Categoría: REGENERACIÓN

  • REGENERADOS

    De acuerdo a la Biblia sabemos que la regeneración proviene de Dios, que la voluntad de varón resulta inútil para alcanzar tal fin. A esta realidad se le ha llamado desde el Antiguo Testamento la circuncisión del corazón, aquella que no es hecha por manos humanas sino por Jesucristo (Colosenses 2:11). El pueblo de Dios está circuncidado en Jesucristo, pero no como parte de un ritual quirúrgico ni como hábito repetido de una nación. Se le ordenó a Abraham la circuncisión de la carne, como símbolo exclusivo del pacto que Dios tuvo con él y con su descendencia (Génesis 17:10).

    En sentido contrario, los no circuncidados quedaban excluidos del pacto y eran vistos como impuros y carentes de santidad (Levítico 19:23, Isaías 52:1, Jeremías 6:10). De acuerdo a Exodo 12:48, los no circuncidados tenían impedido el participar de la celebración de la pascua (lo que hoy llamamos la Cena del Señor). En el Levítico, Capítulo 26, verso 41, se lee que Dios demanda que los corazones de su pueblo estuviesen circuncidados, algo que va más allá del ritual de quitar la carne de los prepucios. Jeremías 4:4 comprueba lo que decimos, que Dios pedía que su pueblo se circuncidara ante Jehová, quitando la piel de su corazón, en un sentido metafórico que exigía a la nación a dejar la iniquidad de sus prácticas.

    Como parte del discurso de Esteban, leemos una admonición que toca el tema de la circuncisión del corazón: ¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros (Hechos 7:51). Esta gente se jactaba de la circuncisión de sus prepucios, pero sus corazones estaban lejos de la voz del Señor. Su resistencia al Espíritu Santo no significaba que tenían a ese Espíritu en ellos. Su oposición consistía en la desobediencia al mandato general del Espíritu Santo, a la ley general divina que ha sido dada a toda la humanidad. Esa es una forma de resistir al Espíritu, aunque el Espíritu es en sí mismo irresistible en cuanto a sus propósitos y acciones de regeneración.

    El mundo se resiste al llamado externo que Dios hace, para que reconozcan que Jesús es el Mesías enviado por el Padre. El que se resiste a escuchar y obedecer la palabra divina está resistiendo al Espíritu Santo en ese ministerio de predicación del Evangelio. Por supuesto, no que Dios sea impotente ante la criatura humana, o que el Espíritu Santo haya quedado vencido en su relación con los hombres, sino que el ser humano caído en delitos y pecados no logra discernir la obra divina ni siquiera por medio de la misma creación.

    Por esa razón se hace necesaria la regeneración, el nacer de lo alto; pero la Biblia asegura que esto no se produce por reacción humana o por voluntad alguna de la humanidad. Es allí donde interviene la fuerza y voluntad irresistible del Espíritu que da vida a quien quiere darla, pues no a todos la da sino a aquellos que el Padre ha señalado para que crean en su Hijo (Juan 6:37,44; Hechos 13:48). Nosotros no poseemos ninguna lista de los que van a creer, simplemente anunciamos a todos por igual para que sea el Espíritu quien despierte la sed y el oído de los que deben oír y escuchar el mensaje de salvación.

    Ese mensaje de redención no es otro sino el de que Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, la satisfacción plena por cada pecado de cada uno de los que representó en la cruz. Por el conocimiento del Señor salvará el Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Los que ignoran la justicia de Dios están irredentos (Romanos 10:1-4); Jesús vino a enseñar la doctrina del Padre, a dar su vida por las ovejas. Esto puede ser tenido por burla de parte de los que no creen, pero, aunque para el mundo es locura, para los redimidos representa el poder de Dios.

    Jesús nos recomienda que oremos al Padre que está en secreto, y mientras Él nos oye en el secreto nos recompensará en público. Una función subjetiva que depende de cada creyente, el acto de orar; la respuesta será objetiva, pues la publicidad de ella hecha por el Padre no tiene equívoco. Por supuesto, la oración del justo nos viene como privilegio del hecho de haber sido regenerados. No hemos de confundir la regeneración como un cambio de moralidad, ya que muchos no regenerados también mejoran en sus conductas.

    La regeneración también opera un cambio de mentalidad respecto a lo que teníamos por Dios y lo que sosteníamos de nosotros mismos. Ahora, con la regeneración, comprendemos la doctrina de Cristo. El Señor afirmó que ninguno puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga, que todo lo que el Padre le da vendrá a él y nunca será echado fuera. Eso que dijo forma parte de su cuerpo de enseñanzas (la doctrina), eso mismo debemos creer. Si así creemos, se manifestará cuando hablemos pues de la abundancia del corazón habla la boca, en tanto que demostraremos qué tipo de árboles somos. No puede el árbol malo dar fruto bueno (confesar un buen evangelio) ni el árbol bueno puede dar un fruto malo (confesar un falso evangelio). Pudiera ser que aquellos -los árboles malos- confiesen falsamente el buen evangelio, pero su inconsistencia se evidenciará como quien deja ver el trasfondo de su alma (de lo que cree).

    Nuestra circuncisión del corazón implica un cambio permanente de nuestra alma, ejecutado por el poder del Espíritu Santo que nos habita como arras de nuestra redención final. Hemos salido del reino de las tinieblas para habitar el reino de la luz o el reino de Dios. Ese traslado desde un reino al otro es irreversible, es sobrenatural; en nuestras luchas y pruebas podemos caer en desórdenes, pero como David seremos restaurados y, en muchas ocasiones, amonestados como a hijos. No hemos sido renacidos por hacer obras de justicia, sino por la misericordia de la gracia divina, en la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5).

    Por la regeneración sabemos que ya no servimos al pecado, que nuestro corazón dejó de ser perverso, más que todas cosas, y ha sido removido para llegar a tener uno de carne, renovado, que ame el andar en los estatutos de Dios. Así que la regeneración no se basa en alguna condición que tengamos en nosotros mismos, pero nosotros llegamos a saber si estamos o no regenerados. Los que hemos recibido a Cristo, creyendo en su nombre, hemos sido hechos hijos de Dios. Este grupo de personas no es engendrado por sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13).

    Si alguien desea hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si Jesús hablaba por su propia cuenta. Jesús anunciaba la doctrina del Padre (Juan 7:16-17). Pablo se agradaba de que la iglesia de Roma había obedecido de corazón el tipo de doctrina que él les había enseñado (Romanos 6:17). Sabemos que Pablo habló una y otra vez de la predestinación y la gracia soberana, del destino humano fijado desde los siglos por la soberana disposición del Padre y Creador de todo cuanto existe. Esa es la doctrina que el Hijo de Dios enseñó entre nosotros, esa es la enseñanza que debemos seguir y enseñar.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • INHABILIDAD HUMANA PARA LA FE

    Lo que Dios demanda al hombre no presupone habilidad humana para cumplir. La naturaleza caída de Adán demuestra la impotencia del alma para desear siquiera hacer el bien. No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien entienda. Todos los seres humanos se han descarriado, cada cual se apartó por su camino. No en vano se afirma que el Hijo del Hombre sería sin hermosura, para que no le deseemos. Es decir, Jesús no provoca que nuestra naturaleza lo añore, simplemente es alguien del que nos cuentan grandes cosas y no por eso nos atreveríamos a seguirlo.

    Pero existe algo que permite el acercamiento entre Dios y los hombres. No es el hecho de que Jesús haya muerto en la cruz, como si ese acto rompiera nuestras ataduras al mundo. Más bien debemos mirar el objeto de su crucifixión, conforme a las Escrituras. Ellas dicen que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por igual anuncian que vino a dar su vida por las ovejas (Juan 10:1-5), pero aquellos que no forman parte de esas ovejas no podrán ir a él jamás (Juan 10:26). Esas Escrituras recogen palabras directas del Señor, como también la oración de Jesús en el Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9).

