Categoría: REFUGIO

  • LAS OVEJAS DEL SEÑOR

    Cuando uno anuncia el Evangelio de Cristo, intenta hacer el trabajo encomendado: ir a las ovejas, ya que sin la condición de ovino espiritual nadie podrá ser llamado al redil. Esa condición no se adquiere en esta vida, empero viene con nosotros como una cualidad dada por el Padre. Jesús lo manifestó en Juan 10:26-27: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen… Para creer se hace necesario el ser oveja. Jesús también señaló a los cabritos, los que pondrá a su izquierda en el día final y los enviará a la condenación perpetua.

    Esas palabras del Redentor tocan el ámbito de la predestinación, de la elección incondicional del Padre. Como dijera Pablo en Efesios, fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo. Por igual están ligados esos términos al hecho de que solamente el Padre envía su gente a Jesucristo, para que jamás sean echados fuera. Se deduce que aquellos que no son enviados jamás por el Padre al Hijo nunca seguirán al buen pastor, nunca han sido ovejas.

    El mandato del Señor fue sólido, indicándonos que urge ir por todo el mundo para predicar su Evangelio. El que creyere tendrá la vida eterna, el que no creyere ya ha sido condenado. La condición de haber sido predestinado está exhibida a lo largo de la Escritura, pero el anuncio del Evangelio se hace imperativo. Sin anuncio no hay conocimiento, sin conocimiento del Siervo Justo no habrá justificación (Isaías 53:11). Digamos que la predicación del Evangelio aparece como el medio idóneo y exclusivo para llegar a creer en el Señor, por lo que no será en vano el que lo anunciemos. La condición para alcanzar ese medio en forma eficaz es que seamos ovejas de su prado, asunto que no sabemos antes de llegar a creer. Entendemos que aquel que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    No hay salvación automática, espontánea, libre de los mecanismos implantados para ella. El reloj tiene por función el dar la hora, pero para ello necesita de un mecanismo preciso que lo eche a andar. Fines y medios son dados por el Creador de todo cuanto existe, sin que se nieguen unos a otros. Hay ovejas encontradas y existen todavía las que están perdidas. A estas últimas Jesús va a su encuentro, como en la parábola que se narra respecto al buen pastor fue a encontrar la oveja perdida. Jesús es el buen pastor que dio su vida por las ovejas (Juan 10:11). La vida de Jesús no se dio vanamente, sino que se dijo que vería fruto y que él quedaría satisfecho (Isaías 53). Sí, del trabajo de su alma el siervo justo quedaría complacido.

    El Padre que le da las ovejas al Hijo es mayor que todos, por lo que nadie podrá arrebatar de su mano ni una sola de ellas. Jesús ya acababa de decir que nadie podía arrebatarlas tampoco de sus propias manos (Juan 10: 28-29). Una certeza imposible de destruir, ya que si Dios se propuso algo nadie podrá cambiarle su decisión. Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho (Salmos 115:3). Existe el llamamiento eficaz que hace Cristo, como bien se pudo observar de la descripción que los evangelios hacen respecto a quienes llamaba como discípulos. Ninguno se resistió como para impedir la eficacia del llamado; de la misma forma ahora lo hace por medio de la palabra de sus siervos.

    Ah, pero no todo el que le dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad resulta imposible para los hombres sin Cristo, pero con el Hijo todo es posible. El que ha sido redimido no podrá negar jamás la soberanía absoluta de Dios en materia de elección y redención, pero los que no han sido alcanzados por su gracia viven bajo la potestad del príncipe de las tinieblas, los cuales murmuran contra la elección incondicional. Ellos siempre ven que algo bueno tiene que ver Dios en los que redime, pensando que no todo está perdido en el ser humano. Viven como si el hombre no hubiese muerto en delitos y pecados, como si apenas estuvieran enfermos del alma.

