Categoría: PREDICACION

  • PROCLAMACIÓN UNIVERSAL DEL EVANGELIO

    Somos llamados a predicar el evangelio hasta lo último de la tierra, para testimonio a todas las naciones. Esa predicación no garantiza la salvación de todo el mundo, ya que Jesucristo crucificado vino a ser una piedra de tropiezo para los judíos, en tanto para los gentiles (los no judíos) una locura. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría y los judíos señales, pero el anuncio era simplemente Cristo crucificado, el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:18-31).

    La palabra de Dios es locura para los que se pierden, la destrucción de la sabiduría de los sabios. Pero agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación, aunque para los llamados -judíos y griegos-, Cristo es el poder de Dios para los pocos sabios y nobles escogidos, así como para lo necio que del mundo escogió Dios. Sí, lo vil y lo menospreciado del mundo escogió Dios, para deshacer a lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. El que se gloría, que se gloríe en el Señor.

    Entonces, aunque prediquemos a Cristo sabemos que muchos lo rechazarán, por causa de permanecer en su estado natural. En cambio, a los llamados ese evangelio predicado se convierte en un llamado interno y eficaz. Sabemos que este llamado interno transforma el alma que ha sido equipada con fe salvadora. Esto es lo que se ha mencionado como nuevo nacimiento, lo cual no viene por obra humana sino solamente por voluntad del Espíritu de Dios. Es decir, para los que son llamados con llamamiento eficaz Cristo deja de ser una locura y pasa a ser el poder y sabiduría de Dios.

    Esta gran verdad ha sido enseñada por el mismo apóstol en otra de sus cartas. En Romanos 8:30 leemos: A los que predestinó, a éstos también llamó; a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. Recordemos aquel pervertido a quien Pablo ordena entregar su carne a Satanás, a fin de que su espíritu viva en el día final. Pese a su vistoso pecado el creyente padeció el castigo del Señor y se volvió de su mal camino. Pablo, tiempo después, también ordena reincorporarlo a la comunión de la iglesia. Los que somos ovejas rescatadas y nos convertimos en desobedientes, recibimos la disciplina del Señor.

    En 1 Corintios 3:15 leemos: Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien el mismo será salvo, aunque así como por fuego. Esto sucede cuando el creyente no construye su vida con materiales nobles, pero resulta salvado porque su fundamento sigue siendo Jesucristo (Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo: 1 Corintios 3:11). Así que hemos sido escogidos desde la eternidad para continuar con la glorificación final, porque este es el propósito del poder divino con su gracia soberana.

    Sabemos, pues, que cuando se anuncia el evangelio esa palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada (Isaías 55:11). No podemos predecir cómo usará Dios su palabra. Después de que Jesús resucitó, Dios ordenó que se apareciera no a todo el pueblo, sino solamente a aquellos que había escogido como testigos (Hechos 10:39-41). Ante el mensaje de Pablo y Bernabé, dice la Biblia, creyeron los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Los que no creyeron se entiende que escucharon sin que hubiera la eficacia del nuevo nacimiento.

    Esto también está apoyado por lo dicho en Apocalipsis 13:8 y 17:8, que adorarán a la bestia aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Y es que todos los que el Padre le da al Hijo vendrán al Hijo, y no serán echados fuera (Juan 6:37).

    Jehová le ordenó a Moisés hablar con el Faraón para que dejara ir al pueblo de Israel de su esclavitud. Pero antes que nada le dijo que Él endurecería al mandatario para poder glorificarse al final de todo. Ese patrón se repitió a lo largo de las plagas, pues cuando el Faraón se mostraba terco por su propia voluntad Jehová lo endurecía en su corazón. Después de la plaga de las langostas, el Faraón accedió a dejar ir al pueblo, pero cuando la plaga terminó, volvió a endurecer su corazón (Éxodo 7:14-21). En el verso 3 del capítulo 7 se lee la advertencia a Moisés de que Jehová endurecería el corazón de Faraón, y de que multiplicaría en la tierra de Egipto sus señales y sus maravillas.

