Categoría: MUERTOS

  • EL CORAZÓN DEL HOMBRE (JEREMÍAS 17:9-10)

    Engañoso más que todas las cosas, y perverso. Esa es la declaratoria bíblica, lo que ha dicho el Juez de toda la tierra. En otro momento ha declarado que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios (al verdadero). Todos se han descarriado y cada uno por su lugar, de manera que la humanidad entera murió en Adán y en sus propios delitos y pecados. Ese corazón descrito por el profeta Jeremías se refiere al del hombre natural, el que está todavía irredento.

    En tal sentido, otro profeta, Ezequiel, ha anunciado de parte de Jehová que en un momento determinado Él quitaría ese corazón endurecido y de piedra para colocar uno de carne. En adición, nos daría un espíritu recto y nuevo que nos induzca a amar los estatutos del Omnipotente Dios. Este corazón es el de la persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios. No puede un hombre muerto en delitos y pecados auto regenerarse, por mucho que los anunciadores del momento nos hablen sus palabrerías sobre el hombre interior.

    Resulta prudente recordar que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios sino que está muerto, insensible como una dura piedra. Los predicadores y anunciadores del evangelio intentamos razonar con esos corazones, presentando argumentos persuasivos como si fuésemos ángeles elocuentes, pero no podemos removerlos. La Biblia ha dicho que el hombre natural no percibe ni recibe las cosas del Espíritu, ya que las tiene como locura. Pablo afirmaba que los griegos pedían sabiduría (reconociendo la inteligencia de sus grandes pensadores), en tanto los judíos demandaban señales especiales, como las que les dio Moisés en el Mar Rojo, o las de Josué al pasar el Jordán; estos recordaban las hazañas milagrosas del profeta Elías y de Eliseo. Sin embargo, Pablo les dijo a ambos grupos (gentiles y judíos) que lo que él anunciaba era a Cristo crucificado, para los gentiles una vergüenza y para los judíos un tropezadero.

    Pero ¿qué puede despertar a un corazón dormido y embrutecido para las cosas celestiales? Ni la compasión que mostremos ni la lógica que desarrollemos con nuestros argumentos, ni siquiera la exposición del terror que supone el infierno de eterna condenación. Por supuesto que eso hacemos, amar al prójimo y señalarle el camino que es Cristo, pero si Dios con su Omnipotente gracia (irresistible) no actúa de acuerdo a su predestinación, nadie podría ser salvado.

    Existe una exposición de la palabra de Dios, del mandato general, pero a esto el hombre natural puede resistirse. No se trata de que se pueda vencer al gran Dios cerrando la puerta de su gracia, sino de ese Dios endureciendo a quien quiere endurecer y por el tiempo (poco o mucho, parcial o eterno) que Él haya decidido. La respuesta a este planteamiento bíblico (Romanos 9) no se hace esperar, contra el razonamiento epicúreo. Se dice que Dios puede ser Omnipotente pero no Benevolente, porque permite u ordena el mal. Si quiere quitar el mal, entonces no puede; si puede y no lo hace es porque no lo quiere, por lo cual Dios sería malvado.

    Pablo expone en el Capítulo 9 de Romanos su argumento contra los epicúreos, aunque no los menciona como tales. Él dice que Dios es el que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien desea endurecer. Que Dios no es injusto, pese a que lo afirmaban los seguidores de Epicuro desde más de dos siglos antes. Pablo argumentó en sus palabras que no existe tal contradicción entre la omnipotencia y la bondad de Dios por causa de la existencia del mal. Simplemente, el Dios de la Biblia es absolutamente soberano y hace como quiere, incluso ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    Los predicadores comúnmente hacen recaer la carga de la condenación a la dureza del corazón humano, y ciertamente tienen parte de la razón; esa sería la causalidad histórica en un mundo embebido en las tinieblas y controlado por su príncipe. Pero decir que el ser humano es quien decide en base a su inclinación tiene sentido si tomamos en cuenta estos dos corazones antes mencionados. El que tenga el corazón de piedra hará conforme a su inclinación mortal, pero el que tiene el corazón de carne buscará el buen fruto del Espíritu.

    Sabemos que Dios es quien da uno u otro corazón; conocemos que en principio toda la humanidad ha tenido un corazón de piedra, pero los que poseemos el corazón de carne se lo debemos a la regeneración que ha hecho el Espíritu Santo. ¿Por qué razón no todos tienen el corazón de carne? En esta respuesta yerran muchos, incluso versados teólogos, por cuanto hacen recaer en la capacidad humana el asunto de la elección. No podemos atribuir ni un ápice de nuestra redención a una intención previa en nosotros, porque Dios no ha visto nada bueno en ninguna de sus criaturas humanas.

