Los enemigos del hombre estarán en su propia casa, dijo Jesucristo; esta conducta impropia venía observándose en el viejo pueblo de Judá, con los parientes de Israel. Recordemos que ya dividido el reino, después de Salomón, quedaron enemistados como dos naciones antagónicas: Judá con la capital Jerusalén en el sur, Israel con su capital Samaria en el norte. No obstante, en ambas naciones habitaba el conocimiento sobre el Dios que los había sacado de la esclavitud de Egipto. En ocasiones los del reino de Israel envidiaban el hecho de que Jerusalén era la sede del templo dedicado por Salomón a Jehová.
Con los años, cuando Nabucodonosor II conquistó Jerusalén por primera vez, deporta a parte de la población incluyendo al rey Joaquín a Babilonia. Diez años más tarde, tras una rebelión en Judá, Nabucodonosor asedió a Jerusalén y deporta a la mayor parte de la restante población, y se llevó cautiva a gran parte de la nación de la que también destruyó su templo.
Sedequías fue nombrado rey por los babilonios, pero también se rebela más tarde y de nuevo se obligan a una nueva conquista. Ese cautiverio termina poco después de la llegada del rey persa Ciro el grande, quien obedece el mandato divino y cumple la profecía sobre lo que haría en favor de esa gente.
Cuando ya se les permitió a los judíos reconstruir la ciudad y el templo, los samaritanos se molestaron y los acusaron de querer rebelarse contra Persia. En Esdras 4:1-2 se lee de los enemigos de Judá y de Benjamín contra los que regresaban de la cautividad y edificaban el templo; pero dijeron que deseaban unirse a ellos. Su alegato consistía en insistir que ellos adoraban por igual al mismo Dios (no decían que también adoraban otras deidades del paganismo). Como la respuesta de Zorobabel y de Jesúa fue negativa, entonces mucho pueblo intimidó al pueblo de Judá, y lo atemorizó para que no edificara. Sobornaron además contra ellos a los consejeros para frustrar sus propósitos, todo el tiempo de Ciro rey de Persia y hasta el reinado de Darío rey de Persia (Esdras 4:5).
También aconteció con Nehemías que el proyecto de construcción se viera amenazado por ciertos nobles judíos; éstos eran adinerados y se aprovechaban con la usura para llenarse los bolsillos (Nehemías 5). Está gente dedicada a la usura violentaba el mandato de Éxodo 22:25. Por otro lado, el reino del norte (Israel) también había sufrido antes varias conquistas asirias. Como gran parte de su población había sido llevada a la cautividad en Asiria, esa región desolada fue colonizada por extranjeros con diversidad religiosa. De allí surgió el sincretismo religioso de los samaritanos, al mezclar la ley de Moisés con supersticiones religiosas. Esa es una de las razones por las cuales Jesucristo le dijo a la mujer samaritana que ellos adoraban lo que no sabían, ya que la salvación venía de los judíos.
En realidad el desprecio de los judíos por los samaritanos se basaba en el rechazo a la mezcla no solo étnica sino también religiosa. El rey de Asiria había traído gente de Babilonia y de muchos pueblos circunvecinos, para poblar las ciudades de Samaria. Ellos no temían a Jehová, por lo que fueron atacados por leones que los mataban. El rey de Asiria ordenó llevar también a algunos de los sacerdotes israelitas cautivos, para que habitando en Samaria enseñase las leyes del Dios de ese país (2 Reyes 17: 26-27). Sin embargo, dice la Biblia que cada nación se hizo de sus dioses, y los pusieron en los templos de los lugares altos que habían hecho los de Samaria. Temían a Jehová, y honraban a sus dioses, según la costumbre de las naciones de donde habían sido trasladados (2 Reyes 17:33).
De manera que el proyecto de reconstruir el templo y la ciudad fue acosado por dentro y por fuera. En especial, llama la atención que los mismos reyes enemigos de Judá (Ciro, Darío y Artajerjes) les financiaron la reconstrucción del templo y la ciudad, los animaron para que fueran de la cautividad a hacer aquello que Dios había colocado en sus corazones. Pero la misma gente que decía conocer a Jehová, sean samaritanos o algunos judíos usureros, obstaculizaba y demoraba la reconstrucción. Jehová era para estos samaritanos impíos un Dios más en la larga lista de divinidades conocidas, en tanto para los judíos usureros pasaba a ser un simple ligamen ideológico religioso de la nación.
