Categoría: ESCRITURA

  • SUFICIENCIA DE LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS

    Al asumir que toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, debemos considerar el estado de suficiencia que ellas poseen. Lo que era necesario conocer nos fue dicho, pero lo que Dios se reservó para Sí mismo permanecerá incógnito en este mundo. El hombre de Dios puede estar completo con la palabra revelada, equipado para toda buena obra. El mensaje de la palabra de Dios provee lo suficiente para nuestra vida en Cristo. Pedro nos habló al respecto: Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3).

    De esta manera llegamos a participar de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción del mundo. El mundo está corrompido, siempre ha sido un lado oscuro, pero ahora la maldad ha sido aumentada. Nuestro llamado se ha hecho para que añadamos a nuestra fe virtud, conocimiento y dominio propio. Seguimos con la paciencia, la piedad y afecto fraternal, para terminar con el más alto valor: el amor. El mundo está condenado al caos, pero la esperanza del creyente yace en el Redentor.

    La revelación posee el estatus de autoridad absoluta, para determinar la naturaleza de nuestra religión. Esto nos conduce al conjunto de estándares de ética general, para guiarnos bajo la moral que la Escritura propone. Sin embargo, hay quienes suponen que existe una revelación natural para todo el mundo. Aristóteles construye la idea de ese Dios absoluto cuando habla del motor sin motor que mueve todas las cosas. Esta construcción aristotélica proviene de una deducción pagana que niega la personalidad de Dios.

    Basados en Romanos 1:20 algunos teólogos sostienen la revelación general para todo el mundo, sin excepción. Pero ante la declaratoria de Pablo, misma que de David, se habla de un Creador que se conoce por medio de la obra de la creación. Se infiere al artista gracias a la existencia de una obra de arte; esa asunción no es suficiente para alcanzar la redención eterna. El conocimiento del Dios verdadero aparece al alcance de los que Dios eligió gracias a la revelación especial, particular, que constituye su Palabra.

    Sabido es que quedarse con ese Dios Absoluto, que no es una Persona, puede llevar por un derrotero de muerte. La Nueva Era demuestra con creces lo que intentamos decir: Dios llega a ser el contenido de los altos valores humanos, de manera que el hombre es Dios y Dios está en todos los hombres. Adorar a Dios equivaldría a adorarse a sí mismo. De igual forma, nuevos senderos aparecen al apartarse del camino de la inspiración suficiente de las Escrituras, el pietismo es uno de ellos.

    La peligrosidad del pietismo proviene de hacer de la emoción la esencia de la religión. Un poco a la usanza del existencialismo de Kierkegaard, quien decía que no importa el qué se adore sino cómo se adore. Recordemos que Dios no existe porque obedezca al hecho de que nosotros nos basemos en nuestra dependencia de ese Ser Superior; al contrario, el conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11) nos hace depender de ese Dios revelado en las Escrituras. Hoy día abunda la religión pietista que se entrega a las emociones, en un intento de probar la existencia de ese Dios. Si tú lo sientes, Dios existe. Ese aforismo resulta malsano, no depende de la Escritura.

    El conocimiento del Cosmos puede señalar a Dios como su autor, pero no resulta suficiente para una criatura enemistada desde su caída. Podríamos inferir que Dios conoce, pero no necesariamente cuánto conoce. Al no tener un conocimiento empírico de la creación debemos sustentarnos en un asunto de fe; ciertamente, podríamos inferir a ese Dios que hizo cuanto existe pero de nuevo no basta con esa manifestación de su obra. Sabemos que existe el artista pero debemos conocerlo para saber si es uno solo o si son muchos los que están detrás de la obra. Además, ¿cómo podríamos conocer aquello que no ha sido revelado?

    Solamente con partir del hecho de que las Escrituras son inspiradas por Dios podremos averiguar si nos resultan útiles para toda buena obra. Si las Escrituras no son inspiradas seríamos miserables como lo dijo Pablo en el caso de que Cristo no hubiese resucitado. Todo está ligado bloque a bloque, en una co dependencia de las partes conformando el todo. Si un eslabón en esa cadena maravillosa se desata o se cae, el edificio se viene abajo. Este presupuesto resulta obvio para el impío que trata de dañarnos en algún punto, para después inferir que no existe tal revelación.

    La aparición de Darwin en la historia se debió a un hecho político para los ingleses: querían desautorizar la Biblia para callar su dicho de que Dios pone y quita reyes. Tal vez tenían sus razones sociales e históricas, pero su invención de la teoría evolutiva pretendía hacer daño a la autoridad de la Escritura. La lucha histórica del enemigo de las almas siempre sigue los mismos principios que le parecen viables, aunque se asegura de que sean sorprendentes en cada ocasión en que aparecen. Ahora llegó el turno para los mesiánicos, los que pretenden imponer su tesis del evangelio judío con pronunciaciones consideradas sagradas de ciertos nombres en lengua hebrea o del arameo.

    Se ha dicho que hay errores en los manuscritos griegos más antiguos que conocemos, pero que ellos (los mesiánicos) poseen los escritos en hebreo que los vindican. Con esa triquiñuela tratan de causar confusión y aprovechan la distracción para pescar en río revuelto. Por supuesto, solo alcanzan a llevarse las cabras que se habían colado en nuestro espacio. Jesús nos dijo que ni uno solo de los escogidos sería engañado por el hombre de pecado, así que la advertencia se lanza una vez más para que el que tenga oídos para oír oiga.

