Categoría: IRA DE DIOS

  • GRACIA E IRA DE DIOS

    El Dios de la Biblia muestra su ira contra la maldad y contra los malvados; por igual demuestra su misericordia por aquellos a quienes quiso salvar a expensas del trabajo de su Hijo. Esta realidad se describe en las páginas de las Escrituras, más allá de que a la gente le parezca justo o injusto lo que Dios hace. De hecho, Pablo nos relata en el Capítulo 9 de su Carta a los Romanos que él tiene mucho pesar, profundo dolor en su corazón, atestiguando su conciencia junto al Espíritu Santo, por que quisiera él mismo ser anatema a causa de sus parientes según la carne. Estos parientes muy bien pudieran ser su familia sanguínea, si bien muchos señalan que se refiere a sus hermanos de raza.

    No obstante, el apóstol continúa diciendo que esos parientes son israelitas, lo cual da a entender que cuando hablaba de ellos pareciera más identificarlos como la familia consanguínea. Resultaría muy redundante el que hubiese dicho que tenía gran dolor por sus hermanos de raza, los cuales son israelitas. Era obvio que esos hermanos raciales eran israelitas, como lo era el apóstol, de la tribu de Benjamín. Pero más allá de la referencia apostólica, importa mucho el contenido de ese capítulo que Pablo escribe. El apóstol agrega que la palabra de Dios no ha fallado (verso 6), sino que no son israelitas los que descienden de Israel. Hace un llamado a la promesa hecha a Abraham: En Isaac te será llamada descendencia (verso 7).

    Si hacemos una referencia cruzada nos encontraremos con un texto muy propicio para lo que Pablo está escribiendo a la iglesia de Roma. En Gálatas 3:16 leemos: Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia. No dice: Y a los descendientes, como si hablara de muchos, sino como de uno: Y a tu descendencia, la cual es Cristo. Entonces, nosotros los creyentes escogidos por Dios somos esa descendencia referida por Pablo, somos los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Isaías 8:18 y Hebreos 2:13). Esta potestad de ser hechos hijos de Dios viene por la gracia divina, no por voluntad humana alguna. De otra manera, la gracia no sería gracia sino un salario debido. Somos salvos por gracia, por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8).

    La gracia está en Cristo Jesús, pero fuera de él no hay gracia alguna que sea posible. El Dios que es santo, recto y justo, no puede sino mostrar ira contra todo lo que sea la transgresión a su ley. Ningún pecador puede exigir gracia de parte del Todopoderoso, ya que precisamente ella es un favor inmerecido. Descartada la posibilidad de merecer la gracia, la misma es otorgada por el Creador a quien Él quiere darla. Por esa razón también se escribió que la salvación es por gracia y no por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe de su obra. El verso 11 de Romanos 9 lo coloca de esta manera: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.

    Al saber que la gracia es un regalo de Dios entendemos que Dios no anda por el mundo en forma agraciada, despilfarrando su favor a diestra ni a siniestra. Hay muchas personas que Él también endurece: De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 18). Ahora bien, esa gracia divina no es barata, sino que ha costado la sangre del Hijo de Dios. El precio que tuvo que pagar Jesucristo fue alto como alto era el favor inmerecido que recibimos. El pago lo hizo Jesucristo, el favor inmerecido lo recibimos los salvados, la justicia por ese favor fue exigida por el Padre Eterno. Habiendo Jesús pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9) se convirtió en nuestra justicia. Por eso fue escrito: Cristo, nuestra pascua (1 Corintios 5:7).

    En la primera Pascua Moisés hizo que el pueblo de Israel sacrificara un cordero, como se atestigua en Éxodo 12:21; su sangre se esparciría en las entradas de sus casas en Egipto (Éxodo 12: 7). Ya acá se establece el gran símbolo, el de la protección que nos da la sangre del Cordero de Dios respecto a la ira divina contra el pecado y toda transgresión de su ley.

