De Ur de los Caldeos fue llamado, para que dejara a su parentela y fuera en búsqueda de una tierra prometida. De él saldría un hijo que le vendría como la simiente (semilla), por medio de la cual todas las familias de la tierra serían bendecidas. En suma, si por su hijo vendría bendición se puede decir que por Abraham también vendría la bendición, como tomando el todo por la parte. Pablo nos aclaró que aquella semilla era Cristo. Entonces, ¿por qué la jactancia de ser judío? A Israel le aprovechó bastante el ser portadores del libro, de los escritos de Dios, pero no todo Israel sería salvo; solamente el remanente que Dios dejaba para Sí mismo, los escogidos desde antes de la fundación del mundo.
Alguno pudiera inferir que Dios desechó a Ismael por ser hijo de una esclava no judía, dando preferencia a Isaac, cuando ambos eran hijos de Abraham. Bueno, hay que decir que Sara tampoco era judía, ya que Israel no existía como nación. Al hacerse hombre Isaac, se unió con su mujer y tuvo dos hijos, Jacob y Esaú, ambos hijos en un mismo parto de gemelos. Dios por igual escogió a uno y desechó al otro. También se le dieron tierras a Esaú como de Ismael se dijo que sería padre de naciones. Pero en ese contexto vemos algo netamente terrenal, mientras en el plano espiritual se habló claramente que no heredaría la bendición el hijo de la esclava. Tampoco Esaú que sin ser hijo de esclava fue desechado, dándonos a entender la Biblia que de Dios es quien viene la elección. A Jacob amé, pero a Esaú odié (Malaquías 1:2-14; Romanos 9:13), declaran las Escrituras.
La salvación viene de los judíos, afirmó Jesucristo frente a la mujer de Samaria. La línea de David llegaría hasta él, para cumplir de esa manera lo dicho por Jehová a Abraham, nuestro padre de la fe. Ciertamente, sin ser judío se constituyó en el padre de la fe de todos los que hemos llegado a creer la promesa, por lo cual hemos sido benditos en él. Una maldición fiera recae en aquellos que maldigan su nombre, así como una bendición garantizada habrá para los que lo bendigan.
A los judíos les fue ordenado el diezmo en su ley, pero Abraham diezmó y no era de la ley. En el Nuevo Testamento leemos que Jesús les dijo a unos judíos que ellos diezmaban la menta y el eneldo, pero que habían olvidado la misericordia; ambas cosas eran necesarias hacer a los judíos. Pero no vemos a ninguno de los apóstoles ni a ninguno de los diáconos de la iglesia primitiva pidiendo los diezmos. Recordemos que aquellos diezmos se recogían para los sacerdotes del templo, ya que a ellos no se les repartió tierras para trabajar, sino que su ocupación estaría dedicada en relación a los oficios sacerdotales. Eran en especie, fruto de sus cosechas y de las crías de animales.
Llegado el período de la iglesia, la sociedad eclesiástica fue distinta en su constitución a la sociedad judía. Más allá de que en un principio estuvo conformada por judíos, mayoritariamente, la práctica del diezmo quedó a un lado. Se abría un nuevo camino para mostrar misericordia: la ofrenda para los necesitados. De esto nos habla Pablo en abundancia, mostrándonos que los hermanos generosos daban lo que tenían en sus corazones dar. Y ciertamente, más bienaventurado es dar que recibir. El impío toma prestado y no paga, mas el justo tiene misericordia y da (Salmos 37:21). Dios ama al dador alegre, el que no da con tristeza o por necesidad (2 Corintios 9:7); le da en cuantía ciento por uno (Marcos 10:29-30).
