Categoría: FE

  • NUESTRO PUNTO DE PARTIDA

    Cada creyente en Jesucristo parte de un axioma, un presupuesto no demostrado que se asume como verdad. El matemático cree en sus axiomas sin tener que demostrar que ha visto al número uno o al tres o a cualquiera de los que conforman sus conceptos matemáticos. Nosotros sabemos que nuestro sistema de verdad se arraiga en la revelación conocida como las Sagradas Escrituras. De vez en cuando, una vez que los arqueólogos descubren bajo tierra una vieja ciudad, un antiguo grabado, nos gozamos al cotejar que coordina exactamente con lo que la Biblia había enunciado como parte de su relato.

    A partir de las Escrituras la cristiandad ha desarrollado un sistema ordenado de la verdad que asume como soporte. Si Aristóteles tuvo a bien valerse de los hechos encontrados para desarrollar su sistema de pensamiento, aunque se alejara de Platón, quien era más deductivista, el estagirita se afianzó en el método inductivo conocido hoy día como el preferido por la ciencia moderna. Decimos que el matemático hace ciencia pero no puede demostrar la existencia de los números, excepto en su asunción axiomática. De todas formas, aunque no sepamos el peso de los números, a qué saben o huelen, ellos funcionan para sumar y restar, para comprar y vender, para la vida cotidiana.

    Nuestra fe descansa en Jesucristo, su autor y quien la consuma. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, por lo cual Él es quien la da a quien quiere darla, pues no es de todos la fe. Pero nuestra fe se desarrolla en un mundo lógico, sin incoherencias, de manera que cada quien que suponga depositar su confianza en ella debe estar seguro de dónde ella proviene.

    La fe no es una esperanza vaga sino una confianza sólida. La fe, sin que la llamemos una virtud moral, implica una firme persuasión del poder, de la fidelidad y del amor de Dios a través de Jesucristo. Es la substancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Lo que se ve, ¿a qué esperarlo? En cambio, lo que no vemos y creemos eso esperamos. Pero no se vale creer cualquier cosa, como si con esa base pudiéramos hacer que aparezca. Eso podría interpretarse como un acto de magia, un decreto mental, una actividad esotérica.

    La palabra prometida de Dios se tiene como la garantía y el fundamento de lo que esperamos. Si Dios no lo ha prometido, ¿a qué esperarlo? He allí nuestro círculo axiomático, nuestros presupuestos reunidos en torno a la palabra de Dios. Sin la confianza puesta en el Altísimo diríamos como David que nos hundimos en cieno profundo, donde no podemos asentar nuestros pies (Salmos 69:2). Sin embargo, por la fe de David el salmista salió de ese valle de sombra y de muerte, le pidió a Dios que lo escuchara en base a la verdad de su salvación (Salmos 69:13). Pedía respuesta bajo el fundamento de la benignidad de la misericordia de Jehová (Salmos 69:16). Este salmo es considerado mesiánico, pero por igual refleja la aflicción del salmista quien, en medio del dolor, anuncia que alabará el nombre de Dios con cánticos.

    Los cristianos partimos de la premisa que sostiene a Dios como la verdad, por lo cual hablamos la verdad de Dios. Partimos de la declaración bíblica que afirma que en el principio creó Dios los cielos y la tierra. Ese es nuestro punto de partida, un comienzo en el cual Dios (que no tiene ni comienzo ni fin) hizo todo cuanto existe, incluyéndonos a nosotros. El Salmo 100:3 declara: Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos…

    Nuestra fe se ampara en la Sola Scriptura, lo que nos conduce al principio de la inerrancia de la Biblia. Esto puede considerarse como un axioma, porque también la Escritura nos enseña que es la revelación de Dios hecha al hombre a través de muchos siglos. En tal sentido, como ya dijimos, nos alegramos cuando la llamada ciencia descubre ciertos principios que ya estaban embebidos en la declaratoria bíblica, sin que la Escritura pretenda ser un libro de ciencias. Dios está sentado sobre el círculo de la tierra (Isaías 40: 22); la Biblia habla de la creación del universo, la ciencia moderna nos da indicios de que hubo un comienzo (la tesis del Big Bang, por ejemplo, se da como indicio de lo que los científicos suponen que pudo ocurrir). El agua en sus estados sólido, líquido y gaseoso, se menciona en la Biblia, lo cual hoy día se considera como un hecho científico. De la tierra se obtiene el alimento, y abajo de ella todo se convierte en fuego (Job 28:5), lo que de acuerdo a nuestra ciencia se confirma al decir que la tierra está compuesta por un núcleo incandescente. Hoy se nos dice que la tierra orbita en el espacio, pero Job 26:7 nos aseguraba que Dios suspende la tierra sobre la nada. El ciclo continuo del agua fue mencionado por Salomón, en Eclesiastés 1:7, con una frase altamente poética: Todos los ríos van hacia el mar, y el mar nunca se llena; al lugar de donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir.

    Pero estas verdades de la ciencia declaradas por la Biblia no nos han hecho creer en Dios, sino la fe que nos fue dada junto con el nuevo nacimiento (Efesios 2:8). Sabemos por las Escrituras que Caín era del maligno, como afirma el apóstol Juan en una de sus cartas. Si miramos el contexto de las ofrendas hechas por aquellos dos hermanos emblemáticos, nos daremos cuenta de la relación de ellos con el evangelio revelado. La fe de Abel lo condujo al excelente sacrificio que Dios haría con el Cordero sin mancha, alcanzando testimonio de su justicia. En cambio, Caín ofreció a Dios de sus propios esfuerzos, contraponiendo el evangelio de las obras al de la gracia.

    Dios no mira con agrado que pongamos nuestras buenas obras como garantía para ir al cielo. Vean lo que le sucedió a Caín, que fue rechazado en su ofrecimiento. En cambio, la justicia de Abel se observa en la conciencia que tuvo de mirar el sacrificio de Cristo como suficiente, ofreciendo algo que era sombra de lo que había de venir. La ofrenda de Abel fue un cordero, una figura de lo que vendría. Ese es nuestro axioma, aferrarnos al Cordero sin mancha que ya vino y se inmoló en la cruz por causa de la limpieza de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Nuestra fe es un regalo de Dios, pero sabemos que no es de todos la fe; sin esa fe nadie puede agradar a Dios, pero así como Él se la dio a Abel lo ha hecho con todo su rebaño; en cambio, Dios no le dio fe a Caín, sino que lo dejó en sus propios esfuerzos para demostrar la excelencia de la confianza en Cristo.

    Desde que el hombre cayó en el Edén, el evangelio de Cristo comenzó a materializarse. Vemos a Dios sacrificando animales para cubrir con sus pieles la desnudez de los primeros hombres. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22), así que los pecados se perdonan de acuerdo al sacrificio de Jesús. Para esto, ¿quién es suficiente? Lo que resulta imposible para nosotros los humanos, resulta posible para Dios. Ese es nuestro axioma, nuestro punto de partida y será nuestro punto de llegada.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CON MUCHA CONFIANZA

    El camino del creyente tiene pausas obligadas, desvíos alternativos para evitar los mayores peligros de la travesía. La soledad viene a ser el componente fundamental del alma que conversa con Cristo, ya que a falta de audibilidad debe ejercitar el sentido de comprensión por medio de la fe. Se hace necesario para acercarse a Dios creer que le hay; claro está, sería mucho más sencillo si cuando uno hablara viera a la otra persona. Pero no estará allí visiblemente, dado que siendo Espíritu Dios no tiene la obligación de materializarse.

    El Espíritu de Dios conversa con nuestro espíritu y nos testifica de que somos sus hijos. De nuevo, en esa certificación hemos de seguir creyendo que Dios está allí. En este esfuerzo que nos permite la oración cotidiana, el alma desarrolla su estructura en forma sólida. Así que ningún creyente puede ayudar a otro para que su alma tome cuerpo, ya que como si fuere una actividad biológica cada quien tiene que respirar los asuntos espirituales en forma individual.

    Cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11:6). El elegido de Dios ha sido amado con amor eterno, antes de haber creído; sin embargo, también ha estado bajo la ira divina, lo mismo que los demás. ¿Cómo puede eso ser cierto en ambos sentidos? Jesucristo nos lo demuestra en la cruz, cuando el Padre se alejó por completo para derramar su ira por el pecado que cargaba (de hecho, se hizo pecado), pero jamás lo dejó de amar. El creyente nunca ha sido odiado por Dios, solamente ha percibido su ira cuando estuvo muerto en delitos y pecados; una vez que ha creído puede relacionar todos aquellos eventos acaecidos donde vivió circunstancias duras, pero siempre anunciará que aún en ellas estuvo cuidado por el Señor.

    Acudir a Dios (acercarse a Él) ante su trono, por su gracia, para orar junto a Él, para implorarle perdón y misericordia, ayuda en todo tipo de circunstancia, presupone creer en Él. Se debe creer que es un Dios en tres personas, que constituye una Unidad: el Padre de Jesucristo, el Hijo como Redentor, y el Espíritu como Consolador y quien nos habita hasta la redención final. Acudimos a Él bajo la conciencia de que es perfecto, de que su omnipotencia demostrará que tiene el control de cada asunto que nos acontece.

