Categoría: PROPÓSITO

  • GLORIA DEL HOMBRE, GLORIA DE DIOS

    Los hombres de religión se dan a la tarea de buscar su propia gloria redentora antes que ver la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Una tendencia surge en el corazón humano para satisfacer su ego: se trata de la suposición de que Dios vio algo bueno en nosotros para elegirnos. De esta forma se tiende a comparar las vidas de Jacob y Esaú, ignorando el presupuesto bíblico que indica con claridad abundante que ambos fueron elegidos antes de ser formados, antes de que hicieran bien o mal. Mucho le cuesta al religioso que se califica como cristiano dar por sentado que Dios en su soberanía absoluta hace como quiere.

    El planteamiento de Pablo en Romanos 9 ha sido desvirtuado en muchas ocasiones. Sin embargo, nadie puede remover sus términos y sentido que están colocados en su discurso. El hecho de que el apóstol levantara un objetor por su declaración acerca de que Dios odió a Esaú sin miramientos a obra alguna, hace entender que esto molesta la conciencia del hombre natural. La pregunta se levanta de inmediato: ¿Hay injusticia en Dios? Sigue otra cuestión importante: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Ya que ¿quién puede resistirse a su voluntad?

    Es decir, dado que Esaú no pudo dejar de vender la primogenitura porque no había sido amado por Dios, el abogado defensor exclama: Dios no debería juzgar como culpable de pecado a Esaú, habiendo sido víctima del mismísimo Creador. Pero el Juez supremo responde de inmediato: ¿Quién eres tú para discutir conmigo (con Dios)? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero y como barro no puedes reclamar por qué razón has sido hecho como has sido hecho. He allí la comparación de dos entidades opuestas: El Dios soberano absoluto frente a la criatura débil, impotente, que debe un juicio de rendición de cuentas.

    La expiación de Cristo fue absolutamente necesaria. No hubo otro medio de salvación, por más que los teólogos se esmeren en el relato de la libertad divina. Como Dios tiene libre albedrío pudo haber escogido otro método o medio de salvación. Sin embargo, el que Dios haya escogido ese medio (el sacrificio de su Hijo) hace que asumamos que era absolutamente necesario y no contingente. No fue una opción hipotética como si hubiese otra forma o manera de redimir al hombre.

    El religioso puede obviar la palabra de Dios e interpretar con mejores ganas y ver con propicios ojos la opinión de sus teólogos. La razón hay que buscarla en que anhela más su propia gloria que la del Dios mostrado en el rostro de Jesucristo. ¿Por qué condena Dios a los humanos creados para tal fin? Sencillamente porque quiere mostrar su ira y hacer notorio su poder (Romanos 9:22). Por esa razón soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción. Asimismo se dice en el Antiguo Testamento, respecto a la maldad del amorreo. Dios le dijo a Abraham que después de cuatro generaciones sus descendientes regresarían a ese lugar, porque todavía no había llegado al colmo la maldad de los amorreos (Génesis 15:16-21).

    Dios tiene un plan y lo cumple junto con su providencia de circunstancias, para que todo se culmine como ha previsto. El mismo Faraón fue levantado para tal fin, como se lo dijo a Moisés; el Faraón sería endurecido en su corazón para que no dejara salir a Israel de Egipto, de forma que Jehová desplegara su poder ante esa nación y ante el pueblo de Israel, salvando a este último del azote egipcio. Los amorreos eran altamente idólatras, como los otros cananeos, practicando rituales religiosos abominables (sacrificio de niños, entre otros pecados). Así que Dios tiene un propósito con la maldad humana, para luego exaltar su poder ante la humanidad y para que sus escogidos le den gloria.

    Estos escogidos de Él son llamados de entre los judíos y los gentiles, para mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, en tanto hemos sido creados como vasos de misericordia. Esta propiedad de gracia la gozan todas las ovejas, pero el ser oveja o ser cabra es una cualidad necesaria que no cambia nunca. En Juan 10:26 leemos: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. El Señor no le dijo a ese grupo de personas que ellos se convertirían en ovejas si creyeran, sino que no podían creer porque no eran ovejas.

