Categoría: SOBERANIA

  • EL LIBRE ALBEDRÍO – LA GRAN FICCIÓN

    Ya Lutero había escrito sobre el tema, en una respuesta a Erasmo de Rotterdam, calificando al libre albedrío como una voluntad esclava. Las religiones, en general, gustan de aferrarse a este distintivo sin el cual pierde interés el prosélito. Pareciera que si el hombre no goza de libertad absoluta su culpabilidad resulta nula, además de que carecería de sentido cualquier esfuerzo por hacer lo que considere correcto. La Biblia, en cambio, siempre ha dicho lo mismo que ha sido escrito desde hace siglos, que Dios es soberano absoluto y que sus criaturas humanas le deben un juicio de rendición de cuentas.

    Pero ese juicio, argumentan las personas, no podría ser válido si todas las cargas tiene que soportarlas el acusado. ¿Hay injusticia en Dios que culpa a Esaú de terribles crímenes, cuando Esaú fue odiado por el Creador aún antes de hacer bien o mal? Los defensores de Dios, que no son pocos en el terreno teológico, corren desmesurados a decir lo que Dios no les recomendó. Aseguran que Dios, como todo lo sabe, previó lo que haría Esaú, por lo cual lo odió. De este argumento se derivaría una nueva acusación contra el Dios bíblico, ya que si vio que vendría un mal a una de sus criaturas humanas ha podido evitarlo, pero no lo hizo así, sino que dejó que la calamidad continuara. La Biblia muestra con insistencia que Dios hace como quiere y que sus acusadores carecen de poder para hacerle daño.

    La criatura humana desea su independencia del Creador, fiel al consejo del reptil antiguo, llamado por igual diablo o Satanás. Seréis como dioses, fue la promesa sugerida en los inicios del hombre en el Paraíso. De esta manera, el ser humano convertido en un dios pequeño intenta su magia aprendida: que la arcilla moldee al Alfarero. El corazón del impío sigue siendo cruel (Proverbios 12:10); la gloria humana lo envuelve al punto de llegar a creer que con su impiedad puede hacer la diferencia entre cielo e infierno. Los impíos deben gloriarse en ellos mismos, porque han logrado vencer a Dios en el Edén. ¡Vaya calamidad!

    Dios hablaba con Moisés y le decía que debía enfrentarse al Faraón de Egipto, con el argumento de que el Dios de los hebreos había hablado, dando instrucciones para destruirlo. Te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). La soberanía del Creador también rigió a Ciro, rey de Persia, aún antes de que hubiese nacido, como se deriva de una profecía de Isaías. Un rey llamado Ciro permitiría a los exiliados judíos regresar a la tierra prometida (Isaías 40 al 48). En el capítulo 41 Dios declara que Ciro es su ungido, aunque él no conoce a Jehová. Así que ese rey que Jehová levantaría sería una herramienta para conocer la verdad del Dios que rige a las naciones.

    Como dijo el autor del libro de Proverbios: Como las corrientes de las aguas, así está el corazón del rey en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Dios usa la figura del Alfarero para representarse a Sí mismo, por lo dicho en Jeremías 18:6. Así que ese Dios de la Biblia inclina a todo aquel que quiere inclinar para uno u otro lado, de manera que su voluntad se cumpla según su providencia. Pero si el fin de cada cosa y de cada persona está previsto según la voluntad del Creador, de igual manera lo están los medios. Ezequiel aseguraba que Dios daría un nuevo corazón a su gente, con un espíritu nuevo, a manera de un nuevo nacimiento (la regeneración). Jehová quitaría el corazón de piedra en sus escogidos, para darle uno de carne, de manera que pudiéramos estar atentos a sus mandatos y promesas (Ezequiel 36:26).

    De acuerdo a lo escrito en el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, solamente aquellas personas enviadas por el Padre hacia el Hijo podrán venir en forma segura. Así que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo envía; si ha sido enviado, entonces el Señor lo resucitará en el día postrero para vida eterna, y no lo apartará a perdición perpetua (Juan 6:37, 44, 65). Pablo escribe su Carta a los Romanos y en forma un tanto triste lamenta, en el Capítulo 9, el tener que decir lo que debe anunciar: que tiene gran dolor en su corazón, por sus parientes según la carne. De inmediato desarrolla el agudo tema de la soberanía absoluta de Dios en el campo de la redención y condenación humana. Concluye su tesis advirtiendo que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia; presenta el caso del Faraón egipcio, a quien endureció para colocarlo como emblema del juicio divino contra el pecado humano. Pablo dice por igual que Dios a quien quiere endurecer endurece (Romanos 9:18).

    Cuando alguien piensa mal de nosotros, cuando alguien desea que fracasemos en nuestros nobles propósitos, hemos de entender que Dios está detrás de esa persona maldiciente. Un propósito digno existe tras las bambalinas, ya que en ocasiones la crueldad humana nos conduce a la honra de Dios. Los hermanos de José planificaron algo muy malo para su vida, pero el mismo José les dijo, años después, que ellos habían pensado mal contra él, mas Dios le había dado un significado diferente desde el principio: había encaminado todo ese asunto terrible para bien, en beneficio de mucho pueblo (Génesis 50:20). Dado que las Escrituras se presentaron para beneficio del pueblo de Dios, cuando aparezca el gusanillo del libre albedrío en la boca de sus anunciadores, recordemos lo que ellas anuncian de principio a fin.

    El Dios soberano de las Escrituras fue quien hizo que el rey de Hesbón no dejara pasar por su territorio al pueblo de Israel, endureciéndole su espíritu, obstinando su corazón, para después entregarlo en las manos de la nación escogida (Deuteronomio 2:30). Resulta muy importante reconocer la claridad con la cual hablaban aquellos santos hombres de Dios, el carácter prístino de los escritores bíblicos al tratar el tema del Dios soberano. No había medias tintas, no hubo dubitación alguna, no les gobernaba el silencio o la vergüenza. Al contrario, intentaron con éxito dar notoriedad al talante soberano del Dios de la Biblia, el que hace como quiere y no tiene consejero. Los escritores bíblicos se enfrentaban a sus disputadores, para que se encararan con Jehová, como si el tiesto pudiera hablar con los demás tiestos de la tierra.

    Nuestra relación con Dios pasa por reconocernos como nada, y como menos que nada, delante del Todopoderoso. Al mismo tiempo, habiendo reconocido la magnanimidad de Dios, sabemos que recibimos de Él la gracia que imparte a quien quiere impartirla. Es en esa dimensión en la que estaremos seguros, reconociendo por igual que somos como la niña de sus ojos. Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Pero gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15:55-58).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • RENACIDOS POR LA PALABRA DE DIOS; NO POR PENSAMIENTO POSITIVO (1 Pedro 1:23)

    Pedro nos asegura que hemos sido renacidos de la simiente incorruptible, por la palabra de Dios. Ese Dios vive para siempre, da vida a quien quiere darla y endurece a quien desea endurecer. Su palabra viva y eficaz nos hace nacer de nuevo, ya que la fe viene por el oír la palabra del Señor. Predicamos el evangelio y esta buena noticia hace que la gente crea, pero solo creerán aquellos que han sido enseñados por Dios: Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6: 45; Isaías 54:13, que habla de los hijos de Israel, el Israel de Dios).

    No en todos se produce el nuevo nacimiento, como la Escritura por igual resalta. Muchos de los discípulos de Jesús que lo seguían por mar y tierra dijeron que sus palabras eran duras de oír. Al escucharlas se retiraron murmurando; así que la predicación de las buenas nuevas de salvación endurece a muchos. Lo que resulta por igual una verdad es que no hay forma de salvación si no es por medio de la palabra del evangelio de Cristo. De esa manera somos renacidos por medio de la simiente incorruptible, como también expresó Jesucristo: por la palabra de ellos (los apóstoles), cuando oraba aquella noche aciaga en el Getemaní (Juan 17).

    Hoy día aparece un nuevo peligro con la influencia de la doctrina de la Nueva Era. Ya lleva tiempo entre nosotros, pero se acentúa cada vez más. La gente habla del pensamiento positivo, como si pudiésemos cambiar la realidad que nos circunda. De allí que cobre fuerza lo expresado por el apóstol Pedro, que tenemos que adherirnos a la palabra de la simiente incorruptible. En esa palabra hayamos la descripción de la fe de Cristo, en lo que cada creyente debe crecer a diario. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, no es de todos la fe sino que ella viene como un don del Señor.

    No existe poder sobrenatural en el pensamiento positivo; tal vez nuestra mente se sienta en confort si pensamos positivamente pero la realidad no cambia nada. La Biblia nos educa al respecto, que hombres soberbios se han levantado en la humanidad (hombres que suponen tienen el poder sobre los demás seres humanos y que se han proclamado dios de ellos). Nabucodonosor es un buen ejemplo de pensador positivo; pensó tanto en sí mismo que ordenó construir una estatua de él para que todos la adorasen. La lección la encontramos descrita para nuestro provecho, habiendo sido humillado como una bestia del monte, tuvo que soportar unos largos años de castigo para que aprendiera quién es el soberano en la tierra y en el universo.

