Categoría: JEHOVÁ

  • ¿QUIÉN ES COMO TÚ, OH JEHOVÁ? (ÉXODO 15:11)

    La perfección de la naturaleza divina obliga a esa pregunta, por sus bendiciones y bondades, por la obra de sus manos. Ciertamente, los cielos cuentan la gloria de Dios, así como el firmamento anuncia la obra de sus manos. Hablamos de la excelencia del poder de Dios, demostrado en la salvación de su gente; esa redención que se propuso alcanzar por medio del Hijo, en un sacrificio perfecto anunciado desde antes a través de los altares donde se esparcía la sangre de animales. Ahora, venido el tiempo, un sacrificio perfecto nos convenía, bajo el mismo Cordero como Sumo Sacerdote.

    Al mismo tiempo, ese poder divino se manifiesta en la ruina de sus enemigos. Son los mismos enemigos de su pueblo escogido, de forma que podemos decir que la maldición de Jehová también resulta perfecta. La bendición se dice perfectísima, pero el castigo ejemplar sobre los impíos constituye un motivo de alabanza. Los paganos llaman dioses a lo que ellos conciben como divinidad, pero cada uno de ellos es magnificado por supuestos atributos; las Escrituras hablan de la vanidad de los ídolos, los cuales tienen pies pero no caminan, ojos que no ven y manos que no palpan. Semejantes a esos dioses son los que los hacen y los que los adoran.

    La pregunta en el Éxodo continúa: ¿Quién como tú, magnífico en santidad? Dios es un hacedor de prodigios pero terrible en sus hazañas maravillosas. Por su voluntad la tierra se abre y traga a los enemigos, por su misericordia su pueblo es conducido en medio del peligro para ser guiado a la santa morada del Altísimo. El enemigo se acobardará, lo acogerá el temblor y espanto, será enmudecido como la piedra que ni oye ni habla. El Faraón entró cabalgando con sus carros y su gente de a caballo en el mar, pero Jehová hizo volver las aguas marinas sobre ellos; recordemos que los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar.

    Bendecimos al Señor por las excelencias que le acompañan como parte de su naturaleza, pero también por las bendiciones que recibimos a diario. Se ha prometido gloria y felicidad a quienes buscan la inmortalidad que ofrece su redención. Las plagas sobre Egipto fueron terribles, así como la destrucción del Faraón y sus huestes, una noticia terrible del Mar Rojo (Salmos 106: 22). Esto puede ser visto como una materia de alabanza para Israel, pero como un gran terror de temer para sus enemigos. Jesús abolió el pecado y destruyó al que tenía el poder sobre la muerte, por lo cual ahora exclamamos junto a Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15: 55-57). El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Dios nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

    Dios lo ha prometido: De la mano del Seol nos redimirá y nos librará de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista (Oseas 13:14). Esto aconteció en tiempos del Mesías por medio de su sacrificio y por su trabajo alcanzado: llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8), habiendo resucitado y vencido la muerte, el postrer enemigo. La justicia de Cristo trajo paz para su pueblo, vida para sus ungidos, eternidad para volver hacia la casa del Padre. La cautividad espiritual tiene múltiples aristas, una de ellas pudiera bien ser la influencia de Satanás sobre la mente de muchas personas. Sepamos que Jesús lo venció en la cruz, que exhibió públicamente el error satánico, de manera que no caigamos más en su acecho teniendo por cierto lo que apenas pudiera ser una sugestión mental.

    En Colosenses 2:15 se nos dice que Jesucristo despojó a los poderes y principados, exhibiéndolos en forma pública, en un abierto triunfo en la cruz. Así que nadie nos juzgue en comida o en bebida, en cuanto a días de fiesta o días de reposo, todo lo cual no es más sino sombra de lo que había de venir. Tenemos que asirnos de la Cabeza (que es Cristo) como el cuerpo sujeto a ella, ya que hemos muerto a los rudimentos del mundo. El duro trato del cuerpo puede tener buena reputación en los que viven austeramente, pero carece de valor alguno contra los apetitos de la carne (Colosenses 2:23).

