Categoría: ORACIÓN

  • DIOS NOS DARÁ CON CRISTO TODAS LAS COSAS

    Dios no escatimó a su Hijo, lo más preciado que existe, no tuvo ninguna objeción en darlo en sacrificio por amor a sus escogidos. Bajo esta premisa descansamos porque se puede deducir que quien da lo más dará lo menos. Es decir, cualquier cosa que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, si resulta para bien de sus escogidos, así como para gloria del Dios Trino, la tendremos sin falta. Nos asalta una interrogante respecto a las demás personas, a los que niegan la honra al Hijo. Suponemos que si ellos padecen entonces nosotros padeceremos.

    Como dijo Santiago: no tenéis porque no pedís (Santiago 4:2). A veces pedimos y no recibimos porque nuestras peticiones giran en torno a nuestros deleites: envidia, codicia, malas acciones. Cuando se nos niega lo pedido debemos mirar en las Escrituras las razones de la negativa. Se nos advierte a no amar el mundo pues ese amor implica enemistad contra Dios. El Espíritu que nos fue dado nos anhela celosamente, así que preparémonos en humildad para recibir una mayor gracia.

    Sabemos que nadie puede ir a Cristo a menos que el Padre lo lleve a la fuerza (Juan 6:44); por igual conocemos que el hombre natural no puede aceptar ni percibir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura (1 Corintios 2:14). Además, la Escritura advierte que incluso todo creyente estuvo muerto en delitos y pecados, al igual que lo está el resto de la humanidad irredenta (Efesios 2:1). En resumen, la muerte espiritual derivada de la caída de Adán (pues en Adán todos mueren) presupone la incapacidad de acudir al verdadero Dios por nuestra cuenta. Si Dios no nos da vida, la muerte continúa.

    El acto de nacer de nuevo se atribuye a la exclusividad del Espíritu Santo. Así que todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ha sido nacido de Dios. Dios abre los corazones de sus elegidos para que crean en el día de su poder, así como le abrió el corazón a Lidia para que respondiera ante el evangelio que se le anunciaba (Hechos 16:14). La fe que nos permite asir las promesas que vienen por gracia también nos ha sido dada (Efesios 2:8). La Biblia enfatiza que la redención no depende del que quiera ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quienes Él quiere tenerla. Asimismo, nos enseña que ese mismo Dios de misericordia endurece a quien Él quiere endurecer, como lo hizo con Esaú, aún antes de ser concebido y antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11-13). Así que tendremos todas las cosas que pidamos si Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Como está escrito en el libro de los Hechos, que habían creído tantos como fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Este evangelio de la absoluta soberanía de Dios no gusta a la mayoría de los autodenominados cristianos, mucho menos al resto del mundo. No agrada porque deja por fuera el esfuerzo humano, al apagar la ilusión del libre albedrío. Al hombre natural le cuesta aceptar que Dios gobierna todos nuestros actos, solamente admite que es la Naturaleza o el Universo como un todo quien hace que ocurra lo que acontece. Pero atribuirle al Dios de las Escrituras su rol protagónico resulta duro para el corazón de piedra acostumbrado a girar sobre su propio ego. Los ilusionistas religiosos de turno se ocupan de ofertar las palabras que placen a los que aman las fábulas. Como dice la Escritura: buscarán quien les predique conforme a sus propias concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, ya que no tienen sus oídos dispuestos para escuchar la sana doctrina (2 Timoteo 4:3-4).

    No hay corazón neutro que pueda por voluntad del individuo correr tras la fe salvadora. Muchos transitan los caminos religiosos, pero declaran con sus bocas lo que creen en sus corazones. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede un árbol malo dar un fruto bueno. ¿Cuál es ese buen fruto del que habla Jesucristo? La declaración del verdadero evangelio. Alguien podría confesar la doctrina del Hijo de Dios pero lo haría de puro labio si su corazón no ha sido transformado como aquel del cual habló el profeta Ezequiel. Solamente la acción transformadora del Espíritu Santo hace que el individuo vaya hacia Jesucristo en fe.

    El que ha sido transformado internamente por el Espíritu (bajo la acción del nuevo nacimiento) puede confesar la verdad doctrinal de Cristo que tiene en abundancia en su corazón. Pero el que simula se cansa y mostrará que no sostiene plenamente lo que dice como mal árbol que es. Los que aseveran que Cristo hizo su parte pero que cada quien tiene que disponer motu proprio de su buena voluntad para asumir el evangelio, descansan en la mentira del libre albedrío, de la salvación por obras, del supuesto de que el ser humano no murió en Adán sino que solamente enfermó.

