En Jeremías 32 leemos sobre un pacto que haría el Señor con su pueblo; aunque se refiera al Israel escogido, nosotros como creyentes en Cristo formamos parte del Israel de Dios. Ese pacto nos concierne, como bien dijera el apóstol Pablo: No todo Israel sería salvo, sino los escogidos, ya que en Isaac sería llamada la Simiente que es Cristo. Bueno, ese pacto eterno consistiría en colocar en nuestros corazones el temor de Dios para que nunca nos apartemos de Él. Dice el verso 41: Y me alegraré con ellos haciéndoles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma.
Dios es amor (1 Juan 4:8), en relación con sus hijos. A Jacob amé, dice la carta a los romanos, dándonos a entender que es su voluntad lo que lo dispuso a amarlo aún antes de que fuera concebido o de que hiciera bien o mal. Juan continúa escribiéndonos y asegura que amamos al Señor porque él nos amó primero. Esta premisa debemos conservarla en todo momento del recorrido bíblico, ya que sin ese amor no pudiéramos amar a Dios (1 Juan 4:19). Dice el Salmo 25:10: Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios.
Sabemos que el pacto eterno que el Señor ha hecho con nosotros como su pueblo ha consistido en colocar en nuestros corazones el temor necesario para guardar su pacto y sus testimonios. Dios escogió a Israel (lo cual se hace extensivo a los creyentes en Cristo) por causa de su amor, no por nuestras cualidades (Deuteronomio 7:7-8). Allí está la gracia de Dios, la cual implica plena libertad en Él para escoger de acuerdo al propósito de su voluntad. De la misma masa escogió a Esaú y a Jacob, para que no se atribuyera alguna cualidad negativa o positiva en el acto de escoger que tiene como Elector (Romanos 9:11-18).
Por la gracia de Dios fuimos amados antes de ser llamados, sencillamente porque Él es Dios y no cambia. Y por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, así que si el Señor de los Ejércitos se ha propuesto algo nadie puede anularlo (Isaías 14:27). Sin embargo, esa gracia debe ser bien entendida por nosotros sus hijos; no se trata de que por la elección seremos salvos de cualquier manera, ya que existen los mecanismos exclusivos de su decreto eterno e inmutable.
Por la palabra del evangelio hemos de oír para tener la fe que recibe la bendición del llamado eficaz. Conocemos que el llamamiento es para santidad, de manera que no podemos vivir en la inmundicia; ciertamente, el pecado nos acompaña a lo largo de nuestra existencia en este mundo y estamos sometidos a nuestro cuerpo de muerte, pero se nos exige batallar para hacer morir las obras de la carne. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Conoce el Señor a los que son suyos; apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).
Una frase de Santiago en el Concilio de Jerusalén nos recuerda lo que implica la soberanía absoluta de Dios: Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio (Hechos 15:18). Sabemos que Dios conoce porque planifica, porque decreta lo que habrá de acontecer, no porque averigua el futuro. En su decreto o voluntad eterna quiso reservarse para Él a un pueblo que amó eternamente; así dentro de los judíos como dentro de las demás gentes (gentiles). En tal sentido no hay acepción de personas, pero en cuanto a su voluntad sigue existiendo una gracia absoluta para un determinado pueblo escogido.
De hecho, el Mesías que vendría debía morir para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no para salvar a todo el mundo, como bien se atestigua por otro texto: Juan 17:9. Jesús salvó a todos los que el Padre le dio y a los que le daría después por la palabra de sus apóstoles (Juan 17:20). Dios conoció de antemano a un pueblo, es decir, lo amó. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene también esa acepción de comunión íntima; por lo tanto no se puede decir con veracidad que Dios conoció a alguien porque averiguó sobre esa persona. Dios conoce todo porque es Omnisciente, por lo tanto no necesita llegar a conocer. También la Escritura afirma que cuando Dios miró hacia los hombres no halló ni uno solo justo, ni quien lo buscara, ni quien hiciera el bien. De manera que esa escogencia que hizo no se fundamentó en cualidades morales particulares de sus futuros escogidos.
Pablo escribe en Romanos 8 que a los que Dios antes conoció (amó) también los llamó de acuerdo a su propósito. Fuimos amados (conocidos) y predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo; a estos mismos llamó eficazmente para justificarlos en Cristo, y asimismo los glorificó. Pablo asegura que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que fuimos llamados conforme a su propósito, los que amamos a Dios, los que como dice Juan lo amamos porque Él nos amó primero. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Nadie nos podrá acusar ni condenar, nadie nos podrá separar del amor de Cristo: Somos más que vencedores en cualquier tribulación que tengamos.
¿Cuándo fuimos escogidos por Dios para salvación? Desde el principio. ¿Cuál es ese principio? Antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). Esto ocurrió para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (el Elector) (Romanos 9:11). Así que nadie puede arrogarse un ápice de buena obra, ni siquiera suponer que su decisión de recibir a Cristo nace de su corrupta naturaleza. Simplemente, si Dios nos amó primero podemos amarlo en consecuencia. Pero no aconteció lo mismo con Esaú, como bien señala el texto de Romanos citado; él fue odiado desde siempre, sin mirar en sus malas obras, para que el propósito quedara en las manos del Elector y no de la criatura.
Ante esta revelación bíblica, Pablo se pregunta retóricamente, en boca de un objetor figurado, si Dios es injusto, el porqué Dios inculpa, ya que nadie (en este caso Esaú) puede resistirse a la voluntad de Dios. Es decir, Esaú vende su primogenitura y desprecia el acercarse a Dios porque Dios no lo amó nunca sino lo odió. Pero Pablo responde de inmediato que no podemos imaginar siquiera en la injusticia divina, sino en el acto del Dios soberano, ese Dios del que casi nadie habla porque el mundo no lo soporta. El mundo puede tolerar a un Dios bonachón, cercano y democrático, que cree en la meritocracia, que celebra el libre albedrío humano, que hace al hombre libre e independiente de Él como Creador. Pero al Dios soberano que ama a unos y odia a otros sempiternamente no lo tolera.
El mundo está abierto a recibir el otro evangelio, el anatema, antes que al verdadero Dios revelado en su palabra. Nosotros sabemos lo difícil que resulta recibir esta palabra que es la más simple, la más plana, la que siempre ha estado ahí en las páginas de la Biblia. Esta palabra es la más racional, la que da respuesta a todo cuanto acontece, la que el mismo Dios ha hablado por boca de sus profetas: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:38). Yo he creado la luz y la oscuridad, yo hago el bien y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:7). ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).
Si no aceptamos todo el consejo de Dios, estamos haciendo interpretación privada de su evangelio. Pese a la dificultad, al llegar a creer el Espíritu Santo continúa guiándonos a toda verdad, para que no seamos indoctos e inconstantes en aquellas cosas abstrusas de entender. Al comprender esta doctrina del Señor, estaremos capacitados para discernir cada detalle de este mundo disparatado que vemos a diario. Sabemos que no existe una lucha entre el bien y el mal, en una suerte de maniqueísmo metafísico, sino que el plan de Dios se cumple al calco de acuerdo a todo lo que han dicho sus profetas.
César Paredes