    Si Jesucristo es nuestra pascua, entonces somos verdaderamente agraciados. Egipto representa en la Biblia al mundo, las más de las veces; la sangre de los corderos venía como sombra de la sangre del Hijo de Dios que murió en un madero, para aplacar la ira divina en los que son del verdadero Israel de Dios. Al pueblo histórico de Dios, salvos y no salvos, le fue dicho: Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:12–13). En plena escena de escape del yugo enemigo, no vemos por ningún lado la gracia de Dios sobre Egipto, de acuerdo al relato bíblico.

    De esta manera tenemos por cierto que el trabajo del Hijo de Dios se hizo en favor de los escogidos del Padre, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 11). No tenemos encima la ira de Dios, sino su reprensión cuando fuere necesario, de otra manera no seríamos contados como hijos (Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? -Hebreos 12:7). Comprendamos que el trabajo de Jesucristo, al representarnos substitutivamente en la cruz, pagó la pena que merecía cada una de las transgresiones de todo su pueblo. La justicia del Hijo es perfecta, y no menos que perfección judicial nos fue concedida; por esta razón Dios nos ve con la justicia perfecta que nos fue dada a cambio de nuestras transgresiones. He allí el amor del Padre, para que podamos ser llamados hijos de Dios. Recordemos que el Padre Eterno quedó satisfecho con la justicia del Hijo, por lo tanto no podemos ni debemos intentar jamás añadir a esa justicia la nuestra.

    Quien no comprenda el sentido de esa justicia aplicará la suya propia, como bien lo asentó Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. María no tenía nada que temer porque había hallado gracia delante de Dios (Lucas 1:30). De la misma manera el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, porque la gracia de Dios era sobre él (Lucas 2:40). Pedro nos escribe diciéndonos que fuimos elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2). Esa presciencia debe ser estudiada para evitar imaginaciones impertinentes en cuanto a que Dios pudo ver alguna buena cualidad en nosotros para escogernos.

    Primero debemos entender que Dios no necesita llegar a saber algo, así que no tiene que averiguar nada para conocer lo que conoce. En segundo lugar, en muchas ocasiones la Biblia coloca como similitud el acto de conocer y el de tener comunión. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; y José no conoció a María hasta que dio a luz al niño; a vosotros solamente he conocido yo en la tierra; y les dirá: nunca os conocí… En tercer lugar, sepamos que Dios conoce al impío que es réprobo en cuanto a fe pero no por eso lo ha elegido, aunque lo haya conocido. Más bien, el amor eterno y perdurable del Padre hizo que se fijara en un grupo de personas a quienes escogió desde antes de la fundación del mundo para ser su pueblo.

    Ya Dios ha declarado que mirando a la tierra no vio a ni un solo justo, ni a ninguna persona que le buscara; afirmó que toda la humanidad había muerto en sus delitos y pecados. Entonces, bajo esa afirmación veraz tenemos que comprender que nada bueno hubo en los elegidos para ser objetos de su amor eterno. No busquemos cualidad en la masa de barro, que es la misma masa para vasos de honra y de deshonra (Romanos 9). El Salmo 1:6 hace una síntesis sobre ese conocimiento divino: Porque el Señor conoce el camino de los justos: pero la senda de los impíos perecerá. Es decir, no serán conocidos los impíos, en el sentido de que no serán ni han sido amados por Dios (como es el caso de Esaú desvelado en Romanos 9:11-13).

    Precisamente, en esos gemelos de Rebeca e Isaac se ve el amor y el odio de Dios, con la declaración de Pablo, quien entiende que es un asunto duro que tenía que decir. Gracias a esa dureza sabemos que el elegido de Dios puede contrastar la abundante gracia que ha tenido, frente a la desgracia de los vasos de deshonra que Dios como Alfarero ha hecho. Todavía alguien puede preguntarse si en esta teología hay injusticia en Dios. La respuesta sigue siendo la misma, de acuerdo a la Biblia: En ninguna manera (Romanos 9:14). ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La respuesta sigue desarrollándose en los versos 22 y 23.

