Categoría: EVANGELIO

  • EL EJE DEL EVANGELIO

    En la región de los gadarenos expulsaron a Jesús porque había ocasionado un daño enorme al dueño del hato de cerdos. No agradecieron la liberación de la esclavitud a Satanás que padecía aquel endemoniado, sino que privó el sentido económico de los negocios de la zona. Bertrand Russell en su libro ¿Por qué no soy cristiano? señala que ese acto de Jesús es una de las razones por las cuales él no pudo llegar a creer. El Dios de misericordia no tuvo compasión de aquellos animales sino que hizo que murieran lanzándose al mar por causa de los demonios que los poseyeron. Podemos ver también que ese acto de Jesucristo muestra su dominio sobre el mundo de las tinieblas y da ante muchos un sentido razonable sobre la comprensión de la liberación demoníaca.

    Nadie puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre, una sentencia del Hijo de Dios que pone sobre relieve la acción sobrenatural de llegar a creer. Los que no vienen a él jamás han sido enviados por el Padre, pero todo lo que el Padre le da al Hijo va a él para ser rescatado en forma definitiva. Muchos se allegan por el mensaje del evangelio pero intentan desviar el sentido de la doctrina de Cristo. Ellos escucharán en el día postrero la sentencia definitiva: apartaos de mí, nunca os conocí. Jesucristo aseguró que muchos eran los llamados y pocos los escogidos. A los discípulos les dijo que ellos eran una manada pequeña, pero que no debían temer porque al Padre le había placido darles el reino.

    Seguir a Cristo como Redentor vino a ser la buena noticia para el hombre pecador. La ley de Moisés no salvó a nadie, más bien ella exacerbó el pecado en el corazón humano, al igual que la ley escrita en los corazones de la gente. El evangelio no es una oferta pública para que la gente levante la mano como si se estuviese en una subasta. El evangelio es una magnífica noticia para los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, para hacerlos partícipes de la obra de redención que hizo el Hijo. Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo tanto Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que entregó su vida por las ovejas (Juan 10:1-5).

    Esta aseveración bíblica enfada a muchos. Lo que Pablo resume en Romanos 9 ha sido visto como una injusticia por el hecho de que Esaú no tuvo ninguna opción para resistirse a la voluntad divina. El odio de Dios no se predica en los púlpitos, sino solamente la actitud bonachona de un ser benevolente que está dispuesto a salvar a todo el mundo si tan solo la gente aceptara. Semejante desvío doctrinal se muestra insólito. Si Cristo hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción, todo el mundo sería salvo. Pero la fe viene por el oír la palabra de Dios, así que la predicación del evangelio no se hizo de manera expedita en los tiempos apostólicos. Mucha gente murió sin saber la noticia de Jesucristo, por lo que esa gente que supuestamente fue beneficiaria de la muerte del Señor no se enteró en lo más mínimo.

    Un relato en el libro de los Hechos nos ilustra sobre el deseo de Pablo de ir a Asia (ese gran territorio donde no se había anunciado el evangelio). En realidad Pablo estaba en Asia menor pero quería visitar esa otra región para anunciar este evangelio. Su afán se vio estorbado por el Espíritu Santo quien le indicó que no fuera allá sino a otra región (Hechos 16:6-9). Entonces, ¿qué pasó con esos habitantes del Asia de aquella época si no escucharon nada de ese Jesús que había muerto en la cruz? ¿En qué se beneficiaron?

    Vemos que la Escritura anima a anunciar la buena nueva de salvación por doquier pero no garantiza que todos los que escuchan serán salvos. Además, se comprende que ese anuncio no llega a todas las personas, así que se demuestra que no todas las personas fueron favorecidas con la muerte de Jesús (Hechos 13:48). Esto parece injusto, como bien lo sugiriera el apóstol Pablo es su Carta a los Romanos. El apóstol para los gentiles levanta la figura de un objetor que argumenta contra Dios y su injusticia para con Esaú. La respuesta vino de inmediato: el hombre no es más que barro en manos del Alfarero, así que no debemos discutir con Dios.

    Esta forma soberana de actuar que tiene el Dios de la Biblia se oculta en los púlpitos porque espanta a la gente que desea que lo que han imaginado ser Dios prevalezca por sobre la revelación. En realidad esa es otra forma de idolatría, la configuración de un Cristo a la medida de la persona que desea mostrar que su propia justicia es superior a la del Creador. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, asegura Pablo (Romanos 9). Todo cuanto acontece en este mundo viene precedido por la voluntad del Creador; el profeta Amós escribió que cualquier cosa mala que suceda en la ciudad ocurre porque Jehová la ha hecho (Amós 3:6). Jeremías afirma por igual lo siguiente: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3: 37-38).

    Los indoctos bíblicos e inconstantes en la fe asaltan los espacios del Evangelio para torcer la doctrina de Cristo. La idea insiste con el fin de acomodar a la mayoría de los que vienen en nombre del cristianismo, de manera que se sientan cómodos cada uno con su particular doctrina. Pedro nos lo dijo en su Segunda Carta, Capítulo 3 verso 16. Siguiendo sus propios derroteros se consuelan unos a otros llamándose hermanos y diciéndose paz, paz, cuando no la hay y cuando pareciera que existiese una hermandad en Satanás.

    Existe una conexión entre la salvación y la comprensión de quién es y qué hizo Jesucristo. La vida eterna es precisamente conocer a Jesucristo, el enviado del Padre (Juan 17:3). Isaías afirmó que por su conocimiento el Siervo Justo justificaría a muchos. Ese conocimiento tiene que ver con su doctrina, que es la misma del Padre (Isaías 53:11). Los falsos creyentes atacan la Persona de Jesucristo, así como su obra. Mientras unos aseguran que solo existe Jesús y que él mismo es el Padre, en tanto otros descomponen la figura de la Trinidad, de igual manera están los que afirman que Jesús fue inclusivo en su muerte, que redimió potencialmente a la humanidad para ver quiénes realmente aceptarían la oferta de salvación. Allí está el tropiezo, ya que uno de los objetivos de la venida de Jesucristo ha sido para darnos entendimiento para poder conocerlo (1 Juan 5:20-21).

    Si este Evangelio pareciera oculto, tenebroso o escondido, entre los que se pierden seguirá escondido, puesto que su entendimiento parece turbio por causa del dios de este mundo (2 Corintios 4:3-6). El Espíritu enviado por el Padre, el Espíritu de Verdad, es quien nos da testimonio del Hijo (Juan 15:26). En definitiva, nadie tiene la capacidad de ir a Jesucristo, a no ser que el Padre lo envíe. Es necesario que Dios nos enseñe para que habiendo aprendido vayamos hacia el Hijo (Juan 6:44-45). El que le dice bienvenido a quien no trae esta doctrina participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    En definitiva, el inmediato fruto de haber sido regenerado es el conocimiento y entendimiento que Jesucristo nos ha dado. Quien niega la Persona o la obra de Jesucristo, como lo anuncia la Escritura, ese es el anticristo (1 Juan 2:22).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • FUTILIDAD DE LA VIDA

    Cuando leemos el Eclesiastés de Salomón, encontramos observaciones sobre la existencia humana. Vanidad de vanidades, una expresión depresiva pero objetiva del escritor repleto de experiencias múltiples, bajo el signo de la riqueza, poder político y conocimiento teológico. Al final de su texto leemos que todo el discurso se resume en temer a Dios y guardar sus mandamientos, porque ese es el todo del hombre (Eclesiastés 12:13). El último verso afirma que Dios traerá toda obra a juicio, con toda cosa encubierta, sea buena o mala. Esto nos alerta como para tener cuidado en aquello que hacemos, no queriendo ser señalados públicamente en nuestras faltas.

    En forma paralela, los intelectuales al margen de la teología sostienen que nada tiene sentido (vanidad de vanidades). Hablan de un minúsculo planeta que corre hacia la nada desde millones de años (Ernesto Sábato), en tanto los seres humanos luchan, se enferman y mueren, como si cada ser que viene al mundo iniciara una comedia inútil que finaliza con el sepulcro. Esa visión existencial triste marca los pasos inciertos o inútiles de cada habitante de nuestra tierra. No obstante, el vínculo teológico parece ausente y la culpa humana no tendría consecuencia alguna en el ejercicio de una vida tan puntual y efímera como los años que pasan y se acaban.

    Si el creyente viviera sumergido en esa visión, lo gobernaría la zozobra. El sentimiento de tristeza no debe gobernar el alma de quien conoce al que lo ha liberado del yugo oscuro del mal. Por tal razón conviene vivir bajo las palabras de los sabios, aunque ellas sean aguijones para el corazón, o como clavos en las manos. El hombre va a su morada eterna, afirmaba Salomón, y los endechadores andarán alrededor por las calles. Si el hombre no se ha acordado de su Creador, en los días de su juventud, le quedan los días malos cuando se le oscurece el sol. De todas formas, aún en el ocaso de la vida del vivo hay esperanza, claro está, dentro de la perspectiva del Dios que elige desde los siglos.

