Categoría: LUZ

  • LA LUZ DEL MUNDO

    El que sigue a Jesús no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8:12). Ese postulado de Jesucristo nos indica que no puede haber un solo seguidor suyo que camine a tientas, que trastabille en cuanto a los postulados doctrinales del Señor. Esto guarda relación con otro planteamiento de Jesús, cuando aseguró que de acuerdo a los profetas nosotros seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido del Padre iríamos al Hijo (Juan 6:45). Por otro lado, también dijo Jesús que sus ovejas lo seguirían y que ya no seguirían más al extraño, porque desconocen la voz de los extraños (Juan 10:1-5). Un entramado de textos bíblicos pone de manifiesto la doctrina del Cristo, para que vivamos quieta y apaciblemente y podamos probar a los espíritus (a las personas) para saber si son de Dios.

    Muchos engañadores han salido por el mundo, por lo cual se nos impele a exponer los argumentos sólidos de la doctrina del Señor, como hicieron aquellos hermanos de la iglesia de Roma (Romanos 6:17-22). Pablo le dice por igual a Timoteo que se ocupe de la doctrina con la cual se podrá salvar a sí mismo y ayudar a salvar a otros. Jesús aseveró que enseñaba la doctrina de su Padre, de manera que se hace mucho mal si se afirma amar a Jesús con el corazón pero se ignora con el entendimiento. El conocimiento sobre el siervo justo resulta en un

    presupuesto necesario para que él justifique a muchos (Isaías 53:11). El creyente sigue a Jesucristo como una inequívoca consecuencia de su regeneración por el Espíritu Santo; sabemos que Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, así como él resplandeció en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Resulta imposible que el creyente viva en tinieblas, ya que con estos postulados enunciados quien alegue ignorancia en cuanto a la doctrina de Cristo parece no haberle amanecido. En ocasiones, el Jesús de las Escrituras es totalmente diferente del Jesús de muchas religiones y de muchos predicadores. Tolerar otro evangelio presupone caminar en el anatema que se ha enunciado contra los que así hacen, por lo cual conviene examinarse a sí mismo para ver dónde se está. Hay dos semillas, la de la serpiente y la de la mujer (Génesis 3:15); esa de la mujer es Cristo, como bien lo confirma Pablo en su Carta a los Gálatas. Existen muchas formas  de que triunfe la semilla de la serpiente, una de ellas consiste en la expansión de la perniciosa doctrina de Satanás en el mundo religioso llamado cristiano. Desde esa esfera se muestra mucha confusión, por el solo hecho de entretenerse con puntos de vista doctrinales totalmente contrarios a las enseñanzas de Jesús.

    Hablar de expiación universal parece ser el tema preferido de los evangelistas, desde los templos de los días domingos hasta en los sermones de internet. Esa universalidad de la expiación hace una dupla perfecta con el mitológico libre albedrío, de manera que la criatura queda exaltada frente a su Creador. Pareciera que la promesa de la serpiente se cumpliera en apariencia, ya que la criatura llegó a ser como dios conociendo el bien y el mal. Por supuesto, el hombre caído ha preferido siempre el mal como una señal de la aparente independencia frente al Creador. Solamente al presuponer que Jesús expió a toda la raza humana, se niega el alcance de la justicia perpetua alcanzada con su trabajo en la cruz. Se niega por cuanto muchos son los que se condenan, de manera que esa expiación no fue suficiente; tal vez, dirán los defensores de la expiación universal, Dios da libertad de elección a la criatura y por eso muchos se pierden. Quiere decir que los que se salvan lo logran porque agregaron algo más a la justicia exigida por Dios, su propia decisión en su inquebrantable voluntad. Eso no es más que salvación por obras sumada a la gracia.

    Los creyentes sabemos que el trabajo de la Simiente de la mujer (Jesucristo) destruyó las obras del diablo, de manera que la esclavitud, tinieblas e ignorancia queda erradicada de todos aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.  La historia del evangelio ha demostrado que aquella promesa de salvar a su pueblo (al pueblo de la Simiente de la mujer) se está cumpliendo a cabalidad, por lo cual entrará en el redil hasta la última oveja que sea llamada eficazmente por el buen pastor. Dios ha prometido salvar a su pueblo y por esa razón envió a su Hijo para que salvara de todos sus pecados a su pueblo (Mateo 1:21).  Solamente los herederos de la simiente de la serpiente se motivan a cambiar el evangelio de Génesis 3:15 hasta convertirlo en una promesa universal, con una expiación universal, llevando al trono la voluntad humana, muy a pesar de que es una voluntad esclava del pecado. Solamente la simiente de la serpiente participa con afán y ahínco del evangelio maldito (anatema).

