Categoría: MUNDO

  • LA EXISTENCIA EN EL MUNDO

    Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Esta premisa bíblica nos ayuda a entender las circunstancias que atrapan nuestros sentidos; en ocasiones nos sumergimos en el pesimismo proveniente de las noticias propias del día a día. No olvidemos que la naturaleza humana se presenta caída, sumergida en eso que la Biblia dio por llamar estado mundano. Hemos de ir hacia el sentido griego del vocablo Cosmos, el orden de las cosas; el conjunto ordenado, la perfección frente al Caos, que nos da a entender la confrontación entre estos dos antagónicos. La idea del Antiguo Testamento relatada en el Génesis nos anuncia el Orden frente al Caos. En el principio creó Dios los cielos y la tierra; y la tierra estaba desordenada y vacía. Entonces, el Dios Creador ordenó el Caos creado.

    La cultura romana toma del griego el sentido del Kósmos (κόσμος) como perfección. Lo traduce como Mundus, dándonos a entender el conjunto ordenado, lo limpio, el orden frente al caos. La palabra inmundo implica estar sin mundo, sin orden, sin limpieza. Lo más putrefacto en el Antiguo Testamento para el mundo judío consistía en tocar un cadáver (Levítico 11 y Deuteronomio 14); la muerte es sin duda el caos frente a la vida. Jesús describe el espíritu inmundo que sale del hombre, que anda por lugares secos, buscando reposo; no hallándolo, intenta volver a la casa de donde salió. Al llegar, la encuentra barrida y adornada (Lucas 11:24-36). Jesús continúa su relato diciéndonos que ese espíritu inmundo toma otros siete espíritus peores que él y al entrar en aquel hombre todo lo destruye: el postrer estado llega a ser peor que el primero.

    Esta admonición nos dejó el Señor, para ilustrar el riesgo que corremos los creyentes si miramos hacia lo inmundo. Curioso puede resultar la conjugación entre el orden y lo extremadamente sucio, ¿cómo pasamos de un mundo de orden a un mundo de desorden? Tenemos que entender el concepto de pecado que nos fue enseñado en las Escrituras; el errar en el blanco, el no atinar en lo correcto se define como la equivocación del ser humano. Caída por completo toda la humanidad en Adán, ella está muerta en delitos y pecados. Es decir, el mundo como sede del principado de Satanás dejó de ser un orden para volverse un caos. El pecado contamina lo limpio y lo vuelve sucio, absolutamente inmundo.

    Interesante que en la visión bíblica el mundo dejó de ser el lugar limpio creado por Dios para representar el sitio sucio donde Satanás gobierna. En el mundo tendréis aflicción; el mundo ama lo suyo y odia a Dios; no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo; el mundo pasa y sus deleites, etc. La belleza y armonía que vemos a diario en la naturaleza es simplemente el residuo de aquella hermosa creación incontaminada que un día vivieron nuestros padres Adán y Eva. Pero la Escritura nos habla de un cielo y tierra nuevos, de la destrucción de esta tierra.

    Ya hubo una muestra de ello con el diluvio universal; el Señor es descrito de forma antropomórfica como quien se arrepiente de haber creado al hombre (Génesis 6:6-7). Dios se comunica con nosotros por medio de figuras antropomórficas, por lo cual se usa el término arrepentir para expresar su lamento por el pecado. En Jeremías 18:8 dice el Señor: Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles. Sin embargo, sabemos que en Él no hay mudanza alguna, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Así que esas figuras antropomórficas intentan darnos a conocer el repudio que Dios siente por la contradicción humana frente a sus mandatos.

    Naham es la palabra hebrea traducida como arrepentir en el texto en referencia, pero que en realidad significa lamentar, doler. En otros términos, al Señor le dolió haber hecho al hombre que se entregó por completo a lo inmundo, hasta convertir su orden en un caos moral. Tanto fue este esfuerzo humano en entregarse al error que llegó a transformar lo limpio en lo sucio. El mundo dejó de ser el lugar del orden moral de las cosas, para significar todo lo opuesto: el mundo es inmundo. Después del diluvio la gente siguió incrementando su maldad, hasta encontrarnos nosotros en presencia de un mundo donde la maldad ha crecido desmedidamente.

