Categoría: TRINIDAD

  • LA TRINIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

    Ciertamente, la teología revelada por Dios ha sido progresiva, vista en el tiempo indicado. Los israelitas no supieron el nombre de su Mesías por venir, ni comprendieron plenamente de cuál liberación se trataba. En general, ellos esperaban un libertador (al estilo de Moisés) que los libraría de yugos terrenales, de los sátrapas políticos. Pero les llegó uno que dijo que su reino no era de este mundo, por lo cual lo crucificaron y lo desecharon. Sin embargo, en retrospectiva, ese Mesías que vino sí que estuvo anunciado por los profetas, descrito con sus cualidades de Salvador Admirable. Bastaría con releer Isaías 53. Veamos un fragmento de ese capítulo: Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

    El Nuevo Testamento se compagina con el Antiguo en cuanto a que da respuesta de aquello que parecía oculto. De la manera como el sol se alza lentamente, de igual forma nuestro entendimiento comprende progresivamente, en tanto miramos a Jesús, el sol de justicia. La persona magnífica del Mesías no fue revelada de un solo golpe, sino que fue necesario que los que vivieron con él lo conocieran en todas sus dimensiones. Pero era el Mesías descrito en las Escrituras, aunque no existió la comprensión plena de lo que ellas decían.

    La doctrina de la Trinidad aparece ligada a la redención, de acuerdo al Nuevo Testamento. El redimido jamás negará al Espíritu como una Persona del Dios Trino. No puede, por cuanto es habitado por Él, es conducido a toda verdad, es quien nos ayuda a interceder como conviene. Un ser humano no puede blasfemar contra una fuerza, no puede poner triste al poder que proviene de alguien. Jesucristo advirtió que serían perdonadas las blasfemias contra el Padre y contra el Hijo, pero no las que van contra el Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo fuese una energía que proviene del Padre o del Hijo, ¿qué sentido tendría el castigo a recibir por hablar mal de una fuerza u objeto?

    El Antiguo Testamento subraya la unidad de Dios. Así lo vemos en nuestras traducciones del hebreo bíblico. Sin embargo, urge conocer la distinción entre dos vocablos muy parecidos que maliciosamente algunos han torcido para su propia perdición. La unidad de Dios es un concepto previo enseñado a Israel, para que no se pervirtieran con la noción del Dios en tres personas, como si de politeísmo se tratase. El mundo por doquier servía a dioses múltiples, así que la teología del Antiguo Testamento arranca con la didáctica acerca del Dios que es una unidad. De esta manera se hace una separación total entre la visión teológica del paganismo y la de la revelación bíblica.

    Ni triteismo, ni modalismo ni unitarios. En el primer capítulo del Génesis, así como en otros libros bíblicos, encontramos formas gramaticales extrañas para muchas lenguas. Una de ellas es la posibilidad de tener el sujeto en plural con un verbo en singular. De esa forma Elohim y Adonai aparecen como el plural de Dios, a los cuales se unen adjetivos. Hagamos al hombre a nuestra imagen (Génesis 1:26-27). ¿Con quién hablaba Dios, qué significa nuestra imagen? La Biblia dice en Deuteronomio 6:4, a partir del hebreo literal, lo siguiente: Jehová nuestro Elohim, Jehová es uno. En realidad, existe un término hebreo que significa uno y otro que significa unidad. Son muy parecidos, por eso conviene tener en cuenta cuándo aparece uno y cuándo el otro.

    Por supuesto, hemos de ayudarnos con diccionarios bilingües (hebreo y una segunda lengua) para poder comprender el sentido derrumbado con las traducciones. Me refiero a ACHID, frente a YACHID. En algunos contextos de la Escritura se usa ACHID que quiere decir UNA UNIDAD. Cuando en el Génesis se lee que fue la tarde y la mañana un día, se está empleando el vocablo ACHID (una unidad de dos objetos separados). Pero cuando en Génesis 22 leemos que Dios ordenó a Abraham tomar a su único hijo para el sacrificio encontramos YACHID. Ya podemos ir mirando la diferencia entre uno y otro término, pero también su similitud fonética y gráfica.