    Nadie puede negarse a esta posibilidad, ya que no conocemos el libro de la vida para mirar sus listas de inscritos. Lo que de Dios se conoce nos ha sido manifestado por dos vías: por medio de la obra de la creación, lo cual impone una reacción ante la majestad demostrada, y a través de la palabra escrita que vino por medio de Moisés. Pero esta última manifestación no la conocieron todos, incluso hoy día hay quienes jamás han escuchado al respecto. Los que hemos oído y hemos participado de la opción de la lectura del mensaje del Evangelio, podemos percibir la esperanza de vida de esas líneas.

    Somos ignorantes de la obra de Dios, el que hace todas las cosas. Por tal motivo hemos de entregarnos a la siembra de la semilla y al cultivo de la planta del conocimiento del Señor. ¿De qué aprovecha ganar el mundo y perder el alma? Las pequeñas locuras señalan al que es estimado como sabio y honorable. El pecado es una locura, como la mosca muerta que da mal olor al perfume; aunque sea un pecado pequeño basta para manchar el agua pura. El Rey David se enredó con la mujer de su prójimo y trajo gran lamento para su entorno.

    Eso somos, incluidos los profetas de antaño. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, Isaías tuvo que ser curado de su boca impía (en la visión que tuvo), Asaf se consideró como una bestia delante de Dios, sin entendimiento. Y Pablo se dijo a sí mismo miserable, ya que hacía el mal que no quería y no completaba aquello que se proponía (Romanos 7). Juan, el discípulo amado, escribió que si hemos pecado tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Moisés fue castigado por actuar incoherentemente en Meriba, en tanto de Pedro se ha escrito sobre su traición a Jesús.

    Salomón nos recuerda que aún hay esperanza para el que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto (Eclesiastés 9:4). Ese perro vivo puede ser una metáfora del que está en su vejez o aún en su lecho de muerte, ya que pudiera recibir el regalo del arrepentimiento para perdón de pecados. Los que mueren en Cristo gozan de la vida eterna, hayan sido leones o perros en esta vida, hayan sido poderosos o débiles, por cuanto fueron visitados por la gracia del cielo.

    La sabiduría del hombre ilumina su rostro, pero el que persiste en el mal mudará su semblante. El que teme a Dios tendrá un fin dichoso, aunque sea ignorado por el mundo que honra a los suyos. El discurso de Salomón en el Eclesiastés nos propone la vanidad de la vida en tanto existe injusticia contra los justos. A veces el hombre justo es tratado como si hiciera obras de impíos, asimismo existen impíos tratados como si hicieran obras de justos. El hombre de bien debe comer, beber y estar alegre debajo del sol, a lo largo de su vida.

    Recomienda Salomón no apresurase delante de Dios, pues mejor es no prometer a Dios que prometer algo y no cumplirlo. Esto último representa la insensatez, dado que de las muchas palabras ocurre la necedad. Gran vanidad circunda al que ama el dinero: el que ama mucho el tener, no sacará fruto. El capítulo 3 de Eclesiastés contiene la referencia al tiempo y todo cuando en él acontece: Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (verso 1). La entrada y salida de este mundo tienen su fecha fijada por el Creador, el cual ha puesto término a nuestros días (Job 14:5).

    En resumen, en vez de quejarnos por la futilidad de la vida, conviene meterse en cintura y tener presente que no vinimos por nosotros mismos a este mundo, sino que todo cuanto ocurre obedece a un plan trazado desde los siglos por el Altísimo. El creyente conoce que Jehová ha creado el universo, que el Señor es quien estuvo presente desde el principio en esa faena (Juan 1). En tal sentido, la motivación del creyente le sirve como combustible para que el alma reboce de alegría y paz. Que sean los otros los que se entristezcan, los que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LENGUA VERNÁCULA

    Uno de los aportes de la Reforma Protestante fue el volver con la Biblia a la lengua vernácula, la propia de los pueblos. Su énfasis en buscar traducciones de la Biblia procuró inteligibilidad en el prospecto cristiano. Ahora cada quien podría leer la Escritura, sin que estuviera encadenada a los púlpitos romanos en una lengua que ya no era común. A pesar del uso por muchos siglos de la Vulgata Latina, el latín no fue más la lengua impuesta a los pueblos bajo la influencia romana, de manera que la Iglesia Oficial no tendría que continuar con esa costumbre. No obstante, el Concilio de Trento afianzó la idea de continuar con su latín en todo lo concerniente a sus servicios religiosos, incluyendo la poca lectura de la Vulgata.

    El latín había dejado de ser común, de allí que la común traducción del griego al latín también daban campo a nuevas traducciones. Pero la iglesia romana se aferró a su costumbre y continuó con sus mensajes en lengua extraña. Sí, como bien lo decía Pablo cuando escribía a los Corintios: las cosas inanimadas que producen sonidos, si no tienen distinción de voces, si aún la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Por la lengua hemos de dar palabra bien comprensible, para que se entienda lo que decimos. De lo contrario hablaríamos al aire (1 Corintios 14:7-9).

    Cuando se ignora el valor (sentido) de las palabras, se actuará como extranjero para el que habla, y el que habla será extranjero para el que escucha (1 Corintios 14:11). En realidad, eso estuvo sucediendo por siglos en la Iglesia Romana Oficial, y continuó por mucho tiempo después antes de que se anunciase la Escritura en lengua vernácula (la propia de cada pueblo), apenas hasta poco después del Concilio Vaticano Segundo (1965). Es la misma analogía para los que hablan en lenguas, un don que ya pasó porque aconteció dentro del grupo de dones especiales que autenticaban al mensajero de parte de Dios. Ya eso cesó, pero existen miles de personas que persisten en ese hábito que nada aprovecha pero que sí daña por su sentido esotérico. Dios no es Dios de confusión, sino de paz.

    ¿Acaso ya no llegó lo completo? Eso que es completo se llama La Escritura, así que ya no conocemos en parte sino en forma completa. No necesitamos más revelaciones, más bien se ha escrito que el que le añade o le quite a lo que ya fue revelado por Dios está en franca oposición a su palabra. Por lo tanto recibirá las plagas descritas en el libro sagrado. Hoy día hay quienes todavía añoran el latín por sonarle en forma más mística, sea que lo entiendan o les suene como címbalo que retiñe.

    Cuán importante resulta conocer el mensaje del Evangelio, depurado de su misticismo. Ese mensaje apela a la racionalidad del oyente, a su espíritu, para que discierna la palabra enviada. En algunas personas será una palabra para muerte, en otras una palabra para vida, pero en ambos casos nosotros como mensajeros de Dios somos grato olor de Cristo. En los que se salvan y en los que se pierden, el olor de Cristo se refleja en nosotros: olor de muerte para muerte, pero también olor de vida para vida. Por lo tanto, no falsificamos la palabra de Dios, como para mantener zombies vivientes, sino que a lo malo llamamos malo y a lo bueno bueno.

    El olor del conocimiento del Señor, de su palabra, se manifiesta en sus ministros del Evangelio. Al tener el regalo de la gracia, el Espíritu de Dios en nosotros, un olor distinto al nuestro emana de nosotros mismos; es el olor de Cristo. Para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden, un olor de vida y un olor de muerte, pero gratos ambos para el Dios Omnipotente. ¿Porqué ambos olores son gratos para Dios? Porque en su soberanía ha decretado quiénes mueren y quiénes viven eternamente, como amó a Jacob y odió a Esaú (Romanos 9:11-13; 2 Corintios 2:15-17). Los que somos salvos fuimos escogidos por Dios para salvación, desde antes de la fundación del mundo, por lo cual Cristo murió por nosotros para darnos vida eterna. De esta manera el Espíritu Santo al regenerarnos entró en nosotros como garantía de la redención final.

    En los que perecen en sus pecados somos grato olor de Cristo; la razón estriba en que ellos desprecian el anuncio del evangelio, se burlan y causan tropiezos a muchos para que no escuchen el evangelio de la paz. Sin embargo, esto no acontece por azar sino como ya lo dijera Pedro: han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esta doctrina no se predica a grande voz, antes muchos la niegan, como desdiciendo de la justicia de Dios. Se ha creado a un Dios a imagen y semejanza del hombre, que no inculpa del todo a los hombres, sino que está dispuesto a salvar a todos si tan solo aceptaran su oferta. Ese Dios luce más benevolente que el Soberano Despotes del Nuevo Testamento, el que envió a su Hijo a salvar a su pueblo (Mateo 1:21).

    ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Por tal razón muchos quisieran oír el evangelio en latín, en lengua extraña, para no comprender sus palabras sino para distinguir su sonido como un vaho místico. Sus oídos no están dispuestos a escuchar con crudeza que Dios odia a unos y ama a otros; no, eso les suena blasfemo y hablan de una predestinación prevista en el túnel del tiempo.

    Según esas teorías arbitrarias y espurias, Dios averiguó quién habría de creer y quién no, de allí surgió la predestinación. Pero uno sigue preguntándose si ese Dios es más justo que el descrito por la Biblia, ya que de todas maneras dejó nacer a aquellos que no iban a creer y que habrá de condenar. El problema de la justicia de Dios no se resuelve con sofismas, simplemente la Escritura aparece como la revelación del Altísimo para que su pueblo escogido lo comprenda a Él. Así está en las Escrituras, no se necesitan concilios religiosos para reinterpretar lo dicho por sus profetas, para darle un matiz más humanista y que el olor de muerte no le sea grato a Dios.

    Nos alegramos porque el Evangelio sigue siendo la promesa de salvar al pueblo de Dios, a través de todas las bendiciones de la salvación y la regeneración, con la garantía del Espíritu Santo hasta la final gloria. La condición única de ese evangelio es la sangre expiatoria de Jesucristo, su justicia alcanzada en la cruz, su trabajo en el madero donde representó a cada uno de los que conformamos su pueblo. Ese pueblo fue reconocido en la oración hecha en el Getsemaní, redactada en Juan 17. La claridad del evangelio lo hace inteligible para sus beneficiarios, los que no lo comprenden del todo tienen el entendimiento entenebrecido, ya que en los que se pierden está oculto ese evangelio.

    César Paredes

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  • EL EVANGELIO NO AVERGÜENZA

    Pablo afirmó que no se avergonzaba del evangelio, porque era el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16-17). La razón la expone al continuar con el argumento de que en el evangelio se revela la justicia de Dios. ¿Cuál es esa justicia de Dios? Sin duda es Jesucristo, nuestra pascua (Romanos 3:21-22; 1 Corintios 5:7). Nuestro Dios es justo y justifica al impío, en virtud de que Jesucristo fue declarado la justicia de Dios. Habiendo él pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), garantiza una entrada feliz al reino del Padre. ¿Quiénes pueden ir allí?

    Todos los justificados por la fe de Cristo, todos aquellos que representó en la cruz; Jesús no derramó en vano su sangre, no hizo expiación por los pecados de Judas, ni del Faraón ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él solamente expió todos los pecados de aquellos que conforman su pueblo, de los que se ha escrito que tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El trabajo propiciatorio de Jesucristo, ya preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo -1 Pedro 1:20, mediante el cual los pecados de su pueblo le fueron imputados a él, nos dio la justicia gratuita del Hijo de Dios. Nosotros somos la justicia de Dios en Cristo, de acuerdo al mensaje del evangelio. Esa es la buena noticia de salvación, basada en la imputación de la justicia de Dios hacia nosotros, así como en la propiciación por todos nuestros pecados. Los que no creen el evangelio están perdidos, ya que no han conocido la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

    Estamos hablando de un Dios perfecto, por lo tanto el trabajo de Jesucristo demanda y asegura la salvación de todos los que él representó en el madero. Nuestra salvación no reposa en nosotros, como si Dios hubiese visto algo bueno en los escogidos; no sirve de nada alegar que nuestra decisión hizo la diferencia entre un perdido y un rescatado. La Biblia nos define que estuvimos muertos -en delitos y pecados- como todos los demás que no han creído. Entonces, habiendo estado muertos no pudimos acercarnos a Él, no pudimos ni desear la medicina del evangelio. Simplemente tuvo que regenerarnos primero, para poder recibir todo lo concerniente a la salvación.

    Por supuesto, esta predicación de la palabra, esta exposición de argumentos bíblicos, conduce a prevenir a las ovejas, a todos aquellos que serán llamados oportunamente para que se unan a la iglesia del Señor. Como dicen también las Escrituras: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El evangelio bíblico no contempla decirle a la gente que Dios amó de tal manera a todo el mundo, sin excepción, que Jesús el Cristo murió por todo el mundo, sin excepción; ni que aunque usted ande muerto en delitos y pecados todavía puede decidir su futuro.

    El falso evangelio descansa en la supuesta garantía de la voluntad del muerto espiritualmente, por lo cual afirma que Cristo murió por todos e hizo posible la salvación para todos. Ahora le toca a cada quien decidir su eternidad. Si eso fuera cierto, ¿qué pasaría con todos aquellos que mueren sin conocer el evangelio y sin saber que ese Cristo supuestamente murió por ellos? ¿Murió Jesucristo por Judas Iscariote? ¿Ha tratado de salvar a algunos de los cabritos? (Juan 10:26). La soberbia humana, heredada de Adán y adquirida de parte de la serpiente, hace que los seres humanos se aferren al concepto del libre albedrío. La humanidad perdida supone que sin ese libre albedrío la justicia de Dios sería imperfecta, por lo cual Dios debe sentirse satisfecho al darle la potestad de elegir al ser humano.

    La doctrina de la predestinación y de la elección incondicional molesta en grado sumo a las cabras. Por igual a las ovejas que caminan descarriadas y que todavía no han sido llamadas por el buen pastor. Pero una vez que la oveja ha sido llamada eficazmente jamás se irá tras el maestro extraño o tras la doctrina de mentiras (Juan 10:1-5). La oveja rescatada sabe que no fue su trabajo lo que la atrajo al redil, sino los lazos de amor con que fue amarrada. Ese es el gran amor de Dios para con su pueblo elegido desde la eternidad, de acuerdo a Su propio propósito, a su buena disposición.

    No puede Esaú recibir tal amor que no le fue dado. Entonces, me dirás: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios, el cual reclama de Esaú lo que éste nunca tuvo? ¿No hubiese sido Dios más justo si su Hijo hubiese muerto por todos, sin excepción? De paso, esa muerte del Mesías debería reclamar por igual a los muertos del tiempo pasado, como aquellos que se los llevó el diluvio. Deberíamos pensar en el arca de Noé, si ese patriarca estuvo anunciando lluvia cuando no la conocían, ¿por qué hizo un arca de esas dimensiones específicas? ¿Es que en ese barco hubiese cabido la humanidad entera, si hubiese aceptado la advertencia?

    La gente puede conocer mucha Biblia, puede predicar en gran medida sobre ella, pero si llega a desconocer lo que es el evangelio (la justicia de Dios que es Cristo) está perdida. Está tan perdida como aquella gente a la que Pablo le dijo en Romanos 10 1-4 que su celo por Dios no servía de nada. La ignorancia de esa justicia de Dios convierte en inutilidad el celo religioso que se tenga por Él. Una oveja perdida vendrá al redil cuanto el evangelio de verdad le haya sido predicado; el que no venga al redil de las ovejas cuando se le haya predicado ese evangelio, da prueba de que ignora la justicia de Dios.

    Son muchos los que creen en otro Dios, en otro Cristo, en otro evangelio. Pablo dijo que maldito sería el que predica otro evangelio, que esa maldición corre por igual en el que lo sigue. Jesús habló de los ciegos guías de ciegos, de aquellos que siguen a los equivocados y se convierten en doblemente merecedores del infierno de fuego. Una persona regenerada no puede seguir creyendo la mentira de la expiación universal, ya que la Biblia es clara en que la expiación por los pecados del pueblo de Dios es una doctrina esencial (Juan 6, por ejemplo). El verdadero creyente no habla paz cuando no la hay, no se va jamás tras el extraño porque desconoce la voz de los extraños. Son los maestros de mentiras los que se hacen seguir por innumerables cabras, o por ovejas que todavía no han sido llamadas con llamamiento eficaz. En este último caso, esa oveja abandonará el local de las cabras cuando le llegue el momento de ser rescatada (Hechos 13:48; Hechos 2:47; 2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • LA PROMESA DE DIOS

    Dios es un Dios de promesas, dado que tiene la capacidad de cumplir con todo cuanto dice. El Evangelio es el compromiso de salvar a Su pueblo basado solamente en la sangre expiatoria, imputada en la justicia de Cristo. Este tema concierne al centro del mensaje de salvación, aunque muchas personas dentro de las filas del cristianismo demuestran que lo ignoran. Por supuesto, esa ignorancia fatal conduce a la muerte espiritual. Con esto se demuestra que no todo el que le dice Señor a Jesús entrará en el reino de los cielos. Si se ignora la justicia del siervo justo, no habrá justificación alguna (Isaías 53:11).

