Categoría: IDOLATRÍA

  • DIOS Y LOS IDOLOS

    Josué tuvo que arengar al pueblo para que tomara una decisión crucial en su vida. Pero al igual que haría Jesucristo, Josué no le rogó a la asamblea sino que los colocó en el extremo de la decisión. Si Jesús les preguntó a sus discípulos si ellos se querían ir también como aquellos otros que se ofendieron por sus palabras, Josué usó una frase irónica para comunicar su pensamiento. Si les parece mal ante sus ojos el servir a Jehová, escojan ustedes hoy a quién servirán: ahí tienen a los dioses de sus padres más allá del río, o los dioses de los amorreos en cuya tierra están viviendo (Josué 24:15).

    Esta arenga se fundamenta en la ironía manifiesta en varias partes de las Escrituras, que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios (Romanos 3:11). Y es que toda la humanidad caída se esparció por la tierra y no vale nada, no hay ni siquiera uno que sea bueno (Romanos 3:12). Jehová le habló a Abram, un hombre pagano rodeado por ídolos, servidor de la carne como millones de personas de entonces. En sus planes eternos Dios incorporó a Abram para hacerlo objeto de su gracia y justicia. De tierra pagana lo llamó, de Ur de los Caldeos, para darle una tierra que también era de paganos. Jehová no hizo lo mismo con el resto de los paganos de Ur de los Caldeos, o de las tierras circunvecinas (así que en ese entonces tampoco llamó a todo el mundo, sin excepción).

    Si miramos en la vida del padre de la fe, comprenderemos que no hubo cualidad alguna en él para ser tomado en cuenta. Pero cuando Jehová llama a alguien a su servicio, lo santifica, lo enseña, lo transforma. El hombre adorador de imágenes se convirtió en el padre de la fe de multitudes. Dice la Escritura que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; eso no fue un acto de fe habitual que hubiese aprendido en el mundo pagano, como un acto trasladado al mundo del verdadero Dios. No, Dios no usó su vieja fe o sus viejos ídolos porque ese tipo de justicia lo califica como trapos de mujer menstruosa. Así que las cosas viejas pasan, son contadas como nada, como bien dijera Pablo: he valorado todo como estiércol por causa de Jesucristo. Su vida de fariseo, su doxa en la ley, su maestro Gamaliel, el ser de la tribu de Benjamín, su celo por el Dios de Israel, etc., los contó como basura. Él guardaba la ley, así que no contemplaríamos en el pasado de Pablo (cuando era Saulo de Tarso) los errores morales tan comunes hoy en día en la gran masa de personas del planeta. Sin embargo, pese a su moral y celo divino tuvo todo como pérdida por causa de Jesucristo.

    De la misma manera Abraham partió de cero, sin tener en cuenta la adoración idolátrica que había practicado. Su antigua fe quedó anulada, como servicio a los demonios, para comenzar el nuevo trayecto en el que Jehová lo estaba encaminando. En tal contexto vemos la ironía de Josué cuando hablaba al pueblo, pidiéndoles que siguieran a sus dioses paganos si les parecía mal seguir a Jehová. El creyente sabe a ciencia cierta que no hay sino dos vías: el sendero de la carne y el camino del Espíritu. El mundo supone que existen innumerables senderos para escoger, por lo cual se recrea en la fábula religiosa del libre albedrío. Pero Josué sabía muy bien que el pueblo al que guiaba tenía apenas dos opciones: Jehová o los ídolos. Sin embargo, justo resulta decir que aún en esa bifurcación el individuo no decide nada por sí mismo, aunque él no lo entienda así. Ya Dios ha puesto en los corazones de la gente el hacer de una u otra manera. Abraham no tuvo que decidir en base a lo que él creía que debía hacer, ya que se hubiese inclinado al mal nuevamente. Fue el llamado del Señor lo que decidió todo, lo cual involucró el arrepentimiento para perdón de pecados, la fe para recibir la gracia y redención como el conjunto de cosas que le señaló el norte por donde ir.

    Jehová le dijo a Moisés que iba a endurecer el corazón del Faraón para que no dejara salir a su pueblo todavía, de tal forma que se gloriaría en él y en su familia. Y Jehová endureció el corazón del Faraón, como Jehová se lo había dicho a Moisés (Éxodo 9:12). De la misma manera hizo con Herodes y Poncio Pilatos, con las naciones y el pueblo de Israel, para que estuvieran juntos contra Jesucristo, el Hijo de Dios, de tal forma que ellos hicieran lo que sus manos y consejo habían determinado desde antes (Hechos 4:27). 

