Categoría: EXPIACION

  • NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MI

    Las palabras de Jesucristo acerca de la imposibilidad de ir al cielo a no ser a través de él y por él, caen como una sentencia de fatalidad para todos aquellos que jamás han oído del Evangelio. También son una espada en contra de los que habiendo oído no han querido escuchar; pero bien sabemos que quien no quiere tampoco ha podido. Sí, Jesús afirmó que seríamos enseñados por Dios para poder venir a él una vez que hubiésemos aprendido (Juan 6: 45). Pero ¿quiénes son esos todos que seríamos enseñados por Dios? De seguro no fueron los que perecieron en el diluvio universal, ni los millones que mueren en la ignorancia en cuanto a la noticia de la redención.

    La Biblia ha sido clara al decirnos que el Padre hizo una predestinación, una elección de un pueblo para dárselo como herencia al Hijo. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que no quiso rogar por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Jesús, en consecuencia, representó en la cruz a su pueblo solamente, no al mundo por el cual no rogó. La eternidad sin Cristo es un infierno del cual no se escapa; a ese lugar van los soberbios que presumieron de sus ídolos y de sus obras. Un ídolo es aquello que reemplaza a Dios, incluso puede ser un constructo mental que emula al dios que la gente desea concebir. Así que un ídolo no siempre es un muñeco de cerámica, si bien todo lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:19-21).

    Ciertamente, un ídolo es nada porque no tiene nada que ver con la Deidad, ni está a nivel de Dios. Los antiguos sacrificaban a los diablos y no a Dios, en tanto los nuevos dioses que descubrieron en nuevas tierras fueron adoptados como sus divinidades (Deuteronomio 32:17). Aunque se hiciera el sacrificio con la intención de que fuese al Dios de la Biblia, incluso bajo esa pretensión, ya los demonios han hecho morada en esos ídolos. El idólatra realiza una alabanza idolátrica, pero debe entender que la eternidad infernal está preparada para el diablo y sus ángeles; en consecuencia, todos los que practican las obras del diablo van a igual destino que los demonios. Los creyentes deben saber que no conviene beber la copa del Señor y la copa de los diablos.

    Las deidades paganas fueron filtradas en la cultura de muchos que profesan el cristianismo. Gran cantidad de personas han llegado a creer que el acto de rendirle tributo a una figura con un nombre bíblico santifica el sacrificio. Se debería traer a la memoria la imagen de la serpiente de bronce levantada en la época del viejo pacto; esa escultura que representaba a Cristo (Juan 3:14-15) llegó a ser objeto de culto y hubo de ser derribada. Allí hay una gran enseñanza de prevención para los que se dan a la tributación de honores a esas figuras que consideran santificadas por solo tener un nombre arrancado de la Biblia. La iglesia católica a partir del Concilio de Trento eliminó el mandamiento de no hacerse imagen de lo que está arriba en el cielo, o debajo de él en la tierra o debajo de ella; eliminó por igual el mandato de no adorarlas. De esa manera la feligresía que ahora puede leer la Biblia en lengua vernácula no encuentra inconveniente alguno para realizar tal acto pagano.

    Sin embargo, quedó como testimonio para el catolicismo -que desea inquirir en la verdad- la Biblia Vulgata que sí contiene en latín tal mandamiento. Una simple comparación verificará que durante siglos la misma iglesia católica poseía el mandato en las Escrituras que leían los párrocos y demás frailes. A pesar de esa prohibición, se dieron al servicio de los ídolos y a la participación de la copa con los demonios. De no ser así, ¿cómo es que a partir del Concilio de Trento quitaron tal mandamiento bíblico, tras la aparición de sus vernáculas Biblias?

    Bajo la claridad de que ir al Padre implica ser llevado por Él mismo hacia Cristo, entendemos que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios, sino que está muerto y yace insensible como una piedra endurecida. Nuestra elocuencia argumentativa no podrá mover esa piedra pesada, como tampoco fue suficiente el milagro de los panes y los peces ante aquellos discípulos de Jesús que se retiraron dando murmuraciones contra su doctrina (Juan 6: 60-61). El hombre natural no recibe la cosas del Espíritu de Dios porque para él son una locura. La gracia divina es la que cambia el corazón de piedra en uno de carne, pero para eso solo Dios es suficiente. Él dará su gracia a quien Él quiere darla, mas endurecerá a quien quiere endurecer (Romanos 9: 18).

    Sabemos, no obstante, que la fe viene por el oír la palabra de Cristo. Conocemos que sin anuncio del Evangelio no habrá redención posible, ya que ese es el medio para alcanzar el fin supremo de la redención. Pero ese medio se muestra eficaz para dos cosas: 1) para salvar a los pecadores cuando el Espíritu dé vida; 2) para llevar endurecimiento a los que se resisten a la palabra, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:8). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

    A partir de las lecturas de la Biblia el acto de creer parece ser muy sencillo, pero desde el plano del examen de la Escritura sabemos que el corazón de piedra debe ser removido por el Espíritu para instalar el de carne. Es necesario nacer de nuevo, si bien eso no depende de voluntad humana alguna sino de Dios. El predicador no habrá de jactarse en su prédica, pues no es su esfuerzo el que atrae el alma a Cristo; el pecador tampoco debe hacer alarde de su decisión, ya que es el Señor quien resucita. El nuevo nacimiento puede dar mucho gozo al espíritu humano, pero por igual hace temblar al más fuerte de los convertidos. El reconocimiento del Dios Todopoderoso hace entender al converso que todo ha sido obra de Dios, y si Él no hubiese intervenido continuaríamos como los demás mortales en los delitos y pecados.

    Antes mencionamos a los soberbios que caminan hacia el infierno, por causa de sus ídolos y de sus obras. Ya definimos el ídolo como nada pero guarida de los demonios; ahora nos referimos a las obras que tampoco salvan. No se trata de gracia más la obra mía, ya que entonces la gracia no sería tal sino pago por un trabajo. Aquellos que afirman que Dios hizo su obra y espera por la suya están desvariando tanto como los idólatras. El propósito de Dios conforme a la elección continúa prevaleciendo, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Los que aseguran que Dios vio desde la eternidad pasada el futuro de cada quien y eligió a los que debían ser salvos, están en completo equívoco. La Biblia asegura que todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, que solo existen muertos en delitos y pecados, que no hay quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. La elección no se basó en méritos personales de la gente, sino en el propósito de la voluntad del Elector. Ni la elección es arbitrariedad ni la gracia es un capricho.

    Dado que nuestra suficiencia procede de Dios, la persuasión argumentativa no basta para llevar un alma a Cristo. La lógica pura tampoco logra transformar un corazón empedernido, ni siquiera la vida pietista que muchos demuestran con su asceta manera de afrontar la existencia. Dios aborrece los sacrificios y las ofrendas de los impíos, pero se complace en las oraciones de los justos. Y es que la oración y acción del impío proviene de un corazón que no está reconciliado con Dios, en tanto la oración del recto viene como expresión sincera de fe y de la dependencia en el Señor. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios (Romanos 5:1). El hecho de ser justificados nos indica que poseemos una relación pacífica con Dios, cosa que no existía bajo el régimen de esclavitud al pecado.

    No sabemos cuántas veces el ladrón había escuchado en la cárcel sobre el hombre hacedor de milagros, el llamado Cristo prometido para Israel y para los gentiles. Lo cierto es que junto al Señor su alma fue despertada y pudo reconocerlo, por lo tanto pudo suplicarle que se acordara de él cuando volviera en su reino. Ese corazón fue transformado en la cruz, pero el espíritu endurecido de su colega al otro lado lo mantuvo cautivo al pecado. El ladrón arrepentido alcanzó misericordia, el corazón que mostraba cinismo condujo al otro malhechor al destino también preparado desde la eternidad para todos los impíos.

    ¿Qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¿Por qué eligió a uno solo de los dos ladrones que morirían al lado de Jesucristo? Solamente la gloria de Dios está en juego en todo esto que vemos descrito en la Biblia, pues la justicia y castigo contra el pecado da honor a su nombre. Los pecados de los creyentes fueron castigados en Jesucristo, pero los pecados de los condenados jamás se pagarán en la eternidad. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo (Hebreos 10:31). El creyente es llamado a tener paciencia y a mantener la fe, bajo la promesa de la herencia eterna en los cielos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA PIEDRA DEL ÁNGULO

    La piedra fundamental de la construcción fue desechada por miles de edificadores, de manera que su edificación sobre la arena confeccionó una estructura débil ante los embates naturales. La teología bíblica gira en torno a la expiación de Cristo, lo que él hizo en su vida y con su muerte, la exhibición de su sacrificio en ofrenda por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21). Ni uno más ni uno menos, solamente los escogidos de Dios fueron llamados como pueblo suyo, el objeto del trabajo en la cruz hecho por Jesucristo. Esto se muestra como parcialidad divina, aunque el ser humano no tiene facultades para juzgar a Dios.