    El conocimiento sobre Dios va unido a su Buena Noticia, más allá de que ignorarla no acarrea la inexistencia de ese Dios. La palabra ateo, en lengua griega, significa ser olvidado de Dios. Terrible cosa parece el pertenecer a las filas de los que son odiados por el Dios de la Biblia, como se ha dicho de Esaú, de cualquier otro réprobo en cuanto a fe, de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo. Por lo tanto, uno debe inferir que la promesa del Evangelio va dirigida en forma exclusiva al pueblo escogido de Dios. ¿Quiénes conforman ese conjunto de amigos de Cristo? Aquellos que el Padre amó con amor eterno, para prolongarle su misericordia.

    No existe una lista pública en la cual podamos mirar nuestros nombres, pero la Escritura afirma que existe el libro de la Vida del Cordero, que aquellos cuyos nombres no se encuentran allí pertenecen al infierno como lugar de destino. Sin embargo, el mensaje del Evangelio se anuncia por doquier con la finalidad de que las ovejas del Señor oigan su voz y lo sigan. Una vez que el Espíritu Santo ha regenerado a una persona le da testimonio de que es hijo de Dios, de que su nombre está escrito en ese libro de la vida.

    Jehová tu Dios es Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones (Deuteronomio 7:9). Los que amamos al Señor sabemos que él nos amó primero, por lo tanto podemos amarlo en consecuencia. De lo contrario, si él no nos hubiera amado, no podríamos sentir el más mínimo deseo de añorarlo. Jesucristo es la Roca de Israel, el justo que gobierna entre los hombres, como la luz de la mañana sin nubes, como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra. Dios ha hecho con su pueblo un pacto perpetuo (2 Samuel 23:3-5).

    Dios juró por Sí mismo para mostrarnos la inmutabilidad de su consejo, de manera que como herederos recibamos la promesa, para así tener consuelo en la esperanza puesta delante de nosotros. Esa promesa nos viene como segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios tiene la capacidad suficiente de mantener sus promesas a salvo, habiendo jurado por Sí mismo; además, sabemos que no miente por causa de su naturaleza. Por lo tanto, su capacidad como soberano da certeza perpetua a lo que ha dicho. La buena noticia lleva la impronta de la verdad que no cambia. Si Dios se determina hacer alguna cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo. Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí; y muchas cosas como éstas hace él (Job 23:13-14). Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3).

    Si Dios ha prometido algo, ha ordenado previamente todos los mecanismos para que se cumpla su promesa. Por esa razón la Biblia habla de la predestinación, la ordenación de antemano de todo cuanto habrá de acontecer. Dios no solamente conoce todo cuanto habrá de acontecer, sino que ha ordenado que así suceda y por esa razón lo conoce. ¿Qué hay oculto para su vista? Su alma deseó e hizo; en ese sentido decimos que Él determina de antemano todo cuanto acontece; ¿cuánto más no será de esa manera si pertenece al ambiente del alma humana? Salvó a Jacob, pero condenó a Esaú (Romanos 9:13); amó a uno y odió al otro, pero no porque mirara en las obras de cada uno sino porque así lo decidió su alma, de acuerdo a las inescrutables riquezas de su gloria y al inescrutable designio de su Ser. ¿Acaso no son profundas las cosas que pertenecen al Altísimo?

    Las promesas de Dios no pueden estar sujetas a la conducta de su creación, porque podrían no cumplirse algunas. Ellas están sujetas a su inalterable voluntad, a su inquebrantable amor por aquello que ha decidido amar. He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10).

    El sacrificio del Hijo de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para que crean todos cuantos son ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La salvación implica el rescate del individuo, su libertad comprada, para que no sea más esclavo del pecado. Mientras estuvimos muertos en delitos y pecados, en la incircuncición de nuestra carne, amábamos más las tinieblas que la luz (Juan 3:19), porque éramos esclavos del pecado (Romanos 6:17). Sin embargo, una vez que hemos llegado a creer pasamos a obedecer de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuimos entregados. Es decir, la doctrina del Padre, la enseñada por el Hijo, la que Pablo recomienda a Timoteo seguir. Esa misma doctrina es aquella en la cual debemos vivir y perseverar, de acuerdo a lo dicho en la 2 Carta de Juan, versos 9-10.

    En el evangelio de Juan, capítulo 6, podemos mirar varios de los argumentos de Jesús sobre la doctrina que vino a enseñar (versos 37, 44, 45, 65). La reacción de muchos de sus discípulos fue negativa ante estas enseñanzas, por lo cual dieron murmuraciones y se retiraron con gran queja diciendo: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). El que ha sido redimido ya no duda de esa doctrina, no se va jamás tras el maestro extraño porque desconoce su voz y solamente sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Todo esto forma parte de la promesa de Dios para su pueblo; para los que no son su pueblo no existe tal promesa, por lo tanto están libres de la justicia y andan en sus propios caminos de muerte.

    César Paredes

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  • SIMPLICIDAD DEL EVANGELIO

    El evangelio se manifiesta en forma simple, como la fe de Abel. Aquel primer hombre asesinado creyó a Dios y le llevó una ofrenda propicia y excelente. Su alusión al Cordero que habría de ser sacrificado por los pecados de su pueblo le costó la vida de manos de su hermano de sangre. Su muerte continúa hablándonos (Hebreos 11:4). Hoy día, ese evangelio permanece escondido para muchos, los que tienen el entendimiento entenebrecido por la manipulación del dios de este mundo.

    Decir que las lenguas tomaron sus variaciones cuando se configuraba una torre cuyos edificadores pretendían hacerse un nombre, alejados de Dios en incumplimiento del mandato de esparcirse para llenar la tierra, puede traer la consecuencia de una burla por los que se llaman intelectuales. Eso nos llevaría el calificativo de seres mitológicos, por militar en una creencia dogmática inferior. Pero llegar a decir que la materia va hacia formas complejas, pese a que venimos de seres inferiores gracias a una evolución que se da porque sí, sin Ingeniero detrás de ella, nos merecería un aplauso de los intelectuales que se burlan por causa de nuestra fe pura y simple.

    De inmediato nos despojan con el argumento de falsa autoridad, diciéndonos que los títulos que otorgan universidades de prestigio autorizan a los más doctos a desacreditarnos. Hablan de intentos fallidos hasta llegar al homo sapiens, dicen que hubo muerte antes de que la Biblia hablara de la caída del hombre. Es decir, que esos intentos por aparecer la humanidad en la tierra permitieron la muerte de miles de personas cuyos restos fósiles testifican de esa hipotética realidad.

    Para ello cuentan con argumentos de autoridad como el carbono 14, la radiación emitida y medida, pero nada hablan de que su sistema de medición sea relativo. El creyente tiene esa lucha en los predios intelectuales donde a veces debe concurrir. La amplitud cultural del ámbito universitario pareciera complicar la vida de los hombres de poca fe. La confianza de Abel se fundamentó solamente en el sacrificio del Cordero que habría de venir, en tanto la ofrenda de Caín emergía de sus propias obras. He allí la gran diferencia entre esos dos hermanos biológicos, cuyas almas hablan desde dos posiciones opuestas.

    Abel creyó en un evangelio puro y simple, en tanto Caín siguió la huella de la serpiente en el Edén, convirtiéndose en un hijo del maligno (1 Juan 3:12). Jesucristo hizo todas las cosas (Juan 1:3), así que no hubo experimento evolutivo que ocasionara la muerte antes del pecado entrado al mundo por Adán. Por lo tanto, aquellos registros fósiles de que tanto habla la falsamente llamada ciencia, se muestran como evidencia falaz. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las señala como locura. Nosotros los que hemos llegado a creer, hemos sido marcados como los objetos de burla del mundo.

    Esa burla pudiera ser vista como un tipo de muerte en forma lenta. Al igual que Caín asesinó a su hermano, estos hermanos de la humanidad biológica asesinan a los que profesamos la fe de Cristo. Somos como ovejas llevadas al matadero cuando damos testimonio de la luz. Nuestro salvoconducto en los predios del mundo viene a ser el evangelio antropocéntrico. Si nos presentamos en nombre del evangelio anatema, la crítica disminuye y aparecen algunos aplausos. Al contrario, si nos aferramos a lo que la Biblia dice, seremos ridiculizados en grado extremo.

    La iglesia pagana recibe a sus hijos para instruirlos en el otro evangelio, de manera que sus fieles gozan de renombre en todas las áreas del saber humano. Ellos tienen sus teólogos que recitan la evolución como paradigma científico, otros hablan de una creación evolucionista. Por igual, los conceptos duros de la fe cristiana se muestran metafóricos de épocas oscuras, como bien se califica al infierno de fuego en un sentido simbólico. El Dios de amor no puede crear un lugar de tormento eterno, así que tampoco pudo predestinar nuestros destinos desde antes de la fundación del mundo.