    La inmutabilidad del consejo de Dios hace que nos sintamos seguros de sus promesas, porque siendo el Dios de la naturaleza también es el del pacto que ha hecho con nosotros a través del Hijo. Existe una recompensa para los que lo buscamos con diligencia, los que nos refugiamos en Cristo el Mediador entre Dios y los hombres. Alguien sugirió que acudamos a Dios pero que no le digamos cómo debe actuar, que no dejemos que nuestra impaciencia dicte los pasos a seguir.

    Dios nos premia cuando le buscamos (Hebreos 11:6), con sus cuidados y con la certeza de que responderá en el tiempo oportuno. Por ahora nos basta su gracia, pero al final de todo el camino recibiremos la glorificación absoluta. Dado que sin fe es imposible agradar a Dios, debemos persuadirnos de buscarlo creyendo verdaderamente en Él. Creamos a sus obras que ha hecho en la naturaleza, en nuestros viejos caminos, en muchas personas que testifican de ello. Por nada hemos de afanarnos, sino que hemos de acudir a la presencia del Señor con toda oración y súplica. La paz de Él vendrá a nuestras vidas para guardarnos de todas nuestras preocupaciones.

    El Dios soberano viene a ser glorificado en nuestras pequeñeces, en nuestras pruebas; su sapiencia, su poder absoluto, el control de todo cuanto acontece, por cuanto lo que sucede en el mundo es su perfecta voluntad, nos da a entender que está en medio de la tormenta. Como Jesús lo demostró estando con sus discípulos en la barca, él dormía apaciblemente pero se despertó para reprender el mar y hubo grande bonanza. Ese es el Dios que maravilla, el que siempre tendremos de nuestra parte, ya que si nos amó cuando estábamos muertos en delitos y pecados nos ayudará estando ahora vivos por Cristo.

    Vivimos por la fe, en tanto fuimos justificados. Le creemos a Dios aunque nuestra ansiedad nos hace ver que pareciera lento en su actuar. Aunque la fe no elimina los problemas, por ella confiamos en el que habrá de actuar a nuestro favor. Bienaventurados los que no vieron y creyeron, le dijo el Señor a Tomás; nosotros le amamos a él sin haberlo visto, asegura Pedro (1 Pedro 1:8).

    Somos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (fe) del principio (Hebreos 3:14). De gran importancia es el asunto de la fe, ya que sin ella resulta imposible agradar a Dios. Sabemos que no es de todos la fe sino que ella es un don de Dios (Hebreos 11:6; 2 Tesalonicenses 3:2; Efesios 2:8). Nuestra fe no proviene de nosotros, sino que ha sido un regalo de Dios. Los inicuos (hombres malos) no tienen fe, al menos esta fe dada una vez a los santos. Esta fe es dada solamente a los elegidos de Dios, pero viene por operación del Espíritu Santo: cuando somos regenerados recibimos el paquete de la redención que incluye la fe, para poder asir con confianza el don otorgado.

    Teniendo esa fe podemos agradar a Dios; por medio de ella creemos recibir las cosas que hemos pedido, las sostenemos en la confianza de quien hace y consume esa fe: Jesucristo. Por esa razón, el incrédulo niega nuestra fe, no comprende nuestra confianza y supone que se puede tener fe en una piedra y las cosas ayudarán a bien. Otros incrédulos argumentan que lo que ha de suceder sucederá, de manera que no procuran con diligencia suplicar a Dios puesto que no lo conocen.

    Nuestro deber ante el mundo consiste en predicarles el evangelio, para que aquellos que hayan de creer sean movidos por el oír la palabra de Cristo. Por igual, algunos acarrearán mayor condenación, siendo endurecidos por la palabra que anunciamos. La Biblia dice que somos grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A los que se pierden somos olor de muerte para muerte, a los que se salvan somos olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

    Prosigamos por el camino que es Cristo, afianzados en el conocimiento que él nos ha dado por medio de su palabra. La meta está cerca, el fin de todas las cosas se nos viene encima; nuestros días están contados y no podemos añadir a nuestra estatura un codo. No nos afanemos, deleitémonos en Jehová y Él nos concederá los deseos de nuestro corazón. Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis, en palabras ciertas de quien no miente, Jesús el Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL ESFUERZO DE LA FE

    Vivir implica un esfuerzo constante, para soportar la jungla humana. La fe cuesta trabajo mantenerla activa, con el constante empuje de la oración y el examen de la Escritura. Ciertamente la fe nos viene como un regalo de Dios (Efesios 2:8), pero hemos de cuidarla; Santiago nos alerta: el que duda es semejante a la onda del mar, que va y viene arrastrada por el viento (Santiago 1:6). Creemos que Dios es uno, por asuntos de fe y criterio teológico, pero podemos seguir en esa creencia válida y aún vacilar con las promesas que nos han sido otorgadas. Lo que Dios nos ha prometido se hizo de acuerdo a su voluntad, para su gloria y por nuestro beneficio.

    Al saber que el Señor nos dio la confianza de pedir cualquier cosa en su nombre, para recibirla conforme a lo que creemos, entendemos que asunto serio ha sido la promesa. Dudar de ella implica turbación en nuestra alma, supone una mente inestable, una emoción sujeta a la tentación y al desequilibrio. Si no confiamos en lo que Dios nos ha dicho, ¿en quién tendrá confianza el creyente? No tendremos sabiduría de lo alto, si no mantenemos la fe en cuanto a la promesa. Creemos que recibimos el perdón por méritos de la justicia de Cristo, en virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Si en algún momento nuestra alma se inclina a creer que son nuestros méritos los que nos conducen al Padre, demostramos que no hemos creído con la fe dada a los santos.

    En Efesios 2:8 se nos asegura que hemos sido salvos por gracia, en forma actual y no potencial. Hemos sido salvados de Satanás y de la maldición de la ley, de la eterna condenación que sigue a los irredentos. Esa gracia se describe como el favor de Dios, a quien le pertenece toda la ramificación que supone la salvación. Hemos escuchado el Evangelio como un medio de gracia, pero el Espíritu nos ha hecho nacer de nuevo por su voluntad única. No depende de voluntad de varón o de sangre alguna, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero Él no tiene misericordia de todo el mundo, sin excepción, como se demuestra en las Escrituras referentes al Faraón de Egipto o a Esaú, el odiado.

    Así que si miramos el gran favor que se nos ha concedido sería suficiente estímulo como para guardar y ejercitar esa fe que nos fue concedida. La fe no se concibe como la causa de la salvación pero sí como el instrumento por el cual la recibimos. Pero aún ese utensilio nos ha sido otorgado, si bien sabemos que no todo el mundo recibió ese don porque no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Esa fe ha venido no en automático sino por el oír la palabra de Cristo, aunque no todos los que la oyen la reciben. Lo sabemos por los escritos de los evangelios relativos a la época en que Jesús habitó entre los hombres. No todos los que le oyeron tuvieron fe, ya que si el Padre no envía hacia el Hijo no se puede ser salvo (Juan 6:44).

    Para mantener la fe cristiana se implican varias prácticas y actitudes que ayudan a vivir y fortalecer la relación con Dios, así como a seguir las enseñanzas de Jesucristo. Entre los aspectos claves está la oración, que es el comunicarse regularmente con Dios para buscar su guía, consuelo y para reconocer sus favores. También está el estudio de la Biblia, ya que estudiar las Escrituras nos permite entender mejor los principios y enseñanzas cristianas, de forma que se apliquen en la vida diaria. Aceptamos participar en la comunidad de creyentes, en la actividad de los servicios religiosos (como también se nos ha ordenado: No dejando de congregarse, como algunos tienen por costumbre). Llevar una vida en forma ética y moral, esforzándonos por vivir de acuerdo con los valores cristianos, como la honestidad, la justicia, el amor al prójimo y el perdón. Nos dedicamos al servicio a los demás, en especial a los necesitados, imitando el ejemplo de Jesucristo con su amor desinteresado. También conviene compartir con otros aquello que hemos creído, testificando con palabras y acciones el impacto positivo de nuestra fe. Por lo dicho, mantener la fe cristiana es un proceso continuo que implica dedicación y compromiso diario.

    El creyente ya ha sido convencido de pecado, para poder arrepentirse de acuerdo a lo que el Espíritu de Dios le dicte. Conoce que la carne para nada aprovecha, sabiendo que la piedad tiene provecho en esta vida y en la venidera. La muerte eterna ya no le compete pues ha sido liberado de esa condena que conlleva la separación del Creador. Reconoce por igual que la ley no puede liberarlo en nada sino que lo complica más, ya que ser infractor de uno de sus puntos lo hace cómplice de todos los errores que por ella conoce. Los judaizantes descritos en las Escrituras se apegaban al evangelio y a la vieja ley, pero fueron señalados como gente corrupta en cuanto a la fe de Cristo. Hoy día vuelven a la carga, agarrándose de detalles como el hecho de guardar el día sábado, o con los llamados mesiánicos que suponen poseer el secreto de las palabras antiguas.

    La convicción de pecado debería hacerle saber a la persona que está bajo la maldición de la ley, pues la ley no salvó a nadie, ya que no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20), ya que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Venida la justificación por medio de la fe de Cristo, sabemos que el Señor se convirtió en la justicia de Dios para que el Juez Justo pueda justificar al impío. Sabemos que la justificación no se hace en desmedro de la justicia de Dios sino a través de esa justicia, por lo cual fue dicho que Jesús es nuestra pascua.