    No callamos esta teología, ni nos la reservamos en secreto; simplemente la declaramos como parte de todo el consejo de Dios. Así lo ha anunciado Él en las Escrituras, ¿cómo nos atreveríamos a guardar silencio frente a semejante verdad? Que nuestra conciencia nos dé el testimonio en el Espíritu Santo por la comprensión de esta doctrina del Señor Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ¿PECAREMOS PARA QUE LA GRACIA ABUNDE? (ROMANOS 6)

    Obedecemos al pecado para muerte, o a la obediencia para justicia. Hay quienes se dan al pecado como servicio, con mucha diligencia, en una situación infeliz porque su fin será el deceso del espíritu, la oscuridad del alma y la reprobación de la mente. No podemos servir a dos señores, aunque nuestra naturaleza original sigue manipulando para hacernos caer. He allí la lucha del creyente, una pelea a diario, pero que debe saberse luchar. La palabra de Dios no resulta mágica, sino absolutamente racional. En la medida en que pasemos tiempo leyéndola y estudiándola, sacaremos provecho para la victoria contra el pecado.

    Hablo del creyente, el cual no será dejado huérfano; el Espíritu que mora en aquel que ha nacido de nuevo le recordará las palabras del Señor. Recordar implica haber leído primero, haber comprendido lo que se ha escudriñado, para que cobre sentido la acción del verbo. Hay una depravación total en el mundo, pero existe por igual un Dios soberano que lo maneja y controla. Al predicar el evangelio debemos tener en cuenta esos dos factores, que existe un mundo depravado, pero que Dios como rey soberano controla y maneja a su antojo el mundo desviado. La historia de muchos personajes perversos se cuenta en la Biblia, para que comprendamos la manera en que Dios opera.

    Un texto de la Escritura lo resume: el corazón del rey está en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Tenemos el caso del Faraón, un gobernante malvado a quien el Señor endureció para lograr sus fines. También se entiende que Jehová suavizó su corazón para que finalmente dejara ir a su pueblo a adorarlo en el desierto, cosa que pudo hacerla de diversas maneras aunque escogió la trágica muerte de los primogénitos. Por igual controla los corazones de los gobernantes de la tierra, para que den el gobierno a la bestia (Apocalipsis 17:17). Por igual hizo a David conforme a su corazón (el de Dios), gobernó la mente de Ciro y lo llamó su siervo, aunque Ciro no conoció a Jehová.

    Como las aguas de los ríos que fluyen con fuerza y en ocasiones parecen quietas, asimismo manipula el Señor el corazón del rey. Y si esto hace con los poderosos de la tierra, ha de entenderse que quien puede lo más puede lo menos. La conversión de una persona demuestra que Dios le cambió su corazón de la manera como quiso; si miramos a Saulo de Tarso, veremos la fuerza del Señor cambiando en un instante el error del perseguidor de los creyentes, convirtiéndolo en un humilde pecador arrepentido.

    Podemos encontrarnos con testimonios de personas que corrían tras sus placeres cotidianos junto a sus lujurias, pero que ahora caminan tras la verdad de la palabra de Dios, en adoración al Señor y agradándose en guardar sus ordenanzas. Aquel corazón enemigo e incrédulo, lleno de orgullo y vanidad, ahora se presenta repleto de la gracia de Dios. Podemos ver que la actividad divina cuando Dios endurece a alguien aparece en contraste con la acción de la redención. Mientras el Faraón fue endurecido para exhibir sus dientes contra el pueblo de Dios, el Señor ordenaba el rescate de los sometidos en Egipto. En síntesis, su castigo al impío resalta su gloria bondadosa en favor de sus elegidos.

    Cada persona piensa que es recta en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus. El Señor consideró que la rectitud y la verdad de Saulo de Tarso dejaban mucho que desear, pero lo cambió otorgándole la justicia de Jesucristo. Eso no lo hace con todo ser humano, como se desprende de la vida de Judas Iscariote, del Faraón de Egipto, de Esaú, del rey Acab, de Jezabel, de cada réprobo en cuanto a fe. Nosotros estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, caminando de acuerdo al curso del mundo, según le placía al príncipe de la potestad del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Nosotros somos por vía en contrario hijos de la fe, creyentes, los que somos guiados por el Espíritu de Dios.