    El ser humano se levanta con el puño hacia el cielo, preguntándose por qué, pues, Dios inculpa. ¿Quién ha resistido a su voluntad? La defensa hecha a Esaú resultó una batalla inútil (Romanos 9), pero valió la pena por la pedagogía que nos muestra. Dios resultó ser soberano absoluto; la criatura, en cambio, solo barro que el alfarero moldea a su antojo. Nuestra vida transcurre entre el deber ser bíblico -al considerar la Escritura como palabra de Dios- y el condicionamiento individual para hacer aquello que podemos o queremos realizar.

    La tensión está presente en todo tiempo, un mandato exigente que el ser humano no puede cumplir (a pesar de todos sus hipotéticos). La culpa se yergue en consecuencia para las mentes cuya conciencia no haya sido del todo cauterizada. Jesús vino a quitar esa culpa perniciosa en aquellas personas, las cuales le han recibido y mantienen la comunión con su Espíritu. Pero una vez más la Escritura nos aclara que para nacer de nuevo hace falta la voluntad de ese Espíritu, sin mediación humana alguna (Juan 1 y 3).

    El nuevo nacimiento equivale a la circuncisión del corazón; el corazón engreído y suspicaz, perverso más que todas las cosas, lo posee cada ser humano por naturaleza. Sin embargo, existe otro corazón que viene por trasplante; la Biblia habla de un corazón de carne que reemplaza el corazón de piedra. Por lo tanto, los que hemos sido operados ya no poseemos más ese corazón perverso del que hablara el profeta Jeremías. Ahora tenemos el corazón de carne, con un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos de Dios; ese es el corazón del cual hablara el profeta Ezequiel.

    Todo proviene del Padre, así que todos aquellos que el Padre envía al Hijo creerán en el Hijo. Esta conducción del Padre no se basa en méritos humanos sino en la gracia soberana de Dios. Los que el Padre lleva a Cristo creerán y serán resucitados en el día último. Esta enseñanza dada por Jesús, recogida por Juan en su Evangelio, Capítulo 6, nos muestra tanto la incapacidad humana como la soberanía absoluta de Dios. Estando el hombre muerto en delitos y pecados no puede levantar la mirada hacia el sanador de su alma.

    Claro que Jesús dijo que quien a él viene nunca tendrá hambre, que quien en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Pero habiéndolo dicho no creían en él, a pesar de haberse contemplado sus milagros. Por esa razón, Jesús continuó con su pedagogía dándonos el resumen de la razón por la cual no creían: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    La inhabilidad humana resalta en Juan 6:44, cuando el Señor afirma: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. El Padre arrastra a la persona a Cristo, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO; este verbo lo utilizan los marineros para referirse al trabajo que hace un barco cuando arrastra a otro barco varado en el mar. Esta doctrina era enseñada por los apóstoles, creída por los creyentes sin dejar lugar a dudas. En el libro de los Hechos se lee al respecto: … y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    La declaratoria en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra que la fe no es una condición para ser ordenados para vida eterna. No se trata de que Dios haya visto en el túnel del tiempo quién habría de tener fe y quién no; se trata de un regalo que Dios da a quienes Él ha querido darlo. Su soberanía impera por siempre, sin que Él deba consultar con nadie. Estos gentiles paganos descritos en Hechos no tenían ninguna disposición para la fe de Cristo. No estuvieron jamás habituados a ello, como si fuere un requisito para llegar a creer. Al contrario, los gentiles son marcados por su alejamiento del pueblo del libro (Israel), por su ignorancia respecto a las cosas de la vida eterna. Además, los gentiles fueron llamados paganos, servidores de la idolatría y de los demonios, lo cual los indisponía por su naturaleza para ser considerados como candidatos al reino de los cielos.

    Se deduce de la enseñanza de Jesús, recogida por Juan, que la salvación es particular. No vino Jesús al mundo a redimir a todo el mundo, sino a los que el Padre le dio. Por esa razón, en forma coherente, Jesús no rogó al Padre por el mundo, sino por los que le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros apóstoles. Esta es la razón del gozo del apóstol para los gentiles, cuando se refirió a esa cadena de oro de la salvación (Romanos 8:30): los que hemos sido predestinados, llamados, justificados y glorificados, por causa del amor (o el conocimiento previo de Dios).

    Ya hemos dicho en otros escritos que el conocer en la Biblia presupone algo más que un acto cognoscitivo, también se refiere al acto de tener comunión íntima. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño. Nunca os conocí, dirá el Cristo a muchos que afirman ser de él; a vosotros solamente he conocido de entre toda la tierra (Amós 3:2). Los ejemplos abundan para ilustrar que ese conocimiento previo del Señor se refiere, de acuerdo al contexto en que aparecen esas expresiones, al acto íntimo de comunión de Dios con los suyos.

    Según nos escogió en él, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5). Cuando el apóstol Pablo escribió su carta a los romanos, enfatizó en el hecho de que ningún ser humano será justificado por las obras de la ley divina, ya que la ley tenía el propósito de la didáctica del pecado (Romanos 3:20). La ley no fue dada para verificar si el libre albedrío humano conducía hacia Dios, sino más bien llegó para demostrar nuestra incapacidad en cuanto a la libertad de volición. La Escritura no nos enseña nunca que el ser humano posee la capacidad de obedecer el mandato divino.

    La humanidad en su estado caído sufre de plena incapacidad para ir hacia Dios (Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios -Romanos 8:8). La salvación depende enteramente de la gracia de Dios; si por gracia, entonces ya no es por obras, no sea que la gente se gloríe. Esta gran verdad bíblica debería llevarnos al reconocimiento de nuestro estado de necesidad, al punto en que nos dispongamos a suplicar al Omnipotente por su piedad. Pero para eso, ¿quién es suficiente? Si el Espíritu de Dios no otorga el nuevo nacimiento, la gente seguirá en su estado de depravación total (alejados de la ciudadanía de los cielos, morando solamente en la tierra bajo el príncipe de las potestades de las tinieblas).

    Mucha gente vive todavía sin que Dios le haya otorgado hasta el presente un corazón que entienda, ojos que vean y oídos para oír su palabra. Espiritualmente esa gente sigue en la ceguera; por lo tanto urge que Dios circuncide el corazón para que el ser humano pueda amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma (véase Deuteronomio 29:4 y 30:6). Finalmente nos toca decir lo que ya la Biblia afirmó: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CUANDO DIOS NOS PIDE LO IMPOSIBLE

    Parece mentira pero Dios le pidió al hombre guardar su ley, bajo pena de maldición si quebrantare alguno de sus puntos. De allí que Pablo aseguró que la ley no salvó a nadie, sino que fue enviada para aumentar el pecado de manera que ella sirviera como un Ayo para llevarnos a Cristo. Jesucristo vino y cumplió toda la ley, habiendo agradado al Padre, por lo cual pudo morir en la cruz para llevar el pecado de aquellos que no pudieron ni pueden cumplir toda la ley, y que son tenidos como su pueblo.

    La vida y obra de Cristo en vida sirvió para cumplir con los requisitos del Cordero sin mancha, para que Dios descargara en él su furia por los pecados de todos aquellos a quienes él representó en la cruz. Leemos en Mateo 1:21 que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados; en Juan 17:9 vemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión; por igual, en Juan 10:1-5, Jesús declara que él es el buen pastor que pone su vida por las ovejas (no por los cabritos, a quienes colocará a su izquierda y los enviará al lago de fuego: Mateo 25:31-41).