    Vendido al pecado, cualquier individuo en estado natural se muestra imposibilitado para siquiera desear la medicina que cure su alma. La muerte en delitos y pecados es la descripción de lo que sucedió en el Edén. La caída de Adán fue federal, de manera que cada ser humano hereda de su padre el pecado de la desobediencia, para hacerle caso a Satanás, para inferir que puede ser más astuto que el Creador.

    Hay muchos Cristos, pero uno solo es el verdadero; muchos evangelios, si bien existe uno solo. De esta forma no todos los que exclaman que siguen a Cristo en realidad están siguiendo al Señor de las Escrituras. Debemos tener en cuenta el centro del evangelio, la expiación de Jesús. El hecho de ser inclusivos no nos permite juzgar con justo juicio, por lo cual muchos pasan por alto lo que dice la Biblia. Cristo no vio corrupción, como lo dice uno de los Salmos; su carácter santo hace que Jesús anuncie perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés no puede nadie ser justificado (Hechos 13:29), pero por medio de Jesucristo es justificado todo aquel que cree. ¿Y quién es el que cree o qué es lo que se ha de creer?

    LOS QUE CREEN: Después de que Pablo y Bernabé hubieron anunciado en medio de los judíos el evangelio, se dirigieron a los gentiles para que se cumpliera la Escritura. Estos gentiles que los oyeron glorificaban la palabra del Señor, de forma que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Este hecho tiene un vínculo absoluto con la propiciación, con el trabajo de Jesucristo; Jesús había muerto para limpiar los pecados de su pueblo. ¿Cómo lo sabemos? El texto de Lucas lo enseña: creyeron solamente aquellos que habían sido ordenados para vida eterna.

    Tal vez Lucas no fue muy inclusivo, como sí que ha sido inclusiva la congregación eclesiástica a lo largo de los siglos. En favor de Lucas habla Jesús mismo, cuando Juan recoge sus palabras en el Capítulo 6 de su Evangelio. Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:37, 44). Se deduce que Jesucristo no murió en favor de los que el Padre no le enviará nunca, sino que solamente se sacrificó por los que el Padre le dio y le daría (Juan 17: 9, 20). Si alguno predica otro evangelio ha de ser considerado anatema, esto es, maldito. Estas últimas palabras fueron escritas por el apóstol Pablo.

    LO QUE SE HA DE CREER: ¿Cuál es ese otro evangelio? En resumen, aunque haya una gran cantidad de mensajes supuestos de parte de Dios, estos se evidencian por la inclusión inferida de la supuesta expiación universal de Jesús. Como si el Señor hubiese hablado en vano, como si el Espíritu hubiese inspirado a Lucas equívocamente, el evangelio de la expiación universal hace Jesús como si hubiese derramado su sangre por los que se pierden. Esa asunción devela una blasfemia contra el sentido de las Escrituras.

    El propósito de Jesús no fue salvar a Judas Iscariote, ni a los que mueren sin perdón de pecados. Jesús murió por los que fueron ordenados a vida eterna, como lo fue Jacob, pero no murió en favor de Esaú o del Faraón. Si esta teología parece muy intrincada será por la abstrusa manera de pensar del incrédulo. ¿Vamos a decir que Dios es injusto? El objetor que Pablo levanta en Romanos 9 asegura que hay injusticia en Dios porque Esaú no pudo resistir la voluntad del Todopoderoso. De esa manera la objeción se vuelca sobre el tema de la libertad, ya que no habría pecado que culpar si la persona no es libre de no pecar.

    Pablo reconoció su naturaleza humana (Romanos 7) pero no por eso encontró a la ley como algo malo, sino que al contrario la encontró muy buena. Simplemente comprendió que gracias a Jesucristo sería un día liberado del cuerpo de muerte del pecado. Dios ha dicho que de las tinieblas resplandecerá la luz, de la manera como ha resplandecido en el corazón de cada creyente. Este resplandor ocurre para alumbrar nuestro entendimiento, para el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Ese resplandor divino debe ser suficiente para que entendamos el propósito de la redención de Jesucristo, el alcance de su trabajo en la cruz, la revelación del concepto de la justicia de Dios. Los que cavilan dando tumbos en el área de la expiación, de seguro están posados en otro fundamento distinto del que sobreedificaron los apóstoles. Jesucristo vino a ser la piedra de tropiezo que hace tropezar a muchos, la roca que los hace caer. Tropiezan porque no obedecen a la palabra, para lo cual también han sido destinados (1 Pedro 2:8).

    Fue Pedro quien nos dijo que Jesús estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestados en esta era de la iglesia (1 Pedro 1:20). Este texto nos conduce inequívocamente a entender que Adán tenía que pecar para que se cumpliera el destino divino acerca de Jesús como Hijo del Eterno. Por otro lado, el mismo apóstol nos dice casi de inmediato que muchas personas ya fueron destinadas para desobedecer a la palabra, que no es otra cosa que la doctrina de Jesucristo, el Verbo de Dios. Estas dos citas mencionadas (1 Pedro 1:20 y 2 Pedro 2:8) sirven para estudiar en conjunción con lo dicho por Juan en su Capítulo 6 de su evangelio. Asimismo, recordamos a Lucas con sus Hechos de los Apóstoles, cuando señaló que creyeron aquellos que habían sido ordenados para vida eterna.

    Finalmente, agregamos 2 citas a tener en cuenta en esta reflexión: Apocalipsis 13:8 y 17:8, fáciles de recordar. De esta manera, como el viejo adagio dice, al buen entendedor pocas palabras, lo que nos lleva a comprender que los que siguen a la bestia lo hacen por la misma razón por la cual existió un tipo como Esaú: sus nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Por supuesto que la expiación de Jesús fue prevista y oficiada en favor de todo su pueblo, como lo afirma el evangelio de Mateo (1:21). Lo que se le añada o se le quite a la palabra revelada, forma parte de la tarea realizada por los practicantes del otro evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FRASEO BÍBLICO

    Muchos embajadores del cristianismo andan divorciados de la doctrina de Cristo. Ellos se conforman con el fraseo bíblico, hablan de la muerte de Cristo por los pecadores y celebran lo que la historia denomina el conjunto de fiestas de la cristiandad. También pueden hablar de la gracia de Dios, de los atributos del Eterno, pero lo hacen para simular su fidelidad a ese Dios y pretender que no sean confrontados con su palabra. La soberanía de Dios la valoran como un misterio en el cual conjuga también el libre albedrío humano. De esta forma participan del sentir de la mayoría de la raza humana, más allá de sus distintas religiones.

    Al parecer, esa gente que así actúa y piensa ha construido su casa en la arena. La Biblia nos enseña que los creyentes cristianos hemos de contender ardientemente por la fe que fue una vez entregada a los santos (Judas 3). De igual manera esa palabra nos recuerda que Dios no dará su gloria a otra persona, que nada tiene que ver con esculturas o con idolatrías. Los falsos dioses son parapetos de los demonios, quienes están detrás para engañar a multitudes. Pablo afirma que un ídolo no es nada, pero que los que sacrifican a sus ídolos a los demonios lo hacen (1 Corintios 10: 19-22).

    Así que al venerar un santo, una virgen, una imagen divina cualquiera que se haga la gente, solo se rinde tributo al príncipe de las potestades del aire. Jehová no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Nuestro celo por la casa de Jehová nos consume, así que hemos de demoler todo argumento pretencioso contra su revelación. Los ídolos no son hechos solamente de madera o bronce, ni de cerámica o a creyón: ellos también se dibujan con la mente, siguiendo los parámetros y medidas de la doctrina que se ajusta más a la carne humana. Un ídolo puede ser un constructo mental-religioso fundamentado en textos bíblicos aislados, en concepciones teológicas de algunos abstrusos iluminados, de la mezcla de la revelación pública de la Biblia y la interpretación privada que se haga de ella.

    Cuando el creyente lleva cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, se logra demoler el argumento contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Solo de esta manera podrá resolver las falacias que ha incrustado en su mente, en su memoria, bajo los hábitos rumiantes que el corazón rebelde maquina contra lo que la Escritura expone. Los asuntos básicos de la fe (como la expiación, su alcance y su propósito) deben ser expuestos continuamente, para confrontar en especial a los que vienen en nombre de la fe cristiana. Recordemos que si esa gente no es salva Dios puede usar nuestra confrontación para cambiar sus corazones.

    Se oye repetidamente el absurdo del alcance de la expiación de Cristo: que pese a que Dios desea que cada ser humano sea salvo, pese a que mostró su gracia para con toda la humanidad, sin excepción, la muerte de Cristo solo alcanza para un grupo determinado que lo acepta. Con este argumento vemos una contradicción, que Dios desea algo que no puede alcanzar. Otros apuntan a que el sacrificio de Cristo es suficiente para toda la humanidad, sin excepción, pero solamente eficaz para los escogidos. En este punto tenemos que mirar la Escritura para escuchar su consejo: la predicación del evangelio tiene el propósito de salvar a unos pero de endurecer a otros (2 Corintios 2:15-16).

