Categoría: IGNORANCIA

  • IGNORANCIA FATAL

    Resulta una ignorancia fatal el descuido de la doctrina de Cristo. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo, el que no vive en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo, afirmó Juan. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos, aseveró el profeta del Antiguo Testamento (Isaías 53:11). Entonces, ¿por qué la gente perece? Mi pueblo perece por falta de conocimiento, escribía Oseas (Oseas 4:6). Nuestra súplica como creyentes va por cada cual que afirma haber recibido a Cristo como su Señor y Salvador, pues pudieran estar engañados en el celo religioso y sufrir de la ignorancia mortal.

    Esa ignorancia estuvo reseñada en la Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, cuando el apóstol Pablo demuestra su súplica a Dios a favor de Israel, ya que no andaba salvo. El mismo apóstol testificaba positivamente de ellos en cuanto al celo por Dios, pero lamentaba que no era conforme a conocimiento. Otras versiones dicen ciencia, pero da lo mismo: desconocer la doctrina de Cristo implica irracionalidad, si alguien se dice creyente. Por falta de conocimiento ese Israel del que hablaba Pablo no se podía someter a la justicia de Dios, ya que Cristo es el fin de la ley, para justicia de todo aquel que es creyente (Romanos 10:1-4).

    ¿Cree usted que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción? Entonces usted ignora la doctrina de Cristo, ya que él vino a perdonar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Por otro lado, él afirmó que los que no creían en él no podían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor tienen varias características, valga la pena enunciar dos de ellas: 1) No se van nunca tras los extraños, porque no conocen la voz de los extraños (Juan 10:4-5); 2) nadie las podrá arrebatar de las manos del Hijo ni de las manos del Padre (Juan 10: 27-29).

    Uno debe inferir de lo ya dicho que ni una sola de las ovejas redimidas por Jesucristo confesará otro evangelio, ni dirá paz a alguien cuando no hay paz, llamando a lo bueno malo y a lo malo bueno. No se entiende por qué tanto rechazo a esta doctrina de Cristo, si miramos el diluvio universal y comprendemos cuántos perecieron allí. Solamente Dios preservó la vida de Noé y su corta familia, de manera que no mostró misericordia ante centenas de millones de personas que perecieron en sus pecados.

    Lo mismo sucede hoy día, como aconteció incluso terminado el diluvio. La gente procrea y se reproduce por doquier, sin tener en cuenta a Dios. Da honra a la criatura antes que al Creador, le da forma humana a alguien que es Espíritu, le da forma de animales para hacer un ídolo y adorar. Otros sostienen que no adoran el muñeco que hacen, sino que adoran lo que representa. Pero ese muñeco no representa a Dios, ya que Él es invisible y ha ordenado que la humanidad no se haga ningún ídolo, ninguna imagen de lo que está arriba en el cielo, ni debajo en la tierra. Sabemos que la gente desobedece el mandato divino porque su naturaleza es pecaminosa, por más que intente demostrar celo religioso por Dios. Eso hicieron los judíos, celosos de Dios, guardando muchos de sus mandamientos, pero desconocían que la justicia de Dios es Jesucristo.

    La razón por la cual la Biblia afirma que Jesucristo es la justicia de Dios es porque él pudo cumplir la ley a cabalidad; al mismo tiempo, se ofreció como Cordero sin mancha por todos los pecados del pueblo escogido de Dios. No vino Cristo a morir por Judas Iscariote, no lo hizo por el Faraón ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. La Biblia nos reitera que Cristo no hizo ninguna propiciación por los pecados de aquellos cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:36); pero el que cree en el Hijo tiene vida eterna. ¿Qué es creer en el Hijo? ¿Puede alguien creer en Jesucristo si ignora quién es y lo que vino a hacer? Esa ignorancia demuestra celo porque la persona dice creer pero pone de manifiesto la falta de conocimiento teológico. Esa teología no es otra cosa que la doctrina de Cristo, el cuerpo de enseñanzas que vino a dejarnos. Cuando oramos por los perdidos estamos demostrando nuestro amor por los enemigos del evangelio, quienes son también nuestros enemigos.