    Al decir que Dios es uno estamos en lo correcto en algún sentido, pero preferible la inspiración del Espíritu cuando se escribió ACHID para indicarnos que Dios es una UNIDAD. Es lo mismo que un Dios en tres personas, una unidad en sustancia y esencia pero constituida de tres personas. Muchos continúan con la ceguera, pese a la evidencia bíblica con cuantiosos textos que nos hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Son tres personas distintas pero que están en una unidad sustancial o esencial. Jeremías había alertado sobre la perversión de las palabras del Dios vivo, del Dios de los ejércitos (Jeremías 23:36).

    Cuando se habla de la unión del hombre con la mujer para que sean una sola carne (Génesis 2:24), se está usando el vocablo ACHID. Es decir, que el hombre y la mujer siguen siendo hombre y mujer pero en el matrimonio serán una UNIDAD. Ya nos referimos a Abraham (Génesis 22:2), quien fue ordenado para tomar a su hijo, su únicoYACHID, para ofrecerlo en holocausto. Si los judíos entendieron mal esta señal lingüística lo hicieron por el desvarío que debían sufrir de acuerdo a la profecía. No obstante, a nosotros los creyentes nos toca la tarea de juntar las partes, de estudiar los textos y de encontrar el desliz de las traducciones que ofrecen negligencia o mala intención.

    Algunos estudiosos refieren que ese descuido en la traducción de esos dos términos se originó con Maimónides. En sus artículos de fe correspondientes a su liturgia (judía), estaba la confesión: Yo creo con una fe perfecta que el Creador es Uno (YACHID). Más allá de estos dos términos, existe gran cantidad de pasajes bíblicos que nos hablan de las tres personas divinas. Resulta impactante leer Isaías 6, cuando Dios pregunta en singular y de inmediato pasa a un plural: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Vemos dos sujetos en esa interrogante múltiple (Isaías 6:8).

    Si leemos Juan 12:38 nos encontraremos con la referencia de Isaías. Dice el evangelista: para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? En Isaías es el Padre quien habla y hace la pregunta (en singular y plural), pero en Juan es Cristo también llamado Señor. En Hechos 28:25, Pablo habla del profeta Isaías diciendo que a través de él había hablado el Espíritu Santo. En síntesis, de acuerdo al libro de Isaías era el Padre hablando, pero según dijo Juan en su evangelio se refería al Hijo. Ahora, con Pablo ante muchos incrédulos, fue el Espíritu Santo el que habló por medio del profeta Isaías. No hay confusión, simplemente un Dios en unidad.

    Según el Génesis 18, Dios se revela a Abraham. Dice la Escritura que Jehová se apareció a Abraham y que él miró y vio a tres personas de pie sobre él. De esa forma Abraham se arrodilló para adorar con las palabras mi Señor (no mis señores). A lo largo del relato ellos hablan con él como si ellos fueran una unidad (no se dice que el varón uno dijo algo, el varón dos otra cosa y así el varón tres). Ellos hablan como Jehová recordándole a Abraham, y a nosotros, que para Dios no hay nada que sea difícil (Génesis 18:14). Los visitantes aparecieron como tres varones pero Abraham se dirigía a ellos en singular (mi Señor).

    Isaías 63: 7-11 menciona a Jehová, el Dios de Israel, al ángel de su presencia quien los salvó (su Salvador), pese a que el pueblo fue rebelde e hizo enojar su Santo Espíritu. Vemos que sí hubo mención suficiente de estas tres personas, pero fue una revelación progresiva que estuvo como un misterio, hasta que Jesucristo habló ampliamente acerca del Parakletos que enviaría para nosotros. Pese al misterio, en el bautizo de Jesús lo contemplamos a él como al Hijo amado, en quien el Padre tiene complacencia, de acuerdo a la voz que se oyó del cielo. De inmediato vino el Espíritu en forma de una paloma y se posó sobre él (Juan 1:33; Mateo 3:13-17).