    Predicar que Jesucristo hizo una salvación potencial, que está a la espera de que el hombre muerto en delitos y pecados levante su mano y decida recibirlo, implica que su expiación se hizo por nadie en particular. La actualización de la expiación quedaría en manos del hombre que odia a Dios, que busca siempre el mal, que no distingue la medicina para su alma. Decir que Dios se despoja de su soberanía por un ,bn instante, para dejar libre al ser humano por un momento, de manera que la criatura decida libremente su destino, implica afirmar que la sangre de Cristo fue ineficaz en todos aquellos que se pierden eternamente. Ese evangelio anatema se ha extendido con éxito en las filas de los que se autodenominan cristianos, pero que no lo son. Ellos han salido de nosotros, para que se demostrara que no eran de nosotros. A ellos el Señor les dirá en el día final: apartaos de mí, malditos; nunca os conocí.

    César Paredes

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  • EL ENCUENTRO CON JESÚS

    Dios hizo al hombre y le habló en forma audible. Adán pecó, pese al contacto inmediato con su Creador. Siglos más tarde, hemos sido informados por el apóstol Pedro que el Cordero de Dios estuvo ordenado como tal desde antes de la fundación del mundo. Es decir, Adán debía pecar para que Jesús se manifestara como el Salvador de su pueblo. El plan de Dios se ve entretejido en las Escrituras, sin que se haya detallado como un esquema de un libro, como una bitácora de viaje. La lectura de la Biblia pasa por el convenio del intelecto del lector y el auxilio del Espíritu Santo, para que se pueda descubrir el fondo de su propósito.

    Por supuesto, en el área del intelecto habitan también la gramática del texto, junto a su contexto, el resto del escrito para comparación e interpretación. Desde Génesis hasta Apocalipsis la Biblia propone un encuentro con Jesús, diciéndonos que por medio de su palabra nos viene la fe. En cuanto a este tema hemos de tener en cuenta lo que particularmente se dice al respecto: que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8), que sin fe resulta imposible agradar al Señor (Hebreos 11:6).

    Esa fe que viene por el oír (Romanos 10:17), y el oír por la palabra de Dios, implica la predicación del Evangelio. Así se desprende del verso que precede al señalado, que dice que no todos obedecieron al evangelio, pues ¿quién ha creído a nuestro anuncio? En tal sentido, la predicación del Evangelio nos viene como el medio que usa Dios para colocar su fe en los corazones de los que son su pueblo. Cada cual que predica no es más que un ministro de ese Evangelio por medio del cual otros creerán. Jesucristo es el sujeto de la Escritura, su autor indudable, el Verbo hecho carne, el que da los materiales necesarios a sus evangelistas. Un evangelista es todo aquel que predica el Evangelio del Señor, el que realiza la tarea que nos ha sido encomendada a cada creyente. Obedecemos a Dios si predicamos este Evangelio que nos fue ordenado en una gran comisión, bajo la garantía de la autoridad de Jesús.

    Judíos y Gentiles somos el objeto de esa predicación, para que oyendo podamos creer, como en efecto hemos hecho millones de personas a lo largo de la existencia humana. El evangelio es eterno (Apocalipsis 14:6), de manera que junto a la caída del hombre aparece su anuncio: primero en el símbolo de Dios al sacrificar animales para cubrir la desnudez humana; en segundo lugar, cuando se le anuncia a la serpiente acerca de la enemistad de su simiente con la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Conoceríamos más tarde que existe una simiente prometida a Abraham de la cual Pablo habla diciéndonos que la expresión en Isaac te será llamada descendencia (simiente) se refiere a Cristo como el prometido.

    El Salmo 19 en su verso 4 nos habla de esa palabra divina que salió por toda la tierra, como voz de Dios. La creación misma nos predica del Altísimo y de su obra ordenada por medio de su voluntad manifiesta, haciendo aquello que no existía para demostrarnos su poder y grandeza. Juan nos enseña que ese Creador también es el Verbo hecho carne (Juan 1: 1-3). Todas las cosas por él fueron hechas, añadiéndonos que en él estaba la vida como luz de los hombres, y que las tinieblas no prevalecen en esa luz. Jesús es la verdadera luz que alumbra a todo hombre, la que vino al mundo (Juan 1:9). La ironía de ese relato se devela en el hecho de que el mundo fue hecho por Jesucristo, el mismo que lo desconoció cuando vino a esta su creación (Juan 1:10).