    Ciertamente, la Escritura nos ordena pensar en todo lo justo y en todo lo amable, en aquello que tenga algo digno de alabarse. Nos exhorta a no andar en procacidades, en no pronunciar aquello que corrompe a los oyentes. Recordemos que aún en nuestra soledad nosotros nos escuchamos a nosotros mismos, así que si tenemos el Espíritu de Dios tampoco debemos contristarlo en nosotros. La Biblia también nos habla de la confianza que debemos de depositar en el Todopoderoso que nos cuida a diario, en sus benevolencias para con sus hijos. Nos dice que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme a su propósito.

    Pero la Biblia no puede ser considerada como un libro de pensamientos positivos, como un argumento de autoridad para que militemos en esos pensamientos y transformemos las cosas. De todas formas, hay textos que nos advierten por igual acerca de lo que debemos pensar. Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él (Proverbios 23:7); pero de acuerdo al contexto sabemos que Salomón se refiere al hombre avaro. Esa persona dice: Come y bebe, pero su corazón no está contigo. También nos advierte Salomón que no debemos hablar a oídos del necio, porque menospreciará la prudencia de nuestras razones. Hay muchas cosas que conviene aprender de las Escrituras: Aplica tu corazón a la enseñanza, y tus oídos a las palabras de sabiduría (Proverbios 23:12).

    Vivimos una época de teologías diluidas, sin apego a la doctrina de Cristo. Las falsas doctrinas toman partes aisladas de la Biblia para hacer ver como contenido divino aquello que pervierte el alma. La Biblia dice que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, pero ello no implica que podamos cambiar los resultados o los eventos futuros si los pensamos con una visión positiva. La Biblia nos habla de tener fe en Dios, de confiar en su palabra; pero no nos dice nunca que confiemos en nosotros mismos. Al contrario, dice así la Escritura: Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia (Proverbios 3:5-8). No debemos ser sabios en nuestra propia opinión, sino temer a Jehová el Señor. Asimismo, la Biblia es tajante contra aquellos que confían en sus propios pensamientos como si fuesen un baluarte de protección. Maldito el hombre que confía en el hombre, que se apoya en fuerzas humanas y parta su corazón del Señor; será como una zarza en el desierto: no se dará cuenta cuando llegue el bien (Jeremías 17:5-6).

    La Biblia habla de la bendición de aquella persona que pone su confianza en Jehová, porque será como un árbol plantado junto a las aguas, que junto a las corrientes echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde. Agrega que Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). Pero nosotros los creyentes debemos tener en cuenta que ya hemos recibido un corazón no engañoso para amar el andar en los estatutos del Señor (Ezequiel 36:26-27). Ese corazón de piedra (engañoso) nos fue quitado para recibir el de carne.

    El mundo sigue con el corazón engañoso y perverso, por eso recibimos maldición cuando confiamos en las personas no regeneradas por Dios. De igual forma, nuestra confianza debe ir dirigida siempre al Señor, ya que de esa manera recibiremos la bendición (Jeremías 17:7). Nosotros no tenemos fuerza magnética que arrastre cosas buenas, ni podemos crear nuestra propia realidad con fantasías. Los estoicos desarrollaron un pensamiento interior que les permitía huir de la realidad externa, pero no por ello la cambiaron o la modificaron.

    Cuando el Espíritu Santo mora en nosotros cambia nuestra forma de pensar. Pero no creamos que esa nueva forma de pensar modificará las cosas externas o internas de alguien. Simplemente reconoceremos que toda buena dádiva viene de arriba, de Dios mismo (Santiago 1:7). Para mejorar nuestra vida no podemos sustentarnos en algo tan etéreo como el pensamiento positivo, como si pensando en ello resultare una magia extraña. Cuidado con esos juegos que bordean lo esotérico; nuestra verdadera espiritualidad se fundamenta en la relación con Cristo.

    Eva pensó positivamente en el Edén, cuando la serpiente le mostró que con la desobediencia podía alcanzar el conocimiento del bien y del mal. El resultado fue espantoso; la obediencia a Dios, en cambio, nos muestra el camino para recibir su bendición especial. Tenemos la mente de Cristo, así que estamos capacitados para ser instruidos y alcanzar calidad en aquello que hagamos de acuerdo a la instrucción recibida (1 Corintios 2:16). Dios nos enseña a cada uno de los que ha sido ordenado para vida eterna; aquellos que Dios ha dado y dará al Hijo, llamados también los escogidos del Señor, son oportunamente enseñados por el Padre para que aprendan a ir hacia su Hijo (Juan 6:45).

    Esa es una enseñanza especial que da Dios a cada uno de sus escogidos, para que por medio de la palabra comprendan que Jesús es el pan de vida, la fuente de agua para vida eterna, el Cordero de Dios que quitó todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Como dijo Juan en una de sus cartas: Jesús es la propiciación por los pecados de todo el mundo, dando a entender con ello que no lo fue solamente de un grupo de judíos sino también de un gran grupo de gentiles. En realidad, esto cumple la profecía que advertía a la estéril que mayor serían sus hijos que de la que tiene marido (Gálatas 4:27).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EN BUSCA DE UN PROSÉLITO

    El creyente no puede andar por el mundo en busca de un prosélito, eso resulta tarea de los viejos fariseos, de acuerdo a las palabras del Nuevo Testamento (Mateo 23:15). Predicamos la palabra para que aquellas ovejas escogidas oigan y puedan creer; la palabra no volverá a Dios vacía (Lucas 10:16 dice: el que desecha al Cristo desecha al que lo envió), sino que hará aquello para lo que fue enviada. Recordemos que la palabra de Dios le fue dada a Faraón por medio de Moisés, pero a éste Jehová le había indicado que endurecería su corazón para que no obedeciera a su mandato. No siempre que Dios envía su palabra tendrá que ser para redención; de hecho, él le dijo a Nicodemo que el que no cree ya ha sido condenado. Poco importa que ese no creyente haya oído la palabra del Señor.

    No recorremos el mundo buscando seguidores, así que no nos preocupa el destino del mundo que va como está escrito. El mundo entero está bajo el maligno, pero nosotros somos de Dios, aseguraba Juan (1 Juan 5:19). Nos ocupamos en anunciar el mensaje del evangelio ante el mundo, para que crean aquellas ovejas que andan todavía sin pastor. Las cabras jamás podrán ser transformadas en ovejas, como tampoco el árbol malo dará buen fruto. Por igual resulta imposible que una oveja redimida, la cual ha de seguir al buen pastor, escuche la voz del extraño (Juan 10:1-5).

    Como no estamos interesados en prosélitos (personas que se adhieren ideológicamente a un pensamiento o secta), nos ocupamos por la exposición certera de lo que la Biblia enseña. Esta enseñanza no sería posible si estuviésemos sujetos a un magisterio, a un dictamen de un grupo de personas que tienen aires de autoridad y potestad sobre la Escritura. El principio de la Sola Scriptura opera acá, nos atenemos a ella toda vez que nos ocupamos de su gramática y de su contexto. Existen muchos clichés para los que anunciamos la soberanía absoluta de Dios, quizás el más común es el mote de calvinistas.

    El calvinismo no es el evangelio, ni Calvino acertó siempre en la interpretación de la palabra en sus Institutas. Fue un anunciador del evangelio, con defectos, ocupado también de asuntos políticos que le consumían su espíritu. Lutero cometió errores, por igual; así que vano resultaría aferrarnos a unos o a otros, para dejar a Cristo en segundo lugar. El hecho de que algunos miembros de iglesias o sectas religiosas escuchen esta palabra, no puede indicar que los buscamos a ellos para sacarlos de sus sitios. El que cree sabe adonde ir, entiende con quién habrá de reunirse, como también la Escritura anuncia: ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? (Amós 3:3). ¿Qué comunión tiene Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? (2 Corintios 6:15).

    Andar en comunión espiritual con alguien que sigue la doctrina del extraño viola el principio declarado en Juan 10:1-5. Si oramos junto a ellos, ¿estaremos orando al mismo Dios? Porque un ídolo no es nada, pero lo que está detrás del ídolo es un demonio, asegura Pablo en 1 Corintios 10:19-21. Algo de eso habla Juan en Apocalipsis 9:20. Así que un ídolo es una construcción mental de lo que debería ser Dios, algo así como un Dios que tiene un evangelio diferente. Cuando la persona comienza a interpretar privadamente las Escrituras, a decir que Cristo no perdona pecados porque él está ocupado intercediendo siempre por su pueblo, que Dios es soberano pero no tanto, que Dios eligió porque vio en los corazones humanos quiénes iban a estar dispuestos para creer, entonces allí se está construyendo un falso dios.

    La Biblia nos dice que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, que endurece a quien quiere endurecer; nos añade que amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que hiciesen algo bueno o malo, antes de ser concebidos. Juan agrega que el que no se halló escrito en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, sigue al anticristo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Pedro nos declara que el Cordero de Dios estaba ordenado desde antes de la fundación del mundo, lo cual quiere decir que Adán tenía que pecar. Si Adán no hubiese pecado ese Cordero hubiese estado preparado para nada, como un fallo de Dios, lo cual resulta en un absurdo y en una blasfemia.