    La entrada del pecado al mundo generó el extravío humano, el maltrato animal, la violencia ciudadana. La brutalidad política en los distintos escenarios históricos, a través de muchos siglos, continúa vigente y con mayor fuerza. Los escritores del mundo advierten sobre el desastre existencial que padecemos, con la consiguiente enseñanza del ateísmo como respuesta al caos humano. Urge advertir que no estamos condenados a la religión natural, como si ella fuese la conclusión necesaria; existe una religión producto de la revelación divina.

    Ese Dios escondido lo está para los que se pierden, de acuerdo a la Biblia, pero los creyentes en Cristo seguimos predicando la salvación a través del Hijo de Dios. Esto parece un misterio para aquellos que no lo conocen, dado que lo dicho en Romanos 1:20 y 2:15 no parece suficiente señal de la presencia del Salvador. La naturaleza humana ve a Dios a través de la creación, conoce su eterno poder y deidad desde que apareció el hombre en ella; toda la humanidad posee el conocimiento de la ley que ha sido escrita en el corazón de cada persona. La conciencia testifica de esa ley moral y acusa o defiende el razonamiento de cada individuo.

    La cualidad del pecado humano solo permite ver al Dios creador como quien está detrás de su obra, junto al deber ser de cada persona. El conocimiento de Dios que posee el hombre natural (caído) resulta mínimo para comprender el camino de salvación. Ese pobre conocimiento solo convierte en inexcusable al hombre marcado por el pecado, pero el conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Tenemos la Escritura infalible (palabra profética más segura), inerrante, cierta, a la cual hemos de adherirnos con el estudio apropiado. Nuestra fe deriva de ella (la fe viene por el oír la palabra de Dios), pero sabemos que no todos los que la leen llegan a creer. Jesucristo lo dijo: Muchos son los llamados, pocos los escogidos. Ni siquiera todos son llamados, solamente algunos dentro de ese universo del Todos; solamente unos pocos son los escogidos. De allí el concepto de la manada pequeña, para que no esperemos ver multitudes reunidas junto a la verdad. Nuestro camino parece de soledad, como le aconteció al profeta Elías, a Isaías o a Juan el Bautista. A veces pensamos que solamente nosotros hemos quedado, pero sabemos que Dios se ha reservado una parte numerosa si la comparamos con nuestros solitarios seres. Sin embargo, comparativamente con el resto de la humanidad resulta un porcentaje bajo. Eso no debe preocuparnos ya que a nuestro Padre le ha placido hacer todo cuanto ha hecho.

    Basta con que las Escrituras fueron inspiradas y permanecen como el testimonio del cielo para alcanzar por medio de la gracia a cada persona que Dios ha llamado como oveja de su prado. No pretende el Señor alcanzar a ninguna de las cabras, simplemente a sus ovejas (Juan 10:26). Nos conforta saber que Dios no se equivoca, que aunque intenten hacer la Biblia como algo fabuloso e increíble, continúa ella con una veracidad objetiva que nadie puede denunciar como mentira. Podrán señalarla como un conjunto fabuloso de literatura religiosa, pero no podrán probar objetivamente ni un solo error.

    Si la Biblia estuviera errada aunque sea en la geografía o historia que se enuncian en ella, la verdad de la cual pretende hablarnos yacería en duda inequívoca. Pero aún esa objetividad de su infalibilidad no es lo que nos hace creer en ella, simplemente es el haber sido llamados por Dios a través de ella lo que nos hace sentirnos felices con su contenido veraz e inequívoco. Ciertamente, la Escritura inspirada por Dios es útil para que el hombre llamado por él pueda guiarse en toda buena obra. Escudriñad las Escrituras, porque en ellas está la vida eterna.

    César Paredes

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  • REVELACIÓN Y CONOCIMIENTO

    Dios habló de muchas formas, por lo cual tenemos ahora su palabra por escrito. La inspiración divina en los escritores bíblicos viene dada en virtud de la autoridad del cielo sobre la tierra. Todos los seres humanos hemos recibido en alguna medida la verdad de Dios, de manera que no se puede confundir la literalidad de su palabra como si por equívoco anulásemos las metáforas. Si Cristo dijo que él era la puerta, no significa que él esté hecho de algún material con el que se fabrica la entrada de un recinto. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado a los hombres (judíos y griegos), ya que las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se tornan visibles desde la creación del mundo (Romanos 1:19-20).

    Si el hombre natural ha profesado ser sabio (Romanos 1:22), quiere decir que conoció algo de la sabiduría divina. Así que nadie puede alegar ignorancia respecto del Creador; ciertamente el hombre caído se hizo necio. Hay un sendero de la necedad, cuyo primer paso consiste en cambiar la gloria del Dios incorruptible para dedicarse a la idolatría (Romanos 1:23). Un acto lleva a otro, de manera que Dios entregó a la inmundicia, a la concupiscencia del corazón, a quien ha cambiado la verdad por la mentira (Romanos 1:24-25). El otro paso del camino de la necedad consiste en no tener en cuenta a Dios, en negarlo, aunque intenten sustituirlo por otro (Romanos 1:28).

