misericordia de quien quiera tenerla.

    Dios se define como fiel, el que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos. Pero esos que le aman lo hacen porque primero fueron amados por Él (1 Juan 4:9-10). Si guardamos sus mandamientos lo hacemos porque Dios ha declarado que en el día de su poder nosotros lo haríamos de buena voluntad (Salmo 110:3). El amor de Dios antecede al amor que su pueblo le tiene a Él, pero mientras el creyente fue un incrédulo caminaba como cualquier otro inicuo, como un enemigo del Creador en su mente. En ese espacio figurado no puede caber el amor, no puede haber posibilidad alguna para que el individuo ame a quien considera su peor enemigo (Dios). Una vez que Dios lo ha visitado, en virtud del amor que Él le haya manifestado, el individuo comienza a amar a Dios, al Dios que comprende y conoce. Ese amor se manifiesta en el hecho de que el Padre envió al Hijo como propiciación (ofrenda) por el pecado, para darnos vida eterna y felicidad perpetua. Cristo satisfizo la justicia de Dios, removió por ello nuestros pecados que fueron castigados en su cuerpo y alma. De esa manera quitó el obstáculo que había entre Dios y el hombre caído.

    Pero vemos que no todos creen, como tampoco creyó Judas Iscariote. Bueno, hay una razón por la cual Judas no creyó: era hijo de perdición, para cumplir de esa manera la Escritura.

    Esaú tampoco creyó (porque fue odiado por Dios desde antes de su concepción); tampoco lo hizo el Faraón de Egipto, por cuanto Dios lo endureció para glorificarse en él en toda la tierra. Ningún réprobo en cuanto a fe podrá creer, porque todos ellos han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo; de igual manera se demuestra que todos aquellos que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida (desde la fundación del mundo) no podrán creer (Apocalipsis 13:8;17:8).

    Los que trastabillan con la roca del evangelio, o contra Cristo, fueron ordenados para ese tropiezo (1 Pedro 2:8). Existe una desobediencia e infidelidad natural que conduce al hombre a perdición total; pero en eso también se manifiesta el orden divino, la ordenanza para eterna perdición. De repente alguien se levanta y dice: ¿Pero por qué razón Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Esa interrogante se hizo antaño y Pablo respondió diciéndonos que Dios es soberano y hace como quiere. Él es el Alfarero y hace con su barro como prefiera: crea unos vasos para honra y vida eterna y otros vasos para deshonra, ira y destrucción perpetua.

    La promesa de salvación que trae el evangelio, en tanto buena noticia, se ha hecho para el pueblo escogido de Dios. Se predica a todo el mundo, pero lo aceptan y asumen los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). ¿Cómo creyeron esos reseñados en el libro de los Hecho de los Apóstoles? Creyeron una vez que unos apóstoles les predicaron la palabra con denuedo, en tanto ellos habían sido puestos por luz hasta lo último de la tierra. Ese evangelio anunciamos por igual, de manera que los que el Espíritu conduce a nacer de nuevo serán convertidos en forma absoluta.

    Dios muestra a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, por lo cual interpuso juramento, con lo cual es imposible que Dios mienta. Esto nos trae un fortísimo consuelo, los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios posee la capacidad para cumplir con lo que se propuso desde los siglos, conduce a cada persona por el camino en que tiene previsto que ande, de manera que todos sus planes se realicen en la forma más natural posible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL TODOPODEROSO (παντοκράτωρ)

    Jehová, El Shaddai, el que gobierna con mano dura, el que destruye y aflige. Por igual puede entenderse que puede hacer cualquier cosa, como el Jehová que hace todo posible. Un relato en el libro de Rut nos prueba lo dicho acá, donde se dice que Noemí no quiso que la llamaran por su nombre, que significa dulce, sino que ahora le dijeran Mara, lo cual posee el significado de amargo. La razón que dio fue la siguiente: Porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso (Shaddai) (Rut 1:20). Es el mismo Dios del Nuevo Testamento, el que en lengua griega se nombra como el Pantokrátor (παντοκράτωρ).

    Por igual el Todopoderoso bendice y nos fructifica, nos hace felices cuando nos corrige y castiga. Grande en justicia y poder, el que proyecta su sombra desde sus espacios secretos para que descansemos en su protección (Salmo 91:1). Ese Todopoderoso Dios funge como nuestro Padre y nosotros somos para Él hijos e hijas (2 Corintios 6:18). Se denomina a Sí mismo como el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas.

