Categoría: IDOLATRÍA

  • LA IDOLATRÍA (ENTRE LOS QUERUBINES Y LA SERPIENTE)

    El hecho de que Dios ordenara hacer unos querubines para el arca de la alianza, no supone el permiso para la idolatría. En Exodo 25:18-20 leemos sobre la orden de Jehová de hacer dos querubines de oro para colocarlos sobre el arca. Ellos representaban en alguna medida la gloria de Dios (Ezequiel 10:18; Hebreos 9:5), pero bajo ningún respecto autorizan la veneración de imágenes religiosas de ningún tipo. Esos querubines no estaban para venerarse, sino para simbolizar lo santísimo de la gloria divina. Además, Dios no se contradice ya que le había ordenado al pueblo, a través de Moisés, no hacerse imágenes de ninguna semejanza, a no inclinarse ante ellas, con la prohibición expresa de no adorarlas (Éxodo 20).

    Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra… no sea que seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas (Deuteronomio 4:15-19).

    La Biblia nos demuestra la naturaleza de autoridad y de prohibición de los mandamientos de Dios. La orden divina a Moisés de hacer los querubines junto a otros objetos del tabernáculo, se refería a las figuras de las cosas celestiales que formarían parte del Nuevo Pacto después del sacrificio de Cristo como Cordero Pascual. ¿Hemos de desobedecer a Dios y le vamos a ofrecer a Él una adoración a través de los querubines que no mandó? (Levítico 10:1-2). No existe ningún mandamiento que autorice la iconografía religiosa.

    La orden de la construcción del arca y sus querubines fue dada a Moisés para que el pueblo de Israel viera la gloria de Dios en ello. Nunca se les dijo que debían adorar a los querubines de oro, o que debían hacer esculturas semejantes para venerarlas. Por otro lado, la metodología de adoración de los cristianos no siguen el patrón del Antiguo Testamento, si bien entendemos que aquello era sombra y figura de lo que ya vino. Por igual, el pueblo de Israel no fue llevado a la idolatría por causa de los querubines en el arca, no existe tal registro.

    Hubo un caso en que el pueblo se pervirtió por causa de una escultura. La serpiente de bronce en el desierto, una medicina contra la picadura de víboras, una prefiguración del Cristo que vendría. Cuando Moisés oró por el pueblo, Dios le ordenó que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un palo para que el pueblo pudiera ser sanado (Números 21:5-7). Eso formó parte de la pedagogía de la fe que Dios usara ante su pueblo (Juan 3:14).

    El pueblo fue sanado al mirar la serpiente, por lo que su imagen se guardó por muchos años. Sin embargo, la serpiente se convirtió en objeto de adoración (2 Reyes 18:4), lo que demostró la facilidad para torcer las cosas divinas. Fue bajo el reinado del rey Ezequías que se quitó ese monumento convertido en objeto de idolatría. Nos demuestra este caso la tendencia humana para forjar ídolos: puede ser aún hacerse la construcción mental de un Cristo a la medida de cada quien. Hay personas que sostienen que la palabra o la doctrina de Cristo les parece dura de oír, lo cual los lleva a rechazarla y a fijarse en un Cristo que no hubiera dicho eso, o a torcer las Escrituras para que diga algo más agradable a los oídos humanos.

    Destacamos que ni la serpiente de bronce ni los querubines del arca fueron colocados para adoración. No había que reverenciarlos ni tampoco había que adorarlos; simplemente cumplieron un objetivo ilustrativo del poder de Dios, de su pureza, de su veracidad. Uno de ellos fue objeto de culto, por lo cual fue demolido. Esos símbolos ordenados directamente por Dios para un momento específico, jamás dan derecho a que nosotros creemos símbolos divinos por nuestra propia cuenta. Mucho menos despiertan el derecho a la idolatría, en ninguna de sus formas.

    Isaías hace una relevante declaración contra la idolatría, por lo cual conviene mirar con detenimiento su texto en Isaías 40:18-25. Asimismo hemos de mirar a Jeremías: Todo hombre se ha infatuado, y no tiene ciencia; se avergüenza todo artífice de su escultura, porque mentira es su ídolo, no tiene espíritu (Jeremías 51:17). Hemos de recordar que ni los querubines de oro ni la serpiente de bronce fueron hechos para que funcionaran como mediadores entre Dios y los hombres. No hubo un mandato de adoración a esas figuras, por lo tanto ellas no autorizan a que el ser humano adore estatuas o dibujos que supuestamente representan a la divinidad.