    La gente se acostumbra a los ritos y a las ceremonias de cada domingo, como si eso matara los apetitos de la carne. Hemos muerto a los rudimentos del mundo, pasando ahora a un estado de regeneración total. Pensemos siempre en la maravilla que Dios ha hecho en favor de todo su pueblo, de manera que podamos decir con Moisés: ¿Quién como tú, oh Jehová? Hemos sido liberados de Egipto, la metáfora del mundo, del sitio de esclavitud, del azote de Satanás y sus demonios. ¿Por qué hemos de extrañar los pepinos, las sandías, el resto de comidas que allí se dan a diario? El viejo pueblo de Israel quería regresar al sitio de sufrimiento porque anhelaba el olor de las cebollas y de los guisos, siempre quejumbroso ante Moisés y Aarón. Tenemos la Escritura para nuestro beneficio, para que aprovechemos la experiencia de los más fuertes que vencieron en el tránsito por el desierto, de los valerosos que entraron con Josué a la tierra prometida.

    Si Dios nos ha señalado como su pueblo, digámosle Dios nuestro; ¿quién en los cielos se igualará a Jehová? Dios temible en la gran congregación de los Santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él (Salmos 89:7). Multitudes de personas desfilan con sus ídolos, lo cargan porque ellos no pueden caminar, pero dicen que les conceden favores. Satanás y sus demonios están detrás de los ídolos que sostienen los paganos, eso dice la Biblia. La tierra sigue llena de idolatría, la gente que conoce algo del evangelio se postra ante el argumento de cantidad, bajo el pensamiento de que tanta gente no puede estar tan equivocada.

    Sin embargo, sobre millones cayó el diluvio y se los llevó a todos hacia la fosa, siendo pocos los escogidos. Siempre ha sido igual, seremos la manada pequeña, los escasos escogidos, porque el Padre así lo ha querido desde el principio. A Jacob amó pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9): ¿quién juzgará a Dios? Hemos de adorar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, ordenan las Escrituras. Existe una infinita separación entre Dios y sus criaturas, algo tan grande que no podemos rellenar. Pero glorificamos su nombre porque Jesucristo nos amistó con el Padre y Él nos ha llamado hijos, herederos de su gracia y de sus dones, por cuya razón volvemos a santificar su nombre.

    Los idólatras se hicieron zanjas en sus cuerpos en el intento de que Baal respondiera, pero no fueron atendidos por esa ficción demoníaca. Nosotros tenemos al Dios que creemos hizo los cielos y la tierra, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien ha enviado a su Espíritu para que viva en cada corazón que ha creído y recibido al Señor. Por igual, sabemos que sin la operación de ese Espíritu nadie puede nacer de nuevo; ese nuevo nacimiento viene por voluntad exclusiva del Señor, así que ésta es la mejor obra que hayamos recibido como seres humanos. Somos partícipes del segundo Adán.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NO HAY OTRO DIOS

    No hay otro Dios que mate y vivifique, que hiera y sane; no existe alguien que nos libre de la mano de ese gran Dios revelado en las Escrituras (Deuteronomio 32:39). Él da riquezas, hunde a quienquiera, levanta al que está en el pozo cenagoso, al pobre del polvo, hace que el necesitado se siente junto a los nobles (1 Samuel 2:6-8). Cuando Jehová rompe no hay quien reconstruya, cuando cierra una puerta no existe alguien capaz de abrirla. El engañador y el engañado son de Él (Job 12: 16). En resumen, el Dios de la Biblia es absolutamente soberano.

    Job nos llegó a afirmar que los ladrones prosperan y provocan a Dios porque viven seguros, pero en sus manos Él ha puesto cuanto tienen (Job 12: 6). En las manos de Jehová está el alma de todo viviente, el hálito de todo el género humano. Ciertamente, si Jehová derriba no hay quien edifique (encerrará al hombre y no existirá quien le abra). Los tiranos tienen una cadena puesta por Dios en sus lomos, también Jehová quita el entendimiento a los jefes del pueblo de la tierra. Por lo tanto, deducimos que Dios no se queja por la manera en que el mundo anda, ya que con paciencia ha soportado a los réprobos en cuanto a fe (Romanos 9:22). Así que todo lo que quiso ha hecho Dios, el que está en los cielos, sin que exista quien detenga su mano (Salmos 115:3). A los que lo conocemos por las Escrituras, nos queda la humillación ante su presencia. Aquello que nosotros llamamos suerte, de Jehová depende (Proverbios 16:33); incluso al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4).