    Satanás ejerce su influencia en todos los que que son incrédulos, en especial en los réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados desde siempre para tropezar en la roca que es Cristo. Los incrédulos tienen las mentes cegadas, sus corazones se alinean hacia los peores crímenes, e incluso ejercen influencia sobre los elegidos. ¿En qué medida? En la medida en que nosotros participamos con ellos dejándonos influir por sus ideas y conversaciones, para que nos cause tropiezo y dolor. De allí que se nos ha advertido que las malas compañías corrompen las buenas costumbres (1 Corintios 15: 33-34). Hemos de vivir en vida santa y con sanas conversaciones, sobria y rectamente, sin que nos demos a las vanas especulaciones propias de los temas de los que el mundo se ocupa. Porque el mundo vive en su aflicción, y nosotros nos hacemos parte de ella en la medida en que tomamos interés mayor por sus palabras antes que por la palabra de Dios.

    El gran problema del mundo, aparte de estar controlado por su príncipe, es que como hombres naturales no reciben las cosas que son del Espíritu de Dios. Para ese mundo estas cosas son locura, pasan por indiscernibles, por lo cual actúa de acuerdo a los designios de su mente. La mente de la carne se entrega a los negocios propios de la muerte, mientras que la mente que se ocupa del Espíritu camina por los caminos de la paz. La mente carnal se manifiesta como enemiga de Dios, sin poder sujetarse a su ley, por lo cual los que son de la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:5-8).

    Para poder amistarse con el Dios de las Escrituras, urge tener justicia suficiente. Esa justicia se llama Jesucristo, el que justificará a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). El siervo justo hizo aptos para el reino de los cielos a todos aquellos que representó en el madero. No rogó Jesús por el mundo, sino solamente por aquellos que el Padre le dio (Juan 17:9). Eso es muy importante tenerlo en cuenta, para saber en quién hemos creído. La doctrina de Cristo pasa por esencial en materia del evangelio, tan importante resulta que quien prevarica y no permanece en ese cuerpo de enseñanzas no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11).

    Jesús enseñó que nadie podía ir a él si el Padre no lo trajere, así que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Hay gran cantidad de personas que han ido por cuenta propia, o por encomienda del otro evangelio, que camina en el desvarío de la enseñanza de los falsos maestros. Ellos creen que existen nuevos apóstoles, que los dones especiales siguen vigentes, hablan por lo tanto en lenguas raras, se dan a nuevas profecías, declaran que Dios les reveló algo nuevo, contemplan con mística sus pecados y se dejan llevar por la música para simular que es el Espíritu de Dios el que los mueve. Toda esa confusión es apenas la punta del iceberg; lo más grave o la causa de todos estos males es que sostienen una creencia en una expiación inexistente. Al ignorar la justicia de Dios (Jesucristo), colocan la suya propia (las obras de hacer y no hacer).

    En ellos cuenta mucho el día de su supuesta conversión, un arrepentimiento en la carne, un dolor por sus pecados (en especial por el castigo que sabe llevarían), pero jamás han comprendido las palabras de Jesús. Y si las han entendido en algo, les parecen duras de oír. Se resisten a que Dios haya odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal, proponen que Dios se dio cuenta desde antes de quiénes serían los réprobos en cuanto a fe, pero lo sacan de la ecuación de la reprobación final porque su alto grado de justicia condena a Dios, si hiciera tal cosa. Incluso sus teólogos han llegado a decir que un Dios semejante sería ante todo un tirano o un diablo.

    Al parecer, continúan bajo la ira de Dios, pero su religiosidad semanal les hace creer que son amados por el Dios que definen como amor puro. Desconocen que están desprovistos de la justicia de Dios, porque se obnubilan con su celo por el Señor. No saben que adoran a un dios que no puede salvar, que desfilan con su ídolo en el alma, la confección de una divinidad hecha a su medida. Esa gente confunde providencia con bendición, pero están equivocadas porque su jefe es el príncipe de este mundo, el mismo que confundió a Adán y a Eva en el huerto del Edén. Dios provee para todas sus criaturas, de acuerdo a sus propósitos eternos e inmutables. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón llegara a ser el individuo de poder que la historia señala; proveyó para que Judas Iscariote no muriera antes de tiempo, de manera que cumpliera todo lo que de él se escribió. Eso no puede tomarse como bendición, sino como providencia divina para un fin determinado.