    Las personas que hemos recibido el Espíritu Santo para que habite en nosotros como garantía de nuestra redención final, no seguiremos jamás al falso Cristo. Como ovejas que seguimos al buen pastor no podemos irnos jamás tras el extraño (Juan 10:1-5); huiremos del maestro extraño, del que enseña mentiras teológicas, de los que contravienen la doctrina de Cristo. La perseverancia nos está garantizada, por más que caigamos en pecados en nuestra batalla contra la carne (Romanos 7). Hay almas huecas, vacías del Espíritu de Dios, que se entregan a las herejías y siguen el error de los falsos maestros. Estos impíos no disciernen el error ni sus límites, no distinguen dónde comienza el evangelio. La bondad la cambian por maldad, a lo bueno dicen malo y al contrario: llaman malo a lo que por naturaleza es bueno. De esta forma tuercen las Escrituras y se oponen a la doctrina de Cristo, aunque dicen amarlo con todo su corazón, pero andan divorciados intelectualmente de sus enseñanzas.

    El creyente ha sido puesto en el mundo para destruir naciones y reinos, con la palabra de Dios. Esto no quiere decir que vamos con armas carnales, sino con las del Espíritu de Dios; destruimos argumentos que están opuestos a la palabra revelada, para edificar y plantar los nuevos templos de Dios: en espíritu y en verdad. Esos templos son los nuevos creyentes, las ovejas que estando perdidas son encontradas por las palabras que anunciamos. Los que anunciamos el Evangelio de Cristo hacemos como hizo Moisés: rechazamos ser llamados por títulos ostentosos (hijo de la hija del Faraón), para escoger sufrir aflicción al lado del pueblo de Dios. Nos retiramos de los placeres del pecado, dando preferencia al reproche de Cristo, antes que entregarnos a las grandes riquezas del mundo (de Egipto).

    Nuestro vivir es Cristo, el morir es ganancia, pero deseamos todavía seguir en este lado por causa de los hermanos, los herederos de la promesa admirable. El Señor viene para recompensar a los suyos, para dar castigo a los que destruyen la tierra. Nuestro Dios de amor también es fuego consumidor, por lo cual se escribió que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Dios nos recompensa con honra, gloria e inmortalidad: la vida eterna (Romanos 2:7).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DE LA BASURA AL ORO (EFESIOS 6:12)

    La Biblia compara al creyente con un soldado de la fe, vestido con la armadura correcta para poder entrar en batalla. Esto no es jamás una opción sino una realidad que debemos encarar. La religión que profesamos como creyentes conlleva un alto costo: batallas, caídas y heridas, pero por igual se nos garantiza el triunfo en tanto peleamos la buena batalla. Pedro fue zarandeado como el trigo, Pablo fue abofeteado por Satanás, Jesucristo fue injuriado y crucificado, si bien todo iba conforme al plan de Dios. Al igual que Job, cuyos hijos perecieron, en tanto un fuerte viento sacudía la casa.

    Las palabras de Job en sus calamidades nos vienen como una gran enseñanza. Dice la Escritura que Job no pecó en todo esto que le aconteció, sino que dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:21). Este texto goza de una profundidad teológica que nos sirve de mucho en la vida, ya que Job siempre tuvo en su mente la idea del Dios soberano, pese a que Satanás le causó tropiezo. Sin Él, sin su voluntad, Satanás no puede actuar. Esto debemos tenerlo en cuenta cuando nos confrontemos con las adversidades en este mundo que sirve de principado a Satanás.

    Pablo pasó muchos trabajos duros en su evangelización, recibió azotes, prisiones, sufrió naufragio y fue calumniado. Sabemos que para entrar al reino de Dios hemos de pasar por muchas tribulaciones. Nuestra fe en Cristo nos cuesta mucho en esta vida, si bien nos garantiza la vida eterna. El que pierda su vida por causa de Cristo, gana la vida eterna; el que pretenda salvarla evitando los riesgos de andar con Jesucristo, la perderá.

    La lucha contra principados y potestades de las regiones celestes presupone una conquista sobre el mal. Tenemos enemigos de gran poder, los que rigen el mundo de las tinieblas, de la sinrazón, de la ilógica, de los que militan en la falsamente llamada ciencia. Somos llamados a ganar con argumentos esas disoluciones de Satanás, aunque en ocasiones vemos que el demonio posee a las personas. En tiempo de Jesús así sucedió, de manera que el Señor también tuvo la tarea de expulsar demonios. Recordemos al endemoniado de Gadara, el cual sufría grande malestar. Los demonios le rogaron a Jesús que no fuesen enviados todavía al abismo, sino que preferían poseer el cuerpo de unos cerdos que aparentaban cerca.

