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  • FALSO MAESTRO

    Un falso maestro entra por la puerta de atrás, no por el portal de las ovejas. Así lo afirmó Jesucristo, por lo que cuando  alguien sigue al guía de ciegos caerá junto con él en el mismo hueco. El buen maestro es enviado por el Buen Pastor, con la finalidad de dar buen alimento a sus seguidores (Jeremías 3:15). El falso maestro enseña mentiras, aunque combinadas con verdades que usa para hacer creer que viene de arriba. Este es un asalariado que busca satisfacer el vientre (sea su ego, su dinero, sus aspiraciones de líder, etc.). Los indoctos e inconstantes que los siguen tuercen las Escrituras, las perciben como algo duro de oír, pero lo hacen para su propia perdición.

    Tito 1:9 nos dice que el buen maestro -quien también es un administrador de Dios- ha de retener la palabra como fue enseñada por los apóstoles y por Jesucristo, para poder exhortar con sana enseñanza (doctrina) y convencer a los que contradicen. El verso 10 nos da la razón del deber hacer del buen maestro: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión (ahora se llaman mesiánicos, o los que también mezclan obras con gracia diciendo que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien hacer eficaz su muerte). Pablo le dice a Tito que a éstos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras.

    Los pastores y maestros conformes al corazón de Dios nos apacentarán (enseñarán) con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Dios no está reñido con la inteligencia ni con el conocimiento (ciencia), así que conviene conocer al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En cambio, los falsos maestros le huyen a la ciencia y se afianzan en el conocimiento subjetivo, místico, de experiencias individuales, para buscar un texto como pretexto. Desarticulan la Escritura para hacerla decir aquello que su ideología predica, de forma que mantienen a su rebaño contento, abismado con promesas y sugestionado para dar ofrendas y diezmos que Jehová no exige.

    El apóstol Pedro también dijo que habría falsos maestros para introducir secretamente herejías destructoras, negando al Señor que los compró o adquirió (como dice en lengua griega). No al Señor que nos compró con su sangre, porque cuando así se dice en el Nuevo Testamento se habla del Señor (Kuríos) y de su compra con precio de sangre; acá se dice que es el Despotes quien adquirió a toda la humanidad. Sabemos que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; de manera que en el momento de la creación adquirió por derecho de Hacedor todo cuanto hizo. Despotes se usa en lengua griega para describir al que es dueño absoluto.

    Nos sigue diciendo Pedro (2 Pedro 2:1) que estos maestros falsos traerán destrucción a los que los siguen, mientras el camino de la verdad se blasfema. Lo hacen por avaricia, con palabras fingidas (se colocan al lado del que esté de turno, de acuerdo a la teología que se le exija, pero fingiendo). Pedro dice que éstos hablan mal de cosas que no entienden, reniegan de la absoluta soberanía de Dios al decir que Esaú se condenó a sí mismo, que si Dios lo hubiese condenado antes de hacer bien o mal sería un Dios injusto, un diablo o un tirano. Hay quienes aseguran que sus almas se rebelan contra el que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, por lo tanto se rebelan contra el Espíritu Santo. Por eso Pedro les dice que hablan de lo que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción (verso 12). 

    El falso maestro anuncia mentiras respecto al carácter de Dios, colocándolo como atado de manos en virtud de su amor. El concepto de justicia lo pretende extender a todo el que quiera, como si Jesucristo, la justicia de Dios, hubiese representado a todo el mundo sin excepción en el madero. Olvidan que Jesús dijo la noche antes de morir que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos discípulos (Juan 17). 

    Por la doctrina se conoce al maestro; el buen árbol del buen tesoro de su corazón hablará, pero el falso maestro sacará la doctrina del mal tesoro de su corazón. La falsa doctrina enseñada denuncia al maestro en el acto, a pesar de su disfraz moral y su aparente amor. Es una manera moderna de pedir a sus seguidores que sigan a dioses falsos, a ese Cristo que en realidad es un anticristo, el que ha sido moldeado como lo que debería ser un Dios a imagen humana.

