Categoría: OBRAS

  • ESFUERZOS PERSONALES

    Reconozcamos la inhabilidad del hombre para obtener salvación, sin que importe la cantidad de esfuerzo personal que procure. El propósito de Dios para su pueblo consiste en rescatar al ser humano de su culpa y de su esclavitud al pecado. Jesús es la vid y nosotros los pámpanos, por lo tanto llevaremos mucho fruto; separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5). Por esa razón, nuestras acciones y esfuerzos (renunciación al mundo y dedicación a Dios) no garantizan la aceptación divina. Urge algo más que la tarea personal, lo que ha sido dado en la Escritura.

    Jesucristo vino como el Mediador entre Dios y los hombres (la verdadera vid). Nadie cumplió la ley en su totalidad, por lo tanto nadie fue justificado por medio de la ley. Aquellas personas que comprendieron que sus sacrificios se hacían como sombra de lo que había de venir, cubrieron sus pecados con justicia. Los que se dedicaron al ritual ordenado por la ley, sin mirar en lo que apuntaba, quedaron fuera de toda justicia. Nosotros nos apoyamos en el sacrificio de Cristo por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo cual gozamos de la gracia. Esa gracia es la misma de la cual gozó Moisés, de la que gozaron Elías y Eliseo, Josué, Ezequiel, Daniel, Jeremías, Isaías y muchas otras personas.

    Jesucristo vino a morir por su pueblo, a entregar su vida por las ovejas y no por las cabras. De hecho no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9) sino por el mundo amado por su Padre (Juan 3:16; Juan 17:20). En ese sentido podemos decir con Pablo que hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe; que esta salvación, gracia y fe no depende de nosotros sino que nos vino como regalo de Dios. En síntesis, esas tres maravillas (la salvación, la gracia y la fe) no pueden jamás ser o parecer un resultado de obras nuestras, no vaya a ser que alguien se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Pero esa salvación no nos puede conducir a lo que se ha conocido como el antinomianismo (contra la ley), como si los preceptos bíblicos nos parecieran irrelevantes para nosotros. De hecho Cristo no vino a abolir la ley sino a cumplirla. Los que practican las obras de la carne no heredarán el reino de los cielos; los mentirosos, los adúlteros y hechiceros, y un gran etcétera de malhechores, irán al fuego del infierno. Entonces no podemos decir que el antinomianismo nos viene de regalo divino por causa de la gracia conferida. No podemos descuidarnos con el pecado, más bien hemos de procurar matar las obras de la carne.

    Las consecuencias del pecado son pavorosas, pero la ira de Dios contra la injusticia se ve más terrible. Incluso se ha escrito que los hijos de desobediencia reciben esa ira, que el Señor a quien ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. ¿Vamos entonces a entregarnos al relajo moral por causa de asumir el antinomianismo? En ninguna manera, sin apegarnos a la letra de la ley (lo cual sería legalismo indebido) tenemos que procurar su espíritu y aferrarnos al mandato de Jesucristo. Él dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos.

    El Espíritu Santo opera en nosotros la regeneración, la justificación y la santificación. La justificación implica la aceptación de Dios hacia nosotros, la ruptura de la enemistad, pero la santificación trabaja en la separación del mundo y sus deseos. Pablo escribió acerca de los injustos que no heredarán el reino de Dios, para lo cual hace una breve enumeración de ellos: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10). Esos no son todos, porque en otra carta refiere a los que practican las obras de la carne y surgen otras categorías de pecadores, a los cuales se les agrega un gran etcétera bajo la expresión: y cosas semejantes a éstas.

    El trabajo del Espíritu Santo en la regeneración conduce al abandono de la práctica del pecado, a la conciencia de lo horrible de la infracción ante el Creador. Dios no hace acepción de personas, así que se cumple lo que dijo Jesucristo: No vine a buscar sanos sino enfermos. Es decir, Pablo continúa en la carta antes mencionada diciéndonos que bajo esa lista del oprobio estuvieron algunos de los nuevos creyentes. Y eso erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11).