    Si vemos estas citas sabremos que esa gente escogida para hacer daño a otros no tuvo otro camino a seguir sino la maldad señalada. Pero todos ellos fueron contados como culpables y pagaron por sus errores. Lo mismo le aconteció a Judas Iscariote, el traidor, que iba conforme a las Escrituras y era diablo. Los señalados en Apocalipsis 13:8, 17:8 y 17:17, han sido escogidos por Dios para que sirvan a la Bestia, para que se maravillen ante ella y le brinden devoción, pero tienen una característica común: ninguno de ellos fue escrito en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. 

    Todos ellos serán tenidos por igual culpables y sufrirán el castigo descrito en el libro de Dios. Hombres que se decían a sí mismos predicadores de la palabra divina se escandalizaron ante estos textos señalados; ellos se consideraron libres, dijeron que no eran piedras sin voluntad o incapaces para la virtud. Añadieron que el Todopoderoso no podría hacer tal cosa porque se equipararía a un diablo o a un tirano. Otros célebres predicadores pronunciaron sus sentencias de muerte al blasfemar contra el Espíritu de Dios que inspiró las Escrituras, al afirmar que sus almas se rebelaban contra el que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Fue el Espíritu Santo quien tal cosa hizo, al inspirar a Pablo a escribir tal declaratoria. 

    Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en las manos de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). ¿Piensa usted que si Jehová hace eso con el rey, no lo hará con un súbdito? Dirás tal vez: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? No es justo Dios sino que hay mucha injusticia en Él; no respeta el libre albedrío que suponemos tener, así que a ese Dios no puedo servir. Bien, eso es exactamente lo que Josué quiso decirle pueblo de entonces, lo mismo que ante usted se expone: Puede servir a Jehová o a los demonios, pero no a los dos. Lo mismo que expuso el profeta Elías ante su asamblea: decidid quién es Dios: Jehová o Baal. 

    El que sirve a los ídolos, a los demonios sacrifica; después de las plagas enviadas a mucho pueblo, de acuerdo al relato de Apocalipsis 9:20-21, se dice que la gente no se arrepintió por el castigo recibido, no tuvo a menos seguir con el trabajo de sus manos: los ídolos y su servicio a los demonios. Sabemos que un ídolo no es nada, pero representa al demonio; conocemos que un ídolo no tiene que ser necesariamente una figura tridimensional de yeso o madera, de oro o plata; puede ser una pintura (bidimensional) o incluso una construcción mental de lo que debería ser el Dios de la Biblia. Es decir, los que no están conformes con el Jehová presentado en sus páginas pueden imaginar lo que sus corazones les dicten, pero no por ello esos ídolos serán menos demoníacos que los otros. 

    Cualquier añadido a la Escritura, o cualquiera eliminación de su contenido, se hace con la idea de construir un ídolo: una imagen del Cristo que debería ser. Por ejemplo: Si Cristo murió por su pueblo (Mateo 1:21), se dice ahora que murió por todo el mundo, sin excepción (he allí un ídolo llamado Jesús); si el Señor dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, ahora se dice que todos pueden venir si quieren, que Dios votó a su favor y el diablo en contra, pero que cada quien tiene libertad para decidir con el voto final. He allí otro ídolo que también se llama Jesús, o Padre Celestial, lo cual da igual porque los ídolos representan a los demonios. Y el que sacrifica a los ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA IDOLATRÍA (ENTRE LOS QUERUBINES Y LA SERPIENTE)

    El hecho de que Dios ordenara hacer unos querubines para el arca de la alianza, no supone el permiso para la idolatría. En Exodo 25:18-20 leemos sobre la orden de Jehová de hacer dos querubines de oro para colocarlos sobre el arca. Ellos representaban en alguna medida la gloria de Dios (Ezequiel 10:18; Hebreos 9:5), pero bajo ningún respecto autorizan la veneración de imágenes religiosas de ningún tipo. Esos querubines no estaban para venerarse, sino para simbolizar lo santísimo de la gloria divina. Además, Dios no se contradice ya que le había ordenado al pueblo, a través de Moisés, no hacerse imágenes de ninguna semejanza, a no inclinarse ante ellas, con la prohibición expresa de no adorarlas (Éxodo 20).

    Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra… no sea que seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas (Deuteronomio 4:15-19).

    La Biblia nos demuestra la naturaleza de autoridad y de prohibición de los mandamientos de Dios. La orden divina a Moisés de hacer los querubines junto a otros objetos del tabernáculo, se refería a las figuras de las cosas celestiales que formarían parte del Nuevo Pacto después del sacrificio de Cristo como Cordero Pascual. ¿Hemos de desobedecer a Dios y le vamos a ofrecer a Él una adoración a través de los querubines que no mandó? (Levítico 10:1-2). No existe ningún mandamiento que autorice la iconografía religiosa.

    La orden de la construcción del arca y sus querubines fue dada a Moisés para que el pueblo de Israel viera la gloria de Dios en ello. Nunca se les dijo que debían adorar a los querubines de oro, o que debían hacer esculturas semejantes para venerarlas. Por otro lado, la metodología de adoración de los cristianos no siguen el patrón del Antiguo Testamento, si bien entendemos que aquello era sombra y figura de lo que ya vino. Por igual, el pueblo de Israel no fue llevado a la idolatría por causa de los querubines en el arca, no existe tal registro.

    Hubo un caso en que el pueblo se pervirtió por causa de una escultura. La serpiente de bronce en el desierto, una medicina contra la picadura de víboras, una prefiguración del Cristo que vendría. Cuando Moisés oró por el pueblo, Dios le ordenó que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un palo para que el pueblo pudiera ser sanado (Números 21:5-7). Eso formó parte de la pedagogía de la fe que Dios usara ante su pueblo (Juan 3:14).

    El pueblo fue sanado al mirar la serpiente, por lo que su imagen se guardó por muchos años. Sin embargo, la serpiente se convirtió en objeto de adoración (2 Reyes 18:4), lo que demostró la facilidad para torcer las cosas divinas. Fue bajo el reinado del rey Ezequías que se quitó ese monumento convertido en objeto de idolatría. Nos demuestra este caso la tendencia humana para forjar ídolos: puede ser aún hacerse la construcción mental de un Cristo a la medida de cada quien. Hay personas que sostienen que la palabra o la doctrina de Cristo les parece dura de oír, lo cual los lleva a rechazarla y a fijarse en un Cristo que no hubiera dicho eso, o a torcer las Escrituras para que diga algo más agradable a los oídos humanos.

    Destacamos que ni la serpiente de bronce ni los querubines del arca fueron colocados para adoración. No había que reverenciarlos ni tampoco había que adorarlos; simplemente cumplieron un objetivo ilustrativo del poder de Dios, de su pureza, de su veracidad. Uno de ellos fue objeto de culto, por lo cual fue demolido. Esos símbolos ordenados directamente por Dios para un momento específico, jamás dan derecho a que nosotros creemos símbolos divinos por nuestra propia cuenta. Mucho menos despiertan el derecho a la idolatría, en ninguna de sus formas.

    Isaías hace una relevante declaración contra la idolatría, por lo cual conviene mirar con detenimiento su texto en Isaías 40:18-25. Asimismo hemos de mirar a Jeremías: Todo hombre se ha infatuado, y no tiene ciencia; se avergüenza todo artífice de su escultura, porque mentira es su ídolo, no tiene espíritu (Jeremías 51:17). Hemos de recordar que ni los querubines de oro ni la serpiente de bronce fueron hechos para que funcionaran como mediadores entre Dios y los hombres. No hubo un mandato de adoración a esas figuras, por lo tanto ellas no autorizan a que el ser humano adore estatuas o dibujos que supuestamente representan a la divinidad.

    En Exodo 20:4-5 está el mandato expreso de Dios a Moisés, de no hacerse ninguna imagen de lo que está en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas, ni debajo de la tierra. No hay que inclinarse ante ellas ni honrarlas. Pero ese mandato fue sacado de la Biblia católica contemporánea, negando incluso lo que la Vulgata Latina de Jerónimo sí colocó, y sí apareció durante siglos de catolicismo. No fue sino hasta poco después de la Reforma Protestante que la iglesia católica comenzó a traducir la Biblia a lenguas vernáculas, como lo hizo el movimiento de la Reforma; pero lo lamentable fue que trucaron los Diez Mandamientos para que ese en específico no los denunciase por la imaginería con que han vivido por siglos.

