La gran mayoría de los que se llaman cristianos sostienen que debe existir una capacidad para creer en Jesucristo. Sin esa capacidad, aseguran, no habría responsabilidad en el pecador para ser juzgado. En realidad, ellos trasladan los preceptos de autoridad del Derecho humano al terreno divino, haciendo falaz su razonar por el argumento de falsa autoridad. Lo que sirve como autoridad humana no puede funcionar por fuerza en el ámbito de la autoridad divina. De esa manera defienden a Esaú o inculpan a Dios, ya que aquel personaje bíblico de Romanos 9 no tuvo ninguna opción de resistir a Dios. ¿Por qué, pues, Dios lo inculpa?
Por esta vía marchan los que se aferran a su fantasía religiosa del libre albedrío, bajo la superstición de su existencia: Si no hay libertad, no habrá culpabilidad en las acciones humanas. De igual manera, un extremo de esta corriente asegura que solamente aquellos que son capaces de arrepentimiento pueden llegar a creer, por lo que cuando alguien le dice a una persona que ella tiene el deber de arrepentirse y creer el evangelio, en realidad esa persona posee aquella capacidad.
Surge por este razonar de elucubraciones la habilidad como supuesto para el deber y la culpa. Sería traducido en el ejemplo siguiente: Si se nos encomendó predicar el evangelio a todo el mundo, debe entenderse que todo el mundo tiene potencialmente la habilidad para el deber de creer. Por esta vía se llega a una conclusión igualmente falaz: Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción. Creada la circunstancia del supuesto de la posibilidad de creer en todo el mundo, la distracción racional da el paso para una muerte universal del Hijo de Dios.
Lo que la Biblia enseña es que se nos ha ordenado ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura, para que el que sea creyente tenga vida eterna. Bien, veamos de cerca ese mandato: Desde que se ordenó esa gran comisión no todos los creyentes salieron por el mundo conocido de entonces a predicar ese evangelio; tampoco se dice nada de lo que sucedió hacia atrás, antes del momento de que esa orden fuese generada. Miles y millones de personas quedaron sin ninguna información al respecto, en relación a la supuesta muerte de Jesús por todo el mundo sin excepción.
La salida a este problema no puede pasar por el absurdo del abandono de la predicación del evangelio. No podríamos decir tampoco que como el hombre natural perdió la habilidad para creer debería ser excluido del grupo de los predicables. Un niño nace en un territorio con deuda pública (externa e interna) imposible de cancelar, pero esa imposibilidad no excluye que ese individuo que acaba de nacer tenga que asumir la responsabilidad de la deuda. Eso es un ejemplo del mundo secular, de la vida cotidiana, que pudiera ser útil para nuestro razonar por analogía válida. El deber ser no se anula por el hecho de la imposibilidad de cumplirse.
La ley que Dios le dio a Moisés fue muy dura, tanto que nadie pudo cumplirla y ella no pudo salvar a nadie. Así lo enseñan las Escrituras, pero esa ley resumida en los Diez Mandamientos no fue anulada, simplemente fue cumplida a cabalidad por Jesucristo. De esa manera él llegó a ser nuestra justicia, o la justicia de Dios para convertirse en nuestra pascua. Todos los que fuimos justificados en la representación que Jesús hizo en el madero, somos igualmente llamados los elegidos de Dios. Jesús vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Jesús no rogó por el mundo que quedó por fuera de su trabajo hecho al día siguiente de esa oración recogida en el Getsemaní (Juan 17:9).
El mandato divino fue absoluto: Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra (Deuteronomio 5:32). Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra (Josué 23:6). Veamos lo que nos dijo Jesucristo: Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48). Pese a ese mandato de guardar toda la ley, la Biblia aclara: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).
Así que quien guarde la ley, pero la quebrante en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado, sino por la fe de Jesucristo, de acuerdo a Gálatas 2:16, lo cual nos lleva a deducir con el resto de las Escrituras que aquella ley ordenada apuntaba a Jesucristo como su verdadero cumplidor. Él vino a ser el Cordero sin mancha, la Simiente prometida para acabar con el pecado y para herir en la cabeza a la serpiente antigua, llamada diablo o Satanás.
Podemos llegar a una temprana conclusión respecto a nuestro deber ser: lo que ha ordenado Dios no presupone capacidad de cumplimiento por parte de su criatura. Al contrario, la ley escrita en los corazones humanos, o en las tablas dadas a Moisés, cumple la función de señalarnos nuestro deber. Asimismo, ella nos educa en cuanto a nuestra incapacidad por cuanto el hombre natural cayó muerto en delitos y pecados. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). De esta manera se ha cumplido la condena sobre el pecado, cuya consecuencia no es otra que la muerte.
Sin embargo, frente a esta situación del hombre desesperado por andar atrapado en su maldad, recordamos que el regalo de Dios vino a mostrarse como la vida eterna que tenemos en Cristo Jesús, nuestro Señor. Para esto nadie resulta suficiente, pero lo que nos viene como imposible resulta posible para Dios. No envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado, pero que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Aquella persona que llega a creer, descubrirá después de creer que ha sido ordenado para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. No puede saberlo antes, porque el Espíritu de Dios no lo dirige todavía para que comprenda el mensaje del evangelio, ni le recuerda las palabras de Jesús. Pero una vez que ha nacido de nuevo (por operación del Espíritu) es llevado a toda verdad y ésta lo hará libre. De igual manera confesará siempre el verdadero evangelio, por cuanto como oveja sigue al buen pastor y no a los extraños. De la abundancia del corazón hablará su boca y como buen árbol llevará un buen fruto. Descubrirá que Jesús lo representó en aquella cruz y sufrió por todos sus pecados, de manera que el Padre ya no lo condenará por culpa de sus pecados.
Mientras el hombre continúe en su incredulidad, no podrá discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las tiene como locura. El incrédulo tiene el entendimiento entenebrecido, pero en los que se pierden jamás les resplandecerá la luz del evangelio de Jesucristo. Predicamos a los hombres incapaces de creer, porque no existe ningún prerrequisito de capacidad para llegar a ser creyente. La Biblia dice que seremos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iremos hacia el Hijo. Nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo lleva, pero el que es llevado por el Padre será resucitado en el día postrero y el Hijo no lo echará fuera.
César Paredes