    Para conocer a Jesús basta con escuchar su palabra y recibirlo como el Hijo de Dios. Los que lo reciben demuestran que no han sido engendrados por Dios. En realidad, la salvación es por gracia, de manera que llegan a creer en Jesús todos aquellos que son enseñados por el Padre y que han aprendido de él (Juan 6:45). El que recibe a Jesús demuestra que ha sido engendrado por Dios, no por voluntad humana. Ese es el nuevo nacimiento que Jesús le explicaba a Nicodemo (Juan 3:3). No se trata de tener genealogía o descendencia de Abraham, ni de poseer parientes de valía teológica, ni mucho menos de presentar buenas obras como señal de justicia ante Dios. Nuestras obras son como trapos de inmundicia, carentes de judicialidad ante el Todopoderoso Juez Justo de toda la tierra.

    El primer nacimiento humano es terrenal, el segundo debe ser espiritual. Pero en este nacer de nuevo no puede intervenir voluntad humana alguna sino solamente la divina. Con el primer nacimiento demostramos que hemos sido concebidos en pecado y que tenemos que pagar su costo: la muerte eterna. Nuestra vida demuestra que hemos sido concebidos en iniquidad, siendo transgresores desde el vientre de nuestras madres (en pecado me concibió mi madre: Salmo 51). Nuestra naturaleza pecaminosa nos señala como hijos de ira. Nicodemo se quedó sorprendido con las palabras de Jesús, ya que él pensaba que por ser descendiente de Abraham sería computado como limpio ante Dios. Los fariseos se la pasaban convirtiendo gente a su judaísmo, pero se habían olvidado de la verdadera circuncisión del corazón. Habían ignorado las palabras de Ezequiel, las que hablaban del cambio de corazón de piedra por uno de carne. Ese precisamente era y es el trabajo del Espíritu Santo, que sopla de donde quiere como el viento, que hace de acuerdo a la voluntad del Padre Eterno.

    Urge el nuevo nacimiento, el nacimiento de lo alto, aquel que viene por un poder sobrenatural demostrado por el Espíritu. De esa manera sabremos que hemos sido llamados con llamamiento santo y en forma eficaz, en Cristo Jesús. El Señor también lo dijo en otros contextos; tenemos su prédica reseñada en Juan 6 ante la multitud que lo seguía maravillada por sus milagros de comida (panes y peces). Él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía; si el Padre lo traía él no lo echaría fuera, sino que lo resucitaría en el día postrero (Juan 6:44). En Juan 6:37 el Señor anuncia otra premisa importante y fundamental: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. La síntesis derivada de esas dos premisas fundamentales es que la voluntad humana no tiene lugar en el conocer a Jesús, a no ser que la voluntad divina primero se manifieste.

    Por supuesto, esos discípulos que seguían a Jesús, de acuerdo a lo reseñado en Juan 6, razonaron y dedujeron que aquellas palabras eran duras de oír. No habiendo sido llevados por el Padre a Cristo se retiraron con murmuraciones (Juan 6:60-61). Jesús supo que sus palabras habían ofendido a aquella gente que insistía en seguirle, pero en ningún momento modificó su discurso. Más bien ratificó todo lo dicho con una pregunta retórica: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61), añadiendo un poco después el resumen de lo que a ellos les había molestado: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    Conocer a Jesús pasa igualmente por conocer su doctrina; estas enseñanzas de Jesucristo manifiestan la doctrina del Padre, tarea que ejecutaba el Hijo de Dios de manera perfecta (Juan 7:16-17).

    La doctrina tiene relevancia en el acto de conocer a Jesús, tanto la tiene que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que el que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios; en cambio, el que persevera en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 1:9). Pablo recomienda a Timoteo ocuparse de la doctrina (1 Timoteo 4:13-16). Asimismo, Pablo dio gracias a Dios por los romanos que habían obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fueron entregados (Romanos 6:17). Conocer a Jesús pasa por reconocer su doctrina como verdadera y útil para nuestra redención.

    César Paredes

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  • LA LUZ NATURAL

    La luz del hombre natural se hace insuficiente por sí misma para llevar al individuo a la convicción de pecado. El error (jamartía) ἁμαρτία denuncia una falta de juicio, lo que conlleva a la culpabilidad. Eso no quiere decir que a la persona natural la invada el sentimiento de culpa, a veces tal sentir y pesar se convierte en un asunto cultural. Tal vez el temor al castigo judicial y civil deja un peso inminente en la conciencia del que cometió el delito, pero no por ello hablamos del peso del pecado en el incrédulo. Hace falta el Espíritu de Dios para que señale la maldad inherente del pecado frente al Dios santo de la creación.