    Se trata de un evento comunicado con anticipación, para demostrar la gloria de Jehová. Lo mismo relata el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que el anuncio del evangelio tiene el propósito de dar vida a los caídos, a las ovejas perdidas, pero por igual el de seguir endureciendo a las cabras.

    La soberanía de Dios nos apalanca el ánimo a los creyentes, los que somos llamados eficazmente. Nos garantiza que habrá fruto, hasta que el último de los consiervos se convierta (parafraseando Apocalipsis 6:11). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere… (Juan 6:44). Por esa razón Jesús había dicho momentos antes: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    Participamos del gozo de la predicación del Evangelio, ya que los que oyen teniendo oídos para oír serán rescatados. Cumplir con el deber trae alegría, de manera que no resulta oneroso la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Como se asentó en la Escritura: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación (Hebreos 3:15; Salmos 97:7-8).

    César Paredes

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  • REPROBACIÓN Y PREDICACIÓN

    La doctrina de la reprobación instruye para que los creyentes no se exalten a ellos mismos sobre los incrédulos. Hechos de la misma masa, todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Dios amó a uno pero odió al otro, como sucedió con el paradigma mostrado por Pablo respecto a Jacob y Esaú. Con humildad temblamos ante el Omnipotente, agradeciendo que hayamos sido contados como elegidos y no como reprobados. Dios no ve quién está dispuesto y quién no, porque mirando hacia la tierra encontró que ninguna persona le buscaba. No había quien hiciera lo bueno, sino que todos nos descarriamos siguiendo cada cual su propio camino. Pero tuvo misericordia de quien quiso tenerla, así que el evangelio se anuncia para que las ovejas del Señor escuchen su voz y sigan al Maestro.

    La palabra de Dios siempre hace aquello para lo que fue enviada, nunca regresa vacía. En algunos produce rechazo y culpa pero en otros vida eterna. El creyente siempre habrá de preguntarse qué tiene él que no haya recibido. De esta forma no tendrá nada en lo cual gloriarse. Hay gente que continúa con el rechazo a la verdad, como producto de la acción del misterio de la iniquidad. Esta operación viene para los que se pierden, ya que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Resultará natural que el mismo Dios les envíe un espíritu de error o de estupor, para que sigan creyendo la mentira (2 Tesalonicenses 2: 10-11).

    Cada creyente ha sido escogido desde el principio para salvación a través de la santificación; pero a los réprobos Dios les habla y los endurece, de manera que oigan y no comprendan (Isaías 6-9). Lo ratificó Jesús, al decir que hablaba en parábolas para que no le comprendiesen (Mateo 13:13), de manera que se cumpliese la profecía de Isaías. En cambio, a los discípulos les había sido dado el entender los misterios del reino de Dios, contrariamente a lo que sucedía en aquellos que estaban fuera de ese reino. El creyente es conducido de triunfo en triunfo en Cristo, ya que Dios nos revela su aroma agradable (dulce) del conocimiento divino. Pero el dulce olor de Cristo lo somos para Dios, tanto en los que somos salvos como en los que se pierden: un olor putrefacto de muerte en los condenados, pero un olor agradable para vida en los que vivimos eternamente. (2 Corintios 2:15-16).

    Comprendemos la frase de Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su martirio en la cruz. Él rogó al Padre por los que le daría y le había dado, pero dijo explícitamente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Esas palabras nos dan a entender que él no fue a la cruz para llevar el pecado de ese mundo por el cual no rogó, sino solamente para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese pueblo es llamado nación santa, pueblo escogido, amigos de Cristo; ese pueblo fue escogido de acuerdo a los planes eternos de quien hace todas las cosas posibles. Muchas personas encuentran tropiezo en esta palabra de Cristo, al punto de no poderla soportar (Juan 6:60).

    La doctrina de Cristo resulta de vital importancia para los que se declaran creyentes del Dios de la Biblia. Hay gente que dice creer pero que se extravía de esa doctrina, demostrando con ello que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11). Las riquezas de la gloria de Dios las mostró Él en los vasos de misericordia que preparó de antemano para gloria, a los cuales ha llamado y seguirá llamando, tanto judíos como gentiles (Romanos 9:23-24). Esas riquezas comprenden las perfecciones de su naturaleza, su amor eterno e inmutable, su misericordia y su sabiduría, su omnipotencia y fidelidad, su justicia en Cristo, lo cual se demuestra en el proceso y acto de la salvación de los escogidos.