    Recordar que la gracia nos fue dada sin miramientos a nuestra conducta nos debe brindar alegría. Si por nosotros fuera, nadie sería salvo. Dios nos dio la salvación por medio de la fe, pero todo fue de gracia. No es de todos la fe, dice la Escritura (2 Tesalonicenses 3:2), sino que la fe es un don de Dios (Efesios 2:8). Sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), de manera que Dios se lleva toda la gloria en esta redención tan grande. Nos toca seguir viviendo en este oficio del servicio al Creador, para que la vida resulte placentera y para que el mundo sea vencido en nosotros.

    Jesús le dijo a un grupo de discípulos que lo seguían por mar y tierra, los cuales se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces, que ninguno podía venir a él si el Padre no lo traía. Es decir, el deseo humano no basta para seguir a Jesús; esa gente se retiró con murmuraciones contra Jesús, y decían: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esta palabra de la absoluta soberanía de Dios es dura para muchas personas, pese a que manifiestan una alegría al darse cuenta de lo sano que resulta el evangelio. Les sucede como a aquellos reseñados en la parábola del sembrador: algunas semillas brotaron pero ciertas circunstancias pusieron de manifiesto que no tenían raíz profunda. Solamente prosperaron aquellas plantas sembradas en el buen terreno preparado (por el Padre).

    Esto lo enfatizó Jesús cuando le dijo a la multitud que lo seguía lo siguiente: Escrito está entre los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). Estos sí que tienen raíz que resista las vicisitudes del entorno, por lo cual serán llamados bienaventurados. Dios enseña de muchas maneras, pero la forma especial para conducir a la redención eterna viene dada por el evangelio (Juan 17:20). Jesús alabó al Padre por haber escondido las cosas del cielo de los sabios y entendidos, y por haberlas revelado a los niños. De inmediato se dirigió a algunos y les señaló que si estaban trabajados y cansados que fueran a él. Resulta evidente que ese llamado no iba dirigido para aquellos a quienes se les había ocultado las cosas del reino de los cielos (el evangelio) por parte del Padre.

    Somos beneficiarios de excepción los que hemos recibido el llamamiento de gracia, los que hemos aprendido del Padre. Somos felices los que hemos sido perdonados, los que sin siquiera haber buscado a Dios fuimos hallados por Él. Recibimos a Cristo y le amamos porque él nos amó primero. Esaú no fue amado por Dios en ningún momento, por lo cual el objetor señala a Dios como culpable de juicio. La Escritura condena al objetor y le recrimina su osadía de discutir con el Todopoderoso. De inmediato lo compara con una olla de barro hecha por el alfarero, el cual tiene potestad para hacer vasos de honra y de deshonra.

    Todos los que hemos sido redimidos aceptamos esta palabra sin prejuicio, sin insistir en torcerla para hacerla más flexible. Dios es soberano y ha creado todas las cosas como las vemos, Él reclama haber hecho el bien y haber creado la calamidad, como bien lo señalan Isaías, Jeremías, Amós y tantos otros profetas. El día que se comprenda quién tiene el control absoluto de su creación, habrá paz para el que ha creído y estudia la palabra de Dios. Vivir en contradicción con lo que ella enseña implica permanecer en lo inmundo, o en el mundo regido por Satanás.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ODIO A LOS QUE TE ODIAN

    En el Salmo 139:21-22 se lee: ¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos. La Biblia también habla de los que odian a Dios, nombrados en Romanos 1:30, en una larga lista de abominables: murmuradores, detractores, aborrecedores (odiadores) de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres. Estos son malévolos que no tienen en cuenta la palabra revelada del Señor sino que buscan manifestar su rechazo a través del odio contra el que los creó. Como Nimrod, un cazador contra Jehová, pretenden construir barreras o torres para refugiarse en ellas y no ser alcanzados por la ira divina como recompensa en su mal hacer.