    Otro texto imperante en el Antiguo Testamento dice lo siguiente: Acercaos a mí, oíd esto: Desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su espíritu (Isaías 48:16). Jesús es quien habla, diciéndonos que estaba desde el principio (como lo revela Juan 1:1-3); fue enviado por Jehová el Señor (el Padre), y por su Espíritu (Espíritu Santo). Bien dice la Escritura, que no seamos incrédulos sino creyentes. Existe un libro que recomiendo al respecto: The Trinity, de Loraine Boettner, en monergism.com totalmente gratis.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • POR CRISTO TENEMOS ACCESO AL PADRE POR EL ESPÍRITU (EFESIOS 2:18)

    Puede haber diversidad de operaciones, de ministerios y de dones, pero el Señor, el Espíritu y el Padre son el mismo. Son tres personas en un mismo Dios, con sus especificaciones separadas pero bajo un mismo propósito y una misma unidad. Si alguien rechaza esa concepción teológica de la Biblia, en preferencia de dos o de una sola persona, entonces anda en otro evangelio. El Padre perdona pecados pero el Hijo también lo hace, como lo asegura 1 Juan 1: 1-9, o como lo atestigua Esteban, el mártir que rogó al Señor (no al Padre sino al Hijo, Kurios en griego) para que no le tomara en cuenta el pecado de los que lo apedreaban (Hechos 7:59-60).

    La conjunción del Padre con el Hijo resulta inseparable, por cuanto dice el evangelio: Si alguien me ama, guardará mis palabras: y mi Padre lo amará y vendremos a él, para hacer morada junto a él (Juan 14:23). Si pecamos, entonces el Espíritu que está en nosotros se contrista (Efesios 4:30). También señala la Escritura el deseo apostólico: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros (2 Corintios 13:14). Ese Dios en tres personas se manifiesta a lo largo de la Escritura, aún desde el Antiguo Testamento, el cual es llamado tres veces Santo, en la visión de Isaías. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, dice el Génesis; vemos esa doctrina del Trino Dios en muchas partes de la Biblia. En Isaías 48:16 leemos: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    Los que se quejan de que en la Biblia no aparece la palabra Trinidad, no deberían leer la Biblia, ya que en ella no aparece la palabra Biblia. Nuestra fe, amor y obediencia al Dios en tres personas demuestran una forma particular de adoración a Dios. No hemos de honrarlo solo de labios, con el corazón alejado; más bien hemos de instrumentar la alabanza con actos de obediencia y misericordia, como el viejo ayuno enseñado por Isaías: dar de comer a los pobres. Desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar en libertad a los quebrantados, que rompamos todo yugo viene a ser el ayuno escogido por Dios. Partir nuestro pan con el hambriento, albergar a los pobres errantes en la casa, cubrir al desnudo y no escondernos de nuestros hermanos (Isaías 58: 6-7).

    Pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, el único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado; pero tenemos la garantía de llegar al reino de los cielos porque el Espíritu mora en nosotros hasta el fin. Ese Padre ha testificado del Hijo, en quien tiene complacencia, en tanto el Espíritu descendía sobre el Hijo como paloma. Pero existen los que no le creen a Dios, al Padre que testifica del Hijo, los cuales no tienen vida eterna. No es posible creer solo en el Padre y negar la unidad de las tres personas, por lo cual la Biblia advierte para que el pueblo elegido no se vaya tras las herejías de los falsos maestros. El que sigue al extraño no ha nacido de nuevo (Juan 10:1-5), por lo tanto no puede seguir al buen pastor.