    Dios nos comunicó su palabra en palabras, a través de actos lingüísticos. Creemos que la palabra de Dios es verdad, por lo tanto reveló a través de sus escritores escogidos lo que debemos conocer. Partimos de esa premisa, que Dios es verdadero y que quiso comunicarnos su voluntad. Nuestro problema consiste en querer probar ante un tercero que esa palabra es verdad, que la humanidad entera debería aceptar esa revelación traída por los escritores divinos. Aunque nuestro deber consiste en predicar dicha verdad revelada, no se puede llegar a creer en ella si no existe la revelación especial que da el Padre.

    Ese acto subjetivo (porque refiere al sujeto que llega a creer) se produce con el nuevo nacimiento. Sabemos por las Escrituras que no depende de voluntad humana el creer, sino que nacer de nuevo compete en exclusiva al Espíritu Santo. La cristiandad asume como valor absoluto el hecho de la inspiración de las Escrituras, un punto de partida en la carrera de la fe. Pero la fe también puede considerarse como un punto de partida para aceptar la inspiración de la Biblia. La inspiración de las Escrituras es un asunto de la autoridad de Dios: Toda la Escritura es inspirada por Dios, dice Pablo a Timoteo.

    Isaías nos asegura que la boca del Señor le ha hablado, y otros autores también lo aseguran: El Espíritu del Señor ha hablado (2 Samuel 23:1-2). En el libro de los Hechos encontramos la declaración de que el Señor había hablado por la boca de su siervo David (Hechos 4:25).

    El autor de Hebreos deja por sentado esa inspiración, cuando escribe: Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1-2). El acto de habla que ha dado Dios no es una idea vaga que uno tenga que adivinar, sino un mensaje único y sin contradicción. El Señor mismo infirió que si uno creía en Moisés debería por igual creer en él, por cuanto Moisés ya había hablado de él. Al contrario, el que no cree en Moisés no podrá creer en las palabras del Señor (Juan 5:46-47). De acuerdo a Juan 10:35, la Escritura no puede ser quebrantada, es decir, se mantiene firme como autoridad suprema en el mundo de la fe cristiana, si bien por medio de ella será juzgada la parte incrédula de la humanidad.

    El impío puede llegar a comprender la Biblia, pero eso no indica nada de su salvación. En cambio, el creyente debe comprender la esencia del Evangelio sin lo cual no da fe de su redención (Romanos 10:1-4). Satanás conoce la Escritura, pero no puede llegar a ser salvo; los heréticos (llamados también indoctos e inconstantes) tuercen la Escritura para su propia perdición. Si la tuercen implica que la comprenden en un sentido general, por cuya razón pueden llegar a desvirtuar su significado. El etíope leía el rollo de Isaías, pero no comprendía porque necesitaba que alguien le explicara; Felipe acudió en su auxilio, enviado por el Espíritu Santo.

    La Biblia puede ser entendida pero no por ello es forzosamente aceptada. Dios ordenó que sus apóstoles escogidos llevaran este evangelio hasta el fin del mundo; eso hicieron aquellos primeros creyentes (Juan 17:20), eso han seguido haciendo a través de los siglos los que han sido ordenados para vida eterna, como si pasasen la antorcha de mano en mano hasta alcanzar al último de los escogidos. Tenemos por tanto el deber y la encomienda de predicar este evangelio, así como existe la promesa de que Dios salvará a cada una de sus ovejas. No hará lo mismo con las cabras, las cuales apartará al final a su izquierda.

    Sabemos que la predestinación la hizo Dios, pero nosotros tenemos la exhortación de estar listos para la defensa ante cualquiera que nos demande nuestras razones sobre esta grande esperanza nuestra (1 Pedro 3:15). Si permanecemos apáticos ante este compromiso, manifestamos deslealtad a Jesucristo.

    César Paredes

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  • LAS SAGRADAS ESCRITURAS (2 TIMOTEO 3:16-17)

    El fundamento de la fe cristiana subyace en las Sagradas Escrituras. Si toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, ella viene a ser útil para que el hombre de Dios sea completo y equipado para toda buena obra. Fijémonos en que la Biblia no necesariamente es útil para el hombre que no es de Dios, ya que aún la ofrenda del impío sigue siendo una abominación al Señor. Hay aclaratorias de importancia que precisan el grado de restricción de una promesa bíblica. De la misma manera podemos adelantar que se debe diferenciar entre el mandato divino y el decreto del Altísimo. El mandato se obedece o se incumple, pero el decreto se ejecuta. En síntesis, un decreto de Dios no se dio para que lo cumplamos o lo desobedezcamos, simplemente se ejecuta por la fuerza de su palabra.

    Otro texto que se vincula con lo que decimos parece ser el que habla de la providencia de Dios; a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Por igual recordamos lo que dijo el apóstol Pablo: que las cosas de las Escrituras se escribieron por causa de nosotros (Romanos 15:4). La paciencia y la consolación de las Escrituras vienen para nosotros, no para el incrédulo; el carácter de Dios, sus propósitos y su plan de salvación se anotaron en ellas para beneficio de los elegidos. El incrédulo dirá como el Faraón: ¿Y quién es Jehová? En realidad Faraón no supo jamás que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida; no entendió ni se ocupó en saber que el Redentor vivía, que se levantaría de entre los muertos, como sí lo creyó Job. Las Escrituras fungen como la fuente de la verdad que guía nuestras vidas.

