Categoría: PROTECCIÓN

  • NUESTRA CONFIANZA EN ÉL

    La providencia de Dios se manifiesta siempre, pero al confiar disfrutamos más. La queja se acompaña con el temor, moviéndonos del lugar en donde habitamos. Como creyentes vivimos en Cristo, pero el mundo se encarga de responder con la duda ante cualquier interrogante que tengamos. Nuestra visión de quién es Dios y acerca del significado de su providencia pasa por reconocer lo que significa la verdad. Estar bajo el cuidado de su providencia implica reconocer que Dios gobierna todas las cosas (las buenas y las malas). No existe algo demasiado difícil que Él no pueda realizar; hemos de reconocer que las diversas pruebas por la cuales pasamos obedecen al entrenamiento que ha preparado para cada uno de sus siervos.

    No seremos probados más allá de lo que podamos resistir, de manera que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme al propósito del Señor (Romanos 8:28). Ese Dios que está en los cielos ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), así que nada acontece por azar. En realidad, Dios hace como quiere en medio de las huestes celestiales, así como entre los habitantes de la tierra (Daniel 4:35). La depresión del profeta Elías también fue parte del propósito divino, así que le consoló un ángel y fue ayudado con comida y sueño reparador.

    Normal resulta sentir ansiedad en muchas ocasiones, dado que vivimos y nos movemos en medio de gente incrédula. La maldad ha aumentado en estos días del fin de los tiempos, en tanto el amor de muchos se ha enfriado. Estamos en un mundo que tiende a ignorar la fe cristiana, para que se cumpla lo predicho por Jesucristo: que cuando él volviera, tal vez no habría fe en la tierra (Lucas 18:8). Nos hace falta conexión con la naturaleza, pero por igual con el Espíritu de Dios. No todo es biología, también vivimos de la palabra del Señor.

    Nuestra tendencia a juzgar a Dios por causa de las circunstancias no se detiene. El Salmo 136 nos alienta a tener en cuenta bajo cualquier circunstancia que la misericordia de Jehová es para siempre. El salmista hace memoria de los hechos portentosos que señalaron al Creador como Omnipotente, pero agrega que para siempre es su misericordia. Esta es la clave de nuestra relación con el que nos libró de la muerte eterna, con aquel que tuvo piedad y amor hacia nosotros, cuando estábamos todavía muertos en delitos y pecados.

    La Biblia nos declara que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (su pueblo), por lo tanto Él nos dará también junto con Jesucristo todas las cosas (Romanos 8:32). Hemos aprendido que la murmuración socava nuestra confianza y no aporta solución eficaz. El creyente debería usar el momento de la preocupación para clamar al Altísimo, para dedicarse un poco más a la oración. De esa manera comprobará que la angustia se aleja y podrá valorar mejor sus circunstancias en las manos del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad.

    Si las quejas las convertimos en plegarias, seremos dichosos y recibiremos con abundancia. Nuestras penas deben ser traídas ante el Señor, para evitar quejas y reclamos inútiles. Al traer nuestro corazón en forma muy honesta ante el Todopoderoso, reconocemos su benignidad y su providencia. David oró una vez así: Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia (Salmos 142:2). Nuestra queja ante Dios no es acerca de Él, sino acerca de nuestras faltas y limitaciones. Hemos de quejarnos por nuestra falta de credulidad, pero al mismo tiempo tenemos el deber de llevar todo lo que nos agobia ante el Señor.

    David fue perseguido por Saúl, pero eso Dios lo sabía antes de que David se lo dijera; Dios envió la prueba sobre su siervo para que afectara su alma y para que en medio de la angustia clamara ante el Dios que lo había librado de Goliath. De esta forma se ejercitaba la gracia y su efecto en el siervo que clamaba, al tiempo que la fe con la que acudía en su plegaria se fortalecía. Cuando se turbe nuestro corazón digamos junto a los hijos de Coré: ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío (Salmos 42:11).

    Jesús afirmó lo siguiente: Si viven (permanecen) en mí, y mi palabra vive en ustedes, pedid todo lo que queréis, y os será hecho (Juan 15:7). Esta es una promesa de quien lleva por nombre Fiel y Verdadero; no se trata de palabras de autoayuda, ni de ordenar al universo para que se manifieste. Tales tipos de brujería moderna resultan en una abominación ante el Señor; lo que Jesús nos dijo fue que confiáramos en su palabra y le creyéramos al Padre que lo envió. La prueba, por lo tanto, viene como un mecanismo disparador del clamor ante la presencia del Altísimo.

    Vivir en la palabra de Dios (que es Cristo) y hacer que esa palabra viva en nosotros implica saturar nuestra mente con la verdad. Esa saturación viene cuando llenamos nuestros pensamientos con la palabra divina, cuando meditamos en lo que Dios ha dicho y hecho. En nuestra lucha diaria con las circunstancias tenemos dos posibilidades: controlar cada elemento que nos disturba o confiar en el que ha creado las cosas que nos acontecen. Recordemos que apenas somos las ramas del viñedo, en tanto Cristo es la viña misma. Fuera de él no podemos hacer nada.