    Ciertamente, Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9); espantó a sus seguidores por causa de su doctrina, que les pareció a ellos una palabra dura de oír (Juan 6:60). De manera sencilla hemos de entender que el evangelio no puede ser considerado una oferta para todo el mundo, sino una promesa de Dios de salvar a todo su pueblo escogido. Ante esta realidad muchos se preguntan al igual que aquel objetor levantado por Pablo en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Otros continúan diciendo: ¿Habrá injusticia en Dios?

    La Biblia jamás ha anunciado que la expiación de Cristo haya sido universal. De hecho, millones de personas han muerto sin conocer a ese Jesús de la Biblia, muchos continúan muriendo sin siquiera haber oído de él. ¿Cómo, pues, puede alcanzar esa expiación a esa gente? No hay universalidad absoluta en tal expiación, simplemente es un decir de la falsamente llamada teología cristiana. El hombre caído en su naturaleza pecaminosa no puede comprender que la justicia de Dios exija castigo por la infracción. Si Dios imparte su gracia para algunos, se le considera injusto por haber excluido a otros. Pero hay que entender que la misericordia o la gracia no son derechos del pecador sino dádivas de Dios que da de acuerdo a sus planes eternos.

    Un gusano carcome el craneo de la humanidad, como una oruga hace hueco profundo en el alma de las personas. Ellas piensan que la redención humana debería estar condicionada en la actitud y actividad del pecador; de esta manera ha sido elaborado minuciosamente el evangelio de las buenas obras. Terrible cosa les resulta a estas personas el descansar en la voluntad absoluta del soberano Dios, ya que no desean oír la voz que les dice que Él nunca los conoció. En lugar de escudriñar las Escrituras que dan testimonio de Dios, donde está la vida eterna, las presunciones de los anti doctrina de Cristo se hilvanan con el sentir popular. Para ellos, el Dios justo es aquel que mira las obras de los hombres y valora sus esfuerzos.

    Nosotros que anunciamos el evangelio de Cristo, sostenemos por igual que de no haber sido por la gracia de Dios nadie sería salvo. La voluntad humana se ha corrompido, Dios ha declarado que no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). La humanidad cristianizada ha pervertido la doctrina de Cristo, algunas agrupaciones religiosas han sacado textos de la Biblia, los que antes sí aparecían en sus versiones antiguas. Para un ejemplo baste con señalar que los Diez Mandamientos la versión de la Vulgata Latina, de Jerónimo, los contenía como los contiene la Reina Valera protestante. Sin embargo, a partir de las discusiones con la Reforma decidieron quitar el mandamiento referido a no hacerse escultura o imágenes de lo que esté arriba en el cielo, o en la tierra, o debajo de las aguas; el mismo mandato que prohibía adorarlas o inclinarse ante ellas. Al hacer desaparecer ese mandamiento en sus traducciones vernáculas, desglosaron otros para que siguieran apareciendo Diez Mandamientos.

    Los mismos católicos pueden acudir a la versión de la Vulgata Latina (de Jerónimo) -Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos- y se darán cuenta de esa fechoría hecha por el clero romano que va en contra de la buena fe de los feligreses. ¿Por qué no investigan un poco más? Cristo ordena escudriñar las Escrituras, no necesariamente aprender ideologías o teologías ajustadas a los intereses políticos, económicos o religiosos de algunos grupos. Envueltos en el evangelio de las obras, católicos y protestantes deambulan hacia un abismo infinito, bajo la égida de que merecen la redención por causa de lo que hacen. Dicen que Dios hizo su parte, pero que a cada quien le toca hacer la suya. Sin embargo, esa aseveración niega la Escritura misma: Dios tiene misericordia de quien quiere Él tener misericordia, se compadecerá de quien quiere compadecerse (Romanos 9: 15-18).

    Si la redención no depende de quien la quiere, ni del que corre o se esfuerza, sino de Dios que tiene misericordia de quien Él ha querido, ¿por qué la jactancia humana? Dios mismo ha revelado que odió a Esaú antes de que hiciera algo bueno o malo, así como amó a Jacob antes de que hiciera algo bueno o malo (Romanos 9:11), para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. En realidad, el Dios que nos escogió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1), y que nos ha salvado, nos mantendrá en sus manos (Juan 10: 27-29).

    Nuestras buenas obras siguen a la fe que se nos ha dado; ellas no son la causa de nuestra redención sino más bien un testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas por causa de Jesucristo. No se engañe diciendo que cree en Cristo Jesús, sino más bien investigue e inquiera en cuál Cristo está creyendo. Ese Jesús de la Biblia dijo que se levantarían muchos falsos Cristos y que muchos vendrían en su nombre, siendo erróneos anunciadores de la verdad; así que conviene preguntarse siempre a cuál Jesús estamos sirviendo. Mucho cuidado con aquellos expertos en fraseo bíblico, pero cuyos corazones andan por el camino de la perdición o de la anti doctrina de Jesús.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LIBRA MI ALMA DE LOS MALOS CON TU ESPADA

    El Salmo 17 contiene esta oración de David, en la que pide a Jehová que lo libre de los malos. Estos son hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida, a los que les sobra para derrochar aún con sus hijos. En otras palabras, son gente que circula alrededor de ellos mismos, tienen a sus vientres como el dios que los guía, no se sacian de pecar y no sienten congojas por su muerte (Salmos 73). Vienen a este mundo y piensan que todo se trata de ellos, de cómo ser feliz en tanto gravitan en esta tierra, sin que piensen en el valor de su alma sacrificada por los tesoros de este tiempo.

    Dios posee un pacto de redención con una profunda implicación teológica, ya que en su infinita sabiduría se ha propuesto junto con el Hijo llevar a cabo la redención de su pueblo. La Biblia nos relata sobre el Dios soberano, con autoridad y poder suficientes para gobernar cada parte de su creación, por lo cual dentro de su ejercicio de soberanía reclama obediencia de cada persona creada. Porque es Dios ha ordenado que el mundo se comporte como lo vemos, bajo el parámetro de la desobediencia a su ley, siguiendo el instinto de la carnalidad pecaminosa del hombre caído en el Edén.

    El mundo como jauría contiene un rebaño de elegidos del Padre. Somos seres humanos sujetos a pasiones vergonzosas, lo mismo que Elías el profeta y que todos los demás mortales. La Biblia nos asegura que esa elección surgió por el puro afecto de la voluntad divina, sin que mediara obra nuestra ni pasada ni futura, para que la gloria de la redención transcurra por causa de quien elige y no por razón del elegido. El Hijo de Dios fue ordenado como Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo cual abre el paradigma del pecado como necesidad para que el hombre creado cayera en el error. Sin pecado no hay redención, pero con el pecado sí que hay condenación.

    Dios no perdonó a los ángeles caídos sino que los destinó a condenación eterna. Gran parte de la humanidad también ha sido condenada desde siempre, sin que Dios la amara para redimirla. A ellos les entregó este mundo, junto con su príncipe, para que en esa administración hostil las ovejas elegidas valoren y anhelen esa redención tan grande. El apóstol Pablo nos habla de la alegoría de Sara y Agar, con lo cual ilustra sobre la relación que tenemos como creyentes en Cristo. Por un lado estamos los hijos de la promesa (los que hemos nacido de nuevo, habiendo sido escogidos desde antes de la fundación del mundo -Efesios 1), en tanto por otra parte están los que siguiendo en la carne nos persiguen (Gálatas 4:29).

    Los enemigos de Dios son nuestros enemigos, ellos claman contra nosotros y no quieren que seamos unidos como iglesia. Lo mismo se escribió en uno de los Salmos de la Biblia, en el 83, refiriéndose a la consulta de los aliados contra Israel: Venid y destruyámoslos para que no sean nación, y no haya más memoria del nombre de Israel (Salmos 83:4). Nosotros como pueblo de Dios hemos sido justificados por medio de una acción legal, de parte de Dios; la Escritura se cumplió cuando dijo: Y fue contado con los inicuos (Marcos 15:28). Habla de Jesucristo como Cordero, quien recibió el pago por nuestras iniquidades. Nosotros también somos contados como ovejas para el matadero (Romanos 8:36), de manera que no tomamos nuestra vida como algo más importante que la gloria de Dios que nos habita. Jesús fue tenido como un transgresor, no siendo él uno de ellos; simplemente fue hecho pecado aunque jamás pecara.