    Hay gente que odia a Dios, sabiendo que existe, que castiga la maldad. Hay gente que pese a los castigos del cielo no se arrepienten de su mal actuar, siguiendo el servicio a los demonios (Apocalipsis 9:20-21): El resto de la gente, los que no murieron por estas plagas, ni aun así se arrepintieron de su maldad, ni dejaron de adorar a los demonios ni a las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, las cuales no pueden ver ni oír ni caminar. Los hay quienes pese a lo que la Biblia les advierte continúan entregados sacrificando a sus ídolos (de todo tipo: físicos o imaginarios), como asegura 1 Corintios 10:20-21: Antes bien, digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.

    La Biblia es sumamente clara en cuanto a nuestra lucha, diciéndonos que no es contra sangre y carne sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Esa batalla se describe como real, así que la posición del creyente ha de ser la de un soldado listo para el combate. ¿De dónde viene nuestra ansiedad y la zozobra que nos circunda? De nuestra mente dada a la imaginación inútil, vacía de la palabra divina. Cierto que el salmista expresó el odio contra los que odian a Dios, de la misma forma en que nosotros sentimos molestia por los que blasfeman del Señor en nuestra presencia. Sin embargo, Jesucristo nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos, de forma que una vía para mostrar ese amor consiste en la predicación del evangelio a esos odiadores de Dios.

    Por amor les decimos que crean al Señor y se arrepientan de su mal camino; hacemos bien a todos, como fruto de nuestra gracia. Pablo nos recomienda que siempre que tengamos oportunidad hagamos bien a todos, en especial a los de la familia de la fe (Gálatas 6:10). En otra carta, el apóstol da un consejo oportuno para nuestro tiempo: Quítense de vosotros toda amargura, y enojo, e ira, y gritos y maledicencia y toda malicia. Más bien, sed benignos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo (Efesios 4:32). Pedro nos manda a ser compasivos y de un mismo sentir, misericordiosos y amigables, sin devolver mal por mal, ni maldición por maldición (1 de Pedro 3:8). Si nos vestimos de caridad, la paz de Dios nos gobierna en el corazón (Colosenses 3:14).

    No será nuestro amor por los enemigos lo que los hará volver de su mal camino, ya que si Dios no opera en ellos el arrepentimiento para perdón de pecados perecerán. Solamente los que son enseñados por Dios, después de haber aprendido, irán a Cristo (Juan 6:45). Cuando Pablo declara el evangelio, la primera doctrina que expuso fue que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3). Esas Escrituras son múltiples, pero conviene recordar algunas: (Mateo 1:21; Juan 6:37; 6:44; 6:65; Efesios 1:1-11; Juan 17:9; 1 Pedro 2:8; Romanos 9: 11-18, etc.).

    Jesucristo-hombre- Mediador fue quien dijo que todo había sido cumplido (Consumado es), es decir, tenemos perdón total de nuestros pecados, justicia conferida de su parte, fuimos declarados hijos de Dios, herederos junto con Jesucristo, somos su pueblo, el linaje de su rescate (Isaías 53). Este evangelio choca de frente con el antievangelio de la redención universal generalizada, el anatema que predica el falso maestro. Cristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino que ofreció su vida en rescate por muchos: esos muchos son su pueblo, el linaje escogido del Padre desde la eternidad. Ellos son llamados las ovejas del Señor, unas estamos en el redil, otras andan perdidas, pero a todas ellas llevará en su rescate.

    Los cabritos son dejados por fuera y a ellos se les dirá que se aparten al lago de fuego, que el Señor nunca los conoció (nunca tuvo comunión o amor con ellos). Ese es el verdadero evangelio de las Escrituras, pero la gente religiosa pervierte su contenido para fabricarse un Dios a su medida, más ajustado a su mímesis (interpretación de lo que percibe). De esa manera quedan contentos sirviendo a un dios a su imagen y semejanza, salpicado de textos bíblicos y apoyado por la mayoría bajo el alegato falaz del argumento de cantidad. Jesucristo no representó a Judas en el madero, ni al Faraón, ni a Caín, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él dio su vida por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras.

    En esto demostramos amor para con las personas, diciéndoles la verdad respecto a lo que la Biblia ordena, anunciar todo el consejo de Dios. Los que no aceptan este evangelio no lo pueden aceptar porque no son llamados; entonces algunos dirán: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Si alguien no fue amado por el Padre desde la eternidad, ¿qué culpa tiene de actuar con odio contra ese Dios que nunca lo amó? Todas estas interrogantes ya fueron planteadas en las Escrituras, en la defensa de Esaú. Sin embargo, ante estas inquietudes la Biblia responde que Dios no es injusto en ninguna medida, sino que es soberano y el hombre apenas una criatura comparable a un vaso de barro creado por su alfarero.