    Cuando el creyente examina con la Escritura lo que dice el supuesto maestro de verdad, puede darse cuenta de la calamidad que ha estado oyendo. Siempre encontrará algo en contra de la palabra de Dios, algo que delata el corazón de aquel maestro de mentiras. Al falso maestro le agrada atacar la soberanía absoluta de Dios, diciendo que su cualidad de Todopoderoso hace que la sangre del Hijo sea todopoderosa. En esa nueva relación semántica, el propósito de la muerte del Señor se extiende aún más allá de lo que procuró en la cruz. Hasta Judas hubiese salido favorecido si no se hubiese suicidado; Esaú habría sido salvo si no hubiese vendido la primogenitura, porque del Calvario corre poder como un río que no se detiene.

    Esa aparente nobleza del trabajo de Jesús niega la verdadera labor realizada en la crucifixión. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por el mundo amado por el Padre, pero no murió por aquellos por los cuales no rogó (los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados a tropezar con él, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo). Vemos que el falso maestro habla en contra de lo que específicamente enseña la palabra de Dios.

    Al falso maestro le agrada hablar palabras suaves, para alcanzar la paz de sus oyentes. Satanás hizo lo mismo con Eva cuando le dijo que no sucedería nada de lo que Jehová había dicho, que no morirían sino que serían iguales a Dios. Esto anuncia el falso maestro: usted no morirá por decir que Jesús murió por todos, sin excepción; más bien usted será aplaudido y querido por ello, porque llevará esperanza a toda criatura que lo escuche. El falso maestro anuncia que Dios tiene un plan maravilloso para la vida de cada ser humano, si tan solo se aceptaran sus condiciones. La Escritura demuestra que Dios no tuvo plan maravilloso para Judas Iscariote, ni para Esaú que fue odiado por el Todopoderoso aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. La Biblia proclama que Jehová hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que el malo no se formó como malo por cuenta propia; que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para venir en la era apostólica. Es decir, antes de Dios crear a Adán y a Eva ya Cristo estaba preparado como Cordero. Esto quiere decir que Dios tenía un plan que ahora se desarrolla. En ese plan no todos son salvados, sino solamente su pueblo escogido por gracia, sin mediación de buenas obras.

    Afirmamos que Dios hizo al hombre recto, pero que cada quien ha buscado muchas perversiones (Eclesiastés 7:29); a imagen y semejanza creó Dios al hombre y a la mujer. Por lo tanto, hubo rectitud en ellos, aunque el plan de Dios incluía el proceso de redención por medio de su Hijo, el cual llevaría la gloria exclusiva de Redentor. La Biblia insiste en que nos vistamos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Adán y Eva, aunque contentos con su felicidad, se aventuraron a conocer el bien y el mal, de manera que nos llegaron muchos males. En esa trampa estuvo Satanás inmiscuido, pero, como nos enseña el libro de Job, nada ocurre sin que Dios lo haya ordenado. Si Adán no hubiese caído en la tentación el Hijo de Dios no se habría manifestado para salvar a su pueblo, porque su pueblo no habría tampoco heredado la caída. Pero como en Adán todos mueren (en el espíritu), en Cristo todo su pueblo es vivificado.

    La Escritura enseña que aunque haya mucho número de personas en la tierra solo el remanente será salvo. La salvación de Jehová es eficaz, cierta, completa, no potencial, tampoco depende de la aceptación de la gente muerta en delitos y pecados. Dios resucita o hace nacer primero al elegido, para que cada redimido pueda tener vida en abundancia. La lógica resulta simple, pero la mentira siempre se manifiesta más compleja que la verdad. Por el mal fruto se conoce al falso maestro.

    César Paredes 

    retor7@yahoo.com

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  • LA ORACIÓN SECRETA

    Antes de que el tiempo tuviera comienzo, Dios había ordenado el pacto de gracia. Esto se hizo en Jesucristo, para la salvación de todos sus elegidos. Fuimos salvados no por causa de nuestras obras, sino por el propósito de la gracia divina, la cual nos fue otorgada en Cristo Jesús desde antes de que empezaran los tiempos (2 Timoteo 1:9). En virtud de esa gracia tenemos la providencia de Dios, librándonos aún antes de haber creído, para que su propósito pueda cumplirse en el tiempo de su poder.

    Hemos sido librados de incontables peligros, incluidas las más terribles inmoralidades del mundo; somos testigos de una cadena de providencias, pero de ello solamente nos damos cuenta una vez que hemos creído. Dios colocó en el regazo del Hijo las almas que quiso salvar, para que fuésemos rescatados de la muerte eterna. Por esa razón Cristo pidió por los que el Padre le había dado y los que le seguiría dando, dejando a un lado al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

    Pero aunque estuviésemos muy manchados, como consecuencia de la caída de Adán, pese a las corrupciones del mundo y de nuestras transgresiones, fuimos preservados para el llamamiento eficaz que nos otorgó vida. El Hijo de Dios vino en rescate por muchos, pero siendo todopoderoso no tuvo a menos su ejercicio en la oración. Su ejemplo nos grita a voces para que no abortemos esta capacidad de oxígeno, de manera que respiremos el aire suficiente para una vida digna.