    Claro que las ovejas deben ocuparse como dice el texto de Mateo ya citado, respecto de la ayuda al prójimo, en especial a los de la familia de la fe. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis … De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Estas acciones y las demás buenas obras sirven como testimonio de que somos sus herederos, pero jamás servirán como causa de la redención. La Escritura afirma: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El propósito de Dios conforme a la elección permanece no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    Agrega la Biblia que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16); los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición (Gálatas 3:10). La declaratoria bíblica demuestra que la humanidad entera cayó bajo condenación (todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios -Romanos 3:23). La ley, tenía la sombra de los bienes venideros, sin poder por los sacrificios ofrecidos hacer perfectos a los que se acercan. Si hubiesen quedado limpios con el primer sacrificio no hubiese habido necesidad de reiterar el mismo con los años. La sangre de los toros y de los machos cabríos no pudo quitar los pecados (Hebreos 10:1-4).

    La ley resulta buena porque nos muestra el pecado, ya que sin ley no puede haber conciencia de pecado. Recordemos que la ley de Dios puede ser tanto la escrita en tablas dadas a Moisés como la que está en los corazones humanos (lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio del creado mundo visible, sin que nadie tenga excusa -Romanos 1:20-21). En Romanos 2:15, Pablo demuestra que la ley está escrita en los corazones humanos, dando testimonio la conciencia de cada quien (incluidos los gentiles, que no tenían la ley escrita de Moisés).

    Decimos con Pablo que la ley no salvó a nadie, ni siquiera la ley escrita en los corazones porque cuando el pagano hacía algo bueno era derribado por lo malo que también cometía; así que aconteció igual a israelitas y gentiles. Solo la ley que es por la fe de Cristo puede salvar, así que no hay jactancia alguna para nadie. No por la ley de las obras, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Una vez más, las obras son consecuencia de la fe y no su causa.

    Aunque leamos en la Biblia textos que señalan nuestro deber, al seguir un camino adecuado, de escoger una vía para vivir u otra para morir, aunque se haya escrito que el que tiene sed que venga a beber del agua de vida eterna, los contextos en que aparecen demuestran que nadie puede motu proprio inclinar su voluntad a tal fin. Los mandatos bíblicos tienen los propósitos de revelar el pecado y magnificarlo, para que nadie suponga erróneamente que puede auto justificarse.

    La ley humana que emana de los tribunales presupone la libertad de los que se someten a ella. De hecho, la plena libertad constituye un motivo esencial para que el ser humano actúe en consecuencia y sea juzgado ante la ley. Pero la ley divina tiene otro origen y otra finalidad: que el hombre reconozca su impotencia ante el Dios Soberano, de manera que pueda ocurrir en él la metanoia griega, el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y quién es la criatura.

    El hombre debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador, no a la inversa. Dios es libre absoluto, pero la criatura impotente no puede tener libertad; al contrario, su impotencia genera su dependencia ante el Creador. En ningún sitio de la Escritura Dios sugiere que el hombre caído en delitos y pecados, en realidad muerto, pueda tener la mínima opción de nacer de nuevo por cuenta propia, o tener la capacidad para cumplir con la ley moral divina.

    El que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3), pero esa obra corresponde en exclusiva al Espíritu Santo, sin mediación de voluntad o sangre humana (Juan 3:8 y Juan 1: 12-13). Por consiguiente, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). Dada la caída absoluta de la humanidad, del pecado heredado desde Adán, urgía un Segundo Adán, que es Cristo. La salvación depende en forma absoluta de Jesucristo, de la gracia de Dios, sin que medie esfuerzo humano alguno. Dios no dará a otro su gloria, así que todo cuanto acontece ha sido su plan eterno e inmutable.

    Hay todavía mucha gente a la que Dios no le ha dado un corazón que entienda, ni ojos para que vean, ni oídos para oír (como lo afirma Deuteronomio 29:4). Este conjunto de personas anda por el mundo con ceguera espiritual; pero existe gente a quien Dios ha circuncidado el corazón, de manera que a partir de ese momento puede amar a su Creador y al autor de su salvación (Deuteronomio 30:6). Aunque la gente tenga la Biblia en su casa, aunque la estudie y la comprenda, la verdadera obediencia a Dios surge a partir de la circuncisión del corazón, lo que ahora se llama nuevo nacimiento.

    El hombre dirá que Dios no puede inculpar a alguien que no puede resistirse a su voluntad, pero la divina respuesta ha sido que el hombre no es nadie para discutir con Dios. Apenas el ser humano es una vasija de barro moldeada por las manos del alfarero, así que la potestad absoluta pertenece a quien crea el barro y hace con él lo que desea. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • HIJOS DE DIOS (ROMANOS 8:14)

    De toda la población mundial, a lo largo de los siglos, solamente las ovejas llegan a ser hijos de Dios. Las cabras no pueden mutar su esencia, así como la oveja jamás se convertirá en cabra; ya lo dijo el Señor: el árbol bueno no puede dar fruto malo y el árbol malo no dará nunca fruto bueno. Pero existen ovejas descarriadas que conviene buscar, para que entren al redil. Esa tarea del Señor nos fue encargada en la comisión de la predicación del evangelio. Somos partícipes de ese anuncio, de la buena noticia del Señor: él vino a salvar a cada uno de los que el Padre le asignó.

    En consecuencia, cuando hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, una vez que hemos sido habitados por el Espíritu como garantía de nuestra redención final, sabemos que hemos recibido el Espíritu de adopción, para poder clamar Abba, Padre. No recibimos un espíritu de esclavitud que nos sumerge en el temor, como bien lo atestigua el Espíritu Santo ante nuestro espíritu, diciéndonos que somos hijos de Dios. Sufrimos juntos con Cristo para ser glorificados todos también.

    Las lujurias de la carne son la patente del espíritu de esclavitud, lo cual indica que el individuo en su estado natural es un convicto, dado a la muerte eterna, sujeto al juicio y a la ira venidera. Esa persona debe vivir en la cobardía, sometida a las presiones del mundo dirigido por su príncipe de la oscuridad. Los judíos de la época bíblica son un claro ejemplo de la esclavitud de la ley, sujetos a ceremonias, a la forma de las normas, dedicados a la observación de los días y a continuos sacrificios. Obligados a cumplir la totalidad de las leyes morales, vivieron bajo el espíritu de temor y esclavitud. Así es todo aquel que sigue normas espirituales que supuestamente le permitirán alcanzar la vida eterna.

    El Espíritu de Dios testifica a nuestro espíritu, no en forma audible sino en el corazón. En lo interno del alma Dios nos habla, lo cual se traduce en un testimonio de que somos sus hijos. Hemos sido renovados para redención, hemos nacido de nuevo por causa del Espíritu de Dios, sin que medie obra humana alguna. Por supuesto, se nos ha predicado el evangelio, pero eso ha sido un instrumento usado por la providencia divina para sacarnos de las tinieblas de Satanás. El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu, no por medio de personas humanas sino a través de Él mismo.

    Dice la Escritura que el Espíritu se contrista en nosotros por causa de nuestros pecados, pero al mismo tiempo nos ayuda a pedir como conviene, nos guía a toda verdad, permanece en nosotros como una garantía de nuestra redención final. Es, en realidad, el Consolador enviado por el Padre y por el Hijo para nuestra compañía. El que podamos llamar a Dios como el Padre querido presupone una instancia de concesión de gracia a nuestra alma.

    El camino de la fe muestra sus vías heroicas: por la fe Moisés fue escondido al nacer por tres meses, porque sus padres le vieron hermoso y no temieron el decreto del rey. Por esa misma fe Moisés ya grande rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón. Escogió ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo antes que los tesoros de los egipcios. La razón de ello es que tenía puesta la mirada en el galardón (Hebreos 11: 24-26). Así nosotros miramos el día de nuestra glorificación final, para soportar con paciencia los pasos que debemos dar en medio de un mundo compuesto de trampas y asedios.