    Existe un grupo de mal llamados cristianos que colocan sus tradiciones como autoridad sobre las Escrituras. Ellos hablan del magisterio, pero otros que son parecidos prefieren proferir nuevas revelaciones. Al grito de Dios me reveló, me habló, me inspiró a decir, anuncian nuevas profecías o interpretan el cumplimento de las antiguas. En realidad pudiera haber muchas razones por las cuales esa gente de religión actúa de esa manera, quizá una de ellas sea que no tienen un ancla firme en las proposiciones de la Biblia. Como no han sido llamados de las tinieblas a la luz, ellos necesitan evidencia de ese dios en el que dicen creer. Por lo tanto hacen actuar a esa divinidad de acuerdo a sus emociones y raciocinios entenebrecidos.

    Algunos han llegado a hablar del fracaso de Dios, señalando al Calvario como la prueba de su desvarío. Piensan que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, de manera que como la mayoría de la humanidad camina hacia una muerte eterna de seguro Cristo fracasó en su proyecto. Si estudiaran las Escrituras con atino y razón, de acuerdo a su sintaxis y semántica, se darían cuenta de que Jesús no rogó por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. Mal pudo Jesús morir por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de su crucifixión.

    El concepto de la Sola Scriptura no es nuevo, es más bien algo antiguo y de siempre que fue retomado con la Reforma porque se había extraviado. La Escritura se interpreta con la Escritura, sin paradojas o contradicciones, por cuanto es la palabra de Dios. De allí que Pablo lo haya anunciado mucho antes, al decirnos que toda ella ha sido inspirada por Dios y nos resulta útil en tanto hombres de Dios. Si combatimos al mundo, debemos escoger las Escrituras como la espada que nos capacita junto al Espíritu para cualquier tipo de contienda.

    Someternos a la autoridad de la Escritura exige humildad, pero sobre todo confianza. Tal vez a alguien le resulte dudoso confiar en unos relatos religiosos recogidos fundamentalmente por una nación de antes, pero ese fue el método que se utilizó para legarnos ese precioso regalo. No todos lo reciben, ya que a muchos les parece una locura los asuntos del Espíritu de Dios; otros señalan que existe un universal religioso donde cualquier culto puede tomar prestado para armar su estructura de fe. Bueno, no hay duda de que tal cosa se puede creer, pero en asuntos de la Escritura el que duda se compara al que es movido por cualquier onda del mar, el que es llevado como nube a cualquier parte.

    El arrepentimiento para perdón de pecados se anuncia en las Escrituras, los mandamientos para obedecer también allí se prescriben. Pero al hombre de fe se le propone un reto, confiar plenamente en lo que allí se dijo como inspirado por Dios. De lo contrario seremos movidos como el tamo por el viento, quebrados como la caña estremecida por la brisa. Dejemos ir nuestras opiniones e ideas preconcebidas, incluso nuestras tradiciones, apeguémonos a la letra que vivifica, porque ni una jota ni una tilde de lo allí mencionado dejará de ser realidad. ¿Crees esto?

    Si aceptamos la supremacía de la Escritura se implica debemos dejar que ella nos enseñe, sin añadirle ni quitarle a lo que Dios dijo. La Biblia nos ayuda a conformarnos a la imagen de Cristo, quien es el espíritu de las profecías. Estudiémosla diligentemente, porque nos parece que en ellas está la vida eterna, que ellas dan testimonio del Cristo. Oh, que ella nos ayude a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para no conformarnos a este mundo; de esa manera comprobaremos cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2).

    ¿Quieres oír la voz de Dios guiándote? Anda a las Escrituras y escúchala, porque no habrá otra que la sustituya. Las experiencias místicas no son aprobadas por ella, los pronunciamientos de decretos de fe tampoco. Ella marcó el fin de las revelaciones, así que no indague en los falsos maestros ni en los apóstoles de mentira. Recuerde que Pablo dijo que él era el último de los apóstoles, porque Jesucristo se le apareció a él como a un abortivo. Así que no escuche la voz de los nuevos apóstoles porque son implícitamente declarados falsos por virtud de la inerrante palabra de Dios. No escuches a los que reclaman los viejos dones especiales dados a la incipiente iglesia, ya que ellos finalizaron cuando cumplieron su propósito.

    Frente a todas estas advertencias, provenientes de la Escritura, el que desobedece se asemeja al necio que ve el peligro y se enfrenta sin ninguna arma a él. Parece ser que la voz del maligno tiene ascendencia sobre el corazón extraviado, y por eso tal persona se juega el alma para buscar la prueba de lo sobrenatural. ¿Acaso no parece suficiente con conocer lo que ella enseña? Ah, tal vez es que no es un hombre de Dios, por lo cual la Escritura no le parece suficientemente útil.

    La supremacía de la Escritura no es solamente un asunto de doctrina, sino también algo que sirve para la vida práctica. El día a día se comprende mejor con la Escritura abierta, con el examen de sus palabras y bajo el gozo que se obtiene por la voz del Salvador. La palabra de Dios es la lámpara que nos alumbra el camino, la lumbrera ante nuestros pies (Salmo 119: 105). Su palabra es verdad y no cambia jamás, así que apoyémonos en su veracidad y probemos cuál será la buena voluntad de Dios para con las personas que conformamos su pueblo.

    César Paredes

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  • EL QUE NO RECIBE MIS PALABRAS

    Recibir las palabras del evangelio como verdad, como la palabra de Dios y no la de los hombres, resulta motivo de agradecimiento. Hay quien no recibe la palabra de Jesucristo, pero ese tendrá quien le juzgue: la palabra que el Señor ha hablado, la que le juzgará en el día final (Juan 12:48). El acto de recibir la palabra como proveniente de Dios hace que ella actúe para creer (1 Tesalonicenses 2:13).