    Una maravilla resulta la conversión, la transformación operada en el nuevo nacimiento que hace el Espíritu Santo en los elegidos del Padre, una vez que oyen el llamamiento eficaz. Esa actividad exclusivamente divina nos demuestra la muerte espiritual de Adán y de sus herederos; como ya se ha dicho en la Escritura, en Adán todos mueren, pero en Cristo todos viven. ¿Y quiénes viven si el infierno recibe a diario a mucha gente? Viven aquellos que él representó en la cruz (su pueblo), los elegidos del Padre por el puro beneplácito de su voluntad (Efesios 1:11), las ovejas del buen pastor (Juan 10:26; 1-5).

    Los legalistas intentan operar el nuevo nacimiento por su propia cuenta, con el énfasis religioso y con la imitación a los verdaderos creyentes. Asumen códigos morales que provocarían la mirada de Dios, pero nada de eso acontece. No por obras, para que nadie se gloríe, grita la Biblia a voces. Los frutos vienen como consecuencia de estar arraigados en la vid verdadera. El fruto del corazón se demuestra por la confesión hecha en la boca del árbol bueno (o del árbol malo que dará un fruto malo). El verdadero evangelio que proviene de la doctrina de Jesucristo, se muestra como el fruto inequívoco del creyente nacido de nuevo. Jamás confesará un falso evangelio que pertenece al extraño (Juan 10:1-5).

    Cristo devino en sabiduría de Dios para nosotros, en la justicia, santificación y redención, como para que nos jactemos solamente en el Señor (1 Corintios 1:30-31). Busquemos la sabiduría de Dios, no la humana de la que el mundo se jacta. El principio de la sabiduría es el temor al Señor, reconozcamos que la salvación pertenece a Jehová. Inclinémonos con humildad ante su trono excelso y supliquemos su misericordia que no se agota. Cercano está el Señor a los quebrantados de espíritu, no dejará para siempre caído al justo. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios; si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

    En la medida en que el individuo examina el Evangelio de la Biblia reconocerá su diferencia con las innumerables imitaciones propuestas por los maestros de mentiras. Hemos de reconocernos incapaces como seres humanos caídos, para poder acercarnos a Dios, a no ser que el Espíritu Santo opere en nosotros el nacimiento de lo alto. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía; todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá a él y no será echado fuera. Los que predican algo contrario a este evangelio, caminan por un sendero que parece de bien pero cuyo final es de muerte.

    César Paredes

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  • RESPONSABILIDAD HUMANA

    Jehová, el Dios de los hebreos, ha dicho: Yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). El Faraón tuvo que escuchar a Moisés con esa advertencia, pero por igual el Faraón siguió siendo responsable por no dejar ir al pueblo de Israel. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad humana, al contrario, la hace necesaria. El Todopoderoso del cual todo depende obliga a que el hombre le rinda un juicio de cuentas. La criatura tan ínfima suele infatuarse ante el Creador, como si en realidad se hubiese convertido en un dios.

    Jehová también despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que cumpliera Su palabra dicha por boca de Jeremías (2 Crónicas 36:22). A pesar de que el corazón del rey está en las manos de Jehová, no puede dejar de responder por sus actos. Dios muestra misericordia a quien quiere mostrarla, pero el ser humano solo puede recibirla si se la da. En ocasiones, los malignos operan iniquidad contra los justos, pero Dios tiene la intención de que ese supuesto mal se convierta en bien. En realidad, a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Y de nuevo, aunque Jehová le dijo a Moisés desde un principio que endurecería el corazón del Faraón para que no dejara ir a su pueblo, el mandatario egipcio pagó con creces su maldad (Éxodo 4:21). Y Jehová endureció el corazón del Faraón, y el Faraón no escuchó a Moisés como Jehová se lo había dicho (Éxodo 9:12). La Biblia nos cuenta cosas que se callan en los púlpitos, como que Jehová ordenara que no se escuchara el consejo de Ahitofel para enviarle el mal que Jehová deseaba sobre Absalón (2 Samuel 17:14).

    En ocasiones padecemos por la maldad de los que nos rodean. A veces rompen nuestros corazones con las artimañas del diablo, hasta que llegamos a suponer que nos sucede la maldad por causa de nuestros pecados. Asaf tuvo un problema con el asunto del mal, al ver la prosperidad de los impíos que no tenían congojas por su muerte como los demás mortales. Al entrar en la presencia de Dios (el santuario de Dios) comprendió el fin de ellos: Dios los había colocado en resbaladeros para que cayeran a la ruina (Salmo 73:17-18). Pero esos malvados que serían despreciados por Jehová fueron responsables por la maldad causada.