    Un profeta se pregunta: ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? (Isaías 40:21). Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? Dice el Santo (Isaías 40:25).

    El hombre caído asemejó a Dios con las criaturas, todas corruptibles: el hombre, las aves, los cuadrúpedos y los reptiles (Romanos 1:23). Por esa razón Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador. Dios los entregó por eso a pasiones vergonzosas (Romanos 1:24-31).

    No hay otro como Jehová, el que forma la luz y crea las tinieblas, el que hace la paz y crea el mal, Él es el que hace estas cosas (Isaías 45:5-7). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). Las Escrituras nos colocan frente a un Dios que controla a toda su creación, un Dios Todopoderoso, capaz de hacer que todas sus promesas se cumplan sin vacilación. Ese Dios también habló en parábolas para que los que oyeran no entendieran, sino solamente aquellos a quienes les fue dado el oído para comprender (Mateo 13:10-15).

    El Hijo de Dios da vida a todos los que el Padre quiere (Juan 5:21), solamente a los que el Padre le envía (Juan 6:37, 44 y 65). Se hace imperioso que sea el Padre quien enseñe a los escogidos para que puedan aprender e ir al Hijo (Juan 6:45). El libro de los Hechos de los Apóstoles señala que creyeron aquellos que habían sido ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Estos son los mismos que fueron bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, escogidos en él antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha delante de él, habiendo sido predestinados en amor según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:3-5).

    Por esa razón también se ha escrito que tuvimos herencia (suerte), habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, para alabanza de su gloria (Efesios 1:11-12). Para nosotros corresponde lo más precioso, pero para los desobedientes, Cristo es la piedra que los edificadores rechazaron. Éste llegó a ser la Piedra Angular, la roca de caída y tropiezo, roca de ofensa para los que tienen traspiés, por lo cual son desobedientes a la Palabra, para lo cual también fueron destinados (1 Pedro 2:7-8).

    El testimonio bíblico abunda en esta doctrina expresada, la del Dios que es absolutamente soberano en cualquier materia. El Señor amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de fijarse en sus obras. Precisamente, la redención no es por obras, para que nadie se gloríe, sino para que la gracia y el llamado sean por el que llama, por el Elector. Entonces, no fue que Dios mirara en los corredores del tiempo para ver quién iba a ser salvo, ya que no había justo ni aún uno, ni quien buscara al verdadero Dios. Todos habíamos muerto en delitos y pecados, pero Dios tuvo misericordia de quien quiso tener misericordia (Romanos 9).

    El ser humano carece de libre albedrío, por cuya razón es responsable, ya que Dios es soberano. Si el hombre fuese libre de Dios, no sería responsable de nada, pero precisamente porque no tiene libertad le aguarda un juicio de rendición de cuentas. Tampoco puede el hombre resistir el llamado eficaz del Espíritu Santo, ni extraviarse más cuando ha sido regenerado (Juan 10:1-5). El poder de Dios es absoluto, por lo tanto su Espíritu regenera en forma absoluta a todo aquel que ha sido indicado por el Padre para creer en Jesucristo. Jamás Dios puede ser frustrado en algún cometido que tenga, así que el Espíritu regenera a quien quiere regenerar. No regeneró a Judas Iscariote, a pesar de que anduvo con Jesús varios años; no regeneró al Faraón de Egipto, porque no lo quiso redimir.

    La Escritura habla de los que resisten al Espíritu, pero eso lo refiere al autor de la Palabra. Hay quienes se oponen y resisten a esta palabra, como resistiendo al Espíritu; lo mismo hizo el Faraón de Egipto, quien se opuso al mandato externo de Dios por medio de Moisés. Pero si escudriñamos la Escritura descubriremos que Jehová le había indicado esto mismo a Moisés, que iba a endurecer el corazón del Faraón para glorificarse en él en toda la tierra, para manifestar su poder y su ira contra su terquedad y maldad. No podemos decir que el Faraón resistió al Espíritu de Dios por cuenta propia, sino que fue destinado para tal fin.