    Así que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), para declararle su justicia en cobro; en cambio, a su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:11) la justicia de Cristo le resulta suficiente para ser declarado justo. En ese sentido Dios es justo y el que justifica al impío (su pueblo). …mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 4:5-6). Abraham le creyó a Dios y le fue contado por justicia (Génesis 15:6), pero esa fe también fue un regalo de Dios, como lo afirma Pablo en Efesios 2:8. Así que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).

    En este punto muchos se detienen y piensan que Dios no es justo. ¿Cómo pudo odiar a Esaú antes de pecar y después condenarlo por sus pecados? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Porque si Esaú vendió o menospreció su primogenitura fue porque Dios así lo había querido, ya que lo había destinado como vaso de ira antes de ser formado. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pablo responde que en ninguna manera Dios resulta injusto, sino que en base a su soberana voluntad actúa. Esto resulta de difícil comprensión para nosotros que andamos en la ilusión y superstición de la democracia. Pero Pedro habla del Despotes, para referirse al Señor Todopoderoso, un término griego del que deriva Déspota (2 Pedro 2:1). El mismo término se usa en Judas 1:4. Dios está en una posición de liderazgo y propiedad, es un Propietario Absoluto. Indudable resulta que en la época en que se escribió tal término imperaba una estructura social con autoridad y jerarquía altamente valoradas. Hoy día esto nos suena impropio, pero no por eso vamos a desechar la palabra de Dios.

    El hombre está contaminado de pecado y Dios en su justicia juzgará al mundo con rectitud. Nadie puede alegar su propia inocencia, si bien seguimos con el anuncio del evangelio, de la buena nueva de salvación para los que Dios ha tenido a bien redimir. Así lo aseguró Jesucristo, la noche previa a su martirio cuando oraba en el Getsemaní: No te ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son … Mas no ruego solamente por estos (los discípulos), sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:9 y 20). La negativa de Cristo de orar o rogar por el mundo se entiende porque comprende que ese mundo no fue escogido para salvación, como tampoco lo fue Esaú; así que rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incontaminada de aquellos primeros discípulos.

    Hay un evangelio contaminado, lleno de sofismas y proposiciones de obras que no redime a una sola alma. Ese evangelio no salva a nadie, pero ha sido esparcido por el mundo como engaño de Satanás. Nos parece que hemos quedado solos en este mundo hostil, como supuso por igual el profeta Elías en su tiempo. El Señor se había reservado un remanente para Él, uno muy pequeño (7.000 hombres, frente a los millones de habitantes que tenía Israel en ese momento, y frente a los millones de personas del mundo gentil a quienes no había sido enviado el anuncio). Recordemos el censo de David y añadámos unos pocos años para llegar a la época del rey Acab, así nos daremos cuenta de la cantidad de habitantes que podría tener el Israel de entonces. Cada quien podrá sacar el porcentaje referido del remanente dejado por Dios para Sí mismo.

    El diluvio universal como lo anuncia la Biblia es otro gran desastre de muertes. Dios no se inmutó ante semejante calamidad, de manera que se nos muestra como el Dios soberano, Despotes Absoluto, dueño universal de todo cuanto existe. El profeta Isaías ha declarado de Jehová lo siguiente: (Yo) que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto … ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? … Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes (Isaías 45: 7, 9, 15-16).

    Grabemos este texto en nuestros corazones: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová (Lamentaciones de Jeremías 3:37-40).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SOBERANÍA Y AUTORIDAD DE DIOS

    Si Dios no fuese soberano, no tendría autoridad suficiente para gobernar su universo. No podemos decir que la autoridad de la Biblia proviene de ella misma, dado que estaríamos en un razonamiento circular. Sin embargo, cualquier sistema de ciencia o de argumentación parte de la necesidad de la demostración de sus premisas. Nadie ha visto el número uno (1), nadie lo conoce como para decir a qué sabe y cuál es su figura; no obstante, la matemática parte del axioma de que los números existen y los utiliza para desarrollar todo un pensamiento abstracto, lógico y sensible ante la ciencia.

    Si se acepta la premisa principal, lo que sigue se toma como carpintería simple. Todo encaja, viene la premisa menor con su término medio y le sigue la síntesis o conclusión. Si no cumple con las normas del silogismo, se tiene como un razonamiento falaz. Si cumple, entonces se asume como verdadero. Tenemos la revelación de Dios en nuestras manos, pero muchos no la aceptan como autoridad. La razón aparece por medio de varias voces, preguntándonos cuál es la base de su veracidad. Adán tuvo esa revelación, de otra manera, aunque constituyó igualmente una revelación de la palabra divina. Se le dijo que tuviera cuidado con el fruto prohibido, pero aún en su estado de inocencia no hizo caso. Como si él mismo hubiese cuestionado el principio de autoridad divina, como si el hecho de que Eva hubiese comido lo autorizara para la desobediencia. Eva no había muerto, como Dios había indicado, pero habiendo pecado ambos descubrieron la vergüenza de su desnudez.

    La Biblia nos asegura que Dios no puede jurar por uno más grande que Él, por lo cual juró por Sí mismo (Hebreos 6:13). Sabemos que la Biblia tiene autoridad porque viene de Dios, fue su inspiración, pero creer en la Escritura solamente puede ocurrir por una revelación del cielo. Algo parecido le dijo Jesús a Pedro, que lo que le había confesado no se lo había revelado sangre ni carne, sino su Padre que estaba en el cielo (Mateo 16:17). La revelación interna y externa pertenecen a Dios, como pertenece también el Evangelio. Su descubrimiento no se debe al esfuerzo humano, sino a la soberanía divina que opera de acuerdo al designio de la sabiduría de Dios.

    De esta forma, predicamos el Evangelio a toda criatura posible, pero el que se crea o se rechace va por cuenta del Señor. Ninguno puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre. Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá a él y nunca será echado fuera. Pero ese venir a Jesucristo pasa por el hecho de que Dios enseña para que se aprenda (Juan 6:45), cosa que hace en todos los escogidos para tal fin. El método usado no es otro que el anuncio del Evangelio de Cristo, ya que por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). El conocimiento del Evangelio consiste en la revelación de muchas verdades respecto a la Divinidad y a nosotros como criaturas.

    La historia del pecado humano forma parte del propósito del Evangelio, el hecho de que no tenemos excusa y de que somos impotentes para cumplir la ley divina. Desde la eternidad Dios se propuso reunir todas las cosas en Cristo, es decir, dar a conocer a la criatura humana la impotencia propia que produce la muerte en delitos y pecados. De esta forma nadie podrá jactarse en la presencia de Dios, sino que ante su presencia se dará tributo exclusivo a la justicia de Dios que es Jesucristo.

    La caída del hombre produjo enemistad para con Dios, para aceptar la verdad divina. Todo se pone en duda, por lo que ni los creyentes pueden probar a un tercero que la palabra de Dios es verdad. Solamente el testimonio del Espíritu nos habilita para creer, si bien resulta veraz el decir que no existe contradicción en las Escrituras. Hay una lógica entera en ella, existe una coordinación en sus páginas pese a que la Biblia fue escrita en un período de 1500 años, por más de 30 autores de una amplia gama laboral y social. Su temática se concatena en ella como una enredadera a un tronco, para mostrar el mensaje de salvación para el pueblo escogido de Dios.

    Hoy día se siente temor a decir estas cosas reveladas en las Escrituras, por lo que muchos religiosos se dedican a anunciar igualdad para todos. Es decir, que Dios ama a todos de la misma manera, que Dios no odia a nadie, que quiere salvar a toda la humanidad pero que el diablo lucha en su contra. Por esta razón dejan el desenlace de esta batalla en las manos de de la humanidad caída, como si el hombre muerto en delitos y pecados pudiera tomar alguna decisión sensata al respecto. Recordemos que la enemistad que se produjo en la caída de Adán fue absoluta, pero ha sido Dios en su misericordia el que inició este acercamiento por medio de Jesucristo. ¿Por qué razón no lo ha hecho con toda la humanidad, sin excepción?

    He allí el problema de muchos, el razonamiento en torno a la equidad por lo cual se juzga a Dios como injusto. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Estas interrogantes acerca de la justicia o injusticia de Dios aparecen descritas en Romanos 9; la respuesta ha sido la misma: ¿Quién es el hombre para que alterque con su Creador? No es más que una olla de barro en manos del alfarero, el cual tiene derecho a hacer con su masa de tierra un vaso para honra y otro para deshonra. En síntesis, si no aceptamos la palabra revelada tal como nos ha sido dada, a Dios siempre lo iremos a juzgar.

    Los seres humanos no se agradan con el permanecer en el conocimiento de Dios y han cambiado la gloria divina por semejanza de animales y objetos creados. La predicación de la cruz pareciera una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan resulta el poder del Dios soberano. De verdad, el ser humano en su estado natural (caído) no recibe las cosas del Espíritu de Dios porque no las puede discernir. ¿Cómo podrá discernir la autonomía y el derecho de Dios de amar a Jacob y de odiar a Esaú, antes de que hicieran bien o mal? No porque Dios mirara en el futuro y viera las obras de estos dos personajes, sino porque quiso que el propósito de redención fuese por medio de la elección (Romanos 9).