    Conocemos la historia del rey de Asiria, báculo en las manos de Jehová para hacer tareas destructivas. Después de alcanzar lo planeado, Jehová castigó la soberbia de ese rey que pretendía hacer aquello por sí mismo. La ira de Jehová contra Judá y Jerusalén hizo que Sedequías se rebelara contra el rey de Babilonia, para sufrir después un sitio y un ataque que destruyó a muchos. Entre ellos a Sedequías, cautivo hacia Babilonia una vez que le sacaron los ojos y lo ataron con grillos, hasta que muriera en la cárcel (Jeremías 52:3-11).

    Ese rey Sedequías había hecho lo malo delante de Jehová, pero el pueblo también pagó porque al parecer nadie se rebeló contra los actos de profanación del rey. Jehová habla a través del profeta Habacuc, diciéndole que Él levantaría a los caldeos, nación cruel y presurosa…cuyos caballos serán más ligeros que leopardos, más feroces que lobos nocturnos…Luego (esa nación) pasará como el huracán, y ofenderá atribuyendo su fuerza a su dios (Habacuc 1:6-11).

    El texto anterior exhibe lo que Dios hace desde antes de que acontezca, planifica lo que habrá de venir sin importar si es obra buena o mala. En este caso, la nación caldea, absolutamente pagana, sería invocada por Jehová para castigar a parte de su pueblo. Esto fue planificado, incluso el hecho de que ofendiera a Jehová atribuyendo la fuerza caldea al dios de los caldeos. Visto el panorama bíblico, ¿quién todavía se atreve a invocar el libre albedrío como eje guía de la voluntad humana? Eso no es más que un mito religioso, una elaboración emanada del pozo del abismo, obra de Satanás para ensalzar al hombre caído, la promesa hecha por la serpiente antigua en el Edén cuando le dijo a la mujer que los hombres serían como dioses.

    La crucifixión y muerte de Jesucristo se hizo bajo la autoridad divina. Cristo le dijo a Pilato que él no tendría ninguna autoridad para crucificarlo, si no le fuese dada de arriba. Ah, pero Jesús agregó algo sobre la responsabilidad: Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene (Juan 19:10-11). Muchos pecados fueron cometidos contra el Cristo, en especial el día de su entrega y crucifixión, pero todos ellos fueron planificados por Jehová, de acuerdo a lo que leemos a través de las profecías del Antiguo Testamento. ¿Fue responsable Judas Iscariote de haber sido escogido como diablo? ¿Fue su traición perdonada porque ella había sido predestinada? En ninguna manera, cada quien pagará por su pecado.

    Para los creyentes Cristo es precioso, pero para los que no creen ha venido a ser una piedra de tropiezo, una roca que hace caer. Estos tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron destinados también (1 Pedro 2:7-8). Tropezar en la palabra puede ser tenido como poner en duda algunas partes esenciales del Evangelio, tener por general lo que es particular en materia de expiación; de igual forma, suprimir alguna de las personas de la Trinidad, basado en razones carnales que impiden comprender lo que ha sido revelado, es también tropezar. Algunos objetan la deidad de Cristo, otros rechazan el infierno de fuego, inclinándose a la aniquilación final como prueba del amor de Dios. Hay quienes sostienen que cuando Dios odia en realidad ama menos, porque Él es amor; otros dicen que la predestinación existe porque Dios miró en el túnel del tiempo y supo quiénes eran los que iban a creer.

    Vemos que existen incontables formas de tropezar en aquella roca que es Cristo. Están los que siendo religiosos no comprenden o conocen al siervo justo que justifica a muchos, los que siendo celosos de Dios ignoran el significado de la justicia de Dios, con la consecuencia de colocar la suya propia (Romanos 10:1-4). En síntesis, a todos los que se rebelan a la palabra siendo desobedientes a ella, la palabra misma (Cristo el Logos) caerá como una roca sobre ellos. ¿Son responsables al torcer la palabra para su propia perdición? Por supuesto que lo son, así lo declara la Biblia. Incluso, por el hecho de ser Dios soberano en forma absoluta se presupone por necesidad la responsabilidad absoluta de la criatura humana ante su Creador. ¿Adónde huiré de tu presencia? (Salmo 139:7). Esa soberanía mencionada se contempla en el texto citado de Pedro, cuando leemos: siendo desobedientes, a lo cual fueron también destinados.