    El Padre ejecutó al Hijo por causa de llevar en sus hombros los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). No cargó Jesús con los pecados de Judas Iscariote, ni del Faraón de Egipto, ni de ninguno de los enemigos señalados en el Salmo 83 antes mencionado. No llevó el pecado de Esaú, odiado desde antes de ser concebido, sin miramiento a sus obras (Romanos 9:11). Si Jesucristo sufrió y murió por todos sus representados en la cruz, la justicia de Dios exige que no seamos condenados, ya que nuestros pecados fueron imputados a él. A cambio obtuvimos su justicia por lo cual hablamos de Cristo como nuestra pascua (1 Corintios 5:7). El salmista escribió: Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:2).

    La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo va para todos los que creen en él, ya que por haber pecado estuvimos destituidos de la gloria de Dios hasta que fuimos justificados gratuitamente por su gracia. Esto se hizo mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3: 22-24). Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 8:6), ya que las obras son un fruto de nuestra justicia para alabanza a Dios (Filipenses 1:11). Si la justicia de Jesucristo ha sido cargada en la cuenta de alguna persona en particular, esos pecados fueron cargados por el Señor bajo la ira de su justicia. Por lo tanto, esa persona beneficiada por la cruz de Cristo no será jamás castigada por sus pecados lavados en la sangre del Cordero.

    La imputación de la justicia de Cristo a favor del creyente constituye su medio de justificación. Imputación y justificación están relacionados con la salvación del creyente. Así que los que niegan este trabajo eficaz del Hijo de Dios, los que condicionan esta salvación gratuita a actos de voluntad de los muertos en delitos y pecados, niegan el centro del evangelio. Jesucristo no murió por todas las personas, sin excepción, sino solamente por sus ovejas (Juan 10:1-5; 26). Si alguien no cree que el trabajo de Jesucristo es lo único que establece la diferencia entre salvación y condenación, entre cielo e infierno, sino que alega su auto justicia, un trabajo conjunto entre Jesús y el pecador, apegado a su propio esfuerzo, su voluntad y disposición, está blasfemando del trabajo y propósito de Dios.

    Sencillamente, negar la predestinación, la elección incondicional, el sacrificio del Hijo en pro de todo su pueblo, bajo el alegato de una expiación universal, inclusiva, democrática, presupone pisotear y tener por menos la sangre de la redención. Es como decir que aquellos que padecen en el infierno de fuego fueron redimidos por Cristo, pero al final se perdieron porque esa sangre no fue suficiente para ellos. Es como afirmar que el trabajo de Cristo resultó en vano, como si el infierno fuese un monumento al fracaso de Jesús. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, éste sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! Participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EXCELENCIA DEL TRABAJO DE CRISTO

    El trabajo de Cristo en la cruz generó la absoluta justificación de todos a cuantos representó. No fue un trabajo potencial, como afirman muchos que manifiestan un evangelio antropocéntrico; más bien fue un trabajo actual y eficaz, como asegura la Biblia. En Mateo 1:21 tenemos una declaración efectiva para asumir la excelencia del trabajo de Jesucristo. El ángel le dice a José en su visión que debería colocarle el nombre Jesús al niño por nacer, ya que él salvaría a su pueblo de sus pecados. El significado del vocablo Jesús es Jehová salva.

    Fijémonos que no dijo que salvaría al mundo, o a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo. Ese pueblo está conformado por todos los creyentes en su fe, los cuales nos son engendrados por voluntad de carne ni de varón, sino de Dios. Dado que toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), se entiende que el ser humano posee una incapacidad natural para acercarse o desear a Dios. Él sigue siendo sin atractivo para el alma natural y caída, por lo cual se hace imperativo el nuevo nacimiento que da solamente el Espíritu Santo. Él sopla de donde quiere.

    Recordemos por igual lo que nos dice la Carta a los Romanos, que Dios endurece a quien quiere endurecer pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. En tal sentido, se nos ha dicho que Jacob fue amado sin mérito alguno en él, pero que Esaú fue condenado sin miramiento en sus obras (Romanos 9:11-13). Dios el Padre imputó los pecados del pueblo elegido (desde antes de la fundación del mundo: Efesios 1) a Jesucristo, su Hijo, dándonos a cambio la justicia derivada de él (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18).

    La inocencia de Cristo significa que él fue el Cordero sin mancha, la ofrenda eficaz por el pecado de todo su pueblo. Pese a que nosotros seguimos pecando fuimos declarados justos en Jesucristo; la Biblia nos advierte que no pequemos más, ya que Dios a quien ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Así que si pecamos, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 1:7-9). Y él (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Asimismo, Esteban, el diácono que se convirtió en un mártir, vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios, por lo cual luego pudo exclamar: Señor (referido a Jesús), no les tomes en cuenta este pecado (Hechos 7:59-60).

    Nosotros no nos vamos tras la locura del pecado (Salmos 85:10), sino que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados (Colosenses 2:13). No dice que nos perdonó algunos pecados, sino todos los pecados. Por eso es que estando ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por Jesucristo (Romanos 5:9). Preguntamos: ¿Quién es el que condenará? Si Cristo es quien murió, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros, ¿Quién es el que nos separará del amor de Dios? Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:34-39).

    Dios no demanda doble pago por el pecado, ya que habiendo su Hijo pagado todos los pecados de su pueblo su pueblo será salvo en el día del poder de Dios. Ya Jesucristo sufrió por nuestras faltas, así que nosotros le debemos a él todo lo que somos. Si tratamos de matar las obras de la carne en nosotros, si tratamos de alejarnos de los rudimentos del mundo, lo hacemos bajo su voluntad y por el afecto que nos genera. Nunca lo hacemos para ganar su afecto o para recibir su perdón, ya que por gracia hemos sido salvos y no por obras. Pero la santidad es el camino a seguir una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Antes, cuando andábamos bajo la influencia del príncipe de este mundo, éramos incapaces de comprender las cosas del Espíritu de Dios, y nos parecía una locura.

    Esa incapacidad nos fue quitada por la gracia divina y de esa manera llegamos a creer. Dios nos habilitó por medio de su palabra y por la actividad de su Espíritu, así que no hubo obra nuestra que fuese eficaz para conseguir esta dádiva y este don perfecto. El Señor Jesús cumplió toda la ley divina, de manera que su perfección lo convirtió en la justicia de Dios y por ende en la pascua de todo su pueblo que vino a redimir. Jesús destruyó al que tenía el imperio de la muerte (al diablo), para librarnos a todos los que por el temor de la muerte estuvimos durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:14-15).

    Decir que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que su muerte es eficaz solamente en los que creen, significa que la diferencia entre cielo e infierno subyace en nosotros mismos. Implica una salvación por la obra de creer, de levantar una mano, de ser más listo que otro, de comprender lo que nos parecía locura mientras a otros les sigue pareciendo locura porque no pueden comprender. Implicaría que nos atribuyamos la capacidad de comprensión sobre las cosas del Espíritu de Dios. Eso negaría las Escrituras.

    En cambio, asegurar que el trabajo eficaz de Jesucristo consiste en el perdón actual y no potencial de todos los pecados de su pueblo, implica que él aplacó la ira de Dios por medio de su muerte satisfactoria. Aquel cordero que Abraham vio trabado en un zarzal es el símbolo del Hijo de Dios que habría de morir por nuestros pecados. Ese Jesús es la Simiente prometida cuando se dijo: En Isaac te será llamada descendencia (simiente). No habla de muchas semillas, sino de Cristo. Por eso se escribió: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmos 32:1).

    Se ha escrito que fuimos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). No tenemos de qué jactarnos sino de la cruz de Cristo, ya que fuimos salvados por la ley de la fe de Jesús. Esa fe es también un regalo de Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La sangre sería una señal para el pueblo de Dios, sobre las casas en que estaba colocada. Dios vería la sangre y pasaría por alto el castigo, de manera que la plaga enviada no destruyera lo que es de Dios (esto aconteció en Egipto, con el Israel que Dios rescató, como un inicio de la pascua: Éxodo 12:13).

    Aquella sangre del cordero tipificaba la sangre de Jesucristo en la cruz, lo cual hace que Dios pase su castigo por encima de nosotros que ya fuimos redimidos por su sangre. La sangre no se colocó en todas las casas, lo cual dejó a Egipto (símbolo del mundo en la Biblia) por fuera de la redención. Asimismo, Jesús en la noche previa a su sacrificio, cuando estaba en el huerto de Getsemaní, oró al Padre diciéndole que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). El trabajo de Jesús fue eficaz y por esa razón vio el fruto de la labor de su alma (Isaías 53:11), y quedó satisfecho.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SENTADOS EN LUGARES CELESTIALES

    Pablo afirmó que ya estamos sentados en los lugares celestiales (Efesios 2:6-7), en la figura de la entrada de Cristo a los cielos. Jesucristo tomó posesión de todo su pueblo, el que fue amado desde antes de la fundación del mundo; de esta manera la Biblia habla del amor eterno del Padre, el cual nos prolonga su misericordia. En esos cielos nos prepara un lugar, un refugio o habitáculo para cada uno de los elegidos, por lo cual ya estamos sentados en esos espacios. Honor, placer y reposo, un sitio escogido para cada uno de sus hijos, junto con Jesucristo.