    La diferencia entre cielo e infierno no recae en nosotros, pues tendríamos de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie. El propósito de la elección permanece, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Frente a semejante Dios la criatura debe caer arrodillada y espantada, reconociendo su pequeñez (como nada y menos que nada) frente a la inmensa omnipotencia divina. Lo que acá decimos no es una especulación sino el núcleo del evangelio. Nuestra suficiencia viene de Dios, del poder de su Espíritu, de la potencia de su palabra y lo que hace en nosotros.

    El corazón endurecido implica que el pecador no siente siquiera el peso de su pecado. Teme el castigo de la ley frente a sus fechorías, pero no al castigo eterno por parte del Creador. En tal sentido la gente que continúa muerta en delitos y pecados subestima la declaración bíblica, argumenta que un Dios bueno no puede crear semejante castigo eterno. En síntesis, divaga todavía en el argumento de Epicuro.

    El Espíritu de Dios, como lo describe Ezequiel, da aliento a los huesos secos para que la vida entre en ellos. Aquella palabra de la Escritura que un día se oyó sin sentido para el incrédulo, de repente despedaza el corazón y los tuétanos del cuerpo. El alma traspasada por la palabra puede llegar a ser redimida, siempre y cuando la voluntad de Dios lo decrete. No es con fuerza humana ni bajo los poderes de los predicadores, sino con y por el Espíritu de Dios. En ese cambio, que denominamos nuevo nacimiento y conversión, lo que antes odiábamos deviene en lo más amado, en lo que nos deleita.

    Esta es la alegría del creyente, nuestro confort. Por la gracia de Dios nuestro corazón ha sido cambiado, sin importar si era demasiado duro y si estaba muerto; ahora tenemos uno sensible, de carne, junto a un espíritu nuevo que nos inclina a preferir, amar y gozar de las cosas de Dios. Así de simple es el evangelio, el que depende de la voluntad del Creador.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A SUS MUERTOS

    Esta expresión célebre del Hijo de Dios llama la atención a muchas personas, pero parece una sentencia definitoria de la realidad con la cual venimos a este mundo. La muerte cuelga en nosotros, en cada uno de los herederos de Adán, ya que en Adán todos mueren. Jesús en tanto Dios conocía los corazones de las personas, de manera que supo a quién venía a redimir. Pagó con su sangre la ofrenda por el pecado de todas sus ovejas; dejó por fuera y sin pago el pecado de los cabritos. Lo hizo en tango siguió el plan del Padre, la voluntad que vino a cumplir y de acuerdo a la doctrina que se propuso enseñar.

    Al llamar a uno de sus prospectos para que lo siguiera encontró una excusa. El futuro discípulo le pidió esperar hasta que enterrara a su padre. Tal vez estaba enfermo de muerte, tal vez ya había fallecido, no nos lo dice en forma precisa el contexto. En cambio, por las palabras de Jesús vemos en forma clara lo que quiso decir respecto a quiénes salvaba. No le empalagó la mente con promesas de mentiras, más bien fue adusto en el trato con quien vino a salvar. El padre del futuro seguidor no entraba en la ecuación de salvación, como pareciera ser que la redención no se extendía al resto de su familia cercana.

    Los muertos en delitos y pecados deberían enterrar a sus muertos (uno de los cuales era el padre de ese discípulo). Por supuesto que una persona muerta físicamente no posee capacidad para enterrar a otro, por lo tanto la referencia señala a la muerte espiritual. Como otros puntos de la doctrina del Padre que vino a enseñar Jesucristo, esta frase tiene detractores entre los proclamados cristianos. Hay quienes afirman que se hacía referencia a los ritos mortuorios del momento, que duraban varios días porque había la costumbre de embalsamar el cadáver.

    El vocablo usado por Jesús es NEKRÓS νεκρός y no TÁFOS τάφος. El primero refiere a la persona muerta, al cadáver, en tanto el segundo señala al funeral o al rito fúnebre, así como a la tumba. Jesús nunca dijo que dejara que los fúnebres entierren a sus muertos, como si quisiera señalar que se refería a los de la funeraria. Fue muy específico usando dos veces seguidas la palabra NEKRÓS. Serían los muertos quienes se encargarían de los ritos fúnebres de los otros muertos, con lo cual daba a entender que el padre del futuro discípulo estaba tan muerto espiritualmente como el resto de sus familiares.

    Cualquier persona puede derivar múltiples lecciones del contenido de esta frase del evangelio (Mateo 8:22). Se podría decir que el creyente debe ocuparse por entero de las cosas de Dios, que no debería entregarse en demasía a los asuntos fúnebres de sus familiares. Sin embargo, sabemos que Jesús se entristeció con la muerte de Lázaro, cuya familia fue a visitar; además, debemos honrar a nuestro padre y a nuestra madre (Marcos 7:10). Recordamos por igual las palabras de Pablo a Timoteo: Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo (1 Timoteo 5:8).

