Categoría: REPROBACION

  • REPROBACIÓN Y PREDICACIÓN

    La doctrina de la reprobación instruye para que los creyentes no se exalten a ellos mismos sobre los incrédulos. Hechos de la misma masa, todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Dios amó a uno pero odió al otro, como sucedió con el paradigma mostrado por Pablo respecto a Jacob y Esaú. Con humildad temblamos ante el Omnipotente, agradeciendo que hayamos sido contados como elegidos y no como reprobados. Dios no ve quién está dispuesto y quién no, porque mirando hacia la tierra encontró que ninguna persona le buscaba. No había quien hiciera lo bueno, sino que todos nos descarriamos siguiendo cada cual su propio camino. Pero tuvo misericordia de quien quiso tenerla, así que el evangelio se anuncia para que las ovejas del Señor escuchen su voz y sigan al Maestro.

    La palabra de Dios siempre hace aquello para lo que fue enviada, nunca regresa vacía. En algunos produce rechazo y culpa pero en otros vida eterna. El creyente siempre habrá de preguntarse qué tiene él que no haya recibido. De esta forma no tendrá nada en lo cual gloriarse. Hay gente que continúa con el rechazo a la verdad, como producto de la acción del misterio de la iniquidad. Esta operación viene para los que se pierden, ya que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Resultará natural que el mismo Dios les envíe un espíritu de error o de estupor, para que sigan creyendo la mentira (2 Tesalonicenses 2: 10-11).

    Cada creyente ha sido escogido desde el principio para salvación a través de la santificación; pero a los réprobos Dios les habla y los endurece, de manera que oigan y no comprendan (Isaías 6-9). Lo ratificó Jesús, al decir que hablaba en parábolas para que no le comprendiesen (Mateo 13:13), de manera que se cumpliese la profecía de Isaías. En cambio, a los discípulos les había sido dado el entender los misterios del reino de Dios, contrariamente a lo que sucedía en aquellos que estaban fuera de ese reino. El creyente es conducido de triunfo en triunfo en Cristo, ya que Dios nos revela su aroma agradable (dulce) del conocimiento divino. Pero el dulce olor de Cristo lo somos para Dios, tanto en los que somos salvos como en los que se pierden: un olor putrefacto de muerte en los condenados, pero un olor agradable para vida en los que vivimos eternamente. (2 Corintios 2:15-16).

    Comprendemos la frase de Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su martirio en la cruz. Él rogó al Padre por los que le daría y le había dado, pero dijo explícitamente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Esas palabras nos dan a entender que él no fue a la cruz para llevar el pecado de ese mundo por el cual no rogó, sino solamente para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese pueblo es llamado nación santa, pueblo escogido, amigos de Cristo; ese pueblo fue escogido de acuerdo a los planes eternos de quien hace todas las cosas posibles. Muchas personas encuentran tropiezo en esta palabra de Cristo, al punto de no poderla soportar (Juan 6:60).

    La doctrina de Cristo resulta de vital importancia para los que se declaran creyentes del Dios de la Biblia. Hay gente que dice creer pero que se extravía de esa doctrina, demostrando con ello que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11). Las riquezas de la gloria de Dios las mostró Él en los vasos de misericordia que preparó de antemano para gloria, a los cuales ha llamado y seguirá llamando, tanto judíos como gentiles (Romanos 9:23-24). Esas riquezas comprenden las perfecciones de su naturaleza, su amor eterno e inmutable, su misericordia y su sabiduría, su omnipotencia y fidelidad, su justicia en Cristo, lo cual se demuestra en el proceso y acto de la salvación de los escogidos.

    Nuestro pecado heredado de Adán nos ha convertido en criaturas miserables. He allí la misericordia de Dios, el favor inmerecido: mereciendo nosotros el castigo por nuestra culpa irredenta se nos tendió el manto de la gracia, sin que seamos más sabios que los otros o mejores que ellos. Hemos sido preparados de antemano para gloria, para la felicidad perpetua. Antes de que el mundo fuese, de que el tiempo fuese creado, Él nos escogió de acuerdo a su plan eterno. Solamente pensar en ello debe llenarnos de alegría y de humildad, además de entender que fue la justicia del Hijo la que nos fue imputada para ser considerados justos y separados (santos) ante los ojos de Dios.