    Esa afirmación apostólica habla de la certitud de ese hecho, en virtud de que el Señor nos representó en el madero. Al habernos amistado con el Padre, aquel amor eterno fluyó sin detención, continuará fluyendo hasta obtener la redención final. Nuestro estatus hace referencia a un linaje escogido, a un real sacerdocio, a la amistad con Jesucristo, por la benevolencia de su trabajo consumado. ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿Quién nos condenará por algún pecado? El Espíritu habla a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, coherederos con Cristo, para que no nos olvidemos de nuestra ciudadanía.

    Ciudadanos de los cielos y extranjeros para el mundo, seguimos en vida bajo el atropello de los que nos odian. Esa realidad forma parte de nuestra persecución diaria, continua, como fiel reflejo de que el mundo odia a Cristo y ama lo suyo. Por esa razón amamos al Señor y aborrecemos el mundo, si bien anunciamos el evangelio en obediencia a nuestro mandato recibido, para que el resto de los elegidos llegue al conocimiento pleno de la verdad. Los réprobos en cuanto a fe no se salvarán, sino que recibirán más castigo por haber oído la verdad y haberle mostrado repudio.

    La Biblia asegura que Dios envía un espíritu de estupor (engaño) para aquellos que se deleitan en la mentira y no sienten amor por la verdad; pero a nosotros nos ha dado el Espíritu de verdad, para que nos recuerde todo aquello que Jesucristo enseñó. La doctrina de Jesús es el cuerpo de enseñanzas en la cual se esmeró en prodigarnos por medio de sus apóstoles. Los escritores bíblicos recogieron lo que en la providencia divina les fue mostrando, respecto a las riquezas espirituales con las que fuimos favorecidos.

    Muchos falsos maestros han salido por el mundo para enseñar falsas enseñanzas, de manera que el camino de la verdad sea blasfemado. Los falsos Cristos intentarán engañar a muchos, si fuere posible, aún a los escogidos. No les será posible jamás, ya que las ovejas del buen pastor le seguimos sin nunca irnos tras el extraño, puesto que desconocemos su voz (Juan 10:1-5). El futuro condicional de esa frase de Jesús en Mateo 24 (si fuere posible) revela que se refiere a un hipotético por naturaleza gramatical imposible, ya que nuestra elección firme se sujeta al amor eterno del Padre. Sin embargo, debemos estar alertas y vigilantes para denunciar el engaño de los apóstatas, de los maestros de mentiras, de forma que por nuestras palabras brille más la enseñanza de Jesús.

    Jesús salvará a los que le obedecen, dice el autor de Hebreos. Sin duda, él mismo dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos. Pecar forma parte de nuestra condición natural, como bien lo ilustró Pablo en Romanos 7; estamos vendidos al pecado (verso 14), una ley en nuestros miembros nos da a entender que el mal todavía mora en nosotros (verso 18, 20, 23). Por esta razón, el apóstol Juan en una de sus cartas nos asegura que si hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Si confesamos nuestros pecados, él (Jesús) es fiel y justo para perdonarnos. Si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a él (Jesús) mentiroso. Pero ya el creyente no practica el pecado, una verdad que nos alienta (1 Juan 3:9).

    El Espíritu se contrista dentro de nosotros si pecamos y no nos apartamos de esa mala actitud y conducta, para hacernos sentir mal en nuestro interior. Por esa razón Pablo escribió que no podíamos vivir más en el pecado (Romanos 6): ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera… Hemos muerto al pecado, pero todavía estamos en el mundo y tenemos raíces heredadas de Adán. El pecado no genera la gracia, sino la ira de Dios; solamente que Dios quiso magnificar su gracia ordenando a su Hijo como Redentor de todo un pueblo escogido. Así que no provoquemos a ira a nuestro Dios, como si mientras más pequemos más gracia obtendremos, ya que su ira se enciende y azota a todo aquel a quien tiene por hijo.

    No caminemos como los muertos en el pecado, sino andemos como los que hemos muerto al pecado. Hemos sido santificados (separados del mundo), por lo tanto el pecado no es más nuestro negocio, aunque a veces solemos caer por su atractivo y por las raíces naturales que todavía nos vincula a esa oscura realidad (Romanos 7). Precisamente, por estar muertos al pecado podemos darnos cuenta de lo horrendo que es pecar. El mundo peca en forma habitual y apenas siente dolor por el castigo social o privado que sus malas acciones generan cuando son descubiertas; tal vez alguno puede tener remordimientos de conciencia, como le sucedió a Judas Iscariote. La información sobre la vida cristiana puede generar remordimiento en aquel que comprende y gusta un poco las cosas celestiales, pero jamás podrá aborrecer el pecado como aquel que ha muerto al pecado mismo.

    Ciertamente, las cosas concernientes al Espíritu de Dios han de ser discernidas con ese Espíritu, pero el mundo no lo tiene y por lo tanto no comprende los asuntos y negocios de Dios. Para el mundo resulta una locura que un creyente rechace ciertas oportunidades lujuriosas, económicas, de provecho temporal, en nombre de la fidelidad a Jesucristo. La burla puede surgir de momento contra el creyente que se aparta del mal, pero el hijo de Dios suele comprender que el amor de Dios lo ha embargado de tal manera que ahora desea agradar al Señor. Eso ha de verse como un claro indicio de haber muerto al pecado.

    Vivir en el pecado significa seguir los dictados de la naturaleza corrompida y pecaminosa. Podemos caer pero seremos sostenidos de nuevo por el Señor, de muchas maneras, hasta lograr mortificarnos por las caídas sucesivas. El mundo, por el contrario, siente las delicias del pecado y las computa como ganancia. Su fin será la muerte del espíritu, la condenación del alma, la pérdida en la vanidad de la vida. Muchos caminos le parecen buenos al hombre del mundo, pero su fin es de muerte; el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Sí, Satanás es todavía el príncipe de este mundo, si bien Dios redime a sus elegidos por medio de la predicación del evangelio de verdad.

    Como Dios es eterno y no se afecta por el tiempo, para Él ya todo está consumado de acuerdo a sus planes inmutables. Por esa razón Pablo escribió que estamos sentados en los lugares celestiales, con Cristo Jesús. La próxima vez que seamos enredados en la tentación o en la caída, contemplemos esa frase apostólica para sacarle el máximo provecho. Dios ya nos ve junto a Cristo en los cielos, para que corramos a sus brazos y nos lavemos los pies porque ya fuimos limpiados en la sangre del Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • ¿EXPIACIÓN LIMITADA?

    Esta interrogante cobra importancia en medio de una religión social y colectiva. El énfasis colocado en las relaciones sociales de igualdad, con oportunidades para todos, ha hecho pensar que Dios debe tener un comportamiento similar al de sus criaturas. La humanidad marcha hacia una sociología igualitaria, en una lucha continua contra los que se oponen a sus sueños y objetivos. Sin embargo, el planteamiento de las Escrituras no cambia, sino que se mantiene como un monumento a la soberanía absoluta del Dios invisible.

    Hay gente que se molesta con la forma y contenido de la Biblia. Estos dicen que si Dios tuviese un jefe de relaciones públicas lo primero que haría sería retirar las Biblias del mercado. Se molestan con algunas expresiones contra la conducta de las mujeres en la iglesia, contra los que están a favor de su sujeción a sus maridos, porque serían un ejemplo de la discriminación social en base al sexo (que ellos llaman género) exhibido en la palabra revelada. Asimismo, alegan que Dios tuvo que pedir conceptos prestados a ciertos pueblos para exponer la visión sobre Sí mismo.

    En materia de predestinación la opinión no es diferente, más bien se acentúa la crítica por declarar que es injusto que la gente nazca con un destino a cuestas, sin oportunidades para cambiar. Da igual que uno argumente que el hombre nunca tuvo potestad para ser otro -en materia de espíritu-, aunque Dios lo hubiese hecho libre. Molesta mucho la existencia del infierno o castigo eterno. Por eso han surgido corrientes teológicas que proponen a un Dios que no castigará eternamente a sus criaturas, ya que eso contradiría la definición de Dios como amor (los adventistas).

    Entre los que sostienen que Dios predestinó a unos para vida eterna y a otros para condenación perpetua, se propone el argumento de la expiación ilimitada de Cristo en la cruz. En otros términos, el Hijo de Dios murió por todos sin excepción, haciendo posible la salvación para cada miembro de la raza humana que desee aceptar esta oportunidad. Una ley de mercado se hace presente con la libre oferta de un producto para todo aquel que quiera demandarlo. Con esta proposición se equilibra la paz social de una sociedad global y colectiva, cada día más dada a la equidad en materia de oportunidades.

