El corazón de la revelación bíblica consiste en la revelación de Jesucristo. La gloria del Hijo de Dios como Redentor viene como eje del entramado de las páginas de la Biblia; el evangelio anunciado en el Edén, bajo la promesa signada en el Génesis 3:15, incluso un poco antes con el hecho de que Dios cubriera la desnudez de Adán y Eva con pieles de animales, ya denotaba el derramamiento de sangre que se anunciaría para la remisión de pecados. Existen ciertas cosas secretas que no nos fueron contadas, las cuales pertenecen a Dios; lo que fue revelado nos queda a nosotros como herencia (Deuteronomio 29:29).
Tenemos los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, los que nos hablan del Salvador en los días que estuvo en la tierra. La gloria del Señor se nos narra desde cuatro posiciones, como cuatro perspectivas que un artista tiene para exponer su texto. Como si fuera un canto a cuatro voces, de un mismo autor -el Espíritu Santo- pero con realizaciones y temples diversos. Mateo, Marcos y Lucas poseen una lente comunicante: cada uno de ellos describe a veces un mismo hecho desde diferente ángulo. Juan lo hace desde otra óptica.
Mateo, el de la genealogía, nos presenta a Jesús el Mesías, para que los judíos también se den cuenta de ello, el Señor que vino a cumplir las promesas hechas a Abraham; Lucas, en cambio, toca el mundo gentil presentándonos a Jesús el sanador, un segundo Adán que vino a suplir lo que el primero falló. Asimismo, en Lucas 3:23-38 leemos la genealogía de Jesús que se remonta hasta el mismísimo primer Adán. Marcos nos da la semblanza del Hijo de Dios como el Siervo de Dios (Marcos 10:45). Lucas escribió el evangelio dirigido a Teófilo, intentando demostrar que la fe cristiana está fundamentada en eventos de la historia realmente confiables. Por eso su énfasis en mostrar a Cristo como el Hijo del Hombre, para resaltar su humanidad.
En Marcos leemos la descripción de Jesús como un ser humano que tiene hambre, que se enoja y llora, que tiene compasión. Marcos 10:45 dice: Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Se ha dicho que su audiencia principal constituía el mundo gentil, ya que no presenta datos relevantes en materia de genealogía o de referencias al Antiguo Testamento. Con todo, Marcos relata a Jesús como el Hijo de Dios, el Cristo.
Juan nos relata a Jesús como el Hijo eterno de Dios, con el oficio de cumplir su misión en rescate por su pueblo. Si bien todos hablan de la soberanía divina, Juan enfatiza en Jesús como aquel que no ruega por el mundo (Juan 17:9), sino por los que el Padre le dio y le seguiría dando, porque ellos siempre han sido del Padre. Además, Juan relata las palabras del Señor referentes a la doctrina del Padre, como se demuestra en Juan 6, cuando el Cristo advierte a multitud de discípulos que solamente vendrían a él los que fueren enviados por el Padre. Añade el Señor que ninguno de ellos será echado fuera, sino que los resucitará en el día postrero. Pero dice algo más, para cerrar su doctrina: Ninguno podrá ir a él si el Padre no lo envía, pero todo lo que el Padre le da vendrá a él. Así que bajo esas dos premisas sabemos que los que nunca vienen a Cristo para permanecer con él jamás han sido enviados por el Padre.
Por otra parte, el Jesús de Juan es el Logos, el que era desde el principio. El Logos es una figura bien abstracta, dándonos a entender que era la razón, el lenguaje, el estudio, el análisis, que siempre estuvo desde el momento de la creación, ya que por él fueron hechas todas las cosas. Dios era el Verbo, con lo cual Juan se aprovecha de la lengua griega para dar a conocer esa faceta del Dios revelado, el principio más sublime que la razón humana pueda concebir. El poder de la muerte y la resurrección de Cristo se despliegan en este evangelio lleno de esperanza.
De acuerdo al diálogo entre Cristo y Nicodemo, el nuevo nacimiento resulta la única forma de ver el reino de Dios, algo ya señalado en Deuteronomio 30 cuando se menciona la circuncisión del corazón. El maestro de la ley ignoraba esa enseñanza, ya que estaba pendiente de la letra y no del fondo de la norma; añade Juan que esa operación de nacer de nuevo compete en exclusiva a la voluntad de Dios y queda por fuera la voluntad humana (Juan 1 y 3). El Jesús mediador es otra figura presentada en el evangelio de Juan, cuando Jesús anuncia que si algo pidiéremos en su nombre, él lo hará (Juan 14:14).
La revelación puede concebirse como general y especial. De todos modos, Dios se ha manifestado al hombre, para que este quede sin excusa. A través de la creación o la obra de sus manos, el ser humano ha conocido de la existencia del Ser Omnipotente. La referencia la tiene en la naturaleza, pero también desde Adán su padre, de quien se presume que contara lo vivido en el Edén. Este fenómeno tuvo que haber sido transmitido de generación en generación, así que no hay excusas aunque aparezcan distorsiones en los relatos humanos. Definitivamente los cielos siguen contando la gloria del Creador, como el día anuncia a otro día junto a la noche la sabiduría divina (Salmos 19).
Pablo aseguraba que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se manifiestan desde la creación del mundo (Romanos 1:20). El hombre ha desarrollado el Derecho Natural que se supone deriva de esa concepción de lo que debe ser el Dios manifiesto, poderoso y trascendente. No obstante, existe una revelación especial, que fue escrita y ha sido el legado del pueblo que preservara ese libro. En la Biblia encontramos el mensaje acerca de Jesucristo, la promesa hecha en el Génesis 3:15. La Biblia habla de cómo Dios hablaba a sus siervos a través de sueños y visiones, pero también apareciendo en forma física por mediación de muchas formas; una de ellas es llamada la manifestación del Ángel de Jehová.
Nosotros no necesitamos sueños ni visiones de nuevo, simplemente tenemos el documento escrito que se redactó para nosotros desde tiempo antiguo. Tenemos la palabra profética más segura, que nos habla del gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, de Jesús el Hijo de Dios, para que podamos retener nuestra profesión de fe (Hebreos 4:14; 2 Pedro 1:19-21). Esto debe indicarnos que podemos acercarnos al Señor en forma confiada, buscando su trono de gracia, de manera que alcancemos misericordia. Allí tenemos el oportuno socorro de esa gracia dada a sus escogidos por medio de la fe de Jesucristo.
La tradición oral desde Adán fue distorsionada al pasar de generación a generación. Por ello quiso Dios dejarnos el material por escrito, para que con celo lo cuidemos y sirva de testimonio a todas las naciones. En ese documento tenemos lo que de Dios se conoce, lo que Él espera y lo que ha hecho a través de su Hijo Jesucristo para que aprovechemos el tiempo oportuno. Hoy es el día de salvación, busquemos a Jehová entre tanto pueda ser hallado.
César Paredes