    El hombre natural conoce en algún sentido la ley de Dios colocada en sus conciencias, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto a través de la creación, de la naturaleza y sus leyes como obra divina. Así que bien conoce sus deberes, bien percibe lo que está bueno y lo que está malo. Son nociones comunes dejadas en el ser humano, las cuales han conducido a la humanidad hacia el ejercicio del derecho, más allá de que éste no haya sido perfecto. De esa manera se ha operado para que la humanidad se preserve y muestre un juicio suficiente para que vivamos quietamente las más de las veces.

    En casi la mayoría de las religiones más primitivas, la idea de un Dios que debe ser adorado se impone en la comunidad. Incluso existen acciones que la sociedad considera meritorias de castigo, incluida la pena de muerte. De esta forma la sociedad se gobierna bajo ligámenes morales que derivan de un estado de conciencia social respecto al bien y al mal. Pese a lo dicho, la luz natural no descubre la noción del pecado como una falta al Dios de la creación.

    Dadas esas condiciones naturales, persiste la enemistad del hombre con Dios, de acuerdo a lo que la Biblia denuncia. Una locura parece la norma divina o los asuntos del Espíritu, ya que parecen indiscernibles ante esa luz opaca e insuficiente. Esa tenue luz no descubre la raíz del pecado, no puede denunciar que existe una desobediencia mortal ante el Creador. La polución del alma humana no puede captarse con el brillo que da una vela, por lo cual el ser humano no es capaz de sentir el peso del pecado de Adán heredado por su raza.

    Se hizo necesaria la aparición de la revelación de lo alto para la denuncia del pecado. No dudamos de que ella fue inmediata, como lo relata el libro del Génesis; Dios habló con Adán y fue su luz para su culpa. Al mismo tiempo le mostró su proto-evangelio, al cubrirlo con las pieles de los primeros animales sacrificados por causa del pecado. Un símbolo se instauraba en el imaginario humano, el que conduciría a comprender que sin derramamiento de sangre no hay remisión del pecados. Aquellos momentos difíciles para Adán y su mujer señalaron hacia dónde apuntar, a la simiente de la mujer de donde vendría el Cristo.

    La humanidad fue creciendo y con ella la noción de redención; las naciones olvidaron poco a poco todo el discurso enseñado por el padre Adán, de forma que cada cual siguió por su camino en sus propias veredas y con sus propios juicios. La luz natural no permitió dar cuenta de la terrible malignidad humana, excepto por su efectos sociales o individuales en cuanto a la muerte por riñas, así como heridas por combates. Pero la noción de pecado no fue vista como un mal del espíritu del hombre, mucho menos su efecto en la relación con el Creador.

    Ciertamente, la naturaleza descubre algunos asuntos relacionados con Dios, algunas de sus leyes naturales, pero no señala todas sus perfecciones. De esta manera, la convicción de pecado se hizo cada vez más débil, ya que esa pequeña luz humana no funciona bien para demostrar su horror ante el Dios tres veces santo. Muchas de las obras del ser humano se exhiben como una abominación ante el Señor, pero lo sabemos gracias a la revelación divina que se conoce como su palabra. La polución interna del corazón humano genera serias consecuencias eternas.

    La mente del ser humano necesita una lumbre sobrenatural. Esa luz fue llegando con la dádiva de Dios a los judíos por medio de la ley dada a Moisés; sin embargo, los judíos no pudieron salvarse con esa ley a no ser que apuntaran al Salvador como el fin de la ley. Ese Salvador era la Simiente prometida que lucharía contra la serpiente antigua, venciéndola con su herida mortal en la cabeza. Pero Dios fue mostrando en su escenario las partes de aquello que agradaría a su gloria, lo que anunciaba la venida del Redentor de su pueblo escogido.

    El Capítulo 1 de la Carta a los Romanos nos reseña la perversión natural del hombre caído. La razón depravada de los mortales humanos creó una deformación de lo que percibían como el Creador: le dieron semejanza de obra creada, de animales, de piedra, habiendo olvidado la vieja gloria contada por sus padres más antiguos, de acuerdo a lo que uno entiende fue el relato de Adán a sus descendientes inmediatos. El pecado deforma la visión divina, de acuerdo a su propia monstruosidad. Se ve que el hombre en su naturaleza no se avergüenza de su pecado, sino que persiste en su fin de muerte (Romanos 6:21).