    Nuestra fe nos conduce a la actividad y no a la pasividad: significa que dejamos de batallar en nuestras fuerzas y decidimos obedecer y confiar en el Dios que nos cuida. Para poder vivir en esa palabra que es Cristo debemos mostrar gratitud antes que la queja. Resulta de provecho hacer memoria de las ocasiones en que hemos sido favorecidos por la intervención divina siempre oportuna. Cada quien reconocerá los momentos en que Dios se ha manifestado en forma muy particular, como le aconteció al Israel cuando huía del Faraón. Esa memoria de los eventos que se relacionan con nuestras batallas de fe, alentará al espíritu abatido por las circunstancias.

    Al recordar los acontecimientos triunfales en nuestro recorrido de fe, daremos gracias a Dios. De esa forma obedecemos lo que se nos dijo oportunamente: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús (1 Tesalonicenses 5:18). ¿Cómo no habremos de confiar en aquel que calma los vientos y las tempestades? Nunca estamos solos, Cristo camina a nuestro lado; si miramos hacia la cruz reconoceremos el grande amor que Dios tuvo para con su pueblo escogido. Con esa mirada hacia el Calvario recibiremos la inundación de la bondad y misericordia que fluyen perpetuamente.

    César Paredes

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  • PERSEVERANCIA Y FE (PRESERVACIÓN)

    La fe perdura hasta el final, no por causa de nuestras fuerzas sino en razón de nuestra perseverancia. En Efesios 1:3-4 nos encontramos con la razón de la perseverancia como bendición, lo mismo ocurre en Filipenses 1:6 y en Romanos 8:29-30, al igual que en muchos otros textos. Es Jesús mismo quien nos mantiene (Hebreos 7:25). En tal sentido, muchos usan el término preservación, para ilustrar mejor la protección del Padre y del Hijo, así como del Espíritu. El Padre nos tiene en sus manos, el Hijo también nos tiene en sus manos y el Espíritu nos habita como garantía de nuestra redención final. Eso es preservación, por lo tanto perseveramos hasta el final.

    La expiación de Cristo muestra su eficacia en el momento de la conversión, pero continúa por el resto de la vida cristiana ejerciendo su poder. Pablo advierte contra el error de suponer que empezamos por la gracia y podemos terminar por la ley, bajo su maldición. Gálatas 3:3 dice: ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? El mismo Señor nos dijo que nadie podría arrebatarnos de sus manos: y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:28-29).

    Jesús también dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). No dice Cristo que uno puede irse de su lado, ya que él nos mantiene en sus manos; nosotros fuimos creados, así que ninguna cosa creada nos podrá arrebatar de allí. . Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39). Fijémonos en que Pablo habla de ángeles (que tienen más poder que los seres humanos), de los principados, del presente y del futuro, y los menciona como cosas creadas; pensemos que nosotros los seres humanos estamos en ese paquete de asuntos o cosas creadas, si bien el griego menciona criaturas (κτίσις-Ktisis). El ser humano es una criatura (algo creado), de manera que nosotros mismos, si fuéremos tan torpes y nos quisiéramos salir de las manos del Padre y del Hijo, si quisiéramos expulsar al Espíritu Santo que nos fue dado como garantía (arras) de la redención final, jamás podríamos alcanzar éxito contra el Todopoderoso. Esto es seguridad absoluta.

    Si la voluntad del que envió a Jesucristo a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:22) es que no pierda a ninguno de los que le dio, sino que los resucite en el día postrero (Juan 6:39), deben ser de otro evangelio los que se ufanan en los templos para amedrentar a la gente diciéndoles que si usted se quiere salir de las manos de Cristo lo puede hacer y eso sería culpa de usted y no del Señor. Pero los textos de la Escritura muestran que no podría nadie escapar de la voluntad del Señor, menos cuando estamos de buena voluntad desde el día del poder de Dios (Salmos 110:3). Nos ha sido dado un corazón de carne y se nos ha quitado el corazón de piedra, se nos ha dado un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos del Señor. Esa es la razón por la cual cuando el creyente peca se siente mal y debe confesar su pecado, además de que el Espíritu Santo se contrista en nosotros (Efesios 4:30-32); por lo tanto, si persistimos en el pecado seremos castigados con azotes por el buen Padre que nos tiene por hijos.

    La doctrina de la perseverancia es una de las bendiciones celestiales en Cristo. Si fuimos justificados y adoptados como hijos, sabemos que la gracia es perpetua. El hijo pródigo ilustra con creces la tesis de la perseverancia, pese a sus caídas continuas, a su fatuidad como producto de su carne, él supo siempre que el Padre era el Padre y que podía volver a casa aunque fuera como un jornalero más. A su llegada, el Padre lo abrazó y lo cubrió con buenas y nobles vestiduras, le dio el anillo y mató el becerro más gordo porque Él también era un Padre expectante, alguien que en las mañanas se levantaba a mirar desde lejos por si su hijo vendría.

    Cristo no solo empezó su obra en nosotros sino que la terminará hasta el final, como autor y consumidor de la fe. El que niega la perseverancia de los santos niega la esencia del evangelio, que es la gracia de Dios para con su pueblo escogido. Fiel es el que os llama, el cual también nos guardará irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23-24). Dios no miente y prometió desde antes del principio de los siglos acerca de la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad según la piedad (Tito 1:1-2). El que cree el evangelio cree igualmente en la capacidad todopoderosa que tiene el Creador para hacer lo que le plazca. Pero si él se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13). Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová forma la luz y crea las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad, no hay más Dios que Jehová (Isaías 45:6-7).