    Dios ha escogido y preordenado a algunos para creer en Cristo, a quienes el Señor les da la fe debida como regalo, a los cuales representó en la cruz cuando expiaba sus pecados; pero también ha ordenado a otros para que sean testigos de su ira por los siglos de los siglos, en un fuego que no se extingue, por causa de su infidelidad y desobediencia a la palabra de Cristo. Ambos grupos deben obediencia al Señor, ninguno de ellos goza del mítico libre albedrío, concepción tomada del paganismo religioso. En lugar de libre albedrío lo que tenemos es la tarea de ser responsables, más allá de que podamos o no cumplir con ese cometido.

    Nosotros, como generación escogida, pueblo de Dios en el sentido espiritual, hemos sido llamados por la misericordia divina, por medio de la semilla incorruptible de la palabra, somos llamados pueblo adquirido por Dios. Se nos llama real sacerdocio, nación santa, con el fin de anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. A nosotros se nos pide que nos abstengamos de los deseos carnales que batallan contra el alma (1 Pedro 2:11). ¿Es mucho pedir? ¿No tenemos la mente de Cristo, el Espíritu Santo en nosotros, el conocimiento de la palabra de Dios? Aunque hayamos sido vendidos al pecado, aunque la ley del pecado inunde nuestros miembros, hemos de dar gracias a Dios por Jesucristo porque seremos liberados de este cuerpo de muerte (Romanos 7).

    Tenemos la responsabilidad de huir de las pasiones juveniles, de resistir al diablo hasta que huya de nosotros, pero debemos huir de la tentación. Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del mundo (1 Juan 2:16). El mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. La vanagloria de la vida puede ser vista como el orgullo de la vida, la ambición de poseer honor, de hacerse un nombre como Nimrod, como los constructores de la vieja Torre de Babel. Lo mismo hicieron los escribas y fariseos, los denominados doctores de la ley, de igual manera procuran los que anhelan vivir en palacios, en casas de lujo, en la gula de una rica dieta, en edificios suntuosos. Conviene hacer un ejercicio escrito para colocar la extensa gama de variables que encierra esa sola frase: la vanagloria (el orgullo) de la vida.

    El vocablo griego usado por Juan para vanagloria es ἀλαζονεία (alazonéia), que significa falsa pretensión o impostura. Es la jactancia, el orgullo, la autoconfianza que desdeña a Dios como soporte. Esa impostura no viene del Padre Celestial sino del mundo, de sus hombres, de la carnalidad con que se vive a diario. Nada de lo que el mundo ofrece vale la pena adquirirlo, es la antítesis de lo que proviene de arriba. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Antes de la caída viene la altivez.

    César Paredes

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  • SERVIR A DIOS

    Dios colocará su mirada en los fieles de la tierra, el que ande en el camino de la perfección me servirá (Salmo 101:6). Una tarea fuerte tenemos los creyentes, intentar ser perfectos como nuestro Padre; no obstante, no puede conducirnos ese mandato a la neurosis. Ya Pablo lo aseguró de sí mismo, que el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía. Pero el apóstol continuó adelante con su ministerio, llevando la palabra adondequiera que el Señor lo conducía. La prostituta que trajeron ante Jesús para que la juzgara, resultó absuelta, perdonada y restaurada. Solamente se le dijo que no pecara más (como lo venía haciendo).

    Hay gente que le encanta ver humillados a los que pecan, como que no les bastara que el Señor hubiera perdonado a aquellos que caen, se arrepienten e intentan alejarse del pecado. No, algunos desean verlos sometidos al escarnio eclesiástico, en medio de la congregación, para después tener suspicacia y vigilar los movimientos del infortunado que fue embestido por el diablo. Cuando esas personas que condenan cometen errores prefieren el anonimato, piden oración por ellos para salir del problema, pero no se colocan en el escenario público de la iglesia para confesar lo horrendo de sus pensamientos y demás fechorías. Les encanta, sin embargo, que otros lo hagan para sentirse dichosos de no estar en el podio de los acusados.