    Esta soberanía divina conduce a la oveja a la humillación última para aceptar que todo viene de Dios. Los soberbios no pueden digerir este alimento y por eso continúan odiando a Dios, aunque tengan que hacerlo con disimulo: distorsionando la Escritura e interpretándola privadamente. Ellos buscan textos aislados de sus contextos como pretexto de interpretación. La Biblia sigue abundando en pasajes que demuestran que no siempre que la palabra MUNDO aparece en sus líneas debe entenderse como si fuese cada persona del planeta. Por ejemplo: los fariseos se maravillaron de la influencia de Jesucristo en la muchedumbre, por lo cual exclamaron: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). De la misma forma hemos de entender el texto de Juan 3:16, cuando Jesús le hablaba con Nicodemo, un maestro de la ley que creía que solamente los judíos eran el pueblo de Dios. Por eso el Señor le mencionó la palabra MUNDO para que comprendiera que el amor del Padre no iba tan solo al mundo o universo judío sino también se extendía al resto de la humanidad, las gentes o gentiles que eran para los judíos los del mundo.

    Juan, en una de sus cartas, nos dice que el mundo entero está bajo el maligno. De inmediato dice que sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna (1 Juan 5:19-20). Es decir, pese a que estamos en el mundo, nosotros no estamos bajo el maligno, si bien ha dicho que el mundo entero está bajo su égida. Así que conviene siempre mirar los contextos de las palabras para ver su sentido último. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero eso no implica que no haya muerto gente en sus pecados; entonces, esa expresión de Juan el Bautista tiene un sentido referido al contexto de los que el Señor perdonó y representó en el madero.

    Dentro de los que odian a Dios se encuentran los enmascarados, los que predican el evangelio con pequeñas desviaciones doctrinales que hacen más apetecibles y aceptables los propósitos de un Dios benévolo que aspira a ser amado por un mundo libre de su influencia. Sí, suena paradójico, pero estos predicadores que odian a Dios asumen que el Señor hizo libre a cada individuo del planeta y los redimió a todos en forma potencial, pero espera que cada quien actúe de buena voluntad y se acerque a Él para aceptar esa oferta. Los que así piensan y predican no saben qué hacer con aquellos que murieron sin haber escuchado jamás tal oferta de redención. Esos son ministros de Satanás enmascarados como ministros de justicia (2 Corintios 11:12-15): Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL MUNDO ANDA ASÍ

    Quizás algunos se pregunten sobre la razón de por qué el mundo anda como lo vemos, de mal en peor y con mucha calamidad. Tal vez hay quienes piensen que existe una lucha entre el bien y el mal, donde este último a veces vence. Pero ese maniqueísmo no va bien con las Escrituras que nos cuentan acerca del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. En realidad, la Biblia dice que no hay quien detenga la mano de Dios ni quien le diga ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). El mundo tiene la vía ancha, los números de los muchos dejados atrás, pero la iglesia de Cristo contiene los escogidos del Señor.

    Son muchos los que caminan por el camino ancho, si bien somos pocos los del camino angosto. Estamos puestos en estrecho en muchos asuntos, pero seguimos al Salvador que nos redimió. La aflicción está en el mundo con sus espejismos, pero la paz de Cristo se muestra superior a la que brinda el mundo. Por supuesto, no nos equivoquemos con el mundo religioso que se parece a un mercado donde existen ofertas de gustos distintos. Son numerosos los miembros de la falsa iglesia, ellos arropan con números y con distinciones llamativas. Allí se practican los viejos dones especiales, como si estuvieran vivos, por lo cual vemos profetas que vaticinan el futuro, los que hablan lenguas y las interpretan, los sanadores de enfermedades subjetivas, los que se dejan sugestionar por sus pastores de mentira. Asimismo, existen nuevos apóstoles, personas a quienes supuestamente Cristo se les apareció. También hay soñadores y quienes aseguran saber el tiempo de la Segunda Venida del Señor. En esos lugares siniestros la doctrina de Cristo se opaca para evitar su denuncia.