    Al mismo tiempo, aprendemos de la Biblia que los mandatos generales de Dios están hechos para que el ser humano los desobedezca en gran parte. Para eso apareció la ley, para que abundara el pecado; allí donde dice no codiciarás, se aumenta la codicia. Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia para los elegidos, por lo cual la ley resultó en un Ayo que lleva a Cristo. Prueba de la desobediencia del hombre, en general, se da en la relación con los Diez Mandamientos. Pero eso no significa que Dios está frustrado o que el Espíritu resultó impotente; al contrario, la Escritura muestra con creces que Jehová ha designado al malo para el día malo. Con todo, el malo Judas Iscariote recibió un ay del Señor, por el castigo que le vendría. Queda entendido que la oposición de Judas al Espíritu fue por mandato del mismo Espíritu, para que la Escritura se cumpliese.

    ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será injusto Dios? La Escritura responde a esas interrogantes diciéndonos que Dios no es injusto en ninguna manera, sino que el hombre es una olla de barro en manos del alfarero.

    La profecía ha dicho: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón. Acercaos a Jehová, en tanto que está cercano. Hoy es el día aceptable, el tiempo de salvación; aquel que ha sido llamado para ir a Cristo no endurezca su corazón sino apresúrese con paso firme para buscar misericordia, ya que que si Dios tiene piedad, usted será el beneficiario de ella. No hay otro Dios en quien podamos ser salvos, las profecías bíblicas se cumplen en forma perfecta, pero los incrédulos añaden duda para que los que hayan de tropezar en la roca caigan despedazados. Arrepentíos y creed en el Evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • HABILIDAD DE DIOS

    Jehová ama y guarda lo prometido a su pueblo, con poder sacó a Israel de la esclavitud en Egipto, del azote del Faraón. Dios es fiel para guardar el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, pero dará el pago a los que le aborrecen, destruyéndolos. No se demora Jehová con el que le odia, en persona le dará el pago (Deuteronomio 7:8-10). Agrega la Escritura que no faltó de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel, sino que todo se cumplió (Josué 21:45).

    Dios tiene habilidad suficiente para cumplir todas sus promesas, tanto las hechas a sus escogidos como las prometidas a los réprobos en cuanto a fe. A éstos llama sus enemigos, a quienes odia desde antes de la fundación del mundo. Éstos serán como espinos arrancados, los cuales nadie toma con la mano.

    Para el creyente existe un trato diferente de parte del Señor. Será bienaventurado y protegido por siempre, aunque sea castigado por sus desobediencias, azotado en virtud del amor del Padre que corrige. El creyente recibirá azotes por sus iniquidades (Salmo 89:32).

    El Dios soberano hace todo posible, Jehová es su nombre, el mismo que separó las aguas del mar para que su pueblo caminase en medio, el que lo cerró cuando sus enemigos entraron en persecución. Es el mismo Dios que guió por 40 años una travesía pedagógica para que se escribiera su gloria en cuanto hacía. El que hizo caer maná del cielo, el que destruía al enemigo de su nación escogida, de donde vendría la Simiente que es Cristo.

    Hablamos del Dios de la Biblia, no de los dioses que la gente se inventa. Si Dios se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo (Job 23:13). Pensemos que es el Dios de la providencia, lo cual quiere decir que provee para cada ocasión. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón fuese un rey, un mandatario de acuerdo a las costumbres de su pueblo. Lo dotó de poder, de tradiciones, con un entendimiento entenebrecido para que no comprendiera quién era el verdadero Dios. Todo esto cuenta como providencia.

    Lo mismo aconteció con Judas Iscariote, creado como diablo, como hijo de destrucción para que la Escritura se cumpliese. Judas no pudo morir cuando era un niño, porque tenía una misión que aún no conocía. Judas estudió a los pies de Jesucristo, tuvo que formar parte de los doce apóstoles para poder ejercer su rol de traidor. Así que no murió ahogado en un río o en medio de una tormenta marina, no se lo tragó un tiburón, ni fue asesinado por el movimiento zelote. Jehová proveyó para sus necesidades con la finalidad de que cumpliera el fin para el que había sido creado. Los medios seguidos por el Iscariote fueron igualmente medios escogidos por Dios, en tanto es el Dios de la providencia. El que hace el fin hace también los medios para ese fin.

    De esa forma, el Faraón glorificó a Jehová al recibir la ira por el pecado, por el endurecimiento de corazón al que había sido sometido por el mismo Jehová. Y Judas también padeció por sus pecados, todos los cuales fueron anunciados por los profetas de Dios, como para indicarnos quién es el soberano absoluto. En ese diablo también Jehová llevó la gloria de su soberanía, de su justicia, como el Dios que profetiza lo que habrá de acontecer.