    Eso no puede ser tenido como amor, por lo cual se rompe el mandato dado por Jesús en Juan 13:34: Un nuevo mandamiento les he dado, que se amen unos a otros. Tampoco puede ser amor el rechazar la doctrina de Cristo por el solo hecho de que quien la cree también comete errores. Pecar es errar el blanco, equivocarse, desobedecer a Dios. Jesús nos enseñó la doctrina del Padre, cosa que atormentó a muchos de sus discípulos que se retiraron haciendo murmuraciones. Dura palabra de oír, dijeron, por lo que se retiraron para buscar una palabra más blanda. De seguro la encontraron, ya que siempre aparece alguien que se entregue a las fábulas y al sosiego de las masas. Como dice la Escritura: Se volverán a las fábulas.

    A Pablo también lo acusaron injustamente, con el argumento de que predicaba hacer males (pecar) para que vinieran bienes (la gracia). Si miramos la doctrina de Cristo nos daremos cuenta de que su oración modelo nos enseña a pedir al Padre que no nos meta en tentación. Ya sabemos que Dios no tienta a nadie, pero sí que nos puede meter en la tentación (para eso tiene agentes que le sirven). Dirás que esto no tiene sentido, como tampoco tiene sentido que después inculpe de pecado a quien no puede resistirse a la voluntad de Dios.

    La Escritura resolvió esa inquietud y enfatizó en que la criatura no es más que barro en manos del alfarero, de manera que no conviene altercar con Dios. Indudable resulta que la vida inmoral habla mal del que pasa como cristiano, así que somos llamados a la mayor pureza posible. El camino de la santidad tenemos que recorrer, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Si caminamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. Esas palabras de Juan en su Primera Carta (1:7) sirven de motivación para cada creyente. Pero hay quienes aseguran que andan en la luz (porque no cometen pecados públicos muy costosos socialmente), aunque odian a sus hermanos. Esos no andan en luz sino en tinieblas, por más que digan lo contrario (1 Juan 2:9). Surge la necesidad de conocer quién es mi hermano, porque muchos falsos profetas, maestros de mentiras, cizañas en medio del trigo, aparecen a diario entre nosotros. Los que no viven en la doctrina de Cristo andan en la transgresión y no pueden ser considerados hermanos (2 Juan 1:9-11). Todos transgredimos la ley de Dios a diario, en la medida en que continuamos pecando. Acá Juan lo aclara de seguida, habla de la transgresión pero también de no vivir en la doctrina de Cristo. Dios tiene un estándar para que vivamos y ese nivel no se refiere solamente a la ética sino al fundamento de nuestra fe que es Cristo. Pero Cristo no viene solo como Dios-hombre, sino que trajo un cuerpo de enseñanzas que el Padre le dio. Así lo expresó en Juan 7:16, por lo que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que este es un rasero para juzgar.

    Si alguien abraza esa doctrina de Cristo y la profesa, pero después se aparta, se convierte en un transgresor. ¿Es que la salvación se ha perdido? De acuerdo a lo que Jesús dijo en Juan 10:1-5, que también forma parte de su doctrina, el que lo sigue no se vuelve jamás tras el extraño. Se deduce que quien lo sigue y se vuelve atrás nunca ha sido enviado por Dios Padre hacia el Hijo (Juan 6:45), por lo tanto fue un aventurero que degustó los bienes de la gloria venidera pero no mostró raíz profunda. No ha perdido la salvación porque nunca la ha tenido.

    Los argumentos de los falsos maestros no convencerán a los que viven en la doctrina de Cristo. Tampoco los hará desviar la persecución, las trampas del enemigo, ni sus propios pecados (porque siete veces caerá el justo y siete veces Jehová lo levantará). Aquellos que desprecian la doctrina del Señor, al adulterarla para volverla más suave de tragar, los que siempre argumentan con preguntas constantes acerca de tal o cual texto que les parece que enseña algo contra la doctrina del Señor, no son dignos de decirles bienvenidos en nuestras casas (2 Juan 1:10).

    Decirles bienvenidos implica atraer una trampa por medio de la conversación, así que más vale que no tengamos que cruzar palabra con nadie para tener más tiempo para con el Señor. Se entiende que acá Juan habla de los que profesan ser creyentes y no lo son, de los que dicen ser cristianos porque confiesan un credo de memoria, cantan himnos agradables, leen la Biblia y memorizan sus textos, por lo cual confunden. Pero el mismo Juan nos recomendó también a probar los espíritus para ver si son de Dios. Jesús lo dijo: de la abundancia del corazón habla la boca, como signo de prueba del árbol bueno y del árbol malo. Esas personas que se dicen creyentes tienen un veneno debajo de su blanda lengua, no se pueden contener de picar como el alacrán sobre la rana.