    Toda persona que ha sido redimida debe esa redención a la voluntad del Todopoderoso; pero el que Dios quiera que todos los hombres sean salvos no se refiere a que desee que cada individuo de la raza humana sea redimido. Los que fueron ordenados para condenación no son deseados para salvación, por lo cual creerán la mentira para que ocurra en ellos la perdición total. Cuando la Biblia habla del deseo divino en relación a la salvación de todos los hombres, ha de entenderse según el contexto que se refiere a todo tipo de personas: reyes y gente simple, ricos y pobres, esclavos y libres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, nobles y gente innoble, de acuerdo a 1 Timoteo 2:4. Cuando usted lee los tres versículos precedentes (1 Timoteo 2:1-3) se dará cuenta de los tipos de personas que incluye ese todos de Pablo.

    El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios (ya que el amor de Dios precede al amor de las personas). Desde la eternidad Dios ha sido amor, y por amor hizo al mundo y a su gente. Pero tenía el plan de darle la gloria de Redentor a su Hijo, para que por medio de él parte de la humanidad que caería en pecado recibiera la justicia y perdón perpetuo. Cada creyente sabe que una vez anduvo en el mundo sin amor por ese Dios Creador, que practicaba solamente obras inicuas, caminando en enemistad con el Señor. Pero cuando recibimos su amor entonces comenzamos a amarlo: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10).

    Con esta doctrina de la reprobación podríamos dejar de tenerle envidia a los arrogantes, al ver su prosperidad. Sabemos que los impíos no sufren congojas por su muerte, ni pasan trabajos como los demás mortales. Están coronados de soberbia y no temen ni siquiera morir: suponen que hasta Dios los admira. Ellos hablan con altanería, blasfeman al decir ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? No pensemos que nuestro corazón ha sido limpiado en vano, ni que los azotes recibidos nos conducirán a renegar del evangelio. En la presencia de Dios llevamos nuestras cargas y en ese momento comprendemos el fin de esos impíos: Dios los ha puesto en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamiento. El Señor despreciará la apariencia de esos impíos cuando les llegue el turno. Los que se alejan del Señor perecerán y serán destruidos (Salmo 73).

    El Dios soberano ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4). No solo ha hecho Dios a los escogidos para amor eterno, sino también a los que va a condenar perpetuamente. Esto lo dice la Escritura para que no pensemos que no sea la voluntad de Dios la aparición de los impíos en este vasto mundo creado por Él. Así como Judas tenía que seguir de acuerdo a las Escrituras, Jesús dijo un ay por ese hijo de perdición. Había dicho antes que ese apóstol era diablo, que él lo había escogido a sabiendas de lo que haría (Juan 6:70-71; Mateo 26:24; Juan 13:27).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA DOCTRINA ODIADA

    La doctrina de la reprobación pasa como una enseñanza odiosa, cosa que no puede ser atribuida al Dios romántico que muchos perciben. Son varias las escrituras que hablan de ella, como aquella que dice que Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad (Salmos 5:5). Tal vez alguno se plantee que Dios en tanto Omnisciente sabe todas las cosas, conociendo a quien amar y a quien odiar de antemano. La Biblia nos advierte contra esa presunción de obras ante la elección y la reprobación, ya que el Señor miró desde los cielos y no encontró ningún hombre sensato que quisiera buscarlo. No había ni un solo justo, ni quien hiciera el bien; no hay quien entienda, asegura la Escritura (Romanos 3:10-11; Salmos 14: 1-4).

    Si miramos la carta de Pablo a los romanos, nos daremos cuenta de lo que en el capítulo 9 dice respecto a la reprobación: el propósito de Dios conforme a la elección permanece, no por las obras sino por el que llama. A Jacob amó Dios, pero odió a Esaú, aún antes de ser concebidos, antes de que hicieran bien o mal (Romanos 9:11-13). Pablo levanta de inmediato la figura del objetor, para que diga: ¿Hay injusticia en Dios? Su respuesta aparece en forma inmediata: En ninguna manera. El objetor continúa diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19).