    Con el trasfondo bíblico podemos inferir con mayor precisión que Jesús le indicaba al futuro discípulo que él lo estaba llamando a un trabajo particular que requería una entrega total, pero que al mismo tiempo no había llamado ni a su padre ni a otros de su familia. El creyente ha de desprenderse de lazos familiares estériles, dando prioridad a la vida espiritual que no perece. Hay muertos en vida que participarán de la muerte segunda, que no serán jamás revividos para vida eterna. Esto obedece a que no fueron elegidos como vasos de honra por el Padre, sino que fueron formados como vasos de ira y destrucción. La Biblia tiene múltiples textos que refieren al acto eterno de la predestinación, a la voluntad divina que no depende de la voluntad humana.

    Enseña este texto del evangelio que el Dios soberano hace como quiere, que todo cuanto quiso ha hecho, que las ovejas que vino a redimir una vez que oyen su voz y comienzan a seguir al Señor no se van más tras el extraño (Juan 10:1-5). Sabemos que al morir no acaba todo, sino que está determinado que las personas mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Hay muertos en vida que entierran cuerpos muertos, como en el caso referido; Jesús no había llamado a nadie más de esa familia.

    Imagino que cuando el discípulo fue conociendo a su Maestro pudo darse cuenta por su doctrina que lo que había escuchado era duro de oír. Sin embargo, no cayó en la trampa de la murmuración como aquellos otros discípulos reseñados en Juan 6.

    El tema de la predestinación, de que Dios ha formado vasos de ira de la misma masa con la cual ha formado vasos de misericordia (Romanos 9) fustiga el alma de muchos. Se intenta torcer las Escrituras para forzar a que ella diga otra cosa de lo que sus palabras enseñan. Hay quienes refieren que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, que Dios salva a aquellos que son menos malos o a los que tienen algo de vida espiritual y parecieran que no andan tan muertos en sus delitos y pecados. El verbo ODIAR – MISEO μισέω,se ve enla Biblia en múltiples contextos. Uno de ellos está en Lucas 14:26, cuando el Señor nos dice que el que va a él debe aborrecer (odiar) a su padre y a su madre, a su mujer y a los hermanos, aún a su propia vida para poder ser su discípulo.

    A partir de esas palabras algunos sospechan que el verbo ODIAR tiene un sentido más suave y podría contener la posibilidad de amar menos. Acá vemos un argumento derivado por la vía del sentido contrario; se exalta una cualidad (la del odio) para llegar a su contraparte (el amor). Los seres que más amamos son esos mencionados por Jesús, pero si estamos dispuestos a seguirlo a él hemos de mirar su reflejo en el espejo del odio. Es decir, algunas de sus implicaciones serían: 1) No hemos de amar más a la gente que a Dios -a quien hemos de amarlo por sobre todas las cosas y personas, incluso más que a nosotros mismos; 2) hemos de odiar todo aquello que vaya en contra de la santidad de Dios, lo cual incluye aún a nuestros cercanos parientes que no son creyentes todavía; 3) existe una concordancia entre el criterio de Cristo con el del salmista David, cuando escribió: ¿No odio a los que te odian? -(Salmos 139:21); 4) nuestro odio no presupone venganza, ni el hacer daño al otro, simplemente asume la concepción del pecado como la oposición a la santidad divina; 5) Jesús demostró su autonomía cuando llamó a una persona al discipulado pero dejó de lado al resto de su familia.

    Sabemos que el amor de Dios va para unos pero no para todos, que existe el camino angosto y el ancho, que hemos de luchar por permanecer en él sin salirnos, pero que esa persistencia nos la da el Espíritu Santo que nos conforta y alienta a permanecer en la verdad. Nada hacemos por nuestros méritos, si bien somos nosotros quienes batallamos a diario para alcanzar esa salvación tan grande. Una vez que hemos recibido la vida se activa el instinto de supervivencia, de manera que nos aferramos a ella y evitamos el suicidio espiritual.

    El estudio del Dios soberano nos hace ver a nosotros mismos en minúscula posición frente al Dios eterno e inmutable. Sin embargo, nuestra posición en Cristo, nuestra adopción como hijos, hace posible que la alegría mueva cada fibra de nuestro ser para seguir como valientes en medio de un mundo embravecido y montado en cólera contra los hijos de Dios. El que se afecta negativamente por los actos soberanos del Dios vivo, hace fila con aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que se emocionaron con las palabras y milagros de Jesús pero enjuiciaron su doctrina. Digamos como Pedro: ¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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