La providencia de Dios se manifiesta siempre, pero al confiar disfrutamos más. La queja se acompaña con el temor, moviéndonos del lugar en donde habitamos. Como creyentes vivimos en Cristo, pero el mundo se encarga de responder con la duda ante cualquier interrogante que tengamos. Nuestra visión de quién es Dios y acerca del significado de su providencia pasa por reconocer lo que significa la verdad. Estar bajo el cuidado de su providencia implica reconocer que Dios gobierna todas las cosas (las buenas y las malas). No existe algo demasiado difícil que Él no pueda realizar; hemos de reconocer que las diversas pruebas por la cuales pasamos obedecen al entrenamiento que ha preparado para cada uno de sus siervos.
No seremos probados más allá de lo que podamos resistir, de manera que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme al propósito del Señor (Romanos 8:28). Ese Dios que está en los cielos ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), así que nada acontece por azar. En realidad, Dios hace como quiere en medio de las huestes celestiales, así como entre los habitantes de la tierra (Daniel 4:35). La depresión del profeta Elías también fue parte del propósito divino, así que le consoló un ángel y fue ayudado con comida y sueño reparador.
Normal resulta sentir ansiedad en muchas ocasiones, dado que vivimos y nos movemos en medio de gente incrédula. La maldad ha aumentado en estos días del fin de los tiempos, en tanto el amor de muchos se ha enfriado. Estamos en un mundo que tiende a ignorar la fe cristiana, para que se cumpla lo predicho por Jesucristo: que cuando él volviera, tal vez no habría fe en la tierra (Lucas 18:8). Nos hace falta conexión con la naturaleza, pero por igual con el Espíritu de Dios. No todo es biología, también vivimos de la palabra del Señor.
Nuestra tendencia a juzgar a Dios por causa de las circunstancias no se detiene. El Salmo 136 nos alienta a tener en cuenta bajo cualquier circunstancia que la misericordia de Jehová es para siempre. El salmista hace memoria de los hechos portentosos que señalaron al Creador como Omnipotente, pero agrega que para siempre es su misericordia. Esta es la clave de nuestra relación con el que nos libró de la muerte eterna, con aquel que tuvo piedad y amor hacia nosotros, cuando estábamos todavía muertos en delitos y pecados.
La Biblia nos declara que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (su pueblo), por lo tanto Él nos dará también junto con Jesucristo todas las cosas (Romanos 8:32). Hemos aprendido que la murmuración socava nuestra confianza y no aporta solución eficaz. El creyente debería usar el momento de la preocupación para clamar al Altísimo, para dedicarse un poco más a la oración. De esa manera comprobará que la angustia se aleja y podrá valorar mejor sus circunstancias en las manos del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad.
Si las quejas las convertimos en plegarias, seremos dichosos y recibiremos con abundancia. Nuestras penas deben ser traídas ante el Señor, para evitar quejas y reclamos inútiles. Al traer nuestro corazón en forma muy honesta ante el Todopoderoso, reconocemos su benignidad y su providencia. David oró una vez así: Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia (Salmos 142:2). Nuestra queja ante Dios no es acerca de Él, sino acerca de nuestras faltas y limitaciones. Hemos de quejarnos por nuestra falta de credulidad, pero al mismo tiempo tenemos el deber de llevar todo lo que nos agobia ante el Señor.
David fue perseguido por Saúl, pero eso Dios lo sabía antes de que David se lo dijera; Dios envió la prueba sobre su siervo para que afectara su alma y para que en medio de la angustia clamara ante el Dios que lo había librado de Goliath. De esta forma se ejercitaba la gracia y su efecto en el siervo que clamaba, al tiempo que la fe con la que acudía en su plegaria se fortalecía. Cuando se turbe nuestro corazón digamos junto a los hijos de Coré: ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío (Salmos 42:11).
Jesús afirmó lo siguiente: Si viven (permanecen) en mí, y mi palabra vive en ustedes, pedid todo lo que queréis, y os será hecho (Juan 15:7). Esta es una promesa de quien lleva por nombre Fiel y Verdadero; no se trata de palabras de autoayuda, ni de ordenar al universo para que se manifieste. Tales tipos de brujería moderna resultan en una abominación ante el Señor; lo que Jesús nos dijo fue que confiáramos en su palabra y le creyéramos al Padre que lo envió. La prueba, por lo tanto, viene como un mecanismo disparador del clamor ante la presencia del Altísimo.
Vivir en la palabra de Dios (que es Cristo) y hacer que esa palabra viva en nosotros implica saturar nuestra mente con la verdad. Esa saturación viene cuando llenamos nuestros pensamientos con la palabra divina, cuando meditamos en lo que Dios ha dicho y hecho. En nuestra lucha diaria con las circunstancias tenemos dos posibilidades: controlar cada elemento que nos disturba o confiar en el que ha creado las cosas que nos acontecen. Recordemos que apenas somos las ramas del viñedo, en tanto Cristo es la viña misma. Fuera de él no podemos hacer nada.
Nuestra fe nos conduce a la actividad y no a la pasividad: significa que dejamos de batallar en nuestras fuerzas y decidimos obedecer y confiar en el Dios que nos cuida. Para poder vivir en esa palabra que es Cristo debemos mostrar gratitud antes que la queja. Resulta de provecho hacer memoria de las ocasiones en que hemos sido favorecidos por la intervención divina siempre oportuna. Cada quien reconocerá los momentos en que Dios se ha manifestado en forma muy particular, como le aconteció al Israel cuando huía del Faraón. Esa memoria de los eventos que se relacionan con nuestras batallas de fe, alentará al espíritu abatido por las circunstancias.
Al recordar los acontecimientos triunfales en nuestro recorrido de fe, daremos gracias a Dios. De esa forma obedecemos lo que se nos dijo oportunamente: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús (1 Tesalonicenses 5:18). ¿Cómo no habremos de confiar en aquel que calma los vientos y las tempestades? Nunca estamos solos, Cristo camina a nuestro lado; si miramos hacia la cruz reconoceremos el grande amor que Dios tuvo para con su pueblo escogido. Con esa mirada hacia el Calvario recibiremos la inundación de la bondad y misericordia que fluyen perpetuamente.
César Paredes