    La cruz ofende al hombre natural, al que no ha sido regenerado, pese a que haya podido recibir el cristianismo como una profesión externa. A partir de su asunción teológica construirá una argumentación que neutralice tal ofensa. Para ello no hay como la generalidad, la universalidad de la intención de Dios en salvar a cada miembro de la raza humana. Esa teoría hace a Dios más justo y vuelve al hombre más pecador, ya que rechaza la gracia que se le está dando. De esa manera le tira arena al mal olor que le causan textos como Romanos 9, cuando el apóstol menciona el odio de Dios por Esaú. Esta gente cargada de religión insiste en hacer más agradable la cruz de Cristo, para que todos los que siguen sin regeneración se acerquen a su falso evangelio.

    En 1 Corintios 15:3 leemos que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. En Juan 6:44 Jesús dice: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere. La Escritura añade que aquellos que no creen este evangelio siguen sin regeneración. Sabemos que cualquier atribución al ser humano para recibir la vida eterna nace de un evangelio espurio. Es Dios solamente el que hace la diferencia entre cielo e infierno, es su designio eterno e inmutable el que ha creado todo cuanto existe. Poner la mira en las cosas de abajo (aún en materia de salvación) es vanidad y locura para el alma humana.

    Cristo fue herido por nuestra transgresiones (en palabras de Isaías), no por las transgresiones de los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda. El castigo de nuestra paz fue sobre él, no el castigo de la paz de todo el mundo, sin excepción (Isaías 53:5). Cuando la palabra mundo y la palabra todo aparecen en las Escrituras, su sentido tiene que ser definido por el contexto. En una ocasión ciertos fariseos dijeron: Mirad, el mundo entero se va tras él. Eso decían referente a Jesús, admirados y sorprendidos por la cantidad de gente que lo seguía. Sin embargo, esa expresión de el mundo entero es hiperbólica, una exageración con la cual se declara el impacto de una observación determinada. Así que cuando Juan escribe que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, está hablando con una iglesia compuesta fundamentalmente por judíos conversos. Eso implica que les advierte a ellos que la muerte de Jesús no iba solo por los judíos sino también por los gentiles, que eran llamados el resto del mundo.

    Privilegio y responsabilidad el ser hijos de Dios. No hubiésemos podido alcanzar tal estatus, a no ser que de pura gracia nos hubiesen dado esa mención. Pero no hemos de sostener semejante valor con descuido y desentendimiento. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, nuestro Dios es fuego consumidor. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Son muy variadas las advertencias en las páginas de las Escrituras, como para que ignoremos la admonición del Señor. Sabemos que en el camino escabroso nos toca andar muchas de las veces, pero a lo largo está quien nos guía a toda verdad.

    El Señor prometió antes de partir no dejarnos huérfanos. Esa palabra ha cumplido desde la venida especial del Espíritu Santo a la iglesia. Sabemos por su palabra que Jesucristo sustituyó en la cruz a todo aquel que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo para ser salvo. Los pecados de todo su pueblo fueron imputados en el Hijo mediante la expiación. Condenemos el falso evangelio de la expiación universal, porque hace inútil el trabajo del Señor. Si Cristo murió por todos, todos son salvos. La sangre de Cristo no puede ser pisoteada y tenida por incapaz, como si Dios castigara dos veces por la misma culpa.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • TANTAS RELIGIONES

    Cerca de tresmil lenguas vivas existen en la actualidad en esta tierra, aunque uno piense en hablar como mucho una decena de ellas. Con las religiones sucede algo parecido, son miles las que han aparecido y uno se fija apenas en las seis más impactantes o con más personas inscritas. ¿Cómo saber cuál es la verdadera, si la hay? Algunos prefieren el sofisma que enseñan sobre el cristianismo, diciéndonos que éste no es ninguna religión sino que es la búsqueda que Dios hace del hombre. Con ello se define la religión como la búsqueda que el hombre hace de Dios, de ese Padre oculto que no conoce. Bueno, podríamos disertar sin mucho consuelo si siguiéremos la elucubración. La inquietud sigue hablándonos sobre la importancia de conocer lo que significa Cristo en la religión cristiana.

    Creemos que el Hijo de Dios vino al mundo a poner su vida en rescate por muchos. No a todos quiso Dios liberar del yugo del pecado, sino a unos cuantos elegidos. Lo hace por medio del evangelio (buena nueva de salvación para su amado pueblo, a quien le dio la promesa de redención). Ya Abraham había oído de ese Dios Creador las palabras acertadas y cargadas de esperanza: que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Pablo nos relata sobre la promesa de la simiente, diciéndonos que se refiere a Jesucristo. Cuando Dios habló con Eva y le dijo de su simiente, estaba señalando la promesa de esa semilla que destruiría a la serpiente antigua, el dragón o Satanás.

    El cristianismo no es el fracaso de Dios, ni el infierno representa una memoria a su falta de tino. Simplemente debemos entender lo que las Escrituras dicen y a quiénes dice tales cosas. Notorio resulta que a Moisés le fue dada la ley para un pueblo específico, el cual se convirtió en el custodio de una palabra revelada desde antaño. Pero muchos pueblos o naciones quedaron excluidos de ese mensaje. La ley moral en los corazones o conciencias de los humanos no garantiza salvación alguna. Antes parece una exclusión de alegatos en cuanto al desconocimiento de Dios: lo que de Dios se conoce le ha sido manifestado al ser humano, enfatiza Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 1.

    No existe excusa en cuanto a la obra manifiesta de Dios: la creación misma habla a voces, como dice el salmista: un día emite palabra a otro día, y una noche declara sabiduría a otra noche. Los juicios de Jehová son verdad, todos justos (Salmos 1:9). Sin embargo, la impotencia humana obedece a su naturaleza caída, heredada desde Adán, porque en Adán todos mueren. En Cristo todos vivimos, pero ese todos no hace referencia a toda la humanidad, sin excepción, sino a los creyentes elegidos para tal propósito. Así lo afirma la Biblia: …y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Muchas personas no llegan jamás a creer, ya que fueron colocadas para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Volvemos al círculo del argumento, a un terreno tautológico que se ilustra con la figura del perro que se come su propia cola. ¿Es Dios injusto? ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Cómo Dios puede inculpar al pobre de Esaú si fue odiado desde antes de ser concebido? ¿Cómo es que Dios juzga no por las obras buenas o malas sino por lo que decidió como elección? (Romanos 9:11-19). Es cierto que cada quien dará cuenta a Dios de lo que ha hecho, y que nuestras obras servirán para inculpar al alma impía y premiar al alma redimida que actúa en consecuencia con lo que ha creído. Pero todo ello pasa por el crisol de la predestinación, de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo.

    En Efesios 1 leemos al respecto, para no pasar por alto lo trascendental de la doctrina de la predestinación. Sabemos que Dios sabe todas las cosas, no por averiguarlas sino por destinarlas de antemano. Dios no llega a conocer ya que es Omnisciente, pero nada lo sorprende por cuanto en su soberanía ha hecho nuestro futuro. Dios no se afecta por el espacio-tiempo sino solamente sus criaturas que estamos bajo estas leyes físicas. Sus profecías anuncian su perfección en lo que ha dicho que ocurriría, no porque lo haya averiguado en el túnel del tiempo sino porque así lo pensó.

    Si Dios averiguara en el tiempo lo que habrá de suceder, se convertiría en un plagiario, alguien que copia de otro la idea y la dicta a sus profetas. Dios no averiguó que la gente necesitaba un Redentor, que un grupo de seres humanos quería un Mesías para crucificarlo. Uno no puede ni imaginar que alguien suponga tal desconcierto: Dios averiguando lo que la gente va a hacer y por ello envía al Hijo para aprovechar lo que la gente imaginó que le haría si viniere a la tierra. Mucho más sencillo nos resulta aceptar que así lo quiso Dios, así lo planificó y ninguna de sus palabras ha faltado. El Dios soberano que muchos desconocen está desplegado en las Escrituras, pero no todos las leen y no todos los que las leen llegan a conformarse con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios. En la palabra divina leemos que el trabajo que vino Cristo a hacer en la tierra fue ordenado desde los siglos. Hubo un ajuste perfecto en cada paso que debía dar, como bien se demuestra por el dibujo que cada uno de los evangelios hace de la vida de Jesús.

