Categoría: LIBERTAD

  • LA NATURALEZA HUMANA NO ES UN OBJETO

    Muchos piensan que la naturaleza humana es algo que poseemos, pero en realidad es lo que somos. Así que no se trata de tener un objeto que no deseamos poseer, sino de ser lo que somos. Si razonamos correctamente no tendremos excusas por lo que somos, ya que no se trata de un objeto que hayamos adquirido y de lo cual podamos despojarnos. Somos totalmente responsables de aquello que hacemos por causa de nuestra manera de ser o de nuestra forma natural de actuar y de sentir.

    No vivimos en un estado neutral sino que participamos de lo que somos. En ese sentido seguimos siendo responsables de nuestros actos; de acuerdo a lo que la Biblia enseña, la ley del pecado nos tiene cautivos y hace que hagamos aquello que no deseamos hacer, así como que no hagamos lo que queremos hacer. Esto lo afirma Pablo en Romanos 7, en su conocimiento de que a pesar de su apostolado seguía con su naturaleza pecaminosa. Sin embargo, el apóstol sabía que él tenía un nuevo corazón, el de carne, con un espíritu nuevo, todo lo cual se trataba del nuevo nacimiento como lo enseñaba Ezequiel.

    En resumen, Pablo nos atestiguó de esas dos naturalezas que luchan dentro de nosotros, pero nunca nos negó la responsabilidad sobre las acciones que hagamos. El pecador no redimido continúa con una sola naturaleza, la pecaminosa, dominado por su tendencia al pecado. Así le tocó la vida a Esaú, pero Dios no lo excusó por sus pecados. Esa es la razón por la cual se levanta el objetor en Romanos 9 en defensa de Esaú, diciéndole a Dios que no puede inculpar a quien no tiene la potestad de resistirse a lo que Dios ha querido (su voluntad). Ese objetor acusa de injusticia a Dios, presumiendo que él es más justo que el Juez de toda la tierra.

    En otras palabras, si no existe el libre albedrío no habrá responsabilidad humana. Esa premisa está errada, ya que presupone una idea de neutralidad en el corazón humano. El hombre no posee una moral como posee un objeto, sino que la moral deviene una condición de su personalidad. El ser humano es moral o inmoral, no habita un estado neutro donde pueda tomar decisiones dignas de ser juzgadas. Es la condición humana del individuo lo que determina sus actos. En Romanos 7:14-16 leemos las palabras de Pablo: Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, ni hago lo que quiero; antes bien, lo que aborrezco, eso hago. Y si hago lo que no quiero, apruebo que la ley es buena.

    Pablo no dice que él es inocente de sus pecados, sino que comprende la bondad de la ley de Dios que le señala su culpa. No dice el apóstol que si no hay libre albedrío él no es responsable de sus pecados; al contrario, señala que él es un miserable por hacer el mal que no aprueba hacer. Con toda su situación, da gracias a Dios por Jesucristo quien lo librará de ese cuerpo de muerte que es el pecado. El problema del pecador no redimido consiste en que no aprueba la bondad de la ley de Dios sino que condena al dador de la ley que lo señala culpable del delito.

    La naturaleza de Dios es santidad pura, por lo tanto Él tampoco es libre de pecar. Es decir, Dios no puede darse a ninguna forma de impureza dada su naturaleza que lo obliga a ser santo por la eternidad. Esa particularidad divina puede ser tomada por los incrédulos amantes de la lógica para alimentar la vieja paradoja acerca de la Omnipotencia divina y su incapacidad para hacer algo. Pero más allá del silogismo paradójico, la verdad señala al hombre natural como esclavo del pecado. Si no ocurre la liberación por causa de Jesucristo, entonces el hombre seguirá inclinado al mal y continuará por siempre sometido al juicio de rendición de cuentas, sin tener quien abogue por él.

    La Biblia nos sigue enseñando elementos sobre el carácter soberano del Creador. Dios hace como quiere y no tiene consejero, no hay quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho. ¿Quién es aquel que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Eterno no sale lo bueno y lo malo? Dios crea la paz y crea la adversidad, quita la vida y levanta del lodo al menesteroso. Endureció el corazón del Faraón para después juzgarlo por sus actos malévolos contra los esclavos israelitas. El salmista Asaf tuvo preocupación por el destino de los impíos que prosperan sin congojas por su muerte, pero al entrar en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos: Dios los ha colocado en deslizaderos y los hará caer en asolamientos. Se consumen de terrores y el Señor menospreciará la apariencia de ellos (Salmos 73:17-20). Bueno, Jehová ha hecho todas las cosas para Su propósito: aún al malo ha creado para el día malo (Proverbios 16:4).