    ¿Cuál ha sido el evento más importante en la historia de la humanidad, en especial en lo que compete a los escogidos de Dios? Fue el Calvario de Jesucristo, pero recordemos que los actos que acompañaron ese evento estuvieron atascados de pecado. Sí, el Sanedrín condenatorio, Pilatos con su hipocresía de lavarse las manos, la multitud que gritaba -auspiciada por los principales judíos- diciendo: crucifícalo. Los soldados romanos azotaban las espaldas de Jesús, por orden de Pilatos, colocándole después una corona de espinas en su frente y alrededor de su cabeza; al colgarlo en el madero le clavaron sus manos y sus pies. Esas actividades fueron malignas en grado sumo, en especial si tomamos en cuenta que Jesús era inocente de lo que se le acusaba; le escupieron, le vituperaron, dijeron sarcasmos en su contra.

    Lo que aconteció en el Gólgota fue profetizado por muchos hombres de Dios, pero estuvo planificado por el Padre. Sí, el Padre Eterno planificó el crimen más horrible de la humanidad, la crucifixión de su Hijo. Así que Dios planifica todo, hace como quiere y en el caso de su Hijo lo dio como Cordero sin mancha para hacer justicia en favor de todo su pueblo. Cristo llevó el pecado de aquellos que representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9 y 20); puso su vida por las ovejas (Juan 10: 11), murió por aquellos cuyos nombres estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Dado que la salvación nos ha liberado de la ley y su maldición, sabemos que necesitábamos tal rescate. Estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1-3), entretanto éramos esclavos del pecado (Romanos 6: 17-20). Éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. La razón de la caída humana viene de Adán y su desobediencia, la razón de la liberación de la pena proviene del Segundo Adán que es Cristo. En el primer Adán todos mueren, pero en el Segundo Adán todos los que estamos en él vivimos. Bajo el primer Adán nadie puede agradar a Dios, sino que todo el mundo está bajo maldición, incluso las supuestas buenas obras son contadas como malas (Proverbios). Si nuestra justicia no es semejante a la del Altísimo no queda sino condenación eterna. En Cristo fuimos justificados porque Cristo es la justicia de Dios, por cuya razón Jesucristo llegó a ser el único Mediador entre Dios y los hombres. Al haber creído hemos conocido la justicia de Dios revelada en el Evangelio (la verdad de la Persona y la Obra de Jesucristo).

    La salvación no depende de obra humana alguna, no está condicionada por actos que hagamos. Simplemente depende de la expiación hecha por Jesucristo al derramar su sangre por su pueblo y al pagar por nuestros pecados. Creer otro evangelio resulta anatema, como sería si se colocase al lado de la gracia las obras humanas para participar de la redención. Creer en un falso evangelio implica que se anda perdido.

    En resumen, Dios hace que permanezcamos en un estado de justificación permanente; en consecuencia, hace igualmente que permanezcamos sometidos a Su justicia. Esto no ocurre si se cree en un falso evangelio; asimismo, cuando la oveja ha sido llamada por el Buen Pastor lo sigue siempre y jamás se va tras el extraño (la falsa doctrina, cualquiera que sea), como lo afirma Jesús en Juan 10:1-5.

    César Paredes

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  • EL ESPÍRITU DE COBARDÍA (2 TIMOTEO 1:7-9)

    La Biblia trae a colación una forma de tratar con el temor neurótico, con la actitud cobarde y con el espíritu de cobardía. La contraposición al temor se presenta como el dominio propio, la capacidad para dominar nuestros pensamientos y emociones, incluso nuestras acciones. Este dominio propio viene como parte del fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). Cuando existe ausencia de este fruto, somos conducidos a pecar por cobardía.

    Un espíritu pusilánime atestigua una propiedad que Dios no nos ha dado, sino más bien el diablo. Caminar con miedo hacia los seres humanos, o aún ante las potencias espirituales de maldad, no es propio de un creyente. Ese temor innecesario nos lleva al desánimo permanente, a un sinnúmero de razones circunstanciales para no hacer lo que debemos. El trabajo que nos ha encomendado el Señor es la predicación del Evangelio, pero si tememos a la vergüenza pública, al qué dirán los demás, a si voy a ser rechazado o humillado, de seguro el triunfo desaparece por causa del temor infundado.

    La promesa del Padre era que Jesucristo nos enviara el poder de lo alto: el Espíritu Santo (Lucas 24:49), lo que nos fortifica en medio de tribulaciones y persecuciones. Incluso, ese poder nos da la fuerza para resistir las tentaciones del maligno. El amor a Dios, el cual también nos ha sido dado por Él (le amamos a él porque él nos amó primero), el amor a su Hijo, a su cuerpo que es la iglesia, el interés por las almas con las que compartimos a diario, ahuyenta el temor que podamos sentir. El perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo (1 Juan 4:18).

    También nos ha sido dado el dominio propio, una mente racional y adecuada a la realidad que nos circunda. Como Jesucristo cuando fue probado por Satanás en un monte, nosotros también hemos de imitar su conducta: no se lanzó de lo alto de la montaña porque Jehová enviaría a sus ángeles para que su pies no tropezasen en piedra. Él pudo distinguir la metáfora del texto y la locura de Satanás, como si tentar a Dios hiciese que Él actuara para honrar nuestra fe. No, Jesús tuvo la cordura que brinda la palabra que él mismo es y que él mismo inspiró, por medio del Espíritu Santo, para responderle a Satanás con la palabra divina.

