Categoría: PECADO

  • EN EL VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y SOMOS

    Un poeta griego dijo las palabras recogidas por Pablo en su discurso en el Areópago: En él vivimos , nos movemos y somos (Hechos 17: 28). Los griegos tenían un monumento al dios no conocido, por si acaso entre tantas divinidades veneradas hubiese alguna pasada por alto. Pablo dijo que venía a hablarles de ese Dios desconocido para ellos. En tal sentido citó la literatura conocida en ese entorno, diciéndoles que nosotros éramos hechura de ese Dios que ellos desconocían.

    El punto de partida del apóstol tuvo que ser el referido a Dios como Creador del universo y de todo cuanto existe. El sustentador de la vida gobierna a las naciones, a cada individuo, aunque nos parezca que sea un Dios escondido. Dada la figura del Creador se entiende que formamos parte de su linaje, idea que recoge de otro poeta, Arato, de Cilicia en el siglo 3 a.C. En ese punto de encuentro el apóstol quiere dar a conocer al Cristo resucitado, pero la resurrección era un tema del que no se ocupaban las religiones griegas. No obstante, Pablo se atreve a compartir el Evangelio con semejante auditorio bajo el aire ateniense,

    Epiménides de Cnosos, del siglo VI a.C. fue el autor de la célebre frase citada por Pablo: Porque en Él vivimos, nos movemos y somos. El apóstol señala otra frase de ese filósofo griego cuando escribe en Tito 1:12: Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. El hecho de que Pablo haya citado a estos dos poetas griegos no da crédito a la inspiración divina en tales autores. Simplemente hemos de comprender que la verdad viene de Dios, como la Biblia en varias ocasiones refleja al referirse a fuentes no inspiradas; por ejemplo, el caso de una cita de Enoc en Judas 1:9-14.

    Resulta lógico pensar que la vida natural en la que vive el individuo proviene de Dios. A partir de ese Creador viene todo el confort que obtenemos en la naturaleza, en lo que nos circunda. Como dice la Escritura: Toda dádiva y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Nada de lo que somos o poseemos proviene sin que medie la providencia divina. Incluso lo malo que nos acontece es visto como parte de lo que Dios provee por vía del maligno o por consecuencia de nuestras maldades. La Biblia está cargada de ejemplos que demuestran la soberanía divina en acción, cuando Jehová envía la lepra a un rey, cuando hace que una nación se levante contra otra, cuando provee las circunstancias para que se cumplan sus propósitos eternos.

    Nosotros, como seres humanos acostumbrados a la idea de la independencia y libertad, asumimos el control por parte de las naciones y de los gobiernos de turno. Pensamos que si actuamos con diligencia nos ocurrirán eventos propicios para la comunidad; pero aún en estas cosas la Biblia asegura que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere Él lo inclina. Frente a esta limitación de la libertad humana el teólogo reclama la supuesta injusticia de Dios diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién se puede resistir a su voluntad? No solo el teólogo tiende a pensar en esta línea sino la gran masa humana, anclada en un razonar donde infiere que el hombre es la medida de todas las cosas.

    Protágoras, otro pensador griego, suponía que la verdad es relativa a cada persona. Como sofista presocrático entendía que el contexto condiciona la verdad, por lo que no existe ella como absoluta sino simplemente como una percepción relativa a cada individuo de la especie humana. Existe una razón en tal aseveración, cuando nos referimos al contexto en que se dicen las cosas, pero en materia de los atributos divinos está fuera de sindéresis. ¿Es la criatura humana el canon por el cual hemos de mesurar cada verdad? ¿No existe una verdad teológica revelada? La Naturaleza nos puede hacer pensar lo contrario, que existe un Creador universal por el cual existimos, nos movemos y somos. En síntesis, la Biblia enseña que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dándole la capacidad de relacionarse con su Creador. No dice la Biblia que la verdad es relativa a cada persona, sino que el mismo Cristo se señala como el camino, la verdad y la vida.

    Pablo continúa en el Areópago diciéndole a los griegos que toda la humanidad es criatura divina, pero no afirma que cada uno de los seres humanos sea hijo de Dios. Esta otra figura dependerá de la regeneración que el Espíritu Santo haga de acuerdo a los planes eternos que el Padre haya decidido en la eternidad. En cuanto a humanidad tenemos todos en común un mismo linaje, así que no puede haber discriminación étnica o social en base a lo que somos como seres humanos. El apóstol les advierte a los atenienses que el Dios que él predica no tiene nada que ver con lo que ellos han concebido como seres del paganismo. No debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, a plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17:29).

    En su Carta a los Romanos Pablo expone en el Capítulo 1 que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que nadie tiene excusa. La humanidad toda, en alguna medida, ha conocido a Dios por medio de lo creado (la Naturaleza en todas sus manifestaciones, por ejemplo). Esta humanidad se vanaglorió y no le dio importancia a la gloria divina, ni siquiera le agradeció por el don de la vida, sino que envanecida en su razonamiento camina entenebrecida. Profesando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:22-23).

    La historia de los reyes de Israel y de Judá nos da cuenta de lo cambiante del corazón humano. A pesar de la información recibida por parte de Jehová, de los milagros operados en el desierto o en el viejo Egipto, el corazón del pueblo y aún el de sus gobernantes se inclinaban ante las imágenes de los Baales y de Asera; ofrecían sacrificios a Moloc y aún a sus propios hijos hacían pasar por el fuego. Venía en consecuencia castigo fuerte a esos pueblos, pero después de un ligero arrepentimiento y enmienda se inclinaban de nuevo hacia las costumbres de las demás naciones.

    Pablo examina este asunto de la honra a otros dioses, cuando escribe su Epístola a los Romanos. Entiende el apóstol que hubo una consecuencia nefasta para la gallardía humana: el acto de entregar Dios a la inmundicia a la humanidad que tal cosa hacía. Dios los abandonó en la concupiscencia de la carne y de sus corazones para deshonra de sus propios cuerpos. Por más que hoy día hablen del orgullo gay eso no es más que una cortina de humo para esconder lo vergonzoso de esos actos. Las pasiones vergonzosas de las cuales refiere el apóstol en Romanos 1:26-27 giran en torno a la homosexualidad: tanto de los hombres como de las mujeres.

    La homosexualidad puede ser vista como un pecado castigo de parte de Dios, de acuerdo a lo escrito por Pablo en Romanos 1. Sin embargo, en otra carta el apóstol advertía a la iglesia sobre la necesidad de corregirse; agregaba algo muy importante respecto a este tipo de pecado: ¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6: 9-11).

    Subrayo el hecho de que en la iglesia de Cristo hay gente que tuvo pecados terribles, lo cual implica que hubo perdón absoluto de parte de Dios. Simplemente ahora son lavados y santificados, justificados igualmente, por lo cual no debemos discriminar por cosas pasadas. Esta es una de las grandezas del cristianismo, en especial de la dádiva que viene de Dios. David cometió pecados atroces pero siguió siendo un hijo conforme al corazón de Dios. Jehová siempre se refirió a David, a través de los profetas y escritores bíblicos, como mi siervo, como a la persona a quien Dios ama mucho.

    De gran relevancia resulta la comprensión de este texto señalado por Pablo a los atenienses: en Él vivimos, nos movemos y somos. Todo lo abarca Dios para que lo reconozcamos en todos nuestros caminos. ¿Adónde huiremos de su presencia? Mejor nos resulta amistarnos con Él, de tal forma que nos venga paz y mucho bien.

    César Paredes

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  • EL PRIMERO DE LOS PECADORES

    Pablo recuerda que la gracia de Dios se mostró en él, porque Jesús vino a salvar a los pecadores de los cuales el apóstol se consideraba el primero. El Señor se agradó de mostrar a su Hijo en nosotros, así que siendo rescatados no debemos estar martirizándonos con el recuerdo de nuestros viejos pecados. Esa antigua época ya pasó, ahora todo va siendo nuevo. La Biblia nos asegura que no escogió Dios a los muchos nobles del mundo, ni a los muchos sabios, sino que también lo necio, lo que no es, eso escogió Dios para avergonzar a lo que es.

    Así que nadie ha de tener mayor concepto de sí mismo que el que debe tener, ya que debemos pensar con cordura (Romanos 12:3). Dios se muestra fuerte en nuestra debilidad, de manera que no debemos aparentar una fortaleza que no tenemos. Esos criterios de la Nueva Era que enseñan a buscar a Dios dentro de nosotros, a imaginar cosas para conseguirlas, dan muestra de un esoterismo altamente confuso y peligroso, por demás muy antibíblico.