    Compare usted la Vulgata Latina con la traducción católica de la mayoría de sus Biblias, se dará cuenta de lo que acá denunciamos. Pero los católicos romanos tratan de defenderse del cargo de idolatría, diciendo que ellos no confunden la imagen con la persona que representa. En resumen, que ellos no adoran la imagen sino lo que ella representa. Como si la imagen los hiciera concentrarse en María, en un santo o en el mismo Cristo. Gordon H. Clark, un estudioso teólogo contemporáneo, nos dice que si la idolatría existe solamente cuando el adorador confunde la imagen con el dios, entonces habría que maravillarse por lo que los Efesios hicieron con sus estatuas de Diana. ¿Acaso diremos que los efesios no eran idólatras al adorar a Diana? ¿Acaso ellos confundían la estatuilla con la diosa? Agrega Clark que los católicos romanos defienden a los Efesios de idolatría al tratar de defenderse a ellos mismos de lo que hacen con sus ídolos (Gordon H. Clark, What Do Presbyterians Believe?, pp. 195-196).

    Es tan serio esto de la idolatría que Pablo tuvo que escribir lo siguiente: ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios (1 Corintios 10:19-20). Juan en su Apocalipsis describe la terquedad humana, a pesar de los castigos del cielo, diciéndonos que los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a sus imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar (Apocalipsis 9:20).

    En síntesis, las personas que adoran ídolos (de cualquier tipo) rinden adoración a los demonios. Lo dice Pablo y lo reitera Juan. Dios ha prohibido tal cosa para su pueblo, así que si algo parecido acontece sepamos que el castigo de Dios está pronto y lo mejor es arrepentirse para huir de ese pecado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.com

  • RELACIONES RELIGIOSAS

    A muchos les resulta común y hasta simpático el poder compartir con otras religiones ciertos aspectos rituales que unifican a la humanidad. Eso se hace a menudo sin pasar por la criba del deber ser religioso, lo cual constituye una licencia para asuntos ecuménicos. La hermandad y cercanía sobrepasan el puje teológico que se instituye como cerco de las actividades humanas, para lo que se crea el espacio donde el compartir brinda más alegría al corazón humano que la disputa doctrinal. Mucho más fácil parece cuando se entrelazan conceptos comunes, cuando las religiones muestran parentescos que pasan como útiles para un fin común esperado.

    Por ejemplo, en la época de encender la vela del Janucá judío se acostumbra anotar en un papel deseos y cosas que se quieran, añadiendo una frase hebrea en la página. Al día siguiente de terminar el Janucá, se guarda el papel hasta que pasado un año se festeje de nuevo esa celebración, momento en que se puede verificar si se cumplieron los deseos. Ese es el día de la dedicación, una fecha memorable para los judíos que permite conmemorar un milagro en su visión teológica del mundo. Se centra en la recuperación y purificación del templo de Jerusalén, para la época de los macabeos. Se añade que los macabeos encontraron en forma providencial una jarra de aceite de oliva puro, con lo cual pudieron seguir con su presentación de ofrendas.

    Esas tradiciones se recogen en algunos Talmudes judíos, pero no tienen nada que ver con alguna conmemoración cristiana. Sin embargo, no son pocos los que diciéndose creyentes en Cristo se dan a la tarea de encender la vela, de desfilar con la menorá (candelabro) hebrea de siete brazos, un símbolo del arbusto ardiente en el que se le manifestó la voz de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Son festividades que se ponen de moda en ciertos lados del planeta, pero que igual cobran vida y adhesión en los que tienen simpatía por Israel como nación.

    Los cristianos no están lejos de celebraciones similares, tienen sus pesebres donde representan el nacimiento de su Mesías. Algunos toman el árbol de navidad, prestándolo de culturas altamente paganas, para exhibirlo en sus casas e iglesias, haciendo caso omiso de lo que la Escritura advierte contra tales símbolos. Resulta curioso que el único símbolo que la Escritura del Nuevo Testamento nos ordena a guardar y conmemorar es el del pan y el vino. Las veces que recordemos el sufrimiento y la muerte de Jesús por causa del pecado de su pueblo, hemos de tomar el pan y el vino con una conciencia de lo que hacemos y de lo que significa como símbolo.