    Solo podemos pasar de la enemistad a la amistad con Dios por medio de la renovación hecha por el Espíritu Santo. He allí el trabajo de la regeneración, cuando el corazón de piedra es quitado para colocar uno de carne, sensible a las cosas divinas. Cuando esto ocurre podemos hablar de una primera resurrección, la espiritual; así como cuando Eva murió lo hizo primero en forma espiritual, como ha acontecido con toda la raza humana, ya que en Adán todos mueren. Jesucristo mostró su poder en la resurrección de Lázaro, dándonos a entender la potencia de su palabra. Después resucitó él mismo y ascendió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre y volverá a juzgar a los vivos y a los muertos.

    Nuestra predicación resulta impotente para hacer que solamente una persona pueda creer, a no ser que ella vaya dirigida por el poder divino para alcanzar tal objetivo. Pese a nuestra impotencia, la Escritura nos exhorta a estar siempre prestos para defender las razones de nuestra esperanza, en caso de que alguien lo requiera (1 Pedro 3:15). Esto hicieron los apóstoles, los que los siguieron en la historia del cristianismo, esto hacemos hoy día. Y si eso se ha hecho en la historia de los creyentes, como se muestra en las mismas Escrituras, no hemos de ser renuentes al razonamiento para dar cuenta de nuestra esperanza.

    Tengamos cuidado de servir al verdadero Jesús; pudiera ser que se sirva a un falso Cristo, lo cual nos daría vergüenza y no sabríamos argumentar con razonamientos válidos. En cambio, si servimos al Jesús de las Escrituras, no tenemos de qué avergonzarnos ya que su Evangelio es el poder de Dios para salvarnos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DIOS LO QUISO ASÍ

    Hemos llegado a creer en el evangelio por asuntos de fe; sabemos que la fe es un regalo de Dios y que no es de todos la fe. Además, la Biblia asegura que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Bien, todo este círculo de argumentos nos conduce a una primera síntesis: estamos en el terreno de la confianza en Dios, algo que no podemos transmitir del todo a quien no se encuentra en el mismo ámbito. No podemos probar la existencia de Dios, a no ser que acudamos a la razón y demostremos que resulta imperativo un Creador con una mente infinita y con capacidad absoluta para que todo apareciera al mandato de su voz. Sin embargo, ese mismo Dios vino al mundo con amplia prueba sobrenatural y no le creyeron, sino que terminaron crucificándolo.

    Por supuesto, esa crucifixión también estuvo diseñada para el siervo sufriente, para el siervo justo que justificaría a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). En definitiva, en Él vivimos, nos movemos y somos, sin que podamos escapar de su presencia. Ah, pero para el hijo escogido se ha escrito que esa presencia iría con nosotros y nos daría descanso. Dios quiso que el mundo fuese así como lo vemos, con belleza y tormento, con santidad y pecado, con ángeles buenos y ángeles malos, con la presencia del Altísimo y con la presencia de Satanás.

    La Escritura afirma que Dios amó a unos pero odió a otros, un cruento parecer para los que andan atormentados con el pecado y la culpa, con la justicia divina como una espada de Damocles, como una amenaza para el día de rendición de cuentas. En cambio, para los elegidos del Padre viene a ser una declaración de amor como ninguna otra. La razón que vemos en la Biblia simplemente demuestra que el hombre caído desde Adán tiene la muerte como pago, dada la justicia exigida por el Creador. En Adán todos mueren, pero esto no solo refiere a la muerte física sino a la muerte espiritual.

    En Cristo todos viven, asegura la Biblia. Pero esos todos que viven hace referencia a todos los que fueron llamados por Dios para ir hacia el Hijo (Juan 6). No todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad refiere a creer en el Hijo, el enviado para morir por todos los pecados de su pueblo (Juan 6: 39-40; Mateo 1:21). Como ninguna persona puede salvarse a sí misma, queda demostrado que el amor divino nos mueve a esa salvación. En otros términos, todos aquellos a quienes el Padre amó desde la eternidad, de acuerdo al conocer bíblico, fuimos escogidos para ser llamados oportunamente y para ser justificados por la sangre del Hijo.

    ¿Por qué no todos son salvos? No lo fue Judas Iscariote, hijo de perdición, el cual iba conforme a la Escritura. No lo fue el Faraón de Egipto, a quien Jehová endureció su corazón para que no dejara ir a tiempo al pueblo de Israel, hasta que se consumara el castigo previsto. No fueron escogidos para salvación aquellos cuyos nombres no se encuentran escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), quienes también fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Ciertamente, a Jacob amó Dios pero odió a Esaú, antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    La pregunta del objetor sigue siendo la misma: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otros términos, ¿cuál es la razón de inculpar a Esaú si él tuvo que vender su primogenitura porque fue odiado desde antes de nacer? No fue en base a las obras porque ya lo declaró Pablo en Romanos 9:11, dado que el propósito de Dios permanece por la elección. Este es el Dios soberano que pocos conocen, ya que la llamada cristiandad en general ama su propio ego, se afianza a su mitológico libre albedrío y pregona a un dios que no puede salvar. Sí, ese dios de la gran masa autodenominada cristiana depende de la voluntad de un muerto en delitos y pecados.

    De acuerdo a esa falsa enseñanza, Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, para hacer factible la salvación para todos. Depende de cada quien el aceptarla o rechazarla, si bien los que nunca oyeron que habían sido salvados potencialmente tampoco se salvaron. En fin, esta tesis no se sustenta en la Biblia, sino con textos fuera de contexto, en el tejido de un dios humanista que se presenta al hombre para que rumie en su alma si tiene a bien o no recibirlo. El Dios de la Biblia salvó eficazmente a todo su pueblo, al cual va llamando por medio del verdadero evangelio para que como ovejas apercibidas sigan al buen pastor y no escuchen más la voz del extraño (Juan 10:1-5). Una cruenta lucha se levanta contra este Dios de la Biblia, contra todos aquellos que anunciamos su poder y su soberanía. Ese Dios no gusta a la mayoría, asunto de lo cual también habló Jesucristo: que serían pocos los escogidos, que somos la manada pequeña. ¿Cómo podemos amar a un Dios que se coloca en forma soberana en sus escritos? Simplemente porque Él nos amó primero, de lo contrario formaríamos parte de la fila que odia a Dios.

    Hay quienes niegan al Dios que los hizo, debido a su pecado de incredulidad. De esta forma niegan al Dios de toda providencia, mostrándose como sus enemigos a través de sus múltiples obras malignas. Estos se perciben orgullosos, adjuntándose a la transgresión de Lucifer, viviendo en la injuria, en la altivez de espíritu, inventando formas de maldad. La Biblia añade que son desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables y sin misericordia (Romanos 1:30-31). En realidad están sin el entendimiento de Dios, de lo que debe ser la adoración al Creador de todo cuanto existe, sin deseo de reconciliación.

    La ley de la naturaleza indica que ciertas cosas convienen y otras no, por lo cual pecan contra esa ley natural. La ley de Dios fue colocada en sus corazones, a través de la obra misma de la creación, pero se resisten al sometimiento de la exigencia divina. Por supuesto, el corazón de piedra no puede degustar el deleite divino, a menos que sea cambiado por uno de carne. Eso lo llama la Escritura el nuevo nacimiento, pero para eso ninguna persona puede sentirse capaz; solamente el Espíritu de Dios opera esa regeneración tan urgente para que el alma viva.

    Dado que no tenemos una lista acerca de quiénes son o no son los elegidos de Dios, la predicación del Evangelio va para todo aquel que oiga. Sabemos que el Señor llamará a los suyos en su debido momento, por lo cual nuestro trabajo no resulta vano. Ese evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a todo su pueblo de sus pecados; para eso hizo que su Hijo cumpliera toda la ley (como Cordero sin mancha) y fuese al madero para recibir la maldición por todos los pecados de su pueblo (como fue escrito: maldito todo aquel que es colgado de un madero).