    Pero Pablo como el primero de los pecadores fue transformado para que el evangelio le hiciera resplandecer el rostro de Jesucristo en su vida. Dios transformó su corazón, su entendimiento, el centro de su humanidad, para que pudiera subsumir la doctrina de Cristo que es la misma del Padre. Por esa transformación el apóstol pudo desarrollar las enseñanzas de Jesús para que nosotros también las aprendamos debidamente. No existe en él alguna mezcla entre concepción propia y sabiduría divina, sino una forma clara de exponer lo que le fue revelado. En Romanos 10:1-4, demuestra el apóstol que hay muchos que creen en vano, desconociendo la justicia de Cristo. En realidad Cristo es nuestra justicia, por medio de la cual nosotros somos justificados. Dios que es justo viene a ser quien justifica al impío.

    La debida dimensión de lo que somos está presentada en las Escrituras. En principio, no somos más que trapos inmundos en cuanto a justicia, por lo cual nadie puede ser justificado por méritos propios o por obra propia. De esta manera entendemos que nadie podrá profesar una doctrina contraria a la Escritura y al mismo tiempo tenerse como justificado. Dios no salva a ninguna persona para dejarla en la ignorancia respecto a su evangelio. En realidad, el Padre busca la gloria del Hijo no la del pecador. Esto quiere decir que Dios se goza en enseñarnos su doctrina para que la aprendamos y podamos ir a Jesucristo (Juan 6:45).

    No pensemos en ningún instante en que Dios salva al pecador y lo deja en la ignorancia respecto a Jesucristo. La gracia divina no presupone pasar por sobre la gloria divina; todo lo contrario, esa gracia le lleva honra a nuestro Dios. Por esta razón el Espíritu nos guía a toda verdad, testificando a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Así que no se trata de ampararnos en la gracia para vivir carnalmente, para creer banalidades, para torcer las Escrituras. Si las herejías se condenan, los heréticos también. No hay herejía sin heréticos, como para que pensemos que Dios odia la herejía pero ama al hereje.

    Cuando Dios salva a un pecador no mira a sus condiciones, como si ellas pudieran darse en base a un esfuerzo mutuo entre el Salvador y el pecador. Dios solamente mira el trabajo de Jesucristo en la cruz, ya que él murió para salvar a su pueblo de sus pecados. Recordemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio (Juan 17:9), como nunca pretendió salvar a Judas Iscariote. La fe viene como un inmediato fruto de la vida eterna que se nos ha dado (Efesios 2:8). Esa fe nos hace creer como creyó Abraham, sin duda alguna; Abraham creyó en esperanza contra esperanza (Romanos 4:18), sin que se debilitara en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo casi de cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara). Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido (Romanos 4:19-20).

    Dios no pide al mundo que tenga la fe de Abraham, sino que Él da esa misma fe a cada creyente como parte del conjunto de la salvación (Efesios 2:8). Por lo tanto, la fe no puede ser una condición para la salvación sino una manifestación o fruto de la misma redención. Volvamos a lo que Pablo escribió a los romanos, acerca de los que ignoran la justicia de Dios y que por ello buscan establecer su propia justicia. Suponer que la fe es una condición de la redención, podría rayar en la creencia de que poseemos nuestra propia justicia ante Dios (Romanos 10:1-4).

    Hay que mirar bien claramente para rechazar el ídolo de la autosuficiencia humana. Incluso, el presuponer que nosotros ponemos fe, intentamos alcanzar a Cristo, nos esforzamos por agradar a Dios, puede ser parte de esta idolátrica manera de concebir la religión. El que ha creído en Cristo ya no sigue más al extraño, porque no conoce su voz. Dios nos enseña para que habiendo aprendido vayamos a él. La palabra profética más segura, la incontaminada de los apóstoles (Juan 17:20) permitirá creer a todos aquellos que un día tienen que creer.

    De esos grandes pecadores como Pablo, el Señor ha hecho maravillas. Saulo se convirtió en Pablo, Pedro nos asegura que hemos sido renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Se nos llama nación santa, sacerdotes, herederos de la gloria venidera. En ese contexto hemos de vivir en consonancia con nuestros nuevos roles, hasta que la virtud del amor sea el más resaltado de los talentos.

    El hábito de leer la palabra divina a diario, de tenerle cariño a lo que nuestro Dios declara, nos permitirá conducirnos con paso firme por donde nos toque transitar. La doctrina de Cristo como tesoro incalculable se convierte en la meta de todo creyente; Juan nos lo señaló oportunamente: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • LA ESPERANZA DEL PECADOR

    La universalidad del pecado, por causa de Adán como cabeza federal de la humanidad, ha perneado todos los rincones del mundo con el castigo subsecuente. Ningún ser humano podrá estar de pie frente al Todopoderoso, como si tuviese méritos propios o esfuerzo moral válido. Nuestras mejores obras son suciedad, nuestras justicias parecen trapos de inmundicia. Caídos todos los hombres, como hojas al viento, nuestras maldades se muestran en todos nuestros pasos (Isaías 64: 6). ¿Qué esperanza le queda al pecador?

    La única esperanza es la gracia divina. A través de la fe en Jesucristo, cada creyente es unido a él, protegido por la justicia perfecta que le ha sido imputada. Sí, la Escritura nos lo garantiza: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Hubo un intercambio en el Calvario, cuando Jesús tomó nuestros pecados (los pecados de todo su pueblo) y pagó por ellos con sumo dolor; habiendo recibido el castigo que merecíamos, fuimos exentos de éste recibiendo a cambio la justicia del Señor.

    Por esta razón entendemos que la salvación es un trabajo completo de la gracia del Señor. En este caso, no se deja espacio alguno para que opere la obra de los hombres (Efesios 2:8-9), ya que la fe necesaria para alcanzar dicha gracia nos ha sido dada igualmente de gratis. Solamente que la fe viene por el oír la palabra de Cristo, siendo enseñados por Dios para que acudamos al Hijo una vez que hayamos aprendido (Juan 6:45).

    El evangelio es predicado a todo el mundo, en la medida en que esta comisión se va cumpliendo. Ha habido gente que quedó sin ninguna información de esta esperanza, pero Dios quiso dejar a muchos en la vanidad de sus mentes. Lo dijo Pablo en el Areópago, cuando predicaba delante de filósofos estoicos y epicúreos: Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17: 30-31).

    Todavía vemos gente que jamás ha oído de este evangelio, pero hay quienes oyendo todavía disputan creyendo que este anuncio es solamente palabreo. El propósito divino es que el hombre busque a Dios, si en alguna manera puede hallarlo. La obra de Él habla por sí sola, pero la humanidad se ha extraviado y ha buscado adorar a un dios en forma de animales o de materia inanimada, imágenes de piedra, de madera, de metales preciosos. De allí el llamado al arrepentimiento, para que cada quien valore en la medida justa quién es el Dios soberano, y vea su propia pequeñez al lado del Creador. De nuevo la Escritura habla: Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17: 29).

    La imaginación humana se ve prolífica cuando se trata de recrear lo que debería ser Dios. Se le dan atributos que nos parecen que debe tener, se le ha convertido en la semejanza de lo que concebimos debería ser Dios. Pero eso es idolatría, de manera que lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica, independientemente de si está pensando que sacrifica a Dios (1 Corintios 10:20: Lo que digo es que cuando los paganos ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios, y no a Dios, y yo no quiero que ustedes tengan nada en común con los demonios).

    Muchos se entretienen pensando en aquellos que jamás oyeron del evangelio, en la suposición de que Dios parece injusto. Sin embargo, la gran pregunta debe girar en torno a nosotros mismos: ¿qué haremos con la información recibida? No podemos excusarnos en que no fuimos informados, ahora nos toca responder ante el llamado al arrepentimiento y a creer el evangelio. Vivimos en un mundo hostil, que está regido por el príncipe de las potestades del aire, en las tinieblas plenas que cubren el mal. En este mundo no tendremos seguidores, ni personas que se alegren por la palabra anunciada, ya que esa palabra condena la maldad de la naturaleza humana.

    Israel es una minúscula nación, está rodeada de 22 naciones árabes y a su alrededor existen 52 naciones musulmanas que gritan con rigor su odio. Sin embargo, Israel subsiste en una batalla continua, ya que esta manera de vivir forma parte de las consecuencias de aquello que la Biblia señala como lo que le ha acontecido a Israel: un endurecimiento. Pero el símil nos sirve para ilustrar la vida del creyente cuando es circundado por tanta gente que le rinde culto a los demonios antes que a Dios. Sirve para demostrarnos la ferocidad de la enemistad del mundo, el cual no nos ama porque no somos del mundo. Si el mundo odia a Cristo, ¿por qué no nos habrá de odiar a nosotros los creyentes?

    Pablo nos lo advirtió, diciéndonos que nuestras armas no pueden ser carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos (imaginaciones) y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10: 4-5). Estas armas se usan para combatir contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de las tinieblas (Efesios 6:12).

    Cuando nos miramos en el espejo de la ley de Dios nos encontramos con demasiados lamentos por nuestras vidas. Perdemos la confianza que un día tuvimos, al descubrir que existe una ley en nuestros miembros que nos lleva cautivos al pecado (Romanos 7). Por lo tanto, descubrimos que la autojusticia no garantiza nuestra paz. Siempre terminaremos como la puerca lavada que vuelve a revolcarse en el cieno, o como el perro que vuelve a su vómito. Sin embargo, descubrimos que con la mente queremos servir al Señor.