    Abraham fue reconocido como el padre de la fe, por causa de haberle creído a Dios la promesa que se le hizo (Génesis 15:6; Romanos 4:3; Gálatas 3:6). Esa fe significa que fue justificado; recordemos que si la fe es un don de Dios a Abraham Dios le dio esa confianza para que esperara con certeza lo prometido. Las circunstancias parecían improbables o imposibles, pero creer a pesar de ello implica confianza en la fidelidad y poder de Dios. La justicia de Abraham no significa una conducta moral perfecta, sino una posición correcta ante el Dios que justifica. Por medio de esa fe Dios declaró justo a Abraham, como lo hizo por igual con Job y con todos los santificados del Antiguo y Nuevo Testamento.

    El contexto de la frase le fue contado por justicia supone que Dios consideró la fe de Abraham como la base para declararlo justo. Esta justicia fue «imputada» o acreditada a Abraham por su fe. En resumen, esta frase destaca un principio central en la teología bíblica: la justificación, o ser declarado justo ante Dios, por cuanto se basa en la fe y no en las obras. Abraham es presentado como un ejemplo de alguien que fue justificado por su fe en las promesas de Dios.

    Nosotros los creyentes hemos de seguir estos parámetros del padre de la fe, confiando en el Señor aún en las peores circunstancias en que andemos. La historia del hijo pródigo nos permite asumir la conducta de confianza de quien siempre se consideró hijo del padre. A pesar de comer de los algarrobos en las pocilgas donde apacentaba cerdos (el mundo por referencia), ese individuo de la parábola de Jesús sabía que era hijo de un hombre importante. Se levantó dispuesto a confesar su pecado contra su padre y contra el cielo, se presentó humillado para que lo ubicaran como a uno de sus jornaleros. Esa confianza de no haber perdido su estatus de hijo le permitió dar los pasos necesarios hasta su antiguo hogar.

    La historia del hijo pródigo nos enseña que el padre estaba expectante, aguardando el momento en que vería a su hijo de regreso. Sabemos que hubo un gran recibimiento, una enorme alegría en el corazón del padre que lo amaba. Asimismo hay en el cielo gozo por un corazón que se arrepiente; he allí la importancia de leer las Escrituras para imprimir en nuestros corazones la confianza que hemos de tener siempre en nuestro Padre Celestial, el cual da más abundantemente aquello que pedimos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CONTENDER POR LA FE

    Somos llamados a contender por la fe, de la manera como Cristo vino a este mundo. ¿Qué significa todo este planteamiento? Bien, Jesucristo no vino a imponer una cultura cristiana, puesto que dijo que su reino no pertenecía a este mundo. El creyente a través de la historia ha visto cómo ésta cambia, pero el profesar el cristianismo puede conducir a la idea del fenómeno cultural. Por supuesto que la doctrina cristiana en general importa un cambio social a la larga, ya que la sumatoria de los creyentes (al menos en forma externa) impacta como una piedra en un lago para producir una onda expansiva.

    He allí el problema central, quedarnos enamorados de nuestro propio rostro reflejado en el agua. Nuestra contención debe dirigirse a la fe; en todo momento nuestro asidero se fija en la doctrina de Cristo. Es de tal importancia que Juan aseveró que quien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es más, añadió que quien le dice bienvenido a quien no porta esa doctrina participa de las malas obras. La contención por la fe no presupone una batalla carnal, con gritos o insultos; ella permite examinar nuestros argumentos que tejen el soporte de nuestro sistema de creencias.

    ¿Creemos en un Dios Todopoderoso? En realidad ese punto de partida ayuda mucho, ya que al comprender que por el mandato de su palabra el universo fue constituido estamos dando un voto de confianza a la Escritura. A partir de esta premisa tenemos que seguir colocando interrogantes: ¿A qué vino Jesús a este mundo? Su tema central lo señala la Biblia: Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). No vino Jesús a dar lecciones de moral, de buena conducta o de ética laboral. Tampoco vino para hacer milagros y que fuera admirado por los que se impactaron con sus prodigios y señales. Claro que hizo todo eso, así como dio sermones importantes, pero Jesús tuvo un propósito muy diferente a esas cosas que hizo: justificar a muchos (Isaías 53:11).

    Los viejos fariseos se aferraron a las obras de la ley, bajo la pretensión de salvarse por medio de ellas. Pensaron que la formalidad de la norma contenía en sí misma la redención del alma; sus vidas giraban en torno a las ceremonias y al celo por el cumplimiento de las reglas que crecían con los siglos. Claro, detrás de ese cometido subyacía la idea del libre albedrío, bajo la égida de la cultura del hacer y no hacer.

    Con la venida de Jesucristo Israel sufrió endurecimiento en parte, quedando a un lado del camino. No nos jactamos contra los integrantes de ese pueblo, simplemente comprendemos su papel en la historia de la fe. Fueron los encargados de custodiar el libro, la revelación escrita de Jehová. Pero su apego a lo externo los dejó por fuera de lo interno: se convirtieron en culturales antes que en hombres de fe. Muy contrario a Abraham, de quien se ha dicho que es el padre de la fe, el que le creyó a Dios y su fe le fue contada por justicia.

    Precisamente, nuestra fe en Jesucristo nos hace partícipes de la justicia de Dios. Nadie pudo cumplir la ley a cabalidad, por lo cual los que lo intentaron cayeron bajo la maldición de la ley. De allí que la ley no salvó a nadie, pero se convirtió en el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. Por la ley descubrimos la crueldad del pecado, por ella comprendemos que somos impotentes para poder redimirnos. En cambio, la fe en Cristo nos enseña que él se convirtió en la justicia de Dios. Isaías dijo que el siervo justo vería el fruto de su trabajo y quedaría satisfecho.

    Pero la cultura cristiana contiene muchas ideologías derivadas de la interpretación teológica. Una de ellas viene como continuación del viejo fariseísmo, de la antigua conversación entre la serpiente y nuestros padres humanos. El hecho de pretender ser independientes del Creador para llegar a ser como él (y seréis como Dios). Instalado el cristianismo como cultura, el concepto del libre albedrío ha cobijado a miles y millones de seguidores de la religión cristiana. Ha habido teólogos que desarrollaron puntos de vista repetitivos siglos tras siglos, para básicamente sostener que la justicia de Dios se muestra más segura y cierta si se considera al ser humano libre e independiente del Creador. Por ejemplo, Pelagio, un monje que vivió entre el siglo cuarto y quinto, escribió que nosotros no hacemos maldades en virtud de nuestra naturaleza, sino en virtud de nuestra libertad. Por lo tanto, somos capaces de hacer bien o mal gracias a esa libertad que poseemos, no por fuerza de alguna naturaleza que nos impele a las acciones buenas o malas. Además, existe gran mérito en hacer el bien bajo el parámetro de nuestra libertad porque no existe atadura que nos fuerce a ello. Esa sería la razón por la cual Dios dejó delante de la humanidad la vida y la muerte, para que cada quien decida.

    Con el pasar de los años muchos teólogos siguen ese camino trazado y discuten sobre el libre albedrío humano. Toman textos fuera de contexto, no saben qué hacer con los pasajes que hablan de la soberanía absoluta de Dios. Por ejemplo, el texto de Romanos 9:11 lo dejan a la interpretación privada, diciéndonos que Dios salvó a Jacob por cuanto es imposible que cualquiera pueda salvarse, pero que no tuvo nada que ver con Esaú, ya que por principio todos estaríamos condenados. Sin embargo, la Escritura enseña que la voluntad de Dios privó sobre el destino de ambos seres; la Biblia grita a voces que Dios hizo al malo para el día malo, que Él es quien da la vida y la muerte, el que hace el bien y crea el mal. Sus profetas exclaman por doquier el sentido de las palabras de Jeremías: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? Amós declara lo siguiente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, lo cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6).

    Es de hacer notar que cuando Dios coloca la vida y la muerte delante de nosotros y nos dice que escojamos la vida, eso aparece como un mandato general para un pueblo particular. La ley de Jehová aparece para que conozcamos su rasero ejecutor, su altitud inalcanzable, para que pudiésemos esperar al Mesías prometido. Venido Cristo llegó el fin de la ley (Romanos 10), pero nunca se escribieron aquellas palabras como para darnos a entender que nosotros tenemos libertad plena para decidir nuestros destinos. Si así fuera, seríamos independientes del Creador, totalmente autónomos y no estaríamos sujetos a ningún juicio de rendición de cuentas.

    Tomás de Aquino, del siglo 13, escribió en su Suma Teológica que el hombre posee libre albedrío, ya que de lo contrario no hubiese tenido sentido el que se le prohibiera, exhortara, recompensara o mandara a hacer ciertas cosas. Esa idea perdura en el tiempo, por lo que el Concilio de Trento (el de la Contrarreforma) dice en uno de sus cánones: Maldito aquel que niega el libre albedrío. Por lo claro comprendemos que esa es la teología de la Iglesia Católica, de donde vino Jacobo Arminio como un infiltrado en las filas de los reformados. Su teología permeó la congregación reformada incipiente y la contaminó con la hierba venenosa que muchos han bebido durante demasiados años. Por doquier la iglesia protestante se declara arminiana en su teología, en especial la Metodista y por lo general la pentecostal. También esa mala hierba se ha extendido a otras regiones teológicas, intoxicando a los que se ocupan más de la cultura que de la fe.