    El libre favor de Dios en su amor nos salvó de pura gracia. Como fue escrito respecto a Jacob, que fue amado antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Lo mismo se dijo de su hermano Esaú, pero en sentido contrario: fue odiado antes de ser concebido y antes de que hiciera bien o mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    No dependemos de Adán, sino de la obediencia y sacrificio mostrados por Cristo.

    En ese nuevo pacto (el de gracia plena), el autor de Hebreos recuerda lo que Dios había dicho: que no se acordaría nunca más de nuestros pecados, sino que sería propicio ante nuestras injusticias (Hebreos 8:12). Esto no obvia la corrección a la que somos sometidos todos los hijos, para no ser tenidos como bastardos. Ahora hemos obtenido salvación por medio de la fe en la justicia de Jesucristo, ya que por medio de las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    Al poseer semejante garantía, la oración cobra mucho sentido. El principal punto de motivación para orar ante el Padre sería el hecho de que ciertamente Dios nos escuchará. El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8). Otro elemento relevante en la oración del creyente gira en torno a la promesa de Jesucristo. Nos dijo que oráramos al Padre en secreto, y el que ve en secreto nos recompensará en público (Mateo 6:6). La acción de apartarse (cerrar la puerta del cuarto) nos permite silenciar la distracción del mundo para buscar a Dios en un sitio privado y silencioso. Es el Dios que está en lo secreto, en la intimidad del espíritu humano, fuera de las multitudes y apariencias religiosas. Dado que Dios conoce la sinceridad del que ora en privado, recompensará en público al que así ore.

    Puede que nos parezca un asunto subjetivo el acto de orar a Dios, pero la recompensa no será solamente subjetiva sino pública, es decir, con la objetividad suficiente para que los demás puedan ver esa respuesta. Este punto rompe el ciclo de lo interno o subjetivo en nosotros, para demostrar que Dios es tan real como su respuesta.

    Dios es el mismo y no cambia; estemos ciertos de que los salvados bajo el Pacto Antiguo lo fueron en base a la misma gracia que tenemos hoy en día. Aunque vivieron bajo el mandato de una ley que les demostró su incapacidad para cumplir todos sus puntos, los que apuntaron al Redentor que vivía (como lo dijo Job, en Job 19:25-27), los que conocían al Hijo (como lo aseguró David, (Salmos 2:12: reverenciad al Hijo no sea que Dios se enfade), los que le creyeron a Moisés cuando aseguró de parte de Dios que les sería enviado un libertador (Hechos 6:37; Deuteronomio 18: 15) fueron redimidos de pura gracia. Toda esta gente murió conforme a la fe, sin haber recibido todavía lo prometido, mirándolo de lejos y creyéndolo (Hebreos 11:13).

    Nuestra justificación está fundamentada en la justicia imputada de Jesucristo. Así que no somos justificados por obras, como si pudiéramos tenerlas, sino por la fe de Cristo; fijémonos en la declaración de Pablo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5). Se nos sugiere que no obremos para salvación, sino que creamos en aquel que justifica al impío. De esta forma, la oración no trabaja para salvación sino confirma nuestra redención. Eso lo vemos por las respuestas que Dios nos da en forma muy objetiva.

    Dado que estamos en el pacto de gracia, que este pacto fue formado desde la eternidad, que el Padre nos tiene en sus manos y el Hijo también, que poseemos el Espíritu como garantía de nuestra redención final, lo que tenemos es un arsenal de pruebas de que seremos oídos y tendremos la respuesta debidamente.