    La Escritura señala al hombre natural como muerto en delitos y pecados, por lo cual la teología cristiana nombra esa situación como la depravación total de la humanidad. En ese estado existe solo desgracia, abandono de Dios, con apenas una guía natural de acuerdo a las normas físicas necesarias para la existencia. Una gran parte de la multitud de israelitas que conocían la ley dada a Moisés resultó perdida como el más vil pagano. Eso no implica que haya habido un fracaso de la ley divina, sino que ella no se propuso salvar a nadie sino señalar el pecado para que abundara y así poder anunciar la gracia.

    La palabra de Dios corta más que una espada de dos filos, ella penetra hasta partir el alma. Cuando el ser humano se confronta con la palabra divina, suelen suceder cosas interesantes. En algunos, la muerte los acompañará eternamente por cuanto sirvió para mayor endurecimiento; en otros, resultará en un olor de vida para vida por cuanto ella redimió con su agua limpia y por medio de la sangre de Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, por lo que lo que resulta imposible para el hombre para Dios es absolutamente posible. Vale la pena darse a la lectura y escrutinio de la Escritura, dado que se nos ha dicho que en ella subyace la vida eterna. Ella, además, viene como testimonio de Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres.

    El que cree tiene vida eterna, pero el que no cree ya ha sido condenado. Necesitamos que el Espíritu de Dios alumbre nuestras vidas, porque la lumbrera nuestra resulta insuficiente para la dimensión divina. Esa es la razón por la que cuando el hombre natural conoce a Dios un poco no lo glorifica como a Dios, sino que se da a las imaginaciones de su necio corazón (Romanos 1:21). Dado que el Espíritu de Dios es Omnisciente, su luz alumbrará el camino a seguir, denunciará el mal en nuestro espíritu, mostrará el gran daño que hemos sufrido pero nos podrá indicar el camino a seguir: Jesucristo, quien además de camino es la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por él.

    César Paredes

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  • LA LUZ EN LAS TINIEBLAS (2 Corintios 4:3-6).

    El evangelio encubierto subyace en los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos. De esa manera, la luz del evangelio de la gloria de Cristo no llega a resplandecerles, por lo cual en ellos no se cumple el que la luz en las tinieblas resplandece. El evangelio de los falsos maestros no lleva luz en las tinieblas, solamente resplandece en la religiosidad del individuo que sigue al maestro de mentiras. La gloria de Cristo resplandece como luz en medio de tinieblas, aclara y educa; resulta imposible que el iluminado renacido por el Espíritu y por la Palabra de Dios continúe en la penumbra de las falsas doctrinas.

    Saulo de Tarso nos viene como ejemplo, por cuanto perseguidor de la iglesia, habiendo participado con furia en el asesinato de Esteban (sosteniendo sus vestiduras y aceptando semejante crueldad) fue llamado de las tinieblas a la luz. Su conversión fue un solo acto, del error pasó a la verdad, sin que mediara un proceso de mentiras y medias verdades. Las verdades a medias no salvan a nadie, solamente hacen religiosa a la persona. Una verdad a medias puede brindar apariencia de piedad a quien en ella milite, pero el militante continuará en la oscuridad del dios de este siglo.

    Con Cristo manifestado en la carne, la ceremonia legal ha quedado relevada para que se predique el evangelio a judíos y gentiles. En ese sentido el evangelio no se le esconde a nadie, pero sabido resulta que no todos lo asumen ni lo aceptan. Por esa forma continúa escondido, como obra del enemigo de las almas que ha cegado el entendimiento de los incrédulos. El conocimiento salvador (el conocimiento del siervo justo de Isaías 53:11) permanece escondido de aquellos que se aferran a la incredulidad. Pero en los que la luz alumbra la condenación eterna desaparece, ya que la fe otorgada por Dios se convierte en un útil para la gracia salvadora. En otros habrá perdición eterna, en los cuales el evangelio permanece todavía escondido.

    La mente reprobada, la ceguera espiritual, la tiniebla judicial, aparecen como signos del extraviado que continúa en oscuridad. Ellos están como ciegos ante el sol, no lo pueden mirar y se afianzan en su impiedad como sostén. Satanás pasa a ser definido como el príncipe de este mundo (Juan 12:31), el ser influyente sobre lo peor que pueda concebir el alma humana. Si el mundo yace bajo el maligno, no se puede esperar sino malevolencia a granel de la voluntad de los hombres caídos en delitos y pecados. Lucifer tiene tal influencia en los moradores del mundo que llega a cegarles el entendimiento, para que permanezcan en incredulidad.