    En el entendido de que Dios nos dio con Jesucristo la salvación, habiéndonos predestinado desde antes de la fundación del mundo, amistándose con nosotros cuando estuvimos muertos en delitos y pecados, ¿cómo no nos dará también junto con el Hijo todas las cosas? Hemos de descansar en esta verdad bíblica, llena de absoluta lógica. Pues si la salvación dependiera de nuestra habilidad para creer, ya no sería de pura gracia y vendría a ser como un salario ganado por nuestro trabajo. En ese caso tendríamos que seguir en un esfuerzo infinito para intentar lograr aquello que deseamos.

    Los creyentes no nos gloriamos en nuestras obras sino en Cristo, quien vino a ser para nosotros la sabiduría de Dios, la justicia, santificación y redención; por lo tanto, nos gloriamos solamente en Cristo (1 Corintios 1:30-31). Sabemos que la salvación es la obra de Dios desde el principio hasta el final: nos revivió cuando estábamos muertos, nos dio fe cuando carecíamos de ella, nos garantiza vida eterna por lo cual nos envió el Espíritu como arras de nuestra redención final.

    Pidamos confiadamente porque recibiremos copiosamente para dar la gloria a nuestro Dios. Al entrar en la cámara secreta, cerrada la puerta, clamamos a nuestro Padre que oye y ve en lo secreto; ese Padre nos recompensará en público. La acción de orar pudiera considerarse subjetiva, pero la respuesta pasa por la objetividad al ser pública y notoria. Dios responde en forma específica, pero también de manera abundante; seamos específicos al pedir, para que nuestra fe crezca y nuestra confianza nos haga sonreír.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL PROBLEMA DE LA ORACIÓN

    La Biblia nos dice que es necesario para aquella persona que se acerca a Dios, que crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). Urge saber que Dios existe, por medio de la prueba de la fe que nos ha sido dada; de lo contrario, si no conocemos a Dios no podemos invocarlo. La Divinidad comprende la Persona del Padre, la Persona del Hijo y la Persona del Espíritu Santo; los que niegan tal identidad divina no pueden acercarse al verdadero Dios. Por igual sabemos que los que niegan la doctrina de Cristo, su propósito en venir a morir por los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras, tampoco pueden tener acceso al Trono de Dios.

    Hemos de creer que Dios existe y que al mismo tiempo premia a quien a Él se acerca. Aclarada la premisa de su existencia, pasamos al segundo punto, el de la recompensa. Es decir, Dios nos da un aliciente por el solo hecho de acercarnos a Él para orar. Tenemos una garantía de un premio, así que no debemos desalentarnos jamás cuando oremos: algo bueno vamos a obtener, ya que Dios no miente. Existe un círculo en esta actividad de la oración: Dios escoge a su pueblo desde antes de la fundación del mundo, le envía su evangelio por medio de los predicadores o anunciadores de su palabra, así que su Espíritu nos conmina a humillarnos en su presencia. Por lo tanto, ese premio o regalo que tenemos viene como consecuencia de su inconmensurable amor por los elegidos.

    Todo lo demás suena a religión inútil, el hecho de suponer que si tenemos una conducta intachable vamos a ser oídos. No, no por nuestros méritos fuimos llamados, tampoco por lo que hagamos seremos escuchados. Simplemente la Biblia nos aclara que nuestros pecados nos separan en la relación, pero que si hemos pecado tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Ese Señor (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Nunca es inoportuno para el que ha sido llamado de las tinieblas a la luz el acto de la plegaria; siempre existirá la recompensa como promesa de quien nos ha amado con amor eterno.

    Los que se manifiestan con negligencia en la actividad de la oración no han comprendido la esencia de la fe. Sería como una bombilla que no enciende, como una lámpara sin aceite, como una palabra hueca sin la energía de la fe. La fe es la certeza y la convicción de lo que no se ve, de que tendremos aquello que hemos pedido. Urge por igual aclarar que así como la salvación no fue consecuencia de nuestros méritos y búsquedas, lo que obtendremos por la plegaria se dará por consecuencia del Dador de todo don perfecto.

    Si tuviésemos que definir la oración podríamos sintetizar que ella revela la cercana comunicación del hombre con Dios. En ese espacio de la oración exponemos nuestras desesperanzas frente al mundo, buscamos la asistencia en nuestras adversidades, al tiempo en que adoramos la magnificencia del que nos socorre. Por medio de la oración recibimos múltiples socorros como evidencia de la recompensa ofrecida si nos damos a esa actividad de la plegaria.

    David fue un personaje entregado a la alabanza y la oración al Dios que lo llamó; por medio de la inspiración del Espíritu Santo dejó plasmado un conjunto de Salmos que conviene examinar para aprender. Él decía que su fundamento en la plegaria yacía en la gloria del nombre del Altísimo: Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre, y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre (Salmos 79:9). Las cosas que nos turban nos disponen el alma para la murmuración, pero si tan solo oramos a Dios comprendemos que con sumo placer nos mostrará la asistencia para liberarnos de nuestros enemigos.

