Los hombres de religión se dan a la tarea de buscar su propia gloria redentora antes que ver la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Una tendencia surge en el corazón humano para satisfacer su ego: se trata de la suposición de que Dios vio algo bueno en nosotros para elegirnos. De esta forma se tiende a comparar las vidas de Jacob y Esaú, ignorando el presupuesto bíblico que indica con claridad abundante que ambos fueron elegidos antes de ser formados, antes de que hicieran bien o mal. Mucho le cuesta al religioso que se califica como cristiano dar por sentado que Dios en su soberanía absoluta hace como quiere.
El planteamiento de Pablo en Romanos 9 ha sido desvirtuado en muchas ocasiones. Sin embargo, nadie puede remover sus términos y sentido que están colocados en su discurso. El hecho de que el apóstol levantara un objetor por su declaración acerca de que Dios odió a Esaú sin miramientos a obra alguna, hace entender que esto molesta la conciencia del hombre natural. La pregunta se levanta de inmediato: ¿Hay injusticia en Dios? Sigue otra cuestión importante: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Ya que ¿quién puede resistirse a su voluntad?
Es decir, dado que Esaú no pudo dejar de vender la primogenitura porque no había sido amado por Dios, el abogado defensor exclama: Dios no debería juzgar como culpable de pecado a Esaú, habiendo sido víctima del mismísimo Creador. Pero el Juez supremo responde de inmediato: ¿Quién eres tú para discutir conmigo (con Dios)? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero y como barro no puedes reclamar por qué razón has sido hecho como has sido hecho. He allí la comparación de dos entidades opuestas: El Dios soberano absoluto frente a la criatura débil, impotente, que debe un juicio de rendición de cuentas.
La expiación de Cristo fue absolutamente necesaria. No hubo otro medio de salvación, por más que los teólogos se esmeren en el relato de la libertad divina. Como Dios tiene libre albedrío pudo haber escogido otro método o medio de salvación. Sin embargo, el que Dios haya escogido ese medio (el sacrificio de su Hijo) hace que asumamos que era absolutamente necesario y no contingente. No fue una opción hipotética como si hubiese otra forma o manera de redimir al hombre.
El religioso puede obviar la palabra de Dios e interpretar con mejores ganas y ver con propicios ojos la opinión de sus teólogos. La razón hay que buscarla en que anhela más su propia gloria que la del Dios mostrado en el rostro de Jesucristo. ¿Por qué condena Dios a los humanos creados para tal fin? Sencillamente porque quiere mostrar su ira y hacer notorio su poder (Romanos 9:22). Por esa razón soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción. Asimismo se dice en el Antiguo Testamento, respecto a la maldad del amorreo. Dios le dijo a Abraham que después de cuatro generaciones sus descendientes regresarían a ese lugar, porque todavía no había llegado al colmo la maldad de los amorreos (Génesis 15:16-21).
Dios tiene un plan y lo cumple junto con su providencia de circunstancias, para que todo se culmine como ha previsto. El mismo Faraón fue levantado para tal fin, como se lo dijo a Moisés; el Faraón sería endurecido en su corazón para que no dejara salir a Israel de Egipto, de forma que Jehová desplegara su poder ante esa nación y ante el pueblo de Israel, salvando a este último del azote egipcio. Los amorreos eran altamente idólatras, como los otros cananeos, practicando rituales religiosos abominables (sacrificio de niños, entre otros pecados). Así que Dios tiene un propósito con la maldad humana, para luego exaltar su poder ante la humanidad y para que sus escogidos le den gloria.
Estos escogidos de Él son llamados de entre los judíos y los gentiles, para mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, en tanto hemos sido creados como vasos de misericordia. Esta propiedad de gracia la gozan todas las ovejas, pero el ser oveja o ser cabra es una cualidad necesaria que no cambia nunca. En Juan 10:26 leemos: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. El Señor no le dijo a ese grupo de personas que ellos se convertirían en ovejas si creyeran, sino que no podían creer porque no eran ovejas.
El que es réprobo en cuanto a fe siempre objetará la soberanía absoluta de Dios. Unos dirán que Dios es soberano pero no tan soberano; otros argumentarán que si uno cree esa doctrina será mejor callarla, no vaya a ser que confunda a los demás feligreses. Incluso hay quienes a pesar de lo que Cristo aseguró respecto a sus ovejas (que nadie podría arrebatarlas de sus manos ni de las manos del Padre), continúan sosteniendo que ellas pueden salirse por cuenta propia. La soberbia humana lucha contra las palabras de las Escrituras, buscando interpretaciones privadas para poder soportar lo que ellos consideran palabras duras de oír (Juan 6:60).
Recordemos que cuando el sembrador salió a esparcir sus semillas muchas de ellas cayeron junto al camino, siendo comidas por las aves; otras cayeron sobre terreno rocoso sin tierra suficiente, secándose por causa de no tener raíz suficiente. Otras semillas cayeron entre espinos y fueron sus plantas ahogadas, pero la que cayó en buena tierra dio fruto a su tiempo y en abundancia. Así dijo Cristo, con el colofón de que quien tenga oídos para oír que oiga.
Esta doctrina no es nueva, ya había sido enseñada en el Antiguo Testamento. Ezequiel relata sobre la mano de Jehová que estaría contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Es decir, contra los que en nombre de Dios pregonan un falso evangelio, una ilusión para el pecador pero sin verdad expuesta. Esos predicadores engañan al pueblo y dicen paz sin que la haya (todo está bien, cree como puedas). De esta forma Dios advierte que tanto esos profetas que levantan esa pared como los que los ayudan (el pueblo felizmente engañado) serán víctimas del juicio divino (Ezequiel 13: 9-14). Esta palabra está en concordancia con lo que Jesús enseñó muy claramente: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (hombres religiosos), hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito (en su evangelización), y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros (Mateo 23:15).
Hay evangelizadores que anuncian prosperidad, que auguran éxito para sus devotos. Falsamente profetizan en el nombre de Dios, sin que hayan sido enviados por Él; es visión mentirosa, solo adivinación, vanidad y engaño, por lo cual también serán consumidos (Véase Jeremías 14:13-16). Cuando el Señor llama lo hace para rescatar sin demora; no existe una gradación salvadora, no hay tal cosa como demorar en el error mientras se está siendo salvado. El llamado del Señor implica que tengamos que salir de la Gran Ramera, la gran Babilonia que gobierna el mundo espiritual y material, a base de religión mentirosa.
¿Cómo puede alguien creer en Jesucristo si no lo conoce? ¿Acaso no es la eficacia de su sacrificio una teología central en el evangelio? Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su muerte (Juan 17:9), dijo que había escogido a Judas como diablo (Juan 6:70), señaló que los que no creían no lo podían hacer porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). La Biblia afirma que creerán todos los que estén ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La gloria de Dios se ve en su énfasis soberano y salvador, ya que ha escogido y ordenado individuos para salvación eterna. No es por nuestros propios esfuerzos o méritos, sino que aún la fe que nos lleva a creer también nos ha sido dada (Efesios 2:8). En resumen, ¿de quién es la gloria? ¿Del hombre o de Dios?
César Paredes