    Lutero, en su libro De Servo Arbitrio (La Voluntad Esclava), responde a Erasmo de Rotterdam su servilismo a la doctrina católica del libre albedrío. Le reclama a Erasmo su pretensión de esconder ciertas verdades para que no fueran reveladas al pueblo. La razón estriba en suponer que esa doctrina de la soberanía absoluta de Dios molesta a la naturaleza de la criatura humana. Hay pastores en las iglesias que sugieren que, si alguien cree la predestinación como lo señala la Biblia, lo mejor sería callar para no incomodar a los otros feligreses. Si alguien está atento a la doctrina de Cristo, al leer Juan 6 puede darse cuenta del impacto causado en muchos discípulos que se ofendieron al escuchar sus palabras.

    Jesús, en Juan 6, hablaba de la predestinación; esa doctrina del Padre señalaba que ninguno podía ir a Cristo si el Padre no lo enviaba. Al mismo tiempo aseguraba que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería echado fuera. La lógica conclusión de esas premisas consiste en reconocer que multitudes de personas no son enviadas por el Padre al Hijo. Esa verdad espanta a muchos, en especial a los que hacen fila con el objetor señalado en Romanos 9, los que consideran que Dios es injusto por no salvar a Esaú.

    Hemos de reconocer nuestra pequeñez ante el Hacedor de todo cuanto existe; ese es el principio del cambio de mentalidad (arrepentimiento), si es que hemos nacido de nuevo. Los que objetan la soberanía absoluta de Dios, los que aún reconociéndola insisten en que Dios vio algo bueno en ellos, continúan rechazando la doctrina que el Padre le dio al Hijo para que nos la enseñara. Pablo examina esa situación y responde que no somos nada para pretender juzgar a Dios; somos apenas barro en manos del Alfarero, el cual hace vasos de honra y vasos de deshonra.

    Ante la pregunta de si Dios es injusto al condenar a alguien que no puede evitar el destino que Dios le ha señalado, el apóstol responde que en ninguna manera Dios es injusto. Esa es la dimensión impactante de la relación entre el Creador y su criatura humana. Si esta doctrina se enseñara en las sinagogas denominadas cristianas, habría menos cabras en sus asientos. Muchos huirían espantados a formar una nueva religión más humanista, más inclusiva -término de moda- para continuar con el engaño. La criatura debe humillarse al punto de entender que está en las manos de Dios, a todo lo que Él quiere la inclina.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LIBERTAD HUMANA

    El célebre libre albedrío que surge en teología, pasa a ser el emblema de todos aquellos que desean ver a un Dios dualista, un Ser Supremo no muy soberano. El hombre rebelde no desea que lo vean como a una criatura, sino como a un hijo de la libertad, de la Madre Tierra, de aquello que lo instale como ser independiente. Para que sea estimado de esa forma, ha forjado todos los argumentos que le ofrece el concepto jurídico bajo la premisa de que sin libertad la responsabilidad no puede ser asumida.

    Esto equivale al silogismo clásico que intenta enredar el atributo de omnipotencia divina en un disparate silogístico. ¿Podrá Dios hacer una piedra tan pesada que Él mismo no la pueda levantar? Lo que respondamos a primera vista hará que el Ser Supremo pierda su Omnipotencia; con ello, la bandera contra Dios se enarbola una vez más para que la astucia humana reine sobre el Creador de todas las cosas. Por igual está el problema del mal, ya que si Dios es bueno ¿cómo pudo crear lo malo? Algunos astutos teólogos aseguran que Él no ha creado el mal, sino que solamente lo permite. Con Agustín de Hipona hacen fila para argumentar que el mal (o el pecado) es el acto de alejarse de Dios.

    En resumen, por donde se mire el alegato humano, siempre aparece un hito de prepotencia que subraya la capacidad de libertad y dignidad humana. Se esgrime incluso el caso de Adán, el cual estaba sin pecado alguno cuando fue creado, cuyo libre albedrío lo condujo a la separación e independencia de Dios. Pero si miramos lo que la Biblia habla en conjunto, tenemos que coincidir con Pedro en lo que dijo: que el Cordero de Dios estaba ya ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Pensemos por un momento en el hecho de que Cristo estuvo destinado para manifestarse como Cordero; sigamos el argumento de Pedro el cual nos dice que eso aconteció antes de que el mundo fuese creado, es decir, antes de que Adán fuese formado del barro. Entonces tenemos que deducir que si Cristo como Cordero formaba parte del plan del Creador, Adán no tuvo en ningún momento la libertad de no caer en la tentación. De ser así, si Adán no hubiese pecado (con las posibilidades de 50 a 50), Jesús el Cristo no se habría manifestado a favor de su pueblo escogido. Visto de esta forma, Dios se hubiera equivocado al destinar a su Hijo para el sacrificio de un pueblo que no lo habría necesitado. Al contrario, todos estaríamos felices con nuestro padre Adán y su gloria de haber vencido la tentación.