    El Dios de la Biblia está en control de todas las cosas. Él creó todas las cosas y las ha ordenado, incluso cualquier átomo del universo continúa bajo la supervisión del que hace todas las cosas para su propia gloria. La Biblia dice algo que debe conducirnos a reflexión: Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). El Dios satisfecho no se siente frustrado un instante, nada se le opone, porque aún los malos que hablan en su contra y hacen maldades, todos ellos fueron creados para el día malo (Proverbios 16:4).

    La habilidad de Dios se muestra porque crea la luz y hace las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad; tiene al corazón del gobernante en sus manos, a todo lo que quiere lo inclina; la suerte misma puede ser lanzada en los dados o por cualquier otro medio, pero Jehová decide su destino. Sin la idea del Dios soberano no puede haber un Evangelio seguro, no podría existir la certeza del cumplimiento de lo que Dios ha prometido hacer.

    Jehová el grande, el Señor de todo cuanto existe, anuncia cosas antes de que salgan a la luz, y las hace notorias (Isaías 42:9). Jesucristo iba conforme a lo que había sido determinado, pero dio un ay contra el que lo entregaría (contra Judas, el hijo de perdición, el que iba conforme a las Escrituras). Vemos absoluta predestinación en esta declaratoria de Jesús. Pedro, en su primer discurso, habló del Señor diciéndonos que había sido entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendido y matado por manos de inicuos, crucificándole (Hechos 2:23). Más adelante, en el libro de los Hechos, capítulo 4, versos 27 y 28, nos resume la soberanía de Dios en la crucifixión del Hijo. Los gentiles, el pueblo de Israel, junto a Herodes y Poncio Pilato, se unieron para hacer cuanto la mano y el consejo de Dios habían antes determinado que sucediera.

    El peor evento en la historia, la crucifixión del siervo justo, del Hijo de Dios, el que no había cometido pecado, fue planificado, anunciado a los profetas y ejecutado en el tiempo previsto, de acuerdo a los designios específicos de Dios mismo. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? ¿No es Jehová Dios de toda carne? De Él es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. Lo más hermoso es que nada falta a los que le temen.

    César Paredes

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  • EN JEHOVÁ ESTÁ LA JUSTICIA Y LA FUERZA

    Tenemos completa rectitud en Él, por cuanto un valor espiritual que se comparte no lo hace más débil. Esa justicia se nos ha otorgado de gracia y para permanencia, como un regalo eterno a las ovejas de su prado. Jesucristo vino como nuestra pascua, ya que por su trabajo en la cruz el Padre pasó por alto el castigo en nosotros. La ira de Dios fue descargada en el Hijo, el que se hizo pecado por causa de su pueblo, de tal forma que no temamos más porque nuestro llamamiento ha sido eficaz. El mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de su crucifixión no goza de la redención provista, solamente su pueblo fue el objeto de su vida y muerte (Mateo 1:21; Juan 17:9).

    La salvación por obras nadie la puede alcanzar, así que su opuesto absoluto viene a ser la gracia. La fe nos es dada como algo útil, como una providencia para asir la gracia que nos ha sido otorgada; más bien la gracia nos trae la fe como instrumento de salvación (Efesios 2:8). Los que procuran por obra entrar al santuario sacrifican contra la sangre del Hijo, contra la gloria que Dios le dio. Ellos serán avergonzados, ya que serán convencidos de su imposibilidad y falta de atino. Los ídolos confundirán a los que buscan obra para ayudar a la gracia, como si la una no se opusiera a la otra. Si por obras, la gracia ya no sería gracia.

    El Israel de Dios (judíos y gentiles) será justificado en la justicia alcanzada por el Hijo de Dios. Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:30). ¿De qué hemos de gloriarnos, sino del Señor? Tantos como hemos recibido a Cristo hemos llegado a poseer el derecho de ser hijos de Dios, por ser creyentes en su nombre. ¿Quiénes somos esas personas? Los que hemos nacido de la voluntad de Dios y no de voluntad humana. Los asuntos religiosos son encantadores y pueden confundir a muchas personas, para que piensen que el oficio de los rituales agrega capacidad.