    Hay gente que dentro de la cristiandad pretenden tener como aval su celo religioso, su fervor por la piedad, como pruebas de la regeneración. Pero manifiestan un gran desprecio por las enseñanzas del Señor, tomando solamente lo que les agrada de su doctrina, dejando a un lado la solidez de su argumento como Dios soberano. Sin base alguna afirman que Jesús vino a morir por toda la humanidad, sin excepción, ya que de lo contrario sería un Dios injusto. Dios no pediría a alguien algo que no pueda dar, así que aunque el hombre esté muerto en delitos y pecados todavía puede decidir por sí mismo. En otros términos, tales autoproclamados creyentes suponen que el ser humano está enfermo pero no muerto, por lo cual caminan en disonancia con la palabra divina.

    Nuestra justicia no se basa en nuestras obras, sino en Cristo como justicia de Dios. Si él satisfizo al Padre en todos cuantos redimió, no tenemos ninguna otra justicia por añadir. Este es el punto crítico a entender: Jesús satisfizo al Padre con su sangre derramada a favor de su pueblo, como afirman las Escrituras. Si él hubiese muerto por todos, sin excepción, de seguro todos, sin excepción, serían salvos. Pero no es ese el caso, de acuerdo a las Escrituras. Jeremías predice el nombre con el cual sería llamado Jehová: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6). Ignorar la justicia de Dios presupone haber ignorado el evangelio donde se declara la justicia de Dios manifestada (Romanos 1:17). En el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, para que vivamos por la fe.

    Pablo nos advierte que la consecuencia inmediata de ignorar a Cristo como la justicia de Dios será que se imponga la justicia de cada quien, como garantía de apaciguamiento del Dios airado contra el impío. Sabemos que la única justicia que satisfizo a Dios fue la del Hijo, por lo cual entendemos que él vino como estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para salvar a sus ovejas escogidas desde la eternidad (1 Pedro 1:20; Mateo 1:21; Romanos 3:21-28).

    Reconocer al Hijo como justicia de Dios nos aleja de la vana jactancia, sabiendo que el Padre nos amó con amor eterno y por lo tanto nos prolonga su misericordia. Los que pretenden reconocerlo como Hijo pero anteponen su propio criterio de justicia (que él debería haber muerto por todos, sin excepción, que cada quien debe elegir su propio destino, que de esa manera sería un Dios verdaderamente justo) caminan como el Israel celoso de Dios pero no conforme a ciencia. Ellos están caídos en su propia ignorancia fatal.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELOS SIN CIENCIA

    Pablo consideró todo como pérdida, por causa del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Perdió todo, consideró lo aprendido antes de su conversión como algo que no vale, más allá de que aprovechó su conocimiento de la ley y de lo que había leído para ilustrarnos en lo concerniente a la fe de Cristo. Quedó satisfecho de haberse separado de su propia justicia en cuanto a la ley, ya que hubo alcanzado la justicia de Dios en la fe de Cristo (Filipenses 3:7-9).

    La salvación de un pecador transforma su corazón, como un fruto inmediato de su regeneración. ¿No es esa la conversión? Hubo un arrepentimiento (una metanoia) que supone una mente transformada: ya Dios cobra vigencia como Ser Soberano, en tanto la criatura humana no es más que barro en manos del Alfarero. Dios nos da el don de la fe, entre tantas cosas propias de la gracia. El falso dios en quien habíamos creído se desvanece, para dar paso forzado al conocimiento conforme a la sabiduría de Dios. Existe un celo de acuerdo con la ciencia, así como hay un celo que no es conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).

    Ciencia es conocimiento, por lo cual Isaías dijo que por el conocimiento del siervo justo éste salvaría a muchos (Isaías 53:11). Algunos judíos manifestaron celo enorme por el Dios de las Escrituras, pero olvidaron la ciencia (ese conocimiento del que hablaba el profeta Isaías). Pablo escribe en Romanos 10 que siente dolor por esos parientes según la carne, que conocen mucho de las Escrituras y poseen un gran celo por ese Dios revelado, pero que carecen de conocimiento.

    El Dios-hombre Mediador viene a ser una piedra de tropiezo para no pocas personas. Ese Jesús hizo todo en la cruz, salvó actual y eficazmente a todo su pueblo de sus pecados, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). No rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), así que mantuvo su doctrina por siempre (Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. Todo lo que el Padre me da viene a mí, y yo no lo echo fuera: Juan 6: 44 y 37). De esta manera afirmamos que la oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, como afirmara Jesucristo (Juan 10:1-5). Por lo tanto, ya no será posible creer que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción.