    De esa manera los conocemos, de su abundante corazón que se pone de manifiesto a través de la palabra que profieren (sea oral, escrita o mímica). Pablo colocó un alto umbral, algo que no soportan los oídos de los réprobos: A Esaú odió Dios antes de que hiciera bien o mal, como para acabar de una vez con el tema de las obras sumadas a la gracia. Los objetores de la palabra de Dios de inmediato comienzan a citar textos de la Escritura que supuestamente están en contradicción con lo antes mencionado, demandando explicación de cada uno de ellos. Pero son oidores olvidadizos y a veces tenemos que hacer como el Señor ante Pilato: callar.

    La Biblia nos conmina a no hacer pacto con los habitantes (moradores) de la tierra (en aquel caso fue la prometida), de acuerdo a Éxodo 34:15. Nos dice que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos, ya que la justicia no tiene compañerismo con la injusticia. Tampoco la luz con las tinieblas tiene alguna relación, ni Cristo con Belial. Entonces, ¿qué parte tendrá el creyente con un incrédulo? Somos templos de Dios, así que cuidemos ese habitáculo del Señor para que more siempre en un atrio limpio. De esa manera podemos servir abierta y confiadamente a nuestro Señor, para testimonio ante todos.

    César Paredes

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  • OBRAS MUERTAS

    La obra muerta más célebre ha de ser ignorar el evangelio. Una persona puede parecer religiosa si vive metida en una iglesia, dedicando tiempo a la lectura de la Biblia y bajo el oficio de alguna actividad eclesiástica. Pero cuántos de ellos no hay que ignoran el evangelio de Cristo, a los que el Señor dirá en el día final: Nunca os conocí. La obra muerta apesta por su degradación natural, semeja al sepulcro blanqueado con lo que se comparaba a los viejos fariseos. Fruto para muerte da todo árbol malo, cuya naturaleza continúa todavía en enemistad contra Dios.

    Para que la obra se convierta en un buen fruto el corazón debe transformarse por medio de la regeneración del Espíritu de Dios. Lo primero que acontece en una persona que ha de creer es la regeneración de su mente (corazón), una operación que compete en exclusiva al Espíritu Santo. Ezequiel lo llama el trasplante de corazón, la sustitución del corazón de piedra por el de carne, con un espíritu sensible que ame el andar en los estatutos del Señor. El Deuteronomio lo señala como la circuncisión del corazón, concepto que el gran maestro de la ley Nicodemo desconocía cuando Jesús hablaba con él.

    Hablamos del nuevo nacimiento, la manifestación de la gracia divina sobre el pecador perdido, un acto de resurrección espiritual. El muerto en el espíritu pasa a vivir en espíritu, como si fuese una nueva creación. Ya no será más una persona depravada en forma total, sino que deja la esclavitud al pecado para servir a Dios. El Espíritu Santo resulta irresistible para la persona en quien opera la regeneración, sin que medie condiciones humanas de ningún tipo.

    Pablo describe esta nueva forma de vivir como el nuevo régimen del Espíritu, en contraposición con el viejo régimen de la letra (de la ley) (Romanos 7:6). Cuando la Biblia nos dice que hemos sido salvos por gracia, añade que no por obras, para que nadie se gloríe. Este punto resulta crucial para la identificación del creyente, ya que aquella persona que supone la posibilidad de añadir su propia obra al trabajo de Cristo resulta tan perdida como lo atestigua su obra muerta de la confesión incorrecta del evangelio. Si la persona posee un nuevo corazón, lo tiene para que conozca a Dios (Jeremías 24:7).

    Conocer a Dios implica saber lo que su Hijo hizo en la cruz, su trabajo terminado en forma absoluta. El Espíritu nos fue dado como garantía de la redención final, para llevarnos a toda verdad. El evangelio da gloria a Dios, así que mal puede el Espíritu conducir a una persona a creer y confesar un falso evangelio, ya que eso no glorifica a Dios. La obra muerta no la realiza el Espíritu sino el hombre caído y muerto en delitos y pecados. Pero el hombre religioso se llena de Biblia y versículos sueltos, para concatenar una teología humanista que le brinde esperanzas y lo presente ante el mundo como algo atractivo para las masas.