    Si declaró que hizo el universo en seis días, hemos de creerlo porque no miente. Su poder le permite hacer como quiera, desde elegir a alguien para redimirlo hasta reprobar a Esaú sin mirar en sus obras. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Si dijo algo de seguro lo hará. Ah, pero nada falta a los que le temen, no tendremos falta de ningún bien. Si habló del infierno de eterna condenación, hemos de creerle porque cumple lo que dice. De nada le vale al hombre ganar el mundo y perder su alma, mejor sería entrar renco en el reino de los cielos que con dos pies rectos ser lanzado al lago de fuego.

    Su infinito poder nos conduce a entender que aún los pensamientos de las personas malvadas son controlados por el Todopoderoso. Si ustedes miran Deuteronomio 2:30 se darán cuenta de lo que aconteció en la vida de un poderoso rey de Hesbón, a quien Jehová le endureció su espíritu, haciendo obstinado su corazón, de manera que fuese entregado en manos de los israelitas para ajusticiarlo. La Biblia quiere enseñarnos no solamente que Dios todo lo puede, sino que aún los eventos en los que vemos adversidades son planificados por Él. Siempre habrá dos perspectivas, la de nuestros enemigos como actores voluntarios para buscar causarnos pesar y la del Señor que todo lo puede, el cual envía la calamidad para fortalecernos y glorificarse.

    El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). La capacidad de acción del Todopoderoso hace posible cumplir todas sus promesas. Si Él estuviera limitado en algunos aspectos de su existir, podría fallar en lo que se haya propuesto. Pero aún al malo creó Dios para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual sugiere que debemos reconocer que Jehová todo lo cubre. En Él vivimos, nos movemos y somos, con la fortuna de haber sido declarados sus hijos, por lo tanto herederos de su trono. La soberanía del Señor conviene examinarla, para comprender que no tiene límite alguno, para poder refugiarnos en sus parámetros (todas las cosas nos ayudan a bien…Romanos 8:28).

    Esa capacidad de hacer cuanto quiere le ha permitido declarar el final desde el principio (Isaías 46:10). De allí que haya dicho que su consejo permanecerá y hará lo que quiere. Dios sometió el mundo a vanidad, pero nos dio esperanza en Cristo a los que conformamos su pueblo elegido. No quiso hacerlo con cada uno de los seres humanos, pero escogió lo necio del mundo, lo que no es para deshacer a lo que es (o que cree serlo). A Pablo le dijo que su poder se perfeccionaba en la debilidad del apóstol, lo que nos enseña a conocer nuestros límites que Él también impuso para maravillarnos de su majestuoso poder.

    La ceremonia de la Pascua instaurada en el pueblo de Israel, conmemora la liberación de la esclavitud en Egipto. Faraón fue endurecido por Jehová, como se lo prometió a Moisés. Faraón no pudo liberar a Israel antes de tiempo, antes de Jehová manifestar su gloria por medio de las plagas enviadas. Si el Faraón hubiese actuado de buena fe, de seguro Israel no hubiese mirado a Jehová como el Todopoderoso que se impuso sobre aquel tirano. Todo tiene su tiempo porque Dios busca su gloria, para que no desesperemos cuando nos parece tarde su llegada.

    Esa pascua señalaba a Jesucristo porque por medio de su sangre derramada en la cruz se limpiaron todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por esa razón Jesucristo ha sido declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), porque Dios pasó por alto en virtud de su sacrificio todos los pecados de aquellos por quienes rogó la noche antes de morir (Juan 17). El soberano Señor, que hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay, es el mismo que ordenó que se reunieran jefes de la tierra y mucha gente contra su Hijo Jesús, para hacer cuando su mano y consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4:27-28).

    Aún Judas Iscariote, el traidor, había sido ordenado como el hijo de perdición sobre quien Jesús lanzó un ay. Dios ha formado vasos de ira (los réprobos en cuanto a fe) y vasos de misericordia (los elegidos para vida eterna).

    Fijémonos por un momento en unos textos de Apocalipsis. En el capítulo 17 verso 17 podemos constatar que existe gente a quienes Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Entregarle el reino a la bestia (anticristo) debe ser algo terrible, pero Dios hace que la gente se ponga de acuerdo (en forma natural) y cumpla todo el propósito planeado desde antes de la fundación del mundo. Esa gente forma parte de los vasos de ira preparados para ira y destrucción eterna, para ir al lago de fuego que no se apaga y donde el gusano de ellos no muere. Allí será el lloro y el crujir de dientes. Eso lo ha hecho Dios en su soberanía y voluntad inquebrantable.