    Nuestro pecado heredado de Adán nos ha convertido en criaturas miserables. He allí la misericordia de Dios, el favor inmerecido: mereciendo nosotros el castigo por nuestra culpa irredenta se nos tendió el manto de la gracia, sin que seamos más sabios que los otros o mejores que ellos. Hemos sido preparados de antemano para gloria, para la felicidad perpetua. Antes de que el mundo fuese, de que el tiempo fuese creado, Él nos escogió de acuerdo a su plan eterno. Solamente pensar en ello debe llenarnos de alegría y de humildad, además de entender que fue la justicia del Hijo la que nos fue imputada para ser considerados justos y separados (santos) ante los ojos de Dios.

    Toda persona que ha sido redimida debe esa redención a la voluntad del Todopoderoso; pero el que Dios quiera que todos los hombres sean salvos no se refiere a que desee que cada individuo de la raza humana sea redimido. Los que fueron ordenados para condenación no son deseados para salvación, por lo cual creerán la mentira para que ocurra en ellos la perdición total. Cuando la Biblia habla del deseo divino en relación a la salvación de todos los hombres, ha de entenderse según el contexto que se refiere a todo tipo de personas: reyes y gente simple, ricos y pobres, esclavos y libres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, nobles y gente innoble, de acuerdo a 1 Timoteo 2:4. Cuando usted lee los tres versículos precedentes (1 Timoteo 2:1-3) se dará cuenta de los tipos de personas que incluye ese todos de Pablo.

    El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios (ya que el amor de Dios precede al amor de las personas). Desde la eternidad Dios ha sido amor, y por amor hizo al mundo y a su gente. Pero tenía el plan de darle la gloria de Redentor a su Hijo, para que por medio de él parte de la humanidad que caería en pecado recibiera la justicia y perdón perpetuo. Cada creyente sabe que una vez anduvo en el mundo sin amor por ese Dios Creador, que practicaba solamente obras inicuas, caminando en enemistad con el Señor. Pero cuando recibimos su amor entonces comenzamos a amarlo: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10).

    Con esta doctrina de la reprobación podríamos dejar de tenerle envidia a los arrogantes, al ver su prosperidad. Sabemos que los impíos no sufren congojas por su muerte, ni pasan trabajos como los demás mortales. Están coronados de soberbia y no temen ni siquiera morir: suponen que hasta Dios los admira. Ellos hablan con altanería, blasfeman al decir ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? No pensemos que nuestro corazón ha sido limpiado en vano, ni que los azotes recibidos nos conducirán a renegar del evangelio. En la presencia de Dios llevamos nuestras cargas y en ese momento comprendemos el fin de esos impíos: Dios los ha puesto en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamiento. El Señor despreciará la apariencia de esos impíos cuando les llegue el turno. Los que se alejan del Señor perecerán y serán destruidos (Salmo 73).

    El Dios soberano ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4). No solo ha hecho Dios a los escogidos para amor eterno, sino también a los que va a condenar perpetuamente. Esto lo dice la Escritura para que no pensemos que no sea la voluntad de Dios la aparición de los impíos en este vasto mundo creado por Él. Así como Judas tenía que seguir de acuerdo a las Escrituras, Jesús dijo un ay por ese hijo de perdición. Había dicho antes que ese apóstol era diablo, que él lo había escogido a sabiendas de lo que haría (Juan 6:70-71; Mateo 26:24; Juan 13:27).

    César Paredes

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  • EL TESTIMONIO

    Jesucristo encomendó predicar el Evangelio por todo el mundo, para testimonio a todas las naciones (Mateo 24:14). Esto fue anunciado como una señal previa al fin de los tiempos, para que estemos apercibidos de lo que pronto habrá de acontecer. No dijo el Señor que toda la gente creería el Evangelio sino que la predicación sería un testimonio del conjunto de señales de su pronta venida. Jesús nos hablaba desde el Monte de los Olivos sobre el Evangelio del Reino, el mensaje de salvación que implica la proclamación de la muerte y resurrección de Jesús, junto con una llamada al arrepentimiento y a la fe.