    No siempre existe la posesión demoníaca, pero a menudo vemos la influencia de los demonios en el carácter de las personas. Satanás usa dardos encendidos contra nuestros pensamientos, gobernando con ellos nuestro ánimo hasta doblarlo. La depresión viene como consecuencia de ese pensar continuo en la fatalidad; sabemos que somos más que vencedores, de acuerdo a las Escrituras. Por esa razón se nos ha recomendado pensar en todo lo que sea amable y de buen nombre, en lo que es digno de alabanza, en lo que tenga alguna virtud. Se nos pide dejar a un lado la ansiedad y el afán, llevar todos nuestros pensamientos ante Cristo Jesús. La paz de Dios nos cubrirá y nos guardará, de manera que podamos huir incluso de los pensamientos suicidas.

    Elías tuvo lucha terrible y deseó la muerte, por lo cual pidió a Dios que le quitara la vida. La respuesta fue el sustento con sueño y alimento, de acuerdo al relato bíblico, por medio de ángeles. Los ángeles son mensajeros de Dios, ministros de su bonhomía para los que somos miembros del cuerpo de Cristo. Ellos existen y no necesariamente tenemos que verlos, si bien algunos hospedaron ángeles sin que lo supieran. Dios ha querido en su voluntad eterna e inmutable hacernos pasar por este mundo de aflicción, para que seamos sustentados en la batalla. La lectura y meditación en la palabra de Dios nos da fuerza en el intelecto, así como la oración constante nos alienta en la avanzada del terreno que pisamos.

    Noé se introdujo en el arca construida para guarecerse del diluvio, suponemos que las olas del agua golpeteaban el navío en forma constante. Pero dentro, Noé no tuvo temor sino confianza plena porque la palabra del Dios soberano se cumplía a cabalidad, de acuerdo a lo dicho. A Jonás, en cambio, le tocó habitar el vientre de un pez gigante, asunto desagradable para el profeta rebelde. Tenemos dos ejemplos claros en estos personajes: Noé obedeció a Dios de principio a fin en relación a la construcción del arca, pero Jonás quiso responder huyendo de su asignación.

    Noé sufrió burla de sus contemporáneos, mientras Jonás cavilaba sobre la futilidad de ir a Nínive. No debemos huir de nuestras responsabilidades, ya que sufriremos las consecuencias inmediatas de la desobediencia a Dios. Satanás trabaja sobre nuestros pensamientos, haciendo que miles de ideas perniciosas se crucen en nuestra cabeza para entretenernos con ellas. Mientras nos ocupamos de sus acechanzas intentando desentrañarlas, nos agobia el sofoco del pesimismo. No se trata de darnos a los pensamientos positivos, como si con ese ejercicio pudiésemos cambiar las circunstancias, sino de centrarnos en la palabra de Dios antes que nada.

    Esa palabra viene como lámpara para nuestros pies, alumbrando al sencillo. En tanto ella nos gobierna se disipan nuestras dudas, cobramos valor y abandonamos la cobardía y temor ante el mundo. No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7). No hemos de ser pusilánimes o cobardes, como si nos invadiera la falta de valor para confrontar los retos. Hemos de predicar el evangelio en oposición a los falsos maestros, para denunciar sus errores, para reprobar el pecado humano, para deshacer argumentos falaces contra la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo el que nos produce el poder de lo alto en nosotros, el que nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene.

    Con esa garantía en la oración, tendremos lo que habremos pedido por cuanto se ha hecho conforme a la voluntad de Dios. Mediante ese poder podemos resistir las tentaciones de Satanás, como buenos soldados de Jesucristo. Los falsos maestros son los enemigos más acérrimos del evangelio, porque andan metidos en el corral de las ovejas intentando trasquilar su lana y dañarlas a granel. Mediante el poder divino que nos es dado resistiremos esas asechanzas del enemigo número uno de los creyentes, con el amor de Dios buscaremos siempre la gloria del Señor y no la nuestra. El dominio propio se refleja por lo que sostenemos como doctrina del Evangelio, al igual que mantenemos una sobria conducta, una debida moderación y pureza en todo cuanto hagamos de hecho o de palabra. De esta manera no nos rendiremos ante las potestades espirituales de maldad.

