Categoría: JUICIO

  • ESTA CRUZ QUE OFENDE

    La roca de caída descrita por Pedro ha venido a ser también la cabeza del ángulo. Allí tropiezan muchos, millones de personas, las cuales fueron destinadas para golpearse contra ese obstáculo. Jesucristo como impedimento no suele ser visto ni predicado, pero así se descubre en las Escrituras. Recordemos, para empezar, el momento en que el Señor le dijo a su gente que hablaba en parábolas, para que no pudieran comprender aquellos señalados para tropiezo. El hombre natural rechaza el cristianismo, la doctrina de Jesucristo, aunque acepte algunos puntos que le parece como enseñanza humanista.

    Muchos andan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin será perdición, cuyo dios es el vientre y cuya gloria está en su vergüenza, ya que piensan solamente en lo terrenal (Filipenses 3:18). La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; en cambio, a los que se salvan es potencia de Dios (1 Corintios 1:18). La cruz de Cristo ofende el orgullo humano por cuanto dice que todo el mundo es pecador. Esa cruz avisa que nadie tiene suficiente poder para quitarse su propio pecado, así que ofende la voluntad humana al advertir que ese albedrío y cualquier esfuerzo resultan vanos. Pablo nos aclara en Gálatas 5:11 que su prédica del evangelio le ha traído persecución, ya que él con sus palabras no ha quitado el tropiezo (la ofensa) de la cruz.

    Hay quienes reciben la palabra con cierto gozo, pero les resulta en una profesión de fe que no transforma. Por esa razón sabemos que no han recibido al Dios de las Escrituras y se sienten vacíos; esta situación les induce a elaborar filosofías teológicas que mitigan la ofensa o el tropiezo que la cruz de Cristo supone. Poco a poco van construyendo un Cristo a su medida, una mezcla de falsos dioses aceptables ante la mayoría del mundo. Con ello la dureza de la cruz va cesando hasta encontrar eco en el resto de falsos creyentes como en cualquier otro incrédulo.

    La eficacia de la expiación resulta en el centro del evangelio; ese evangelio consiste en la promesa que Dios hizo a su pueblo para redimirlo. En Isaac sería llamada la Simiente, la cual es Cristo, quien sería puesto como señal de tropiezo a muchos y como redención a otros. La razón del nombre del niño por nacer, Jesús, se debía a su étimo, Jehová salva, porque esa persona salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Si Jesús murió conforme a las Escrituras, quiere decir que cumplió todo su cometido, por lo cual dijo en la cruz: Consumado es. De allí que no puede alegarse ineficacia en su redención, ya que un Dios perfecto hace su trabajo en forma eficaz.

    La sangre del Cordero sacrificado en el madero fue suficiente para salvar a todo su pueblo. No hay desperdicio en la economía divina de la salvación, ni uno más ni uno menos reciben el beneficio de la expiación. No existe expiación universal generalizada, simplemente Cristo murió por sus ovejas. Los cabritos quedan por fuera, no son llamados eficazmente, para que la gloria del hombre no aparezca como antagonista de la gloria del Hijo de Dios (Romanos 9:11).

    Por esa razón vemos que muchos religiosos del momento continúan ofendidos y trastabillando ante la roca de tropiezo puesta por Dios. El que cree el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado (Marcos 16:16). Al creer el evangelio estamos creyendo en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3).

    La religión falsa del mundo supone que la diferencia entre cielo e infierno recae en la voluntad humana. Nada como el esfuerzo propio para alcanzar las cosas deseadas, pero en materia de redención la Escritura advierte que nadie es suficiente sino solo Dios. Así que Dios es quien establece la diferencia entre cielo e infierno, entre luz y tinieblas, entre muerte y vida. El hombre no podrá pagar siquiera por uno solo de sus pecados, pero muchos alegan que pese a ello Cristo pagó por todos los pecados de todo el mundo, sin excepción.

    Acá empieza uno de los largos caminos de perdición de la religión pseudo-cristiana. Ese falso sistema de salvación se apoya en un falso evangelio, que condiciona la redención a la voluntad humana. Es muy sencillo, si Cristo murió por todos, sin excepción, la razón de ir al cielo depende de nuestra decisión o voluntad. Por igual, los que van a condenación lo hacen en base a su propia decisión, ya que Dios les propició la salvación pero ellos no la aceptaron. Este sistema suena justo ante los ojos humanos, pareciera equitativo y sin discriminación. En realidad es una doctrina altamente humanista, la misma que ofrece Roma y su descendencia arminiana (rama del protestantismo que sigue a Jacobo Arminio con sus tesis contra la Biblia).

    Sabemos que Jesucristo no murió por todo el mundo, sin excepción, por cuanto la noche antes de su crucifixión, cuando oraba al Padre, afirmó que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). En otros momentos dijo a un grupo de judíos que ellos no podían ir a él porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26); esto nos da a entender que la condición de ser oveja precede al creer. Dijo también el Señor: El buen pastor su vida da por las ovejas…Yo pongo mi vida por las ovejas (Juan 10: 11,15).