    Al parecer, la ofrenda de Caín sigue teniendo vigencia en la teología contemporánea. Las obras hablan por sí solas, colocando a Dios como árbitro que no se inmiscuye en el sagrado libre albedrío humano. Pero eso no podría llamarse mito o ilusión, ya que toca lo más sagrado del corazón del hombre: su ego y sus obras libres. De allí que surge la tesis de la meritocracia espiritual, un arquetipo con el cual pareciera nacer cada hombre natural. El Cristo que vino a morir en la cruz debería ser visto como el Dios Salvador que vino a ofrecer salvación a toda la humanidad, sin excepción, para que pueda ser tenido como justo y equitativo.

    Así como se ve el creacionismo como una tesis desarticulada de la razón, se ve la redención como una realización potencial antes que actual. Se nos conmina a creer en una evolución que tiende a la complejidad de la matería, afirmándonos que el universo siempre ha estado allí, que Dios es una invención humana junto a todos los mitos. Pero las hipótesis evolucionistas que cambian cuando se ven obsoletas no desestimulan la fe espuria en la falsamente llamada ciencia.

    Pareciera haber un intercambio entre la hipótesis de la evolución y la fe genérica que asume un evangelio diferente al de las Escrituras. En otras palabras, la fe de Caín se recibe con bienvenidas en el territorio del ateísmo y del negacionismo de las Escrituras. Los que perecen en su insistencia de la negación de las doctrinas del evangelio, no serán recibidos en el reino de los cielos. Pero eso no debe importar mucho a quienes de entrada niegan una vida después de esta vida, a los que suponen que venimos del mono, a los que excusan sus conductas basados en los males de la infancia, a los que se vuelven creyentes de que la religión cristiana es opio para los pueblos.

    No en vano esas tres doctrinas vinieron juntas: marxismo, freudismo y evolucionismo. A partir de entonces la humanidad dio un giro hacia su propio abismo, sin saber que con ello también cumplía las profecías de las Escrituras: la maldad aumentada en estos últimos tiempos. Sin Dios como Creador, con la excusa del trauma infantil que brinda el psicoanálisis, bajo la creencia del materialismo histórico marxista, el nuevo hombre ha tenido que dar paso a su desenfreno, ya que no tiene que rendir cuentas a una Deidad que le reclamará por sus malas acciones.

    La burla a los que creen en la Biblia como norma de fe, el descrédito intelectual contra los que profesamos el evangelio de Cristo, ha insistido en proporcionarnos desventura en este mundo. Pero nosotros seguiremos hasta el final, ya que vanidad y solo vanidad es la falsamente llamada ciencia y el evangelio sin conocimiento (Romanos 10:1-4; Isaías 53:11). El fin de todo el discurso, como dijera el autor del Eclesiastés, consiste en creer y temer a Dios, guardando sus mandamientos. Sabemos que esos mandamientos no son gravosos, ya que consisten en amar a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Los apóstoles anunciaron una salvación condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo (Mateo 1:21 y Juan 17:9). El que llega a creer no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

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  • DE LA TIERRA AL CIELO

    Estamos en la tierra y en ocasiones nos preguntamos de dónde vinimos y hacia dónde vamos. La mayoría de las personas no sienten preocupación alguna por su destino, mucho menos se plantean por curiosidad de dónde precede todo lo que nos rodea. Un pragmatismo se yergue sobre las mentes que intentan resolver su día a día, sin que medie incomodidad intelectual en relación al origen y finalidad de todas las cosas.

    Las religiones van apareciendo y mutando, en el intento de resolver algunas proposiciones como respuesta. Pero entre ellas suele haber competencia, a no ser que parezca un aire de eclecticismo que busca resolver la incomodidad y disputa entre sus postulados tan diversos. La visión cristiana del mundo nos compete a cada creyente, pero sigue como un asunto de fe sin que se puede pretender probar cada detalle de lo que plantea la Biblia. Ante el mundo no habrá solución de la disputa, pero eso no significa que la lógica no nos acompañe. Pablo dijo que lo que se veía a qué esperarlo, dando a entender que la fe es la certeza de lo que esperamos y no vemos.

    En ese sentido, la prueba absoluta pudiera estar cercana a la idea de haber visto el hecho que anunciamos, lo cual presupone que ya no sería necesaria la fe. De nuevo, este presupuesto llega como premisa fundamental: lo que se ve, ¿a qué esperarlo? Por esa razón siempre caminamos bajo el paradigma de la fe como certeza de aquello que esperamos y no vemos. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, porque se hace necesario que el que se acerca a Él crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan.

    La fe se nos asemeja a ese saco de piedrecitas que colgaba David cuando se enfrentaba a Goliat, para echar mano a una de ellas y lanzar el disparo en el nombre de Jehová. Salimos cada día a la calle, nos enfrentamos al mundo sea en la casa o fuera de ella, rodeados de gigantes al acecho. Son los principados y potestades los que circundan con su presencia nuestro diario vivir, bajo su odio terrorista que busca sacarnos de nuestro espacio. Esa es una de las causas por las cuales el Señor nos ordenó a vigilar y a no dormir, a estar en guardia con la oración y la palabra.

    La matemática del creyente es sencilla, una simplicidad, pero por su práctica generamos la costumbre de un hábito que nos sosiega en cada momento de turbación. En el mundo tenemos la aflicción, pero el Señor ha vencido al mundo. El mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo, aunque estemos en él por el momento que dure este tránsito hacia las moradas celestiales. Sabemos que el Evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a su pueblo, bajo la condición de la sangre que el Hijo derramó en la cruz. De ese acto deriva nuestra justicia, la cual nos fue imputada en ese intercambio gratuito que hizo Jesucristo: tomó nuestros pecados y nos dio su justificación.

    Los que no creen el la doctrina del Evangelio continúan muertos en sus delitos y pecados. No nos extrañemos por la palabra doctrina, ya que Jesús vino a enseñarnos la doctrina del Padre, en tanto Pablo recomienda que nos ocupemos de ella. Esencial resulta entonces el conocimiento de las enseñanzas de Jesús (cuerpo doctrinal), ya que sin ella no hay Evangelio. Dios nos prometió un Salvador, una persona que habitaría en nosotros, el cual nos llevaría al reino celestial. Eso lo vemos en la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, siempre en referencia al pueblo escogido desde la eternidad. No existe comunismo en Dios, ni democracia, simplemente Él se manifiesta como soberano, como el ejecutor de todo cuanto ha querido. Siendo Todopoderoso, resulta capaz de cumplir todas sus promesas. Su poder se enuncia en los profetas: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra de justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Isaías 45: 23).

    Una prueba del cumplimiento de sus promesas la da Pablo: Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8). Pedro añade que el Señor no retarda su promesa, sino que es paciente para con todos nosotros (los que alcanzamos una fe preciosa, por la justicia de Jesucristo -2 Pedro 1:1) -2 Pedro 3:9. Dios controla en forma total el universo, sin dejar un átomo a la deriva; cada acto de los seres humanos es medido, calificado, bajo el propósito de su providencia. Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13).

    El corazón del rey, la suerte que se lanza en el regazo, los pensamientos de los hombres, todo es controlado por el Supremo Dios. Esaú viene a ser un ejemplo claro del destino prefijado por Jehová, cosa que lo indujo a vender su primogenitura. En cambio, Jacob viene como ejemplo idéntico de lo que acabamos de decir, pero para beneficio de su alma. A ambos creó el Señor con destino prefijado, antes de ser concebidos; a uno odió y a otro amó. Ante esta confesión de la Escritura muchos se levantan en contra, interpretándola de manera privada para torcerla. Se ha objetado que Dios inculpe a quien no puede resistirse a su voluntad, pero de la queja no queda sino el eco de los desdichados que se avientan contra el Todopoderoso. De la tierra al cielo hay solo un camino, definido como angosto y algo estrecho. Se nos ha dicho que Jesús es el camino, así como la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sino por él; pero nadie viene a Jesús si no le fuere dado del Padre. El otro camino, el ancho y espacioso, lleva a un fin de perdición y muchos son los que por él deambulan.

    La predestinación es una doctrina de la gracia, dentro del ámbito de la soberanía de Dios. ¿Desde cuándo predestinó Dios lo que acontecería? Desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a las Escrituras. No predestinó en base a lo que el mundo haría, sino que el mundo hace en base a lo que Él dispuso. Cuando uno lee Apocalipsis 17:17 puede cotejar que los gobernantes de la tierra harán aquello que Dios colocó en sus corazones, para cumplir todas las palabras de Dios. La elección y predestinación no pueden depender de la voluntad humana, como si ella fuere libre; de serlo así no se cumplirían las profecías divinas. El hombre vacila en sus caminos y propósitos, de manera que profetizar en base a lo que el hombre maquina suele ser improductivo como incierto.