    Jesucristo establece la diferencia entre cielo e infierno; su trabajo eficaz hizo viable y real la salvación actual de todo su pueblo. Por supuesto, la predicación del evangelio cumple varios propósitos, siendo el principal de ellos el de alcanzar esas ovejas por medio de la palabra de vida. Al mismo tiempo, esa predicación genera mayor condenación en los que rechazan el evangelio de Cristo. Pero entonces, ¿por qué Dios condena a Esaú? ¿Por qué condena a los que antes endureció para que no crean? ¿Por qué predicamos a los que han sido destinados a tropezar en la roca que es Cristo? (1 Pedro 2:8).

    La Biblia ha dado la respuesta y nos dijo que no nos compete contender con el Creador. Él tiene autonomía para hacer con la misma masa de barro un vaso para honra y otro para deshonra. Este asunto generó al principio un gran dolor en el apóstol Pablo, pero por igual nos soltó el contenido de su revelación y llegamos a aceptar esa doctrina de Jesucristo que es conforme al resto de las Escrituras. Los que siguen con comezón en el alma, con el escozor por razón de su vano libre albedrío, tienen problemas para conciliar la paz con el Eterno. Algo parecido les ocurrió a aquellos judíos referidos por Pablo, los cuales tenían un gran celo por Dios pero no conforme a ciencia.

    Ellos mezclaban gracia con obras o tal vez obras con gracia, pero de nada les servía. Escaparon del conocimiento del siervo justo del que hablara Isaías. Prefirieron seguir aferrados a la tradición de su religión aprendida, considerando ese otro conocimiento como de valor no rechazable. Pablo, al contrario, consideró como pérdida todo lo aprendido bajo los pies de Gamaliel, todo el error conceptual que el judaísmo mal aprendido enseñara sobre el Mesías. Israel esperaba un libertador del yugo político al cual estaban sometidos, pero les llegó Jesucristo que hablaba del valor del alma más que del mundo. El pragmatismo religioso judío repudiaba tales enseñanzas, así que terminaron crucificando al Señor valiéndose de la ayuda del imperio romano.

    El verdadero creyente se arrepiente en la conversión, deja a un lado su creencia errónea que no es conforme a ciencia. Abandona el celo por Dios que subyace solo en su práctica religiosa equivocada; ahora conoce que aquellas cosas creídas estuvieron erradas. De lo contrario, hubiese seguido en su viejo camino. Después de la regeneración no se puede continuar con la vieja creencia errónea del falso evangelio. El evangelio anatema o maldito es todo aquel conocimiento falaz en cuanto a la doctrina de Cristo. Si alguien dice creer pero se molesta por las palabras de Jesucristo, ya que chocan con lo que supone debería ser Dios, entonces está dando fruto digno de perdición.

    El celo moral y religioso de nada sirve si viene acompañado de falsa doctrina. Allí no hay ciencia o conocimiento, allí no reposa el conocimiento del siervo justo. Fijémonos que el Señor habló de manada pequeña, de los pocos escogidos, de que él es quien elige. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo ordena; habló en parábolas para que no lo comprendieran totalmente quienes no deben comprenderlo. La Escritura habla con creces de la soberanía de Dios, del endurecimiento que realizó sobre el corazón del Faraón, de cómo se lo dijo a Moisés antes de que ocurriese. Dice ella que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).

    Sabemos que la salvación condicionada en cualquier actividad del pecador es considerada como pérdida y sin conocimiento. El hombre murió en delitos y pecados, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque al verdadero Dios. El hombre natural tiene como locura las cosas del Espíritu de Dios, no puede discernirlas. De manera que si alguien supone que su capacidad intelectual, su astucia o su humildad hicieron posible aceptar a Cristo, está dando muestras de que no conoce el evangelio. Es el Espíritu el que hace nacer de nuevo, no por voluntad de varón sino de Dios. Pero Él no hace nacer de nuevo a todo el mundo, sino solamente a los elegidos del Padre. Lo hace, por supuesto, por medio de la predicación del evangelio.