    Son cuatro evangelios con cuatro ópticas que reseñan la vida y obra del Señor. Su vida fue el cumplimiento de un programa establecido. Jesús cumplió las profecías que hablaban de su primera venida, como bien se dice en cada evangelio en relación a la predestinación de lo acontecido. Jesús fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, por lo cual fue prendido y matado por manos de inicuos, crucificándolo (Hechos 2:23). Cuanto se escribió de él en la ley y en los profetas, o en los salmos, debería cumplirse en su tiempo, todo lo cual aconteció: Y les dijo: Éstas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24:44).

    Nuestra religión vale, se ha formado como producto de la revelación divina respecto a la obra del Creador de todo cuanto existe. Cada quien alegará a favor de lo que piensa y cree, pero nosotros poseemos la palabra profética más segura. De todas maneras, creer viene por el oír esa palabra de Cristo, sabiendo que no es de todos la fe y que ella es un don de Dios. Sin fe, dice la Escritura, resulta imposible agradar a Dios.

    César Paredes

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  • LOS MEDIOS DE DIOS

    Más allá de que el Dios de la Biblia se presenta como absolutamente soberano, no podemos pensar que utilizará cualquier medio para la redención de su pueblo. Su objetivo desde la eternidad ha consistido en su propia gloria, así como en la que le daría al Hijo como Redentor y Mediador del Nuevo Pacto. Por demás está el suponer que allí donde no ha llegado la noticia de Jesucristo pudiera haber algún atisbo de salvación, como si la noción de calamidad espiritual que sienta una persona signifique que exista una convicción de pecado generada por el Espíritu Santo. Pablo lo estableció muy claramente, cuando dijo que no se podía invocar a aquel de quien no se ha oído nada, si no se había predicado antes, si no había alguien enviado por el Señor a dar su anuncio.

    Jesús también fue enfático en el tema, diciendo que él era el único mediador entre Dios y los hombres, que nadie podía ir al Padre sino por él. De igual forma señaló que nadie habría de ir a él si no le fuere dado del Padre; el Espíritu es el que da vida, apuntó, así que la voluntad humana queda por fuera de la ecuación. Más allá de quedar por fuera el albedrío del ser humano, sin el medio del anuncio del Evangelio no hay noticia que pueda redimir al hombre. Estamos ciertos, el Señor que ordenó el fin (la redención) hizo lo mismo con los medios (el anuncio del Evangelio de Cristo).

    Dios se agrada del que le teme y hace justicia en cada nación (Hechos 10: 34-35). Esas fueron las palabras de Pedro cuando entró a la casa de Cornelio, pero no olvidemos que a continuación el apóstol les recordó a los presentes lo que ya se había divulgado en toda Judea, desde Galilea después del bautismo predicado por Juan: les contó lo de Jesús de Nazaret, de lo cual muchos eran testigos. Sabemos que Jesús hizo la expiación necesaria por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21), pero no todos los elegidos fueron regenerados en el momento cuando Cristo pagó su deuda en la cruz, sino que a cada uno de ellos les llega el llamamiento eficaz en el día del poder de Dios, es decir, una vez que el Espíritu los hace renacer por medio de la palabra de Cristo y por la fe de Jesucristo, la cual también es dada como regalo (Efesios 2:8).

    Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios, así que aún los elegidos de Dios, desde antes de la fundación del mundo, necesitan ese medio de salvación. Esa fe viene por el oír la palabra de Cristo, como una dádiva divina, pues no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin ella resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Dios no hace acepción de personas, testificó Pedro al darse cuenta de que también había llamado a Cornelio de entre los gentiles. Cornelio estuvo señalado por Dios para creer, por cuya razón le indicó que llamara a Pedro y éste cumplió con su cometido y le predicó el Evangelio que conocía. Este fue un caso excepcional, perteneciente a la pedagogía divina, ya que Pedro en su visión tuvo que reconocer que lo que él llamaba inmundo no debía hacerlo más, si Dios lo había purificado.

    Cornelio no quedó redimido porque diera ofrendas, sino cuando escuchó del apóstol el verdadero Evangelio que necesitaba reconocer. De otra manera no hubiese sido necesaria la presencia del apóstol en su casa; sabemos que este evento fue singular, una figura de la inclusión de los gentiles en el reino de los cielos. Eso tenía que reconocerlo Pedro como apóstol judío, sabiendo que Dios no hacía acepción de personas. Pero en ningún momento ese evento y ese acto niegan la absoluta soberanía de Dios en materia de redención. El Señor redimió a los suyos y a ellos les anuncia el Evangelio, para que oyéndolo lo crean y sean convertidos de las tinieblas a la luz. Hay quienes lo oyen pero no son enseñados por el Padre (Juan 6:45), hay quienes dicen creerlo pero se espantan después cuando escuchan ciertas palabras que consideran duras de oír (Juan 6:37,44. 60).

    Dios tiene misericordia de los que le temen, pero no porque exista un temor al castigo, como el de un esclavo a su amo, sino porque forman parte del amor filial en Cristo. Caín, el Faraón de Egipto, incluso Judas Iscariote, pudieron sentir el terror de Jehová, pero eso no les ayudó en su redención. Lo mismo acontece con los demonios, quienes creen y tiemblan; por igual muchos dirán en el día final que ellos hicieron milagros en el nombre de Cristo, pero escucharán el rotundo nunca os conocí. Dios acepta a las personas en Cristo, por medio de su fe dada (Efesios 2:8), lo cual viene en un paquete completo como lo señala el texto mencionado de Efesios. La gracia, la fe y la salvación son un regalo de Dios.

    Permanecer en la ignorancia de la justicia de Dios equivale a seguir ignorando al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En Romanos 10 Pablo refuta la ignorancia de Israel respecto a la justicia de Dios, extendiendo por analogía esa ignorancia a cada persona que coloca su propia justicia como aliada de la salvación. Poco importa el celo que se tenga por Jehová, ni el conocimiento bíblico sobre algunas doctrinas importantes, ya que cualquier persona que suponga que pueda aportar algo a la justicia divina se hace merecedora del calificativo de ignorante. Eso es tener celo por Dios pero no conforme a conocimiento (Romanos 10:4).

    La analogía continúa, se puede alabar en ignorancia y no tener a cambio sino el rechazo divino. Esa justicia de Dios ha sido revelada en el Evangelio, ya que el justo vivirá por la fe (Romanos 1:17). Dios es un juez justo que justifica al impío. Eso suena extravagante para muchas personas, ¿cómo un juez justo podrá justificar al impío? No justifica la impiedad sino que la castiga, asimismo azota al impío contra quien está airado todos los días. Pero cuando la Escritura dice que Dios justifica al impío resalta que lo hace por medio de la justicia que es Cristo. Todos aquellos impíos que fueron justificados en la cruz son los que Dios acepta. En su justicia ya castigó sus pecados en el Hijo, por lo cual su acto judicial no se pisotea sino que produce aquello que logró como objetivo.

    Hay muchas personas que caminan de acuerdo al modelo religioso del evangelio, pero que igualmente ignoran lo que hizo Jesucristo. Esa gente anda perdida todavía, ya que supone que Cristo murió por todos sin excepción, habiéndose convertido en su justicia ante Dios. Sin embargo, esa gente que supuestamente fue perdonada en la cruz camina hacia la condenación final, sin que esa justicia del Hijo se haga eficaz. Vemos la blasfemia de tal planteamiento, con lo cual se aduce que el individuo perdonado tiene que hacer su parte, así como Cristo hizo la suya. La salvación se convertiría en un trabajo conjunto entre Dios y el pecador, algo que le arrebataría la gloria exclusiva a Dios.