    Tenemos muchos enemigos por doquier, no solamente a Satanás y a sus demonios. Hay gente por montones que está entregada a la maldad, que de naturaleza busca con envidia destruirnos, colocarnos trampas, lastimarnos en lo más íntimo. Nuestra tendencia cuando descubrimos el tropiezo que nos causan nos empuja a la queja y murmuración, al lamento por el infortunio. Pero si nos atenemos a lo que los Salmos nos muestran iremos a la cámara secreta donde nuestro Dios nos espera. Allí le contaríamos a nuestro Padre todo lo que ya sabe, para que nuestros argumentos sean escuchados por el solo principio de que Él es el Dios de nuestra salvación.

    Pero hay un problema en la oración. El autor de Hebreos nos advierte de que se hace necesario creer que Dios está en ese lugar donde oramos. Esto parece simple, pero encierra un gran contenido real que se levanta a menudo como problema para el desánimo. Pasamos minutos y horas continuas hablando con las personas que consideramos amigas, simplemente porque hacemos contacto visual o auditivo con ellas. Al ver a nuestro interlocutor, o al oírlo por teléfono, la actividad fáctica de la comunicación nos asegura la presencia del otro. Habituados a esa naturaleza material en la que vivimos, acercarnos a un Ser Invisible resulta difícil.

    Hacemos un mayor esfuerzo imaginando que Dios está allí, oyéndonos, buscamos un conector fático para validar su presencia. Nos sentimos inseguros porque no podemos escuchar audiblemente la voz de nuestro interlocutor, ni mirar sus ojos que nos ven. Debemos en consecuencia mirar dentro de nosotros, para buscar la otra garantía que poseemos: la del Espíritu Santo, que nos ayuda a pedir como conviene. Pero es Espíritu y por lo tanto tampoco lo vemos ni lo escuchamos audiblemente, así que vienen los recursos de la palabra bíblica, inspirada por Él.

    La meditación que hacemos cuando contemplamos su palabra, cuando nos embelesamos con ella, surge como una guía para afianzarnos en la actividad de la oración. El autor de Hebreos nos dice nuevamente: es necesario de que el que se acerca a Dios, crea que está allí, que existe; además, debe creer que nos va a recompensar por ese acto de fe. En nuestras plegarias hemos de tener presente que Dios se enoja porque pecamos, como advierte Isaías; hemos perseverado en los pecados por largo tiempo, ¿acaso podemos ser salvos? Somos como suciedad, con justicias como trapo de inmundicia, llevados por nuestras maldades como el viento lleva la hoja. Isaías continúa diciéndonos que nadie hay quien invoque el nombre del Señor, como para darnos una idea de la fortuna que tenemos por invocarlo. Somos de los pocos que nos acercamos a Él, siempre dentro de la misma isotopía de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de los que clamamos en el desierto y de los que creemos que solamente hemos quedado unos pocos.

    ¿Solamente yo he quedado? Exclamación del profeta Elías; ¿quién ha creído nuestro anuncio? -decía Isaías. Pero en esa reflexión del profeta tenemos esta confesión: Jehová, tú eres nuestro Padre, nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros (Isaías 64:8). Daniel declaraba que nosotros somos simples pecadores que hemos ofendido al Señor, que hemos actuado con desvío de la verdad y del mandato; por lo tanto, nuestra plegarias no serán presentadas basadas en nuestra propia justicia. Más bien se presentan en la confianza de la misericordia divina. Nosotros como cristianos sabemos que Jesucristo llegó a ser llamado la justicia de Dios, nuestra pascua; por lo tanto, reposemos en esa verdad que no será jamás generalizada para todo el mundo, sino como una exclusiva para el pueblo escogido del Señor.

    Cuando aprendamos a expresar nuestros deseos delante del Señor, el Espíritu nos enseñará lo que realmente vale la pena desear y pedir. Por igual saldremos convencidos de que nuestras peticiones están garantizadas por Dios solamente, nunca por virtud de nuestra parte. De esa forma el círculo se completa: Dios recibe de nuevo toda la gloria en aquello que hemos pedido. En el acto de la oración se ejercita nuestra fe, como lo haría el atleta en el gimnasio. En el ejercicio de la oración nos depuramos de la vanidad de nuestros pensamientos, comprendemos cuánto mundo hay todavía dentro de nuestra mente, cuánta vanidad todavía nos embarga. Pero en ese acto de humildad ante el Todopoderoso, le honramos y le damos gracias por las bendiciones recibidas y las que seguiremos recibiendo. Existe una garantía absoluta en aquel que no miente, en el que ha prometido que nos recompensará cuando nos acercamos a Él.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org