    En apoyo a esta tesis sus defensores citan textos que convienen como elementos probatorios. Con ellos pretenden borrar las dudas, aunque se deje una estela de contradicciones con el resto de las Escrituras. Sabemos que la palabra de Dios no puede contradecirse, ni presentar paradojas; lo que es revelado ha dejado de ser un misterio, de manera que las proposiciones bíblicas han de mostrar siempre una transparencia lógica como reflejo de un Dios al que también llaman Logos.  Entonces, ¿es ilimitada la expiación?

    Si la expiación fuese ilimitada caeríamos en la universalidad de la redención. En el entendido de que Cristo expió con su sangre y su muerte la culpa de su pueblo (Mateo 1:21), con la extensión universal expiaría a cada miembro de la raza humana. Uno de los absurdos de esta tesis deja ver a un Dios que perdona a la humanidad pero que después inculpa si la humanidad no acepta el perdón. En cualquier sistema judicial, la libertad otorgada al reo no depende de si éste la acepta, ya que es materia jurídica y procesal del Estado. Le guste o no el reo no puede permanecer más en prisión una vez que se le ha concedido la libertad plena. Es posible que no quiera irse de la cárcel, porque no sabe qué hacer en otro ambiente, pero el Estado no concederá que se quede detrás de las rejas. De la misma forma, si Dios perdonó a la raza humana representada en Su Hijo en la cruz, no hará depender este perdón absoluto de la voluntad del liberado.

    La suposición del libre albedrío humano es de tal envergadura que se permite que prevalezca la opinión y la voluntad del preso liberado por el Estado, no la del Estado que libera. De igual manera, el Dios de la Biblia se ve ridículamente derrotado en sus planes eternos, porque habiendo querido la liberación de su criatura ésta le detiene su mano y le dice: ‘Epa, ¿qué haces?’. Sin el consentimiento del pecador no puede haber remisión de pecados, dice esta teología. Esta tesis no da cuenta de los muchos que han muerto sin siquiera escuchar acerca del perdón universal obtenido por Jesús en la cruz. En algún sentido habrá sido mejor para ellos, ya que se alegaría a su favor el hecho de que nunca rechazaron tal proposición de perdón. Pero de esta manera llegaríamos a otro absurdo: deberíamos dejar de anunciar el evangelio, ya que mientras más ignorancia haya del mismo menos chance habrá de negar el perdón otorgado.

    LO QUE LA BIBLIA ENSEÑA.

    1) El ángel le dijo a José qué nombre habría de ponerle al niño: se le pondría Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Interesante que no dijo que salvaría a cada miembro de la raza humana, sino a su pueblo. Esto quiere decir que existe otro renglón de gente que no forma parte de su pueblo (Mateo 1:21). De la misma manera, Isaías expuso en su libro que este siervo vería el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho. Es muy importante esta otra parte: quedaría satisfecho con su fruto. Jesucristo no quiere más, simplemente quiere su fruto. ¿Y cuál es su fruto? Por su conocimiento justificará mi siervo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. De nuevo, en el siguiente verso, se menciona el adjetivo que implica abundancia,  que excede a lo ordinario: habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Isaías 53:11-12).

    2) Jesucristo dijo que había algunos que no creían en él porque no eran de sus ovejas (Juan 10:26). Ser oveja precede al creer, de manera que eso depende de una voluntad anterior a la oveja misma. La oveja no decide ser oveja, simplemente es lo que es. En este sentido, el pastor llama a las ovejas por su nombre y saca a las propias, para ir delante de ellas. Las ovejas le siguen porque conocen su voz, no la de los extraños (Juan 10: 1-5). Jesús le dirá en el día final a un grupo de creyentes cabras que se aparten al fuego eterno (Juan 10: 41), pero a sus ovejas las pondrá aparte para decirles: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Juan 10: 34 y 41).

    3) La expiación limitada se demuestra también en el hecho de que Jesús pondría su vida solamente por las ovejas: Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas …  así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:11 y 15).

    4) En la oración sacerdotal de Jesús, poco antes de su muerte en la cruz, dijo enfáticamente:  Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17:9). Si Jesucristo está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (su pueblo), ¿cómo es que poco antes de morir dejó afuera al mundo y rogó solamente por los que el Padre le había dado? Recordemos que aquellos que el Padre le había dado no eran solamente sus discípulos, sino todos aquellos que habrían de creer por la predicación de ellos (Juan 17: 20):  Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Es decir, Jesús rogó por un grupo, pero dejó claramente a otro grupo por fuera. ¿Por qué no aprovechó la oportunidad de incluir a todos sin excepción en su oración intercesora?  El sabía que el Padre siempre lo escuchaba, pero no rogó por todos porque esa no era la voluntad del Padre, la cual Él siempre se gozaba en hacer.

    5) Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera. Pero nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6: 44 y 37). Con esta claridad se expresó frente a un grupo de seguidores, que eran incluso sus discípulos, quienes tenían varios días escuchándole. Muchos de ellos habían comido de los panes y los peces y se habían quedado maravillados con sus milagros y enseñanzas. Sin embargo, parece ser que no era suficiente con ser discípulo voluntario ya que al oír sus palabras, acerca de que nadie podía ir a Él si el Padre no lo trajere, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?(Juan 6:60). De allí que Jesús entendió que ellos estaban ofendidos por la predestinación y la soberanía absoluta de Dios (verso 61), ya que a pesar de su discipulado no podían creer (verso 64). De esta manera les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (verso 65).

    Ciertamente, la Biblia dice mucho más acerca de la expiación limitada de Jesucristo. Baste con estos versos para comprender esta gran verdad; pero sirva también de ejemplo la realidad que vemos desde hace siglos: que muchos mueren en sus pecados y no aceptan la verdad del evangelio. Esto es prueba suficiente de que Jesucristo no murió por sus pecados, de lo contrario habrían creído y serían redimidos y no condenados.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • CRISTO SATISFECHO

    ¿Cómo supo Isaías que Jesucristo estaría satisfecho por el trabajo de su alma? De seguro Jehová se lo informó, pero ¿cómo resulta esa satisfacción posible si Jesús hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción? De ninguna manera hubiese satisfecho su cometido si hubiese apuntado a un renglón mayor; es decir, si Jesús hubiese deseado salvar a todo el mundo, sin excepción, el trabajo de su alma hubiese dado mucho que desear. La satisfacción de Dios lo es por su perfección, no por aproximación; Dios se satisface por causa de su Omnipotencia, sin que exista un azar que le impida conseguir su objetivo.

    Cristo murió por su pueblo, de acuerdo a Mateo 1:21; como el justo por los injustos, como el siervo justo que justificaría a muchos (Isaías 53:11). De esos muchos cargó sus iniquidades, pagó el rescate debido e hizo viable y eficaz la amistad con el Padre. Ahora bien, no pretendió Jesús cargar las iniquidades de aquellos que perecen en su incredulidad. No expió los pecados de Judas Iscariote, ni del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe.

    Yo y los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13), texto ligado a Juan 10:26, pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. La condición de oveja precede para poder creer, la condición de hijos dados por el Padre precede para que Cristo vea el fruto de su trabajo. Al mismo tiempo vemos un ligamen entre la doctrina expuesta por Jesús y su expiación en la cruz: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere (Juan 6:44); Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21)…pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:15). Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Mateo 25:33–34).

    Si la condición de oveja precede para poder creer en Jesús, el Rey tiene a los benditos de su Padre como ovejas puestas a su derecha. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), la noche previa a ir a la cruz, sino solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos primeros discípulos. Se desprende de lo dicho por la Biblia que Jesús no propició por los cabritos que conforman el mundo, sino solamente lo hizo por las ovejas de su prado. Jesús hizo la reconciliación de su pueblo con su Padre, por lo tanto como autor y consumador de la fe la da como regalo para recibir la gracia y la salvación (Efesios 2:8). Sabemos por las Escrituras que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino como ya hemos dicho ella es un regalo de Dios para su pueblo escogido.

    El Cristo de la expiación universal muere por todos, sin excepción, por lo cual todos, sin excepción, deberían ser salvados. Pero eso no sucede, ya que el infierno sigue recibiendo gente a diario; por lo tanto, uno puede inferir que ese Cristo de la expiación universal es un falso Jesús. Esa falsa divinidad se predica en base al falso evangelio, por medio de los falsos maestros disfrazados como mensajeros de luz. La apariencia de piedad que muestran se les viene abajo cuando hablan de su corazón, ya que los dichos de sus bocas denuncian la abundante herejía que mueve sus corazones.