    Los árboles corruptos no producen buen fruto, pero son árboles; asimismo, los que no han nacido de nuevo están muertos en delitos y pecados, pero dan fe de vida en tanto hacen cosas que nosotros vemos y sentimos. El rey Ciro fue llamado siervo de Dios, pero él no conoció al Señor: Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes; … Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste. Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste (Isaías 45: 1-5). Nuestro Dios soberano hace como quiere, da su justicia a sus elegidos pero endurece a quien quiere endurecer. Los que se consideran justos en su propia opinión, hacen cosas que consideran buenas, si bien las Escrituras apuntan que aún las misericordias del malvado son crueles (Proverbios 12:10).

    César Paredes

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  • PODER, IRA Y ODIO

    PODER, IRA Y ODIO

    El amor de Dios por sus escogidos se ve destacado al compararlo con el pueblo destinado para recibir su poder, ira y odio por el pecado de incredulidad. Jehová le mandó a decir al Faraón, por medio de Moisés, que Él lo había levantado para mostrar en él todo su poder, y para que el nombre del Altísimo fuese anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). Dios ha colocado a los réprobos en cuanto a fe en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamientos. Aún al malo ha hecho para el día malo, de manera que el que se jacta de ser ateo lo que en realidad dice es que es un olvidado de Dios.

    Aquel que Jehová desecha será llamado plata desechada (Jeremías 6:30), un destinado para la desobediencia (1 Pedro 2:8). La humanidad se divide en dos partes, los vasos de misericordia y los vasos de ira, pero no imaginemos a un Dios que no supo lo que hizo; Él no aguarda nuestra decisión, como si hubiese lanzado una oferta general. Su mandato puede ser tenido por universal, pero su decreto ha sido particular y con carácter obligatorio por cuanto Él no cambia. Ante Él se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua, por cuanto por Él mismo hizo juramento, una palabra que no será revocada (Isaías45: 23).

    En el plan eterno e inmutable aparecía el Hijo como Cordero ordenado y preparado para ser manifestado en el tiempo oportuno. De esa manera toda la humanidad se inmiscuyó en la caída, como una gran vanidad, por causa del que tendría misericordia de su pueblo. Nadie puede producir justicia agradable ante el Creador, pero todos la necesitan. Sin embargo, Jesucristo como justicia se muestra oportuno para los que son de su fe. Sabemos que él es el autor y consumador de la fe, que no es de todos la fe, que ella es un don de Dios. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios.

    El Faraón odió la gloria del Dios de Moisés y preguntó quién era ese Jehová para tener que dejar ir a su pueblo esclavizado. ¿Acaso no lo advirtió Jehová a Moisés, antes de ir a Egipto? Leemos en las Escrituras: Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas (Éxodo 7:3). Esta teología le pareció repugnante a Arminio, asimismo a todos los que hoy día siguen la corriente de la expiación universal. Ellos se niegan a creer lo que la Biblia dice en forma plana, pero se dan a intrincados análisis hasta el desvarío total. Aún sus filólogos se inventan una nueva semántica, donde el verbo odiar significa amar menos. El delirio es grande, con tal de aplacar la dura palabra que ellos se resisten a oír.

    A veces alguien no atiende a la voz de la reprensión, de la admonición de las Escrituras, pero normalmente sucede cuando Jehová ha decidido hacerlos perecer. Tal es el caso narrado en referencia a los hijos del sacerdote Elí (1 Samuel 2:25). Dios maneja el corazón del rey y lo inclina ante todo lo que Él quiere; aún a mucha gente Dios la hará estar de acuerdo para que le dé el reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Incluso Dios envía un espíritu de estupor o engaño para aquellos que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira; tal espíritu es enviado para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12).