    En Apocalipsis 13:8 se describe la adoración a la bestia por parte de aquellos moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde el principio del mundo. Es decir, Dios no escribió sus nombres en el libro de la vida sino en el de la muerte eterna. Asimismo hizo con Esaú, a quien odió desde antes de ser concebido, antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11). Si quiere otro texto acá va Apocalipsis 17:8, referido a la misma idea: Habla de la bestia que está para subir del abismo e ir a perdición, ante la que los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida, se asombrarán viendo a la bestia que era y no es, y será.

    Tal vez alguno todavía ose pensar que Dios previó mirando en los corazones de los hombres y de allí eligió a los más sensatos (o menos insensatos). Eso lo haría un Dios que no fuese omnisciente y que tenga que averiguar el futuro en los corazones humanos. Tal divinidad sería un Dios impreciso porque la volubilidad humana de seguro haría fracasar su esfuerzo profético. Pero la Biblia todavía apunta al respecto, para dejar en claro la voluntad del Creador: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien haga lo bueno. Todos se desviaron, cada cual se apartó por su camino, han muerto en sus delitos y pecados. ¿Cómo puede Dios encontrar sanidad en un espíritu muero y en un corazón acostumbrado a hacer el mal? De seguro no encontró quien lo siguiera, como para que nadie se jactara y pensara que fue su obra la que lo hizo ser más astuto que el que se condena.

    Dios hizo la salvación de pura gracia, no por obras para que nadie se gloríe. La salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8), de manera que la gloria que el Padre le da al Hijo dependa de Él y no de nosotros. Esa es la doctrina de Jesucristo, la misma que el Padre le dio, por lo cual aseguró que nadie puede venir a él si el Padre no lo trajere para resucitarlo en el día final, y para no echarlo fuera. Citó el Señor una profecía antigua: Serán enseñados por Dios y, habiendo aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Los que enseñan otro evangelio son declarados malditos, fuera de la bendición del Altísimo. Ese otro evangelio resulta más atractivo par los oídos de la muchedumbre, por cuya razón se predica continuamente desde múltiples púlpitos eclesiásticos. Esa doctrina espuria no pertenece a Jesucristo, sino a la serpiente antigua, la que también fue preparada para destrucción de muchos.

    Salid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • LA VANA JACTANCIA

    Dios odia a todos los que operan la iniquidad porque el pecado y cualquier injusticia aparece contrario a la naturaleza divina. El pecado pasa por abominación contra la santidad de Dios, pese a que Dios lo ordenó para la glorificación suprema de su Hijo Jesucristo. El pecado entró por causa de un hombre, Adán nuestro padre, pero dado que por su efecto viene la muerte el regalo de Dios fue la vida eterna en su Hijo. En su soberanía absoluta Dios se propuso glorificar al Cristo con el título de Salvador, dándole hijos escogidos desde antes de la fundación del mundo. Aparte de esta razón (la gloria de Jesucristo) está la gloria de su justicia contra el pecado, por lo cual podemos asegurar que no se deleita jamás en la maldad.

    El Espíritu de Dios viene a este mundo con muchas finalidades, una de las cuales nos advierte acerca de la regeneración y conversión que hace en algunos pecadores. El hombre malvado continúa en sus pecados y muere en ellos, pero en vida sigue manteniéndose como enemigo y como quien odia a Dios. Los que tienen los sentidos perdidos en la maldad, aparecen como los desprovistos de cordura. Así los describe el Señor a partir de lo escrito por el salmista (Salmo 5:5). Estos son los glorificadores de oficio, los que se dan gloria a sí mismos, alabándose de muchas maneras.

    Poco importa que el hombre inicuo se convierta en religioso, o que se haga llamar creyente cristiano, ya que su injusticia descubre la realidad de su alma. Existe mucha gente en el mundo que dedica su vida como operador de la iniquidad. La maldad aparece como su negocio, en todo momento su lascivia se muestra como la del caballo frente a las yeguas. Los hombres ahora relinchan por la mujer ajena, su falta de entendimiento amerita que los aten con cabestro como al mulo. Estos son de los que en el día final se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor (Mateo 7:22), pese a sus maravillosas obras humanas hechas en el nombre de Jesús.