    Ese buen pastor predicó a una multitud que lo seguía (una vez que habían participado del milagro de la multiplicación de los panes y los peces), diciendo que nadie podía venir a él, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Un poco antes había afirmado que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y él no lo echará fuera (Juan 6:37). Al oír estas palabras, sus seguidores (llamados discípulos también) se ofendieron y comenzaron a retirarse murmurando de su doctrina. Entonces el Señor los increpó diciendo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    La justicia de Dios condujo a Jesucristo a justificar a su pueblo. Es una justicia que vino como consecuencia de la justicia de Dios, quien no castigará dos veces por el mismo pecado pagado. Un vez castigó en Cristo los pecados de todo su pueblo, por lo tanto no demandará injustamente el castigo ya infligido a su Hijo en la cruz. Solamente nos castigará (azotará) teniéndonos como hijos cuando nos apartamos de sus normas.

    La justicia de Jesucristo nos ha sido imputada a nuestro favor, habiendo él tomado nuestros pecados para sufrir el castigo merecido por esas culpas. La palabra de Dios ha sido dada a su pueblo, a sus santos (escogidos), para que nos diga paz y nosotros no nos volvamos a la locura (Salmos 85:10). Pablo nos da la certeza de la redención en forma muy clara: Estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida (Romanos 5: 9-10).

    Romanos 8:28 al 39 ha sido etiquetado como la cadena de oro de la redención, en especial los versos 29 al 30. Conviene leerlos y aprender de ellos su esencia, para que no vacilemos con aquellos que son llevados por todo viento de doctrina. Ellos resultan ofendidos por la cruz de Cristo, pareciéndoles las palabras de Cristo duras de oír (Juan 6:60), pero nosotros somos llamados bienaventurados porque no desechamos la cabeza del ángulo sino que tenemos por fundamento a Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org.

  • JUSTO JUICIO

    Juzgar con justo juicio viene a ser un indicativo de obediencia ante el Señor; no podemos mezclarnos con cualquiera para llamarlo hermano o para darle la bienvenida en forma espiritual. Predicamos el evangelio a toda criatura, nos relacionamos con todas las personas, pero en cuanto al Evangelio nos mostramos celosos para poder probar si han de ser reconocidos como hermanos aquellos que dicen venir en nombre del Señor. La razón básica de esa admonición dada por las Escrituras debe referirse a las maquinaciones de Satanás, el cual se disfraza junto a sus ministros como mensajeros de luz.

    Probad los espíritus, para ver si son de Dios, nos recomienda Juan. No hemos de creer a todo espíritu; esto no se refiere a que el creyente ha de ir a sesiones espiritistas para verificar si los espíritus son de Dios. Sabemos que en esos lugares ningún espíritu es del Señor, lo cual indica que la referencia de Juan se dirige a probar a las personas (espíritus) para ver qué doctrina traen. El dijo que si alguien se extraviaba mostraría su extravío por la doctrina que confiesa; aquella persona que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Preguntamos: ¿cómo puede tener el Espíritu? La respuesta se muestra obvia: de ninguna manera.

    Jesús nos dijo que no juzguemos de acuerdo a las apariencias, por lo cual no hemos de ser ligeros en opinar si vemos a alguien en harapos, fumando un cigarro, tomando un trago, haciendo algo indebido. Tal vez nos encontremos con personas como el rey David antes de encontrarse con el profeta Natán, así que conviene ser reservados. No hemos de juzgar según lo que aparenta sino con justo juicio (Juan 7:24). Ese mismo Jesús nos dio un indicativo perfecto para realizar nuestro discernimiento. En Lucas 6:45 se hace referencia a lo enseñado por Jesucristo, en referencia a los frutos que se manifiestan como signos del árbol bueno y del árbol malo.

    En la parte final del discurso de Jesús en relación a los dos tipos de árboles, Lucas recoge el final definitivo que da luz absoluta al contenido del mensaje: porque de la abundancia del corazón habla la boca. Ese es el testigo del alma, la forma única de saber si el otro viene de parte del Señor o de Satanás. Allí no hay equívoco posible porque no juzgamos según lo aparente, sino según lo que el corazón del individuo tiene sembrado. Un falso maestro se delatará por su palabra, siempre que vayamos a la Escritura. Un hermano verdadero jamás confesará otro evangelio (Lucas 6:43 y Juan 10:1-5). De esta forma conviene tener en mente lo que es el Evangelio para poder detectar los falsos evangelios, los cuales son señalados como malditos (anatemas).