    Por otro lado, los miles que a diario mueren sin saber que ese Jesús murió por ellos en la cruz, se condenan a pesar de habérseles perdonado sus pecados en la cruz. Esa es la horrenda visión de aquellos religiosos del cristianismo que colocan su propia justicia junto a la de Cristo, como para merecer algo que con su ayuda debería otorgárseles. Empero, la Biblia habla de predestinación desde antes de la fundación del mundo, sin miramiento en las obras humanas para que nadie se gloríe. Solamente es por el Elector la salvación, no por obra humana; ni siquiera por levantar una mano en una asamblea, ni por dar un paso al frente, tampoco por hacer una oración conjunta.

    Por supuesto, no se niega la predicación del Evangelio para que la salvación se realice. Pero ese medio también ha sido ordenado desde siempre, así que es a través de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17) que serán alcanzadas las ovejas extraviadas que deambulan por el mundo. No es por medio del evangelio apóstata, corrupto, a medias, mezclado con verdad y mentira, sino por esa palabra que a muchos les suena dura de oír. Es de esta manera para que nadie intente colocar su propia justicia junto a la de Cristo; ni el más mínimo porcentaje nuestro será aceptado, ya que Dios no vio algo bueno en los predestinados para salvación, sino a una masa corrompida, sumergida en el pecado, sin que hubiera justo ni aún uno. No había quien buscara al verdadero Dios, todos nos habíamos apartado por nuestros caminos; no hacíamos el bien, pero Dios pasó por alto nuestros pecados en virtud de la representación que Jesús hizo de su pueblo.

    Por esa razón Jesús oró la noche antes de ser crucificado: De los que me diste, ninguno se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Rogó igualmente por los que habríamos de creer por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes. Esos también le fueron dados al Hijo como linaje, como el fruto de su justicia: somos los hijos que Dios le dio. Nuestra justicia es la justicia de Dios, ya que fuimos justificados por la fe de Jesucristo. El Hijo de Dios se convirtió en nuestra pascua, cuando al sufrir en nuestro lugar Dios pasó por alto el castigo que merecíamos por nuestros pecados.

    César Paredes

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  • DESDE LA REGENERACIÓN HASTA LA GLORIA FINAL

    Desde la regeneración hasta la gloria final dependemos del Señor. No se trata de que Él nos haya regenerado dejándonos a nuestra merced, como si pudiéramos perseverar por nuestras fuerzas. Si así fuera, tendríamos que hablar de una salvación compartida, donde el Padre nos habilitó para que pudiéramos continuar con nuestros esfuerzos. De esta manera no habría garantía del resultado final y glorioso para los amados de Dios.

    Lo que Cristo hizo en la cruz nadie puede deshacerlo. Consumado fue, de manera que nadie puede añadir o quitar a su trabajo. Formamos parte de los hijos que Dios le dio, de la nación santa y del linaje escogido, del real sacerdocio, de los amigos, de su pueblo y de su iglesia. La Biblia nos dice que el que persevere hasta el fin será salvo. Muy bien, estamos de acuerdo, pero justo conviene aclarar que los que perseveramos somos los mismos que fuimos elegidos para ser objetos del amor de Dios. Ese amor eterno nos prolonga su misericordia, y si la Escritura nos ordena a perseverar será porque el Espíritu que nos fue dado vino como garantía de la salvación final.

    ¿Es que alguien considera que el Espíritu Santo no es Todopoderoso? ¿Acaso se ha dividido el Dios Trino? En ninguna manera, su poder permanece por siempre y nos conduce a toda verdad. Pero los que no logran perseverar hasta el fin son aquellos que se anotaron por sí mismos, los que siguen un evangelio diferente al de Jesucristo. A ellos el Espíritu no los guía y no les fue dado como garantía de su redención.

    El predestinado es también llamado, justificado y glorificado. Dios está con nosotros (su pueblo), ¿quién estará contra nosotros para vencernos y arrebatarnos esta salvación tan grande? El Hijo no fue escatimado, sino entregado por todos nosotros (su pueblo), así que tenemos también junto con él todas las cosas (eso incluye la salvación final). En Romanos 8 leemos de esta grandeza de esperanza y garantía final que tenemos los creyentes (su pueblo), por lo cual se nos declaró más que vencedores.

    La obediencia de Cristo Jesús hasta la muerte instituyó una justicia perpetua para todos aquellos que él representó en el madero (él rogó por todos los que Dios le dio y le daría, pero dejó por fuera al mundo: Juan 17:9). Así que somos sus representados, sus escogidos, el pueblo que Dios le dio, aquellos que el siervo justo justificó (Isaías 53:11). El acta de los decretos que nos era contraria permanece clavada en esa cruz del Calvario, ya que dejó de ser útil frente a la declaratoria judicial del Padre Eterno: somos justificados por la fe de Cristo. Somos justificados por su sangre gloriosa, por habernos representado en la cruz, de acuerdo al plan eterno del Padre, como lo demuestra la oración intercesora hecha por Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su muerte de cruz.

    Nuestra obediencia sigue el amor que tenemos por Jesucristo, no conquista nuestra salvación. Simplemente obedecemos porque poseemos el corazón de carne que se nos transplantó en lugar del de piedra. Bien es cierto que el pecado continúa acechando nuestras vidas, como bien lo reconoce Pablo en su carta a los Romanos (capítulo 7). La obediencia no nos preserva, pero nos conviene para no ser castigados como hijos desobedientes. Nos motiva la preservación que tenemos al estar en las manos del Padre y del Hijo, al tener al Consolador en nuestros corazones como arras de la salvación final.

    Cuando hacemos buenas obras no esperamos que ellas nos ayuden a entrar al reino de los cielos, sino que ellas honran al Creador en nosotros. No podríamos combinar gracia con buenas obras, como una garantía más para la redención; al contrario, las buenas obras siguen a la gracia, habiéndosenos dicho que ellas también fueron ordenadas de antemano. Nos mueve nuestra gratitud, no la condición para alcanzar un fin.

    En estos tiempos finales y angustiosos que vivimos, los falsos profetas y los falsos Cristos intentarán arrebatar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no será posible, porque Jesús usó un futuro de subjuntivo, lo cual indica que hablaba en un hipotético caso y en relación a un imposible acto. Esas palabras de Jesús nos dan la pista de dos cosas, al menos: 1) que estaremos rodeados de malhechores religiosos, para que nos preparemos con las Escrituras y podamos discernir los frutos del árbol bueno y del árbol malo; 2) que tenemos una salvación demasiado grande, demasiado segura, la cual debemos cuidar (tratar con cuidado) como el firme cimiento de nuestro destino final.

    Con las Escrituras podemos refutar a esos falsos maestros, a los pastores que maltratan a las ovejas, descubrir el engaño del enemigo que se disfraza como ángel de luz. Ellos intentarán engañarnos, pero no podrán porque nos preserva el Señor. Sabemos que hay ovejas y cabras; las cabras no serán jamás ovejas, pero las ovejas pueden ser de dos tipos: a) las que están descarriadas y no han oído todavía el llamado del buen pastor; b) las que seguimos al buen pastor porque conocemos su voz. De estas últimas habla el Señor cuando se refiere a que no nos podrán engañar; las otras ovejas descarriadas podrán estar en Babilonia, pero cuando oigan al Señor huirán de allí y lo seguirán fielmente. No así las cabras que siempre seguirán al extraño y nunca podrán huir de él, porque no conocen la voz del Señor.

    Nadie sacará las ovejas de las manos del Padre y del Hijo (Juan 10:27-29). Ni perdemos nuestra salvación ni seremos engañados por un falso Cristo o por un evangelio diferente. Si así sucediera, entonces no hubiésemos sido declarados hijos del Dios viviente, sino que seríamos solamente investidos con un cristianismo externo propio del que apostata de la fe. Los que profesan externamente la fe, se enredan con un variado menú de evangelios diferentes, dado que no aman la verdad y se complacen en la mentira. Para este tipo de personas opera el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12). Si la verdad del evangelio no afecta a esas personas (cabras) para motivarlas a amarla, no serán salvas. En realidad, son esas gentes las que fueron ordenadas para tropezar en la roca que es Cristo.