    Cristo lo dice, que hemos de creer en Dios y también en él (Juan 14:1); Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre (Juan 14:16). Pero el amor que tengamos por la Trinidad se anula si amamos al mundo: No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2: 15-16). Si Jesús dijo que si creíamos en Dios creyésemos también en él, quiso dar a entender que él es igualmente Dios. Por eso también añadió que quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, pero eso no indicaba que se trataba de una manifestación modal sino de una diversidad de personas como ya bien se ha señalado por textos anteriores.

    El mundo captura nuestros afectos, dado que nuestras almas andan sujetas y atraídas por cuanta alharaca lanzan los medios audiovisuales. El ojo se va tras la imagen hasta cegarse el espíritu, dominando al alma que se hace prisionera de la vanidad de la vida. Cuesta seguir a Cristo, cuesta mucho darse a la oración; no en vano se nos ha dicho que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe. Eso parecería obvio e innecesario decirlo, pero si la Escritura lo menciona debe haber alguna razón de peso. Pienso que como Dios es Espíritu a nosotros nos cuesta entender que al orar Dios también sigue allí, sin importar que nuestros ojos no lo vean. Estamos tan acostumbrados al contacto sensorial (vista y oído, por lo menos) que nos parece que hablamos al vacío cuando oramos. Tal vez por ese motivo no aguantamos sino unos pocos momentos en esa actividad, porque nos da fuerte trabajo el estar seguros de que somos oídos, de que en ese sitio también está Dios. Una recompensa especial se agrega a ese anuncio: que Dios galardona (premia) a los que se le acercan y le buscan.

    Jesús es el gran Yo soy (Juan 8:24), por lo cual resulta básico y necesario darle la debida honra al Hijo, así como se honra al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió (Juan 5:23). Pablo rogaba por el amor del Espíritu (Romanos 15:30), deseaba la comunión del Espíritu (2 Corintios 13:14) para todos los santos, lo cual nos conduce a entender que tenemos un deber de obediencia que incluye al Padre, al Hijo y al Espíritu. ¿Cómo podemos tener comunión con el Espíritu Santo si andamos en desobediencia y contristándolo? La misma desobediencia impide que honremos al Padre, al Hijo y al Espíritu; la misma alabanza incluye a las tres personas.

    Si el Espíritu mora en nosotros, también vivificará nuestros cuerpos mortales. Ese Espíritu es el que el Padre envió, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús (Romanos 8:11). El Espíritu ejerce una función pedagógica en los elegidos del Padre, una vez que los ha hecho nacer de nuevo: los conduce a toda verdad, lo cual significa que los aparta de toda herejía. Ni por un momento los mantiene en la mentira, ni en el engaño teológico de las falsas doctrinas. Si alguien es engañado por los falsos maestros, tiene el indicativo de no poseer el Espíritu de Dios. Y si alguno no tiene tal Espíritu, no es de Dios.

    En Apocalipsis 1:4-5 Juan nos menciona a las tres personas del Dios Trino; el Dios eterno es el mismo Padre, que siempre era, que habrá de venir como siempre ha sido, sin sombra de variación. Es el mismo Jehová que incluye una temporalidad pasada, presente y futura, el gran Yo Soy de siempre. Al Espíritu lo significa con la figura de los siete espíritus, en virtud de su perfección y plenitud, así como en relación a las siete iglesias (un signo de la totalidad de la iglesia) a quienes el Espíritu ha sido dado. Luego añade al Hijo, el testigo fiel de su Padre, el Primogénito entre muchos hermanos, el Príncipe de los reyes de la tierra, el que nos amó y nos lavó de nuestros delitos y pecados por su sangre derramada hasta la muerte.

    Somos llamados a tener una comunión con las tres personas de la Trinidad. No olvidemos jamás que el diablo busca generar confusión y duda respecto a las tres personas divinas, como si eso obedeciera a un asunto histórico de caprichos eclesiásticos. Fallar en una de ellas implica fallar en todas, porque constituyen una unidad. Justo viene a ser reivindicar la concepción del Dios Trino para andar en la salud de la teología y vivir en la plenitud de la verdad. El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente (Santiago 4:5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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