    Esto pasa con cada creyente, pero antes de creer estuvimos ciegos, en la ignorancia y decepción de nosotros mismos. Estuvimos perdidos en asuntos de moral, ajenos a la ciudadanía del reino de los cielos. Todos tenemos que clamar al cielo para que seamos librados de los errores que nos son ocultos (Salmos 19:12). Sin embargo, como dijera Jesucristo: Si las cosas terrenales no las comprendemos, ¿cómo entenderemos las celestiales? (Juan 3:12). Somos duros como una mula para pensar, como el caballo sin entendimiento, por lo que debemos ser sujetados con cabestro.

    Jeremías tenía razón: Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos (Lamentaciones 3:22). Isaías también tiene razón en lo que aconsejó: Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano (Isaías 55.6). Job también estaba en lo cierto: Amístate ahora con Él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien (Job 22:21). La esperanza del pecador continúa en Jesucristo.

    César Paredes

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  • RECHAZAR EL PECADO

    RECHAZAR EL PECADO

    La Biblia habla contra el pecado, así como contra aquellos que no toman en cuenta a Dios. Dice la Escritura que Dios los entrega a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen. De esa manera se atestan de injusticia, de fornicación, perversidad y avaricia, de toda maldad. La gente se llena de envidia, contiende y engaña hasta llegar al homicidio. Pero existen también dentro de este enunciado de malignidad los que murmuran de todo y de todos, los que odian a Dios. Ni qué decir de la soberbia de los altivos, los cuales se la pasan inventando males y se tornan desobedientes a los padres o personas mayores. Esta gente se colma de deslealtad, pierde el afecto natural y se torna implacable sin un ápice de misericordia (Romanos 1).

    Si alguien tiene duda puede asistir a una reunión de políticos de cualquier país, o tal vez que visite una cárcel de no importa cuál nación. Pero también puede darse cuenta de estos males cuando mira la televisión o ve en el cine el mensaje que le envían bajo el pretexto del entretenimiento. La tierra sigue llenándose de violencia, pareciéndose cada vez más a la vieja Sodoma, a la época de Noé cuando construía el arca. David escribió un canto a Jehová en el que prometía andar en la integridad de su corazón. Decía que no iba a poner delante de sus ojos cosa injusta, que aborrecía la obra de los que se desvían, que iba a procurar que ninguno de ellos se acercara a él (Salmos 101).

    Existen los que solapadamente infaman a su prójimo; están los que trabajan en contra de la dignidad de una persona y la procuran difamar en forma oculta. Muestran su sonrisa amable pero por detrás preparan su daga. En especial aquellos altaneros y de corazón vanidoso. Empero los que ejercitan su lengua contra su prójimo, Dios los destruirá porque Él conoce los corazones de las personas. La lengua mentirosa será siempre un boomerang que regresará para golpear a quien lo lanza. El hombre de pecado relatado como profecía en las Escrituras, se levantará contra todo lo que se llame Dios, como un pequeño cuerno de poder y de prepotencia. Ese es el modelo de los jactanciosos, su inspirador y su héroe, al que sin conocerlo aguardan porque el corazón se ha equiparado al del adversario Satanás.

    Si el creyente huye de Babilonia, ¿para qué hacerla presente? Huyamos de las pasiones vergonzosas, pero pongamos límite a los medios que nos invaden. Me refiero a los audiovisuales, a aquellos mecanismos de entretenimiento que procuran traernos al hogar el espectáculo de lascivia, violencia e ignominia. ¿Eso agrada a Dios? Eso más bien nos ocasiona tropiezo, nos vuelve adictos y dependientes de la promiscuidad de otros. Eso equivale a sentarse en la mesa con los inicuos. Peor aún resulta el espectáculo en la iglesia, en pro de la pedagogía eclesiástica. Lo que trae es caos y pestilencia, con la imitación de los modelos del mundo, bajo el ánimo de predicar la palabra de Dios adaptada no al verbo sino a las actividades de representación.

    Jehová le envió su ley a Israel por medio de Moisés, se la escribió y no le hizo un show. La gente tuvo que aprender a leer para poder escribirla y comprenderla mejor, así que se esforzaron para crecer intelectualmente. A nosotros nos toca algo parecido, no la liviandad del entretenimiento sino la austeridad del estudio de la palabra.

    Los deseos de los ojos apuntan a la vanagloria de la vida, así que no nos inflamemos al mirar el fino espectáculo del mundo. David fue un artista de la poesía, pudo reconocer en cada canto al Dios Creador, al Señor Omnipotente que lo condujo en cada uno de sus pasos. Su canto no se infatuó cantando las bondades del hombre, sino elogiando la benevolencia de quien es el Hacedor de todo. El arte podemos cultivarlo, sin que nos desborde el ataque de altivez que suele poseer a los engreídos. Alejémonos de la vanidad, como nos hemos propuesto desde el momento en que hemos dado el paso al frente de nuestro bautismo. Hemos renunciado a la vida pomposa, a la obra de vanidad, al diablo mismo. ¿Vamos a recrearnos con las historias de villanos, con los ritos de los paganos, con los incestos o violaciones que nos traen los escenarios de películas y dramas? Eso equivale a invocar los ídolos de los que deambulan muertos en delitos y pecados.

    !Cuánta médula existe en la doctrina de Cristo! De gran importancia resulta examinar las Escrituras, donde creemos que está la vida eterna. Asimismo, permanecer en la forma doctrinal enseñada por los apóstoles conviene al alma. Esa actividad implica un esfuerzo intelectual, un desarrollo verbal que se da con el entrenamiento del estudio de las Escrituras. Hemos de pensar en todo lo bueno, en lo que sea digno de alabanza, si existe virtud alguna en eso debemos pensar. Si habituamos a nuestro intelecto a ocuparse de los asuntos de la fe cristiana, evitaremos la corrupción del alma.

    El alma no se limpia con mística o misticismo, no se cura con actitudes religiosas, porque al alma la mueve el intelecto y necesita que la lógica la embargue. Jesús es el Logos eterno e inmutable, suficiente inteligencia existe en su mente y al parecer dice la Biblia que los verdaderos creyentes tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). No hemos de ser participantes con los incrédulos en sus supersticiones, en sus creencias idolátricas; tampoco hemos de vivir en forma contraria a como exige el evangelio de Cristo.

    El creyente no ha de hacer provisión para la carne, ni hemos de conformarnos a este mundo. El acto de redimir bien el tiempo supone el acto de abstenerse de cualquier actitud de maldad. El espíritu cristiano repudia las profanas prácticas que dañan nuestra relación con Dios. La vida en la sabiduría del Señor nos exige alejarnos de las malas influencias mundanales, si es que en verdad somos guiados por el Espíritu de Dios. La templanza del creyente lo hace caminar por el sendero de la esperanza, no bajo el viejo espíritu de esclavitud de las pasiones de vergüenza.

    Vivamos conforme al fruto del Espíritu, en toda bondad y verdad, demostrando lo que agrada al Señor. No tengamos comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino reprobémoslas (Efesios 5:11). Dios le dice al impío que él no tiene que tomar su palabra en su boca (Salmos 50: 16). Los que caminan bajo la profesión de la fe cristiana, pero andan conforme al espíritu del mundo, son reprendidos para que no tomen la palabra de Dios como pretexto. Los viejos fariseos y escribas lo supieron de la boca de Jesús, también lo comprendieron por las palabras de Juan el Bautista. Quisieron huir del infierno venidero pero fueron acechados para que continuaran en su desvarío.

    El malo es reprendido para que no tome la palabra de Dios como si le perteneciera por derecho, ya que él aborrece la corrección y echa a sus espaldas la palabra del Señor (Salmos 50:17). El malo corre tras el ladrón y tiene parte con el adúltero, mete su boca en el mal y con su lengua compone engaño. Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás… El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios (Salmos 50: 14-15, 23).

    César Paredes

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  • LA PAGA DEL PECADO ES MUERTE

    Contrario a la ley de la naturaleza, la gracia aparece porque la naturaleza enseña que el más débil ha de sufrir consecuencias desastrosas. Además, justo es mirar el contexto de nuestros padres Adán y Eva en el Edén. En medio de tanta pureza incontaminada, aún ellos sin haber pecado antes se dieron al mal. ¿Qué no podrá hacer en relación a la maldad el hombre muerto en delitos y pecados? Si no hubiese gracia nadie sería salvo; entonces la gracia no puede ser una oportunidad para que el muerto decida, ya que está muerto. Con esa sentencia en su alma la humanidad no puede anhelar a Cristo, y si lo anhelara lo confeccionaría a su medida hasta producir un falso Cristo, un ídolo más llamado Jesús, con la Biblia como sustento pero con los textos fuera de contexto. De esa manera la muerte continúa en esos zombies del espíritu, por lo que la gracia contrasta con su valor, para deslumbrar más, ya que sin ella nadie sería salvo.