De la manera como Abraham fue llamado del paganismo y de su idolatría, así también Dios sigue llamando a los impíos para que dejen su vanidad idolátrica. Ahora lo hace por medio de su palabra anunciada como Evangelio, las buenas noticias de salvación. Anteriormente era por igual un evangelio, una buena noticia como la que Dios le dio a Abraham. Pero dentro del plan divino vemos que quiso Dios mostrarse fundamentalmente a un pueblo étnico, al pueblo de Israel. De allí habría una división (el reino de Israel cuya capital fue Samaria y el reino de Judá con Jerusalén como capital). Cristo venía de los judíos.
Jesucristo fue llamado el segundo Adán, para compararlo con el primer Adán. Ese primer Adán trajo la muerte por su primer pecado; en tanto cabeza federal de la humanidad se ha escrito que en Adán todos mueren. De Jesucristo se ha escrito que en él todos viven. Muy bien, ¿quiénes son los que viven en Cristo? Los que vino a redimir de acuerdo a la elección eterna desde los siglos hecha por el Padre. En el primer capítulo de la Carta a los Efesios leemos sobre esa realidad de la predestinación, expuesta en forma muy prístina.
Así que ya no son los judíos los elegidos, sino que aconteció endurecimiento en parte a Israel para que los gentiles (el resto de las naciones) fuesen injertados en el gajo que se alimenta de la fuente del olivo. Siempre habrá un remanente para salvación, pero ya no somos llamados judíos o gentiles, sino una nación en Cristo. De los dos pueblos, Jehová hizo uno, si bien cada nación continúa con sus costumbres étnicas y sin que sea anulada ninguna por causa del evangelio. Los judíos continúan con su plan histórico anunciado por el Creador, están aguardando todavía la llegada del Mesías. Pero ese Mesías vino a lo suyo, y los suyos (los judíos) no lo recibieron; pero a los que lo recibieron (algunos de los judíos -llamados remanente- así como a los gentiles, por igual remanente o escogidos) les dio potestad de ser llamados hijos de Dios.
Aquella elección hecha en tiempos eternos da su fruto a su tiempo y pone de manifiesto el milagro de la fe. Los muertos en delitos y pecados no pueden siquiera reconocer que existe la medicina para su cura, pero el poder de la regeneración que da el Espíritu Santo a todos aquellos que fueron señalados para creer rompe la muerte y la transforma en vida abundante. La evangelización consiste en anunciar que Jesús como justo murió por los injustos, que él se convirtió en la justicia de Dios y que sin esa justicia no es posible encontrar la redención. Dios no salva a nadie por medio del falso evangelio, que ha sido llamado maldito o anatema.
En cambio, el evangelio de verdad es bendecido en aquellas sandalias de los que lo portan: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de las cosas buenas! (Romanos 10:15). ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica la salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina! (Isaías 52:7).
Estos textos nos dan a entender que la elección incondicional que hizo el Padre (Efesios1) tiene su propósito final por medio de la predicación del evangelio; nosotros somos llamados a creer, a recibir a Jesucristo (a los que lo recibieron y creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios: Juan 1:12-13). Sin el evangelio no hay redención posible, por lo cual no nos avergonzamos del evangelio, porque es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). El arrepentimiento bíblico presupone un cambio de mentalidad (METANOIA), por medio del cual nos damos cuenta de que somos ínfimos, miserables, sin importancia, en tanto Dios cobra el valor de todopoderoso, soberano, misericordioso. A partir de esa comprensión comenzamos a ver el fruto de la redención, pero para eso nadie es suficiente sino solo Dios. El Espíritu Santo regenera nuestros corazones, de acuerdo al plan perfecto del Padre, el cual ya había ordenado desde antes de la fundación del mundo a su Cordero, para ser manifestado en tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).
Somos elegidos, pero antes de creer no mirábamos en una lista para comprobar si estábamos en ella. El libro de la vida le corresponde a Dios y no se nos da para leerlo; simplemente se nos llama al arrepentimiento y a creer el evangelio de verdad. Una vez que hayamos creído el Espíritu viene a morar con nosotros hasta la redención final; entretanto, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, por lo cual sabemos desde entonces que nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 17:8).
César Paredes