    Dios odia y ama, pero no ama y odia a la misma gente. En Él no se da la vacilación, ya que su amor aparece en relación a su justicia. Esto es, todos aquellos que fuimos justificados en Jesucristo formamos el objeto de su amor eterno, con una misericordia prolongada. El Dios de la providencia da a cada quien conforme le ha placido, por lo cual computar los bienes de este mundo como bendición puede ser una ligereza. En ocasiones Dios le da poder y riquezas a las personas, como en el caso del Faraón, pero lo hace no por amor sino para satisfacción de la gloria de su ira y poder contra el pecado.

    El rey de Asiria se levanta como un personaje ideal para ilustrar lo que decimos; había sido enviado por Dios para destruir naciones no pocas, pero ese rey creyó en su propio poder y voluntad, al punto de que se envaneció. Después de cumplir su oficio, Dios lo castigó por su soberbia de corazón, por causa de la altivez de sus ojos. En ocasiones Dios usa la predicación de su palabra para endurecer a los réprobos, los ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esto no nos exalta como creyentes sino que nos mueve a humildad, porque sabemos que Dios nos escogió solamente por misericordia. Jesús hablaba en parábolas para que viendo no vieran, para que oyendo no entendieran, no sea que se convirtieran y él tuviera que sanarlos o salvarlos (Mateo 13: 13-15).

    Nuestra humildad debe estar presente a cada momento, sabiendo que nada nos distingue, ni tenemos algo que no hayamos recibido de Dios. Miramos en la Escritura el hecho del endurecimiento y odio de Dios hacia aquellos vasos de ira preparados para la exhibición de su gloria contra el pecado. ¿Por qué Dios encuentra falta en aquellos que endureció para castigarlos? Algunos sostienen que esto no sería digno de un Dios justo sino de un tirano, o tal vez de un diablo. Así pensó John Wesley, así opinó Arminio, así comentan todos los que se escandalizan de la soberanía de Dios. Se objeta la justicia divina, se le computa al Creador una falta que lo desacredita en cuanto al gran amor mostrado en la cruz. Pero esa cruz no fue colocada en el Calvario por causa del mundo no amado, sino para el pueblo escogido por el Elector Supremo.

    Dios no resulta contradictorio, por cuanto no ama y odia a la misma persona; yerran todos aquellos que sostienen que el pecador debe ser totalmente libre de Dios, para pecar o no pecar, para arrepentirse o endurecerse a sí mismo. El deseo del hombre caído sigue siendo la independencia de Dios prometida en el Edén por la serpiente: seréis como dioses, lo cual equivaldría a ser soberanos e independientes. Esaú se comió aquellas lentejas porque tenía hambre, negoció su primogenitura porque sintió el desespero del vientre; siempre hubo alguna razón apremiante que lo indujo a negociar su alma ante el enemigo. Sin embargo, poco importan las razones del hecho porque lo que lo acusa son los actos de pecado.

    Esos actos de pecado fueron programados, fueron necesarios cometerlos, no por causa de la persona voraz sino por causa del que lo odió desde antes de formarlo. Así que Dios reclama para sí mismo la condenación de Esaú, tanto como la salvación de Jacob. Esta es la encrucijada en la cual los amantes de la piedad aparente se distancian del Creador, porque no soportan la ofensa de su palabra. Con cuánto anhelo no han intentado colocar a la puerta de la voluntad de Esaú su pecado, como queriendo decir que Dios lo amó pero que él despreció ese amor. De igual forma hacen con los demás réprobos en cuanto a fe: dicen que Dios los amó en la cruz, Cristo murió por sus pecados y está dispuesto a perdonarlos, ya él hizo su parte pero ahora les toca a ustedes hacer la suya.

    Con ese mensaje de un amor inexistente viajan como evangelistas anunciando a un dios que no puede salvar, a un Jesús con una expiación inconclusa y con una oferta de salvación que ya no es una promesa. Sostienen que una redención potencial se hizo en la cruz, a la espera de que la gente muerta en delitos y pecados se levante para que la acepte gustosa. Ellos anhelan el respeto por el libre albedrío y repiten que el ser humano se salva en el ejercicio de su libertad. No saben que cada ser humano sigue siendo dependiente del que los creó, y le debe un juicio de rendición de cuentas. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.