    Así que el dominio propio nos lleva a controlar el coraje. No podemos temblar porque hemos de realizar una tarea que nos resulta peligrosa, pero tampoco podemos aventurarnos a realizar algo para lo cual no nos hemos preparado.

    Ese justo medio entre el poder y el dominio propio refleja la racionalidad del Verbo de Dios. Pablo escribió que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, como para que no nos dejemos dominar por la procrastinación ni por el terror hacia lo desconocido, para que no embargue el miedo que proviene de personas que no conocen a Dios. Si hemos de vivir en oración siempre, como si tuviésemos la actitud de orar a cada momento, sabremos que nuestro Dios nos acompaña en todo instante y nos puede indicar cómo actuar en cualquier circunstancia.

    Los que amamos a Cristo, a su evangelio, a su pueblo, no tenemos miedo de la gente; nos acompaña un espíritu de poder y de amor, junto al dominio propio -como ya señalamos antes. Ese espíritu resulta lo opuesto al espíritu de temor o terror, de miedo neurótico, por lo que se computa como excluyente la cobardía frente al espíritu de poder, amor y templanza que Dios nos ha dado. El temor trae sus propios tormentos y causa muchos impedimentos de éxito, de buenos hábitos, de acciones positivas. El temor nos deja exhaustos y sin descanso, en un servicio de esclavitud a los malos pensamientos que nos llegan a dominar.

    Cuando internalicemos por completo lo que significa que Jesucristo nos ha escogido a nosotros, y no nosotros a Jesucristo, sabremos que él nos ha ordenado para que llevemos buenos frutos y para que éstos permanezcan. Uno de esos frutos fue dicho por Jesús: cualquier cosa que pidamos al Padre en en nombre del Hijo, Él nos la dará (Juan 15:16). Así que tal vez convenga para el hombre timorato acercarse a Dios en oración y pedirle que le haga retomar el espíritu de poder, amor y dominio propio, pero que aleje por igual el espíritu de cobardía de nuestro seno. Hablo de creyentes que han sido invadidos por el terror, como producto de oír a gente que no confía en Dios y que vive bajo el control del padre de la mentira. Nosotros tenemos que ocuparnos de nuestra salvación, con temor y temblor (Filipenses 2:12-13).

    Esto lo dijo Pablo no porque supusiera que nosotros producimos por nuestra cuenta la espiritual y eterna salvación, lo cual sería contrario a las Escrituras, como si la muerte de Cristo hubiese sido en vano. Esto lo dijo el apóstol porque tenemos que ocuparnos de las cosas propias de esa salvación, con el respeto debido (temor reverente) a quien es el Redentor y nuestro Mediador. Hemos de someternos a las ordenanzas del Evangelio, sabiendo que Dios castiga y azota a todo el que tiene por hijo, así que más nos conviene vivir en santidad (la separación del mundo). Esa ocupación con temor y temblor es el negocio de nuestras vidas, no como si fuésemos esclavos del pecado, como quienes esperan la condenación final. Hay que trabajar nuestra salvación con temor a la condenación que sufren otros que jamás fueron llamados con llamamiento eficaz, lo cual nos hace ser más responsables de lo que en realidad somos. Sirvamos al Señor con temor, y alegrémonos con temblor (Salmos 2:11).

    Ese Dios a quien servimos es el que produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Es el mismo que hace a sus ángeles sus ministros de fuego (Salmos 104:4), los cuales cumplen sus mandamientos. Es el Dios de poder que hizo hablar un asna ante un profeta desmedido, el que alimentó a Elías por medio de cuervos que le llevaban carne. El soberano Creador que le dio entendimiento a los animales para hacer lo que les conviene y lo que ha sido su tarea encomendada (Salmos 29:9; Jeremías 8:7; Ezequiel 32:4). Es el Dios que cerró la boca de los leones para que no hicieran daño a Daniel, su siervo (Daniel 6:22).

    Entonces, ¿por qué hemos de temer? Aunque brame el mar, aunque el rey de Asiria se exalte, aunque los soberbios griten a voz alta su altanería, nuestro Dios nos ama con amor eterno. Somos individuos ordenados para salvación, como dice la Escritura: Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios; seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo (Salmos 65:4). Ni los falsos Cristos, ni sus falos profetas, a pesar de sus signos y prodigios, podrán engañar a uno solo de los escogidos de Dios (Mateo 24:24). Así que todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, los tales jamás serán echados fuera sino que serán resucitados en el día postrero (Juan 6:37 y 44). ¿No has leído en la Biblia que tantos como Dios había escogido creyeron porque estaban ordenados para vida eterna? (Hechos 13:48). Así que todas las cosas operan para bien de los que amamos a Dios, esto es, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados (Romanos 8:28-30).

    Tal vez alguien se considere muy por debajo del estrato social de otros, o con cierta incompetencia laboral porque no pudo recibir mejor educación, pero en todo caso Dios nos ha traído hasta acá. Lo necio del mundo, lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. De manera que pronto veremos recompensa aún en nuestro campo de trabajo, en cualquier ocupación que tengamos. Hemos sido creados para exaltar la gloria del Señor y su poder se perfecciona en nuestra debilidad. Si el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad, confiemos en que seremos amparados en todo momento.