    El que es réprobo en cuanto a fe siempre objetará la soberanía absoluta de Dios. Unos dirán que Dios es soberano pero no tan soberano; otros argumentarán que si uno cree esa doctrina será mejor callarla, no vaya a ser que confunda a los demás feligreses. Incluso hay quienes a pesar de lo que Cristo aseguró respecto a sus ovejas (que nadie podría arrebatarlas de sus manos ni de las manos del Padre), continúan sosteniendo que ellas pueden salirse por cuenta propia. La soberbia humana lucha contra las palabras de las Escrituras, buscando interpretaciones privadas para poder soportar lo que ellos consideran palabras duras de oír (Juan 6:60).

    Recordemos que cuando el sembrador salió a esparcir sus semillas muchas de ellas cayeron junto al camino, siendo comidas por las aves; otras cayeron sobre terreno rocoso sin tierra suficiente, secándose por causa de no tener raíz suficiente. Otras semillas cayeron entre espinos y fueron sus plantas ahogadas, pero la que cayó en buena tierra dio fruto a su tiempo y en abundancia. Así dijo Cristo, con el colofón de que quien tenga oídos para oír que oiga.

    Esta doctrina no es nueva, ya había sido enseñada en el Antiguo Testamento. Ezequiel relata sobre la mano de Jehová que estaría contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Es decir, contra los que en nombre de Dios pregonan un falso evangelio, una ilusión para el pecador pero sin verdad expuesta. Esos predicadores engañan al pueblo y dicen paz sin que la haya (todo está bien, cree como puedas). De esta forma Dios advierte que tanto esos profetas que levantan esa pared como los que los ayudan (el pueblo felizmente engañado) serán víctimas del juicio divino (Ezequiel 13: 9-14). Esta palabra está en concordancia con lo que Jesús enseñó muy claramente: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (hombres religiosos), hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito (en su evangelización), y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros (Mateo 23:15).

    Hay evangelizadores que anuncian prosperidad, que auguran éxito para sus devotos. Falsamente profetizan en el nombre de Dios, sin que hayan sido enviados por Él; es visión mentirosa, solo adivinación, vanidad y engaño, por lo cual también serán consumidos (Véase Jeremías 14:13-16). Cuando el Señor llama lo hace para rescatar sin demora; no existe una gradación salvadora, no hay tal cosa como demorar en el error mientras se está siendo salvado. El llamado del Señor implica que tengamos que salir de la Gran Ramera, la gran Babilonia que gobierna el mundo espiritual y material, a base de religión mentirosa.

    ¿Cómo puede alguien creer en Jesucristo si no lo conoce? ¿Acaso no es la eficacia de su sacrificio una teología central en el evangelio? Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su muerte (Juan 17:9), dijo que había escogido a Judas como diablo (Juan 6:70), señaló que los que no creían no lo podían hacer porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). La Biblia afirma que creerán todos los que estén ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La gloria de Dios se ve en su énfasis soberano y salvador, ya que ha escogido y ordenado individuos para salvación eterna. No es por nuestros propios esfuerzos o méritos, sino que aún la fe que nos lleva a creer también nos ha sido dada (Efesios 2:8). En resumen, ¿de quién es la gloria? ¿Del hombre o de Dios?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN PLAN ETERNO

    Todo cuanto acontece en este universo más o menos conocido, obedece a un plan eterno del Creador. El profeta Isaías lo escribió por orden divina: Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46: 8-9). La declaración de Dios acerca de que anuncia el final desde el principio no obedece a que mira el túnel del tiempo para averiguar cuanto sucederá. El hecho de que haya declarado que su consejo permanecerá y que hará todo cuanto quiere, presupone que controla cada evento por acontecer.

    La entrada del pecado en el huerto del Edén no fue casual, ni fue algo que pudiera no haber ocurrido; ese acto de pecado cometido por el hombre tenía que ocurrir, ya que de otra manera el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo no se hubiese manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Aún al malo hizo Dios para el día malo, como todas las cosas que ha hecho para sí mismo (Proverbios 16:4). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3-37). Dios usa su palabra para rescatar a sus ovejas, para que vuelvan su mirada al buen pastor.