    Esta teología bíblica debería despertar a los que son del Señor para que con humildad se inclinen ante el que tiene el poder de echar alma y cuerpo en el infierno, pero por igual tiene la voluntad de redimir a todos aquellos que amó con amor eterno. En esta dimensión de contraste, el brillo de la salvación se hace notar de lejos, como un faro para que se acerquen al reposo sereno del Altísimo.

    César Paredes

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  • FUROR DE JEHOVÁ

    Muchas personas de religión niegan el infierno, bajo el alegato de que Dios se define como amor. El dejar a un lado su atributo de justicia no los hace muy sabios, además de que suponen que hay muchas formas de ver a la Divinidad y el terror quedaría para los débiles de espíritu. De esa manera los pueblos consultan entre ellos para romper las coyundas y desechar la ley divina que conocen en sus corazones. Su extravío exagerado los ha llevado a negar la existencia misma de un Creador y a imaginar que ellos se hicieron a ellos mismos, por medio de un proceso evolutivo. Hoy día han surgido falsos maestros a granel, similares a los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Estos hablan paz cuando no la hay, engañan al pueblo mientras aseguran que ese Dios de amor no enviará ningún viento impetuoso para destruir los muros de sus fábulas religiosas.

    Pero Jehová le dijo a Ezequiel que su mano estaría contra esos profetas engañadores. Añadió que ese muro caería por lluvia torrencial, con el viento de su ira y enojo para que se sepa quién es Jehová. Como la humanidad no ha querido reconocer el baluarte de la revelación, del Dios que hizo todas las cosas, la calamidad cuando llega llevará la firma del Señor para que aprenda por experiencia propia al saborear el vino de su furor.

    Sabemos que resulta imposible engañar al pueblo elegido de Dios, pero cuando los maestros del engaño seducen utilizan los mecanismos necesarios de sus trampas. De esta manera, los maestros que profesan su religión dicen ser enviados del Señor y preparan el camino para que venga el castigo.

    Dios castiga severamente la iniquidad de su pueblo, pero al impío aborrece todos los días. Al impío ha colocado en deslizaderos para destrucción repentina, cuando despierten en la eternidad de tinieblas y no puedan dar marcha atrás. Hoy es el día aceptable, el tiempo de salvación, decía un profeta; el impío no desea esa advertencia pero se consume y huye sin que nadie lo persiga. No sabe que fue ordenado para tropiezo en la roca que es Cristo.

    Dentro del que se proclama pueblo de Dios existen muchos obstinados de corazón que suponen que no les vendrá mal alguno. Ellos pueden extraviarse de la verdad, de la doctrina de Cristo; muchos de ellos rumian sus herejías en silencio, mientras los más osados las proclaman a voces. Son semejantes a los que edificaron el muro de mentiras, al igual que otros de ellos lo recubren con lodo. Todos colaboran de una u otra manera con en entretejido teológico de Satanás. Muchas y variadas formas heréticas se construyeron siglos atrás, pero hoy día aparecen formas nuevas que recubren la misma estructura.

    Estas nuevas formas heréticas comprenden ataques contra la persona de Cristo, señalado como no consubstancial con el Padre; arremetidas contra el Espíritu Santo, diciendo que no es una persona del Dios Trino; eliminación del Hijo como enviado del Padre, al sugerir que como Dios es uno el Hijo es simplemente una forma o modo de manifestación del Padre. Otros teólogos de siglos atrás también construyeron más muros heréticos, los hubo quienes negaron la herencia pecaminosa de Adán, los que sostuvieron el libre albedrío humano como premisa para la responsabilidad humana. Algunos se aventuraron con la afirmación del bautismo como una obra para obtener la salvación, otros agregaron más sacramentos y extendieron la capacidad redentora del Hijo de Dios a otros seres humanos.