    Ese texto citado en Romanos se manifiesta como una defensa por el pobre de Esaú, el que fue odiado por Dios antes de ser concebido. Que no se nos ocurra pensar en la Omnisciencia divina como método de escogencia, como si hubiera justo en la tierra o alguien que busque por su cuenta al verdadero Dios. Es el Señor en su voluntad soberana el que ha elegido desde los siglos, de acuerdo a sus planes eternos; nunca eligió de acuerdo a lo que previó (como si necesitara mirar en el túnel del tiempo para descubrir la verdad).

    Pablo agrega que el hombre no es otra cosa que barro en manos del alfarero, que el Alfarero es quien tiene la potestad de hacer con su barro lo que haya querido hacer: vasos de honra o vasos de deshonra. He allí la paciencia de Dios para soportar a los vasos de maldad que Él ha preparado para castigo perpetuo, pero también está su lado contrario: el acto de hacer notorias las riquezas de su gloria, ante los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria (Romanos 9: 22-23).

    Muchos le dan vuelta a esta carta a los romanos, como si con ello lograran torcer las Escrituras. Si lo hacen lo alcanzan para su propia destrucción; Dios no ha amado a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo escogido para redención por medio de Jesucristo. Dios ama a su pueblo en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo, de manera que a quienes él representó en la cruz los beneficiará con su amor. Los impíos pueden recibir cosas buenas en esta vida, como las recibió el Faraón de Egipto: tuvo poder político, abundancia económica, la cultura de su época; se benefició de su contexto social, para subyugar al mundo circundante. Eso no le fue suficiente para alcanzar la vida eterna.

    De acuerdo a las enseñanzas de Jesús, el mundo está compuesto por ovejas y cabras. Las ovejas están divididas en dos grandes lotes: las ya redimidas, que han sido llamadas con llamamiento eficaz, y aquellas que están por redimirse. Es decir, este último lote oirá el evangelio y cuando Dios las llame oirán la voz del buen pastor y lo seguirán. Las cabras podrán oír, levantar una mano de aceptación, pero siempre lucharán contra el Dios de las Escrituras. En algún modo se manifestará tal lucha, al menos en cuanto a doctrina siempre tendrán divergencia con lo que la Biblia dice.

    Jesús vino a poner su vida por las ovejas, pero a los cabritos dirá en el día final: apartaos de mí, nunca os conocí. La buena noticia para las ovejas es que Dios les dio vida eterna y nunca perecerán jamás; el conocimiento de la doctrina de la reprobación debería llenarnos de temor reverente, para caer con profunda humillación delante del Hacedor de todo.

    En realidad, desde nuestra óptica, la doctrina de la reprobación nos enseña a reverenciar la voluntad de Dios, a reconocer nuestra insignificancia y la majestad del Todopoderoso. De no haber sido por su voluntad libre y única no habríamos podido ser salvos. Jesucristo es la piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:8). Gracias debemos dar los que no fuimos destinaos para tropezar en esa roca desechada por los edificadores, la cual ha venido a ser la cabeza del ángulo. Gracias hemos de dar por haber sido tenidos en cuenta desde antes de la fundación del mundo, para ser inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    La reprobación viene también como consecuencia de la elección, ya que a los que Dios no eligió para vida eterna se supone que los dejó para condenación perpetua. Con todo Dios lo declaró así, como se infiere de los textos citados de Romanos, entre otros, para que fuera el puro afecto de su voluntad el que eligiera tanto para vida como para muerte, sin tomar en cuenta las obras. Ya lo hemos dicho en otros escritos, mejor es ser cola de león vivo que cabeza de ratón muerto; entretanto la persona vive no podemos juzgarla reprobada, sino solamente salvada o en incredulidad. Los que hemos sido salvados un día también estuvimos bajo la ira de Dios.

    A muchos no les gusta esta doctrina bíblica de la reprobación, pero eso no impide que se predique. Hemos de anunciar todo el consejo de Dios, como escribiera el apóstol Pablo. La carne odia esta doctrina, ya que aleja de la potestad humana su destino final. Hemos de reconocer que la reprobación coloca al Todopoderoso en el trono de su soberanía, el alfarero con derecho a hacer con su barro lo que ha querido.

    Jeremías, en sus Lamentaciones, nos deja esta perla escrituraria para que la grabemos en nuestras almas: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39). Sabemos que nuestro Dios está en los cielos, que todo lo que quiso ha hecho; aceptemos la realidad de la Escritura y pongámosla por obra, sin que nos avergüence el Dios que en ella se descubre.