    La justicia de Dios es Jesucristo, por cuya razón nos deleitamos en él; el impío no tiene interés en esa justicia divina sino que coloca la suya propia como sustituta o auxiliar de aquella. He allí el error, he allí la blasfemia; se burlan de la justicia de Dios los que se justifican a sí mismos delante de los hombres, teniendo por sublime lo que ante Dios es abominación (Lucas 16:15). Dios ya lo dijo desde mucho antes: No hay justo ni aún uno; así que en vista de ese diagnóstico la prognosis es la muerte eterna, a no ser que se nos impute la justicia divina que es Jesucristo el Señor.

    Eso hizo Jesucristo cuando murió en la cruz, tomando nuestros pecados y pagando por ellos, para otorgarnos a cambio su justicia. Ese trabajo lo hizo en favor de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). Feliz el hombre cuyas iniquidades son borradas y cubiertos sus pecados (Salmo 32:1-2). No poseemos en nuestro espíritu engaño alguno, porque los falsos Cristos y los falsos maestros no pueden engañar a los escogidos de Dios. No tenemos otra opción sino confesar siempre el verdadero evangelio de Jesucristo.

    César Paredes

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  • LA OBEDIENCIA (HEBREOS 5:9)

    Cristo vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen, declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Todos los salvados por Cristo son llevados a una obediencia hacia él, si bien nuestra obediencia no es la causa de nuestra salvación. Se entiende que llevamos fruto bueno como buen árbol, que la consecuencia sigue a la causa, que sin el Espíritu de Dios no podríamos haber sido vivificados y que si amamos a Cristo guardamos sus mandamientos. De allí que procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, para no caer jamás.

    Las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por divino poder (2 Pedro 1:3), con preciosas y grandísimas promesas, para llegar a ser participantes de la naturaleza divina. De esa manera huimos de la corrupción propia del mundo, a causa de la concupiscencia, convirtiéndonos en diligentes añadimos a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento, al conocimiento, dominio propio (2 Pedro 1: 5-6). Siguen la paciencia, la piedad, el afecto fraternal y el amor.

    Por amor advertimos al mundo de sus delitos y pecados, por amor decimos a aquellos que dicen creer que su fe debe ser espuria si no se someten al Evangelio. Por amor también soportamos con paciencia las aflicciones del presente tiempo, bendiciendo cuando nos maldicen, haciendo bien para vencer el mal. Si no tuviésemos amor, diríamos con los falsos maestros que hay paz cuando no la hay, llamaríamos a lo malo bueno y a lo bueno malo, siguiendo en las disoluciones de las falsas doctrinas que siempre merodean en nombre del cristianismo.

    El que abandona tales cosas virtuosas tiene la vista corta, de allí que tenemos que procurar hacer firme nuestra vocación. Por igual le recomendó Pablo a Timoteo que se ocupara de la doctrina, para salvarse a sí mismo y para ayudar a salvar a otros. Claro está, uno no puede auto-salvarse, ni salvar a nadie, pero el énfasis apostólico sobre el tema coloca de relieve la importancia de conocer y guardar la doctrina de Cristo. El mismo Señor afirmó que él había venido a enseñar la doctrina de su Padre, para que comprendamos la importancia de permanecer en la doctrina enseñada por los apóstoles.

    Jesús no solo hacía milagros, sino que también educaba al pueblo que lo seguía. No se anduvo con palabras suaves para persuadir a las multitudes, no estuvo pendiente de las ofrendas de la gente, ni de los halagos por sus proezas como Dios hecho hombre. Simplemente enseñaba la doctrina del Padre, diciendo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía; que todo lo que el Padre le daba vendría a él irrevocablemente y no lo echaría fuera (Juan 6:37, 44-45). Por supuesto, estas palabras sonaron muy duras y sus cuantiosos discípulos lo dejaron de inmediato dándose a la tarea de la murmuración.

    Jesús hablaba de manada pequeña, de los pocos escogidos del Padre, así que no le importó que lo dejaran solo. No ablandó tampoco sus palabras porque hubiesen sido entonces un veneno que confundiría al mundo, simplemente expuso su mensaje que muchos supuestos seguidores han dejado de lado, dándole importancia superior a los asuntos de moral. ¿Y dónde han dejado la virtud relativa al tema de la salvación? ¿Acaso Jesús rogó por el mundo que no vino a salvar? (Juan 17:9). El Señor vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), pero sus falsos discípulos anuncian una oferta de salvación al mundo, diciéndoles que no pierdan la esperanza en la confianza de su libre albedrío.

    Anuncian que Jesús hizo una salvación potencial, que está a la espera de que los muertos en delitos y pecados se acerquen a él para darles vida. Esas contradicciones no enseñó Jesús, no forman parte de la doctrina del Padre. Al contrario, nada más claro que la enseñanza del amor de Dios para con sus escogidos: Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:13). Si Jesús no rogó por el mundo, debe ser que no consideró a ese mundo como amigo. Solamente rogó por el mundo amado por su Padre, de manera que no existe lugar para la expiación universal o generalizada.

    El Señor continuó enseñando su palabra: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Juan 15:16). Estamos puestos para llevar fruto y para que ese fruto permanezca, para poderle pedir al Padre en el nombre del Hijo y para que el Padre nos dé lo pedido. Esta promesa tiene el Señor para los que son suyos, a los cuales conoce. El Señor nos escogió a nosotros en forma libre, sin que predominara ninguna influencia nuestra hacia él. De hecho, esa escogencia se dio desde antes de la fundación del mundo, como para que no nos jactemos de nuestro carácter o condición. ¿Qué pudo ver Dios en nosotros? Nada bueno, porque fuimos creados de una misma masa, cundida por el pecado, por lo cual se ha escrito que nosotros tuvimos suerte (o herencia, de acuerdo al étimo), (Efesios 1:11).

    Más allá de la ley del pecado descrita por Pablo en Romanos 7, nosotros obedecemos al Señor. Ciertamente, a veces hacemos lo que no queremos y dejamos de hacer lo bueno, pero damos siempre gracias a Dios por Jesucristo que nos librará del cuerpo de muerte (del pecado) (Romanos 7:25). Por lo tanto, los verdaderos creyentes tenemos la seguridad de la salvación, a pesar de que a veces caigamos en el pecado. Cuando caemos damos agravio al Espíritu que mora en nosotros como garantía de nuestra redención final, pues nos deslizamos hacia sutiles tentaciones. Pero cualquiera que cree sabe que ha creído y que tiene esa seguridad, la cual la testifica el Espíritu que ahora mora en ese corazón.

    Si se cree una doctrina errónea, toda la gama de conceptos subsidiarias de esa creencia se ve contaminada por idéntico error. Si alguien asume la supuesta expiación universal de Jesús como un hecho, su fe estará asegurada en algo que el creyente mismo hizo. Sacará sus cuentas y dirá que creyó tal día, bajo tal predicador, que Jesús hizo su parte y él hizo la suya. En fin, su confianza estará ligada a algo que él como pecador aportó para actualizar aquella salvación potencial. En otras palabras, tal persona sigue ignorando la justicia de Dios (Romanos 10:1-4), y su mucho celo religioso no le vale un ápice en materia de justificación.

    Tenemos la certeza de la redención en Cristo Jesús, ya que la fe es la certeza de aquello que se espera, la convicción de lo que no vemos (Hebreos 11:1). Sabemos que fuimos salvados por el trabajo de Jesucristo, por su sangre derramada en favor de su pueblo escogido. Es por ello que obedecemos, muy a pesar de nuestra vieja naturaleza que lucha atraída por la ley del pecado. No obedecemos a Cristo para poder ser salvos, ya que esa obra de redención fue concluida en la cruz. Las buenas obras en las que hemos de andar (incluida la obediencia al Señor) fueron preparadas de antemano para nuestro provecho y para la gloria de Dios.