    La Biblia insiste en que no podemos añadir nada más al trabajo completo que Jesucristo realizó en la cruz. El que oye la palabra de Cristo y cree al que lo envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. El trabajo de Dios es que usted llegue a creer en aquel que Él ha enviado (Juan 6:29). Por las obras de la ley (de hacer y no hacer) ninguna carne será justificada, porque por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. En cambio, la justicia de Dios se ha revelado a nosotros, por medio de la fe en Jesucristo.

    Todo e mundo ha pecado y por ello quedó destituido de la gloria de Dios, de manera que solamente podemos ser justificados por medio de la gracia. Dios es justo y justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26). Estamos bajo la ley de la fe (Romanos 3:27) pero sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un don de Dios (Efesios 2:8). La Biblia agrega que sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Incluso Agraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Romanos 4:3), de manera que no tuvo en qué gloriarse sino en el Señor.

    La Biblia dice que el ser humano ha muerto en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es la muerte, pero añade que el regalo de Dios consiste en la vida eterna en Cristo Jesús. Dios da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17). Abraham creyó contra toda esperanza, pero lo hizo con la esperanza de que llegaría a ser padre de muchas naciones. Abraham no tuvo ningún tipo de debilidad en la fe que Dios le otorgó, por lo que se sobrepuso a los hechos (como el de su viejo cuerpo y el de Sara su mujer). De esa manera su fe no solo le fue contada por justicia, sino que le permitió llegar a ser padre de multitudes. Se le llama el padre de la fe.

    La fe no puede ser creada por la voluntad humana, de manera que no podemos ponerle fe a las cosas para que sucedan. Más bien la fe viene como un regalo divino, la esperanza y certeza de aquello que Dios nos ha prometido, de que acontecerá de la manera como Él lo dijo. Dios cumple lo que promete porque le acompañan el poder absoluto de su soberanía y la fidelidad que lo distingue. Habiendo creído que Dios levantó a Cristo de entre los muertos, que lo entregó por nuestras culpas y pecados, hemos sido justificados por la fe y hemos alcanzado paz para con Dios.

    Estas declaraciones bíblicas nos conducen a otros textos de la Escritura que anuncian el mecanismo de salvación. No depende de aquel que quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:16). En el contexto desarrollado por Pablo cuando escribe a los romanos, vemos que habla de la elección. Las acciones de la vida del hombre no han motivado a Dios a elegir a quien ha elegido, más bien de la misma masa de barro configuró vasos de honra y vasos de deshonra. Sin mirar en las obras buenas o malas de la humanidad, amó a Jacob pero odió a Esaú. Lo que ellos hicieron después de la elección lo hicieron como consecuencia de esa elección.

    El objetor se levanta de inmediato para disputar con Dios y le reclama por la tremenda injusticia cometida contra Esaú. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto? Pablo responde de inmediato: En ninguna manera, mas antes oh hombre ¿quién eres tú para que alterques con tu Hacedor? ¿No tiene potestad el Alfarero para hacer con su barro lo que quiera? En síntesis, los que disputan con Dios sostienen su injusticia porque la gracia no fue dada a todos por igual, pero para calmar sus ánimos se han inventado una teología universalista, que habla de Dios como más bueno si Jesucristo murió por todos, sin excepción. No se dan cuenta de que de esta manera la obra humana sería la ganadora ante la gracia: la decisión humana se apropiaría de la salvación y la mala decisión humana condenaría al hombre por la eternidad.

    Pero si es por obras, la gracia ya no sería gracia; y si es por gracia, la obra ya no sería obra (Romanos 11: 6). Ningún hombre es justificado por las obras de la ley (del hacer o del no hacer), sino por la fe en Jesucristo. Faraón fue levantado con la dureza de su corazón que Dios le dio, para exhibir la justicia divina en toda la tierra. De la misma manera Dios puede endurecer cualquier corazón en esta tierra, para que el castigo por el pecado le otorgue más gloria. Dios sigue siendo soberano y eternamente justo, así que sirva toda esta lección de la Biblia para humillar nuestras almas ante aquel que es poderoso para salvar a quien Él quiere salvar o para condenar a quien tenga a bien condenarlo. Lo que también resulta cierto es que nadie podrá jactarse en la presencia del Altísimo y alegar su inocencia.

    César Paredes

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