    En Exodo 20:4-5 está el mandato expreso de Dios a Moisés, de no hacerse ninguna imagen de lo que está en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas, ni debajo de la tierra. No hay que inclinarse ante ellas ni honrarlas. Pero ese mandato fue sacado de la Biblia católica contemporánea, negando incluso lo que la Vulgata Latina de Jerónimo sí colocó, y sí apareció durante siglos de catolicismo. No fue sino hasta poco después de la Reforma Protestante que la iglesia católica comenzó a traducir la Biblia a lenguas vernáculas, como lo hizo el movimiento de la Reforma; pero lo lamentable fue que trucaron los Diez Mandamientos para que ese en específico no los denunciase por la imaginería con que han vivido por siglos.

    Compare usted la Vulgata Latina con la traducción católica de la mayoría de sus Biblias, se dará cuenta de lo que acá denunciamos. Pero los católicos romanos tratan de defenderse del cargo de idolatría, diciendo que ellos no confunden la imagen con la persona que representa. En resumen, que ellos no adoran la imagen sino lo que ella representa. Como si la imagen los hiciera concentrarse en María, en un santo o en el mismo Cristo. Gordon H. Clark, un estudioso teólogo contemporáneo, nos dice que si la idolatría existe solamente cuando el adorador confunde la imagen con el dios, entonces habría que maravillarse por lo que los Efesios hicieron con sus estatuas de Diana. ¿Acaso diremos que los efesios no eran idólatras al adorar a Diana? ¿Acaso ellos confundían la estatuilla con la diosa? Agrega Clark que los católicos romanos defienden a los Efesios de idolatría al tratar de defenderse a ellos mismos de lo que hacen con sus ídolos (Gordon H. Clark, What Do Presbyterians Believe?, pp. 195-196).

    Es tan serio esto de la idolatría que Pablo tuvo que escribir lo siguiente: ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios (1 Corintios 10:19-20). Juan en su Apocalipsis describe la terquedad humana, a pesar de los castigos del cielo, diciéndonos que los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a sus imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar (Apocalipsis 9:20).

    En síntesis, las personas que adoran ídolos (de cualquier tipo) rinden adoración a los demonios. Lo dice Pablo y lo reitera Juan. Dios ha prohibido tal cosa para su pueblo, así que si algo parecido acontece sepamos que el castigo de Dios está pronto y lo mejor es arrepentirse para huir de ese pecado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.com

  • RELACIONES RELIGIOSAS

    A muchos les resulta común y hasta simpático el poder compartir con otras religiones ciertos aspectos rituales que unifican a la humanidad. Eso se hace a menudo sin pasar por la criba del deber ser religioso, lo cual constituye una licencia para asuntos ecuménicos. La hermandad y cercanía sobrepasan el puje teológico que se instituye como cerco de las actividades humanas, para lo que se crea el espacio donde el compartir brinda más alegría al corazón humano que la disputa doctrinal. Mucho más fácil parece cuando se entrelazan conceptos comunes, cuando las religiones muestran parentescos que pasan como útiles para un fin común esperado.

    Por ejemplo, en la época de encender la vela del Janucá judío se acostumbra anotar en un papel deseos y cosas que se quieran, añadiendo una frase hebrea en la página. Al día siguiente de terminar el Janucá, se guarda el papel hasta que pasado un año se festeje de nuevo esa celebración, momento en que se puede verificar si se cumplieron los deseos. Ese es el día de la dedicación, una fecha memorable para los judíos que permite conmemorar un milagro en su visión teológica del mundo. Se centra en la recuperación y purificación del templo de Jerusalén, para la época de los macabeos. Se añade que los macabeos encontraron en forma providencial una jarra de aceite de oliva puro, con lo cual pudieron seguir con su presentación de ofrendas.

    Esas tradiciones se recogen en algunos Talmudes judíos, pero no tienen nada que ver con alguna conmemoración cristiana. Sin embargo, no son pocos los que diciéndose creyentes en Cristo se dan a la tarea de encender la vela, de desfilar con la menorá (candelabro) hebrea de siete brazos, un símbolo del arbusto ardiente en el que se le manifestó la voz de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Son festividades que se ponen de moda en ciertos lados del planeta, pero que igual cobran vida y adhesión en los que tienen simpatía por Israel como nación.

    Los cristianos no están lejos de celebraciones similares, tienen sus pesebres donde representan el nacimiento de su Mesías. Algunos toman el árbol de navidad, prestándolo de culturas altamente paganas, para exhibirlo en sus casas e iglesias, haciendo caso omiso de lo que la Escritura advierte contra tales símbolos. Resulta curioso que el único símbolo que la Escritura del Nuevo Testamento nos ordena a guardar y conmemorar es el del pan y el vino. Las veces que recordemos el sufrimiento y la muerte de Jesús por causa del pecado de su pueblo, hemos de tomar el pan y el vino con una conciencia de lo que hacemos y de lo que significa como símbolo.