    De esta manera, por donde quiera que se miren los argumentos humanos en favor del libero arbitrio aparecerá de alguna manera la incapacidad de Dios para crear algo perfecto. El hombre saldría triunfante en su estándar de autonomía frente al Todopoderoso Creador. De acuerdo a la Escritura, el ser humano no posee ningún libre albedrío en su relación con Dios. El que podamos escoger qué par de medias vestiremos no nos catapulta para presumir la libertad de elegir en materia espiritual. Incluso, en el plano histórico también vemos a un Dios que cambia las edades, que no permite que un pájaro caiga a tierra sin su voluntad. El corazón de los mandatarios (reyes de la tierra) está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina.

    Los denominados cristianos que se molestan con la absoluta soberanía de Dios adoran lo que no saben. Como la mujer samaritana caminan equivocados en una religión de engaño. Y es que Dios no le da permiso a Satanás para actuar de una u otra manera, sino que tiene un propósito con él y lo ha levantado para hacer exactamente lo que le es ordenado. No vivimos bajo un dualismo religioso, como si Dios luchara contra las fuerzas de Satanás y necesitara de nuestra ayuda para inclinar la balanza a su favor. Si leemos el libro de Job comprenderemos la más absoluta soberanía del Dios de la Biblia, el cual hace como quiere y aún Satanás le está sujeto.

    La Biblia habla con claridad en textos que no quiere la gente examinar; veamos algunos de ellos para que los tengamos siempre en cuenta. 1) Deuteronomio 2:30 dice: Mas Sehón rey de Hesbón no quiso que pasásemos por el territorio suyo; porque Jehová tu Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón para entregarlo en su mano, como hasta hoy. Al parecer, Jehová hizo lo mismo con el Faraón de Egipto, de acuerdo a lo dicho a Moisés. Si vemos el texto de Deuteronomio, podría alegarse que para el rey de Hesbón era lo justo oponerse a que extranjeros pasaran por su tierra, ya que su potestad así se lo exigía. Eso podría valorarse como una libertad de criterio del rey, como una respuesta libre producto de un examen intelectual de la política de su gobierno. Sin embargo, la Biblia nos dice que Jehová inclinó su corazón para que le pareciera todo lógico, todo coherente con su visión del momento, de manera que el rey se sintió libre de actuar en consecuencia.

    Ah, pero de acuerdo a las Escrituras, Jehová ya había decidido entregarlo en la mano de su pueblo y por eso le obstinó su corazón. Ese Dios soberano de la Biblia hace como quiere, y en muchas ocasiones la gente tiene una respuesta con aparente coherencia pero ignorando que Dios ya ha decidido por ellos. Alguno se preguntará por qué Dios inculpa, pero ya la respuesta la encontramos en Romanos 9. 2) Josué 11:19-20 dice algo del mismo temple: No hubo ciudad que hiciese paz con los hijos de Israel, salvo los heveos que moraban en Gabaón; todo lo tomaron en guerra. Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos; … ¿Qué más natural que resistir en una guerra contra el enemigo, pero aún eso que supone libre albedrío ya había sido decidido por Jehová para que los israelitas los destruyesen y los desarraigaran como lo había mandado a Moisés.

    3) En 2 Crónicas 36:22-23 leemos sobre lo que escribió por boca de Jeremías respecto a Ciro rey de los persas. Ese hombre que no conocía a Jehová había sido despertado por Dios para edificarle casa en Jerusalén, que está en Judá. Dijo Ciro: Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea Jehová su Dios con él , y suba. 4) Cuando David cometió su famoso pecado, arrebatándole la mujer a Urías, hiriéndolo también a espada por interposita persona, Jehová aseveró lo siguiente: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Por que tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol (2 Samuel 12:11-12).