    La religión impropia hace que la Biblia diga lo contrario a su doctrina. Vemos a un Jesús sufriente, que clama por las almas del mundo para que levanten una mano y lo acepten. Se predica a un Jesús que hizo una expiación universal, donde su sangre no vale nada si la persona no acepta el sacrifico hecho en forma potencial por cada criatura humana. En ese falso evangelio la criatura tiene la última palabra, la sangre de Cristo no sirve en absoluto para aquellos por la que supuestamente fue derramada para salvación porque ahora yacen bajo condena. Ese evangelio intenta excusar a Dios del odio contra Esaú y contra cualquier réprobo en cuanto a fe, ya que Dios pasa a amar menos a unos que a otros, mientras Esaú se condenó por sus actos. En otras palabras, forzar la Escritura se hace para perdición de los que en esa obra muerta trabajan. La Biblia ha sido clara y simple cuando expresa que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, sin mediación de obras buenas o malas, antes de su concepción (Romanos 9:11).

    La regeneración precede a la conversión. Resulta natural este orden, ya que la criatura muerta en delitos y pecados, enemistada con Dios, incapaz de discernir las cosas del Espíritu de Dios, no puede poseer cualidad alguna (ni siquiera su voluntad muerta) para nacer de nuevo. La conversión, por lo tanto, sigue como primer fruto de la regeneración, porque por haber nacido de nuevo el individuo se arrepiente de sus obras muertas. El regenerado recibe el conocimiento por el Espíritu para que entienda el evangelio de Jesucristo, condicionado en forma exclusiva a su obra en el cruz. Ese creer conlleva a una primera obra viva del creyente: la confesión con su boca de lo que posee en su corazón, como buen árbol que produce siempre el buen fruto.

    Por lo antes dicho, se entiende que los que confiesan un falso evangelio no han sido regenerados por el Espíritu de Dios. Ellos son reformados por sus iglesias, por sus costumbres religiosas, por su austeridad en materia bíblica, pero son de los que aparentan ir a Jesucristo sin haber sido enseñados por Dios y sin haber aprendido de Él (Juan 6:45). Creer en un falso evangelio pasa por síntoma inequívoco de no haber sido regenerado por el Espíritu de Dios. Estos son los que por mediación de ateísmo o de su religiosidad producen obras muertas como fruto para muerte.

    Dios no tiene consejero, pero Él es nuestro Consejero: a través de la Escritura y por medio del Espíritu Santo que habita a cada creyente (los regenerados). A lo largo de nuestra existencia como creyentes, el Espíritu Santo nos conduce por la vida de Cristo, nos ayuda aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Al ser el Espíritu una de las Tres Personas se entiende su racionalidad. El Logos resulta una marca para el Trino Dios, porque toda doctrina de la Escritura pasa por la razón. Existe la falsamente llamada ciencia, la que nos acusa de irracionales por creer en Dios; pero Dios dijo que había trastocado la ciencia humana (al deshacer lo que es). En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por lo que agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Lo insensato de Dios es más sabio que lo sabio de los hombres. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte. Asimismo hizo con lo vil del mundo y lo menospreciado, lo que no es, para deshacer lo que es (1 Corintios 1:25-29).

    Y Dios hizo así las cosas a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por igual, daremos fruto de obra viva, mientras llegamos a ser más y más como Jesús. Fuimos adoptados como sus hijos, por medio de Jesucristo, por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. Tenemos en consecuencia: redención por su sangre, el perdón de pecados y las riquezas generales de toda su gracia (como coherederos). Ahora conocemos el misterio de su voluntad, de reunir todas las cosas en Cristo, habiéndonos predestinado de acuerdo a su beneplácito y voluntad suprema. Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, como una garantía de nuestra redención final.

    La Biblia abunda en textos que recurren al concepto de la soberanía de Dios. El Dios que hizo todas las cosas sin consultar al hombre, el Dios que hizo al malo para el día malo. Ese mismo Dios preparó a su Hijo como Cordero, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20) para beneficio de sus elegidos. Los que se resisten a esta doctrina, los que se avergüenzan de un Dios que odia al réprobo en cuanto a fe preparado para ira y vergüenza, caminan por el sendero del otro evangelio. Ese es el evangelio maldito que produce obra de muerte para muerte. El que ha nacido de nuevo, no puede confesar otro evangelio. Al creyente le ha sido mostrado para que sepa que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él (Deuteronomio 4:35).

    César Paredes

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