    Los griegos le preguntaron a Pablo por ese anuncio que a nadie se le había ocurrido, al hablar de la resurrección de los muertos. Por medio de la fe lo creemos, si bien Lázaro fue un ejemplo de lo que Jesús anunciaba, así como gente del Antiguo Testamento pudo ver lo que aconteció en épocas del profeta Eliseo. Además, Job relata sobre el hecho de que el Redentor vivía y que se levantaría de entre los muertos, así como su cuerpo (el de Job) vería a Dios (Job 19:25-26). Así que estamos ante una revelación bíblica, desconocida por gran parte del mundo pagano antiguo. Sabemos que esa fue una forma en la cual nos habló Dios en tiempos antiguos, en sus diversas formas a través de los padres y profetas (Hebreos 1:1).

    Jesucristo es llamado el segundo o último Adán quien fue hecho espíritu vivificante (1 Corintios 15:45), en referencia a la resurrección. Hoy día existen doctrinas de demonios repartidas y anunciadas por doquier, diciéndonos que la muerte da inicio a un proceso de reencarnación para volver a la tierra en forma distinta, de manera que paguemos castigos o karmas por diversas razones. Otros nos aseguran que somos esclavos de una Matrix que nos gobierna, fantasía de los que anuncian vanas y huecas filosofías. Pero la gente tiene necesidad de oír y se amontona para escuchar a esos espíritus de la falsedad, contrariamente a lo que revela la Escritura.

    Jesús nunca habló de la conversión de todo el mundo, sin excepción, sino de una predicación general por medio de la cual sus ovejas serían rescatadas (Juan 10:1-5, 26). La misión de la Iglesia consiste en difundir el mensaje de Cristo a todas partes del mundo, dentro del plan de la Gran Comisión que Jesús le dio a sus discípulos (Mateo 28: 19-20). De esta forma, todas las etnias y pueblos del mundo podrán escuchar el anuncio de la buena noticia que Dios tiene para su pueblo escogido. Será como un testimonio de la verdad de Dios y de su amor para su pueblo. Esta señal será el cumplimiento de la era actual y el inicio de los eventos finales, lo cual incluye el regreso de Cristo y el juicio final; por lo tanto, la predicación del evangelio ante las naciones se considera como el precursor necesario para que se dé la segunda venida de Cristo.

    Paralelamente, cada creyente testifica ante el mundo acerca de su transformación por la regeneración que ha tenido por medio del Espíritu Santo y la palabra aprendida. Esa palabra divina ha sido señalada en numerosos textos bíblicos como el agua que limpia. El agua es un elemento recurrente que se asocia con la vida, la purificación, la bendición y la palabra de Dios. Ya en Génesis 2:10 se menciona al río que fluye del Edén y riega el jardín donde fue puesto el hombre; en Juan 4:14 Jesús habla del agua viva que da vida eterna. Sin agua no hay vida, lo que subraya la dependencia humana de Dios para la vida espiritual y física.

    El agua también purifica; el lavado con agua en los rituales del Antiguo Testamento se asemeja al bautismo del Nuevo Testamento (Éxodo 30:18-21; Mateo 3:11; Hechos 2:38). El agua nos viene como un símbolo de la purificación del pecado y de la limpieza espiritual, así como el bautismo representa la muerte al pecado y el renacimiento a una nueva vida en Cristo. Justo conviene subrayar que el bautismo no borra el pecado sino que es un símbolo de lo que hizo la sangre de Cristo, como bien se deriva de lo acontecido al ladrón en la cruz, quien no se bautizó pero que fue con el Señor al Paraíso.

    Otro sentido que se da al agua en las Escritura puede ser corroborado en Juan 7:37-39, en referencia al Espíritu Santo que recibiría el creyente, para que corran de su interior ríos de agua viva. Cristo ha purificado a la iglesia, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:26); el profeta Isaías habla de la palabra de Dios que sale de su boca, la cual no volverá vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para lo cual fue enviada (Isaías 55:10-11). Esto fue dicho con el símil del agua de la lluvia y de la nieve derretida que riega la tierra y la hace germinar y producir, dando semilla al que la siembra y pan al que come. Por esa razón sabemos que la palabra de Dios purifica, nutre y da crecimiento espiritual, dado que la fe viene por el oír la palabra de Cristo.