    ¿Qué le dijo Jesús a Pedro, respecto a su negación? Que él oraría para que su fe no fallase; es decir, todo está preordenado y Dios así lo ha dispuesto. La determinación divina subyace en la mente de Dios desde la eternidad: el Dios creador de todo cuanto existe no preguntó jamás si debería o no hacer a Adán. Pero aún el Hijo estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de la creación de Adán) para que fuese manifestado en el tiempo apostólico. Esa aseveración encontrada en 1 Pedro 1:20 nos da pie para sostener que Adán tenía que pecar, de otro modo el Cordero de Dios no se habría manifestado como nuestro Salvador.

    Del Señor sabemos esto: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Todos nosotros (los creyentes) estuvimos muertos en otro tiempo en nuestros delitos y pecados, lo mismo que los demás (los que no son creyentes). Es decir, caídos en el pecado como herencia de Adán, fuimos rescatados por el Evangelio, por la palabra de vida, de acuerdo a los planes eternos del Señor.

    El ser humano debe responder al juicio de rendición de cuentas que le queda pendiente; dos caminos en la tierra pero uno solo conduce al cielo. ¿De qué aprovecha al hombre ganar el mundo si perdiere su alma? Esa interrogante debería ser prioritaria en cada ser humano, si en algo estima su eternidad. La carencia de justicia viene como consecuencia natural de la pecaminosidad humana, pero la justicia de Cristo se imparte para poder iniciar la comunión con el Creador. Solamente aquellos por quienes murió Jesús alcanzaremos esa gracia, pero a cada quien le queda preguntarse qué le impide acercarse a Dios. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, dice la Biblia.

    César Paredes

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  • UNA BUENA NOTICIA

    Demos gracias a Dios por su palabra, por causa de toda su gracia otorgada a todo su pueblo. Desde antes de que la tierra fuera, desde antes de la aparición del universo, existió un plan en la mente del Señor. De acuerdo a lo que la Escritura ofrece, Dios nos pensó, nos seleccionó como su pueblo escogido para darlo como fruto del trabajo a su Hijo. Dice Pedro que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo que supone que Jesucristo vendría a morir por esa raza humana que todavía no había sido creada.

    Ese texto de Pedro da mucho por pensar, ya que entendemos que, si el Cordero estuvo ordenado desde antes de que el mundo fuese hecho, Adán tenía que pecar. Ocurrido aquel primer delito en el Edén, se ordenaron de seguida los siguientes pasos. Jehová cubrió con pieles de animales la desnudez del pecado humano, como un símbolo del sacrificio que se impondría en adelante, demostrado por siglos en la educación a su pueblo en esa materia. Le dijo a Eva que su simiente heriría en la cabeza al dragón; más tarde, después de la promesa hecha a Abraham acerca de la cantidad de gente que saldría de sus lomos, Israel aparece en escena como pueblo esclavo en Egipto.

    En aquel acto libertario de Moisés como líder, Jehová (El que es) ordenó la primera pascua. La sangre de aquellos animales en los dinteles de los hogares de los israelitas, presagiaba la sangre del Cordero sin mancha que vendría siglos más tarde. La eternidad se hacía historia, en un acomodo de eventos que si se miran aisladamente no parecieran tener sentido. En su conjunto cantan la gloria de la redención del pueblo de Jehová. No era el animal en sí, ni su sangre como tal, lo que quitaría el pecado del corazón humano, sino lo que simbolizaba en su señalamiento al evento por venir.

    Asimismo, la serpiente de bronce levantada en el desierto apuntaba a Jesucristo, pero cuando el símbolo se convirtió en sustituto de la adoración a Dios tuvo que ser quitado de en medio. Tiempo después, Cordero vino a esta tierra en forma humana, dando testimonio de la luz para unos hombres acostumbrados a las tinieblas. La gracia soberana de Dios se impone sobre el caos que genera el pecado, violentando al mundo que pertenece al principado de Satanás, para perdonar los pecados que testificaban en nuestra contra. Se escribió que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz, para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Lo mismo sucedió con aquella primera pascua en Egipto, cuando el ángel que venía a matar a los primogénitos pasó por alto los pecados de los que se ampararon en aquella sangre que apuntaba a Jesucristo. En la didáctica del pueblo israelita de aquel momento, se sabía que la sangre había de ser colocada por virtud de la obediencia del mandato de Jehová. En su conjunto, a la distancia, el panorama se junta y vemos la importancia del símbolo lejano conjugado con su realización concreta en la historia. Cristo padeció por todos los pecados de todo su pueblo, el justo por los injustos.

    Por las Escrituras, conocemos que cada parte de nuestra salvación se fundamenta en el trabajo de Jesucristo como Cordero sin mancha, sacrificado en beneficio de su pueblo. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), lo que nos indica que su sacrificio dejó por fuera a cada réprobo en cuanto a fe. Pero como él dijo que había venido a morir por las ovejas, sabemos que cada oveja oirá su voz oportuna y lo seguirá a paso firme sin volverse tras los extraños (Juan 10:1-5). Así que seguro andamos desde la regeneración hasta la gloria final.

    Pablo escribió algo que debe ser entendido en sentido pleno por cada una de las ovejas del Señor; dijo que nadie podía traer ningún cargo contra algún escogido de Dios. La razón no es otra sino que Dios es el que justifica, no nuestras obras que pueden ser acusadas como inconclusas o imperfectas. ¿Quién podrá condenar a una sola de las ovejas del Señor? Dios es el que justifica porque Cristo murió y resucitó, y Jehová aceptó su trabajo consumado. Además, Jesucristo está a la diestra del Padre para convertirse en nuestro abogado. No existe nada que nos pueda separar del amor de Dios, nadie que nos sirva de impedimento ante semejante amor; ninguna criatura nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8:30-39).

    El resumen de Pablo nos ilustra en el hecho de que fuimos conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados. Ese conocimiento divino no se trata de algo que Dios tuvo que averiguar, ya que su Omnisciencia lo hace conocedor de todo sin que llegue a conocer. Se trata de un acto de comunión, como muchas veces la Escritura usa ese verbo: Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. A vosotros solamente he conocido de entre todos los habitantes de la tierra. Nunca os conocí (nunca tuve comunión con ustedes). Conoce Jehová a los que son suyos. La palabra hebrea (Yadah) indica tener una relación con la persona que se conoce, como Adán la tuvo con Eva para tener otro hijo. No solamente significa el acto cognitivo, como lo entendemos en nuestra lengua, sino que añade un sentido de comunión estrecho entre el que conoce y el conocido.

    Jehová no necesita llegar a conocer nada (Él es Omnisciente), por lo tanto cuando en estos contextos se habla de conocer se refiere a mantener un contacto íntimo con los conocidos. En Isaías leemos: Y reposará sobre él, el espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de CONOCIMIENTO y de temor de Dios (Isaías 11:2). Es decir, el Cristo tendría espíritu de COMUNIÓN con Dios el Padre, por medio de su obediencia. De igual forma, leemos en Mateo 1:25 lo siguiente: Pero (José) no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús. Se entiende que José era el esposo de María, por lo que sí la conocía (en el plano cognoscitivo del término), pero no tuvo relaciones sexuales o íntimas con ella hasta que dio a luz a Jesús.

    Nuestra buena noticia nos inunda con hechos y promesas, como la que habla del enemigo nuestro que intentará engañarnos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible, como lo asegura el estatus gramatical de la expresión citada: futuro de subjuntivo. Ese tiempo y modo verbal pone de manifiesto una imposibilidad absoluta, lo cual nos embarga de paz ciertísima en relación a nuestra salvación final (Mateo 24:23-24 y Marcos 13:21-22). Los maestros de mentiras vienen y seguirán viniendo con un evangelio diferente, intentando engañar, si les fuere posible, aún a los escogidos de Dios. Como Jesús no miente, también dijo en otra oportunidad lo que antes mencionamos: que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, pero al extraño no seguirán, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:5). Pablo ya nos lo aseguró en lo que citamos de Romanos, pero Jesús por igual lo dijo en forma muy explícita: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 27-29).

    Esa buena noticia nos ampara a cada creyente enviado por el Padre al Hijo, para que tengamos paz y sosiego, para que andemos serenamente rodeado de toda bendición espiritual. En cambio, a los que siguen a Jesús por su cuenta, sin ser enseñados por Dios (Juan 6:45), si oyendo el verdadero evangelio no reciben arrepentimiento para perdón de pecados, lo que les espera es el espíritu de estupor para que crean a la mentira, por cuanto se deleitan en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:3-12).