    Con etos claros ejemplos nos damos cuenta del Dios activo de la Biblia, un Dios que endurece, que castiga, aunque para ello la gente tenga que cometer pecados. Esto no nos excusa de responsabilidad, sino que por el contrario nos alienta a ser responsables. Dura cosa de roer estos argumentos bíblicos, pero no por ello menos veraz. La libertad humana está sujeta a la voluntad divina; no porque Dios ordene una conducta al hombre éste podrá alcanzar su cumplimiento. Sería una falacia el suponer que existe capacidad en el ser humano para cumplir las ordenanzas del Todopoderoso. La pregunta retórica surgirá por siempre: ¿Por qué, pues, Dios ordena algo que no puede cumplir? Antes, oh hombre, ¿quién eres tú para objetar a Dios? La respuesta posible sigue siendo la misma, pero damos gracias a Dios por Jesucristo quien nos libra de nuestro cuerpo de muerte (de pecado).

    La ley fue dada por medio de Moisés pero traía la maldición con ella, para el que incumpliera alguno de sus preceptos. Nadie pudo cumplirla a cabalidad, nadie pudo salvarse por medio de ella (no solo hablo de la ley escrita en las tablas, sino también de la ley escrita en las conciencias humanas). Entonces la ley sirvió para que descubriera y aumentara el pecado, para que el hombre sintiera la culpa; la gracia, en cambio, viene en sobreabundancia por medio de Jesucristo que pudo cumplir esa ley y que sufrió el castigo de maldición en la cruz del Calvario. Jesús el Cristo fue el Cordero sin mancha que pudo redimir con su sangre a todo su pueblo (conforme a las Escrituras: Mateo 1:21, por ejemplo). Por medio de ese sacrificio fuimos declarados justos por parte del Dios justo que justifica al impío. Ese acto de redención constituye la fuente de nuestra libertad, por lo cual Jesús también dijo: Si el Hijo os liberare, seréis verdaderamente libres (Juan 8:36).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ESTATUS DE LIBERTAD

    Cristo intercede por nosotros, en tanto el Espíritu también lo hace con gemidos indecibles; ese Espíritu ruega por los santos (Romanos 8:27). Las personas por las cuales el Espíritu intercede son llamadas santos, por cuanto hemos sido santificados por el Espíritu de Dios. Esto implica que caminamos con Él, en tanto hemos sido llamados con eficacia, porque somos objetos de las delicias de Dios. Se nos llama escogidos, preservados en Cristo, habiendo recibido la justicia imputada de Cristo como Salvador. A este grupo el Señor ha dado a conocer su evangelio, dándole su gracia y la herencia eterna.

    En consecuencia tenemos bendiciones espirituales, favores divinos, todo aquello que pertenece a Dios. Cuando oramos somos dirigidos por el mismo Espíritu para pedir como conviene; esto hacemos al clamar en secreto ante nuestro Padre, por lo que obtendremos lo pedido en público. Esto resulta llamativo, ya que en esta publicidad de la recepción de lo pedido se constata que fuimos oídos cuando clamábamos secretamente. Hay oraciones públicas, que también son respondidas; hay oraciones comunitarias en la iglesia, las cuales el Señor también oye. Pero la oración secreta en nuestra cámara implica que nadie más la conoce, así que cuando se nos concede lo pedido no miramos a los lados como buscando méritos de un tercero por causa de la respuesta.

    En ese instante de la respuesta a la oración secreta saltamos de emoción porque estamos ciertos de que el Señor nos oye. Ese es el Dios real, el que se ocupa de responder a veces en forma literal todo cuanto hemos rogado en su presencia. Como dijera una vez Moisés: Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas partir de aquí (Éxodo 33:15). La presencia de Dios en nosotros se da en virtud de nuestro estatus de libertad. Una vez fuimos convictos -como los demás-, estuvimos muertos en delitos y pecados, pero ahora que fuimos llamados de las tinieblas a la luz nadie nos puede separar del amor de Dios (Romanos 8:33). Cristo murió, resucitó y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34).

    Se nos ha dado una fe que no falla y que no puede morir; Cristo es el autor y consumador de la fe.

    Jesucristo aseguró que todo lo que el Padre le daba vendría a él, y él no le echaría fuera. Aseveró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trajere. De esta forma sabemos que todo aquel que va a Cristo ha sido enviado por el Padre, y enseñado por Él (Juan 6:45). Claro está, habrá mucha gente que será rechazada pese a que pretendieron ir a Cristo, pero ellos no fueron enviados por el Padre. Estos son los que escucharán en el día final la terrible frase que los envía hacia el tormento eterno: Apartaos de mí, hacedores de maldad; nunca os conocí (Mateo 7:23). Este grupo de personas jamás aprendió del Padre, sino que acudieron por curiosidad a Cristo.