    La justicia de Dios revelada en el evangelio, de acuerdo a Romanos 1:17, consiste en conocer que Dios es justo y quien justifica al impío, por medio de Cristo como su justicia (Romanos 3:21-26). Si no tenemos tal conocimiento estableceremos nuestra propia justicia, la de las obras buenas que podamos hacer. Eso es idolatría, sería una religión antropocéntrica que coloca a Dios como si fuera el genio de la botella. Ignorar esa justicia de Dios y su soberanía absoluta, implicaría asumir que algo en nosotros mismos hemos hecho como prerrequisito para obtener la justicia de Dios. Sería un celo sin conocimiento.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • IGNORANTES SOLDADOS CELOSOS

    Una cruz sin poder contiene enormes filas con soldados de la ignorancia. La falta de conocimiento en aquello que se hace conlleva un fracaso garantizado. No existe magia en la salvación, porque Dios no es mago en lo absoluto. Él también se ha definido como el Logos, así que la razón le asiste todo el tiempo y en cualquier área. Los que pretenden una conducta eficaz en el error doctrinal, tendrán un reconocimiento de persona celosa pero no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).

    Poco importa la cantidad y vistosidad de la obra social que se haga, el repartir comida a los pobres o el visitar a los enfermos; el componer cantos melodiosos o el ayunar cada semana; esas cosas se harán en el nombre de otro Jesús, el Baal-Jesús del momento. El Hijo de Dios dictó cátedra en materia de fe y religión, vino a enseñarnos la doctrina del Padre, para que permanezcamos en ella. Mucha gente de la religión se apega a la enseñanza moral, como hábitos de buena conducta, en la realización de acciones propias de corazones bondadosos según su propia opinión. Uno puede tener pasión por los animales, dar de comer a esas criaturas de la calle; por igual puede ocuparse de ayudar a los humanos desvalidos, pero esas cosas se computan como obras que no ayudan en nada para la salvación del alma.

    Ya sabemos que la doctrina de Jesús dice que somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie tenga de qué gloriarse. Cualquier buena acción que hagamos será como un fruto de la gracia que poseamos, nunca como una condición de la misma. Ayudar a los pobres entre nosotros se tiene como una labor de importancia crucial, pero hemos de hacerlo como fruto de la justicia que nos acompaña. Las religiones que proponen el fruto como causa andan en la ignorancia de los soldados celosos sin ciencia. Eso no es más que una idolatría del ego, una cruz sin efecto y sin sentido que se acuna en la mente de los religiosos desviados de Cristo. En esa gente perdida se cumple la aseveración bíblica que habla de la palabra de la cruz como locura (1 Corintios 1:18).

    El evangelio diferente a la palabra enseñada por aquellos reseñados por Cristo en Juan 17:20, se considera maldita, de acuerdo a Gálatas 1:8-9. Lo que ha sido declarado maldito trae consecuencias funestas para las personas, en especial para sus almas. El verbo de los falsos maestros no posee el poder de salvación, sino el de la locura para el alma irredenta. Nosotros somos participantes de la locura de la predicación, asunto distinto a la locura de los que se pierden. El acto de predicar para anunciar el evangelio de Jesucristo, puede ser tenido como locura divina, ya que Dios sabe a quién va a salvar pero no lo hace en forma mecánica sino a través del anuncio de la buena noticia.

    Buena noticia para los que son llamados eficazmente, mala noticia para las personas como Judas Iscariote, Esaú, el Faraón de Egipto, Caín o cualquier otro réprobo en cuanto a fe. No nos quedamos callados por el hecho de que los predestinados han de salvarse porque sí, sino que nos animamos a predicar por causa de ellos, primeramente; además, nadie podrá invocar a aquel a quien no conoce. No sabiendo quiénes son los escogidos que están en el mundo, anunciamos el evangelio a toda criatura, pero sabemos que esa palabra salida de nuestra boca volverá con aquello para lo que fue enviada. En algunos causa más endurecimiento y eso redunda en la gloria del justo juicio de Dios; en otros, provoca el arrepentimiento para perdón de pecados, lo que por igual sigue siendo grato olor de Cristo para salvación.

    Dios aborrece a todos los que hacen iniquidad, a los insensatos que no podrán estar delante de sus ojos (Salmo 5:5). Los injustos, los que transgreden la ley, los que contradicen los preceptos divinos, los que se alaban a sí mismos, jactándose de su sabiduría, de sus honores y riquezas, incluso de su propia justicia, todos ellos son calificados como trabajadores de la iniquidad. La figura del rey de Asiria ha sido pintada por Isaías, para ilustrar la jactancia del malo delante de Jehová. No pensemos ni por un momento que esa gente recibirá algún favor de Jehová, sino que aún su prosperidad forma parte de la providencia divina para que caigan de repente en el desfiladero y despierten confundidos en el Seol (Salmo 73).