    Por lo dicho, el testimonio de la palabra de Dios da vida al que la oye siempre que a éste Dios le haya dado la fe como regalo (Efesios 2:8). Testificar nos alegra porque cumplimos lo encomendado a nosotros como creyentes, pero también porque al hablar la palabra divina tenemos una retroalimentación que nos nutre el alma. Esto en suma se representa como una metáfora poderosa que ilustra la manera en la que sustenta Dios a su gente, en la forma de limpiar la vida de su pueblo a través de su palabra y de su Espíritu. Como punto final, recordemos las palabras de Juan en una de sus cartas: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo, el cual es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:1). Recordemos que testificamos pero a veces no hacemos lo que debemos y hacemos lo que no deberíamos hacer (Romanos 7); esto no detiene nuestra testificación, sino que demuestra nuestra fragilidad ante la vieja naturaleza.

    Sabemos que la expresión todo el mundo la usa Juan para dar a entender a su iglesia (conformada fundamentalmente por judíos conversos) que el Señor tiene un plan grandioso para con los gentiles, llamados el mundo según el pensamiento ideológico de los judíos de entonces. No presupone que Dios haya salvado a todo el mundo, sin excepción, sino más bien da a entender una inclusión del mundo gentil. De la misma forma la Escritura nos muestra a un grupo de judíos fariseos que se maravillaron del hecho de que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19), aunque ellos no se fueron tras el Cristo, ni los romanos del Imperio, ni los saduceos, ni mucha gente del pueblo; tampoco lo hizo el resto del mundo, simplemente se trataba de una expresión hiperbólica que mostraba el asombro de los fariseos por la vía de la exageración.

    César Paredes

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  • LA DESVIACIÓN TEOLÓGICA

    Es conocido que una gran cantidad de personas de la religión cristiana comete el error de la desviación teológica. Esto lo digo con referencia al evangelio, a su comprensión y a su predicación. Desde que Adán cayó en pecado la raza humana toda heredó una naturaleza pecaminosa. Nada puede hacer el hombre por redimir su alma, de manera que Dios lo supo desde siempre, ya que en su eternidad se dispuso ordenar al Cordero para la expiación. Así lo confirma Pedro en su Carta, (1 Pedro 1:20), diciéndonos que Jesucristo estuvo ordenado para expiar el pecado de su pueblo, desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico. El mismo apóstol nos dejó en claro que el objetivo del Creador nunca fue la salvación de toda la raza humana. En 1 Pedro 2:8 leemos: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados. Cristo ha sido colocado para el levantamiento de algunos, así como para el tropiezo y caída de otros. La desobediencia a la palabra, la infidelidad humana para con el Creador, son las causas del tropiezo de muchos. A éstos Dios los dejó en su maldad, pero no porque no pudiera levantarlos como hizo con otros sino porque ese fue su designio e intención desde la eternidad. Si miramos un momento a lo que anuncia la Escritura respecto a Esaú, comprenderemos que la voluntad de Dios aparece inquebrantable y sempiterna.

    No pudo hacer nada Esaú, ni el Faraón de Egipto, ni Caín, como tampoco Judas, así que ellos iban conforme a la Escritura con su destino a cuestas, para tropezar en la roca que es Cristo. En cambio, aquellos escogidos por Dios para ser testigos de su amor inquebrantable, persistimos en el amor de Cristo, más allá de que a veces tropezamos en la maldad y nos sentimos infelices por ello. Pero de inmediato el Espíritu de Dios nos levanta, nos sostiene, para volver al redil como David lo hizo, sumergido en arrepentimiento para perdón de pecados. En nosotros aparece la gracia que distingue para nuestro favor, como una generación escogida que bebe agua en el desierto, que experimenta los ríos en medio de los sequedales de verano. Eso somos en el mundo, testigos del manantial perpetuo, cosa que molesta mucho a los que se sienten separados de la gracia. Por eso el mundo nos odia, no porque seamos mejores que ellos sino porque siendo de la misma naturaleza que todos hemos sido vivificados por el Espíritu. Aparte de ser una nación santa somos un real sacerdocio, un pueblo particular que obedece la voz del que lo llamó de las tinieblas a la luz. Aunque estuvimos en el mundo como formando parte con él, fuimos llamados y regenerados, dándonos testimonio el Espíritu ante nosotros mismos de que somos hijos de Dios.