    Esta es la razón por la que afirmamos que Dios tiene un plan eterno e inmutable, habiendo hecho el mundo con un propósito. No hay fracaso en Él, como ya vemos por las citas enunciadas: aún al malo hizo para el día malo. Ahora bien, muchos se preguntarán por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad; la respuesta a esa interrogante está en la Biblia, cuando de inmediato el apóstol Pablo exclama: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? (Romanos 9: 20). El pecado que abunda en el mundo hace que el hombre íntegro se cuide y se aleje de su influencia; por otro lado, nos educa junto a la ley divina para acudir a Cristo.

    No todo el mundo va a Cristo, ni puede ir; solamente aquellos que fueron destinados para tal propósito serán llamados en el tiempo oportuno de forma eficaz. Los gemelos hijos de Isaac y Rebeca fueron destinados desde antes de que hiciesen bien o mal para cumplir propósitos opuestos. Uno fue odiado de antemano, Esaú, el otro fue amado desde siempre, Jacob. Acá nos enseña la doctrina bíblica que no se trata ni de genética ni de raza, tampoco por la pertenencia a una rama familiar determinada sino que fuimos escogidos por el propósito de Dios. Dura cosa para esos gemelos el amarse en la vida o tal vez el enemistarse el uno contra el otro, pero al final del camino permanecer separados por siempre: uno junto al Eterno y el otro en el lago de fuego.

    Nadie puede alegar inocencia por cuanto todos hemos pecado, ya que la Escritura declara que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios); entonces, la redención viene por la fe de Cristo, la cual es un don divino (Efesios 2:8). Todo cuanto acontece ha sido diseñado desde el principio, para que ocurra de acuerdo al plan divino y para que honre la naturaleza de Dios. Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 22). Esa paciencia para soportar obedece también a un plan que hizo, para que llegado el momento se manifieste el hombre de pecado, aquel inicuo obra de Satanás, a quien el Señor destruirá con la espada de su boca.

    El planeta de hoy se ve envuelto en un culto abierto a Satanás, ya sin disimulo, con el descaro que presupone viajar en contra del estatus bíblico con el cual se ha beneficiado toda la tierra. El concierto para que gobierne ese dictador mundial se está conjuntando de acuerdo a lo que Dios ordenó. Se amontonan las gentes para romper las coyundas divinas, para destruir todo lo que se refiere al Dios Omnipotente, como si logrando aquello la humanidad pudiera afianzarse en la paz y la seguridad. La destrucción vendrá repentinamente y se librarán las batallas anunciadas por los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento.

    No podemos hacer nada por detener el avance del Anticristo, ya que ha sido preordenada su manifestación. Lo que podemos hacer es entregarnos a la santidad, como dice la Escritura: el que es santo, santifíquese más (Apocalipsis 22:11). Fijémonos en lo que la Escritura también coloca: El que es injusto, sea injusto todavía; el que es impuro, sea impuro todavía…(Apocalipsis 22:11); las palabras dadas a Daniel fueron cerradas hasta el tiempo del fin, cuando ya podemos entender lo que se le dijo al profeta. Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:9-10).

    Vivimos en un mundo que gira en torno a la voluntad de Dios, no a la del hombre. Aunque parezca lo contrario, lo que el impío hace debe hacerlo para que el plan divino se orqueste como se lo propuso el Creador de todo cuanto existe. Las finanzas, las políticas, todo cuanto acontece en los distintos niveles de vida, lo que nos rodea en el plano afectivo, cada cosa que pasa ha sido planificada para que acontezca. Lo que para nosotros pudiera parece azar ha sido para Dios necesidad; Judas Iscariote se nos muestra como arquetipo junto a Esaú de los inicuos preparados para tropezar en la roca que es Cristo. Ellos iban conforme a la Escritura, pero su iniquidad pasa a ser castigada, sin que importe que no hayan podido resistirse a la voluntad divina. Lo que la falsa teología suscrita a los intérpretes privados de la Escritura manifieste, sirve para consolar la mente desviada del Logos Eterno. Parece un consuelo inútil, ya que la Escritura es plana y simple, pero los ojos de las cabras no soportan lo que se dice de ellas.