    Ese mandato del Señor, de orar en secreto, ya había sido anunciado desde la antigüedad a través del profeta Isaías: Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación (Isaías 26:20). Aunque tenga referencia profética determinada, el paralelismo es enorme; sabemos que al clamar al Dios del cielo y de la tierra nos escondemos del mundo. El lugar de oración secreto es el sitio que denota seguridad. Esa seguridad se obtiene porque allí está el Padre Eterno, de manera invisible, sin que podamos verlo con nuestros ojos físicos (por eso debemos creer que le hay, y que es galardonador de los que le buscan). Ese Padre nos recompensará visiblemente, en público, como garantía de su bondad para con los que somos sus afectos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA APOSTASÍA Y LA TRIBULACIÓN

    La Gran Tribulación, para probar a los moradores de la tierra, genera una inquietud por saber si la Iglesia pasará por este juicio divino, la llamada ira de Dios, ya que es parte de nuestro vivir el ser atribulados con diversas pruebas. Al examinar los pro y los contra de una y otra postura, creo que -más allá del deseo de no estar en medio de semejante fuego cruzado por parte de Dios y de Satanás- conviene hacer un examen minucioso en la lectura del Apocalipsis, el libro que mejor anuncia los eventos del fin.
    Cuando comenzamos a leer el capítulo 1 del mencionado libro, el verso 4 ya anuncia el destinatario inmediato: Juan, a las siete iglesias que están en Asia. Más adelante el autor describe el sitio donde se encontraba, la isla de Patmos, por causa del testimonio de Jesucristo (la historia nos habla del destierro a esa isla, en donde se supone que muere entrado en años). En esa isla, en el día del Señor –suponemos que era un día domingo- Juan estaba en el Espíritu y comenzó a oír una voz que le ordenó escribir en un libro lo que él estaba viendo, para enviarlo más tarde a las siete iglesias que están en Asia. Estas siete iglesias tienen una particularidad geográfica, todas se encuentran en Asia, pero además todas ellas, vistas desde las alturas distantes, configuran algo parecido a un círculo. El círculo en la simbología universal señala la idea del continuo, de lo que no acaba, de aquello que empieza y termina con él mismo, de algo que visto a cierta distancia pareciera que pudiera comenzar y terminar en cualquier sitio. Las iglesias son enumeradas, y hay una primera seguida de una segunda, hasta llegar a la séptima que cierra el círculo. Esta aclaratoria es de importancia por cuanto en Asia existían más de siete iglesias; fuera de Asia también existían muchas más. Esto nos llevaría a las interrogantes de ¿por qué siete y no ocho o dieciséis, o por qué no nombrarlas a todas?
    Recordemos la simbología del número siete que es número de perfección. En el séptimo día descansó Dios de hacer su obra de la creación; el séptimo día es el del reposo, el que se dedica al Señor. Si el seis es número de hombre, y el tres denota trinidad en la Biblia, el triple 6 ó 666 es el hombre tres veces divinizado, tres veces rebelado contra Dios. Es por lo tanto la encarnación de la Bestia que se opone a Dios. Los números en la Biblia también tienen su significado y su razón de estar nombrados en determinados momentos y circunstancias.
    Siete iglesias distribuidas como un círculo debe llevarnos a la idea de la plenitud de las iglesias, a la totalidad de las iglesias. De allí que el mensaje de Juan no sea un mensaje local, restringido a un momento histórico pasado, a un grupo mínimo de comunidades eclesiásticas, marginando a la mayoría de las iglesias existentes en ese momento y mucho menos marginando a las iglesias que existen a lo largo de la historia del cristianismo. Es por lo tanto un símbolo de la totalidad de las iglesias, por lo cual conviene denominarse como el mensaje para la Iglesia en general.
    A medida que se menciona cada iglesia se le subrayan sus características y el Señor les anuncia a todas que Él conoce sus obras. Llama la atención que cerrando el conjunto aparecen las dos últimas iglesias: Filadelfia y Laodicea. A Filadelfia se le dice que tiene una puerta abierta que nadie puede cerrar, pues aunque es una iglesia de poca fuerza esa iglesia tiene el mérito de haber guardado la palabra de Cristo (yo diría la doctrina de Cristo) y se ha atrevido a no negar su nombre en medio de un mundo que quiere apagar el nombre de Cristo. Una gran promesa le es anunciada a este período que ella representa: Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra (Ap.3:10).
    En cambio, la iglesia que cierra el grupo, la del último período, cuyo nombre significa algo como la justicia del pueblo o el pueblo que gobierna, por el compuesto étimo de Laos –pueblo- y Diké –justicia, que puede ser también metafórico de gobernanza, da a entender que es la iglesia democrática, que toma sus propias decisiones, que se gobierna a sí misma, ha dejado al Señor mismo fuera de la iglesia. El Señor le dijo que estaba a la puerta llamando, para enfatizar que no está dentro de esa iglesia. Existen muchas razones para estar fuera: una iglesia que apesta pues le produce náuseas y vómito al Señor; se trata de una iglesia engreída, cargada de soberbia, de poder humano: tiene de todo, es rica y no necesita ni de Jesucristo, pues posee seminarios, doctrinas (en plural), intérpretes, profetas, libros exegéticos, diversas traducciones de la Escritura, nuevas interpretaciones actualizadas al momento histórico en que vive, se adapta al cambio sociocultural de las masas, posee muchos militantes, en otros términos, no tiene necesidad de nada. A esta iglesia no le promete ni la puerta abierta ni la liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero. Puede muy bien ser la iglesia apóstata que habrá de pasar por la Gran Tribulación, que ya no es iglesia por cuanto ha sido vomitada de la boca del Señor, al ser indigerible como asamblea de creyentes. Tan sólo queda en ella un conjunto de seres individualizados, que todavía tienen el chance de oír aisladamente la voz del Maestro que los invita a cenar (a la comunión íntima). Una vez que Juan oye la voz que le anuncia el mensaje a las siete iglesias, miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz que le decía: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Distingamos que la expresión después de esto viene precedida de la conclusión del mensaje a las siete iglesias. Además, la posición geográfica-casi circular de las siete iglesias, connota lo que empieza y lo que acaba como una totalidad absoluta. ¿Qué significa después de esto?Simplemente después de recibir el mensaje para las siete iglesias, después de haber hablado de lo que habrá de suceder a la iglesia en general.