    La figura bíblica nos muestra los ojos de la mente. Satanás se encuentra tan metido en las mentes de las personas que gobierna hasta la capacidad de ver, por lo que no en vano Juan escribiera su advertencia contra los deseos de los ojos, de la carne y de la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Satanás influye para que la gente se burle del evangelio, para ridiculizar a los que lo predicamos, para que nos señalen como menos inteligentes por creer en el Dios de las Escrituras. El diablo sabe que para él no hay evangelio posible, que su condena eterna le ha caído encima, que tiene poco tiempo antes de ser enviado a su morada. Por esa razón busca el engaño como una manera de satisfacer su ego, ya que ha sido catalogado como el padre de la mentira.

    Cristo es la suma y sustancia del Evangelio, por lo tanto de la luz que alumbra en medio de las tinieblas. Jesucristo viene a ser el gran sujeto del Evangelio, la imagen del Dios viviente. Una de las formas en que Satanás oscurece la mente de los que moran en la tierra es haciéndoles pensar en un evangelio diferente. En ese sentido se ha dicho que el maligno pervierte la doctrina de Cristo, abarata su gracia salvadora, la universaliza en un estado de generalización que hace pisotear la sangre del Hijo de Dios. Su abaratamiento del evangelio de Cristo continúa cegando a multitudes enteras, conformados solamente con tener la religión como engaño. Han caído en la trampa de las falsas doctrinas, apartándose de la simpleza con que se expresa la Escritura.

    Cuando las pasiones de la carne destruyen el alma, deshonran por igual el cuerpo, causando un gran daño al carácter de la persona víctima del error. Los deseos de los ojos conducen al individuo a la intemperancia (el ojo no se satisface con ver ni el oído con oír -Eclesiastés 1:8). No en vano el salmista clamó a Dios para que apartara sus ojos de la vanidad (Salmo 119:37). El oro, la plata, las posesiones, las riquezas y la lujuria, todo junto se hilvanan como vanidad para que el hombre desee y su corazón se incline a la carne antes que al Espíritu de Dios. Existe un amor particular hacia la fama, para tomar los primeros lugares de cualquier sitio, al encumbramiento, hoy día muy predicado por los habladores de la Nueva Era. Un llamado continuo a ser uno mismo, al auto amor, como si la autoestima fuese la solución a los problemas del alma. El Predicador de Eclesiastés nos lo dice, que no se abstuvo de nada y descubrió por igual que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Ese conjunto de elementos reseñados por Juan en su Carta provienen del mundo. Los que no somos del mundo no debemos amar esas cosas, sino huir de ellas como se huye de la tentación.

    Una clara oposición se desprende del texto que nos habla de la luz en las tinieblas. Ya no solamente luz frente a oscuridad se contraponen, sino el Evangelio frente al otro evangelio considerado anatema, así como en carácter del verdadero Dios frente a la mala compostura de Satanás, en tanto dios o príncipe de este mundo. El Dios creador ordenó que fuera la luz y así se hizo, habiendo separado la luz de las tinieblas; ese mismo Dios a través del Hijo ha hecho resplandecer su luz ante las tinieblas de Satanás. Esto lo hace por medio del Evangelio de Cristo, junto a toda su doctrina, habiéndonos recomendado que conozcamos al siervo justo. De igual manera, el Hijo nos recordó lo dicho por los profetas: Que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos a él (Juan 6:45).

    Vemos que ese conocimiento de Cristo entra en el incrédulo una vez que ha sido transformado o renacido por el Espíritu de Dios, de lo contrario siempre será una locura indiscernible. El hombre natural no puede discernir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no puede entenderlas. Así que las tinieblas que ciegan al individuo incrédulo no lo dejan ver ni dónde está la medicina para su alma. Pero Dios que es soberano actúa con su poder para acercar a aquellas ovejas extraviadas que serán llamadas eficazmente para que sigan al buen pastor.

    Predicamos el evangelio de Cristo para que el hombre se arrepienta y crea ese evangelio, pero sabemos que continúa siendo una locura en los que cegados no pueden discernir el llamado de Dios. Sin embargo, en aquellos ordenados para vida eterna habrá arrepentimiento para perdón de pecados, de manera que creerán la verdad para ser libres y dejar de seguir de inmediato al extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

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