    En razón del plan de Dios Pablo pudo asegurar que todas las cosas operan conjuntamente para bien de los escogidos de Dios (Romanos 8: 28). Las aflicciones temporales trabajan para beneficio de los hijos de Dios, de manera que los creyentes no nos perdamos en las depresiones que la vida procura por medio de la actividad demoníaca desarrollada por los servidores del mal. Más allá de los fracasos temporales en los escenarios del mundo, aún dentro de las mal llamadas iglesias, el plan de Dios ha incluido todo para nuestro beneficio final.

    Pablo nos ha asegurado que cada cosa está bajo el gobierno de Dios, ya que forma parte de su plan para los escogidos. Todas las cosas y no solamente algunas, tanto las que están en los cielos como las de la tierra. Es el consejo de la voluntad divina la que hace que acontezca aquello que su providencia procura, para su gloria y para el propósito nuestro. Pablo bendice a Dios por habernos escogido en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para que pudiésemos ser santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). Esto implica el plan eterno e inmutable del Todopoderoso, como para que no nos aflijamos en demasía por las molestias propias de andar en medio del mundo. El mundo no nos ama porque no somos de él, pero el mundo ama lo suyo y le ofrece los deleites de los ojos, la vanagloria de la vida y los deseos de la carne.

    Nuestra lucha continúa contra los principados y potestades espirituales de maldad, los cuales gobiernan en las regiones celestes. Hay mucha gente que le sirve abierta o discretamente a esos gobiernos del mal, pero perseveramos en la oración, en el aprendizaje de la doctrina de Cristo para permanecer firmes. Falta poco recorrido en nuestro peregrinar por el mundo hostil, así que no caigamos y si caemos sepamos que somos sostenidos por la mano del Eterno (Salmos 73). Tres veces feliz debe tenerse aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto sus pecados (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUESTRA PRINCIPAL META

    El creyente en Cristo tiene un propósito fundamental en este tránsito hacia su patria celestial. No se trata de convertirse en un ser moralista, ni en un ejecutor de buenas obras, como si esas actividades pudieran ayudarlo a lograr el fin deseado. Más bien, su objetivo habrá de enfocarlo en caminar el día a día inspirado en la palabra que llegó a creer. El mundo ofrece muchas distracciones, pero la falsamente llamada iglesia engaña enormemente. En el nombre de Cristo se han hecho guerras, se han desarrollado odios y resquemores, con la bandera del moralismo y del celo evangélico. Urge indagar en la esencia de la vivencia cristiana, para extraer su contenido en forma refinada.

    Cristo vino como la luz al mundo, aunque también como Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). El Dios que se hizo hombre no procuró jamás la conquista de todos los corazones en la tierra; supo desde un principio que Judas lo había de entregar, de manera que lo escogió como diablo para que cumpliera el consejo del Padre. Dijo un ay por el que lo entregaría, pero lo enfatizó en el contexto de que todas las cosas debían ir conforme el Padre lo había dictado. Nosotros que intentamos seguir su estandarte no podemos abaratar su evangelio bajo la premisa falaz del argumento ad populum. La cantidad no debe importarnos, no refleja autoridad alguna en el cometido del propósito evangélico.

    Si miramos a los profetas encontraremos un sendero común referido a la soledad. ¿Sólo yo he quedado? -preguntaba Elías. ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? -demandaba Isaías ante el Todopoderoso. Juan el Bautista fue la voz que clamaba en el desierto. Jesús mismo habló de la manada pequeña, de los muchos llamados dentro de los cuales había pocos escogidos. Nos aseguró que lo que era imposible para los hombres (el reino de los cielos o la salvación eterna) era posible para Dios. Nuestra meta debe comprender la soledad como premisa, el aislamiento del mundo como fundamento de santidad, así como el diálogo con el Creador y con sus seguidores.

    Hemos de comprender que no somos mejores que los que marchan hacia su fatal destino, sino que solamente tenemos esa conciencia que ve la diferencia entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte eterna. Por supuesto, ese detalle nos viene como obsequio divino, ya que la salvación toda pertenece al Señor. ¿Por qué Dios no quiso salvar a toda la humanidad de la catástrofe del infierno? Sus razones tendrá, pero sabemos solamente que el contraste nos ayuda en la apreciación de la bondad conferida. El impío aparece en escena para que el justo valore la medida del obsequio recibido.