    Justo parece recordar lo escrito en el Evangelio de Juan, Capítulo 6. Allí se narra cómo una multitud de alrededor de cinco mil personas seguían a Jesús, luego de haber acontecido el milagro de los panes y los peces. Muchos de ellos se iban por barca y por tierra para seguir al Maestro de los milagros; querían conocer más de sus palabras. Jesús los confrontó con su teología, la doctrina que vino a enseñar de parte del Padre. Ellos resultaron espantados porque no soportaron la dura palabra de oír. Se fueron tras sus murmuraciones y no les pareció justo lo que el Señor les dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44).

    Las multitudes no aceptan la doctrina del Hijo sino que desean su buena moral y sus virtudes, para buscar palabras de buena ventura. De esa manera aseguran que la Biblia les habla acerca de cómo hacer más dinero, de cómo llevar una vida próspera, tal como suponían aquellos que se alimentaron de los panes y los peces. Ellos seguían a Jesús porque habían comido de gratis, pero no tenían profundidad en su raíz de fe. El Señor conoce a los que son suyos, por lo cual también reconoce a los que no lo son. Por esa razón dirá en el día final: Apartaos de mí, nunca os conocí. Es decir, el Señor no tiene comunión íntima con los que no son suyos, con los que el Padre no le ha dado, con los que no fueron escogidos por el dador de toda dádiva y don perfecto.

    ¿Son pocos los que se salvan? -dijeron al Señor algunos de sus discípulos. El Señor les recomendó luchar para entrar por la puerta angosta, ya que muchos intentarán pero no lo lograrán. Agregó el Señor en otro contexto que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios (Lucas 18:27), ya que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo y no puede ser tenido por voluntad humana. El mensaje central del evangelio nos dice que hemos de arrepentirnos o pereceremos (Lucas 13:3). El cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros mismos es el arrepentimiento bíblico: Él es soberano absoluto, pero nosotros somos débiles, impotentes, criaturas bajo su mandato.

    Él es el Dios que hizo los cielos y la tierra bajo su voz, el que nos ha formado con algún propósito. Dice Romanos 9 que el Creador de la misma masa de barro hizo vasijas de honor y de deshonra, así que no depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia. Si no reconocemos su soberano poder y su derecho como Alfarero, no pretendamos tener amistad con el Todopoderoso, ya que no acepta nada de nuestra soberbia. Soberbia es pretender elegir, suponer que tenemos en nuestro poder la decisión de nuestra eternidad. Soberbia e ignorancia caminan de la mano, ya que por la falta de conocimiento perece mucha gente (Oseas 4:6). Los que suponen que el conocimiento no importa deberían leer con detenimiento el texto de Isaías 53:11 (Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos). En la ignorancia la gente pretende que si no hay libertad no puede haber culpa, pero ese axioma pertenece al terreno del derecho humano, nunca al derecho divino. Al contrario, de acuerdo a las Escrituras nosotros somos responsables no porque tengamos libertad de acción sino porque somos criaturas dependientes del Todopoderoso. Si tuviésemos libertad de parte del Creador no le deberíamos un juicio de rendición de cuentas (Hebreos 9:27).

    El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). El conocimiento que nos justifica viene como consecuencia de ese Espíritu y de su testimonio. Satanás nos tienta y hace que por medio de nuestra concupiscencia caigamos muchas veces; esto forma parte de la cotidianidad del creyente (Romanos 7), por causa de la naturaleza pecaminosa que todavía poseemos. Recordemos que Saulo de Tarso no tuvo remordimientos de conciencia por tener a sus pies las vestiduras de Esteban, cuando era apedreado. No obstante, cuando fue convertido en Pablo pudo escribir ese capítulo 7 de su carta a los romanos, donde leemos que se sentía miserable cuando hacía aquello que no quería y cuando dejaba de hacer lo que debía y quería hacer. Ese Pablo entristecido por su pecado daba gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor, el cual lo libraría de su cuerpo de muerte.