    Cuando Jesucristo pasó a ser la justicia de Dios, se convirtió en nuestra pascua. Dios pasa por alto todos los pecados de los creyentes, de aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Todo aquel que cree este evangelio ha sido enseñado por Dios y ha aprendido de Él (Juan 6:45), por lo cual tiene vida eterna. El que no cree ya ha sido condenado (Juan 3:18), porque permanece en Adán, bajo la sentencia de muerte. Pero los que permanecemos en el segundo Adán (Jesucristo, la Simiente prometida), escapamos de la condenación venidera. Jesucristo es la seguridad de su pueblo, habiendo sido condenado a muerte por el pecado sobre sus hombros, quien nos da a cambio su justicia perpetua. De esta forma, Jesucristo nos libera de la maldición de la ley y de su condenación. Hemos pasado de muerte a vida, por lo que nunca entraremos a la condenación de los injustos. Somos justificados por su gracia, lo que plugo a Dios para justificarnos cuando éramos impíos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • TRIBULACIÓN, TRIBULO, SUFRIMIENTO

    El tribulo era un tipo de maquinaria utilizada en la agricultura durante la Antigua Roma. Su nombre latino da origen a nuestro vocablo tribulación. El tribulo consta de unas púas que permiten incrustarse en la tierra, a medida en que unidas a un engranaje comienza a dar vueltas, cuando un caballo o un toro lo va halándolo. Se dice que muchas personas fueron sometidas a sufrir un cruel tormento con instrumentos parecidos al tribulo. Los romanos utilizaron ese invento como parte de sus armaduras en los carruajes de guerra, para lograr hacer daño al enemigo con las incrustaciones de las puntas de los tribulos empleados. Al cristiano se le ha advertido sobre la necesidad de pasar por muchas tribulaciones, de manera que ya podemos imaginar la dimensión del sufrimiento del creyente.

    El apóstol Pablo afirmó que ya no vivía él, sino Cristo en él. Esa fusión de dos seres en una carne parece semejante a la concepción bíblica del matrimonio y constituyó una de las metas del célebre predicador de los gentiles. En la historia del apóstol se pueden contemplar las calamidades que le tocó vivir, quizás en claro cumplimiento de las proféticas palabras dadas por Jesús a Ananías (Hechos 9:16), las cuales dicen: …porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. De manera que Pablo fue enseñado por Jesús para padecer por causa de su nombre.

    Algunos seguidores de Cristo desean ser como Pablo, aunque otros puedan escandalizarse al saber que un héroe de la fe siempre estará sometido a pruebas glorificantes, de las cuales debe dar cuenta ante el Destinador de su programa narrativo. En el verso anterior del texto citado, Jesús le dice a Ananías que Pablo era un instrumento escogido. Se demuestra que los guiones o programas narrativos generales o de uso han sido preparados para que nosotros andemos en ellos. El apóstol confirmaba las palabras de Jesús, cuando al pasar por Listra, Iconio y Antioquía dijo a los hermanos: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22b).

    Las tribulaciones para la grey cristiana, preparadas desde los siglos, constituyen un instrumento valioso para la depuración de los vicios de la carne que siguen incrustados en la vieja naturaleza humana. El hombre interior se va renovando de día en día, tomando nuevas fuerzas como las águilas, en ascenso igual que la luz de la aurora, hasta que el día aparezca perfecto. Sin embargo, esas mismas tribulaciones espantan a muchos, cumpliéndose en ellos también el propósito para el cual fueron enviadas, como lo explica la parábola del sembrador. La semilla sembrada en pedregales, recibida con gozo, pero sin raíz, como planta de corta duración, se pierde al venir la tribulación por causa de la palabra, ya que los portadores de esa semilla tropiezan (Marcos 4:16-17).

    La tribulación puede ser preciosa para el que cree de veras, mas para los que no creen la palabra misma les viene a ser tropiezo. Dice Pedro que los que se vuelven desobedientes también fueron destinados para tal fin (1 Pedro 2:8). La desobediencia en el que dice creer lo acerca al símil de la planta que crece en pedregales, en espinos o junto al camino. Algunas veces la semilla misma es comida por las aves (Satanás quita la palabra sembrada en sus corazones); en otras ocasiones cae en pedregales produciéndose una planta sin raíz profunda, quemada por el sol (las tribulaciones); en otros episodios la semilla queda atrapada en los espinos y se ahoga, por lo cual no puede dar fruto (los afanes de este mundo, el engaño de las riquezas y las codicias de variadas cosas). Pero hay semilla que cae en buena tierra, para brotar, crecer y dar fruto bueno. Jesús afirmó que él era la vid y que su Padre era el labrador. Si el Padre es el labrador entonces él es quien prepara la buena tierra para que dé frutos a granel. Soberanía absoluta del Creador en su administración de la salvación y de todo el vasto universo.

    El profeta Samuel conoció al Dios eterno, habiendo sido escogido desde niño para el servicio a Jehová, con quien mantuvo diálogo a lo largo de su vida. Su madre, cuando dedicaba su hijo a Dios, profirió unas sabias palabras recogidas en la Biblia: Jehová mata, y da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y enriquece; abate y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y Él afirma sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos (1 Samuel 2: 6-9).

    El profeta Jeremías fue otro hombre de aflicción reseñado en las historias de la Biblia. Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo. Me guió y me llevó en tinieblas y no en luz; ciertamente contra mí volvió y revolvió su mano todo el día. Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos y me rodeó de amargura y de trabajo. Habiendo aprendido de la enseñanza directa de su Señor y Dios, Jeremías nos recomienda esperar en SILENCIO la salvación de Jehová. Añade: Bueno le es al hombre llevar el YUGO desde su juventud. Que se siente SOLO y CALLE, porque es Dios quien se lo impuso. En su experiencia de vida el profeta había aprendido a comprender que todo evento que acontece en la faz de la tierra y del universo entero ha sido previsto por la grandeza de su Dios. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3).

    El profeta Amós tuvo un ministerio corto. Era ganadero, boyero y ovejero, pero fue ajeno al cuerpo de profetas profesionales. Dentro de su corto oficio profético lo expulsaron de Israel, después de un cisma teológico, por lo que continuó en su oficio anterior con los rebaños y ganados. Su libro recoge el mensaje de Dios para su pueblo, por lo tanto el profeta tuvo que aprender a conocer a ese Dios, el cual le había llamado para ese encargo laboral: profetizar ante el pueblo de Dios. Exclama el profeta con la autoridad conferida lo siguiente: Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? ¿Rugirá el león en la selva sin haber presa?… ¿Caerá el ave en lazo sobre la tierra, sin haber cazador? ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿HABRÁ ALGÚN MAL EN LA CIUDAD, EL CUAL JEHOVÁ NO HAYA HECHO? (Amós 3:1-6).

    Esa claridad profética se ha perdido en nuestros días de democracia eclesiástica. El pueblo gobierna y se dice que voz del pueblo es voz de Dios. A esa blasfemia se nos ha acostumbrado, de tal forma que ahora podemos llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Estos escritos proféticos narran la soberanía absoluta de Dios. También narra este tema el resto de la Biblia, pero como cirujano experto el predicador contemporáneo aísla los textos y los separa, para presentar un evangelio cómodo, amplio y benevolente. A menudo se presenta en los púlpitos de las iglesias, así como en los libros de teología, a un Dios mendigo. Un Dios que suplica y sufre por las pobres almas rebeldes, que está dispuesto a abaratar la buena nueva de salvación para calmar su depresión. De esta manera se nos dice que Dios no quiere estar solo, sino que nos necesita. Dios no nos necesita, pero quiso hacernos objeto de su misericordia y quiere comunicarnos su amor y su afecto. Entendamos que Él es suficiente y soberano, hace como quiere y fuera de Él no hay quien salve. No en vano el apóstol Juan pudo comprender y enseñar el gran amor dado por el Padre para con nosotros, para que seamos llamados hijos de Dios.

    El que ha sido escogido por el Padre para ser objeto de su amor habrá de reconocer el gran favor que se le ha hecho, el de ser llamado hijo de Dios. No resulta prudente colocar la carreta delante del caballo, suponiendo que le hacemos un favor a Dios al reconocerle como tal. El que anda en eso es un antropocéntrico que procura entronizarse bajo la pretensión de decidir su destino y el del mundo. Una teología errática que ha invertido el discurso profético, presenta a Dios como el que solicita los mendrugos de pan que el hombre pretende darle, siempre y cuando actúe como el genio de la botella. Sería éste un Dios que hace números de magia para agradar a la galería, que busca ser reconocido como Dios. Un Dios manipulable bajo las cadenas de oración (nada más simbólico que ese nombre cadenas para ilustrar la pretensión moderna de atar a Dios), bajo la teología de Arminio, revierte el orden profético establecido desde Génesis hasta Apocalipsis.

    No en vano fue escrito hace siglos: Mi pueblo fue destruido, porque le falta entendimiento (Oseas 4:6). Mi pueblo fue llevado en cautivo, porque no tuvo conocimiento (Is.5:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LO QUE SOMOS

    En la Biblia encontramos varios calificativos para tener en cuenta que pueden marcar la diferencia entre la desdicha y la felicidad. Somos una nación santa, un real sacerdocio, los elegidos, los amigos de Cristo. Por igual tenemos herencia en los cielos, siendo hermanos de Jesucristo, pero también se nos dice que pasamos a formar parte de los hijos que Dios le dio al Señor. La iglesia como cuerpo de Cristo se mueve de acuerdo a la cabeza, por lo cual sabemos que la apostasía no forma parte de la estructura del templo de Dios. El apóstata pasa como infiltrado en el redil de las ovejas, como la cizaña junto al trigo, al lado de los lobos disfrazados y al costado de los herejes que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

    Semejantes a esos maestros de mentiras son los que los siguen, porque no hay diferencia entre llamarse apóstol de Cristo hoy día, cuando ya cesó ese oficio, y decirse patrocinador de semejante fechoría y arrogancia. Pablo no formaba parte de los doce apóstoles, de acuerdo a lo que él mismo escribió; por ejemplo, dijo que se había reunido con los doce. Sin embargo, agregó que él era apóstol porque Jesucristo se le había aparecido a él, como a un abortivo, como el último de ellos. Ciertamente, la palabra apóstol significa enviado, pero el que seamos enviados por Dios a predicar el evangelio no nos convierte en apóstoles como aquellos doce ni como el número 13 (Pablo, el último de ellos).