    Ni siquiera la cruz de la crucifixión nos fue ordenada como símbolo de la iglesia, solamente el de la conmemoración de la muerte de Jesús, a través del pan y el vino. Pero la naturaleza humana tiende a copiar rituales de muchos lados, para festejar en armonía con los religiosos que buscan la espiritualidad como lugar común. La época decembrina se vuelve propicia para celebraciones con cánticos propios de la temporada, los célebres villancicos y aguinaldos, parrandas alusivas al nacimiento de un niño. Poco importa que a ese niño le den el nombre de Jesús, ya que bien pudiera celebrarse la venida de Tamuz a este mundo.

    De esta manera, contemplamos escenas navideñas no solo en las iglesias católicas romanas sino también dentro de las iglesias reformadas. El niño en el pesebre, rodeado de José, la virgen María y algunos animales propios de la escena, pueden ser un signo de idolatría. En sentido estricto, la imagen esculpida de un niño que se supone representar al Hijo de Dios circunda lo idolátrico. El Exodo 20:4 advierte a propósito cuando nos dice que no nos hagamos imágenes ni semejanzas de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de las aguas. Aquellos actos de adoración extraña pueden ser plasmados en dibujos y pinturas alusivas a la navidad, en vitrales y ventanas, en forma de estatuillas que representan al niño antes de hacerse adulto.

    Curiosamente, al venerar a ese niño, representado en ese muñeco dibujado o esculpido, se ignora lo que Jesús dijo respecto a la doctrina de su Padre. Pero el mundo ha querido unirse bajo un sentimiento de ternura y esperanza, para compartir con no importa qué religión el gozo de una época que debe ser tenida solamente como de esperanza. La doctrina dura de ese niño ya crecido separa y complica las relaciones inter-religiosas, por lo que conviene silenciar la enseñanza dura de oír bajo el pretexto de celebrar el nacimiento del niño (Juan 6).

    Hay quienes han llegado tan lejos en este carnaval supersticioso del bebé que nace que comparten una torta de cumpleaños, al igual que le cantan cumpleaños feliz en ciertas iglesias. Algunos niegan la idolatría en estas acciones, ya que ellos no veneran ni alaban al muñeco dibujado o esculpido sino que recuerdan al Hijo de Dios cuando era niño. Sin embargo, no se nos mencionó ni una sola vez el que debamos conmemorar su nacimiento, ni que debamos representarlo como una forma de mensaje cristiano. En la Biblia se habla del anuncio de los ángeles a los pastores, pero nunca se nos conmina a festejar cada año ese hecho. Los paganos pudieron alegar que no adoraban la imagen de Diana de los Efesios, sino que esos muñecos representaban a la diosa. Pero Pablo y los demás creyentes hablaban de ese peligro, así que muchos quemaron hasta los libros de magia. Esto molestó a los que se dedicaban a la venta de estatuillas de forma que ocurrió un alboroto en Éfeso (Hechos 19).

    Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:20-21). Si a usted le hace falta ese conjunto de adornos navideños para recordar la incursión en la historia del Dios Eterno que se hizo carne y habitó entre nosotros, se nota que no tiene por suficiente a la Escritura. Ella anuncia al niño por nacer y que ya nació, pero que habiéndose hecho adulto comenzó un ministerio importante para su pueblo escogido. La Biblia no nos devuelve hacia atrás cada año, más bien nos manda a mirar hacia adelante, olvidando lo que queda atrás. Nos habla del futuro glorioso que nos aguarda, de nuestra glorificación como hijos de Dios. El nacimiento de Jesús fue un evento narrado en las Escrituras, contextualizado con el gozo de la encarnación del Verbo de Vida.

    La Escritura jamás nos ha sugerido repetir celebraciones al Niño Lindo, al Jesús como infante, sino más bien nos ha sugerido guardar sus palabras que nos dio cuando fue adulto e inició su ministerio pascual. Tampoco nos estimulamos en la fe al incorporarnos cruces en el cuello, o en los templos, como una señal que nos ayude a recordar su muerte. Si Jesús hubiese muerto ahorcado, muchos tendrían una horca como símbolo de reverencia; si hubiese sido fusilado, cargarían un fusil en miniatura en sus collares y pulseras. ¿Qué tal una silla eléctrica? ¿Es que esos símbolos hacen falta para poder recordar el sufrimiento que pagó el Señor por nuestros pecados? ¿No basta el conjunto de su doctrina dada en sus palabras? No en vano la Escritura nos dice varias veces: Guardaos de los ídolos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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