    Hubo refutaciones a todas esas manifestaciones de mentiras, pero las maquinaciones satánicas no se detuvieron. El príncipe de este mundo hilvanó nuevas formas y figuras para su engaño, conforme a la diversidad de sus maquinaciones. Ahora sobreviven esas viejas herejías con ropaje nuevo, añadiéndose otras como nuevas estructuras del error. Se dice que la obra de Cristo se hizo en favor de toda la humanidad, sin excepción, pero se sacan los textos de sus contextos con el fin de sostener semejante afirmación. Se apela al amor divino y a la inmensidad del poder y valor de la sangre de Cristo, para afirmar que ella fue suficiente tanto por Pedro como por Judas.

    Cuando los fariseos dijeron hiperbólicamente que todo el mundo se iba tras Jesús, nadie se atrevió a creer que esa forma expresiva debería interpretarse literalmente. Les resulta obvio que no todo el mundo se fue tras Jesús, ya que los mismos fariseos que pronunciaron esa frase odiaban al Señor. No lo hicieron tampoco los del imperio romano, ni los saduceos, ni la multitud que gritaría más tarde: Crucifícale. Pero cuando Juan en una de sus cartas escribió la frase sobre Jesús como la propiciación de los pecados de todo el mundo, ahí sí que se atreven a la literalidad de la misma, al tiempo que eliminan el contexto del escritor de la carta, un judío que escribía para que la iglesia judía comprendiera el alcance del trabajo del Señor. Juan decía que su expiación no solo se limitaría para el universo de elegidos judíos sino también para el universo de los fieles gentiles.

    Unos edifican los muros y otros revisten las paredes, ese es el mensaje que Jehová le dio a Ezequiel, con el agregado de que ambos grupos serían consumidos en medio de ellas para que supieran quién es Jehová (Ezequiel 13:14). La doctrina de Cristo resulta esencial para conocer al Señor, nos viene como un signo de justificación (Isaías 53:11), nos ayuda en la salvación (1 Timoteo 4:13), es la misma del Padre (Juan 7:16-18). Hacer la voluntad de Dios implica conocer la doctrina de Dios así como llegar a conocer la gloria de Dios. La doctrina de Jesucristo por ser la misma que la del Padre se propone como la meta principal del creyente; Jesús mismo lo predicó en su oración en Getsemaní: La vida eterna consiste en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado.

    El creyente tiene un fruto fundamental que lo descubre ante el mundo, al ser guiado por el Espíritu a toda verdad. Su fruto innegable proviene de su corazón y lo manifiesta su boca, para que la gente conozca que él es un árbol bueno. Para tener ese fruto en el corazón hay que nacer de nuevo, por lo que al ser regenerada la persona llega a vivir en la doctrina de Cristo. Así de simple es ese fruto doctrinal, como en la iglesia de Roma a la cual Pablo les escribió su carta: Gracias a Dios, que aunque fuisteis esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a la forma de doctrina a la cual sois entregados (Romanos 6:17).

    ¿Qué nos dice Juan al respecto? Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 9:11).

    Todo creyente transgrede la ley de Dios, como Pablo lo asegura en Romanos 7 cuando habla de la ley del pecado que domina sus miembros. Acá Juan no se refiere a esa transgresión del pecado por asuntos de la carne que lucha contra el Espíritu. Juan habla del fundamento, como también Pablo lo refirió en su carta a los Corintios. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Corintios 3:11). El cristiano puede edificar con materiales innobles o nobles una obra que será sometida al fuego, por lo cual podrá recibir recompensa. Incluso aquellos que edificaron con materiales de escaso valor no tendrán recompensa por su obra pero ellos mismos serán salvos como quien escapa de un incendio (verso 15). Juan se refiere en su carta a los que se extravían del fundamento, que no es otro que Jesucristo y su cuerpo de enseñanzas. Cristo no es un nombre vacío, o una palabra mágica para escapar del diablo y sus artimañas. El conocimiento de Cristo (el siervo justo de Isaías) es su cuerpo doctrinal, el sitio donde hemos de habitar todos los días. El que no vive perseverando en esas doctrinas del Señor se considerará extraviado. Eso demuestra que los extraviados son cabras disfrazadas de ovejas nunca conocidas por el Señor, o que son ovejas a las que todavía no ha llamado el buen pastor (Juan 10:1-5).

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org