    Claro está, la iglesia apóstata se ha encargado del desprestigio de los que pertenecemos al redil del Evangelio de Cristo. Lo malo que hacen unos lo pagamos todos, ante la mirada acusatoria y lógica que el mundo hace. Doctrinas contradictorias, profanas, que engañan a los asistentes al foro eclesiástico, permean las almas difuntas de los muertos en vida. Al mismo tiempo traen ganancias deshonestas a los que propician cuanta herejía se expone desde los púlpitos de la religión espuria.

    Nosotros somos diferentes por causa de la luz del Evangelio, no por razones que nos sean propias. El mérito religioso engaña la mente, como el ritual realizado semana tras semana camufla engaños perniciosos. Si tan solo leyéramos la palabra divina podríamos recuperar la sensatez de la doctrina de Cristo: vino a lo suyo, a la redención de todo el pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo. La Biblia enfatiza en que nuestra redención no se debe a obras de ningún tipo, sino a la sola voluntad soberana de quien nos eligió. No que Dios haya previsto y por anticipación valoró nuestras cualidades, ya que se ha escrito que Dios no encontró quien lo buscara, ni siquiera un solo justo, ni quien hiciera lo bueno.

    De allí que lo despreciado del mundo, lo vil y lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. Esta verdad nos conduce a la humildad suprema, al agradecimiento sin límite. No puede llevarnos a la oferta incondicional del Evangelio, a la exhibición de un Dios pordiosero que mendiga almas. Dios quiso que el mundo fuese como es, malévolo y sacrílego, para mostrar su piedad basado solo en su voluntad. Leemos del amor eterno del Altísimo por Jacob, como del odio eterno por Esaú. Esto lo hizo sin miramiento en sus obras, buenas o malas, sino solamente por la voluntad de quien elige.

    Por supuesto, de inmediato comienzan las dudas y los reproches contra ese Dios que se muestra injusto. Injusto se dice porque no amó a Esaú sino solamente a Jacob, pero la respuesta bíblica no esperó siglos para aparecer sino que dice de inmediato que el hombre no es nada ni nadie para altercar con su Creador. Se escribe que somos como ollas de barro en manos del alfarero, destinadas para usos diversos. El Señor dueño del barro hace como quiere, sin tener consejeros y sin inmutarse porque lo critiquen. No existe otro evangelio sino el revelado en las Escrituras, pero sí que aparecen los intérpretes privados para proponer herejías (opiniones propias).

    En la medida en que nos adentramos en el Evangelio de Cristo comprendemos la distancia que de las Escrituras mantienen de las sinagogas de Satanás. Todo aquel que pregona un evangelio extraño pasa a ser catalogado como anatema (maldito) junto a su falso mensaje. La democratización del anuncio de salvación demuestra su abaratamiento para congraciarse con la opinión de los muchos. De esa manera se vitaliza la falacia ad populum que tanto daño hace a las multitudes. Pero que las masas vivan guiadas bajo el argumento de cantidad no debe impacientarnos a nosotros. Seguimos como Elías pensando que quizás solamente hemos quedado unos pocos, pero en la visión de Juan reseñada en el Apocalipsis él contó gente de toda lengua, tribu y nación.

    Poco importa que no los conozcamos a todos, que supongamos que nadie oye a nuestro anuncio. El Dios Eterno ha prometido que su palabra no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él se ha propuesto. A unos da vida eterna, pero a otros añade mayor condenación. Mantengámonos asidos del lomo del libro sagrado, aferrémonos a la esperanza bienaventurada de la salvación provista. Esa redención no fue potencial sino actual, no depende de quien quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Si ya hemos evidenciado que su misericordia nos ha tocado, estemos contentos y sigamos con pie firme para no trastabillar en este maravilloso recorrido hacia la patria eterna. Somos ciudadanos de los cielos, no de este mundo; por esa razón el mundo nos odia, pero los cielos nos reclaman como herederos de una promesa ineludible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUEVO AÑO, NUEVOS PROYECTOS