    En medio de esta lucha, nuestra fe es probada como el oro, para sacar toda impureza (1 Pedro 1:7). Por igual, el bieldo está en la mano del Señor y limpiará su era, recogerá su trigo en el granero pero quemará la paja en fuego (Mateo 3:12). Toda impureza o basura nos es quitada mientras somos purificados por el fuego. Pese a que Satanás comenzó con Adán en el Edén, y pese a que continúa con los que somos de Cristo, no podrá enjuiciarnos ni condenarnos, ya que hemos sido justificados por la gracia del Señor. Por esa razón el diablo anda con mayor ira, buscando a quien devorar. Él tiene a los suyos, los que por siempre lo seguirán, sea que vayan de voluntad o que caminen engañados; pero su mejor presea sería atrapar a uno de nosotros para atormentarnos en esta vida (pues en la otra no nos tendrá jamás). Por lo tanto, seamos prudentes, estando firmes, para no caer en las asechanzas del enemigo de las almas. Pobre de los habitantes del mundo que habitan entre semejantes enemigos: el diablo y sus principados y potestades, con mucho poder para provocar calamidades sobre los que lo siguen. Tenemos una promesa de victoria sobre nuestros adversarios espirituales, en tanto vamos transitando hacia la patria celestial. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, si bien las más de las veces nos topamos con gente que habita el mal y posee el mal en sus corazones. Sepamos siempre que nuestras oraciones tienen gran alcance para esa batalla que en principio es espiritual. Al saber que el pecado no es una abstracción sino que se concreta en carne y sangre por igual, la Biblia nos recomienda a no andar en los caminos de los prevaricadores, a no sentarnos en sus mesas y sillas (Salmos 1).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • JEHOVÁ, ESCUCHA MI ORACIÓN (SALMOS 102)

    Que llegue nuestro clamor a quien no esconde su rostro en el día de la angustia, que se apresure a respondernos el día en que lo invoquemos. Nuestra precariedad de días se contrasta con la eternidad de su tiempo, del que hizo todo cuanto existe. El salmista se ve como el pelícano en el desierto, como el búho de las soledades. Como si fuésemos un pájaro solitario en el tejado, así los enemigos nos afrentan porque pareciera que Dios se enoja contra su pueblo.

    La memoria de Jehová será para siempre, vendrán nuevas generaciones y conocerán del Señor, empezarán sus vidas con un cántico fresco para ensalzar al Todopoderoso. No obstante, el creyente se aferra a las Escrituras, a ese contrato que ha firmado Jehová con la sangre de su Hijo, a su juramento por Sí mismo, a su promesa de redención para todo su pueblo. Como en Egipto, a veces habitamos la tierra del poderoso que odia a Jehová, recibimos los azotes enemigos para que sigamos como esclavos. En el mundo convivimos con la aflicción, al señalar la vanidad de la vida y al rechazar el deseo de los ojos.

    Jehová oye la oración de los desvalidos, de aquellos que lo aman, y nos mira desde lo alto de su santuario. Esto somos: barro formado con sus dedos, vasos en manos del alfarero. Nos moldea y todavía quiere perfeccionarnos; quiebra en ocasiones la vasija para hacer una nueva. El proceso duele, porque somos carne, como si la arcilla pudiese quejarse en la quebradura. Empero, el Señor escucha el gemido de los presos, y libera a los sentenciados a muerte. Jesucristo nos liberó de las ataduras del enemigo, espantó lejos a los demonios, condenó a la misma muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, pero Jesús lo venció y mostró su presea ante las potestades celestiales.

    El consuelo del cristiano está en que abandonará el cuerpo, bajo el pensamiento de que estar con Cristo es muchísimo mejor. Con todo, no queremos que nos corte en la mitad de nuestros días, aunque envejezcamos como viejas vestiduras. Elías, profeta triunfante, deseó que Jehová le quitara la vida; pero el Señor lo consoló con ángeles, sueño y alimento. Mucho camino siguió en su recorrido hasta alcanzar algo más delicioso que la tumba, la carroza de fuego que lo arrebató al cielo.