    David es un claro ejemplo de un hombre conforme al corazón de Dios, el cual habiendo pecado muchas veces también fue perdonado siempre. La caída y el arrepentimiento forman parte de nuestro diario vivir, mientras andemos en este mundo. Pero no somos arrastrados por la corriente del mal para naufragio total, sino que somos sostenidos por la diestra del Señor (Salmos 73: 23-24).

    César Paredes

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  • LA REGENERACIÓN ARMINIANA

    Dentro del arminianismo el incrédulo carece de habilidades suficientes para acudir a Cristo, pero en lugar de ser Dios quien lo lleva al Hijo es la gracia preventiva quien lo ayuda. Ese invento surge de la mente de Luis de Molina, doctrina que se conoce como Molinismo. En el siglo XVI Arminio llevó a Ginebra esa semilla para que prosperase animosamente y consumiese el oxígeno del creyente protestante. La cizaña ha crecido y consume las almas a su alrededor para socavar los espacios de paz.

    La gracia preventiva viene a ser el momentum peculiar dado por Dios a todos los hombres, sin excepción. Se la dio a Esaú y al Faraón, a Judas y a cada réprobo en cuanto a fe, a aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Con esa gracia se hace suficiente el movimiento que pudiera dar el hombre hacia su Creador. Con esta fuerza inicial cada ser humano tendría la energía para cooperar, si quisiere, de manera que obtenga la salvación. Al parecer, la muerte en delitos y pecados no sería real sino una figura de lenguaje que denota la gravedad del alma humana. De esa forma resolvió Roma el problema que tenía con ciertas Escrituras y que había sido hecho público por la Reforma Protestante.

    Los evangélicos de hoy día, en un porcentaje muy alto, asumen esa doctrina como si viniera del Espíritu de Dios. Debemos advertir que esa es una auto-salvación, que la predestinación no tendría sentido porque ya el hombre se salvaría a sí mismo con una pequeña ayuda lanzada del cielo. El problema se acrecienta al preguntarse por qué razón no todos aprovechan esa ayuda. Los que la descuidan causan su propia destrucción final, pero los que la aprovechan se redimen con su esfuerzo. Es decir, la gloria de Dios queda por fuera de la redención, el Hijo quedaría expuesto a vituperio por cuanto hizo un esfuerzo inútil por aquellos que no aprovecharon la oferta general y auxilio de la gracia preventiva.

    Por otro lado, existe un sinnúmero de personas que han muerto en sus delitos y pecados y que no han oído jamás de esa gracia preventiva. Ni siquiera han escuchado el evangelio, así que para ellos falló no solo Cristo con su crucifixión y sangre derramada sino la doctrina de la gracia preventiva. Ellos no estuvieron al tanto por cuya razón se condenaron. Claro está, siempre surgirá alguien que intente resolver el problema, como lo hizo Billy Graham, promotor de la doctrina de Arminio. El aseguraba que Dios miraba en los corazones de esas personas que jamás han escuchado de Cristo y tomaría de ellos aquellos cuyos corazones buenos y suficientes los ayudarían a ser redimidos.

    Entonces, Cristo ya no sería necesario predicarlo del todo porque Dios va a salvar a los buenos, sin que el Señor sea la puerta de entrada para las ovejas. Entrarán al reposo de Dios sin que invoquen su nombre, sin conocer a quien debían invocar. Es allí donde se dan la mano ambas doctrinas: la protestante-arminiana y la católico-romana. ¿Por qué llamarnos diferentes? Razón habría en recibir el cliché que nos cataloga como los hermanos separados que no queremos la unión.

    El problema grave gira en torno a la eficacia de la muerte de Cristo. ¿Qué significa ser la propiciación por los pecados de su pueblo? ¿Por qué Cristo oró y rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la incorruptible palabra de sus apóstoles? ¿Cuál es la razón objetiva por la cual el Señor no rogó por el mundo, en su oración intercesora realizada en el Getsemaní la noche previa a su crucifixión? Muchos se extravían en la mira de la extensión de la expiación, queriéndola hacer llegar adonde no fue procurada. En realidad deberían mirar el foco de su eficacia, ya que aquellos que fueron representados por Cristo en la cruz fueron realmente redimidos. Y es que la expiación salva, ese es su significado; la declaratoria divina de que Cristo es la justicia de Dios para su pueblo nos justifica, como dijo Isaías (53:11). Vale la pena conocer a ese siervo justo, indagar en las Escrituras el significado de lo que hizo.

    No existe una gracia preventiva ni la llamada gracia común o genérica, simplemente existe la gracia salvadora, ya que si por gracia entonces no es por obras. ¿Cómo puede haber una gracia preventiva o común donde se le exija al individuo su propia obra, para que continúe con el impulso que supuestamente Dios le ha obsequiado? Dios no nos dio un toque para que nosotros se lo devolvamos. Cristo no murió por los no elegidos del Padre, no malgastó su sangre redimiendo potencialmente a los réprobos en cuanto a fe. Cristo no hizo posible la redención, simplemente salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por esa razón predicamos este evangelio, para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor y sean llamadas eficazmente. Jesús afirmó lo siguiente: Nadie viene al Padre sino por mí…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere…Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera.

    Al parecer todavía hay quienes pretenden asegurar que Cristo hizo posible que todos vinieran al Padre, o que trabajó para que aquellos a quienes el Padre no le envía tengan la posibilidad de venir por cuenta propia. Esto lo piensan y sostienen los que todavía odian a Dios y deshonran al Hijo, al malbaratar la preciosa expiación alcanzada en la cruz. Cristo no cargó con los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos a quienes Dios odió desde antes de ser formados, como lo hizo con Esaú (Romanos 9:11-14). Y si no llevó sus pecados tampoco murió en alguna forma por ellos.

    Una acotación final ha de hacerse, que Dios no miró en los corredores del tiempo para escoger a quienes iba a predestinar para salvación. Sería incongruente con la naturaleza de la expiación y con la elección del Padre, como incongruente también se vería el que un muerto en delitos y pecados pudiera tener buena voluntad para con Dios (Romanos 3:10).

    Los que se aferran a esa incongruencia de la gracia que previene o de gracia común, abogan por una expiación universal o general. Ellos trabajan su teología como agentes de Satanás con la intención de destruir el evangelio. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, por eso en él se revela la justicia de Dios y viene a constituirse en el poder de Dios para salvación. No pretendió Dios salvar a Esaú, ni al rey de Asiria, ni al Faraón, ni a Judas Iscariote, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe destinado para tropezar en la roca que es Cristo. Por lo tanto, atribuirle a la expiación una eficacia para esos réprobos implica extralimitarse en los propósitos divinos, en cuanto a la gloria propia que tendría el Hijo como Redentor de su pueblo.

    La regeneración arminiana viene como una ilusión, un subproducto del evangelio anatema enseñado por los falsos maestros, seguido por los ciegos guiados por otros ciegos. Su meta final consiste en la caída hacia el pozo del abismo, para perjuicio de los hombres de religión que no escudriñaron las Escrituras. La regeneración potencial que promueve el arminianismo no justifica a ninguna persona, mucho menos el hecho de que alguien pretenda hacer su parte como si con ello completara el esfuerzo del Señor.

    En cambio, el sufrimiento y la muerte de Cristo no fue a causa de alguna culpa que el Señor haya tenido, sino que fue producto de cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Su trabajo consumado en la cruz apaciguó la ira de Dios que había en contra de todos los que representó en el madero. El Señor murió y pagó el precio exigido en favor de la liberación de todos aquellos que le fueron encomendados por el Padre. Esta salvación reposa garantizada en la cualidad de su nombre, por efecto de sus méritos, yace en sus manos y en las manos del Padre.

    César Paredes

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