    Por esa razón la Biblia enseña por doquier que la salvación depende de Jehová, quien la da a quien quiere darla. Eso no le parece justo al que se denomina a sí mismo cristiano, en tanto sigue bajo la ley del más fuerte. Su naturaleza le enseña que debe conquistar la sobrevivencia, pero en materia de fe otras son las normas. Alguien con el Espíritu Santo habitando en él no puede contradecir el discurso que se yergue como tema y rema en la Santa Escritura: la soberanía de Dios en todos los ámbitos, la predestinación por el puro afecto de su voluntad, la expiación específica de Cristo en favor de su pueblo, los dos pueblos escogidos soberanamente: uno para alabanza de la gloria de su gracia y otro para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado.

    Se ha escrito que el Evangelio es el poder de Dios para salvación a cada quien que cree. Ha sido el instrumento escogido por Dios para liberar a su pueblo del error, de la ignorancia y de las tinieblas de Satanás junto al mundo. Pero el Espíritu libera a aquellos que han sido elegidos para ser emancipados de la culpa y poder del pecado. El viento de donde quiere sopla, le dijo Jesús a Nicodemo; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

    Hechos 20.24 nos habla de Pablo que daba testimonio del evangelio de la gracia de Dios. En Efesios 2:8-9, el apóstol señala que por la gracia hemos sido salvados, por medio de la fe (todo esto, asegura, es un regalo de Dios). No podría ser de otra manera, ya que no es de todos la fe y Cristo es su autor y consumador; sin fe resulta imposible agradar al Todopoderoso. De manera que nadie puede hacer nacer la fe de sí mismo, por mucho que medite o intente creer. El acto de creer sigue siendo un efecto de la gracia de Dios.

    La gracia tiene poder suficiente y viene como dádiva divina para los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8;17:8; Mateo 1:21; Juan 17:9). Sabemos que la gracia no puede ser opcional, como algo que está para todos y solo algunos más avezados la aceptan. La gracia de Dios se define como irresistible (ya que los dones o regalos de Dios y su llamamiento son irresistibles). Se puede resistir al Espíritu de Dios en la forma general de su llamado por medio de la palabra revelada, así como por la obra de la creación. Pero cuando el Espíritu sopla (o hace nacer de nuevo), la criatura muerta en delitos y pecados no tiene voluntad de resistencia.

    Dios hizo todo de esta manera, para que el hombre se le opusiera y lo negara, pero no pensemos por un momento que el corazón del rey no está en sus manos para inclinarlo a todo lo que Él quiere. El relato bíblico contiene numerosos ejemplos de la capacidad soberana del Señor, de cómo influencia en los faraones, de cómo lo hará en el fin de los tiempos (Apocalipsis 17:17). El libro de Daniel narra lo que habrá de acontecer y cosas que ya sucedieron, pero que serían dadas mucho después de haber sido escrito su mensaje.

    Nuestro deber como creyentes incluye la aceptación y predicación de la doctrina del Padre, que es la misma del Hijo. No hemos de ser tímidos en anunciar la gracia transformadora del Evangelio, pero sabemos que el mundo con sus atractivos ha desviado el anuncio exigido como deber nuestro hacia otros derroteros. A veces se prefiere la metafísica antes que la simpleza del Evangelio. Al igual que en el Antiguo Testamento, ahora Dios sigue levantando a sus testigos para encaminar a los que se desvían por las sendas de las huecas filosofías, atraídos por un evangelio mezclado de fantasías e imaginaciones egocéntricas.

    La gracia habla algo más que de la gratuidad de la salvación; nos dice que frente a la muerte del espíritu por causa de la paga del pecado existe una salida única y específica. Por supuesto, la gracia no se llama genérica ni común, porque ella siempre es eficaz. Es decir, si fuera común todos serían salvos, sin excepción, ya que si por gracia no sería por obras la salvación. Dado que el hombre no ha podido salvarse haciendo obra alguna, necesita la dádiva divina.

    Uno podría preguntarse acerca de la razón por la cual Dios no entrega su gracia a cada persona. La respuesta la da la Escritura en todas sus páginas: existe un plan eterno e inmutable, donde el Cordero de Dios sería llamado el Redentor. Asimismo, habrá un castigo donde los no redimidos pagarán por sus pecados. La soberbia humana imperará en aquellos que siguen a su padre el diablo, el padre de la mentira. Lucifer fue vencido de su propia soberbia al pretender ser como Dios y anhelar sentarse en Su trono. Su locura y estulticia lo llevó a una demostración de su atroz pensamiento: quiso que el Creador lo adorara (como se demuestra de la prueba a la que fue sometido Jesucristo cuando fue llevado al desierto y se confrontó con Satanás).

    En esencia, eso es lo que desea cada alma perdida: imponer su criterio ligado a su propia soberbia. La derrota no se hace esperar, por lo que Dios destinó de antemano a todos aquellos que habrán de tropezar con la roca que es Cristo, para la alabanza del poder de Dios (Romanos 9:22). Ese deseo divino viene como parte antagónica al deseo de hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrada para con los vasos de misericordia preparados de antemano para gloria (Romanos 9:23).

    Frente a semejante contraste, el Evangelio revela la gracia de Dios como algo que ninguna religión pagana puede ofrecer. Estas son las buenas nuevas de la gracia de Dios, la que viene por Jesucristo (Juan 1:17). Si la ley manifestaba la consecuencia del pecado, la gracia exhibe el amor y la misericordia de Dios. Lo que resultó imposible para los hombres se demostró posible para el Señor. Y si Dios pide justicia al ser humano, Cristo se ha presentado como nuestra justicia, pues por gracia somos salvos. Mientras la ley nos expulsa de la presencia de Dios, ya que maldito habrá de ser todo aquel que quebrante alguno de los puntos de la ley de Dios, la gracia nos lleva a la presencia del Creador y Todopoderoso Señor.

    César Paredes

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  • EL PECADO CONTRA DIOS

    Se puede deducir que todo pecado contra Dios presupone un acto de desobediencia a su expresa voluntad. Quedó plasmado en el mandato de no comer del árbol prohibido, así que cualquiera que peca lo que hace es volver a comer de ese árbol, en alguna metafórica medida. Siempre que hay pecado existe una clara desobediencia a un mandato divino: No hagas esto (o haz aquello), pero se desobedece la orden. No en vano Jesús dijo que si lo amáramos a él guardaríamos sus mandamientos; de allí que el primer pecado consistió en no guardar su mandato.

    Esa desobediencia presupone por igual un acto de desamor del hombre para con Dios, aún en su estado de inocencia. Todo ello nos conduce a la sentencia de Juan en una de sus cartas: Si lo amamos a él fue porque él nos amó primero. Entonces, ¿amó Dios a Adán antes de pecar? Hubo un amor eterno que no se alteró, como en el caso expuesto al profeta Jeremías, pero en ese amor estuvo escondida también la ira de Dios, como se demuestra por el hecho de que estuvimos todos los creyentes expuestos al juicio por el pecado, como lo estuvo por igual el Hijo en la cruz. Jesús el Cristo fue sometido al abandono del Padre por causa del pecado de su pueblo, pero no por eso podríamos decir que el Padre le interrumpió su amor.

    El estándar de medición a la aceptabilidad de Dios sigue siendo su voluntad. De esta manera deducimos que cualquier actividad que marche contraria a la voluntad de Dios constituye pecado. A los gentiles dejó en la ignorancia de sus pensamientos, sin enviarles profetas o instrucciones especiales, soportando Dios con paciencia por igual la estupidez de sus razonamientos: que le hicieran esculturas de piedra, en forma de cuadrúpedos, de reptiles o de cualquier otra figura. Llegado el evangelio les anuncia que llegó el tiempo de arrepentimiento, en cumplimiento de lo que había anunciado antes respecto a la predicación a todas las naciones.

    Dios no les envió mensajeros por siglos, sino que los dejó al abandono de su locura y extravío. La orden de arrepentirse viene como por formato de la ley, en el deber ser de cada persona, sin que ese arrepentimiento conduzca por necesidad para perdón de pecados. No que Dios le dio gracia a cada gentil, sino que les informó de algunas de sus normas como aquello que ya tenía el pueblo de Israel. A algunos gentiles los incorporó a su pacto de gracia, dándoles el arrepentimiento para perdón de pecados, otorgándoles la fe por la cual se obtiene la salvación y la gracia.