    Resulta indudable que la Biblia habla de los religiosos que se creen a sí mismos justos. Ellos se glorían en sus obras de caridad, en haber alcanzado por sus propios méritos la redención de sus almas. Ciertamente, dirán que fue Jesucristo quien los salvó, hablarán por doquier de su gracia y misericordia, intentarán adaptarse a un modelo de vida más probo que el que tenían cuando desconocían del todo las Escrituras. Pero su jactancia resultará en vanidad y su justicia se plasmará como engaño, por lo que el Señor les dirá: Apartaos de mí, hacedores de iniquidad.

    Coincidimos con John Gill cuando comenta que el amor de Dios por su pueblo precedió al pecado, habiéndonos colocado en Cristo, por quien siempre somos el placer del Padre. Pese a que hayamos sido hijos de la ira, lo mismo que los demás, en Adán, y aunque actualmente continuamos transgrediendo la ley divina, el amor eterno con que nos amó nos salvó de su ira desviándola hacia el Hijo que nos representó en la cruz.

    En Romanos 9:13 se lee: Cómo está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. En el verso 11 nos habla Pablo sobre cuándo apareció ese amor por Jacob y ese odio por Esaú: no habían aún nacido (concebidos -de acuerdo a la lengua griega), ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino el que llama. Muchos autodenominados cristianos consideran una blasfemia presentar estos textos de la Escritura, ellos quisieran que el texto dijera algo diferente. De hecho, algunos de sus filólogos han procurado dar un sentido distinto al texto griego original, por lo que se habla de Dios amando menos a Esaú. En otras palabras, suprimen el odio en Dios y lo mutan hacia un amor disminuido.

    La Biblia nos conduce a la aseveración de que Dios odia a los réprobos en cuanto a fe, a los operadores de iniquidad que no se apartan jamás de su maldad. Ellos no se pueden devolver de sus pecados porque su naturaleza caída se los impide, por lo cual continúan con el puño levantado contra el cielo y vistiéndose con ropaje religioso, en el alegato de una moralidad superior a la divina. Acusan a Dios de injusto por no amar a Esaú, pero sostienen que está bien que ame a Jacob. Pablo responde a estos religiosos o no religiosos pero impíos siempre que en ninguna manera existe injusticia en Dios. Él ha hecho de la misma masa pecaminosa vasos para honra y vasos para deshonra, unos para misericordia y otros para ira.

    Ante la elección de Dios que no toma en cuenta la obra humana, el hombre caído (aunque sea religioso) se molesta por la soberanía absoluta de Dios. Dice que no hay virtud alguna en amar a Dios a la fuerza, que para que resulte justo el castigo tiene que haber oportunidades de escape. Por ejemplo, aducen que ellos aceptaron de buena voluntad a Cristo como su Salvador y Señor, pero que existe gente endurecida que niega al Señor. En otras palabras, ellos están jactándose de ellos mismos, de su sabia decisión, de su buen corazón que aceptó la dádiva de Dios. De esa manera, el Jesús en el que han creído suena más justo que el bíblico, porque murió por todos, sin excepción.

    Por esta vía, estos falsos creyentes militan en la idea de que ellos establecieron la diferencia entre cielo e infierno. Sí, fue su decisión oportuna por Cristo lo que los salvó. Nada dicen del Dios que amó a unos desde siempre pero odió a otros desde siempre. Eso los espanta y no entra en su doctrina. La razón obvia de actuar de esa manera se debe a que siguen siendo operadores de iniquidad. Estos insensatos reseñados en el Salmo 5:5 son los que se jactan de ellos mismos, de acuerdo al vocablo hebreo que aparece designándolos. Se tradujo como locos o insensatos, pero el origen de su locura se basa en la jactancia. De allí que Pablo sabiamente nos haya legado sus palabras: Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo (Gálatas 6:14).

    Dios odia en especial varias cosas: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19). Antes de la caída viene la altivez, así que no podemos jactarnos en nuestra pericia de hombres rectos, como si pudiéramos por nosotros mismos estar de pie. Fue Dios en su soberanía quien nos amó de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, para que fuésemos semejantes a su Hijo. Nos dio herencia en Cristo, para ser adoptados como sus hijos, para obtener la vida eterna y sus riquezas celestiales.

    No nos hicimos nosotros a nosotros mismos, ni siquiera a nivel espiritual. Jehová tiene misericordia de los que quiere tener misericordia pero endurece al que desea endurecer. De esa manera tuvo misericordia de Moisés, pero endureció al Faraón de Egipto. Todos los profetas del Antiguo Testamento dan fe de que eran hombres comunes e inicuos pero Jehová los limpió para que fuesen sus servidores. Pensemos, finalmente, en el testimonio que nos dejó Isaías: Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí (Isaías 6: 6-8).

    César Paredes

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