    Algunos señalan que la Biblia posee contradicciones, que ella no es del todo inspirada por Dios sino en apenas algunas partes. ¿Qué se puede hacer con esa persona que niega la verdad de que toda la Escritura es inspirada por Dios? El tal hay que tenerlo como un no creyente, una persona que no ha sido regenerada. El Espíritu que regenera nos habita, nos enseña y nos lleva a toda verdad, por lo que no nos deja nunca en la ignorancia de Dios. Mucho menos nos dejará con un corazón de contradicción con lo que el Señor declaró.

    Nadie puede creer si recibe gloria de los hombres, si no busca la gloria que viene del Dios único (Juan 5:44). Mucha gente consulta a los muertos por los vivos, cuando invocan a un dios que no puede salvar. Esos son de los que tuercen la doctrina de Cristo y procuran confeccionarse un Jesús a su medida. La palabra de Dios les parece dura de oír, así que se retiran con murmuraciones y se van en pos de los pastores y maestros encantadores y adivinos. Esperan profecías de ellos, viven en la susurra, su comezón de oír palabras blandas los inclinan ante los fabuladores de la religión.

    No reciben la palabra de Dios los que tampoco responden a sus abundantes misericordias. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). ¿Cómo puede llegarles un don perfecto a quien no ha sido justificado para amistarse con Dios? Por ejemplo, algunos israelitas se fueron tras el becerro de oro, tras haber recibido semejante favor divino de ser liberados de la esclavitud en Egipto. Su falta de gratitud los condujo a desconocer la provisión de Dios en su caminar diario.

    El creyente que ha recibido las palabras de Cristo ha de alabar a Dios porque Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Somos su pueblo, ovejas de su prado, no somos producto del azar o de una evolución programada en la creación. La queja y las murmuraciones, el lamento por las circunstancias nos apartan del foco de la bondad de Dios. El que cree a las palabras de Cristo cree por igual en su soberanía absoluta.

    Pablo nos lo dijo: Haced todo sin murmuraciones ni contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa (Filipenses 2: 14-15). Dios ejerce un trabajo de santificación en nuestras vidas, por lo tanto demostremos reverencia aún en medio de la prueba. El impío desconoce que Dios hace llover sobre justos e injustos, que la vida se la dio el Creador y que su alma vale más que el mundo entero. Por esa razón se comporta como los animales en el bosque, en el campo, al dar rienda suelta a sus instintos antes que seguir el mandato de su conciencia, donde la ley de Dios mora de alguna manera.

    Los creyentes hemos de cultivar un espíritu de gratitud que reconozca la providencia de Dios en todas las cosas. El Dios soberano del que dan cuenta las Escrituras ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al malo para el día malo. Si el creyente lee la Biblia debe comprender que aún lo malo que acontece en la ciudad Jehová lo ha hecho (Amós 3:6). Cuando comprenda la dimensión de la soberanía de Dios dejará su impertinencia y abandonará la zozobra para meditar en la grandeza de las cualidades del Dios Omnipotente. La gratitud la puede expresar el creyente por medio de la oración, de las alabanzas, de la obediencia a los mandatos de su palabra, en el acto de dar testimonio a otros, al exhibir nuestra vida transformada por el poder del evangelio.

    La parábola del sembrador ilustra bastante bien a los que reciben y a los que no reciben la palabra. Si bien se habla de oír, el oír sin cuidado equivale a no recibir. Por eso el Señor habló del que oye la palabra del reino y no la entiende (es como el que no la puede recibir); a esa persona el maligno le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Otros oyen la palabra y la reciben con gozo, pero como una planta sembrada que no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, tropieza cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra. Existe otro tipo de personas que oye la palabra, a quien el afán de este mundo y el engaño de las riquezas la ahogan. Por esa razón, aquella palabra aparentemente recibida resulta infructuosa.

    Solamente el de la buena tierra oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno. Ese será agradecido con Dios, porque ese terreno de su corazón fue modificado: recibió un corazón de carne y un espíritu nuevo para amar el andar en los estatutos del Señor. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parece que son una locura. Por esa razón no hablamos de salvación por medio de la doctrina, ya que nadie sería salvo en su estado natural, al rechazar lo que no comprende.

    Urge el nuevo nacimiento, como le dijo Jesús a Nicodemo. ¿Quién puede nacer de nuevo? Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, por cuya razón Él se ha reservado un pueblo que lo alabará por su misericordia. Ese pueblo fue el objeto de la muerte de Jesucristo (Mateo 1:21), se denomina los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13; Isaías 8:18), es igualmente el mundo amado por el Padre por el cual Jesucristo agradeció e intercedió la noche previa a su crucifixión.

    Nosotros sabemos que las ovejas creerán, como ya hay muchas que han creído; pero al no distinguirlas mientras deambulan perdidas, predicamos este evangelio a toda criatura para alcanzarlas. El que creyere sabrá que ha sido amado por el Padre con amor eterno, el Espíritu Santo morará con él hasta la redención final, será guiado a toda verdad y nunca más se irá tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Aquellos que no reciben las palabras de Cristo tienen un peso como una espada sobre sus cabezas: la ira de Dios revelada desde el cielo, contra todas sus impiedades e injusticias, al detener con maldad la verdad. Así que no dándole gracias a Dios se han envanecido en sus razonamientos, por lo cual Dios los entrega a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, hasta deshonrar sus propios cuerpos (Romanos 1). Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo.