    La palabra mundo tiene diversas acepciones en las Escrituras, por lo que debe ser tenido en cuenta su contexto de aparición. En Juan 3.16 Jesús le dice a Nicodemo que el Padre amó de tal manera al mundo que lo envió a él como Hijo para salvar a los creyentes. En Juan 17:9 el Hijo ora al Padre y le dice explícitamente que él no ruega por el mundo. Entonces, si la palabra mundo significara lo mismo siempre, veríamos al Hijo en contradicción con el Padre, ya que no quiso rogar por el mundo amado por el Padre. Eso no es verdad, así que urge tener en cuenta el contexto de aparición de los vocablos. Cuando se dice que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Corintios 5:19), se entiende que Dios estaba estableciendo la paz para con su pueblo. De esta manera Dios llevaba a cabo su plan eterno, de darle herencia a su Hijo como Redentor, no tomándonos en cuenta nuestros pecados ya perdonados en la cruz. ¿Por qué? Porque en el Calvario hubo satisfacción en la justicia de Cristo, o en Cristo como justicia de Dios. No se refiere a cada individuo del mundo, ya que multitudes mueren en enemistad con Él, no todos se interesan en las bendiciones del perdón de pecados, sino que solamente se tiene en cuenta el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Los elegidos de Dios, escogidos en Cristo, tienen todos sus pecados imputados a Cristo como Cordero sin mancha. Ese pueblo incluye tanto a judíos como a gentiles, cuyos pecados fueron propiciados por Cristo, para que no fuesen ellos mirados en su estado natural sino en el judicial. Un acto judicial aconteció en el Calvario, habiendo el pueblo de Dios recibido la justificación por el intercambio de sus pecados hacia Cristo, cuando el acta de los decretos, que nos era contraria, fue anulada y clavada en la cruz del Señor (Colosenses 2:14). Sabemos que el acta de los decretos que le era contraria a Judas Iscariote no fue clavada en la cruz, ni el acta de ninguno de los otros réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados a tropezar en la roca que es Cristo. Ese mundo enemigo de Dios no fue reconciliado, sino solamente el mundo amado por el Padre.

    Cristo consumó su trabajo en la cruz, por lo tanto reconcilió a todo su pueblo con el Padre. Nos toca predicar este evangelio para que los escogidos escuchen la buena noticia; para los réprobos este mensaje añade mayor condenación. Esa satisfacción de Cristo significa que no reconcilió a todo el mundo, sin excepción, porque eso no se lo propuso. Si se hubiera propuesto ese objetivo lo habría logrado y todos serían salvos. Pero hay gente en el infierno, lo cual quiere decir que no fue reconciliada con Dios, que no fue incluida en el trabajo de Cristo en la cruz. Hay gente en el infierno que continúa bajo la ira de Dios, que no está en paz con el Señor. Estos han rogado a un dios que no puede salvar, a un falso Jesús que fue prometido como redentor por los falsos maestros, los cuales son siervos de Satanás. La sangre de ese Cristo no causa ningún efecto de apaciguamiento de la ira de Dios, pero no porque la sangre del verdadero Cristo no valga, o haya sido aminorada en su valor esencial, sino porque se trata de una sangre ajena, la de un impostor.

    El diablo fue declarado homicida desde el principio, porque mató millones de almas desde que introdujo el pecado en la tierra. El alma que pecare, esa morirá; por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios. En Adán todos mueren, urge la gracia de Cristo, su sangre limpiadora, su trabajo concluido. El que es creyente ha sido salvado, el que sigue siendo incrédulo, ya ha sido condenado. ¿Puede usted creer en el evangelio puro y simple?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EXPIACIÓN Y PECADO (GÉNESIS 3:15)

    La simiente de la mujer herirá en la cabeza a la serpiente, una promesa donde nace el Evangelio en forma histórica. El hombre fue hecho rectamente, pero cada quien se apartó por diferente camino y bajo numerosos inventos de maldad. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero los extravíos humanos lo separaron en forma total (Eclesiastés 7:29). No pensemos bajo ningún respecto que el hombre se hizo independiente del Creador, simplemente Dios lo gobierna como lo hace aún con los ángeles caídos. La Biblia apoya esta teología, de acuerdo a la declaración expuesta en Hechos 4:27-28. Herodes y Poncio Pilato, unidos con los gentiles y el pueblo de Israel, hicieron lo que la mano y el consejo divino habían determinado que sucediera.

    Los hijos de ira continúan su derrotero, mientras el ser humano no regenerado no sabe aún si será o no será llamado por Dios para vida eterna; ciertamente, Dios creó vasos de deshonra para permanente destrucción y vasos de honra para la gloria de su salvación. Cuando Dios llama lo hace en forma eficaz, ya que nadie puede resistir la voluntad de Dios (Romanos 9:19). Existe un llamado general y de ley hacia los hombres, para que respeten el mandato divino; Dios manda que la gente se arrepienta y que crea el evangelio, pero no a todos les llega la exposición del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Incluso, muchos de los llamados no son contados como escogidos, de manera que de quien Dios quiere tener misericordia la tiene, aunque endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9:18).

    La caída humana produjo la depravación de la naturaleza humana, por lo cual no existe ni siquiera un hombre justo (Romanos 3:10). Si los judíos que tenían las tablas de la ley no pudieron ser tenidos por justos, cuánto menos el pueblo que integraba el paganismo. Como dicta el Salmo 14:1: El necio dice en su corazón que no hay Dios. Se corrompieron, hicieron obras abominables, no quedó ninguno que hiciera lo bueno. No hay un hombre recto como lo fue Adán en su estado de inocencia, solamente estamos los justificados judicialmente por la imputación de la expiación hecha por Jesucristo. En ese sentido somos llamados justos, pero amparados y cubiertos por la justicia de Dios que es Jesucristo (Salmos 32:1-2).

    Dios miró desde los cielos hacia la tierra, para ver si conseguía algún entendido que lo buscara, pero no lo encontró (Salmos 14:2-3; Romanos 3:11-18), todos se habían corrompido. Así que por la desobediencia de un hombre vino una herencia de corrupción universal: en pecado concibe la madre y en maldad se forma la criatura (Salmos 51:5). ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). De esta manera se sabe que el hombre natural (no regenerado) tiene a la luz por tinieblas, sigue sin percibir las cosas del Espíritu de Dios y cree que son locura. Su mente no discierne lo que Dios dice en su palabra, aunque lo aprenda y lo repita como lo puede hacer un autómata (1 Corintios 2:14).

    La instrucción se hace necesaria para la salvación, porque Dios no redime al hombre sin la predicación del Evangelio. El conocimiento del siervo justo se hace necesario para poder ser justificado (Isaías 53:11). ¿Cómo invocarán si no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Pero esa predicación debe ocurrir por la palabra incorruptible expuesta por aquellos primeros discípulos (Juan 17:20). Al Israel de Dios le fue dicho lo siguiente: Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos (Isaías 54:13). Nosotros los creyentes somos el Israel de Dios, en palabras del apóstol Pablo; Jesús también enseñó sobre la condición sine qua non: Escrito está en los profetas: Y serán enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).

    Lo que hemos de conocer del siervo justo tiene que ver con su persona y con su trabajo. Sabemos que Jesucristo como Hijo de Dios vino como el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Su vida sin tacha sirvió como holocausto para satisfacer la exigencia de la ley de Dios, por lo cual dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado. En realidad vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Todos aquellos a quienes Cristo representó en su trabajo en ese madero han sido llamados y serán llamados con llamamiento eficaz, como ovejas del buen pastor, para que lo sigamos eternamente.

    Jesús afirmó que las ovejas que han sido llamadas y lo siguen no se irán jamás tras el extraño, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:1-5). Así que no es posible perderse tras los falsos maestros con sus engañosas doctrinas de una expiación general o universal.

    La conciencia sucia ante el Todopoderoso se presenta como un gran azote para el alma irredenta. Al entendimiento entenebrecido, la voluntad corrompida, la conciencia profanada, se suma una memoria contaminada. ¿Qué recuerda el hombre? Solamente tragedia, como si fuese un ser para la muerte; los más valerosos se la pasan ejercitando su salud para ver si prolongan unos días sobre esta tierra, otros se dan a la imaginación de su reencarnación. Algunos piensan que se transformarán en energía cósmica, como si se integraran a una conciencia universal. Pero el Evangelio nos ha enseñado que el hombre rendirá cuentas al Creador, que después de la muerte viene el juicio.

    La Biblia nos asegura que Jesús murió como el justo por los injustos, pero no lo hizo por Judas Iscariote ni por Esaú; tampoco murió en favor del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe, como aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. La muerte de Cristo no fue suficiente para pagar por los pecados de todos el mundo, sin excepción, por cuanto nunca estuvo previsto de esa manera. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, afirmó Jesús (Juan 6:44); esa sería la condición para poder resucitarlo en el día postrero. Pero también aseguró el Señor que Todo lo que el Padre le da, vendrá a él; y al que a él viene, no le echa fuera (Juan 6:37).