    Pero los gentiles también desobedecen las normas enseñadas y son castigados en consecuencia. Tal vez antes eran dejados en sus disoluciones sin que distinguieran la ira de Dios por el pecado, pero ahora esa ira resulta notoria por la información del evangelio. Esto no quiere decir que Dios perdonó a los viejos gentiles que anduvieron en su ignorancia, ya que nadie puede ir al Padre excepto por el Hijo. De esa forma quedaron excluidos de la presencia de Dios todos aquellos que murieron en la ignorancia de la ley divina, por la necesidad de la expiación y ofrenda por el pecado. Son una gran parte de la humanidad, pero como pecaron sin ley sin ley también perecieron en el juicio que Dios les ha enviado.

    Alguien dirá que hay injusticia en Dios, pero no existe excusa alguna en virtud de la ley general declarada a través de la obra de la creación (Romanos 1). A ellos les daban testimonio sus conciencias, así que son inexcusables; hoy día la excusa se desvanece en forma más rápida por cuanto la información o conocimiento del evangelio se ha agrandado, por lo cual la gente lleva mayor condenación. Pero los que han sido perdonados disfrutan de una paz de conciencia y de la alegría que brinda el haber recibido el Espíritu Santo. El brillo del rostro de Dios se nota en nuestros corazones, al tiempo que nuestros cuerpos se soportan en mejor grado por mitigar su aflicción con la presencia del Señor.

    Como vamos de gloria en gloria, aguardamos el momento final cuando el Señor vuelva a esta tierra para buscar a su iglesia, para levantar a sus escogidos de los cuatro vientos. Esa gloriosa partida no será la última gloria que tengamos, pero sí una que nos separará por siempre del mundo, si bien otros se nos han adelantado con la muerte física y ya no padecen ninguna aflicción porque no siguen en el mundo. El mundo ama lo suyo pero nosotros somos sus aborrecidos, por causa del evangelio y porque Jesucristo no fue amado por el mundo. El principado de este mundo lo rige Satanás, aunque Jehová siga siendo el Rey de reyes. Sabemos que de acuerdo a sus planes eternos Dios ha querido que el diablo sea príncipe por el tiempo asignado, para que su daño lo veamos en la tierra. Esto nos sirve para valorar de qué personaje nos ha redimido el Señor, de qué cosas como el poder del enemigo, del pecado, de la ley que castiga y de la muerte eterna.

    La Biblia nos dice que Caín era del maligno, que Dios odió a Esaú aun antes de que hiciese bien o mal, antes se ser concebido. Nos habla de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Los que no tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoran a la bestia y se gozan en ello (Apocalipsis 17:8). Jesús también afirmó que nadie puede venir a él si no le fuere dado del Padre; que todo lo que el Padre le envía viene a él, y no será jamás echado fuera. Uno puede inferir de esas dos premisas universales que la conclusión universal necesaria es que los que no vienen a Cristo jamás han sido enviados por el Padre.

    ¿Qué culpa tiene el impío, si Dios es el que ordena todo desde los siglos? Tiene la responsabilidad de criatura frente a su Hacedor, de la humildad frente al poder absoluto del Dios que la Biblia llama Despotes en el Nuevo Testamento (Carta de Pedro). Tiene la carga del pecado que comete desde siempre, de haber sido formado en maldad y se crecer desde el vientre de su madre en iniquidad. Por lo demás, la discusión entre el vaso de barro y su Alfarero resulta bizarra. Pero mayor calamidad muestra el que diciendo que cree y acepta la gracia soberana de Dios arguye a favor de un Cristo benevolente que murió y perdonó a todo el mundo, sin excepción, dejando al arbitrio humano su decisión final.

    El falso evangelio pulula en todos los escenarios humanos y religiosos. Muchos son los que caminan encantados por sus blandas palabras, olvidando el viejo adagio latino que asegura que la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Algunos discípulos de Jesús que habían presenciado el milagro de los panes y los peces se espantaron del verbo de Jesús, cuando les habló de la soberanía del Padre. En el relato de Juan 6 los vemos murmurando contra el Hijo, en razón de las palabras duras de oír que ellos percibían. Este discurso no gusta a la carne humana, por lo cual el individuo prefiere una transformación discursiva que le brinde protagonismo.

    Suena mejor decir que el Hijo de Dios sufrió por todos los pecadores del mundo, expió potencialmente sus culpas, pero aguarda con mirada suplicante y piadosa que alguno de ellos dé un paso al frente, se ponga a su lado, levante una mano de aceptación, grite un aleluya público y diga que él decide su destino en ese momento. Agrada más a las multitudes el refrán religioso benevolente que asegura que Dios ya hizo su parte en el Calvario, Satanás ha votado en contra suya de manera que de usted depende el voto final y decisivo. De esta forma la gente queda complacida y no se estremece como aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que manifestaron repulsión por el verbo excluyente del Cristo. Sabemos que Jesucristo vino a morir solamente por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó Jesús por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9) sino que pidió al Padre por los que le había dado y le daría por la palabra de sus primeros discípulos (Juan 17:20), los que en resumen son el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    César Paredes

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  • INEXCUSABLE

    El que juzga a otro pero hace aquello que juzga, se condena a sí mismo (Romanos 2:1). Esa premisa mayor se centra en ese capítulo de la Carta a los Romanos, así que podríamos ordenarla de la siguiente manera: 1) Todo aquel que juzga a otro haciendo lo mismo que juzga es culpable. La premisa menor podría ser ésta: 2) Fulano juzga en otro lo que él mismo hace. La síntesis inequívoca habrá de ser: 3) Fulano es culpable. La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, contra los que detienen con injusticia la verdad.

    Esa verdad detenida se conoce por medio de la creación del mundo, por lo cual nadie puede tener excusa de sus maldades. La ley de Dios mora en los corazones humanos, para que sus conciencias les testifiquen; no obstante, esa ley moral y aún la ley escrita de Moisés no salvó a nadie. Existe ahora la ley de la fe (Romanos 3:27, pero ya Abraham había dado prueba de ello, ya que creyó y su fe le fue contada por justicia). La humanidad desde antiguo conoció a Dios por medio de su creación, pero supuso que ella se había hecho a ella misma. Se inventaron el mito de la evolución, para huir de la idea del Creador y de su revelación escrita. Poco a poco, el razonamiento humano se fue envaneciendo hasta que el corazón del hombre quedó completamente entenebrecido.

    De aquella sabiduría griega que resulta admirable también emanó la necedad: una multiplicidad de dioses inventados, como argumentos circunstanciales que obvian el enfrentamiento con el verdadero Dios. En su sabiduría, los griegos también se inventaron un monumento al dios no conocido. Lo querían abarcar todo pero por causa de que ellos (como el resto del universo pagano) se habían olvidado de la gloria del Dios incorruptible, la cambiaron por imágenes de aves, de cuadrúpedos, de reptiles o de hombres corruptibles divinizados.

    La falta de honra al Dios de la creación (el mismo de las Escrituras) hizo que Dios entregara a ese universo pagano a la inmundicia, hacia las concupiscencias de sus corazones. Por esta vía les llegó la deshonra de sus propios cuerpos. Hombres con hombres y mujeres con mujeres, encendidos todos en sus lascivias, como consecuencia de sustituir la verdad por la mentira. El hecho de que no tuvieron en cuenta a Dios hizo que Dios los entregara a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen (Romanos 1:28). El resultado fue un almacenamiento de fornicación, injusticia, perversiones, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades (Romanos 1:29).

    La lista de los daños continúa: se volvieron murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios (odiadores de Dios), injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (Romanos 1:30-31). Por esta razón, el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. El solo hecho de vivir en medio de personas con las características descritas arriba genera malestar psíquico. Uno tiene que elevar las alertas para no andar en medio de estos escarnecedores, atestados de toda maldad. La trampa la colocan a nuestra espalda y doquier uno ande debe de estar atento, por lo cual también se nos dejó una clara advertencia y recomendación: velad y orad para que no entremos en tentación.

    Al creyente se le ha prometido la vida eterna en la perseverancia del bien hacer, a nosotros los que buscamos gloria, honra e inmortalidad. Estos valores positivos los otorga el Dios Creador, no la gloria del mundo, ni la honra de los príncipes y nobles, mucho menos la inmortalidad de los recuerdos por obras que hagamos. Dios otorga esos valores como parte de la vida que no acaba, el conocimiento de Dios como Ser verdadero y de Jesucristo el Hijo enviado. La contraparte la tienen los del conjunto entregado a sus vientres y lascivias: ira y enojo, tribulación y angustia por hacer lo malo. Al creyente también se le otorga paz, no la del mundo (porque el mundo tiene su paz, a su manera) sino la que sobrepasa todo entendimiento, la que cubre nuestros corazones y nos asegura el camino donde andamos. Es la paz de Dios por medio de Jesucristo.

    En esta humanidad descrita por las páginas de la Biblia, se añade que el resultado final es que no existe justo alguno, ni aun uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Todos se han desviado, haciéndose inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. La humanidad toda es como un sepulcro abierto dispuesta a engañar con su lengua, como si poseyera veneno de áspides bajo sus labios. La gente vive maldiciente, quejumbrosa y amargada, anda con pies apresurados para derramar sangre; están llenos de quebranto y desventura, sin conocimiento del camino de la paz (Romanos 3:10-17).