    Los grandes teólogos giran en torno a la misma interrogante: ¿cuál es el punto de exhortar a la gente si no tiene el poder de decisión? Si se les dice que la vida está a la diestra y la muerte a siniestra, ¿no se supone que tienen el poder de escoger? Esas advertencias no serían necesarias si no hubiese liberad de decisión, aseguran, ¿cómo puede Dios invitar a todos al arrepentimiento si Él es el autor de la impenitencia? Esa última pregunta la hizo Erasmo de Rotterdam, en la época en que vivió Lutero. El problema con ese criterio es que se han desentendido de la fe y se volvieron tan solo a la cultura cristiana.

    Dios ha declarado en la Escritura que sus ojos miraron a los hombres y no hallaron nada bueno (Salmos 14). Todos se habían corrompido, no había uno que buscara al verdadero Dios. Ha declarado por igual que todos hemos muerto en delitos y pecados, que no hay quien entienda y que nuestra justicia es como trapos de inmundicia. Por igual ha dicho que está airado contra el impío todos los días. Si no hay quien haga lo bueno, ¿cómo puede alguien acostumbrado a hacer el mal hacer el bien? ¿Cómo puede alguien que hace lo malo escoger lo bueno para su alma? Jesucristo nos aseguró que eso no es posible para el hombre, pero para Dios todo es posible. Agregó que ninguna persona puede acercarse a él si el Padre no lo trae, que todo lo que el Padre la da vendrá a él y no será echado fuera. Es decir, los que no se acercan a Cristo nunca fueron enviados por el Padre. Tal vez hay muchos atraídos por la cultura cristiana, pero no necesariamente por la fe de Cristo.

    Arminio sigue en su teología diciéndonos que la idea de que Dios escoge desde la eternidad, sin mirar en las obras humanas, es absolutamente repugnante. Agrega que esto hace a Dios absolutamente pecador, ya que es Dios quien transgrede su propia ley. John Wesley siguió el camino de Arminio y también se atragantó con las obras como medio de salvación, hasta llegó a hablar del bautismo como acto de regeneración. En el intento de conciliar las dos corrientes, la soberanía absoluta de Dios y la libertad humana, se ha dicho que Dios concede su gracia a todos por igual, pero que deja en libertad por un instante a cada alma humana para que decida. A ese criterio se ha llamado la gracia que habilita, ya que Dios se despoja por un instante de su soberanía para habilitar al ser humano en su libertad, y así dejar que decida por su cuenta. El autor de tal tesis se llama Luis de Molina y su doctrina se conoce como molinismo. Pero esto no es más que fantasía que no tiene raigambre en las Escrituras.

    ¿Qué nos dice el Evangelio? En Juan 3:19 leemos: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Los amantes de la cultura cristiana antes que los contendores por la fe de Cristo prefieren alejarse de la verdad (el cuerpo doctrinal de Jesucristo); sabemos que esa cultura los delata como hacedores de obras malas. Si practicaran la verdad vendrían a la luz, para que se manifieste que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:21). Eso mismo le sucedió a aquel conjunto de discípulos que murmuraron contra la doctrina de Cristo, diciendo que sus palabras eran duras de oír (Juan 6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • FE Y PALABRA DE DIOS (Romanos 10:17)

    Un ligamen absoluto existe entre la fe y la palabra de Dios que debe ser oída y entendida. Cuando hablamos de oír nos referimos a escuchar con el alma, con entendimiento, pues hasta un impedido del oído físico puede oír la voz de Dios. Esa recepción de la palabra de salvación supone un emisor, el cual es el Espíritu Santo. Pero ha querido Él que nosotros los creyentes seamos los evangelistas que anunciemos la buena noticia para su pueblo escogido. Como no sabemos quiénes han de creer, cumplimos con el mandato de predicar en todo el mundo a toda criatura humana. La palabra de Dios no regresará vacía, sino que hará aquello para lo que haya sido enviada.

    En algunos esa palabra obra mayor condenación (Santiago 4:17), en otros los conduce al cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes son ellos. Cristo es el autor y consumador de la fe, no es de todos la fe sino que ella viene como regalo de Dios. Pero no invocará nadie el nombre del Señor si antes no se ha oído quién es ese Señor. Muchos falsos Cristos se han levantado por el mundo, muchos falsos evangelios han sido anunciados, todos ellos tienen en común el anatema de parte de Dios. No todo el que le dice Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos.

    Urge entonces conocer al verdadero Jesús, el que anuncian las Escrituras. Pero sabemos que los viejos fariseos memorizaban los textos del Antiguo Testamento y se hicieron doctos en la enseñanza de la ley. Sin embargo, fueron llamados generación de víboras que iban camino al infierno del cual no podían huir. Pablo le recomienda a su bien amado amigo y hermano Timoteo que se ocupe de la doctrina, porque haciendo eso se salvaría a sí mismo y ayudaría a salvar a otros. ¿Cómo es eso de salvarse uno mismo? ¿No es acaso la salvación una obra de Dios? Sin duda alguna la salvación pertenece a Jehová, y la condenación también (quien tenga duda consulte sobre Esaú, el Faraón de Egipto o respecto a los demás réprobos en cuanto a fe, los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo).

    Pero los creyentes debemos crecer en gracia y examinarnos continuamente para ver si estamos en la fe. Algunos han creído en vano, en un Jesús distinto al enseñado por los primeros discípulos (Juan 17:20), por eso no son verdaderos creyentes. Puede ser que alguien haya ido por cuenta propia o de otro y no haya aprendido del Padre para ser conducido a Jesucristo (Juan 6:44-45). Pablo tuvo por basura el haber sido un fariseo, un celoso de Dios, incluso el haber estudiado a los pies de Gamaliel, el gran maestro del Antiguo Testamento, por causa de la excelencia de Cristo. Ese apóstol agradece a Dios por los romanos que se mantenían en aquella forma de doctrina enseñada por él, por lo cual también le enfatizaba a Timoteo que hiciera lo mismo.

    La doctrina es el conjunto de enseñanzas de Jesús, no puede ser superada por nada en este mundo. El que descuida la doctrina se aparta y prevarica, con lo cual demuestra que no tiene ni al Padre ni al Hijo; Jesús dijo que sus ovejas lo seguirían siempre y no se irían tras el extraño jamás (Juan 10:1-5). Se entiende que esos que yerran y se van tras las doctrinas de demonios nunca han seguido al buen pastor, por lo que eran oidores olvidadizos con apariencia de piedad. Urge examinarse para ver si estamos o no en la doctrina de Cristo. Cuando uno corrige al que se dice de la fe lo hace por amor, nunca por contienda o vanagloria. Pero no podemos estar detrás de ellos en forma continua, ya que cuando confiesan lo que tienen en su corazón uno verifica si son o no son árboles buenos.

    De las cartas de Pablo se desprende que no pueden tener fe los que no han oído el evangelio. La ley no salvó a nadie, aunque la ley de Dios está en los corazones humanos para dar testimonio de que en alguna medida les fue manifiesto el conocer a Dios. Pero como la ley no salvó a nadie, sino que trajo maldición a todos, pues maldito es el que incumpla alguno de los puntos de la ley, se entiende que tampoco son salvos los que guardan a medias esa ley natural que ya conocen. Urge la predicación del evangelio, para que el mundo sin Cristo salga de la ignorancia respecto a Dios.

    Pero el conocimiento no salva, tampoco. Solamente que el conocimiento de las Escrituras resulta útil por su materia. En muchos produce un cambio de paradigma para beneficio social o individual, pero en los escogidos produce el despertar necesario que realiza el Espíritu para convertir el alma: lo que se llama el nuevo nacimiento. No existe divorcio entre el evangelio predicado y el trabajo del Espíritu. El conocimiento viene como consecuencia de la redención, ya que el Espíritu no nos deja en la ignorancia respecto a quién es Cristo. Pero aquellos que se llaman cristianos y que solo profesan externamente su fe, sin que haya habido cambio interno hecho por el Espíritu de Dios, manifestarán a su tiempo la ignorancia respecto a quién es el Cristo de las Escrituras. Ellos exhibirán con agrado y pompa a ese Jesús de la expiación universal, a un Dios que ama al elegido y al réprobo, proclamarán una expiación a medias o potencial según la cual el muerto en delitos y pecados decidirá si la recibe o la rechaza.

    Esa fe espuria viene por el oír el evangelio de los falsos maestros. Es por eso que insistimos en la doctrina de Cristo, ya que él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía. Por supuesto, el que a él viene no será echado fuera jamás, pero siempre y cuando haya sido enviado por el Padre. Dios enseña a su pueblo para que cuando haya aprendido vaya a su Hijo Jesucristo (Juan 6:45). La manera como ocurre esa enseñanza también pasa por las Escrituras que han de ser escudriñadas, sin la trampa de separar los contextos de los textos que ella alberga.