    El vocablo ungido se refiere al Mesías que había de venir, pero también la Biblia nos dice que somos ungidos por el Espíritu Santo. No obstante, sería una osadía que raya en lo blasfemo alegar que somos los nuevos Mesías de estos tiempos. Ese juego de la literalidad del término para sugerir que poseemos la jerarquía de quienes recibieron ese calificativo en las Escrituras, conlleva un rango de ignorancia con atrevimiento pernicioso. Si no oramos y velamos de acuerdo a lo que nos dijo el Señor, no tendremos la sabiduría de Dios para discernir las mentiras del enemigo de las almas.

    Pedid y se os dará, ha dicho Jesús. Cuando pedimos recibimos, si rogamos por pan no recibiremos un escorpión. Lo que Dios hace por nosotros lo hace las más de las veces bajo el mecanismo de la respuesta a la oración que hagamos. Nos dejó ese legado, una enseñanza oportuna para ejercitarnos en ella. La oración secreta será recompensada en público. ¿Cuánto tiempo suma la eternidad? ¿Cuánto tiempo pasamos al día en comunión íntima con Jesucristo? Fuimos llamados de las tinieblas a la luz, se nos dio un regalo inconmensurable cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Ahora nos corresponde ejercitarnos en la fe, por medio de la palabra viva de las Escrituras y a través de la oración o comunión con Dios.

    Al igual que Elías deberíamos permanecer en la presencia de Dios. A partir de la convicción de esa comunión con el Señor se determinará lo que seremos. Dios es Santo, pero nosotros tenemos el privilegio de llamarlo Abba Padre. Eso también somos, hijos de Dios con la habilitación suficiente para ejercer el rol de miembros de su estirpe. Poseemos la asistencia gratuita del Espíritu Santo, el que nos ayuda a pedir como conviene. La oración no consiste en declarar ni ordenar que sucedan cosas, como si actuásemos bajo la praxis del oficio de la Nueva Era. Eso queda para los diablos, para aquellos que se jactan de espiritualidad efectista, que pretenden recibir admiración con su palabrerío.

    La doctrina de Cristo constituye el eje del Evangelio. Sin su doctrina no existe nada que nos sustente, de acuerdo a lo que Jesús enseñó: Cuando el Padre os enseñe, una vez que hayan aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Pero aquel que camina en sus senderos de perdición, aún su oración se le cuenta como abominación (Proverbios 15:8). El hombre de mal, que no tiene la fe de Cristo, no es escuchado por Dios en sus oraciones. Sus sacrificios se le computan como abominación. Donde no hay sentido del pecado ni de arrepentimiento, ni lamento ni intención de cambio, ¿cómo puede haber aceptación del Señor? Otro texto lo corrobora: El sacrificio de los impíos es abominación; ¡Cuánto más ofreciéndolo con maldad! (Proverbios 21:27).

    Las buenas acciones no expían la culpa del pecado, por lo que la religiosidad de millones de personas dentro de la cristiandad quedará sepultada junto a sus errores. El Señor les dirá en el día final: Nunca os conocí. El engañador que pretende por sus actos religiosos rendir tributo al Todopoderoso, sin haber sido llamado de las tinieblas a la luz, será semejante a Esaú, al Faraón o a Caín. La humanidad se divide en dos partes, de acuerdo a la Biblia: las ovejas y las cabras. También se menciona otra metáfora de esta división: los árboles buenos y los árboles malos. Jesús ha dicho que él colocaría su vida por las ovejas (recordemos que éstas se subdividen en perdidas y encontradas). Todas las ovejas perdidas serán conseguidas por el buen pastor; los árboles buenos son los únicos que dan buen fruto. Ese fruto que procede del corazón se conoce por lo que la boca pronuncia: De la abundancia del corazón habla la boca. ¿Qué es lo que pronuncia cada creyente redimido, como árbol bueno que es? El Evangelio verdadero. El árbol malo, en cambio, pronunciará siempre el evangelio anatema, esa mezcla entre verdad y mentira. Los árboles malos tienen apariencia de piedad, se dan a los ritos, a las acciones místicas, intentan buscar pruebas de su espiritualidad a través de los falsos dones especiales de hoy día.

    Juan nos recomienda probar los espíritus para ver si son de Dios. Se entiende que el creyente no se extravía en medio de los espíritus demoníacos, sino que habla con personas humanas. Por lo tanto, esa prueba se refiere a las personas que conocemos, ya que dependiendo del Evangelio que confiesen se develará el contenido de sus corazones. El falso creyente tiene cuesta arriba reconocer la soberanía absoluta de Dios, puede ser que incluso la confiese pero por sus argumentos colaterales saldrá a la luz su desvarío doctrinal. La mezcla de lo bueno con lo malo resulta abominable para Dios.

    Se deduce que somos de la verdad y amamos la verdad. Recordemos que Jesús tuvo discípulos que degustaron su palabra y sus milagros, pero que no resistieron la evidencia de la soberanía divina. Ellos murmuraron y dijeron que esa palabra era dura de oír (Juan 6: 60). No son pocos los que se dan a los ministerios eclesiásticos, pero de nada les sirve para sus almas si se resisten a la doctrina del Señor. En Juan 6 leemos que Jesús insistía en que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajese. En Juan 17 leemos que el Señor no rogó por el mundo por el cual no vino a morir, sino solamente por su pueblo (los que el Padre le dio y le seguiría dando). Todo esto va de conformidad con el resto de las Escrituras, como es el caso de Mateo 1:21, por ejemplo.

    Llegar a conocer al buen pastor pasa por ser la mejor de las suertes que pueda experimentar ser humano alguno. No en vano Pablo aseveró que tuvimos suerte en Cristo (Efesios 1:11, según la versión Reina Valera Antigua). Ahora colocaron herencia, pero recordemos que en la antigüedad la herencia era echada por suertes (la Kleronomía). Los turnos del sacerdocio antiguo tocaban según la suerte echada mediante una piedra pequeña llamada Klerós, como señala el griego de la Septuaginta. Pablo nos habla de esa suerte nuestra de haber sido escogidos desde la eternidad para esta redención tan grande.

    Somos muchas cosas al mismo tiempo, todas ellas muy buenas. Vivamos bajo el incentivo que nos obsequia el sabernos poseedores de tantas maravillas, solamente porque fuimos escogidos por el Padre. No hubo nada en nosotros, excepto pecado; pero Dios tuvo misericordia de muchos y estamos incluidos. Lo que Dios no quiso desde el principio no debemos reclamarlo, pero sí continuar con ahínco esta carrera que tenemos hasta que lleguemos a las moradas celestiales. Por cierto, también poseemos la ciudadanía del reino de los cielos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA OFENSA DE LA PREDESTINACIÓN

    El verso 2 de Romanos 10 señala que hay personas que poseen anhelo de Dios, pero no conforme a ciencia. La razón esgrimida es sencilla: ignoran la justicia de Dios y establecen la suya propia. Cristo es la justicia para el que cree. Podríamos preguntarnos qué es creer, pues los demonios creen y tiemblan. Muchos dirán aquel día: Señor, en tu nombre hicimos muchas cosas, pero serán rechazados ya que nunca fueron conocidos. Entonces ¿por qué el mandato de esforzarse y de entrar por la puerta estrecha, de ir por el camino angosto, de ser valiente para arrebatar el reino de los cielos? ¿Por qué se dice que debemos perseverar para ser salvos?

    Un nuevo elemento debemos incluir en esta reflexión sobre el llamado que se nos hace. Dios siempre ha tenido un remanente escogido por gracia, no solo de entre los gentiles sino también respecto a Israel (Romanos 11), y si por gracia, ya no es por obras. En Juan capítulo 6 se relata el planteamiento de Jesús a muchos de sus discípulos acerca de quiénes eran, son y serán los que pueden ir a Jesús. Cierto que muchos son llamados y pocos los escogidos. La obra de Dios es que creamos en el que Dios ha enviado, sin embargo no todos los que oyen la palabra enviada llegan a creer y no todos los que dicen creer lo hacen de veras.

    En el relato de Juan 6 observamos un grueso número de discípulos que “creían” en Jesús como hacedor de maravillas, habían presenciado el milagro de los panes y los peces, beneficiándose de esa dádiva.  Ese había sido un evento reciente, con apenas 24 horas de acontecido.  Dice Juan que muchos de ellos eran discípulos, lo cual implica que oían sus enseñanzas, las creían (de otra forma no serían llamados discípulos), se animaban unos a otros y se maravillaban con sus milagros.  Además le seguían de día y de noche.  Con todo eso todavía se preguntaban qué señal sería necesaria para creer que Jesús era el Hijo de Dios.