    Nada existe que Él no haya ordenado, como para que forjemos sus palabras y califiquemos su conducta. El peor crimen de la humanidad, cometido por hombres impíos exaltados por Satanás, estuvo planificado en lo más mínimo por el Padre Eterno. El día de la crucifixión del Señor se cumplieron muchas profecías, alrededor de 30: llevado al matadero, dio sus espaldas para que lo hirieran, no escondió su rostro, fue crucificado en medio de malhechores, echaron suertes sobre sus ropas, le dieron a beber vinagre (hiel), exclamaría al Padre sobre la razón de haberlo abandonado, herido el pastor sus ovejas se esparcirían, ni uno de sus huesos sería quebrado pero sería traspasado.

    Dice un profeta lo siguiente: Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Isaías 53: 5-7).

    En síntesis, la reprobación muestra el rechazo al pecado por parte del Dios santo, pero descubre su contraparte en la crucifixión del Señor: el más grande amor que jamás se haya demostrado en la faz de la tierra. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que permanece en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo, el que no persevera en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. La doctrina de Cristo nos enseña que al Padre le agradó hacer todo como ha sido hecho (Mateo 11:26; Juan 6:37, 44, 65; 2 Juan 1:9-11). El que tiene el Espíritu de Dios no se rebela contra su palabra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • RAZONES PARA LA REPROBACIÓN

    El amor de Dios se confronta con su odio, dos opuestos absolutamente binarios: si está uno no está el otro. Por contraste aprendemos que lo alto viene como lo contrario de lo bajo, lo feo de lo hermoso, lo abundante de lo escaso. De igual forma, el odio significa todo lo contrario al amor, y viceversa. Si Dios amó a Jacob, este gemelo pudo contrastar ese acto divino con su hermano Esaú, a quien Dios odió. De igual manera, el odio de Esaú se vio contrariado por el amor de Dios a Jacob. Hacemos notar que Dios no odia y ama a la misma persona, como si fuese un divino neurótico. El amor tiene la firma de la eternidad, como se lo dijeron a Jeremías: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongaré mi misericordia (Jeremías 31:3).

    Desde siempre, lo que hemos dado en llamar eternidad pasada, ese contraste entre amor y odio resalta en favor de los elegidos, ya que comprendemos el peso del pecado no perdonado, el cual recibe el poder de la ira y del odio de Dios como paga a la incredulidad. Ese odio divino viene a ser otra forma de conocer al Dios vivo, como se estampa en su palabra: Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra (Exodo 9:14)…te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Exodo 9:15).

    El Señor soporta con mucha paciencia los vasos de ira, preparados para el día de la ira; sabe que los hizo de esa manera y debe aguantar sus blasfemias proclamadas, sus insolencias y las grandes molestias que los impíos hacen contra los siervos del Dios viviente. El salmista Asaf estuvo en grande conflicto al ver la prosperidad de los impíos, los cuales no padecían como los demás mortales. Él nos dice en el Salmo 73 que Dios los ha colocado en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados en su apariencia. Eso lo pudo comprender el salmista una vez que entró a la presencia del Señor, en su comunión íntima. En ese lugar entendió que el impío ha sido colocado para que caiga en destrucción (Salmos 73:18).

    Esto que se está diciendo no debe sorprender a ningún creyente, ya que la Biblia lo ha declarado en múltiples textos. Hay uno que pudiera considerarse como rector del tema que tratamos: Jehová ha hecho para sí mismo todas las cosas, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La idea del infierno está presente en el Antiguo Testamento, en diversos textos. Uno de ellos es de Jeremías, quien habla de los rebeldes y porfiados, los que se entregan a los chismes, los cuales serán como llevados al fuelle que sopla el fuego para que sean consumidos como el plomo, y aún así su escoria no se termina (Jeremías 6:28-29). Serán llamados plata desechada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30).