    Ni siquiera la cruz de la crucifixión nos fue ordenada como símbolo de la iglesia, solamente el de la conmemoración de la muerte de Jesús, a través del pan y el vino. Pero la naturaleza humana tiende a copiar rituales de muchos lados, para festejar en armonía con los religiosos que buscan la espiritualidad como lugar común. La época decembrina se vuelve propicia para celebraciones con cánticos propios de la temporada, los célebres villancicos y aguinaldos, parrandas alusivas al nacimiento de un niño. Poco importa que a ese niño le den el nombre de Jesús, ya que bien pudiera celebrarse la venida de Tamuz a este mundo.

    De esta manera, contemplamos escenas navideñas no solo en las iglesias católicas romanas sino también dentro de las iglesias reformadas. El niño en el pesebre, rodeado de José, la virgen María y algunos animales propios de la escena, pueden ser un signo de idolatría. En sentido estricto, la imagen esculpida de un niño que se supone representar al Hijo de Dios circunda lo idolátrico. El Exodo 20:4 advierte a propósito cuando nos dice que no nos hagamos imágenes ni semejanzas de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de las aguas. Aquellos actos de adoración extraña pueden ser plasmados en dibujos y pinturas alusivas a la navidad, en vitrales y ventanas, en forma de estatuillas que representan al niño antes de hacerse adulto.

    Curiosamente, al venerar a ese niño, representado en ese muñeco dibujado o esculpido, se ignora lo que Jesús dijo respecto a la doctrina de su Padre. Pero el mundo ha querido unirse bajo un sentimiento de ternura y esperanza, para compartir con no importa qué religión el gozo de una época que debe ser tenida solamente como de esperanza. La doctrina dura de ese niño ya crecido separa y complica las relaciones inter-religiosas, por lo que conviene silenciar la enseñanza dura de oír bajo el pretexto de celebrar el nacimiento del niño (Juan 6).

    Hay quienes han llegado tan lejos en este carnaval supersticioso del bebé que nace que comparten una torta de cumpleaños, al igual que le cantan cumpleaños feliz en ciertas iglesias. Algunos niegan la idolatría en estas acciones, ya que ellos no veneran ni alaban al muñeco dibujado o esculpido sino que recuerdan al Hijo de Dios cuando era niño. Sin embargo, no se nos mencionó ni una sola vez el que debamos conmemorar su nacimiento, ni que debamos representarlo como una forma de mensaje cristiano. En la Biblia se habla del anuncio de los ángeles a los pastores, pero nunca se nos conmina a festejar cada año ese hecho. Los paganos pudieron alegar que no adoraban la imagen de Diana de los Efesios, sino que esos muñecos representaban a la diosa. Pero Pablo y los demás creyentes hablaban de ese peligro, así que muchos quemaron hasta los libros de magia. Esto molestó a los que se dedicaban a la venta de estatuillas de forma que ocurrió un alboroto en Éfeso (Hechos 19).

    Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:20-21). Si a usted le hace falta ese conjunto de adornos navideños para recordar la incursión en la historia del Dios Eterno que se hizo carne y habitó entre nosotros, se nota que no tiene por suficiente a la Escritura. Ella anuncia al niño por nacer y que ya nació, pero que habiéndose hecho adulto comenzó un ministerio importante para su pueblo escogido. La Biblia no nos devuelve hacia atrás cada año, más bien nos manda a mirar hacia adelante, olvidando lo que queda atrás. Nos habla del futuro glorioso que nos aguarda, de nuestra glorificación como hijos de Dios. El nacimiento de Jesús fue un evento narrado en las Escrituras, contextualizado con el gozo de la encarnación del Verbo de Vida.

    La Escritura jamás nos ha sugerido repetir celebraciones al Niño Lindo, al Jesús como infante, sino más bien nos ha sugerido guardar sus palabras que nos dio cuando fue adulto e inició su ministerio pascual. Tampoco nos estimulamos en la fe al incorporarnos cruces en el cuello, o en los templos, como una señal que nos ayude a recordar su muerte. Si Jesús hubiese muerto ahorcado, muchos tendrían una horca como símbolo de reverencia; si hubiese sido fusilado, cargarían un fusil en miniatura en sus collares y pulseras. ¿Qué tal una silla eléctrica? ¿Es que esos símbolos hacen falta para poder recordar el sufrimiento que pagó el Señor por nuestros pecados? ¿No basta el conjunto de su doctrina dada en sus palabras? No en vano la Escritura nos dice varias veces: Guardaos de los ídolos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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