    Esta oscura descripción de la humanidad, desde la óptica del Creador, se da porque el ser humano perdió el temor de Dios delante de sus ojos. El hombre religioso que pretende que por sus buenas obras podrá escapar de la ira venidera, tiene una advertencia de inmediato: por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; sino que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    La buena noticia lo es para el que cree en Jesucristo, pero no para el que cree por cuenta propia. Me explico: el Padre es quien envía al Hijo aquellos que tendrán vida eterna (Juan 6:44); el corral de las ovejas donde moran los hijos de Dios también tiene cabras infiltradas. Esto se da a menudo por culpa de los pastores asalariados que no cuidan la doctrina, sino que venden la idea de amar a Jesús con todo el corazón pero dejan a un lado la doctrina que separa. La doctrina que separa viene del Padre, enseñada por Jesucristo; es la doctrina descrita por los apóstoles y todos los escritores bíblicos. Esa doctrina conviene cuidar ya que quien se ocupa de ella puede salvarse y ayudar a salvar a otros.

    Así le expuso Pablo a Timoteo su amigo y hermano, que no se descuidara en los asuntos de la doctrina aprendida. Alguno querrá objetar el contenido del mensaje y dirá que la doctrina que salva sería una obra humana; pero la respuesta la da la Escritura: la salvación pertenece a Jehová. Sin embargo, Isaías lo dice: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Pablo lo ratifica: Tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (conocimiento) (Romanos 10:2). También es cierto que el hombre impío no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura (1 Corintios 2:14).

    Entonces, ¿para qué ocuparse del conocimiento del siervo justo? ¿Para qué ocuparse de la doctrina? Vemos que la recomendación de Pablo a Timoteo se dirige a los creyentes, la de Isaías también habla a los que creemos. Así que no se le dice al impío que se ocupe de una doctrina que no puede entender, sino al que tiene el Espíritu Santo. En otras palabras, al que dice tener el Espíritu Santo, al que dice ser creyente, porque por medio de lo que confiese su boca, de acuerdo a lo que haya creído su corazón, se sabrá si es o no un árbol bueno. No puede el árbol malo dar fruto bueno, pero no puede el árbol bueno dar un fruto malo. Esas son palabras de Jesucristo, el mismo que aseguró que la oveja que le sigue (la que cree de verdad) no ser irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).

    ¿Y quién es el extraño? El que predica falsas doctrinas, el que anuncia que la gracia se combina con las obras, el que asegura que Jesús vino a expiar todos los pecados de todo el mundo, sin excepción. Que eso lo crea el impío no hay problema, el impío siempre anda en la vanidad de su mente. Pero el que dice creer y habla como impío está dando fruto de árbol malo (Lucas 6:43-45). La Biblia dice que el nombre del niño por nacer debería ser Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús lo dijo muchas veces: vino por las ovejas perdidas de la casa de Israel (Pablo nos asegura que nosotros somos el Israel de Dios); agregó el Señor que él pondría su vida por las ovejas (Juan 10), no por los cabritos que estarán fuera: y serán reunidas de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos (Mateo 25:32).

    Esas palabras duras de oír, predicadas por Jesús, espantaron a muchos de los que lo seguían como discípulos. Hoy día, los falsos pastores, los profetas de mentiras anuncian a un buen pastor que ama a todos por igual, que puso su vida en rescate no por muchos sino por todos, que espera que usted levante su mano, dé un paso al frente, acepte la oferta de salvación. Pero esas son palabras blandas para los oídos de los que aman las fábulas, que traen su veneno. La verdad es que la sangre de Jesucristo no fue derramada en vano, ni echada al azar, como si la descripción hecha por Dios de acuerdo a lo descrito en Romanos 3:10-31 fuese un invento. Si no hay quien busque a Dios, ¿cómo pudo Cristo morir por aquellos que jamás lo van a aceptar? El Señor murió por su pueblo, conforme a las Escrituras. A ese pueblo revive el Espíritu Santo en el día del poder de Dios, para hacerlo nacer de nuevo sin que medie voluntad de varón.

    El que no hable conforme a la ley y al testimonio es porque no le ha amanecido Cristo. El tal es un impostor y su fruto confesado revela que es un árbol malo. Pero sin duda, sigue siendo inexcusable.

    César Paredes

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  • UNA TORRE MUY ALTA

    El libre albedrío funge como bandera de todos aquellos que desean independencia del Creador. Como si fuese posible por el solo hecho de la promesa de la serpiente en el Edén, como si Dios se despojara de su soberanía por instantes para dar paso a la libertad de la criatura que previamente la ha colocado en un lugar neutro. Porque si el hombre murió en delitos y pecados, se hace necesario volver a nacer; y si los defensores del mito del libre albedrío pudieran nacer de nuevo por su cuenta para poder decidir, entonces también necesitarían del arbitrio divino para colocarlos en un lugar neutral.

    Pero no es así como la Biblia propone, no es así como enseña Jesucristo, el que ha dado su vida por todos los pecados de su pueblo. No murió el Mesías por los cabritos que pondrá a su izquierda para apartarlos hacia la condenación perpetua. Dios es soberano por siempre, a otro no dará su gloria; Dios ha tenido un plan que cumple a cabalidad, siendo sus promesas en Él un Sí y un Amén. De manera que si Dios no cambia, su inmutabilidad no puede sino servir como peso de hundimiento en aquellas almas que esperan confiadas en que su propia libertad los hará cambiar de actitud para un día decirle sí a Jesucristo.

    La Torre de Babel fue fundada con el fin de que el hombre se hiciera un nombre alto. De nuevo revoloteaba en el cerebro humano el sueño sembrado por el dragón, el de ser como Dios. La predestinación forma parte del plan providencial de Dios para sus escogidos. No hay otra forma de llegar al cielo sino por el Evangelio, pero nadie puede tener oídos para oírlo si no le son abiertos. De nuevo surge la pregunta en el hombre que objeta a Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Lo cierto es que a unos endurece Dios y a otros despierta para vida eterna, así que no depende del que quiere ni del que corra. ¿Por qué, entonces, predicar? Porque ha sido un mandato y esa es la única vía para conocer al Padre: Jesucristo alabó al Padre por los que le daría por medio de la palabra de sus antiguos discípulos (Juan 17:20).

    Esa palabra, asegura Pedro, es una semilla incorruptible. No puede ser una semilla contaminada, ya que el falso evangelio no ha podido salvar ni una sola alma; antes, el falso evangelio solamente corrobora que sus miembros, sus militantes, andan todavía extraviados de la verdad. Más allá de que repitan como loros los versos de la Biblia, Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo y antes de que hiciésemos bien o mal (Efesios 1:4; Romanos 9: 11-12; 2 Timoteo 1:9). Así que ninguna causa buena pudo haber en nosotros para que Dios nos haya escogido, sino simplemente el consejo de su voluntad inalterable. Ese es nuestro gozo, el de poder poseer algo que nadie puede obtener por méritos propios.

    Pero así como Abel fue envidiado por su hermano Caín, lo somos también por aquellos que llamándose hermanos entre ellos desprecian la verdad de la palabra de Dios. Ellos aman más la mentira, así que reciben de gratis y de buena gana el espíritu de estupor que Dios les ha enviado para que terminen de perderse. Ellos actúan y hablan como su hermano mayor el Faraón de Egipto: ¿Y quién es Jehová para que yo los deje ir? De igual forma aseguran que el Jehová en el cual ellos creen no se interesa mucho en la doctrina sino en el amor. De esa forma afirman que el amor une pero la doctrina destruye.

    Dios es el que justifica al impío, basado en la justicia imputada de Cristo, alcanzada en la cruz del Calvario (Romanos 3:21-26). Isaías nos habló de la importancia de conocer al siervo justo que justifica a muchos, de manera que el que ignora esa justicia de Dios cree de otra manera. Los que creen de otra manera asumen que la gracia proviene de Dios (lo cual es cierto), pero añaden un poquito de sabor al proceso o al acto de salvación: su libertad plena para poder decidir. De lo contrario, aseguran con su representante John Wesley que Dios sería un diablo, alguien peor que un tirano. De seguro coinciden con su padre Arminio (de la teología arminiana que profesan) en que ese asunto de la predestinación resulta repugnante. Para endulzar las palabras de la Biblia hacen malabares lingüísticos con el fin de autodemostrarse que odiar significa amar menos, cuando Dios refiere a su propio odio por Esaú (Romanos 9).