    ¿Para qué temerle a la vida? ¿Por qué angustiarse por los seres humanos? Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, expresemos y echemos nuestra ansiedad sobre el Dios Omnipotente para que la paz de Cristo nos embargue. Cada momento de temor innecesario presupone instantes de oración desperdiciados; en cada acto de plegaria con acción de gracias se suma poder. ¿Cómo estaremos en la presencia de Jehová, de acuerdo a la vida de Elías? Ese profeta era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oraba y Dios le respondía. Una breve plegaria nos lleva a otra de nuevo; una meditación en la palabra de Dios nos alumbra como una antorcha.

    Cuando la cobardía asome a través de los irredentos, recordemos para nosotros que Dios no nos ha dado ese espíritu sino el de poder, de amor y de dominio propio. La templanza nos alienta para tener la buena actitud de gozo en la que debemos vivir. El cuidado de la lengua evitará que se incendien fuegos grandes. Si controlamos nuestros discursos, evitando la palabra corrompida, pronunciaremos aquella que se hace necesaria para la buena edificación. No solo el otro que nos oye se edifica o se derrumba por lo que hablamos, también nosotros mismos recibimos como un boomerang devuelto el latigazo o el estímulo de lo que hemos dicho.

    De los espías enviados por Moisés, unos cuantos regresaron asustados con lo que habían visto y por esa razón desanimaron al pueblo. El temor infundado de unos daña a los que los oyen desprevenidamente. Si recordamos las Escrituras, el escudo del Señor apagará los dardos de fuego que el maligno lanza bajo el concepto de la cobardía. David escribió: En el día que temo, yo en ti confío…En Dios he confiado; no temeré (Salmos 56:3-4). No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo … Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo (Isaías 41:10-13).

    César Paredes

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  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria. Por lo tanto, fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunas de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, los que fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunos de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

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  • UN CORAZÓN COJO

    El corazón de Adán empezó a cojear a partir de su caída. Ya no caminaba como antes, su tropiezo se inició en su mente cuando se sintió desnudo. Observó que algo similar sucedía con Eva, su mujer, así que supuso que de aquel árbol prohibido había consumido el fruto de la desobediencia. La consecuencia general fue un legado de pecado para la muerte del cuerpo físico y del alma inmortal.

    Lo que el Creador hizo de inmediato fue un sacrificio animal para cubrir con pieles la desnudez del ser humano. Un anticipo de lo que vendría una vez cumplido el tiempo, cuando enviaría a su Hijo prometido como la Simiente de la mujer que heriría definitivamente la cabeza de la serpiente antigua. Cristo vino en carne humana, bajo la ley de Moisés, para redimir a todos los que estaban bajo la maldición de la ley. Ciertamente, la ley no pudo salvar a nadie, sino que aumentó el pecado, ya que cuando dice no codiciarás se aumenta la codicia. La prevaricación humana nos agita la mente y vamos rápidos tras sus huellas para consumar el pecado.

    Pablo habló de la ley del pecado que estaba en sus miembros, en confrontación con la ley de su mente. Esa ley de su mente es llamada la ley del Espíritu de Dios, el Consolador, el que en lengua griega se llama Parakletos. Este vocablo implica que estará junto a los creyentes, que intercederá por ellos ante el Padre, que nos ayuda a pedir como conviene. También significa el que habla y persuade, con la razón pura del Logos eterno e inmutable.

    Cristo fue también un Consolador pero vino en la carne y estuvo sometido al espacio tiempo, como lo está toda carne. Más allá de que en ciertos momentos de sus milagros y prodigios demostrara que podía vencer los obstáculos de la física, su propósito fue otro muy distinto. Vino a dar cumplimiento a la tarea del Padre propuesta desde antes de la fundación del mundo. Así lo entiende Pedro en su epístola (1 Pedro 2:20). Si Cristo no se hubiese ido al cielo el Consolador no habría venido, por lo que fue necesario en la sintaxis de Dios que el Señor subiera a la diestra del Padre para que el Espíritu Santo descendiera.

    El mundo está más que cojo. No recuerda ya la imagen primigenia que tuvo Adán con Dios, no tiene en mente la pureza de la inocencia de sus primeros padres antes de la caída, sino que la transformación que hizo el diablo la tiene presente como el modelo humano. Si no existiese el nuevo nacimiento dado por el Espíritu, nosotros no podríamos vislumbrar la dimensión del pecado. Por ejemplo, ¿quién de los incrédulos puede siquiera asomarse a la idea de lo pecaminoso de la incredulidad? El Espíritu de Dios puede hacer posible que el individuo comprenda la vitalidad de la sangre de Cristo como principio de vida espiritual. Ese líquido de la vida viene por fe, única manera ofrecida para todos nosotros: la fe de Cristo.

    Precisamente, por la carencia de habilidades innatas para conseguir esa salvación tan grande, se escribió en la Biblia lo siguiente: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:7-9).