    El diluvio no venció a Noé, ni a su familia; ellos se rodearon de la compañía de animales inocentes, obra de las manos de Jehová. El arca del Señor nos da el cobijo, para que en las muchas aguas no seamos anegados. Jehová es el mismo, sin sombra de variación, no suma años porque aunque es Anciano de días no envejece. Ha formado a cada vaso de misericordia con plasticidad única, colocando su nombre con la tinta roja que emana del Calvario. Ese pacto se tiene por sempiterno, incondicional, de adhesión perpetua. El Señor nos mira cuando a Él clamamos.

    Mucho advenedizo en los atrios de las ovejas, para confundir la paz en ruido del alma; las aguas turbias proceden del pisoteo de las cabras, invitadas por los pastores de otro oficio. Ellos cantan a otro dios, cuestionan el pacto y las promesas de Jehová, aseguran victoria con sus métodos cargados de doctrinas demoníacas. Pero las ovejas yacen en las manos del Señor, sin que puedan ser arrebatadas; su sabiduría las mantiene alertas para que junto al Padre Eterno continúe la protección. Nuestra lucha contra el lobo opresor, contra los maestros de mentiras nos ejercita el alma para comprender que caminamos en un valle de sombra y de muerte. Cada día una prueba, cada momento un examen, pero cada instante una victoria; no se trata de que la gente no entienda, más bien parece que comprende perfectamente. La mente natural no puede resistir la palabra de Dios, por lo tanto busca una salida confortable para su tribulación. Muchas personas se esconden en un razonar circular, donde el eje de todo se centra en el Dios de amor y la libertad humana. Un Dios de amor no puede condenar a alguien que no tiene libertad para hacer el bien o para hacer el mal. Así que en ese eje gira toda religión espuria que tenga al cristianismo como excusa.

    El impío no se doblega ante la soberanía de Dios, sino que se inclina ante su pretensión de objetor. Dice que Dios no encuentra falta en nadie por cuanto no hizo al hombre libre para pecar o no pecar, que el Dios descrito en Romanos parece un monstruo, un diablo o tal vez sea un tirano. Interpreta a Pablo como quien habla de dos pueblos, en referencia a Jacob y Esaú. Pero la respuesta llega de inmediato, del Espíritu mismo: En ninguna manera Dios es injusto, más bien ¿quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? Recuerda que eres una olla de barro y el alfarero es el Soberano, es el que elige tu destino. Esa roca poderosa rompe la mente del que objeta, le acrecienta su ira y muchos caen destruidos y perplejos para siempre. Su trauma lo cargan a todas partes y están prestos a levantar sus puños contra el Hacedor de todo. Como el rey de Asiria, pretenden que el hacha mueva la mano del que con ella corta.

    Dios no endurece gente que primero se endurece a sí misma; no restringe su gracia para que peque un poco más. Simplemente Dios ordena todo cuanto acontece, como se demuestra por las Escrituras. Por ejemplo, todo los actos que los malhechores hicieron contra Jesucristo en la crucifixión fueron preparados por el Todopoderoso en forma específica. El que lo escupieran es una acto pecaminoso, el que traspasaran su costado demuestra el pecado del que perpetró ese mal. Sus azotes, el escarnio público, el que se ordenara su entrega a manos de los que podían crucificarle, la traición de su amigo con quien compartía el pan. Esos pecados fueron ordenados por Dios, no permitidos, como si un complejo azar le diera la suerte a Dios para que se hicieran aquellos que ni siquiera Él pensó, porque aún pensar eso para su Hijo constituiría pecado.

    Pero Dios no peca, no existe una norma hecha por Él que le haya impedido el hacer tal planificación al detalle. No lo averiguó en el túnel del tiempo, lo ideo en su corazón para procurar justicia a cada uno de los que componemos su pueblo. Los otros, los advenedizos, se escudan en el hecho de considerar tales hechos como actos libres de los hombres en los que Dios solamente restringió su gracia. Vaya torpeza de mente, en realidad los ha consumido el espíritu de estupor en su vana imaginación. Su ídolo, el libre albedrío, no podrá ayudarlos a comprender la majestad del poder divino, de sus actos soberanos y de su odio por los impíos que hizo como vasos de barro para el día de su justicia y castigo.