    César Paredes

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  • TEXTOS RECTORES

    En la Biblia encontramos textos que gobiernan otros textos, por lo que nos hemos de dar a la tarea de conocerla toda para determinar cuáles son los que rigen a otros. Por ejemplo, si tenemos en cuenta la multiplicidad de sentido en algunas palabras, podríamos comprender la utilidad de buscar un método para categorizar tales textos. No siempre que leemos todo, todo el mundo, tenemos una referencia universal absoluta que anuncie a todo el mundo sin excepción. Ya conocemos algunos casos, como el de la expresión de un grupo de fariseos que hablaban del impacto de Jesús en medio de la gente. Ellos exclamaron: Mirad, todo el mundo se va tras él (Juan 12:16).

    Hemos inferido que se trata de una hipérbole (una figura literaria que implica exageración en la comparación), ya que los mismos fariseos no seguían a Jesús, ni el imperio romano, ni los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchos judíos miembros del Sanedrín, ni la gente del pueblo que era incrédula, ni aquellos discípulos que lo abandonaron al escuchar las palabras duras de oír (Juan 6:60, 66). Este caso se ve sencillo, ya que se deduce por el contexto histórico que no puede referirse a un todo o todo el mundo absoluto. Pero tal vez nos ayude el compararlo con el texto citado de último, para ver que éste rige al de Juan 12:16. Es decir, existe una restricción en Juan 6:60,66 para modificar el alcance del sentido de Juan 12:16.

    Pero por igual, la restricción de su alcance se da también en el hecho histórico contextual mencionado: fariseos, saduceos, miembros del Sanedrín, los del imperio romano, muchos que fueron sanados y no se volvieron a agradecer a Jesús (los leprosos, por ejemplo), que no seguían a Jesús y que no se fueron tras él. De igual forma el lector encontrará de seguro otros ejemplos que ilustrarían lo que intentamos exponer: la idea de los textos rectores. Si ya conocemos que no siempre el vocablo todo o la expresión todo el mundo hace referencia a todos sin excepción, podemos seguir con otros casos similares. En Juan 3:16 se habla del amor del Padre por el mundo, de tal forma que le envió a su Hijo para que todo creyente no se pierda sino que tenga vida eterna. Ese mensaje ha sido manipulado de diversas maneras por los denominados creyentes, para hacer creer que Dios amó (o ama) a todo el mundo, sin excepción, o para suponer que la expiación de Jesucristo fue hecha por los pecados de todo el mundo, sin excepción.

    Sin embargo, si comparamos la expresión tomada de la plegaria de Jesús en el Getsemaní, la noche previa a su martirio, notaremos algo que exige la aparición de un texto rector. Jesús dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Vemos el mismo vocablo de Juan 3:16, KOSMOS en lengua griega, MUNDO. Se podría suponer que hay un choque entre ambos textos, que una es la voluntad del Padre y otra la del Hijo, pero decirlo supondría por igual una interpretación privada y muy arbitraria. Así que seguimos con el contexto, recordando la hipérbole de los fariseos cuando se maravillaban de que todo el mundo seguía a Jesús. Además, puede uno centrarse en el contexto de Juan 3:16, cuando Jesús hablaba con Nicodemo, un fariseo judío maestro de la ley, que suponía que solamente Dios amaba a los israelitas. Los gentiles, para ese universo judío eran considerados como el mundo (los otros).

    Esto fue costumbre en la antigüedad de la historia, ya los romanos tenían dos tipos de Derecho: el Derecho Romano, que regía para los ciudadanos de Roma, y el Derecho de Gentes, que se refería a los gentiles, a las demás gentes, a los otros, al mundo. Se entendía que ese mundo era el no romano. De hecho, una de sus normas respecto al derecho del acreedor sobre el deudor que no cancelaba la deuda brindaba libertad al primero para matar al segundo, pero teniendo en cuenta de si era o no romano. Si lo era, tenía que hacerlo fuera de Roma, a la otra orilla del río Tíber. Los judíos no escapaban a las formas de gobierno donde ellos se consideraban el centro del mundo y los demás eran las gentes, los otros, los denominados gentiles.

    Jesús le dijo a Nicodemo que el Padre había incluido a los gentiles (el mundo) en el objeto de su amor. Pero por igual, su expresión puede referirse al universo de gentiles incluidos y a los judíos incluidos en el plan de salvación. Ese conjunto se ve contenido en la expresión mundo, dicha por Jesús en Juan 3:16. Pero más tarde, cuando Jesús ora en Getsemaní, vuelve la misma expresión KOSMOS pero en sentido negativo. No ruega por el mundo. Ver una disputa entre el Padre y el Hijo contradiría la voluntad de la Sagrada Familia. Por esa razón entendemos que son dos mundos distintos: el mundo amado por el Padre es el mismo mundo por el cual Jesús muere, de acuerdo a la declaración dada a Nicodemo. Pero el mundo dejado de lado por Jesús (por el cual no iría a morir) es el mundo réprobo en cuanto a fe, el ordenado para tropezar en la roca que es Cristo, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. El texto de Juan 17:9 estaría regido por 1 Pedro 2:8, Apocalipsis 13:8 y 17:8; existirían otros textos que comprenderían la misma idea, pero bastaría con estos por ahora.