    Algunos continúan engañados por sus esfuerzos religiosos, teniendo por bueno lo que es malo. Rechazan el estudio doctrinal porque consideran que a Dios lo que le gusta es el corazón alegre cuando pronuncia el nombre de Jesucristo. Nada más vano que suponer tal disparate, ya que no todo el que le diga Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacemos la voluntad del Padre tendremos morada con Él, y esa voluntad es que creamos en el Hijo. Pero ¿cómo creer en el Hijo si ignoramos su doctrina? Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    Conocer a Jesús implica conocer su doctrina, su conjunto de enseñanzas respecto a la vida eterna y al Padre, el dador de toda buena dádiva que viene de lo alto. Las palabras de Jesús parecieron duras ante muchos de sus discípulos, en especial de aquellos que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces. Pero eso no lo incomodó para nada, sino que lo movió a dejar en claro que insistía en lo que había dicho: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    La repetición de ese punto doctrinal revela la trascendencia que deseaba el Señor dejar en el aviso: el verso 37 e Juan 6 anuncia que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; el verso 44 enfatiza el hecho (ninguno puede venir a mí…), el 45 refiere a los profetas que habían dicho que seríamos enseñados por Dios, para que habiendo aprendido de Dios fuésemos al Hijo. Ahora en el verso 65 resume lo expuesto, por medio de la alocución Por eso os he dicho…lo cual introduce una oración en la que se expresa una consecuencia de lo dicho anteriormente. De esta forma enfatiza una doctrina que les parecía dudosa a sus interlocutores ofendidos por la palabra dura de oír.

    La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero los que ignoran la justicia de Dios siempre buscan la suya propia (Romanos 10:1-4). Dios ordena que de las tinieblas resplandezca la luz, el que también resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Vemos que Jesús no es un nombre vacío, sino un vocablo que refiere a una persona con un trabajo realizado en forma completa. Los corazones de los hombres son oscuros, pero Dios aparece como el sol para alumbrar porque Él es la fuente de luz. ¿A quiénes alumbra? A todos los que tuvo a bien alumbrar, de acuerdo a sus planes eternos.

    Y aunque la luz haya venido al mundo para alumbrar con el evangelio, los hombres prefieren las tinieblas porque sus obras son malas. Sin embargo, si el Espíritu hace la obra de regeneración en los elegidos del Padre, no se puede decir que el hombre prefiere la luz por naturaleza propia de su corazón. Solamente después de haber sido quitado el corazón de piedra, y colocado el de carne, nosotros podemos preferir la luz a las tinieblas. La luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo debe tocar el alma humana, de otra manera no podrá el ser humano desear ese brillo del conocimiento de Cristo.

    Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11), no por el conocimiento de la sabiduría humana. Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación de su Evangelio, de lo cual nosotros somos partícipes como mensajeros de paz. Recibimos el consejo de Dios y su esquema de salvación, que pasa por la predestinación, según el puro afecto de su voluntad, sigue por el conocimiento del siervo justo y también por el oír el Evangelio como promesa de redención para todo su pueblo. Nuestra obediencia a ese Evangelio nos mueve a su predicación, para que todos aquellos nombrados para vida eterna lleguen a la salvación plena del Señor.

    César Paredes

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  • LA FE COMO JUSTICIA (ROMANOS 4:5)

    La expiación de Jesucristo viene a ser el centro del Evangelio, la buena noticia para el pueblo de Dios pero no para el mundo. No puede ser una buena noticia para los réprobos en cuanto a fe, al saber que Dios se olvidó de ellos. Pero para los elegidos del Padre existe la buena nueva de salvación, Cristo murió por nuestros pescados, el justo por los injustos, por lo cual se dijo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    En la ley de Dios está nuestra delicia, ya que ella se muestra como el Ayo que nos envió a Cristo. La ley nos condena pero por su condenación huimos hacia los brazos de Jesús, el autor y consumador de la fe. Ciertamente, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Abraham creyó y su fe le fue contada por justicia, al igual que nosotros y que cualquiera que haya de creer. Claro está, muchos de los que dicen creer conservan su apariencia de piedad pero niegan su eficacia. No puede ser de otra manera, ya que en ese aparentar el pietismo se han olvidado de la esencia del Evangelio.

    La expiación de Jesucristo vino a ser su gran obra en la cruz, la cual consumó en su totalidad. No se le puede agregar ni siquiera un porcentaje mínimo ya que no se admite ninguna obra. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda (Romanos 4:4). La gracia y las obras son excluyentes como camino hacia el Padre. Al examinar la expiación de Jesucristo aprendemos que fue un trabajo referido en exclusiva a todo su pueblo (Mateo 1:21), habiendo dejado por fuera al mundo no amado (Juan 17:9). Es en este punto donde la gente revira, dando vueltas sobre el aguijón que piensan patear.

    El puño del no redimido se levanta contra el Creador y lo acusa de injusticia. Como hicieron los viejos israelitas que decían que pagaban el pecado de sus padres, como si ellos fuesen muy justos. Así mismo, los enemigos de Dios se exaltan cuando leen en las Escrituras todos los textos que hablan del amor exclusivo de Dios por su pueblo. De hecho, son múltiples las interpretaciones de sus exégetas en torno al odio mostrado por el Creador hacia Esaú. A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí (odié), cita de Romanos 9:13.

    Muchos de sus desvaríos circulan en el ámbito filológico, al decir que el verbo odiar en ese caso específico significa amar menos. Otros hablan de dos pueblos o naciones, pero nunca de personas particulares. Poco a poco van quitando la dureza del texto hasta convertirlo en palabras blandas que llevan su veneno. Los falsos creyentes (los que tienen apariencia de piedad y niegan su eficacia) regurgitan la palabra predestinación. Ellos aseguran que Dios predestinó basado en las buenas obras de los elegidos, en sus corazones que tenían algo de bueno. ¿Qué de bueno vería Dios en mí para elegirme? -dicen algunos de los fieles seguidores de la expiación general o universal.

    El profeta Isaías expuso que por el conocimiento del siervo justo justificaría a muchos; Jesucristo enseñó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido seríamos enviados al Hijo. Agregó que ninguno puede venir a él si el Padre no lo envía. Pero dijo igualmente que todo lo que el Padre le daba vendría a él y el que a él viene no será echado fuera. En estas breves líneas de las Escrituras se nota que la voluntad del Padre consiste en redimir a su pueblo de sus pecados, por lo cual envió a Cristo en el tiempo apostólico para realizar el trabajo de la expiación.

    Insistimos en la comprensión de la expiación eficaz hecha por Jesucristo. Sería ineficaz si la hubiese hecho en una forma potencial y generalizada, por todo el mundo sin excepción, dado que muchos caminan hacia el infierno de eterna condenación. Su sangre se vería pisoteada si hubiese sido derramada en vano por los réprobos en cuanto a fe. Los que se hubiesen salvado en ese sistema de expiación general o universal tendrían de qué gloriarse, de su buena obra de aceptar el sacrificio del Señor. Ellos tendrían su salario como deuda, no como gracia.

    La expiación de Jesucristo está cimentada en la ley de Dios, como un anuncio para su pueblo. Dice la Escritura: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Si Cristo hubiese muerto por toda la humanidad, sin excepción, hubiese pagado por toda la iniquidad de todo el mundo, sin excepción. De esa manera uno podría ver que todo el mundo iría a Dios, tarde o temprano, por el ministerio del Espíritu Santo sobre los elegidos del Padre.

    Asimismo, habría que concluir que bajo ese sistema de la expiación general o universal toda la humanidad sería predestinada para salvación, por lo cual ya no existiría condenación para nadie. En ese absurdo teológico viven millones de auto-llamados creyentes cristianos, bajo el pretexto de que les resulta una teología más amable y menos condenatoria para el Creador, a quien ya no habría que acusar de injusticia alguna. La Escritura desmiente ese sistema diabólico, como bien se demuestra del modelo expuesto en la crucifixión. Uno solo de los ladrones fue escogidos para redención, el otro se burló del Señor hasta en su último momento. Entonces, ¿murió Jesús por ese otro ladrón?

    ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8; 17:8). ¿Por qué no se escribieron sus nombres en el libro de la vida del Cordero desde esa época? Vemos que aquellos nombres de los redimidos estuvieron escritos desde que Adán fue formado del barro (en la fundación del mundo). ¿Será que Dios vio alguna obra buena en los escogidos para motivarse a escogerlos? En ninguna manera, ya que fue escrito que Dios declaró que no había justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Asimismo se dijo que nuestras justicias eran como trapos de mujer inmunda, y se añadió que Dios odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal.

    Eso irrita a los que proponen la teología de las obras sumadas a la gracia. Sin embargo, eso dice la Escritura de principio a fin. ¿Cómo puede Dios no imputarnos iniquidad? Porque Él es un Dios justo que justifica al impío, no basado en la obra de los muertos en delitos y pecados sino en su justicia, la cual es Cristo. Cristo, justicia de Dios, nuestra pascua, vino a redimir a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesús dijo que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de su Padre. Esa voluntad consiste en que creamos en el Hijo y en su obra expiatoria, la única justicia posible para escapar de la condenación venidera. Pero como esa labor resulta imposible para los hombres, para Dios resulta posible. Jesús agradeció al Padre por haber escondido estos tesoros del evangelio de los poderosos y entendidos, pero agradeció por abrir esos tesoros a los pobres y a los niños. Es decir, a aquellos incapaces de alegar obra propia ante el Dios soberano. Solamente por el conocimiento del siervo justo seremos justificados. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    Mucha gente ha oído de otro Jesús, de uno que expió a todo el mundo, sin excepción, pero que deja que que obre para que su salario se le cuente como deuda. Ese Jesús es un timador, una imitación del Hijo de Dios, alguien forjado en el pozo del abismo y dado al mundo para su perdición. Son los falsos maestros y los teólogos del engaño los que promulgan la enseñanza cargada de estupor, para los que no aman la verdad sino que se complacen en la mentira.