    ¿Quién es el que coloca su propia justicia junto a la de Cristo? Todo aquel que camina sin la doctrina de Cristo, el que habiéndola conocido se ha extraviado (2 Juan 1:9-11) por considerarla dura de oír (Juan 6: 60), un poco injusta, carente de sentido lógico. Esa gente suspira por Esaú, aduciendo que se perdió por causa de la venta de su primogenitura, colocando la consecuencia como causa. Se propone a un Dios más justo que el de las Escrituras, porque en realidad se considera que Dios se muestra carente de justicia al odiar a Esaú antes de haber hecho cualquier tipo de obra, buena o mala. Se supone que Dios debió mirar hacia el futuro para ver que Esaú iba a vender su primogenitura, para poder condenarlo (eso no es lo que dice la Biblia en Romanos 9). Pero ¿qué vio de bueno Dios en Jacob? Nada, simplemente porque Dios no necesita ver el futuro fuera de Él mismo, ya que eso no existe per se. Dios hace el futuro, mejor dicho, hizo el futuro desde siempre, así que reclama la gloria de todo cuanto ha hecho: la gloria de la redención de Jacob y la gloria de la condenación de Esaú. A ambos gemelos separó Dios desde antes de que hiciesen obra alguna, antes de ser concebidos (Romanos 9:11-13).

    Los que se molestan por esa doctrina enseñada por Jesucristo y sus apóstoles, así como por todos los escritores de la Biblia, consideran esa palabra como dura de oír. Buscan ablandarla, suavizar el evangelio para las masas, utilizando argumentos falaces de misericordia y de cantidad popular. De esa manera dicen que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que hay gente que lo rechaza por su propio libre albedrío. Dicen: Si Dios impone su salvación sobre la criatura, estaría dejando de ser un Caballero y violando la tan sagrada libertad humana, la que da sentido al amor del hombre hacia Dios.

    Acá vemos que esa gente del otro evangelio está jactándose ella misma delante de los ojos del Señor. Por lo tanto, Dios los considera trabajadores de la iniquidad, y sus obras sociales no podrán ayudarles en nada cuando sean enviados a su destino fatal. Por ahora ellos se consuelan con su celo por ese dios hecho a su medida, con una doctrina maquillada por los falsos maestros, expertos en torcer las Escrituras. Siguen como ciegos a sus maestros ciegos, teniendo por cierta la caída general en el mismo hueco.

    La expiación universal, con su variante general, prevalece en la falsa religión, la de la locura y la que ha sido declarada maldita. En ese tipo de expiación, la cruz de Cristo se tiene como nada; queda sin efecto la verdadera cruz de Cristo, ya que la eficacia final descansa en la voluntad suprema del pecador ya muerto en delitos y pecados. Cristo no tomó el lugar de los réprobos en cuanto a fe, sino el de los elegidos del Padre. Él sufrió en lugar de los escogidos de Dios, cargó con todos sus pecados y en consecuencia nos impartió su justicia y rectitud ante el Todopoderoso. Esa es al razón por la cual fuimos declarados justos, aceptables ante los ojos del Señor. Así que el Señor padeció un sacrificio vicario, al recibir las heridas por nuestras transgresiones (el justo por los injustos), y fue herido por nuestras iniquidades, no por las de Judas Iscariote, ni por las de Esaú fue igualmente declarado nuestra Pascua, no la pascua de los réprobos en cuanto a fe.

    Existe una gran diferencia entre el concepto de expiación que manejan los participantes de la expiación general o universal, los ignorantes soldados celosos, y la que se describe en la Biblia. La sangre de Jesús fue derramada por las ovejas, no por los cabritos (Juan 10). De esta forma sabemos que todos los pecados de su pueblo fueron imputados a Jesús, junto con toda la culpa y condenación, pero esto ofende a muchos (Juan 6: 61). Esa exclusividad de Jesús por su pueblo turba a gran cantidad de personas, en especial a las cabras; también se turban las ovejas que no han sido llamadas todavía en forma eficaz, porque ellas desconocen que son ovejas. ¿Y qué era lo que ofendía a aquella gente descrita en Juan 6? Sencillamente la frase reiterada por Jesús varias veces, la que en forma explícita fue dicha a continuación de su pregunta sobre la ofensa: Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre (Juan 6:65).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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