    Por cierto, el texto de 1 Pedro 1:20 habla del Cordero ya ordenado para la expiación desde antes de la fundación del mundo. Si Adán fue creado en el sexto día de la creación del mundo, Jesucristo estuvo preparado como Cordero para la expiación desde mucho antes. De allí que Adán tenía que pecar, no podía jugarse posibilidades afirmativas y negativas como si en una de ellas dejase al Cordero de Dios frustrado en la eternidad misma. El pecado era un hecho que ocurriría en forma cierta al crear Dios al primer hombre sobre la tierra. No podríamos decir como otros suponen que si Adán no hubiese pecado el mundo sería otro. No, la gloria que el Hijo de Dios llevaría como Cordero para la expiación no podía ser alterada por ningún acto humano, pues era ya un decreto divino.

    Juan el apóstol conocía muy bien al Señor de cerca. Pero si eso no bastara, fue un escritor inspirado por el Espíritu de Dios (como señala la Escritura respecto a los santos hombres de Dios siendo inspirados). Por lo tanto, Juan conocía de la voluntad del Padre sobre el Hijo, que moriría por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Y Juan sabía también que el Señor no había rogado por el mundo, pero que sí había muerto por el mundo amado por el Padre. Por esa razón, cuando leemos en su carta que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, agrega que no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2).

    De nuevo, o Juan contradice las otras Escrituras o tenemos que ver los textos rectores. ¿De cuáles mundos hablaba el apóstol? Recordemos que Juan escribía a una iglesia que fundamentalmente estaba compuesta por judíos conversos. De esa forma les indicaba que Jesús había propiciado en favor de ellos (los judíos), aunque el texto pudiera también indicar que se refería a la iglesia local -independientemente de quiénes la componían. De inmediato les aclara que existe una extensión en la propiciación por el pecado, que no se limita solamente al pecado de los judíos conversos, o a los miembros de su iglesia. Esa propiciación se extiende por igual a todo el mundo. ¿Cuál mundo? De nuevo las respuestas anteriores sirven acá como fundamentos: el mundo amado por el Padre, por el cual envió al Hijo.

    También podríamos agregar que esa expresión sobre la propiciación por todo el mundo abarca tanto al universo gentil como al judío; pudiera ser, por igual, que en su mente estén los judíos de su iglesia y por esa razón les recuerda que los gentiles también fueron objeto de esa propiciación. ¿Pero todos los gentiles, sin excepción? No, en ninguna manera; ya Cristo lo había dicho en Juan 6, que redimiría solo a los que el Padre le enviara.

    Ese razonamiento del Señor incomodó a muchos de sus discípulos que lo abandonaron porque sus palabras duras de oír los habían ofendido. Juan, el autor de la carta, no va a contradecir al Señor del Evangelio de Juan como para atreverse a decir todo lo contrario que Jesús había enseñado. Por esa razón, muchos textos de Juan 6 fungen como textos rectores de 1 Juan 2:2; por igual rigen sobre ese texto Juan 3:16 y Juan 17:9. No podríamos mirar una expiación extendida a cada ser humano, por cuanto muchos yacen en el infierno y éste aguarda a otros todavía. Todo lo cual supondría que hubo una expiación vana, inútil, con una sangre insuficiente del Cordero por aquellos que se condenan.

    Por otra parte, supondría que el Padre es muy injusto: una vez castigó todos los pecados de toda la humanidad, sin excepción, en el Hijo; después los castiga eternamente en el infierno. Pero esas contradicciones las ven quienes tuercen los textos y se apegan al étimo sin contexto, sin importar que otros textos rigen a los que a ellos les molestan. Por lo tanto buscan una interpretación frívola y extensiva para favorecer su teología de las masas. Puede ser que de esa manera muchos discípulos no se vayan con murmuraciones, sino que se queden al lado de ese Jesús que habla palabras blandas. Pero el Jesús de las Escrituras sigue siendo el mismo, con duras palabras de oír, con otra palabra más fuerte para el tiempo del fin: Nunca os conocí.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

  • SUFICIENCIA DE LA ESCRITURA

    Suficiente para vivir bajo el conocimiento de Dios, abundante para la piedad, pero jamás para la interpretación privada sino pública. La publicidad de la Escritura acaba con el mito del subjetivismo, como si a unos hablara algo y a otros lo contrario. Puede ser que ella no produzca los mismos frutos en todos los que la leen o escuchan, porque a unos los llevará a Cristo pero en otros producirá mayor condenación. Sin embargo, toda la Escritura viene por inspiración divina, lo cual implica que no necesita suplemento que añada, ni censurador que le quite.

    Ni nuevas revelaciones ni ninguna interpretación del Magisterio alumbrará el alma del creyente, pero sí que servirá al espíritu de estupor para terminar de perder al que no ama la verdad. ¿Le añades a la Escritura? Ella te reprenderá y te encontrará mentiroso (Proverbios 30:6). El que le añada o le quite no tendrá parte en el libro de la vida, sino que recibirá las plagas que relata el libro (Apocalipsis 22:18-19). Algo parecido a lo dicho por Juan en una de sus cartas, cuando se refería a los que le dicen bienvenido (espiritualmente) al que no trae la doctrina de Cristo.