    Probar los espíritus puede ser una tarea fuerte pero fácil; fuerte por cuanto no nos gustaría detectar familiares y amigos como si fuesen árboles malos; fácil, por cuanto si tenemos el Espíritu de Dios él nos llevará a toda verdad, para que con las Escrituras probemos su veracidad. Examinar los espíritus (1 Juan 4:1) nos conviene para evitar los males o plagas que derivan del festín de la comunión con los falsos hermanos. Dios se muestra celoso del fuego extraño, por eso existe esta advertencia en el Nuevo Testamento. Han surgido muchos anticristos por el mundo, cada uno con sus propias doctrinas demoníacas. Ese espíritu del anticristo se manifiesta por sus enseñanzas, las cuales hemos de probar para verificar su error. Por supuesto, cabe la posibilidad de que en ese examen a los espíritus (personas) algunos salgan aprobados, ya que sin ser anticristos manifiestan la doctrina de Jesucristo.

    Hoy día muchas personas del ámbito religioso cristiano sostienen que basta con confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios, que nació en un pesebre y creció sin pecado alguno, para enseñar su evangelio principalmente a sus discípulos. Agregan que murió y resucitó por el pecado del mundo, de manera que hizo posible la salvación para aquellos que la procuran. Como vemos por lo enunciado, si probamos con la Escritura cada idea emitida testificaremos de la existencia de errores doctrinales graves.

    Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Jesús enseñó (adoctrinó) que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; dijo que todo lo que el Padre le da viene a él y no le echa fuera. Esas dos premisas universales nos dirigen a una conclusión igualmente universal: que los que no vienen a él no fueron jamás enviados por el Padre.

    De esta manera vamos mirando de cerca la doctrina de Jesucristo, para que conociéndola vivamos en ella; si alguien no milita en esta doctrina, Juan lo señala como quien no tiene ni al Padre ni al Hijo. A esa persona no podemos decirle bienvenido, en el sentido espiritual del término.

    Resulta más o menos fácil detectar si alguien no cree en la deidad de Jesucristo; de esa forma se puede señalar como un no creyente. Esto lo decimos en lo que toca a la persona de Jesucristo, el cual es Dios y hombre, participante de ambas naturalezas. Hay gente que dice no creer en esa doctrina de la persona de Cristo, por lo cual se detecta como un no creyente. Otros señalan que Jesucristo pecó como cualquier otro ser humano, asunto que también delata al que tal cosa afirma porque sabemos que el Cordero sin mancha no podía pecar, para cumplir su rol de ofrenda agradable al Padre.

    Algunas personas afirman que Jesús se les manifestó y les mostró otro evangelio diferente al de las Escrituras, como es el caso de los mormones; eso resulta obviamente falso y uno puede discernir por las Escrituras esa falsedad. Pese a ello, muchos se hacen mormones, pero nosotros sabemos que no son hermanos creyentes en Cristo Jesús. La razón de ello proviene de la Biblia, que dice que si aún un ángel del cielo viniere a nosotros con otro evangelio diferente al ya predicado (por los apóstoles), debe ser considerado anatema. Otros se han atrevido a dudar de la resurrección del Señor, lo cual constituye en un claro ataque a lo que el evangelio nos declara. Así que con la Escritura en la mano podemos ir refutando los engaños de los falsos maestros.

    Hasta acá nos hemos referido a ciertos puntos doctrinales que tocan la persona de Cristo y a su evangelio. ¿Pero qué podemos decir de la doctrina que habla de su obra? Su trabajo en la cruz (así como sus enseñanzas respectivas) envuelven un conjunto doctrinal digno de seguir y defender. Esa doctrina respecto al trabajo de Jesús debe ser también un punto de examen a la hora de probar los espíritus. Dijimos que a los demonios no debemos examinar, por cuanto sabemos que todos ellos provienen del pozo del abismo; en cambio, las personas deben ser examinadas respecto a sus creencias. Pero esas creencias doctrinales no tocan solamente la persona del Hijo de Dios sino también se refieren al trabajo operado en la cruz. El Señor murió en exclusiva por su pueblo, por los hijos que Dios le dio, por sus amigos, por la nación santa, el linaje escogido, su cuerpo que es la iglesia.

    Extender ese trabajo a todos, sin excepción, resulta una herejía. ¿Cree usted que la sangre de Cristo se derramó en vano por Esaú, por Caín, por el Faraón de Egipto, por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? ¿Asume usted el hecho de que Jesús haya sufrido y pagado por los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación espera? Si eso es así, Jesús fracasó en la cruz, derramó su sangre inútilmente, pagó por los pecados de aquellas personas a quienes el Padre le vuelve a cobrar en la eternidad. Ese Jesús es uno que es falso, que ruega a las personas para que levante una mano y se salve, para que dé un paso al frente y reciba bendiciones. Ese Jesús no es el Dios soberano de las Escrituras, así que no podrá salvar ni una sola alma de las que se le allegan.

    César Paredes

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