    El creyente tiene una carrera por delante, pero es llamado a no fatigar su ánimo hasta el desmayo. La disciplina del Señor está cerca de todos aquellos a quienes toma como hijos, para que lo cojo no se salga del camino. La misericordia de Dios en la elección continúa como amor eterno, para que no desmayemos bajo el pensamiento de haber perdido la gracia redentora. Somos llamados a cuidar nuestra salvación con temor y temblor, por su precio impagable, por su valor inconmensurable. Esa conciencia del valor adquirido nos mueve a llevar una vida santa, apartada de toda vanidad y de los deseos de los ojos, porque el sitio adonde hemos de llegar no posee parangón alguno, no puede ser descrito por su inefabilidad natural.

    Nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre junto a las del Hijo, nadie nos podrá separar del amor de Cristo Jesús, ¿quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién nos apartará de su amor? Todas las cosas nos ayudan a bien a los que hemos sido llamados conforme a su propósito. Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, así que el pecado mismo fue creado y no podrá alejarnos de la bondad del Creador en tanto Él nos redimió por medio de su Hijo. Somos pueblo santo, real sacerdocio, linaje escogido; esas son vestiduras que nos otorgaron para que nos sintamos alegres día tras día.

    César Paredes

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  • LA LEY DEL PECADO

    El pecado que nos habita lo hace porque su esencia de ley lo exige. Pablo habla como Pablo, nunca como Saulo, pese a lo que algunos religiosos asustadizos dicen. En Romanos 7, el apóstol para los gentiles asegura que existe la ley del pecado que lo lleva a hacer el mal que no quiere, así como le impide realizar el bien que desea. La fuerza de la ley nos compele para caer una y otra vez, para abandonar el bien que anhelamos cumplir. Sería una ley moral retorcida de distintas formas sobre nuestra mente, para doblegar nuestra voluntad hacia las cosas prohibidas. Eso le aconteció a Pablo el apóstol, pero sucede en cada creyente por igual.

    Mientras Saulo perseguía a la iglesia, el que incluso participó en la muerte de Esteban mientras sostenía sus vestiduras, jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía. Más bien suponía que su rol de fariseo perseguidor lo colocaba en buen sitial frente al Dios que había conocido con las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero ahora que se convirtió en Pablo, el apóstol señala que reconoce lo malo que hace (y no solamente lo que hacía), que lamenta no hacer el bien que se propone, pero da cuenta de una ley a la que denomina la ley del pecado.

    Véase bien que Saulo de Tarso no mostró remordimiento alguno por el mal que realizaba, mientras Pablo el apóstol sí que lamentaba no hacer el bien deseado, pero mucho más el hacer el mal que no quería. Esta mirada a estos dos sujetos bastaría para comprobar que el autor de Romanos 7 hablaba como Pablo y se refería a su vida de creyente en Cristo. Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:23).

    ¿Cuál es esa ley de su mente, tan diferente de la ley del pecado? No es otra que la ley del Espíritu de Dios, como lo declara unas líneas más adelante, de acuerdo a lo que aparece en Romanos 8:2: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Esta ley del Espíritu no la tuvo Saulo de Tarso, hasta que Jesús se le apareció y lo derribó del caballo. El Evangelio cuando viene a ser una experiencia nos traduce toda su teoría con la práctica. Pablo supo que existía otra ley en sus miembros, pero ya no como un elemento teórico que hubiese escuchado de algún predicador sino por experiencia propia.

    Supo Pablo que él era carnal, vendido al pecado (Romanos 7:14). La norma del evangelio nos resalta lo horroroso del pecado (verso 13), para que comprendamos que no somos más que personas carnales vendidas al pecado (verso 14). Pablo llega a descubrir que no era él quien hacía ese mal sino el pecado que en él moraba (verso 17). El querer el bien lo habitaba pero no el hacerlo, por esa razón supo que si hacía lo que no quería se debía a una causa extraña a él mismo: el pecado que moraba en él (Romanos 7: 20). Dos normas parecen encontrarse en la vida de cada creyente: la ley del hombre interior, que se deleita en la ley de Dios, y la ley de sus miembros, que se rebela contra la ley de nuestra mente.

    Esa relación legal entre dos normas antagónicas nos conduce a la miseria emocional y espiritual, pero si damos gracias a Dios por Jesucristo significa que hemos comprendido todo lo relacionado con el trabajo del Señor en la cruz (verso 25). La gracia de Cristo nos obsequia una voluntad para el bien, para querer deshacer los negocios del pecado. En ese sentido Juan dice que el creyente no peca (1 Juan 3:9), ya que el creyente que ha nacido de Dios no se ocupa del negocio de pecar. No sirve más como esclavo del pecado, puesto que su semilla es Cristo.

    Tenemos perfección en Jesucristo, no en nuestras vidas; de la misma forma nuestra justicia es la de Jesucristo, no la que podamos generar por nuestro diario vivir. El hombre no regenerado vive en un continuo pecar, con placer y sin disgusto. En realidad, este individuo no tiene el Espíritu de Dios como arras de su salvación, ya que no ha sido regenerado. Las tentaciones de Satanás son su día a día, obedece a las corrupciones de la carne, a la concupiscencia de su corazón. Satanás lo conserva y el Espíritu de Dios no lo preserva, así vive la persona que no ha sido alcanzada por la gracia de Dios.