    Esta es la razón por la que la Escritura nos exige abstenernos de los deseos carnales, que solo se ejercitan para satisfacción del vientre. Hemos de batallar contra las obras de la carne, aquellas que se producen por la ley del pecado que domina muchas veces la mente, y que nos lleva a su cautividad (Romanos 7:23). Hasta este momento hemos dejado en claro nuestra identidad y nuestra similitud con los que no creen el evangelio, para demostrar que nuestro cambio interno lo ha dado Dios con su Evangelio. Nunca ha dependido de nosotros, como si fuésemos mejores que Esaú o que Caín, simplemente tuvimos suerte o herencia, en el decir de Pablo (Efesios 1:11) para recibir el llamado eficaz de Jesucristo.

    La desviación teológica subyace en pretender que Dios quiso hacer con todos lo que ha hecho con algunos. La Biblia habla del remanente que será salvo, aunque la humanidad sea semejante en número a la arena del mar; Jesús enfatiza en que son pocos los escogidos, aunque muchos sean los llamados. Agrega que lo que resulta imposible para los hombres (la salvación) es posible para Dios. Él vino a morir en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 17:9, 20). No podemos pretender extender la expiación de Jesucristo más allá de las fronteras que el Dios Trino quiso darle, ya que eso implicaría oposición de nuestra parte a la doctrina de Cristo.

    En Juan 6 podemos leer lo que explícitamente Jesús expuso sobre la soberanía divina respecto a la salvación. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Y el que a mí viene no lo echo fuera… Nadie puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. En esas dos premisas se compendia el propósito divino en relación a la salvación humana: solamente los que el Padre le envía al Hijo serán salvos. Absolutamente todos los que el Padre le envía al Hijo serán salvados. Ni uno solo se perderá, ya que no serán echados fuera. Pero Jesús enfatizó en el mismo contexto en la enseñanza del Padre: Y serán todos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Por supuesto, aquellos que fueron colocados para tropezar en la palabra que es Cristo de seguro trastabillarán y caerán con esta teología.

    Muchos de sus discípulos murmuraron por lo que Jesús decía, se retiraron porque no pudieron soportar su palabra dura de oír. Poco les importó la maravilla del milagro de los panes y de los peces, lo cual habían presenciado y de lo cual se habían beneficiado. Tampoco tuvo relevancia el cúmulo de enseñanzas recibidas de parte de Jesús, ya que el tema de la soberanía de Dios en materia de salvación los incomodó a grado extremo. Eso lo supo Jesús y no le importó en lo más mínimo, ya que siguió diciéndoles el mismo mensaje una y otra vez.

    Cuando ellos se retiraron haciendo murmuraciones de sus enseñanzas, Jesús se volteó a los doce y les preguntó si ellos querían irse también. Pedro le respondió que él era el Señor y que no tenían a quién más ir. Jesús les respondió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (hablando de Judas Iscariote, el que lo había de entregar). Si Jesús hubiese incurrido en la desviación teológica habría corrompido la doctrina del Padre; esto lo hubiera hecho si le hubiese importado que lo siguieran multitudes. Eso es lo que hacen muchas personas disfrazadas de cristianismo hoy en día, se entregan a la conformidad de las masas y sacrifican la palabra torciéndola, privatizándola, para mantener serena a la gente y en el mismo sitio. Estos falsos maestros y pastores de mentiras se ocupan del vientre de todos, haciendo discriminación en lo que deben decir para no ofender a los que asisten a sus congregaciones. De esa manera se llenan los bancos y crecen las arcas del templo. Llegan a advertir a los que descubren en la palabra que Dios predestinó para salvación y para condenación desde antes de la fundación del mundo, que si ellos quieren creer eso que lo crean en silencio o en secreto, para que los demás no se perturben. Han llegado a exigir que en sus púlpitos y asambleas no se predique esa palabra que trae confusión a las multitudes.