    La Torre de Babel, reseñada en Génesis 11, nos advierte contra la utopía humana: construir un mundo separado de Dios, distanciado de su ley, hacerse un nombre grande hasta los cielos. En materia política, económica y religiosa parece ser que se está logrando hoy día, como si fuese la gran meta de la humanidad. Un nuevo orden mundial, una nueva forma de pensar, con antivalores que pasarían a ser los nuevos valores: pedofilia, incesto, hechicería, guerra contra la Biblia en las escuelas y universidades, permisología para los matrimonios homosexuales, el tráfico de pequeños, todo ese estado de anomia imaginado en aquella vieja torre parece ser que se ha convertido en una cercana realidad. No en vano Jesucristo nos habló de su Segunda Venida, diciéndonos que habría unas señales similares a las mostradas en los días de Noé (cuando vino el diluvio), o en los días de Lot (frente a la vieja Sodoma).

    En lugar de obedecer el mandato de Dios de llenar la tierra, los habitantes de Babel pretendían construir una ciudad y una torre como marca de su autonomía. Pero eso sí, no una autonomía inocente (como si eso fuese posible) sino una que rivalizara con la soberanía de Dios. Eso tampoco puede ser posible, en el plano conceptual puro: Un Dios soberano no permite nada, sino que ordena o decreta que suceda lo que tiene pensado. El hecho de hacerse un nombre para ellos mismos implicaba un grito de orgullo por su propio trabajo, como si fuese la expresión mayor de su libre albedrío. Lo que nunca supieron, pero tal vez ahora lo sepan, es que para eso mismo fueron ordenados, como vasos de ira para exhibir la justicia de Dios contra el pecado.

    La pretensión de que la torre alcanzaría el cielo implica por fuerza el deseo de gobernar junto al Altísimo, pero bajo la vieja pretensión de Lucifer: subir a lo alto y ser semejante al Creador. El hombre mostró en Babel lo que ahora parece seguir exhibiendo con más fuerza por los medios audiovisuales: Hacerse un nombre para ellos mismos, mostrar su aparente independencia del Dios que los hizo. No en vano Nimrod fue un cazador contra Jehová o delante de Jehová, el cual gobernó en Babilonia (la ciudad Babel o confusión). Flavio Josefo narra en sus Antigüedades de los Judíos que Nimrod dijo que se vengaría de Dios (por el diluvio), en caso de que quisiera ahogar el mundo nuevamente, lo que lo lleva a construir una torre bien alta para que ni las aguas pudieran alcanzarla (Libro 1, Capítulo 4). Y si Nimrod no la hizo al menos sus seguidores lo pretendieron.

    La gente desea en su odio a Dios colocarse delante de Él (Génesis 10:9), enrostrarse ante el Señor. Por ese motivo la gente se rebela contra el Hacedor de todo, como lo hizo el Faraón de Egipto, como también sucedió con Caín al asesinar a su hermano Abel. Esaú luchaba contra Jacob en el vientre de la madre, como el niño Ismael de la esclava Agar batalló contra Isaac. De igual manera hacen los que son del mundo contra los que somos de Dios, simplemente no soportan nuestra quietud y nuestra palabra de fe.

    La batalla la dan los injustos contra los justificados por Dios, pero el mensaje es el mismo para todos: arrepentíos y creed en el Evangelio. Sabemos que creerán aquellos que fueron ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Sabemos por igual que el diablo siembra cizaña junto al trigo, que las cabras corren solas al aprisco de las ovejas para maltratarlas, que existen pastores asalariados que dejan entrar el lobo al corral y huyen con su salario a cuestas. Nuestro deber sigue siendo juzgar con justo juicio, discriminar y examinar para ver qué espíritus son de Dios.

    Hay espíritus (personas) que no son de Dios, cuyo evangelio es el otro del extraño, el que ablanda las palabras de Jesús y transforma la doctrina del Padre para hacerla grata a los oídos de las masas. Existen pastores que ordenan a sus ovejas a silenciar el tema de la predestinación, incluso permiten que lo crean pero para ellos mismos, en silencio. Saben que eso los atormenta, que esa doctrina espanta a muchos en sus sinagogas, los cuales dejarán las bancas libres y las arcas un poco vacías. Hay otros pastores que aseguran que Dios es soberano, pero no tan soberano; al parecer todos ellos parecen ignorar el significado de la justicia de Dios. Tienen gran celo por Dios, pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4).

    En lugar de construir una torre muy alta hagamos un lugar en el suelo para nuestras rodillas, donde podamos inclinarnos ante el Todopoderoso que nos hizo. Ese mismo Dios asegura que hizo al malo para el día malo, que hace el bien y crea el mal, que mata y da vida, que no hay quien detenga su mano y le diga: ¡Epa!, ¿qué haces? En lugar de hacernos un nombre para nosotros, hablemos de la gloria del único sabio Dios, porque Dios honra a los que le honran. En lugar de luchar contra Jehová, amistémonos ahora con Él y por eso nos vendrá paz.

    César Paredes

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  • LOS PECADOS EN BABEL (GÉNESIS 11:4)

    Nimrod, el cazador contra Jehová, inicia Babel, la que por algo es llamada confusión. Su origen etimológico, según los expertos en lengua acadia, nos lleva al significado de Puerta del Dios o Puerta de los Dioses. Nimrod era bisnieto de Noé, como para indicarnos que no todo lo que proviene del rescate en el Arca nos vino como inicio de una creación sin pecado. El plan de Dios continuaba como en el principio, con Jesucristo como meta para recibir la gloria de Salvador, el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado a favor de su pueblo en la era apostólica (1 Pedro 1:20).

    Babel ilustra con su torre la tendencia de la humanidad a engrandecerse. Lo que sucedió en aquella antigua época continúa por siempre en este mundo vendido al pecado. El deseo humano de independencia del Creador viaja en las venas de la humanidad, bajo el ánimo de rivalizar con todo lo que se parezca a Él. No en vano, los creyentes en el mundo estamos expuestos al odio natural de la descendencia de la serpiente. Dios había ordenado ciertos principios generales al hombre cuando lo creó, uno de ellos se refería a llenar la tierra. ¿Cuál fue la intención con Babel? Querían centralizar el poder y vigilar que los súbditos no se extendiesen fuera de sus fronteras, deseaban el control absoluto en manos del tirano Nimrod.

    La ciudad con su torre sería un símbolo del poder autónomo del ser humano contra el Creador. Una autonomía relativa por cuanto no existe casilla vacía: lo que pretendían liberar de la mano del Creador lo sometían a la tiranía del cazador contra Jehová. Hacerse un nombre pasa como deseo natural de aquellos que comienzan a despuntar en la vida, un nombre para su empresa que sobrepase a otras, para ejercer dominio sobre sus pares; un nombre que cultive el ego, un hábito en el ámbito intelectual de la humanidad. Escritores, poetas, autores diversos, escenógrafos, artistas de cine, actores de teatro, en fin, incluso los cantantes religiosos anhelan un nombre sobre todo nombre. Esto no es otra cosa que la exaltación del orgullo, como sucedió de acuerdo al relato de Génesis 11: Hagámonos un nombre.

    Cuántas personas no aspiran a controlar su propio destino, como si posible fuera. Aún los griegos antiguos conocieron que el Destino (Moira) dominaba incluso a los dioses, una fatalidad a la que cantaron con sus tragedias. El sentido trágico de la humanidad subyace en el destino que le es impuesto, su deseo de lucha y rebeldía la conducen por una serie de eventos donde aparece la paradoja de la vida. Surge la auto exaltación como principio activo para destacar sobre el otro, cosa que ahora llaman necesidad competitiva para el desarrollo de la sociedad. Babel nos enseña que el deseo de controlar su propio destino, en lugar de someterse a la voluntad de Dios, toma el orgullo como bandera y acarrea mucha enemistad con el Creador.

    Más allá de la estructura física, la torre constituyó un símbolo de lucha para rivalizar con Dios. Una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo (Génesis 11:4), van unidas al espíritu de hacerse un nombre, un claro desafío para imponer su propia autoridad ante el Creador. El ser humano lucha contra la soberanía de Dios, el que tenga duda puede mirar las páginas de los textos bíblicos. Verá que en muchos episodios se ve a la multitud o al individuo en cólera contra el designio divino. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esas fueron las palabras por la inmediata reacción de la multitud que, habiendo sido beneficiada del milagro de los panes y los peces, lanzó contra las palabras del Señor. A esa muchedumbre no le gustó que se le dijera que ninguna persona puede ir a Cristo si el Padre no la envía. La gente quería que se le respetara su libertad de ir o de no ir, lo que se llama en teología una ficción: la del libre albedrío.

    Pablo en su carta a los romanos describe el dolor que siente al tener que dar una revelación divina en torno a la condenación y salvación eternas. Con profundo dolor en su corazón no se guardó para sí el conocimiento, sino que nos lo entregó a cada lector de su epístola (Capítulo 9). El apóstol levantó en forma retórica a un objetor, alguien que se rebela contra el designio de Dios, en especial contra la voluntad de condenar a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas. Lo mismo aconteció para con Jacob, solo que fue beneficiado con la vida eterna. Pablo nos describe la soberanía absoluta de Dios, como lo hiciera Jesucristo cuando hablaba con los beneficiarios de los panes y los peces (Juan 6).