    César Paredes

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  • CON LA FE COMO UN ESCUDO (EFESIOS 6:12)

    Con la fe evitamos el temor ante los hombres, así como ante los peligros y males que pueden sobrevenir por ataques diabólicos. La verdadera fe en el Dios de las Escrituras asume que a quien hay que temer es al Todopoderoso, pero ahora que le conocemos lo reverenciamos. No estamos puestos para ira sino para misericordia, por esa razón aparece nuestra reverencia en agradecimiento a quien nos libró de la maldición de la ley. El principio de la sabiduría es el temor a Jehová, por cuya razón tememos al Omnipotente, a su castigo de Padre, aunque no caeremos de nuevo bajo su ira.

    Preferible resulta temer al Señor que tenerle miedo a los seres humanos. Mucho mejor para el alma arrodillarnos ante Dios y no ante los hombres; el temor neurótico que embarga a muchos espíritus se da por ausencia del temor a Dios. El poder de la fe nos ayuda a sobreponernos a los diversos miedos que nos provienen de los otros seres humanos. La fe nos coloca en lugar seguro, al saber que nuestra alma está a salvo. Con la información de que estamos bajo el pacto de gracia, nos alcanza la consecuencia necesaria de ese convenio: la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

    Al saber que la eternidad está garantizada en aquel que tiene el poder para cumplir todas sus promesas, caminamos firmes en medio de los contratiempos del mundo. Hagamos el bien, decía Pedro, una vez que encomendemos nuestras almas a Dios (1 Pedro 4:19). Si nos ocupamos con acciones virtuosas, de seguro nuestra alma yacerá confiada. Esa confianza no viene garantizada por nuestras obras sino por haber encomendado nuestra alma al Todopoderoso, en tanto que por consecuencia la virtud nos sigue en aquello que hacemos.

    El diluvio vino y Noé y su familia reposaron en el arca, confiados en lo que el Señor les había indicado. Pero Noé actuó por fe, se focalizó en el Omnipotente y su palabra, haciendo caso omiso de los comentarios y burlas de quienes negaban la posibilidad de lluvias. Una vez consolidada la fe, vienen las acciones, el trabajo que sigue como consecuencia, la ocupación en lo que debemos realizar. Si miramos hacia arriba no tenemos que volver la mirada hacia las cosas de abajo, a lo terrenal. Mientras el mundo nos grita que no podemos, desde el cielo escuchamos la voz que nos dice no te dejaré ni te desampararé.

    Fue de esta manera que David venció a Goliat, trayendo a la memoria otras escenas en las que Dios le había dado la victoria: frente a leones y a las garras de los osos. Siempre hemos de acordarnos del camino por donde nos ha traído el Señor (Deuteronomio 8:2). La provisión de Dios en cada circunstancia pasada, la redención en medio de nuestros enemigos reales, incluso los castigos recibidos por parte de la mano del Padre que nos ama, todo ello viene como recuerdo para el alma que confía en su Señor. Cuando allí miramos nuestro espíritu se humilla ante el único que tiene poder.

    Isaías nos recuerda que Jehová hizo al destruidor, para que no temamos a quien destruye sino a quien mueve su mano. He aquí yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16). Si Jehová es quien nos levanta enemigos, temamos su nombre para que nos libre de ellos. Por esa razón dice enseguida el profeta, de parte de Dios: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).

    Cobra sentido lo que Dios había dicho momentos antes: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mi; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Eso forma parte del amor de Dios para nosotros, el fracaso de los conspiradores. Eso significa Egipto entregado como precio de nuestro rescate, algo que el impío no puede comprender porque lo considera locura. Muchas calumnias se levantan contra los hijos de Dios, por parte de los que nos odian (recordemos que el mundo nos odia y ama lo suyo). Muchos nos acusan ante nuestras conciencias, nos injurian y denigran de nuestra teología, pero ellos caerán mientras nosotros desaprobamos sus acusaciones falsas. Somos servidores de Jesucristo, no del Anticristo; somos privilegiados por pertenecer a la heredad de Dios, bajo su gracia permanente. Los demás no son agraciados, sino que más bien parece que Dios se olvidó de ellos. Entonces, nuestra fe triunfa una vez más y nos da el valor contra la cobardía.

    Las llamas del infierno, el terror de una conciencia desaprobada, son signos de la época cuando vivíamos bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás. Nosotros sabemos de la maldición de la ley, la que no pudo salvar una sola alma, nos mantenía en la esclavitud del pecado, por cuanto cuando la ley vino para que el pecado se mostrase. Ese terror propio del impío supera al terror que cualquier ser humano pueda infligirnos; pero ya fuimos liberados cuando nacimos de nuevo. Ahora un nuevo espíritu tenemos en el novísimo corazón de carne, sin que tengamos que poseer un instante más el corazón pedregoso que no funcionaba para las cosas propias del Espíritu de Dios.

    Por lo tanto, la fe de Cristo también nos libra de los temores, dándonos poder, amor y dominio propio. El poder de la fe extingue el fuego del terror; por fe sabemos que Dios hizo al devorador o destruidor, que el malo ha sido creado para el día malo; por la fe conocemos que hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. No nos beberemos la copa de la furia de Dios, ni su sedimento; al contrario, el Señor nos convida a participar de sus bodas en el reino de los cielos.

    La fe que nos ha sido dada se presenta con una metáfora de un escudo que apaga los dardos de fuego del maligno. En esa figura de lenguaje se nos conmina a colocarnos a diario la armadura del Señor, para poder salir librados de las pruebas de cada día. El yelmo de la salvación merece una gran atención, porque va en la cabeza. Es allí, en el lugar donde suponemos está nuestra mente, donde debemos protegernos para que no penetren las ideas malignas de que no somos salvos, de que nos faltan obras, de que tal vez todo esto sea un mito religioso.

    Son muchos los demonios que en la tierra intentan molestar a los hijos de Dios, pero nos fue ofrecido el traje del guerrero o la armadura del cristiano. Ese yelmo de la salvación destruye el desaliento y el engaño, como el casco que protege al soldado de cualquier golpe dañino o mortal en la cabeza. Ese yelmo va en la cabeza, pero en nuestro frente tenemos el escudo de la fe, para detener los mensajes infernales lanzados por el maligno. Nuestra lucha no es contra los seres humanos, aunque ellos sean agentes satánicos; es contra un conjunto de principados, potestades y gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12).

    La verdad se define como una coraza y va en nuestros lomos, junto a la justicia de Cristo que permanece como una coraza. Nuestro evangelio nos da una buena pisada, nos asegura el lugar donde pertenecemos y andamos: el apresto del evangelio. El fundamento de nuestro evangelio lo constituye la doctrina de Cristo, de donde tomaremos ánimo para batallar con la espada del Espíritu Santo (que es la palabra de Dios, cargada de la doctrina del Padre, del Hijo y de los apóstoles). Nuestro combate se describe en una estado de oración que se da en todo tiempo, en súplica en el Espíritu, luchando o velando también por toda la iglesia (todos los santos).

    Que tengamos palabra para exponer con denuedo el misterio del evangelio, del que somos embajadores y que nos honra en gran manera. Si esto hacemos, el miedo se esfumará y el gozo ocupará su lugar.

    César Paredes

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  • EL REGALO DE LA FE DE DIOS

    La fe es un don de Dios, asegura Pablo en la Carta a los Efesios (2:8). Por esa sola razón podemos estar ciertos de que no puede ser la fe un prerrequisito para la salvación. La fe, la gracia y la salvación vienen juntas, de acuerdo al texto citado; pero somos salvos por medio de la fe. Es decir, Dios nos da la fe para salvarnos, pero no nos pide fe como si pudiésemos producirla. Es más bien un instrumento en la salvación pero jamás un requisito previo. Aclarado este punto conviene lo que significa según la Biblia la fe: es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

    De acuerdo a la lengua griega, el término utilizado upóstasis ὑπόστασις (lo que soporta, lo que está debajo), la fe es la esperanza de lo que soporta aquello que uno espera. ¿Qué soporta todas las cosas? Cristo es el dador de esa fe, pero también por él fueron creadas todas las cosas, así que pudiera interpretarse la fe como la esperanza en Cristo. Esperanza en el que hizo la expiación por su pueblo, esperanza en que fuimos inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Esperamos por igual en la justificación hecha por Dios a través del sacrificio de su Hijo, para que apaciguara su ira con nosotros los creyentes.

    La Biblia nos asegura que no es de todos la fe, por cuya razón no todo el mundo será salvo. La fe se contrapone a las obras, así que la gracia triunfa junto a la fe. Eso sí, por medio de la fe hacemos obras que agradan a Dios, como frutos propios del que espera en el Señor. Ninguna persona puede capacitarse para cumplir a cabalidad la ley de Dios, de manera que el que quebranta un punto de la ley se hace culpable de todos. Ahora tenemos la ley de la fe (Romanos 3:27), la que nos permite tener paz para con Dios por haber sido justificados por ella, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1).

    El justo por la fe vivirá, pero todos los que se enardecen contra Jehová serán avergonzados (Romanos 1:17; Habacuc 2:4; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38; Isaías 45:24). El que retrocediere en la fe no agradará al alma del Señor, pero éstos son los que profesan y se contagian de fe porque leen la palabra. Sin embargo, la fe auténtica la da el Señor a los suyos, en tanto es su autor y su consumador. El que posee ese regalo será guardado en las manos de Jesucristo y en las del Padre, para que nadie pueda arrebatarlo, sino que será resucitado en el día postrero.