    César Paredes

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  • COMPRENSIÓN DEL EVANGELIO

    Si usted no ha comprendido bien el evangelio, de seguro todavía el evangelio no ha sido el poder de Dios para su salvación. Si usted posee otro evangelio, tiene mucho de lo cual avergonzarse por cuanto sigue a un dios que no puede salvar. Para Judas Iscariote jamás hubo evangelio, nunca existió una buena noticia de redención. Fue escogido como hijo de perdición y así tuvo que actuar; al igual que Esaú, jamás fue amado por Dios. Si estas cosas de la Escritura todavía le molesta, entonces no ha sido llamado aún con llamamiento eficaz.

    Jesucristo no hizo una expiación potencial, como apostando al azar para ver quién aceptaría su oferta. En realidad, el evangelio jamás ha pretendido ser una oferta sino que siempre ha sido una promesa de redención para el pueblo de Dios. En Génesis 3:15 encontramos una temprana referencia de esta noticia.

    El Señor enseñaba continuamente sobre el tema de la soberanía de Dios. Esa prédica distanció a multitudes de su presencia, pero él continuó anunciando la verdad de su Padre sin importar si a la gente le agradaba o le disgustaba. La palabra de la cruz resulta ofensiva para los que todavía no han sido limpiados, por esa razón incomoda y genera rumores. Se acusa a Dios de injusto por escoger solamente a Jacob y no a Esaú para redención eterna, pero el ser humano parece no darse cuenta de su responsabilidad ineludible ante el dador de la vida. El hombre se computa como inexcusable, quienquiera que sea, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto por medio de la obra de las manos del Creador.

    La luz vino al mundo, la verdad estuvo en medio de la humanidad en el tiempo apostólico, pero la gente amó más las tinieblas que esa luz. El evangelio se anuncia, pero si la gente sigue sin amar la verdad recibirá un espíritu de estupor (de engaño) para que crea en la mentira y se termine de perder. Ese espíritu de estupor es enviado por Dios mismo; por supuesto, ese espíritu de engaño viene en forma variada. Una de sus manifestaciones se aprecia en la teología cristiana torcida de las Escrituras, un hilvanado de mentiras sacadas de las bocas de los anunciadores de ilusiones evangélicas.

    Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trae (afirmaba Jesús). Todo lo que el Padre me da vendrá a mí y yo no lo echo fuera. La condición que coloca Jesucristo para poder acudir a él es que seamos enviados por el Padre. De hecho el Señor dijo: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Existe un conocimiento que el Padre imparte para poder reconocer a Cristo, pero los que descontextualizan los textos de la Escritura se aventuran y apresuran a ir a Jesús por su propia cuenta. Ellos tienen en su haber un prontuario de acciones que consideran probas y necesarias para ser recibidos. Dicen que recibieron al Señor en un día específico, que fue bajo las palabras de tal o cual predicador.

    Su argucia consiste en decir que el que va a Jesús no será echado fuera, pero niegan o esconden la primera parte de la proposición. Esa proposición que dice: Todo lo que el Padre me da vendrá a mí… Se quedan solo con una parte del silogismo: el que a mí viene no lo echo fuera. De la misma manera se conducen con otros textos de la Biblia, como aquel que menciona que Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar (Mateo 11:28). El Señor venía de dar unos ayes por las ciudades impenitentes, de aquellos sitios donde se habían hecho muchos milagros y la gente no se arrepentía. Asimismo, Jesús oraba al Padre, diciendo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26). Fue inmediatamente después de esta oración que Jesús anunció que vinieran a él todos los que estaban trabajados y cargados; es decir, fue después de reconocer una vez más que el Padre es quien esconde las cosas del reino de los cielos de ciertas personas y las da a conocer a otras gentes. Entonces, uno tiene que valorar ese discurso y comprender que va dirigido a los que son elegidos desde la eternidad para el reposo de Dios.

    Esa invitación de Jesús no estuvo dirigida a aquellos a quienes el Padre les había escondido las cosas del reino de los cielos, como el Yo no lo echo fuera tampoco estuvo referido a todo el que quiera ir a Jesús, sino solamente a los que el Padre le envía. Usted puede preguntarse cómo saber si el Padre nos ha enviado hacia el Hijo, pero esa pregunta la responderá cada quien de acuerdo a si ha nacido de nuevo y al evangelio que confiesa. En Juan 10:1-5 Jesús nos enseña que las ovejas que lo siguen no se van jamás tras el extraño, porque desconocen esa voz del mentiroso que pregona un evangelio diferente. Si alguien ha militado por un momento o por muchos años en el evangelio anatema, entonces no ha estado siguiendo al buen pastor porque no ha sido llamado hasta ese momento.

    Cuando la gente se da cuenta de su fe espuria y Dios lo hace nacer de nuevo, allí comienza su relación de oveja redimida con el buen pastor. Pablo tuvo celo de Dios y fue discípulo de un gran maestro de la ley, llamado Gamaliel. Pablo computó como basura toda su vida de seguidor del Dios de Israel, por más de que conocía el Antiguo Testamento y mostraba respeto ante la ley de Dios. No fue sino hasta su cambio de mentalidad que pudo seguir a Cristo, cuando él lo llamó; fue en ese instante en que el Padre lo envió al Hijo, en que Pablo aprendió del mismo Dios lo que le estaba enseñando (Juan 6:45).

    Gente con el corazón engrosado deambula por los espacios de las Sinagogas de Satanás, en la búsqueda de sus hermanos en Satanás. Por eso se congregan de acuerdo al mandato del falso maestro, con un evangelio extraño, mutilado de la verdad. Con fragmentos del evangelio de Cristo unidos a los fragmentos de los mandatos humanos, se muestra a un Jesús hecho a la imagen y semejanza del hombre natural. Pero el Cristo vivo de la Biblia, ese que dijo que nadie podía ir a él si el Padre no lo envía, viene a ser relegado. No les agrada su palabra ni mucho menos su expiación realizada en beneficio exclusivo por su pueblo. A cambio han lanzado un anuncio de un Jesús que murió por todo el mundo, sin excepción, con una salvación potencial que depende del hombre muerto en delitos y pecados. Ante ese Jesús extraño se alborotan y danzan para aclamarlo como su rey. En realidad, están invocando a un dios que no puede salvar.

    Gente que habla de sí misma, son los que buscan su propia gloria. Sostienen que sus propios esfuerzos hicieron posible el plan de Dios, que el Todopoderoso hizo su parte y que ahora les toca a ellos hacer la suya. Se manifiestan hostiles ante la cruz de Cristo, bajo el intento de quitarle su gloria como absoluto Redentor. La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; ante la razón humana esa revelación aparece desagradable. Se cumple lo dicho por Isaías, que el Hijo de Dios vendría sin hermosura como para que lo deseen, de manera que su evangelio parece simple y sin gusto ante la mirada del mundo. El ser humano exige algo más elaborado, algo donde él pueda ser partícipe de su camino a la redención. El Dios de la Biblia se muestra absoluto, Él ha hecho todo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    La Escritura nos dice que hay un grupo de personas que no perecerán jamás, escogidos por el Padre para salvación. El Hijo los ha redimido y el Espíritu los ha santificado. También nos dice la Biblia que muchos perecerán y lamentarán, por haber despreciado ese evangelio que les parece una locura. De todas formas, para los redimidos el evangelio consiste en el poder de Dios para salvación, el mecanismo de la iluminación, del despertar de las mentes, para llegar a ser amigos de Dios.

    Los redimidos lo somos en estos vasos frágiles de barro, donde se deposita el tesoro de Dios. La doctrina del Cristo crucificado suena desagradable ante los oídos del mundo, mucho más la doctrina del Cristo que murió en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). El evangelio es el poder de Dios en la estima de los santos, de los escogidos y apartados desde la eternidad para recibir esta gloria que se habrá de manifestar. ¿Dónde están los hombres místicos que interpretan la palabra de Dios? ¿Dónde están los hombres sabios? Son preguntas que se hace Pablo para colegir que en la sabiduría de Dios quiso Dios usar el mecanismo de la locura de la predicación, para salvar a los que son creyentes; sin méritos en la criatura, sin obras de intervención que propicie nuestra justicia, sino bajo la obra de la cruz.

    Algunos piden señales, otros exigen sabiduría compleja, pero tanto para unos como para otros se presenta a Cristo crucificado: para unos tropiezo y para otros locura. En cambio, para los que son llamados, de uno u otro bando, Cristo es el poder y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios y aún su debilidad (como si la tuviera) es más sabio y fuerte que nosotros mismos. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:26-29).