    El Espíritu Santo colocó la misma doctrina de la soberanía absoluta de Dios a lo largo de todas las Escrituras. Fue Él quien inspiró a los santos hombres de Dios, fue Él el que recordó las palabras habladas por Jesús. Así que una multiplicidad de textos aparecen concatenados para ilustrar la opacidad humana, su caída y la voluntad divina en esa caída. Todo fue preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), pero los falsos evangelios se predican para motivar el espíritu del anticristo en las multitudes. Ahora surgen nuevos profetas de mentiras, los que hablan lenguas raras, bar-bar-bar, aquellos que promulgan un evangelio diferente. Muchos se hacen llamar apóstoles, como deshaciendo el dictamen de Pablo respecto a que él fue el último de ellos, como un abortivo, pero que reconocía a los doce (Pablo nunca se reconoció entre los doce). El Apocalipsis habla de una ciudad con puertas y nombres para los doce apóstoles, pero en las sinagogas de Satanás se cuentan por montones los que se dicen a sí mismos que son apóstoles y las masas agradecen su presencia, porque eso destaca una señal de importancia. Necesitan señales nuevas para justificar su ídolo Baal-Jesús.

    La palabra apóstol significa enviado, pero enviados somos todos a predicar el evangelio. Sin embargo, no osamos llevar ese nombre como título, por no irrespetar las Escrituras. Al mismo tiempo, la palabra ungido se refiere a una persona marcada con oleo para ser rey o enviado de Dios (Cristo es el Ungido de Jehová). Nosotros también somos ungidos y tenemos la unción del Santo, pero no por eso osamos llevar ese título en las asambleas. Así que urge corregir y establecer las diferencias. El don de lenguas fue uno de los dones especiales, pero eso ya cesó, como lo advertía Pablo. Incluso, ese apóstol para los gentiles, tuvo entre otros el don de sanidad. Su pañuelo sanaba a gente cuando lo enviaba de un sitio a otro (Hechos 19:12), pero entrado en años, mientras se acercaba lo completo para que cesara lo que era en parte (entrada la plenitud de las Escrituras), el apóstol le recomienda a Timoteo tomar vino en vez de agua, por causa de su estómago. A otros misioneros y amigos dejó en varios sitios por causa de que estaban enfermos. Quiere decir, que su don iba menguando.

    Los falsos creyentes de hoy no solo preguntan a Dios ¿por qué me has hecho de esta manera?, emulando al objetor de Romanos 9, sino que dicen que ellos son distintos y que Dios los hizo con dones apostólicos especiales, lo cual se exhibe como una trampa de Satanás para engañar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no pudiendo engañar a los escogidos de Dios, se entiende que los que persisten en el engaño no han sido escogidos de Dios, a menos que ocurra el arrepentimiento para perdón de pecados. Pero aún eso lo da Dios y no lo obtiene el hombre por cuenta propia.

    El pelícano del desierto es un ave egipcia (Canopus Aegyptus), la cual se rompe su pecho para dar de comer a sus crías. El búho vive en la soledad, en las casas arruinadas, sin mezclarse con otras aves. Su sonido característico es como de lamento, así que esas dos aves sirven de ilustración al salmista para mostrar su estado de ánimo frente a la soledad, su gravedad de vida austera en esa circunstancia del creyente sin compañía. Muchos se hacen acompañar de las cabras para cantar en conjunto, pero el que ama la verdad doctrinal de Jesucristo sabe soportar los momentos en que supone que solamente él ha quedado. Elías sintió algo parecido, pero Jehová le dijo que se había reservado 7000 hombres para Sí, que no habían sucumbido ante Baal. No se los mostró, así que el profeta siguió solo hasta que consiguió el consuelo de lo alto.

    El reducido número de elegidos parece mostrarse más marcado en la medida en que el mundo hace más ruido. Sus templos son dedicados a Baal y por eso acuden multitudes; un Cristo despojado de doctrina resulta amado con el corazón, como si éste no contuviera la mente. Válida aparece la vieja pregunta: Señor, ¿son pocos los que se salvan? La respuesta fue muy clarividente: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Después se suma la exhortación a no temer, aunque seamos manada pequeña; por igual aparece la expresión: muchos son los llamados, pocos los escogidos. El búho de la soledad y el pelícano del desierto son nuestros emblemas del día a día.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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