    La palabra se anuncia para que el Espíritu vivifique a los que son de Cristo; de esta manera podemos decir que hemos recibido al Señor, creyendo en su nombre porque nos fue dada la potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). Tenemos la justicia que es de Dios por la fe, esa justicia que es Jesucristo. Recordemos que él se hizo pecado y padeció en la cruz por causa de su pueblo (Mateo 1:21), por lo tanto agradó al Padre quien aceptó su holocausto en favor de todo su pueblo. El Padre nos ha dado un gran amor, para que nos llame sus hijos; pero tenemos una parte contraria a este regalo: el rechazo, odio y desconocimiento del mundo.

    Natural resulta que el mundo no posea la capacidad de amar. El amor viene de Dios pero Dios no ama a todo el mundo; la Escritura lo dice, que está airado contra el impío todos los días, que ha hecho vasos de ira para el día de la ira, que odió a Esaú, que los réprobos en cuanto a fe van hacia la condenación. Jesús mismo no rogó por el mundo (Juan 17:9) la noche antes de su expiación, por lo tanto no los representó en la cruz al día siguiente. Y si se ha escrito que nosotros amamos al Señor porque él nos amó primero, cabe destacar como conclusión que quien no ha sido amado por Dios no puede amarlo a Él y ¿cómo amará a su prójimo?

    Claro está, la mente trae la historia humana en este momento para decirnos que la humanidad ama. Bueno, el Faraón quiso a su primogénito, Goliat de seguro tuvo cariño por sus padres, Acab amaba a Jezabel, pero ese amor del mundo no tiene parangón con el amor de Dios y el de los creyentes. Lo que el mundo ofrece es amar lo suyo, proteger lo que le pertenece, ansiar más, pero a las primeras de cambio puede disolver ese amor por otro mejor. No así los creyentes, ya que la prueba de que le agradamos a Él consiste en el amor que le tengamos y que poseamos los unos por los otros. No amemos al mundo, se nos ha dicho, sino al Padre, a la iglesia (a la verdadera), incluso a nuestros enemigos. Esto último viene como un ejercicio de comprensión de que hemos de abandonar cualquier tipo de orgullo, como si fuésemos superiores a ellos. Nuestra distinción con ellos proviene de arriba, de lo que hizo Dios con su Hijo en nosotros.

    Por la fe otorgada guardamos los mandamientos de Dios, aunque a veces hacemos aquello que no queremos hacer. Cuando pecamos sabemos que nuestro corazón nos reprende pero por igual conocemos que mayor que nuestro corazón es Dios. Ese Dios sabe todas las cosas, además de que nos dejó su Espíritu en nosotros el cual se contrista cuando hacemos algo indebido. De allí procede la corrección, la disciplina del Señor porque a quien ama disciplina y azota a todo el que tiene por hijo. Esa corrección es horrible, pero eficaz.

    Una vez que hayamos sido disciplinados y corregidos, nuestro corazón no nos reprende y comenzamos a tener confianza en Dios. Lo sabemos porque cualquiera cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él (1 Juan 3:19-22). Nuestra conciencia nos acusa por nuestros pecados, sabemos cuándo el Espíritu Santo se contrista en nosotros, pero Dios es mucho más grande que nuestra conciencia. Él tiene el poder para manejar esos asuntos que nos confunden, como supremo Juez conoce las pruebas que nos señalan pero como Dios de amor para sus elegidos trae dulzura ante nuestra conciencia.

    Por la fe dada soportamos la disciplina, el hecho de saber que Dios no oye nuestras oraciones. Esto pareciera duro e imposible, pero ha sido parte del castigo de Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento, así como lo sugiere Juan en la epístola citada. Habla de la reprensión del corazón y de Dios que sabe todas las cosas. Esto nos lleva al arrepentimiento, a la confesión del pecado delante de Él; luego nos dice que si nuestro corazón no nos reprende (si estamos a cuentas con Él), tenemos confianza y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que le agradan.

    Al arreglar las cuentas con el Señor, vuelve la confianza; al volver la confianza nos vuelve a oír en las oraciones y nos responde positivamente. Pero en ningún momento pensemos que aún en el pecado (como aquel hijo pródigo) el Señor no nos está aguardando. Seguimos en sus manos y en las manos de su Padre, aún con el Espíritu Santo dentro de nosotros (aunque contristado, por lo cual nos sentimos igualmente tristes por el mal que hacemos). Lo que sucede es que pasamos por un proceso de corrección y no nos agrada estar bajo su mano castigadora, pero será breve porque acudiremos a Él lo más rápido que podamos para suplicar perdón y alivio del castigo.

    Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira (Salmo 38:1). Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto. Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya. Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis cercanos se han alejado…Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado. Porque mis enemigos están vivos y fuertes, y se han aumentado los que me aborrecen sin causa…No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación (Salmo 38).

    César Paredes

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  • FE ESPURIA

    Los que niegan el trabajo eficaz de Jesucristo, caminan bajo la protección de la fe espuria. Al afirmar que la sangre de Jesús el Cristo se derramó por los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, pisotean el centro del Evangelio. Jesús vino a expiar todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. El mundo que dejó de lado, la noche previa a su martirio final, no fue objetivo de su trabajo en la cruz. Él dijo en forma explícita que no rogaba por el mundo (Juan 17:9).

    Juan nos exige no darles la bienvenida a aquellos que no habitan en la doctrina de Cristo. Lo que Jesús enseñó como doctrina del Padre fue la absoluta soberanía de Dios, incluso en materia de salvación y condenación. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; que todo el que a él viene (enviado por su Padre) no lo echa fuera, sino que lo resucita en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).

    El Espíritu de Dios enseña a cada quien acerca de su necesidad de redención, de su límite como criatura pecadora, así como de quién es Jesucristo. Lo llevará a conocer su trabajo como siervo justo que justificará a muchos, a todo aquel que haya sido ordenado para vida eterna. Estas personas predestinadas por el Padre le son dadas a Cristo (los hijos que Dios me dio) porque fueron escogidas en él. Acá hablamos de dos tipos de enseñanza: 1) la que se da por la palabra del Evangelio, a través de la Biblia, por efectos del ministerio de la predicación, como hecho externo; 2) la que se hace como enseñanza especial, como hecho interno, apoyada con la gracia divina y el poder vivificante del Espíritu Santo que guía a toda verdad.

    Muchos oyen la palabra de la predicación, pero no todos los que la oyen son vivificados, por lo cual continúan tras las enseñanzas del extraño; pocos son los que oyen y escuchan el llamado eficaz. Estos son los elegidos del Padre, los enseñados por Dios (aparte de que hayan sido instruidos por la palabra). El que oye la voz de gracia y la ha aprendido, conoce la confianza que deposita en esa persona llamada Jesucristo. Ha llegado a conocer al siervo justo que lo justificará, seguirá por siempre al buen pastor, se alejará del extraño porque ya no conoce su voz.

    Imposible resulta que el Espíritu Santo que guía a toda verdad, quien opera el nuevo nacimiento, haga nacer de nuevo a un elegido del Padre y lo instruya en la mentira. No lo dejará en el engaño, pues ya ese que ha nacido de nuevo posee la mente de Cristo y ha sido enseñado por Dios mismo. La persona de Cristo implica su sangre, su justicia, su sacrificio y justificación, junto con el perdón, la expiación por todos los pecados de su pueblo, la aceptación de Dios como justificado y el otorgamiento de la vida eterna.

    La fe espuria niega la verdad del Evangelio y propone a cambio un Jesús que expió los pecados de todo el mundo, sin excepción. Con esa redención general se deja en manos de la criatura, muerta en delitos y pecados, con un corazón que odia a Dios, la elección de su destino. El que vence los obstáculos de su propia muerte aceptará la oferta general de redención eterna, lo cual le atribuye una buena obra y anula en esencia la gracia de Dios. Si por obras, entonces ya no es por gracia.

    La fe espuria no cree que el trabajo de Cristo hace la diferencia entre salvación y condenación. Los seguidores de esa gran mentira religiosa muestran una falsa piedad por toda la humanidad, sin excepción; declaran que Dios sería injusto si culpara a una persona habiéndola hecho como vaso de ira. Reclaman por la injusticia cometida contra Esaú, contra el Faraón de Egipto, con tal ahínco y aprehensión que han llegado a afirmar que el Faraón se endureció primero y por eso Dios lo endureció después; que Esaú fue amado por Dios pero menos que Jacob, así como que la venta de la primogenitura generó la condena de Esaú.

    Para seguir en la coherencia de su disparate teológico, los de la fe espuria continúan por el camino que les parece recto en su propia opinión. Hablan de predestinación en base a lo que Dios vio en los corazones de los seres humanos creados. Como si no les bastara la declaración de las Escrituras al respecto: que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien haga lo bueno. Todos se extraviaron, cada cual agarró por su camino, no hay quien entienda, las cosas del Espíritu de Dios les parecen una locura porque no pueden discernirlas. Ni qué decir de que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de Jesucristo. Dios mismo les envía un espíritu de estupor, a aquellos que no aman la verdad sino que se entretienen con la mentira, para que terminen de perderse.