    Gracias a Dios las Escrituras nos muestran todo el consejo de Dios, sin importarle en lo más mínimo lo que pueda perturbar al mundo que rechaza a Cristo. El diluvio universal viene como prueba de lo que decimos, la humanidad entera pereció excepto ocho personas. No olvidemos nunca que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Esto se escribió en la Biblia para nuestra enseñanza, de manera que comprendamos que no es por obra la salvación, a fin de que ninguno tenga de qué gloriarse.

    César Paredes

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  • LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

    Intentamos expandir el anuncio de la buena nueva de salvación, para que la información llegue hasta lo más lejos posible. No vinimos a este mundo a salvar almas, como si tuviésemos el poder de hacerlo. Nuestro cometido consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, enseñada por los escritores bíblicos. Por supuesto, muchos creerán por medio de esa palabra, pero nosotros no salvamos a nadie. Apenas nos mostramos como instrumentos en las manos del Todopoderoso, para que las ovejas del Señor que todavía andan perdidas vayan al redil.

    Las cabras que oyen este mensaje se enfurecen, nos odian, porque son del mundo. El mundo ama lo suyo y nunca amó al Señor; además, Jesús no rogó por el mundo la noche antes de realizar su expiación (Juan 17:9). El otro evangelio, aquel del cual Pablo dijo que era maldito, se predica a las cabras, y las ilusiona, por lo que en las sinagogas donde operan sueltan cabezazos contra todos los que puedan soltar. En esos lugares la doctrina del Señor no se manifiesta como énfasis, y cuando lo hace viene torcida para perdición de quienes doblan el sentido de las palabras bíblicas.

    Los pies de los que traen las buenas nuevas de salvación son exaltados en el texto bíblico. La evangelización, de acuerdo a lo que muestran los evangelios, consiste en el anuncio general del trabajo de Jesucristo en la cruz. Pablo aseguró que él había mostrado todo el consejo de Dios; así que conviene mirar cuál fue su mensaje para poder imitar a ese gran evangelista. La doctrina del apóstol, lo que él daba en llamar su evangelio, siempre contuvo la enseñanza de la soberanía de Dios. La predestinación fue un tema favorito del apóstol para los gentiles, una cosa profunda que los indoctos e inconstantes tuercen, en el decir de Pedro (2 Pedro 3:16).

    Dios ama al dador alegre, todo lo que el hombre sembrare eso segará. Esto también puede ser tenido como otro punto doctrinal bíblico, precisamente de la pluma del apóstol Pablo. El apóstol hablaba de los hermanos que se esmeraron por ayudarlo, algunos enviándole dinero para los asuntos propios de su estancia como misionero, otros fueron elogiados por su generosidad en la hospitalidad que tuvieron. Con ello se contempla la importancia de la ayuda que los creyentes han de darse unos a otros, en la armonía que dicta el amor que nos tenemos.

    Las aflicciones del tiempo presente no son nada, comparado con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Romanos 8:18). Eso lo dijo el apóstol que fue arrebatado al tercer cielo, sin que le quedara claro si fue en cuerpo o en espíritu. En ese lugar vio cosas que no pudo narrarlas, no por prohibición sino por no encontrar palabras; el impulso que le dejó ese acontecimiento fue de tal magnitud que siguió encendido en la fe con gran ímpetu. Para evitar que aquella experiencia se le subiese a la cabeza, le fue dado un aguijón en su carne, el mensajero de Satanás que lo abofeteaba. Oró en tres oportunidades al Señor para que le quitara esa carga pesada, pero el Señor le dijo que le bastaba con su gracia, ya que su poder se hacía más grande en la debilidad del apóstol.