    La Escritura nos ordena probar los espíritus, para ver si don de Dios. La razón que esgrime se basa en que han salido por el mundo muchos falos profetas o maestros de mentiras (1 Juan 4:1; Jeremías 23). El Continuacionismo se conoce como la estructura o concepto que engloba la idea de una revelación continuada. A ellos pertenecen los que agregan nuevas revelaciones, los que utilizan el viejo don de lenguas (uno de los dones especiales que cesaron con la llegada de lo perfecto: la Escritura completa), para dar rienda suelta a sus interpretaciones privadas. Dentro del Continuacionismo subyace el Magisterio romano o la tradición oral (interpretaciones expertas), pero que se extiende por igual a la corriente protestante.

    Pareciera que la Escritura no tuviese suficiencia, por lo que ahora los youtubers tienen trabajo en exceso y videntes a granel, ya que se dan a la tarea de reinterpretar para las masas bajo la unción del sofisma, con el ardid de las lenguas originales de la Biblia que a ellos les agrada pronunciar. El grupo de los judíos mesiánicos tiene experiencia en esa tarea, al igual que los que se vuelven a la ley, los que trabajan con una filología esotérica y dejan perpleja a la feligresía ya perdida en el espíritu de estupor. Ahora se guardan las viejas fiestas religiosas de la ley de Moisés, como si de esa manera se rectificara algo que la iglesia hubiese olvidado por siglos. Pablo les dio una admonición a los Gálatas llamándolos insensatos, porque se volvían a guardar los meses, los años y los días. De seguro el apóstol les hablaba de sus viejas costumbres paganas, bajo supersticiones innecesarias, tal vez la astrología, los rituales extraños propios del paganismo (días festivos de la ciudad o del país). Esa admonición pudiera servir por igual a los que diciéndose cristianos intentan completar con los rituales de los judíos lo que consideran insuficiente de la Escritura.

    Hay personas bajo la cultura cristiana que gustan de colocar al azar el dedo en algún texto bíblico, como para suponer que Dios les habla por ese medio. ¿Usted tiene alguna duda respecto a un acto a realizar? Entonces esa duda la despeja con lo que pudiera considerarse bibliomancia, adivinación por medio de la Escritura. Esa práctica no es apoyada por la Palabra Divina, más bien refutada se encuentra en múltiples pasajes del Antiguo Testamento, cuando Jehová habla de los que profetizan con sueños. También el Nuevo Testamento nos advierte a pedir al Señor para obtener la certeza de lo que pedimos, para descansar de todos nuestros pensamientos en torno a una preocupación. Jamás se nos sugiere la práctica esotérica con la Biblia o la interpretación privada de las Escrituras.

    Los que sugieren que una imagen puede ayudarles a inspirarse o a concentrarse en el Dios de la Biblia, deberían recordar que la Escritura habla en contra de ellas y advierte sobre su peligro. Incluso la antigua imagen de bronce o escultura en forma de serpiente, levantada en el desierto, tuvo que ser derribada por ser objeto de idolatría entre la gente de Israel. Los efesios conversos destruían las imágenes de Diana a quienes antes adoraban, lo cual da un indicio de que la imagen misma era un símbolo peligroso de su idolatría. No era solamente una evocación a la verdadera Diana sino que esa imagen o escultura de la diosa constituía en sí misma un grave peligro. De ello nos habla Pablo cuando advierte contra los ídolos.

    Lo que las gentes sacrifican a sus ídolos (imágenes de lo que creen les ayuda espiritualmente) a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Juan nos dice en Apocalipsis 9:20 que muchos no dejan de adorar a los demonios (con las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, que no pueden ver, ni oír, ni andar). Juan nos habla contra la idolatría, como un pecado grave ante el Señor. El sacrificio no va solo con el incienso que se les ofrece, también va con la veneración (darles un lugar de importancia), con el recuerdo (traerlos a la memoria para evocar a Dios) o con rendirles preponderancia como si fuesen un amuleto que ayuda a recordar a la divinidad.

    Todo aquello que sustituye a Dios mismo, aunque usted crea que ese objeto le permita acercarse al Dios verdadero, viene como ardid demoníaco y como trampa satánica para tropezar con los demonios. Todavía hay quienes sostienen que las imágenes ayudan a comprender las Escrituras a aquellos iletrados o analfabetas. Pero la Biblia nos recuerda que cuando Jehová le dio la ley a Moisés le ordenó al pueblo escribir los mandatos en sus túnicas y en los dinteles de las puertas. No le importó a Jehová la cantidad de analfabetas del pueblo, más bien aquel mandato fue un incentivo para que aprendieran a leer.

    Hay una tendencia en el hombre caído a cambiar la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:23). Nada sustituye a leer y predicar las Escrituras, además de que Dios condena cualquier práctica idolátrica, cualquier estatua de fundición que enseña mentira. El hacedor de imágenes mudas tiene un ¡ay! encima de él (Habacuc 2:19). Nada de lo que refiere al ejercicio idolátrico puede presumir de inocencia, sino que conlleva por sí una pedagogía de la mentira.

    La simplicidad de la Biblia asombra, no solo por su sencillez sino porque no puede ser aceptada por un gran número de personas que se llaman a sí mismas cristianas. Estas gentes necesitan vitrales, cruces, árboles de navidad, escenas de teatro, títeres o marionetas, shows de alabanza, cualquier pretexto para que sus mentes acepten que han creído en algo tangible. Se asemejan a los discípulos descritos en Juan 6, reprendidos por Jesucristo, los que habían acudido a él sin haber sido enseñados por Dios ni enviados por el Padre al Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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