    El camino de la blasfemia parece pavimentado con la fe espuria. Los que por él transitan niegan la plena satisfacción de Jesucristo por el pecado de su pueblo; niegan que Jesús rogó solamente por su pueblo y dejó el mundo por fuera de la expiación, ese mundo que el Padre no amó jamás. A Jacob amé, pero odié a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9). Por esa razón pretenden caminar junto a cualquiera que nombre a Jesús con sus labios, como si pudiésemos hacer iglesia con ovejas y cabras. Juan prohíbe expresamente decirles bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo, a los cuales llama transgresores que tendrán sus propias plagas como castigo.

    La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto (Salmo 25:14). Por esta razón expuesta en este texto sabemos que Dios no les ha dado a conocer su pacto a aquellos con quienes no tiene comunión íntima. A ellos les dirá en el día final: Nunca os conocí. Como enemigos de Dios han enfrentado a Jehová, y como pueblo insensato han blasfemado su nombre (Salmo 74:18). Porque blasfemias dicen ellos contra ti; tus enemigos toman en vano tu nombre (Salmo 139:20).

    Los de la fe espuria no entienden que no es de todos la fe (la verdadera), que la fe es un regalo de Dios (no un esfuerzo humano), que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Así que Dios da solamente la fe de Cristo, quien es el autor y consumador de la fe. Los de la fe ilegítima promueven un evangelio ilegítimo, cargado de falsedades producto de los maestros de mentiras. Ellos son expertos en quebrantar al pueblo de Jehová, para afligir su heredad. Se jactan en decir que Dios es soberano, pero no tan soberano; que Dios predestinó, pero a aquellos a quienes les vio que iban a recibir a Cristo; que la gente no va al infierno sino que se pierde. En fin, las duras palabras de la Biblia las transforman en suaves murmullos para que las multitudes no se vayan murmurando como los viejos discípulos de Juan 6.

    ¿Qué oveja desea asistir a un templo de Satanás, concurrido por cabras? La doctrina de Cristo la recibió del Padre, la dio a los apóstoles para que conocieran quién es él, en qué consistía su expiación, cuál sería el límite de ella (Mateo 1:21), su mediación entre Dios y los hombres (los elegidos del Padre, porque así le agradó). El que no anda en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo; pero el que le dice bienvenido a quien trae ese conjunto de herejías (todo lo que es contrario a la doctrina de Cristo) participa de sus malas obras. Se une a su propagación, ayuda a los que anuncian mentiras, se confunde con ellos, como si estuviera en una sinagoga de Satanás.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL DON DE LA FE

    Algunos reciben el don de la fe de parte de Dios, pero otros no lo reciben; esto procede del decreto eterno de Dios: Conocidas son para Dios todas sus obras desde el principio del mundo (Hechos 15:18), obras que realiza de acuerdo al propósito de su voluntad (Efesios 1:11). Los réprobos en cuanto a fe también fueron creados por Dios de esa manera, para que continuaran en el oprobio de su maldad. Por supuesto, Dios endurece a quien quiere endurecer para lo cual ejerce su poder soberano como lo demuestra el caso del Faraón de Egipto frente a Moisés y su pueblo.

    Respecto a la elección hemos de señalar que de acuerdo a las Escrituras ésta resulta incambiable. Desde el inicio del mundo los nombres de los escogidos para salvación fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero (Apocalipsis 13:8;17:8), de acuerdo a la gracia conferida en Cristo Jesús y al placer soberano del Dios Trino. De esa manera, algunos de los caídos en Adán con la destrucción del pecado fueron objetos de esa fe salvadora de pura gracia. Esto no se debe a que hayamos sido mejores que los demás, simplemente a que mejor resultó la gracia que la condena por lo cual adoramos al Señor.

    Nuestra comunión con la palabra de Dios y con el Espíritu Santo obedece al efecto de la fe, ya que el Espíritu nos recuerda las palabras del Señor. Ese Espíritu mora en nosotros los creyentes, aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Estamos poderosamente reservados en la comunión con el Hijo, en sus manos y en las del Padre, pero habitados por el Espíritu Santo que nos fue dado como garantía de la redención final.

    El Padre nos escogió en el Hijo, desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:4-6). Habiendo sido predestinados fuimos por igual llamados, justificados y glorificados (Romanos 8:30).

    Por esto que la Biblia ha dicho, resulta falso y engañoso anunciar que la muerte de Cristo no tuvo un objeto definido, sino que fue un operativo potencial. No murió Cristo por un conglomerado de personas en abstracto, como si la potencialidad se perfeccionara en la actualidad de la aceptación. La Biblia habla de los hijos que Dios le dio al Hijo, como el fruto de su aflicción, de los amigos por quienes puso su vida, de sus hermanos y de su iglesia. Agrega que esa obra de la elección personal fue hecha por el Padre mucho antes de que existiésemos. Además, se suma el hecho de que la humanidad entera murió en delitos y pecados, así que no podría ninguno de esos potenciales redimidos levantarse de la tumba para dar señal de aceptación del sacrificio del Señor por las almas puras. Dios no miró en el túnel del tiempo para ver si había alguien a quien salvar, ya que ninguno le quería, no había ni siquiera un justo ni quien lo buscara.

    La sabiduría del Padre no debe ser pisoteada, ni los méritos del Hijo, como para contrariar al Espíritu Santo. El Hijo mismo dijo que ponía su vida por las ovejas (Juan 10:15,27). Jehová lo quebrantó, sujetándolo a padecimiento. Una vez que puso su vida en expiación por el pecado, vería linaje…el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho. Por su conocimiento justificaría el siervo justo de Jehová a muchos, y llevaría las iniquidades de ellos (Isaías 53:10-11).

    La satisfacción de Jesucristo por su trabajo implica que no quedó en mala posición. No le apuntó a todos para conseguir una parte, lo cual no sería digno de la Divinidad que le habita desde siempre. Su muerte y sangre serían pisoteadas si hubiese pretendido redimir a toda la humanidad, pero un gran número de ella iría al infierno. Eso implicaría pregonar a voz alta que hubo sangre inútil en el Hijo, pero por igual que hubo mérito en alguna medida en el pecador arrepentido que sí supo aprovechar la oferta de la redención. Porque en realidad no hubo nunca tal oferta genérica, simplemente hubo (y todavía existe) una promesa de redención a su pueblo (Mateo 1:21).

    De Isaías se resalta la frase acerca del conocimiento del siervo justo (Jesucristo). Ese conocimiento justificaría a muchos, pero su carencia condenaría a otros. Lo vemos en Romanos 10:1-4, cuando Pablo refiere a un grupo de personas por quienes ora para salvación (porque estaban sin ella) ya que ignoran la justicia de Dios. Fijémonos en que la ignorancia de esa justicia mata el alma del impío en forma definitiva; por supuesto, cuando Dios da el conocimiento se supone que está dando por igual el nuevo nacimiento. Ese conocimiento viene como revelación del Espíritu de Dios en el acto de la regeneración. Se supone que el hombre natural no discierne las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura. Así que tiene que nacer de nuevo para que pueda discernirlas sin que le parezcan el acto de un loco.

    Esto nos lleva a otro sendero: los que se dicen creyentes pero desconocen esa justicia de Dios se equiparan al hombre natural que no discierne la justicia de Dios. ¿Cómo puede alguien decir que cree en el Señor y al mismo tiempo ignora dicha justicia? El tal sigue todavía al extraño y por lo tanto no sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Cuando Isaías habla del siervo justo que justificará a muchos se refiere al conocimiento de lo que implica la muerte de Jesús en la cruz. Él vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. La condición de oveja precede a la salvación por la muerte del Señor, como lo afirma bien Juan 10:26. Además, la Biblia lo dijo por otro lado cuando afirma que Jesús vino a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (y nosotros somos el Israel de Dios, como también lo afirma la Escritura).

    No existe ninguna redención por gracia y por obras al mismo tiempo. Esto quiere decir que si Dios miró en la bola de cristal quién se habría de salvar en virtud de su deseo y voluntad y por eso lo incluyó en su plan de redención, ese acto del individuo (su deseo y voluntad) contaría como obra. Sería como establecer una diferencia entre los seres humanos, en sus cualidades, como si Dios viera méritos en unos y en otros no. La diferencia entre cielo e infierno descansaría en ese caso en el ser humano, pese a su corrupción y muerte por virtud de sus delitos y pecados.

    Dios no desea ni necesita una obediencia humana fundamentada en un mito religioso como el libre albedrío. Si así fuera, nadie obedecería el Evangelio porque primero que nada el pecado quebranta la voluntad humana y, por otra parte, lo que no existe no puede ser tenido como garantía. Para la obediencia que agrada a Dios a la persona regenerada se le ha dado un corazón de carne, junto con un espíritu nuevo para que ame el andar en los estatutos del Señor. Ese es el día del poder de Dios, cuando su pueblo le manifiesta su buena voluntad. Pero ni aún en esas nuevas condiciones puede hablarse de libre albedrío, como si la criatura humana pudiera caminar con independencia del Creador.

    Recordemos siempre que Él nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha ante sus ojos (Efesios 1:4). Esto lo hizo por el puro placer, por la gracia de la elección, lo cual deja por fuera cualquier cualidad humana, sea de esencia o de obras, como si la elección fuese condicionada. Más bien, de la misma masa contaminada por el pecado Dios hizo vasos de ira y vasos de misericordia, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por esa razón siempre creerán aquellos fueron anotados para vida eterna (Hechos 13:48). La fe, entonces, es un don de Dios (Efesios 2:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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