    Termina un año y es como cerrar un período, para mirar lo alcanzado como si se hubiesen hecho promesas por cumplir. El fin de la jornada nos lleva a expectativas novedosas, bajo la promesa de que en breve cambiaremos ciertos hábitos hasta convertirnos en mejores personas. Incluso dentro de las filas del cristianismo, muchos se convencen de que habrán de mejorar en cuanto a su inversión del tiempo. Algunos llegan a prometerse que leerán la Biblia entera en este nuevo año que comienza, que llevarán una agenda donde escribirán sus peticiones de oración a Dios, para mirar al final del tiempo lo que les ha sido contestado.

    Son metas particulares de los que así piensan y actúan, nada malo por necesidad. El problema siempre se presentará al ciclo culminado, con un saldo rojo porque en materia de pecado el creyente siempre tiene de qué hablar. Todos cometemos errores, día tras día, errores de comisión y errores de omisión, ya que dejar de hacer lo bueno también se considera un acto errado. Errare humanum est, sería lo mismo que pecar es un asunto humano. La naturaleza nuestra está vendida al pecado (Romanos 7), sometida a la ley del pecado que gobierna nuestros miembros; solo nos queda dar gracias a Dios por Jesucristo, quien nos librará en breve de este cuerpo de muerte (hablo del cuerpo del pecado).

    Pablo nos exhortó a presentar nuestro cuerpo como un sacrificio vivo a Jesucristo, de manera que no podemos suponer que el apóstol estuviera molesto con la carne física del cuerpo humano. Eso lo dejamos para los gnósticos, que consideran que un Dios puro no pudo habitar carne impura. El apóstol habla del cuerpo de muerte, ese que muestra su reflejo en las acciones pecaminosas de nuestra vida. David afirmaba que había sido formado en maldad, y que en pecado lo había concebido su madre. No hablaba de adulterio o de fornicación en sus padres, sino del pecado heredado de Adán, nuestro padre común.

    Esa naturaleza nuestra nos empuja hacia el suelo, da rienda suelta al ojo, a la vanidad y al mundo. Por más que procuremos mantenernos erguidos, ¿quién es aquel que no peca? Solo los locos del movimiento de santidad creado por la secta de John Wesley pueden decirnos que han conseguido días y semanas completas sin pecar. Resulta indudable que no han comprendido ni un ápice de lo que dicen las Escrituras al respecto. La contaminación en el Edén trajo consigo la muerte, no solo la física sino la eterna. La muerte eterna es la paga del pecado, pero el regalo de Dios es la vida eterna en Jesucristo.

    ¿Por qué razón no todos los humanos alcanzan la vida eterna en Jesucristo? Resulta innegable que muchos han muerto sin siquiera conocer del sacrificio de Jesús en la cruz. Son muchos los que aún viven en esta tierra y no han escuchado nada sobre el Hijo de Dios. Se nos encomendó la predicación del Evangelio, hasta lo último del mundo. Eso hemos hecho desde que aquellos doce apóstoles encomendados para tal fin arrancaron con el anuncio. Pero aún en aquel tiempo de su apostolado fueron pocos los que oyeron, dado que no hubo otro mecanismo de instrucción sino la predicación del Evangelio.

    Dios no envió ángeles del cielo para que sobrevolaran las naciones y anunciaran a viva voz lo que Jesús había alcanzado en la cruz. Esa tarea del anuncio fue encomendada al ser humano, solamente, así que ha sido realizada la tarea con todas las limitaciones temporales conocidas. Al mismo tiempo hubo y hay todavía persecución, obstrucción al anuncio predicado; la burla está a la vuelta de la esquina, junto a la respuesta de los herejes que tuercen la doctrina de Jesús. Un sinnúmero de contratiempos se suman al esfuerzo desplegado por los que intentamos cumplir con la gran comisión. Otros sin escrúpulos procuran extraer provecho económico de esta faena, piden ayuda monetaria para poder realizar la tarea que se nos exige: hacerlo gratuitamente. De gracia recibisteis, dad de gracia (Mateo 10:8).