    Dios nos administra, nos controla para que no tengamos desviación del camino. Nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca, de manera que comprendamos que lo que decimos demuestra lo que creemos. Es decir, el árbol bueno se conoce por su irrefutable fruto bueno; aquel que ha nacido de nuevo no puede confesar un falso evangelio, porque estaría siguiendo al extraño. Eso sería incongruente con lo que dijo Jesucristo, que las ovejas que oyen su voz y le siguen no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). La confesión de otro evangelio forma parte del trabajo del apóstata, del maestro de mentiras, del pastor inútil.

    La doctrina del Evangelio se nos ha dado como una materia de seria importancia. Conviene cuidarla y ocuparse de ella, ya que por medio de su contenido muchos alcanzarán la salvación (1 Timoteo 4:16). Esta declaración de Pablo ante Timoteo demuestra que la falsa enseñanza, la falsa doctrina, no salva a ninguna alma. Así que resulta inútil el dicho de muchos supuestos creyentes que han militado por un tiempo en el error doctrinal, la presunción de su decir que afirma que en ese período de tiempo de error anduvo salvo. Eso no puede ser posible, ya que la palabra contaminada está corrompida y resulta ineficaz en materia de salvación.

    Lo dijo Jesucristo, cuando rogaba al Padre, dando gracias por los que habrían de creer por la palabra de esos primeros discípulos (Juan 17:20). Ellos tenían la palabra incorruptible del evangelio, como bien lo escribió el apóstol Pedro. Pablo tuvo por basura todo ese tiempo en que fue un religioso más del fariseísmo, todo aquello que hizo sin Jesucristo. Tengamos en cuenta esas palabras del apóstol, para que cotejemos los actos de muchos que dicen venir del error doctrinal pero que todavía insisten en afirmar que eran creyentes salvos mientras militaban en la falsedad de la enseñanza. Si en realidad hubiesen sido salvos desde ese tiempo en que andaban en la herejía, no habrían tenido necesidad de cambiar su doctrina.

    No podemos andar por el mundo diciéndole a la gente una mentira doctrinal, como se ha acostumbrado desde hace demasiado tiempo: “Cristo murió por tus pecados, acéptalo como salvador. Él ya hizo su parte, haz tú la tuya. Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida”. Piense en Judas, antes de decir usted tales palabras; piense en Esaú, en el Faraón, en cada réprobo en cuanto a fe, en los destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Así que esa fórmula de evangelización es herética en su totalidad. El fruto que ella produce es para muerte, pues si alguien cree en el error, su ignorancia no lo justificará. Lo afirmó Jesucristo cuando reprendió a los escribas y fariseos que rodeaban el mundo en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno (Mateo 23:15). ¿Por qué doblemente culpable? Porque ya estaba perdido y después siguió a otro que también andaba en el error. Jesús no lo disculpó por su ignorancia, sino que lo condenó doblemente. Así que conviene escudriñar las Escrituras porque en ellas parece que tenemos la vida eterna, y ellas testifican de Jesús.

    Es mejor decirle a la gente que Jesús es el Hijo de Dios que vino a este mundo para morir por todo su pueblo (Mateo 1:21), que no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero que vino a buscar a las ovejas perdidas. Que si oyes hoy su voz, no endurezcas su corazón. Que nos acerquemos a Dios en tanto Él está cercano. Que examinen las Escrituras para ver que le dice Dios a su alma, pues más vale perder la vida y sus cosas antes que nuestra alma eterna. Esto no es necesariamente el modelo, pero sí que puede tener lineamientos generales para hablar con el prójimo, para ver si es motivado por el Espíritu Santo para indagar en la palabra de Dios.

    Seguir con el modelo perverso de los falsos maestros no traerá buen fruto. Con esa mentira se garantiza el fracaso, como bien lo afirmó el Señor: el árbol malo no puede dar fruto bueno. Si la premisa mayor está contaminada de error, la conclusión será forzosamente errática también. Hablad verdad, cada uno con su prójimo (Efesios 4:25). Los trucos sicológicos tampoco son adecuados para persuadir a las almas, pues de seguro atraerán a las cabras al aprisco de las ovejas. Resulta categóricamente trascendente el hablar la verdad, el anunciar a Cristo como el Dios soberano, el que dio su vida en rescate por muchos. ¿Estará usted entre esos muchos?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org