    Ese Espíritu como testigo ante nuestro espíritu viene a ser superior a todos, como para que no dudemos de su testimonio. Nunca nos engañará, se estableció en nosotros como la garantía de nuestra redención final; además, nos conduce a toda verdad, nos santifica (nos separa del mundo), nos anhela celosamente y se contrista en nosotros por nuestras rebeliones. Por ese Espíritu nos acercamos al Padre y clamamos Abba Padre, ya que nos fue concedido el tenerlo como nuestro Consolador. Él nos ayuda en nuestra debilidad, intercede por nosotros con gemidos indecibles para ayudarnos a pedir como conviene en nuestras oraciones.

    El mundo anda así, como lo vemos, porque tiene el espíritu del padre de la mentira, del príncipe que lo gobierna. Nosotros, en cambio, poseemos el espíritu de victoria porque estamos en Cristo. Simplemente que no pertenecemos al mundo sino que estamos dentro de él como viajeros hacia una patria mucho mejor que aquella en la cual habitamos.

    César Paredes

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  • EL MUNDO COMO REFERENCIA

    Con la entrada del cristianismo en la historia humana, el mundo se dibuja como la contraparte de lo que significa la divinidad. En la época del Antiguo Testamento Dios se había manifestado de diversas formas, pero de manera exclusiva con la revelación a sus profetas. Estos escritores bíblicos estuvieron centrados en el Israel como nación, ese pueblo escogido para ser abanderado con el conocimiento del Altísimo. La tendencia humana condujo a aquella nación al engreimiento, creyéndose los únicos escogidos del planeta.

    Con la llegada del Mesías prometido, Israel lo rechazó. La interpretación de Cristo ante el maestro de la ley llamado Nicodemo, nos abrió la perspectiva a nosotros los del mundo gentil. Ahora acontecía endurecimiento en parte para con Israel, a fin de que nosotros (las demás gentes del planeta) fuésemos injertados en el tronco del olivo. Esa metáfora de Pablo nos alivia, al mismo tiempo nos advierte que no seamos engreídos y que no subestimemos a las ramas desgajadas. Pablo nos dice que ha acontecido endurecimiento en parte para con Israel, pero que esa gente sigue siendo amada por causa de los padres.

    Es decir, no debemos ser duros contra Israel, no debemos ensoberbecernos. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que aquellos que niegan a Cristo son declarados como anatemas. En otros términos, Dios se encarga de amar a Israel y nosotros debemos bendecir a ese pueblo, pero Dios se encarga de castigar a ese Israel endurecido. No nos toca a nosotros darles el castigo que Dios haya querido darles, sino que nos compete desearles bendición. Al mismo tiempo, como creyentes en Cristo, sabemos que no existe una bendición mejor que desearles que acepten o reciban al Señor Jesucristo. He allí la tensión que vemos al bendecir a Israel.

    Con todo lo dicho, tanto a aquel Israel espiritual del Antiguo Testamento como a nosotros los creyentes en Cristo, que en alguna medida también hemos sido llamados el Israel de Dios, nos ha competido diferenciarnos del mundo. El mundo como referencia nos deja una huella duradera, la del pecado como impronta de la caída del hombre. Son muchas sus atracciones que se nos meten por los ojos, que nos toca en la vanidad de la vida, dado que la ley del pecado nos gobierna, como lo asegura Pablo en Romanos 7. En tal sentido, se nos ha conminado a matar las obras de la carne, a santificarnos -que no es otra cosa que separarnos del mundo. Cristo oró por nosotros diciéndole al Padre que no nos quitara del mundo sino que nos guardara del mal.

    Seguimos sumergidos en la cultura que nos engloba, en los denominadores comunes que la historia humana ha trazado como si fuese parte de nuestro ADN. El segundo Adán también tiene su ADN, por lo cual la lucha nos gobierna como si sufriéramos un conflicto genético. La competitividad entre los dos ADN nos confunde a ratos, oramos bajo una mezcla de deseos, muchas veces sin saber pedir lo que convierte. El Espíritu Santo traduce nuestros sentimientos pero nos ayuda a que las peticiones salgan conforme a lo que Él considera justo para nosotros. Todo aquello que glorifique al Padre se entiende como sano y virtuoso, por esa razón somos invitados a pensar en todo lo que es justo, lo digno de alabanza, lo que tenga virtud alguna.