    César Paredes

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  • EL EVANGELIO PURO Y SIMPLE

    Entender el evangelio de Jesucristo no lleva mucho tiempo, pasa por comprender una proposición del Creador en relación a Él mismo y a su Hijo, por medio del Espíritu Santo. En el principio Dios creó los cielos y la tierra, anuncia el Génesis; en el principio era el Verbo, escribió Juan. Ese principio presupone un comienzo desde la perspectiva humana, pero no indica que Dios haya tenido un comienzo. La eternidad de la Divinidad pasa como algo incomprensible en el plano de la limitación humana, pero tenemos el tiempo como medida y podemos valorar por éste la inmensidad del término eterno.

    La Biblia pone de manifiesto la pequeñez del hombre frente al universo, cuánto más frente al Hacedor de todo. La más mínima partícula que imaginemos, hemos de concebirla como controlada y ordenada por Dios, para que se cumpla de esa manera todo cuanto ha querido. La voluntad divina se nos muestra suprema, dominante, persuasiva, frente a la voluntad humana quebrantada, dirigida, dominada, pero que se exhibe como queriendo existir por cuenta propia.

    Dios ha querido que la humanidad sienta la libertad que no tiene por causa de ser una criatura, aunque exige responsabilidad a cada uno de nosotros. El hombre, corona de la creación, debe un juicio de rendición de cuentas ante su Hacedor. La Escritura afirma que se ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, después de eso viene el juicio. La justicia divina tiene un parangón de elevación muy alta. Por medio de la ley vino el conocimiento del pecado, pero la ley se dio en dos formas: 1) en el corazón, la conciencia o la mente humana; 2) a través de las tablas de Moisés, en forma escrita y precisa.

    La ley no pudo salvar a nadie, se entiende que en ninguna de sus formas (ni en la conciencia ni en la forma de mandatos escritos). Donde abundó la ley abundó el pecado, pero la gracia de Dios creció y se manifestó a la humanidad por medio de Jesucristo. Claro está, dentro del plano de la soberanía divina, esa gracia se manifiesta a los que Dios ha querido manifestarla. Esto lo rechaza la mente humana, siempre irascible contra Dios. El hombre odia a Dios, declara en forma explícita la Escritura; existen los que odian a Dios, dado que la naturaleza humana corrompida continúa en enemistad contra el Creador.

    ¿Cómo puede un Dios justo justificar al impío? Ciertamente no por medio de un indulto sino a través de la aplicación de la justicia. En otros términos, el Hijo de Dios vino para cumplir toda la ley sin quebrantarla en ningún punto. De esa forma se convirtió en la justicia de Dios y en nuestra justificación. Gracias al trabajo de Cristo en la cruz, así como por su vida sin pecado, el Padre nos mira justificados por mediación de la fe en su Hijo. La Biblia asegura que ninguna persona puede venir a Jesucristo si el Padre no lo trae, pero añade que todo lo que el Padre le da al Hijo éste lo resucitará en el día postrero y no será echado fuera jamás.

    También podemos leer en las Escrituras que los creyentes estamos guardados en las manos del HIjo y en las del Padre, el cual es mayor que todos. Ni la muerte, ni la vida, ni lo ancho, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. En tal sentido se nos declara más que vencedores, poseedores de la mente de Cristo, templo del Espíritu Santo, herederos de la vida eterna. Se nos ha otorgado la promesa de concedernos todo lo que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, para nuestra alegría y para la gloria del Señor.

    Hay gente que adora a Dios pero no tiene idea de quién es Él, sino que desconoce su justicia. Ese gran celo mostrado de nada le sirve (Romanos 10:1-4). Una vendedora de púrpura adoraba a Dios, cuando oía a Pablo no fue sino hasta que Dios abrió su corazón que pudo bautizarse (Hechos 16:14). Lázaro salió de la tumba cuando escuchó la orden del Señor, como cualquier ser humano muerto en delitos y pecados que oye la misma voz llamándolo a creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, el que se convirtió en nuestra justicia.

    Existe un trabajo interno de conversión del corazón, pero esa actividad compete a Dios mientras sus objetos de cambio permanecemos pasivos. No depende de nosotros, ni de nuestro querer y hacer, sino de la buena voluntad de Dios en quienes Él quiere. Éramos como ovejas descarriadas, pero ahora hemos vuelto al Pastor y Obispo de nuestras almas (1 Pedro 2:25). Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito, conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios (Jeremías 31:18). Pero le sigue a este acto de conversión una actividad externa en la cual nos involucramos activamente: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíamos en ellas (Colosenses 3:5-7).

    Dios puso enemistad entre la serpiente y la mujer (Eva), y entre la semilla del diablo y la de la mujer (Jesucristo); Él la heriría en la cabeza, pero la serpiente lo heriría en el talón (Génesis 3:15). Desde entonces vivimos en medio de un escenario de batalla espiritual con efectos en la historia humana, con la desolación del pecado heredado por la vía de Adán (porque en Adán todos mueren). En Cristo, en cambio, todos vivimos. Ese todos vivimos va referido a todos aquellos que el Padre amó desde la eternidad para dárselos a su Hijo como herencia.

    El Evangelio procede de una semilla incorruptible, fue dado como promesa a Abraham, por lo cual la Escritura afirma: En Isaac te será llamada la Semilla (la cual es Cristo: Gálatas 3:16). He allí el evangelio puro y simple que se nos ordenó anunciar al mundo. A partir de ese anuncio, todas las ovejas que sean llamadas eficazmente creerán y seguirán al buen pastor; habrá ovejas que todavía no serán llamadas sino más tarde, en cualquier momento de sus vidas, de acuerdo al plan de Dios. Las cabras no escucharán con gozo este mensaje, sino que se incorporarán al rebaño para molestar a las ovejas.

    Esas cabras traen los falsos anuncios de salvación, enturbian la fuente de agua limpia, tuercen la Escritura para su propia perdición. De ese sitio provienen los falsos maestros, los que enseñan mentiras como doctrinas de demonios, los que convierten la gracia en salvación por obras. Esas cabras suponen que fueron regeneradas por sus propios esfuerzos en combinación con la gracia de Dios, pero esa mezcla evidencia una palabra corrompida. En cambio, nosotros hemos sido regenerados, no de la corruptible semilla sino de la incorruptible, de la Palabra de Vida de Dios, la que permanece para siempre (1 Pedro 2:23).

    La semilla corruptible viene bajo maldición (Gálatas 1:8-9), por lo cual conviene tener en cuenta que no puede haber transición alguna entre lo corruptible y lo incorruptible. Los que hemos creído el evangelio puro y simple lo hemos hecho gracias a la incorruptible semilla que nos fue dada (Juan 17:20). Esa palabra de aquellos primeros apóstoles vino sin contaminación alguna, de forma que tenemos la seguridad de que jamás nos iremos tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Los de la palabra corruptible o anatema irán siempre tras el extraño, con una doctrina diferente, llamarán Jesús a su falso Cristo, que no es el mismo de las Escrituras. Por esa razón confunden un poco a primera vista, pero cuanto probamos sus espíritus sabemos que no son de Dios. Satanás mismo junto a sus ministros se disfrazan de ángeles de luz. Los de la semilla incorruptible crecemos en gracia y conocimiento (2 Pedro 3:18); de cierto que este crecimiento viene como consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz admirable (1 Pedro 2:9). El Espíritu de Cristo no llama a nadie de las tinieblas a las tinieblas, empero el espíritu del Anticristo sí que lo hace: su interés consiste en que sus esclavos continúen en la oscuridad doctrinal.

    En vista de lo acá dicho, llamamos a todos aquellos que han oído y seguido el evangelio de la gracia para que continúen con la verdad siempre. No puede ser de otra manera, la palabra dura de oír de Jesucristo espantó a muchos de sus discípulos (Juan 6), ya que cuando no se ha recibido el llamamiento eficaz la gente imita el seguir a Cristo, vive en una ilusión que los adormece más, hasta terminar definitivamente con el espíritu de estupor para perderse tras la mentira. La razón de ello, entre otras cosas, se debe a que no aman la verdad. En realidad ellos continúan siendo enemigos de Dios, dando el mal fruto de un mal árbol, el cabezazo de las cabras, aunque se cuelen a la fuerza en el rebaño de las ovejas.

    Los falsos pastores se llaman asalariados, buscan su propio vientre, huyen frente al lobo y no aman a las ovejas. No pueden amarlas porque no han sido amados por el buen pastor. Pero el Señor tiene todavía pueblo en Babilonia, así que le continúa diciendo que salga de allí, para que no continúe bajo sus plagas. Juan advierte a los creyentes para que no le den la bienvenida a los que no viven en la doctrina de Cristo, porque los que se extravían no tienen ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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