    En ocasiones solemos demandar señales nuevas que verifiquen si somos o no hijos de Dios. La duda pareciera embargarnos, pero salimos a flote al entender que si le amamos a Él es porque Él nos amó primero. La lectura de Juan 6 despeja la duda, pues ´Todo lo que el Padre le da a Jesús vendrá a él, de manera que Jesús no le echa fuera´ (verso 37). Y la voluntad serena, inmutable, desde los siglos, es que de todo lo que le diere a Cristo éste no pierda nada. Todo y nada, opuestos en los que se mueve el inconmensurable amor del Padre para con sus escogidos o elegidos. Todos ellos son enviados a Cristo, la puerta angosta o estrecha, para que sean rescatados por el pago en la cruz. Ese amor se refleja además en que está basado en una voluntad inquebrantable: que Cristo no pierda nada de todo lo que el Padre le envió (v.39).

    De allí que cobre sentido que la perseverancia de los escogidos ha de darse plenamente; ellos son valientes para arrebatar el reino de los cielos, en tanto procuran andar por el camino angosto.  Los elegidos comprenden que de no haber sido por la elección eterna nadie sería salvo. Ya lo dijo Isaías, si el Señor no nos hubiera dejado remanente seríamos como Sodoma y Gomorra.  Y Pablo argumenta que fue en Isaac que sería llamada una descendencia (Cristo).  El elegido entiende que no existe buena voluntad en su naturaleza o voluntad como causa para poder aspirar al reino de los cielos. 

    Entiendo además que esta palabra de la elección que enseña que ´nadie puede ir a Cristo, si el Padre no lo enviare´ es una palabra fácil de oír. Los discípulos reseñados por Juan 6 encontraron esta palabra ´dura de oír´. Ellos encontraron que esta palabra les ofendía (v.61), porque la elección ofende a los no elegidos. La palabra de la elección suele ser repugnante para no pocos “cristianos”. Por algo el Señor les preguntó a esos discípulos si lo que les estaba enseñando acerca de la predestinación les ofendía: ¨¿Esto os ofende?¨…Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.¨ La consecuencia inevitable fue que desde entonces ¨muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.¨ (v.66).

    Hoy día contemplamos a miles de “creyentes” (discípulos) que no se mueven atrás, pero que continúan ofendidos con la palabra de Cristo.  Argumentan que esa palabra es repugnante, pero constituyen iglesias, congregaciones bajo la pretensión de seguir al Maestro a través del simulacro de las normas de conducta de la institución evangélica.  Suponen que el Señor se agrada de sus sacrificios, pero se olvidan de que no todo el que le diga ´Señor, Señor´ entrará en el reino de los cielos. Solamente entrarán los que hagan la voluntad del Padre, y uno de sus mandatos primordiales es creer lo que la Escritura enseña.  ¿Acaso desde Génesis hasta Apocalipsis no está anunciada la doctrina de la Soberanía de Dios?  De verdad que Dios hace como quiere, sin que nadie pretenda ser su consejero, y no tiene por bueno que alguien le diga al oído que su predestinación es repugnante.

    Al final del relato de Juan 6 Jesús se volteó a los 12 para increparlos, diciéndoles que si se querían ir con los ofendidos por la predestinación que se fueran.  Pedro le respondió de inmediato y con la claridad del Padre: ¨Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna.  Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.¨  Pedro hablaba por los 12, pero Jesús de inmediato le aclaró que era él quien los había escogido, pero que uno de esos 12 era diablo, refiriéndose a Judas Iscariote, el que le habría de entregar. Vemos que por las palabras de Pedro, el Padre le había enseñado y Pedro había aprendido, como señala Juan 6:45.

    Esta enseñanza debería acompañarnos por siempre en este breve sendero de la vida, para dejar a un lado todo ápice de soberbia.  No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.  Le amamos a él porque él nos amó primero.  Nos escogió desde antes de la fundación del mundo, antes de que hiciéramos bien o mal, para que la causa de la elección reposara en el que elige y no en el elegido.

    Al mismo tiempo esta enseñanza nos dará a los escogidos de Dios absoluta paz, absoluta certeza para internalizar que verdaderamente nadie podrá separarnos del amor de Dios. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios. De allí que sobran los argumentos para suponer y creer con firmeza que los elegidos perseveraremos hasta el fin, tendremos valentía para arrebatar el reino de los cielos, cumpliremos con la voluntad del Padre. Dado que esas buenas obras han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas, no queda otra vía sino acompasarnos con la voluntad eterna e inmutable del Padre. No es que el caballo se coloca detrás de la carreta para empujarla, sino la carreta detrás del caballo para que éste la hale (Falazmente muchos suponen que si el caballo hala la carreta, entonces se puede afirmar su consecuente: que la carreta hala el caballo).  Asimismo, las buenas obras (la obediencia a Dios, el temor reverente, el hacer su voluntad inmutable) no son la causa para ir al cielo, son la consecuencia inevitable de tener una nueva naturaleza en nosotros, naturaleza dada por voluntad divina, no por voluntad de sangre, de carne o de varón. Esa nueva naturaleza se produce con el nuevo nacimiento, en el cual no tenemos arte ni parte según nuestra voluntad, pues la humanidad entera está muerta en delitos y pecados, por todo lo cual se presume que alguien ajeno a nosotros tuvo que habernos dado vida.  El hombre de la mano seca no podía extender su mano muerta; sin embargo, cuando oyó la palabra de Cristo diciéndole ´extiende tu mano´, la pudo extender. Asimismo, solamente los escogidos por Dios estamos en capacidad de oír su voz cuando ordena y opera en nosotros el nuevo nacimiento. 

    Lo hermoso de esta epopeya de Dios es que nosotros no sabemos quiénes son esos escogidos esparcidos por el mundo, solamente se nos ordena anunciar la buena nueva de salvación, pues sin duda habrá un grueso número entre los miles de millones de habitantes del planeta que serán despertados como Lázaro, para salir desde su tumba.  La palabra diciente de Cristo (el remato Cristou) específico es la del poder específico, la misma que le fue proferida a Pedro cuando se le ordenó que caminara sobre las aguas.  Esa es la palabra generadora del nuevo nacimiento. Dios sabe a quién llega su voz y quién será beneficiado con su anuncio. Mi labor es solamente anunciar, la de usted es la de oír, pero la de Dios es enviarlo o no a Cristo de acuerdo a sus planes eternos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SOBERANIA

    La doctrina de la soberanía de Dios va ligada al cumplimiento de sus promesas. Hay alrededor de 8.000 promesas en la Biblia, pero ninguna de ellas sería cumplida si no fuese Dios soberano sobre toda cosa creada. Por esa razón las Escrituras nos mencionan otra enseñanza, la de la predestinación. Hemos sido predestinados por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de su gloria, habiéndonos escogido en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4, 11). Nos predestinó en amor, dice el verso 5, no en odio; esto resulta muy importante porque nos hace entender que Dios no odia bajo ningún respecto a su pueblo. Al que ama castiga, y azota a todo al que tiene por hijo.

    Esaú se describe como el modelo de los odiados por Dios; una figura similar a la del Faraón de Egipto, levantado para exhibir la furia del poder de Dios contra el pecado. Por igual, el hijo de perdición viene como imagen de un individuo odiado, como es el caso de Judas, apodado el Iscariote. Todos aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo son individuos no amados. Esto contrasta con el hecho del amor divino hacia sus elegidos (1 Pedro 2:8 versus 1 Pedro 2:4,5). Ovejas y cabras, dos figuras que no pueden intercambiarse; al igual que la ilustración de los árboles, uno bueno y otro malo; el árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo no puede darlo, sino el que es malo. La traición cumplida por Judas iba conforme a lo que estaba en las Escrituras, por lo cual debía cumplirse. Sin embargo, en ningún momento se ve a Jesucristo mitigando la responsabilidad del hijo de perdición. La predestinación no niega la responsabilidad de cada quien, al igual que la reprobación tampoco exonera de culpa.

    Nuestra responsabilidad deriva del hecho de que somos seres dependientes. Nadie puede reclamar independencia del Creador, como si hubiese surgido de sí mismo, ajeno a la voluntad divina. Por lo tanto, nadie tiene libre albedrío, lo cual hace suponer que por la carencia de libertad e independencia en nuestra relación con el Creador le debemos un juicio de rendición de cuentas. Dios todo lo determinó desde antes, desde la eternidad. Lo que Él determinó se fundamentó en su propia voluntad, no en lo que las criaturas irían a hacer. El hecho de que Dios sea soberano implica por fuerza que todas sus promesas se cumplen, como un sí y un amén. Cristo se nos presenta como el principio y el fin, como la motivación de la creación y como la meta de lo creado. Por él subsisten todas las cosas, para él fueron hechas y él recibe la gloria de todo cuanto acontece. Aún el malo fue hecho para el día malo, así que no surgió por casualidad ni en forma independiente de Dios (Proverbios 16:4).

