El único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Necesitaba el Hijo de Dios participar de las dos naturalezas, divina y humana, para mediar por nosotros ante la Divinidad. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9). Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia (Juan 1:16). Jesucristo tiene la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).
Jesucristo es completamente divino y completamente humano, para que pueda mediar por nosotros. Así que puede considerarse como el único descendiente de Adán con dos naturalezas, lo cual lo configura como el Segundo Adán, por el cual sus hijos vivimos. Sin división ni confusión, dos naturalezas en una persona: fue y es tan humano como divino. Él era el profeta que levantaría Jehová en medio del pueblo (Deuteronomio 18:15). Yo publicaré el decreto;Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;Yo te engendré hoy (Salmos 2:7). Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra,Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmos 110:1).
La necesidad del Mediador ya aparecía en el libro de Job. Ese hombre dijo: Porque no es hombre como yo, para que yo le responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos (Job 9:32-33). Ahora nuestro árbitro es Jesucristo, la justicia de Dios. No conviene confundir las dos naturalezas del Señor, pero tampoco conviene confundirlo con el Padre. Aunque él y el Padre son uno, en el sentido de unidad, asimismo el Espíritu Santo es parte de ese Dios Trino. Bien lo dijo Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). En este texto se muestran claramente las tres Personas de ese Dios que se anunció progresivamente en las Escrituras.
Referente a Jesucristo Zacarías escribió: Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono… (Zacarías 6:13). Es decir, Jesucristo no es Jehová sino el Hijo. Ya lo anunció David: Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían (Salmos 2:12). Y aunque Jesús afirmó que él y el Padre eran uno (Juan 10:30), no son la misma Persona.
La persona de Cristo ha sido atacada a través de los siglos; unos han afirmado que no es Dios sino solo hombre, algún ser fantasmagórico porque la Deidad no puede poseer cuerpo alguno. Otros aseguraron que aunque era Dios no era eterno sino creado. Los Concilios a través de la historia han intentado dar respuestas a esas interpretaciones privadas de algunos teólogos, declarándolas herejías. Sin embargo, no solo se ha atacado su persona sino también su trabajo.
Escuchamos que la obra de Jesucristo redimió a toda la humanidad, sin excepción, ya que su esfuerzo siempre es eterno e ilimitado. Sin embargo, sabemos que muchos van a condenación, lo cual sugiere que Jesucristo no salvó a todos, sin excepción. Tal vez, dicen algunos, hizo su parte pero la gente es demasiado hostil y no hace la suya. No obstante, lo que él hace siempre es perfecto y eficaz, así que redimió a todo su pueblo de sus pecados, como afirma la Escritura (Mateo 1:21).
Podemos imaginar un poco en cuanto a la expansión del Evangelio. Comenzaron doce personas a predicar, pero primero se dirigieron al territorio israelí, para continuar con el resto del mundo. Miles y millones de personas murieron en aquella época sin haber escuchado algo de ese Cristo que supuestamente murió por ellos. Así que con ellos resultaría vana la afirmación de que Jesús hizo su parte por esas personas. Todavía hay gente que perece sin conocer nada de él, así que no vale la afirmación de la expiación universal, sin excepción.
Podemos asegurar que mucha gente le escuchó y tuvo la oportunidad de dialogar con él, pero no pudieron creer. Un episodio de Juan 10 nos relata que algunos judíos le reclamaban por qué no les decía abiertamente quién él era; el Señor les aseguró que se los había dicho pero ellos no creían. Agregó que las obras que él hacía en nombre del Padre daban testimonio de él, pero les aseguró que ellos no creían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Es decir, para creer en Cristo hay que ser parte de esas ovejas escogidas desde la eternidad por el Padre mismo.
Esta situación no libera al ser humano de la responsabilidad de creer. Parece injusto, pero el problema lo planteó Pablo en Romanos 9 cuando aseguraba que Dios nunca cometió injusticia por haber odiado a Esaú antes de hacer bien o mal, o antes de ser concebido. Esaú no quedó liberado de la responsabilidad de sus actos por el hecho de que Dios lo hubiera rechazado, simplemente actuaba en su guión como había sido escrito desde los siglos. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, pero Dios endurece a quien quiere endurecer, al tiempo que tiene misericordia de quien Él quiere tenerla.
Estos actos de soberanía divina también hacen posible la bienaventuranza de Jacob. Si Dios no hubiera decidido amarlo, sería tan condenable como Esaú. Cristo como Mediador entre Dios y los hombres es el mismo que media entre los elegidos del Padre para que no nos sean tomados en cuenta nuestros pecados. Obviamente, no dejamos de lado el castigo y azote del Padre sobre los hijos, para que no seamos considerados bastardos. Así lo asegura la Biblia (Hebreos 12:6-8).
Porque Jesús fue y es absolutamente Dios, increado, eterno e inmutable, su sacrificio en la cruz cobra un infinito valor en favor de todos sus elegidos. La razón por la cual Jesucristo llega a ser nuestro Mediador entre Dios y los hombres es porque él comparte las dos naturalezas: es completamente divino y completamente humano. Sabemos que la Escritura rechaza la idolatría y la considera obra demoníaca, nos dice que quien sacrifica a los ídolos a los demonios sacrifica. Por lo tanto, atribuirle a María el trabajo o la función de mediadora resulta en una gran mentira. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:1-2).
Tengamos presente que la mediación de Jesucristo nos era necesaria, ya que en la familia del Segundo Adán todos vivimos (y ese todos se refiere a todos los que conformamos su pueblo redimido, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:14-18).
César Paredes