    El que ha nacido de Dios posee una voluntad para hacer el bien, una disposición continua hacia lo que considera espiritualmente santo. Su voluntad ahora se inclina hacia lo correcto, posee una tendencia hacia el amor de los estatutos divinos. Lo que antes le era intolerable para su mente, ahora se ha convertido en el placer de su existir. Eso no quiere decir que no caiga en el pecado, ya que la ley que gobierna sus miembros lo lleva a hacer lo que detesta hacer. Pero al tener un espíritu nuevo porque le ha sido dado, al haberse producido el cambio de corazón (el de piedra fue sustituido por uno de carne), indaga en otros tesoros diferentes a los propios del mundo. Esa es la razón de nuestra soledad en el mundo, de nuestra aflicción, ya que el mundo no nos ama porque no somos del mundo, y nosotros tampoco amamos estar en él.

    Elías vivió solo, perseguido por el rey Acab y por Jezabel su mujer; los profetas de Baal estuvieron enfurecidos contra el siervo de Jehová. Tuvo que vivir oculto en el monte, a veces fuera de su patria (en Sarepta), pero pese a su soledad fue confortado una y otra vez por la mano del Señor a quien amaba. Las buenas cosas le salían de los buenos tesoros del corazón transformado, como buenos frutos que testificaban del profeta.

    La ley del pecado parece ser la Constitución del Mundo, el instrumento jurídico por el cual se rigen los siervos de Satanás. Como estamos de tránsito por este mundo (porque no pertenecemos al mundo), sus leyes nos gobiernan en algún sentido. Tenemos, en cambio, una nueva Constitución en virtud de nuestro nuevo nacimiento. Somos llamados ciudadanos del reino de Dios, poseemos una patria celestial hacia la cual marchamos, anhelamos estar en las moradas eternas donde ya tenemos casa preparada.

    En esta gran metáfora jurídica presentada por la Biblia, aparece el Acusador de los hermanos. Ese es el sustantivo con el cual nombra Juan a Lucifer, a la serpiente antigua, calificando su labor como la de un fiscal público. El diablo (diabalo -el que lanza cosas alrededor nuestro) funge como fiscal para que se cumpla el castigo de la ley; Dios en realidad es el Juez eterno e inmutable, así que urgía un abogado defensor. Ése es Jesucristo, el abogado que tenemos para con el Padre (1 Juan 2:1). Pablo, quien amaba las metáforas jurídicas, alegó en un escrito: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    El Siervo Justo justificará a muchos (Isaías 53:11), un rey reinará con justicia (Isaías 32:1), Él reinará y practicará el derecho y la justicia en la tierra (Jeremías 23:5), juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra (Isaías 11:4). En el evangelio la justicia de Dios se revela por la fe: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17), somos hechos justicia de Dios en Él (Jesucristo) (2 Corintios 5:21), porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7).

    Todo creyente verdadero ha pasado de la esclavitud del pecado a una vida plena fundamentada en el amor. Jesús asumió nuestras faltas, habiendo sufrido el castigo por ellas. De esa manera el Padre quedó satisfecho con su justicia, ya que no pasaría por alto ninguna de nuestras transgresiones. Pero el Hijo se hizo pecado para llevar todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Dios no va a castigar dos veces por la misma falta, así que habiendo sido casados nuestros pecados en Cristo ya no tenemos culpa que soportar. La paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios fue superior: vida eterna en Cristo Jesús para los creyentes, aquellos que el Padre eligió desde la eternidad para que sean conformes a la imagen de su Hijo (Efesios 1:3-11; Romanos 8:29), a los cuales llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29-30).

    César Paredes

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    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • NUESTRO REFUGIO

    El sitio de fuga, el lugar de escape, allí corremos los que desesperamos del mundo. ¿Cuál es ese sitio? El Señor no solo es el camino sino el lugar de refugio. El que ayuda en nuestros conflictos, el ayudante que aparece siempre en los relatos para dar sentido a la trama. Como en una narración donde existen sujetos perversos que rodean al justo, así aparece Jehová como el ángel de la guarda, como aquel que protege a los que son suyos. Pero al mismo tiempo se ve no solo como quien va a ayudar sino como el Dios quieto que semeja a una roca con una cueva para escondernos.

    Las fobias que nos consumen a diario pueden ser relevadas de nuestras almas, los miedos por viejas culpas, por la incertidumbre del momento, por aquello que el mundo se goza en anunciarnos calamidades como noticias. Nos alarmamos como lo hizo José con María, pero después de que el ángel en la visión le advirtiera al carpintero, José dejó de temer: No temas recibir a María tu mujer (Mateo 1:20). Ese mandato lo encontramos muchas veces en las Escrituras: No temas…porque yo estoy contigo para librarte (Jeremías 1:8); Soy yo, no teman (Juan 6:20); el salmista decía: Cuando tengo miedo, pongo en ti mi confianza (Salmo 56:3). No se inquieten por nada, porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; el Señor está conmigo, y no tengo miedo. El amor perfecto echa fuera el temor; depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes (1 Pedro 5:7).

    Dios no nos dio espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). Jesús un día dijo: No tengan miedo, manada pequeña, porque es la buena voluntad del Padre el darles el reino (Lucas 12:32). Dios puede ser considerado como el Señor del intercambio: cambió nuestros pecados por la justicia de su Hijo, quita nuestra debilidad para otorgarnos su fortaleza. El miedo se desvanece en su poder y refugio, mientras nuestra prudencia cobra fuerza en su sabiduría.