Los enemigos del hombre serán los de su propia casa (Mateo 10:36; Miqueas 7:6). Quiso Dios que la serpiente engañara a Eva, para que el Cordero sin mancha, ya preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), se manifestara en el tiempo apostólico. Asimismo ha destinado de este mundo a un grupo de personas que ha escogido sin mirar en sus buenas o malas obras, para ser santos y sin mancha delante de Él por medio de la sangre de Jesús (Romanos 9:11-13; Efesios 1:5-11). Tenemos a nuestros enemigos en el mismo mundo donde habitamos, ellos se han dejado seducir por los atractivos de la Babilonia religiosa, como aquella gran ciudad de antes, colmada de riqueza y gloria.
La inmoralidad de Babilonia era de tal magnitud que la Biblia la menciona como un modelo de la Gran Ramera (Apocalipsis 17:1). Nabucodonosor convirtió su Babilonia en una de las maravillas del mundo, con su galantería a su mujer como motivación fundamental. La reina Amytis era de los montes y no del llano, así que deseaba ver las plantaciones de los lugares altos. El rey la complació y ordenó edificar los jardines colgantes, una gran maravilla para entonces. Dice la historia que para saciar tal deseo, el rey babilónico levantó una montaña artificial de unos 144 metros por lado, con terrazas unidas que sobrepasaban la altura de las murallas de la ciudad. Hacia esas terrazas se subía por escalinatas.
Pero el mundo antiguo no solo se maravillaba de esa obra arquitectónica esplendorosa sino también hacía comentarios de la depravación moral de entonces. Si bien Herodoto (conocido como el padre de la historia) proporciona descripciones vívidas de Babilonia, con sus murallas, templos y jardines colgantes, otros historiadores hablan de su decadencia moral (Follows Samuel).
Su lujo ilimitado condujo a sus habitantes a una conducta de indulgencia y afeminamiento, pero constituía la gloria del rey: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? (Daniel 4:30). La arrogancia del rey no se quedó sin castigo, como refiere el relato de Daniel en la Biblia. Esto nos deja una advertencia clara y sencilla: en el mundo solo hallaremos vanidad y gloria del ego, como pudo testificarse de las palabras de Nabucodonosor. En ocasiones nos gobierna la pasión de la grandeza (poco importa si esa grandeza es religiosa o teológica o simple pasión por el arte), junto al reconocimiento de nosotros mismos (yo edifiqué, la fuerza de mi poder, para gloria de mi majestad). El deseo de perpetuar nuestros nombres en esta tierra no tiene soporte teológico coherente, ya que sabemos que esta tierra será destruida y Dios hará una nueva.
La exaltación del ego conduce al engreimiento, así que antes de la caída debe venir la altivez de espíritu. Cuando la gente no reconoce a Dios, sino que se olvida de Él pensando que nosotros nos hicimos a nosotros mismos, que somos producto de un azar y que si existe un Creador debe ser pura energía y no una persona, entonces sobreviene las más de las veces el reproche divino. En Romanos 1 leemos la sentencia paulina: Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos… (Romanos 1:24). De nuevo agrega el verso 26: Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas… Sigue el verso 28 con el mismo énfasis temático: Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen.
Jesucristo y los profetas advirtieron de estos días difíciles. Por una parte leemos que estos tiempos serían como en los días de Noé o como en los días del justo Lot. Ya sabemos lo que le aconteció a la tierra llena de violencia, por el relato sobre el diluvio universal. Conocemos de la destrucción de Sodoma y de Gomorra, lugares donde el culto a la inmundicia se erigía como orgullo sin sentido. Los vecinos no podían ver visitantes nuevos en la ciudad porque querían de inmediato conocerlos (en el sentido de estar con ellos en orgías sexuales). La lascivia se encendía a lo alto, hasta que el mismo Lot tenía que estar a las puertas de Sodoma lamentando lo que pasaba.
¿Qué vemos en nuestras ciudades de hoy? ¿Qué anuncian los medios audiovisuales sino noticias de celebridades que también se apartan hacia la iniquidad en su más variado menú? Nosotros los creyentes tenemos la advertencia oportuna: el que se hace amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios. Por igual, se nos ha dicho que si ese mundo nos aborrece lo hace porque en el fondo aborrece también a Jesucristo. Confiemos en el Señor que ha vencido al mundo; el mundo ama lo suyo por lo tanto nos desprecia. El mundo ofrece su paz, a su estilo, pero Jesús nos da su paz en forma diferente. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. El príncipe de las potestades del aire es quien gobierna el mundo, por lo cual lleva el título de Príncipe de este mundo.
César Paredes