    La discusión sin sentido acerca de la expiación, sobre si es universal o particular, pasa por un trabajo intelectual para sosiego de los teólogos. ¿Cuál debate? ¿Qué se le puede reclamar al Dios soberano? ¿Tuvo éxito el reclamo sobre el caso Esaú? ¿Ha sido de provecho el exaltarse contra el Creador porque condena anticipadamente? La Escritura se muestra difícil para los que se allegan a ella con la intención de encontrar un arreglo entre obras y gracia. Las palabras duras de oír resuenan hoy día, las mismas con las que aquellos discípulos fueron repelidos por Jesús. Ellos presumieron de una falacia de generalización apresurada: ¿Quién puede oír estas duras palabras? Solamente las podemos oír con agrado los que hemos sido renovados para arrepentimiento, los que siendo regenerados ya no escuchamos la teología de los extraños.

    La Biblia ha sido enfática en catalogar como doctrina de demonios a cualquier cuerpo de enseñanzas contraria a lo que sus páginas proclaman (1 Timoteo 4:1). Ella misma es un canto de principio a fin al Dios soberano, el que hace como quiere porque no tiene consejero. El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, anuncia el Apocalipsis 20:15. Pero esos inscritos lo están desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). La intención de la expiación fue manifestada desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), no porque el Padre previó y se guardó un as bajo la manga, como sospechan aquellos que no toleran la dura palabra que escuchan.

    Dios no miró en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscase, porque cuando miró a la tierra vio que no había ni siquiera uno. Entonces, se concluye por fuerza que los que escogió fueron mirados con amor eterno, por el puro afecto de la voluntad de Dios, no por obra alguna -no vaya a ser que alguien se gloríe. Si por gracia, entonces no es por obras. El decreto de la muerte de Cristo fue para salvar en exclusiva a los elegidos del Padre, aquellos que él amó con amor eterno. Nuestro pecado ha sido expiado (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS (MATEO 20:28)

    Los muchos son aquellos hijos que Dios le dio, sus amigos o su iglesia. Dios por soberano y conocedor de todo cuanto hace, no da palazos a ciegas sino que en Él todas las cosas son un Sí y un Amén. Eso quiere decir que no se equivoca ni apunta al azar, para ver qué obtiene. Dios tiene un plan específico por el cual logra lo que se propuso desde siempre. Por lo tanto, Jesús como el Hijo del Hombre, es también el Buen Pastor que puso su vida por las ovejas (Juan 10:11, 15).

    Por esa razón Jesús supo que los que hablaban con él no formaban parte de sus ovejas. Así se los hizo saber a algunos cuando les aseguró que ellos no creían en él porque no eran parte de sus ovejas (Juan 10:26). No se trata de creer primero para ser después una oveja, sino de la cualidad de oveja para poder creer. Esa cualidad la da el Padre según quiso en la Predestinación de las almas y de todo cuanto acontece. Jesús aseguró por igual que las ovejas oyen su voz y él las conoce, por eso le siguen. Además, él les da vida eterna y nunca perecerán. Por otra parte, enfatizó en que nadie las podrá sacar de sus manos (Juan 10:26-28).

    Hay algunos que osan decir que si bien nadie arrebata una oveja de las manos de Jesús, la oveja puede huir. Pero esa fantasía lo que anuncia es el fracaso de Jesús en su propósito y discurso, por lo tanto esa fantasía es absolutamente blasfema. ¿Quién puede huir de las cuerdas de amor con que Dios nos ata? Habiendo recibido el corazón de carne con un espíritu nuevo, el redimido no desea jamás escapar de las manos del Dios Justo que justifica al impío. El hecho de que el redimido peque no implica que pretenda huir, así que habiendo sido adoptado como hijo ahora disfruta la herencia de Jesús.

    Los que se dan al evangelio extraño de las obras más la gracia, desesperan porque piensan que un día podrán escapar de los lazos de Dios. En realidad están en las manos de otro dios, ese que siempre se ve frustrado porque lucha con el libre albedrío del hombre. Una mentira lleva a otra mentira, para finalmente acercarse a la muerte definitiva. Cristo compró su iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28), sangre que jamás será pisoteada por sus beneficiarios. Esto se resume en que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3; Mateo 1:21; Hebreos 2:17).

    En tal sentido, el Evangelio resulta en el poder de Dios para salvación, ya que en él se revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Cualquiera que haya nacido de nuevo sabe esta gran verdad del Evangelio, pero los irredentos la desconocen (Romanos 10:3). El que no cree en el Evangelio también es tenido por incrédulo (Marcos 16:16). Urge vivir en la doctrina de Jesucristo, misma doctrina del Padre enseñada por los apóstoles a la iglesia naciente. Juan nos asegura que el que no habita en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo, en definitiva no ha creído el Evangelio y sigue siendo un no regenerado (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, la Escritura declara que todo aquel que predica o sigue un evangelio diferente al anunciado por los apóstoles se declara no solo incrédulo sino anatema (bajo maldición). Horrenda cosa yacer bajo la maldición del Todopoderoso, cosa normal para los que no creen el Evangelio. El Evangelio presupone que se crea en la justicia de Dios, no en una serie de enunciados históricos sobre un personaje llamado Jesucristo. Creer que nació en un pesebre, que fue bautizado por Juan el Bautista, que hizo milagros y predicó grandes sermones y bienaventuranzas, forma parte de un informe histórico. Eso no redime, si bien no estorba; creer que murió y resucitó, que está a la diestra del Padre, resulta una información importante pero todavía no redime a nadie. Los demonios creen eso y mucho más, aún tiemblan, pero ni uno de ellos ha sido redimido de sus culpas. Los que predican un evangelio diferente le dicen a la gente que ellos tienen la habilidad de tomar una decisión por Cristo. De allí que en sus misiones evangelizadoras intenten persuadir a la audiencia para lograr una mano levantada.

    Como si el Espíritu Santo necesitara de la ayuda de la persuasión retórica instaurada por un predicador bajo un ambiente seductor: piano suave, mientras otros oran en silencio (a un dios que no puede oír), arengando a la masa a que tome una decisión rápida ya que puede morir esa misma noche para pasar la eternidad en tinieblas. Esos falsos maestros le dicen a la gente que Dios necesita de ellos, de su cooperación, que ya Cristo hizo su parte y que ahora le toca a ellos hacer la que les beneficie.

    Existen teologías que han creado dioses a partir de sus postulados, seguirán siendo falsos aunque los llamen Jesús y digan que es el Cristo. En realidad ellos se entronizaron en su ego, son ellos los que decidirán y para eso han construido históricamente el mítico libre albedrío. Como si el ser humano pudiera ser independiente de su Hacedor, como si el hacha moviera la mano de quien con ella corta. Ese dios resulta en un ser débil, cambiante, deseoso de un alma que le acepte su esfuerzo porque solo no puede lograr sus propósitos (salvar a todos, sin excepción).

    La expiación en la que creen los del otro evangelio se ve impotente, sin poder asegurar la salvación de todos aquellos por los que se pretendió hacer. En su lógica contravienen el sano juicio de la mente del Señor, ya que suponen que se hizo un esfuerzo por todo el mundo, sin excepción, a pesar de que Jesús no rogara por el mundo por el cual no murió (Juan 17:9). De esta forma, queda patente que el trabajo del Cristo que pregonan no aseguró la salvación de ninguno, sino que la hizo potencialmente posible para todos por igual. Quedan satisfechos porque entienden que una redención para todo el mundo resulta más justa que solamente para el pueblo del Señor (Mateo 1:21).

    Entiéndase que ese falso Cristo aparenta haber comprado con su sangre a los que se van hacia el infierno de fuego, porque como depende de la decisión, esfuerzo y propósito de sus beneficiarios debe completarse o actualizarse. Los predicadores del evangelio anatema (maldito) alegan que si hubo predestinación la hubo solo en el caso de que Dios mirara en los corredores del tiempo y descubriera quiénes se iban a salvar voluntariamente. Por eso hubo una elección, nunca porque Dios haya decidido a priori. Sin embargo, la Biblia insiste numerosas veces en que esto no fue de esa manera, sino que dependió del afecto de la voluntad divina, no de las obras de buena voluntad o de decisiones espontáneas de los corazones de los muertos en delitos y pecados. A Jacob amé, mas a Esaú odié (aborrecí), aun antes de haber nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11-12).

    Sepamos que Jacob no pudo ser amado por Dios en virtud de su voluntad muerta en delitos y pecados; pero Dios es Justo y justifica al impío que es de la fe de Jesucristo. Dios es quien da vida y eligió a unos vasos para mostrar su misericordia, gracia y piedad, mientras a otros formó para exhibir en ellos su justicia y terror contra el pecado. ¿Hay injusticia en Dios que hace como quiere? ¿Quién fue su consejero? ¿Podrá Esaú alegar que no pudo resistirse a la voluntad de Dios? ¿Podrá argumentar que él no debe ser inculpado?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org