    Tal vez fueron atraídos por los predicadores persuasivos, esos que desprecian la doctrina de Cristo. Aquellos que enseñan sobre la muerte universal del Señor, del llamado universal como garantía de eficacia. Una cosa resulta el deber ser humano ante Dios, su responsabilidad a la que es llamado, pero otro asunto viene a ser el llamado eficaz. Cristo murió en exclusiva por su pueblo, al que salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). El mismo Señor lo afirmó, que no todos serían llamados sino muchos, y que de esos muchos unos pocos serían los escogidos.

    Simón el Mago fue un gran ejemplo de la antítesis de un seguidor de Cristo. Su interés estuvo centrado en la carne, en su ego, en la posibilidad de hacer riquezas con los asuntos de la fe. Muchos arrancan ministerios religiosos con la bandera de recoger algunas ganancias, lo cual está reñido con el evangelio. Es verdad que el obrero es digno de su salario, que no hemos de poner bozal al buey que trilla, pero eso viene referido a los salarios propios de quienes se dedican de vida entera a esos trabajos. Jamás hemos de mirar el dinero como el móvil que gira en los asuntos de la fe. Al buscar el camino de Cristo el Espíritu nos ayuda a pedir como conviene. En consecuencia somos guiados a toda verdad, incluso llegamos a estar entristecidos junto con él cuando Él se contrista por nuestros pecados.

    En esta libertad a la que fuimos llamados aprendemos que existe el mandato general de Dios a toda la humanidad, y también existe un mandato particular a cada una de sus ovejas. Los Diez Mandamientos pueden ser considerados como un mandato universal, algo que nos enseña el deber ser nuestro: lo que debemos y no debemos hacer. La ley dada por Dios a través de Moisés demostraba la presencia del pecado en el corazón humano, de manera que declaraba inexcusable al hombre. Estos mandatos no probaban la libertad humana (el libre albedrío) sino la esclavitud al pecado. En ningún momento esos mandamientos giraron en torno a lo que el hombre podía hacer libremente: ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

    Lo que deberíamos hacer no somos capaces de hacerlo; he allí la importancia de Cristo, que sí pudo cumplir la ley a cabalidad sin fracturarla en ningún punto. Como Cordero sin mancha fue aceptado por el Padre en sacrificio santo por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Entonces, él es quien tiene la capacidad de llamar a cada una de sus ovejas por sus nombres, ya que conoce el Señor a los que son suyos. Como también dice la Escritura: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El mismo principio humano que aparece en la legislación de incontables países nos enseña que la ley castiga con independencia de la capacidad: La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento (si se ignora no se puede alegar la ignorancia; de acuerdo a la Biblia, si eres incapaz de cumplir la ordenanza divina no puedes alegar tal incapacidad).

    El amor de Dios se obtiene por su gracia, no importa si antes uno fue un blasfemo, un perseguidor de la iglesia o un injuriador; simplemente recibimos misericordia y gracia abundante de parte de nuestro Señor, para tener también la fe y el amor en Cristo Jesús. Nosotros no dependemos de nuestra habilidad natural, Dios tampoco descansa en que será amado en virtud de que tengamos habilidad natural para amarlo. De hecho, le amamos a Él porque Él nos amó primero. Pero no sucedió así con Judas Iscariote, hijo de perdición; tampoco le aconteció de igual forma al Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria del poder de Dios contra el pecado y el pecador. La Biblia nos enseña que Dios endurece a quien quiere endurecer, pero tiene misericordia de quien Él quiere tenerla. Por causa de lo dicho en sus páginas, muchos se levantan contra el Hacedor de todo y le reclaman por sus juicios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? La respuesta vino de inmediato: ¿Quién eres, tú, oh hombre, para discutir con Dios? No eres más que barro en manos del alfarero.

    El verdadero arrepentimiento nos conduce a cambiar la mentalidad respecto al menos de dos cosas trascendentes: 1) Comprender que Dios es absolutamente soberano, el Despotes de Pedro; 2) que el hombre es absolutamente insignificante, impotente ante la voluntad divina, por lo cual le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas. Cuando hayamos comprendido esa realidad andaremos mirando la verdad que Dios ha querido mostrarnos. El Espíritu de Dios nos conduce a esa verdad porque nos ha regenerado de acuerdo a los designios del Dios eterno, según nos amara en Cristo a quien envió para sacrificarse por todos los pecados de su pueblo. Este es nuestro estatus de libertad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org