    Esa objeción retórica continúa latente hoy día, ya que no son pocos los que se preguntan: ¿Hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? El ser humano se molesta con el yugo de Dios, no desea ninguna brida para su boca, para su lengua, anhela libertad en medio del caos. Esto fue también lo que les ocurrió a aquellos edificadores de la ciudad y la torre.

    El deseo de hacerse un nombre grande conlleva implícito el anhelo de opacar el nombre de Dios. Pero el Señor ha dicho que no compartirá su gloria con nadie. La salvación le pertenece, viene de gracia y no por obra humana alguna, ni por obra de ángeles, así que incluso la fe se nos otorga como regalo. Pero de nuevo la Biblia nos habla de la autonomía de Dios: No es de todos la fe; sin fe es imposible agradar a Dios. El ser humano caído en delitos y pecados anhela los beneficios espirituales pero sin el benefactor. Desea tener la vida pero sin el Dios que la dio; anhela convertirse en su sacerdote para hilvanar teorías sofisticadas acerca de lo que es Dios y de cómo se comporta. En realidad trabaja para confeccionar un ídolo, una imagen mental de lo que debería ser Dios.

    La humanidad continúa su viaje hacia la torre. Un nuevo orden mundial se avecina y pretende congregar las religiones bajo un solo nombre; ya hay intentos globalizantes en nombre de la cercanía espiritual de los hombres. Dios es el mismo en cada religión, solo que tiene diferentes nombres y ha sido percibido de diferentes maneras. De esa forma y con ese criterio muchos se convencen bajo el argumento de cantidad, ya que la mayoría no puede estar equivocada. El sueño de Nimrod lo alcanzará alguien que funja como tirano, bajo un gobierno mundial, tal como la Biblia que tanto rechazan ha anunciado desde hace siglos.

    Así tiene que suceder, porque el destino ha sido escrito. El hombre acelera sus pasos para su propia destrucción, bajo la creencia de que se independiza del Creador y se hace un gran nombre para sí mismo. Su tragedia ha sido escrita y le anuncia lo que inequívocamente hará, a pesar de que desprecie las palabras del oráculo divino. Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

    César Paredes

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  • CARGA PESADA (MATEO 23:4 Y 11:28)

    Jesucristo ofreció a sus seguidores que fueran a él todos los que estuvieran trabajados y cansados, porque él los haría descansar. Los fariseos colocaban cargas pesadas que ni ellos se atrevían a mover con un dedo, ni siquiera se molestaban en dar un movimiento en apoyo a favor de aquellos a quienes turbaban con sus recomendaciones jurídico-teológicas. La religión convierte en oneroso cualquier pensamiento para que de esa manera el individuo ofuscado por su culpa acuda con diezmos y ofrendas como si hiciera una penitencia. No solo el orden económico resulta oneroso, también se turba la mente con la idea de la culpa.

    Un fariseo estaba acostumbrado a recomendar actividades para expiar el pecado, mientras ellos se creían a sí mismos libres de condenación. En realidad, Jesucristo los calificó como sepulcros blanqueados, podridos por dentro. Cualquier trabajo humano deviene obra de hombre inútil, ante el tamaño de la infracción cometida contra el Hacedor de todo. La dimensión del pecado no puede ser medida, el daño que ocasiona resulta enorme, lo que la sentencia bíblica demuestra: la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23).

    Esa muerte se define eterna, frente a la vida otorgada por Dios como su dádiva ofrecida a todos los que son suyos. La vida eterna en Cristo Jesús vino como contraparte de la muerte que encubría la serpiente antigua, cuando dijo que nada malo pasaría si desobedecían al Señor. La promesa satánica anunciaba que seríamos como dioses, cosa que no anhelaban en lo más mínimo ni Adán ni Eva. Pero como el diablo siempre quiso ser como Dios, procuró subir al trono del Altísimo y ser como Él. Su maldad surgió como producto de su soberbia, de la altivez propia de la divinidad que se propuso ser. Su deseo fue transferido a las primeras criaturas humanas.

    Ciertamente, conocimos el bien y el mal, pero este último se apoderó de nosotros. Cada cual se apartó por su camino, no quiso conocer a Dios (al verdadero), habiendo caído en injusticias apareció la enemistad contra el Creador. El enojo divino no se hizo esperar pero como todo estuvo sujeto al plan que el mismo Dios había ideado desde los siglos, el hombre no fue borrado de la faz de la tierra. Ya el Cordero de Dios había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo, es decir, deste antes de la caída de Adán. Ese Cristo aparecería en el tiempo apostólico para beneficio de su pueblo escogido (1 Pedro 1:20).

    Jesús ofreció el descanso, el reposo continuo, el alivio de la culpa. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados, ofreciéndose como Cordero sin mancha, sin pecado alguno, a través de un sacrificio perfecto. Al expresar en la cruz que su trabajo había sido consumado, el inconveniente para la enemistad contra el Creador fue eliminado de en medio. Entonces apareció la esperanza por medio de la luz que existe en el rostro de Jesucristo, para alumbrar dos cosas antagónicas: 1) el pecado humano; 2) el camino para la restauración del corazón del hombre. 

    El arrepentimiento al que hemos sido llamados implica un cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. Por un lado comprendemos la absoluta soberanía de Dios, pero al mismo tiempo miramos nuestra pequeñez, limitación y miseria. No hay justo ni aún uno, dice el Señor; no hay quien haga lo bueno. Aún la ofrenda del impío resulta en una abominación a Jehová. Las acciones buenas propuestas por los fariseos fueron cargas pesadas que no se pueden mover para borrar ni un solo pecado. La enemistad del hombre con Dios no se quita con limosnas, con sacrificios humanos, con penitencias y azotes. La memoria de la culpa no se borra y continúa como tormento eterno. 

    En cambio, toda la infracción del hombre arrepentido para perdón de pecados viene a ser borrada en forma absoluta, al mismo tiempo que todo pecado del hombre redimido es arrojado al fondo del mar. Esta metáfora nos ayuda a comprender que el Señor no mirará más nunca nuestro pecado porque la limpieza que hiciera Jesucristo resultó suficiente como justicia interpuesta entre Dios y el pecador. En un sentido el pecado fue eliminado en la cruz, por lo que Juan el Bautista tenía razón al decir que Jesús era el que quitaba el pecado del mundo. Pero al mismo tiempo son miles los que mueren sin esa limpieza de sus manchas porque no fueron bendecidos con el levantamiento de las cargas pesadas de la culpa eterna.

    Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Esa es la oferta de Jesús para todos aquellos que están atados a una conducta hostil contra ellos mismos. El pecado es una atadura de una carga en nuestros lomos, implica un dolor por el esfuerzo continuo por eliminarla. El saber que otros dirigen sus miradas hacia nuestros errores puede afligir al alma sensible. Hay almas con callosidades, con conciencias cauterizadas por el pecado, acostumbradas a la suciedad y que no perciben las cosas del Espíritu de Dios. Jesús sigue llamando como lo hace cualquier persona que ha nacido de nuevo, con el anuncio de la esperanza para una mejor vida. 

    La obstinación humana puede conducir no solo a la tumba, sino a la condenación eterna. En la crucifixión de Jesús vemos a dos malhechores a su lado; uno fue más sensible que el otro. En un ladrón cargado y cansado se produjo el arrepentimiento para perdón de pecados, el que da el Espíritu a los que son suyos. En el otro, la hostilidad ante el dador de la vida prevaleció por su dureza de corazón. Este último hacía burlas al Señor, pretendiendo ser oído como si el Cristo podría salvarlo si se salvara a sí mismo. Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y también a sálvanos a nosotros (Lucas 23:39). Ese malhechor anduvo por el camino de una fe equivocada.

    La fe desafiante es la misma utilizada por Satanás cuando probó al Señor en el desierto. Si tú eres Hijo de Dios, fue el sintagma preferido por el tentador. Ese desafío continúa en esta vida en las almas cuya conciencia permanece cauterizada. Dios no va a demostrarle a nadie que Él es el Señor como si de un número de magia se tratara; Dios llama a sus ovejas al redil, en tanto el Buen Pastor dio su vida por esas ovejas. El Espíritu es el que da vida, se mueve como quiere y nadie puede ver de dónde viene. 

    Herodes ponía mucha atención al discurso de Juan el Bautista, como queriendo comprobar sus palabras y en un esfuerzo por conocer su sentido. Sin embargo, ese interés se opacó por el grito de su lujuria, al ceder a la petición que se le hiciera de servir en bandeja la cabeza del profeta. Esto sirve de reflexión para aquellas personas que se interesan en la palabra de Dios pero cuya conciencia continúa esclava del pecado. Arrepentíos y creed en el evangelio, para que podáis disfrutar del descanso ofrecido por Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, pero para Dios todas las cosas son posibles.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

    absoluta soberania.org