    Isaías tiene una referencia al lugar donde el gusano no muere, ni el fuego se apaga, donde la abominación es el signo de los que allí van (Isaías 66:24). Por igual dice: Los pecadores se asombraron en Sión, espanto sobrecogió a los hipócritas, ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? (Isaías 33:14). Daniel también lo atestigua: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). En el libro de los Proverbios encontramos otra referencia de importancia: El Seol, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de aguas, y el fuego que jamás dice: ¡Basta! (Proverbios 30:16).

    La contrapartida del infierno es la heredad de los justos, el reino de los cielos, la patria celestial. Allí pasaremos la eternidad conociendo al Padre y al Hijo, algo que no termina y siempre asombra. Jehová es declarado como un Dios justo que justifica al impío. Resulta de interés esa comparación, su justicia inherente y la justificación que hace del que no tiene justicia alguna. Pero no hace nada el Señor en desmedro de su propia justicia, sino que habiendo Jesucristo sido declarado la justicia de Dios pasó a ser nuestra pascua, nuestra justicia por imputación judicial. Dios cargó sobre el Cordero sin mancha todos los pecados de todo su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, de manera que el acta de los decretos que nos era contraria quedase anulada y clavada en la cruz. Por contraparte, nos imputó la justicia del Hijo, Jesucristo, como Señor y Salvador, en virtud de su sangre derramada en la cruz por aquellos pecados que cargó con él en el madero.

    Ese acto se llama la expiación de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:3, 9, 20). El buen pastor puso su vida por las ovejas, no por los cabritos, así que por medio de la predicación del evangelio incontaminado cada oveja llega a oír oportunamente el llamado del buen pastor. En consecuencia, no se irá más tras el extraño, porque desconoce la voz de los extraños (Juan 10:1-5), habiendo recibido la justicia de Dios que muchos no logran discernirla porque la ignoran y colocan a cambio la suya propia (Romanos 10:1-4).

    El amor de Dios por su pueblo y el odio de Dios por los réprobos en cuanto a fe, los cuales también hizo para el día de la ira, convierte a la humanidad entera en dos grandes partes: los vasos de misericordia y los vasos de ira. No hay vacilación al respecto, cada quien nace con su sino, pero no necesariamente lo sabe desde temprano. Por esa razón se continúa con la esperanza de la predicación del Evangelio, para que los que no ven puedan ver la palabra revelada. No obstante, a muchos de ellos les será quitado lo poco que tienen, ya que por no amar la verdad que no pueden discernir en virtud de su naturaleza pecadora, recibirán un espíritu de engaño enviado por Dios mismo para que sigan creyendo en la mentira y en el error. A estos que siempre serán inicuos Dios los soporta con mucha paciencia, como ya se dijo, para mostrarles su ira para la destrucción (Romanos 9:22).

    En cambio, como objetos de su amor eterno e inmutable llegamos a conocer las riquezas de su gloria, en tanto somos vasos de misericordia preparados desde antes para gloria eterna (Romanos 9:23). Pero tanto los reprobados como los elegidos para gloria fuimos sometidos a la caída general en Adán. Sí, se ha escrito que en Adán todos mueren, pero el segundo Adán, Jesucristo, nos tiene vida y en él todos vivimos. Ese todos hace referencia a todos los que el Padre le dio como presea de su trabajo: Jesús vería linaje y el fruto de su trabajo (Isaías 53: 10-11); Yo y los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13).

    No somos mejores que los otros, simplemente hemos recibido la gracia salvadora, por medio del Espíritu que nos hizo nacer de nuevo, salvándonos a través de la fe de Jesucristo. La fe misma fue un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? (1 Corintios 4:7).

    Dios hace todas las cosas: que el réprobo odie su gloria, que persiga a su pueblo, que maltrate su Evangelio, que blasfeme su nombre a diario. Bajo ningún respecto pensemos que Dios se lamentará por el destino que les ha fijado a los réprobos en cuanto a fe, ya que así lo ha decidido para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado. Por igual, servirá ese castigo perpetuo como un alto contraste del amor eterno con el cual siempre nos ha amado, en tanto somos su pueblo. Conoce el Señor a los que son suyos, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Jesucristo no murió en ningún sentido por el réprobo en cuanto a fe, por el destinado a perdición perpetua; él murió en exclusiva por su pueblo, por el cual rogó; en especial dejó por fuera de sus rogativas a los que no vino a salvar, diciendo: No ruego por el mundo (Juan 17:9).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com