    Los medios audiovisuales con sus redes sociales parecen ser el motivo bajo el cual somos impulsados a existir. Jamás la historia ha descrito una generación tan egocéntrica, donde la gente hace intentos de alcanzar la mejor fotografía para publicarla, a la espera de los likes que puedan darle. Por supuesto que esas acciones obedecen al mundo como referencia, también a la promesa de Satanás de que seríamos como dioses. En las iglesias o templos cristianos se observa una escenografía similar a la de los templos de Satanás. Pareciera que estuviésemos en un Rock Café, frente a guitarras eléctricas, micrófonos con cornetas de altos decibeles, baterías ruidosas y cantores de alabanzas alambicados al mejor estilo de las bandas que intentan copiar. Pareciera que vivimos bajo el fuego extraño de la alabanza que no agrada al Todopoderoso.

    Pero existe una repetición automática, una copia de todo lo que sucede afuera, en los perdidos mundanos. Sin embargo, pareciera por igual que la cristiandad no se ha dado cuenta de que las paredes de sus templos son una extensión de la carpa que contiene el mundo. Lo único que pudiera salvar a la gente de tal estupidez es la palabra divina. Volver al texto legítimo, sin el embrujamiento de la palabra fosilizada manchada de religión. Algo parecido sucedió en la época de la Reforma Protestante, los creyentes volvieron a los originales, se vertió la Biblia a sus lenguas vernáculas, se enfatizó en la vida bajo la ley y el testimonio. Ciertamente, la Reforma no fue perfecta pero ayudó a la historia a corregirse en muchos sentidos, en especial en cuanto a la interpretación o hermenéutica.

    La paradoja de la comunicación nos entrampó, ya que hoy se ha saltado de la exégesis hacia la eiségesis, donde lo primario consiste en dar una interpretación privada a lo que la Biblia ha dado a conocer como público. Pareciera que vamos caminando en consonancia con las proposiciones mundanas tanto en el plano ético como en la praxis religiosa. Ahora tiene cabida la bendición homosexual, el oficio religioso ecuménico, la unión de la humanidad bajo el talante de no importa la doctrina si nos unimos bajo el amor.

    Nos urge amar la ley de Dios, meditarla todo el día, como hacía el salmista. Ese salmista que también tuvo tiempo de gobernar una nación, de salir a la guerra contra los enemigos, de construir un hogar como cualquier otro ser humano. La meditación en el Señor en forma total no nos exime de hacer nuestros trabajos diarios, como lo haría cualquier otro mortal. La Biblia nos incita a reconocer a Dios en todos nuestros caminos, dado que en Él vivimos, nos movemos y somos. Nos dice por igual que nada acontece sin su consentimiento y voluntad, que Él es el autor de todo lo que nos pasa.

    En el libro de Job encontramos la ilustración sobre Satanás, el Acusador de los hermanos, el tentador por excelencia. Pero allí se nos muestra que Dios lo dirige y lo controla, de manera que hemos de abrir los ojos del entendimiento para comprender con Jeremías que no podemos decir que sucedió algo que el Señor no mandó. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo; Él es quien da la vida y la quita, quien hace el bien y crea el mal. Otro profeta se pregunta: ¿Quién puede huir de su voluntad? Su alma deseó e hizo. Todo lo que quiso ha hecho Jehová, el mismo que tiene en sus manos al corazón del rey para inclinarlo a todo lo que Él quiere.

    La presencia del Dios soberano en nuestras vidas hará que nos sacudamos del mundo por un buen rato. Permitirá la comprensión de lo que acontece en el planeta, nos inducirá a pensar que las señales del fin se muestran al unísono. De esta forma confiaremos más en sus predicciones, en toda su palabra que no fallará jamás. Estemos atentos a lo que dicen esas hermosas líneas de las Escrituras, ya que ellas dan testimonio del Hacedor de todo cuanto acontece. En las páginas de la Biblia está escrito cómo hemos de vivir todos aquellos que decimos amar al Señor que nos ha salvado de la ira venidera que caerá sobre los que moran en la tierra. La salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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