    La Biblia habla de la dignidad de las personas para recibir el Evangelio. Los discípulos habían recibido gratuitamente el don de hacer milagros, así que el Señor les exigía que lo ejecutaran en forma gratuita. Lo mismo valía para la palabra de vida recibida, el Evangelio del Señor; era un regalo que les había dado Dios, así que se exigía que lo expusieran gratuitamente. El contraejemplo por excelencia viene dado por Simón el Mago, quien le propuso a los apóstoles en forma impía que le otorgaran el don de hacer milagros para él imponer manos a los demás. Intentó pagar dinero a cambio del don del Espíritu, pero recibió una reprimenda rotunda que lo dejó callado hasta nuestros días.

    Esa dignidad se refería a la hospitalidad para con el evangelista, si se le manifestaba civilidad, cortesía, amabilidad. Por lo tanto, no fueron enviados a los prostíbulos, a las casas de juegos de azar, a los sitios impropios donde lo santo no debe ser dado a los perros ni las perlas echadas a los cerdos. Hay gente que es grosera, ante los cuales resulta preferible callar. El Evangelio nos viene como una proposición decente, pero incluso los recintos que fungen como iglesias pueden manifestarse groseramente contra aquellos que llevan la doctrina de Cristo. En esos casos es mejor salir de sus lugares, dado que nuestra paz se volverá a nosotros y aquella gente resultará culpable de juicio en peor forma que lo fueron Sodoma o Gomorra (Mateo 10:15).

    Claro está, los que se oponen a la doctrina de Cristo están descritos en estos pasajes, no solamente los groseros que no quieren oír el Evangelio, sino aquellos que diciéndose hermanos rechazan groseramente el cuerpo doctrinal del Señor. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; os he enseñado todo el consejo de Dios, refirió Pablo en otro aparte. Vengo a enseñar la doctrina de mi Padre, aseguró Jesús; cuando el Señor les exponía la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, los discípulos que se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces se fueron murmurando, diciendo que nadie podía oír semejante enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

    Que sea propicio el propósito para el nuevo tiempo que llega, de manera que tengamos en mente el renovarnos. Hagamos votos para estudiar la doctrina del Dios soberano, el que no tiene consejero, el que hace como ha querido desde siempre; que podamos decir con Jeremías que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Que digamos con el profeta Amós que el mal que sucede en la ciudad lo ha hecho Jehová. Solo entonces, cuando hayamos asimilado tales verdades doctrinales expuestas por el Espíritu Santo en las Escrituras, enseñadas por Jesús ante los discípulos, repetidas por los escritores de la Biblia, habremos comprendido la dimensión de lo que fue escrito para nosotros.

    De todas formas, entendamos que nuestro anuncio va en tinajas de barro, como si fuésemos ovejas ante los lobos que asesinan al mensajero por causa del mensaje. Nuestra comparación con las ovejas alude al espíritu humilde que hemos de tener, sin que pretendamos hacer daño alguno, dado que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos. Dependemos de Jehová, sin que nos apoyemos en nuestra propia prudencia. El mundo odia a Cristo y ama lo suyo, por lo tanto no nos amará con el mensaje del Evangelio. Pero siempre se nos garantiza que habrá alguien digno de recibirnos, para que compartamos esta buena noticia. Entendamos una vez más que esa dignidad no está basada en los actos de misericordia de la gente, en obras de la ley, sino en la tierra abonada por el Padre donde la semilla caerá y crecerá dando fruto por doquier. Hay una dignidad en quien nos recibe, pero existe la nuestra para que podamos escapar de la hora de la prueba que se yergue sobre los moradores de la tierra; esa dignidad se compone entre tantas cosas de la acción de velar y orar. En resumen, que nuestro propósito para estos nuevos tiempos incluyan la oración eficaz del justo, el acto de la vigilia o el velar con ojo avizor, para reconocer los espacios donde nos movemos. Que se incluya por igual el estudio de la doctrina de Cristo, en toda su dimensión, el hecho de la santificación (que no es más que la separación del mundo, con sus deseos y vanagloria). Que podamos entender que ya nos queda poco tiempo y que la venida del Señor o nuestra partida con él se acerca cada vez más.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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