    El Señor todavía gobierna el mundo y los que en él habitan, por lo tanto no hemos de vivir con temores. El impío huye sin que nadie lo persiga, pero nosotros hemos alcanzado la paz de la vida eterna. El llamado de la Escritura se hace constante: No temas ni te desanimes (Deuteronomio 31:8). Los enemigos del justo suelen presentarse en número, con poder y ánimo insolente. Sus agitaciones intentan socavar nuestro ánimo, pero sepamos siempre que la presencia del Señor va con nosotros para darnos descanso.

    El creyente conoce que si coloca su atención sobre los problemas, éstos llegan a ser el centro de su vida, merodean su mente y aplacan su fuerza. En cambio, cuando su foco apunta al Señor y su palabra, encontrará suficiente refugio para que el enemigo no lo alcance. Al mismo tiempo, podrá enfrentar con fuerza necesaria la calamidad que se le asoma. Consideremos este tránsito terrestre como un ejercicio del día a día, de nuestro Carpe Diem en Cristo. Vive el día con Cristo, sumergido en sus intereses, en el conocimiento del siervo justo para que su justicia brille en tu vida. Pero al mismo tiempo tenemos la certeza no solo del momento sino del futuro, así que hagamos a diario lo que el afán del día proponga. Basta a cada día su afán (eso es el Carpe Diem de la Biblia).

    Con lo ya dicho, sepamos también que nuestro deber supone que tratemos de vivir íntegramente, para evitar muchos males. Por ejemplo, el que no refrena su lengua sufrirá muchas desilusiones. En las muchas palabras no falta el pecado, mas el que refrena sus labios es prudente (Proverbios 10:19). El que ahorra sus palabras tiene sabiduría, dijo Salomón, el hombre entendido será de espíritu prudente. Incluso el necio, cuando calla, se cuenta por sabio, porque el que cierra sus labios resulta entendido. Como un pequeño fuego capaz de incendiar un bosque, así resulta la persona que no refrena su lengua. Una pequeña brida capaz de controlar la fuerza del caballo, o el timón que conduce un barco, así se compara el que refrena su lengua y coloca prudencia por sazón.

    No debemos colocar nuestra confianza en el brazo humano, en ninguna criatura fuerte, preponderante en la sociedad, triunfante en la política, aunque luzca encantadora su presencia. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo y su corazón se aparta de Jehová (Jeremías 17: 5). Esa criatura no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales del desierto, en tierra despoblada y deshabitada. En cambio, será bendito el varón que confía en Jehová, cuya confianza es Jehová. Ese será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17: 7-8).

    No nos equivoquemos, los judíos de antaño confiaron en Moisés y en su ley, se jactaron de tenerla y de conocerla, pero no pudieron cumplirla. Ellos se sostenían en su propia justicia, despreciando a los demás pueblos y naciones pero llegó el Mesías y lo ignoraron. En realidad ellos no confiaron en Jehová sino en ellos mismos, en que eran descendientes biológicos de Abraham. Ellos no tuvieron en cuenta la simiente de la mujer, la cual era el Cristo que les sería dado por medio de Isaac. Hoy día existen millones de personas cristianizadas que confían en sus pastores, en sus líderes de turno, en sus religiosidades, hábitos y costumbres de religión que acometen con esmero. El Señor también dijo que a muchos les dirá un día que nunca los conoció. Así que si alguno se gloría, gloríese en conocer al Señor (Jeremías 9:24).

    Existe mucha gente que honra de labios al Señor, pero cuyo corazón permanece lejos de él. Su temor al Señor no es más que un mandamiento de hombre enseñado, como si tener en cuenta que Dios existe resultare suficiente, como si se le temiese de la boca para afuera pero con su carne se regodeara con el mundo. Por esa vía fatua la inteligencia se desvanece y los sabios serán contados como necios. El pueblo de Israel se acercaba a Dios en su aflicción, pero en momentos de tranquilidad lo deshonraba. Por esa razón Isaías habló de la honra de labios, y Jesús citó al profeta para llamar hipócrita a ese pueblo que en vano lo adoraba y enseñaba doctrinas de hombres (Mateo 15:7-8).

    Hemos de alabar a Dios de acuerdo a lo que Él ha prescrito, para que podamos disfrutar del refugio que ofrece su presencia. Mi presencia irá contigo, y te daré descanso (Éxodo 33:14). Conoceremos que hemos hallado gracia en los ojos de Dios si Él anda con nosotros, en el hecho de que seamos verdaderamente sus hijos, ovejas de su prado que siguen al buen pastor. El eterno descanso de nuestras almas ha sido una promesa que creemos, de manera que pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, y al Hijo el enviado, junto con el Espíritu Santo. Pero por igual en este tránsito terrestre recibiremos tranquilidad mental, liberación de nuestros miedos y temores, limpieza de nuestras culpas y errores.

    Con Dios como nuestro refugio todo resulta en ganancia. Sin desperdicio continuamos conscientes de que el mundo no puede creer a menos que le sea dado el regalo de la gracia salvadora. A menos de que Dios envíe arrepentimiento para perdón de pecados a la criatura afligida, no habrá redención posible ni refugio seguro. Por esa razón escribió el salmista: Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1).

    César Paredes

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