    El Evangelio es considerado como la buena noticia, pero resulta buena para todo aquel que ha sido escogido para salvación desde la eternidad. Para el mundo por el cual Cristo no rogó (Juan 17:9), el Evangelio aparece como una muy mala noticia. Por esa razón el mundo nos odia, porque el mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo. Ese es el testimonio de Dios a través de las Escrituras, como bien se desprende de numerosos textos, en especial el Capítulo 6 del evangelio de Juan. Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo lleva. Nadie va al Padre sino por el Hijo. Solamente los que hemos sido enseñados por el Padre, habiendo aprendido, somos enviados al Hijo (Juan 6:44-45).

    Jehová ha anunciado por medio del profeta Isaías: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes de que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). La Biblia nos dice que creen los que están ordenados para vida eterna, que Dios nos ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de nuestra habitación.

    Añade la Escritura que fuimos conocidos (amados), por lo tanto predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). El Señor nos escogió desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Fuimos rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo, manifestado en la época apostólica por amor a nosotros (1 Pedro 1:20).

    Jesucristo fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, matado por manos de inicuos en la crucifixión (Hechos 2:23). Es decir, el crimen más horrendo de la historia fue una actividad del consejo divino, ordenado para beneficio del pueblo escogido. Muchos de los pecados cometidos contra el Hijo de Dios fueron profetizados, escritos con anticipación, como una muestra del poder del Dios soberano. Si Dios no tuviera poder suficiente, la humanidad hubiese cambiado la historia para que la profecía hubiese quedado inconclusa.

    El principio de la soberanía absoluta de Dios pasa por indispensable en los atributos del Altísimo. Él hace como quiere, todo lo que quiso ha hecho; Adán tenía que pecar por cuanto el Cordero estuvo destinado desde antes de que Adán fuese creado. No iba a quedar Dios con un fracaso, como si Adán hubiese podido no pecar; por esa razón hemos de escudriñar las Escrituras para comprender bien el sentido de la soberanía divina. Al mirar en sus líneas entenderemos aquello que de inmediato no captamos, pero siempre hemos de hacerlo con la humildad que caracteriza a quien ha sido salvado de pura gracia. No por obras, como también dice la Escritura, para que ninguno se gloríe; la redención se debe a que hubo un Elector, alguien que nos amó eternamente y dio a su Hijo en rescate por muchos (es decir, por todo su pueblo: Mateo 1:21).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL DOMINIO SOBRE LO CREADO

    John Wesley, el fundador del Metodismo, aseguraba que Jehová era peor que un diablo, alguien semejante a un tirano, solo si se tenía en cuenta la doctrina de la reprobación incondicional. Charles Spurgeon, el príncipe de los predicadores calvinistas, abjuró del Espíritu Santo, ya que aseguraba que él se rebelaría contra quien pusiera la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Resulta indudable que Pablo colocó esa sangre ante los pies del Señor, por mandato de la inspiración del Espíritu Santo. Acá tenemos a dos representantes de dos doctrinas tenidas por antagónicas, pero con el denominador común del espanto por la revelación bíblica. La doctrina de la reprobación es una de las más odiadas de las Escrituras, si bien aún continúan en sus páginas desde Génesis hasta Apocalipsis, como un testimonio del Dios Soberano.

    El Metodismo fue fundado por Wesley, de donde salió la corriente del Perfeccionismo. De esa rama surge el Movimiento de la Santidad, corriente que generaría en 1900 el sistema de la religión pentecostal, como la conocemos hoy en día. Se puede observar que nada bueno brota del falso evangelio, si bien muchos hombres de religión tienen por verdad sus enseñanzas de mentira. La soledad de Elías junto a la pregunta de Isaías, se unen al deambular en el desierto de Juan el Bautista: ¿Solo yo he quedado? ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Voz que clama en el desierto. Pero el que dirige esa orquesta es el Señor, el cual ha dicho: No temáis, manada pequeña…Muchos son los llamados y pocos los escogidos.

    Jacobo Arminio había dicho con anticipación a estos célebres del protestantismo que la doctrina de la soberanía de Dios (elección, reprobación, etc.) era absolutamente repugnante. Bien, los seguidores de su fe se han unido a los aparentes opositores de su tesis (la mayoría de los calvinistas) en un solo cántico: la reprobación debe ser reinterpretada. Presentar a Dios como quien odia a Esaú, sin mirar en sus obras buenas o malas, resulta muy antipático para las masas de la religión. Conviene darle giros al asunto, respuestas diferentes ante los dos lados de la moneda: elección y reprobación. La gente huye espantada frente a un Dios que se presenta como soberano absoluto, de manera que el libre albedrío humano viene en auxilio apaciguador para que las masas sientan un poco de solaz ante la declaratoria bíblica.

    Muchos son los doctos que se sientan a esgrimir tesis diversas en torno al tema. Ellos se erigen como argumento de autoridad, su capacidad intelectual los hace célebres y tienen seguidores por miles. Pero la Escritura no se borra, continúa como una piedra fósil que cuenta historias contundentes creídas solo por un público menor, la misma gente que sigue preguntándose al igual que Elías si solo ellos han quedado ante el Señor. Hemos de decir que el amor de Dios se manifiesta en forma más acentuada frente al odio que sostenido por aquellos sobre quienes cae su ira por el pecado, por la incredulidad y que son objetos del despliegue de su poder. Figuras de lo que decimos aparecen en la Biblia, quizás su mejor emblema lo constituya el Faraón de Egipto, un ejemplar réprobo en cuanto a fe que se suma a las filas de todos los otros réprobados cuya condenación no se tarda.

    El final de los impíos se comprende cuando uno entra en el Santuario de Dios y asimila su destino. El Señor los ha puesto en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados sus rostros por siempre (Salmo 73:17-18). Sabemos que Jehová ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor opera (trabaja) al impío para el día malo, dice la Vulgata Latina. Jehová llamará al réprobo plata desechada, porque Jehová lo desechó (Jeremías 6:30).

    Las naciones tenebrosas son levantadas por Jehová, como aquellos caldeos crueles y presurosos, dispuestos a poseer las moradas ajenas. Gente impía que actúa a sus anchas, pero por igual son mensajeros del Altísimo para destruir lo que Jehová quiso, con caballos más ligeros que leopardos y con jinetes que vuelan como águilas presurosas para devorar. Pasarán como el huracán, atribuyendo su fuerza y poder a su dios (Habacuc 1:6-11).

    Estas son algunas pruebas bíblicas de la cantidad de réprobos en cuanto a fe que Dios levanta de sobre la faz de la tierra. Son hechura suya, con el fin de exhibir su poder y su ira contra el pecado, ordenados para presa y destrucción, como personas que tropezarán una y otra vez en la roca que es Cristo. Asimismo apareció Judas el Iscariote, como muestra del poder del Señor para la matanza; un diablo escondido entre los discípulos, pero escogido por Cristo para que se cumpliera la Escritura. Su trabajo sucio fue preparado por el Padre, pero no por ello fue perdonado, sino que un ¡ay! fue dado contra él, y su trabajo fue tomado por otro. Satanás estuvo a su diestra (Salmos 109:6), como dictamen del Dios que puede echar cuerpo y alma en el infierno de fuego.

    El alfarero tiene toda la potestad de hacer con su barro lo que quiera. De la misma masa fabrica un vaso de honra, pero por igual hace con esa masa un vaso de deshonra. ¿Quién puede detener la mano o cambiar la intención de ese alfarero? Aún la reacción de cada quien a estos hechos narrados en la Biblia forman parte de las señales propias de los árboles que se forman. El buen árbol dará siempre un buen fruto, del buen tesoro de su corazón, y confesará el Evangelio de verdad; el mal árbol reaccionará junto al objetor y dirá que Dios es injusto. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Habrá injusticia en Dios? Esas son las interrogantes de los malos árboles, cuyo fruto lo confiesan por la boca. Poco importa el talante de su prestigio como hombre de fe (aunque sea la de la apariencia de piedad), como ha sido el caso de Spurgeon: Esaú fue condenado de sí mismo, porque vendió su primogenitura. Esa es la razón que tranquiliza por momentos la conciencia de los réprobos en cuanto a fe, para que se deje intacta su ficción del libre albedrío. A fin de cuentas, el Jehová en quien han creído sigue siendo un Dios de amor, que se despoja de su exceso de soberanía y permite que el hombre libremente decida su destino. De esa manera Jehová no tiene culpa en la condenación de Esaú, por lo tanto la gente puede decidir libremente.

    Bajo tal ficción, los miembros de la religión del extraño anotan fechas de conversión, tomas de decisión, pasos al frente en una iglesia, oraciones de fe declaradas públicamente, el nombre de sus padres espirituales, como un registro público que dará cuenta de su fe en el día final. Siguen ignorando la justicia de Dios, con sus oídos sordos ante las palabras de Jesús: si el Señor no los conoce no son suyos, así que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia.

    Dios soporta con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22), si bien también ha preparado los vasos de misericordia para exhibir las riquezas de su gloria (Romanos 9:23). Estos dos textos resumen su dominio y potestad sobre el destino de cada ser humano que Él ha creado de acuerdo a sus propósitos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com