    Juan miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz diciéndole que subiera allá, pues le mostrarían las cosas que sucederían después de lo antes dicho. Hay un orden establecido en la visión de Juan: primero recibe el mensaje para la iglesia, después es llamado al cielo donde se le muestra lo que sucederá después de lo profetizado para la iglesia. Con el señalamiento de te mostraré las cosas que sucederán después de estas, usted puede buscarlas en el libro de Apocalipsis a partir del capítulo 4, pero tenga en cuenta que van a suceder después de que sucedan las otras cosas anteriores, referidas al período de la iglesia. Lo que va de primero es el mensaje a las siete iglesias.
    Se habla a partir de allí de la adoración celestial, del rollo y del Cordero que fue el único digno de abrirlo, de los sellos y de algo muy importante, una multitud de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, delante del trono y en la presencia del Cordero, y se le dijo a Juan que esos habían salido de la gran tribulación, y habían lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Podría muy bien tratarse del remanente dejado de Laodicea que se arrepiente en medio de la lucha que supone vivir bajo la gran tribulación, que oyó la voz del Señor, desde fuera de la iglesia, a la puerta, invitándoles a cenar con Él. Sigue el séptimo sello, con siete trompetas que fueron tocadas una a una, y cada una de ellas traía castigo a la tierra. A Juan parece habérsele revelado el tiempo del fin, pues se le prohibió escribir (cap.10 verso 4) lo que había oído y lo que seguía a continuación, que el tiempo no sería más (verso 6).
    Después de eso tuvo que seguir escribiendo lo que tendría que profetizar acerca de muchas naciones, pueblos, lenguas y reyes. Entre otros eventos aparecen la mujer y el dragón, dragón que es Satanás persiguiendo a la mujer, la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, el que fue arrebatado para Dios y para su trono. Esa mujer no es otra que Israel, la de la promesa del Génesis 3:15, cuando se habla de la enemistad entre la simiente de Eva y la simiente de la serpiente, y esa simiente de Eva no es otra que la prometida a Abraham cuando se dice En Isaac te será llamada descendencia, cuya descendencia refiere a la simiente que es Cristo, el único con capacidad para herir a la simiente de la serpiente (el Anticristo). Por ello, cuando el dragón persigue a la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, no persigue sino al pueblo de Israel quien representa a la madre de ese niño, pues por la vía de Isaac y su descendencia nació Cristo. Nosotros nos preguntamos a estas alturas de la lectura del Apocalipsis, ¿por qué razón el dragón no persigue a la Iglesia de Cristo? ¿No es su enemiga esencial? La única razón lógica textual que encontramos es que esa iglesia enemiga de Satanás no estaría en la tierra cuando estas cosas estén sucediendo.
    Siguen los eventos de las dos bestias del abismo, las copas de la ira de Dios, la condenación de la gran ramera, la caída de Babilonia, el misterio religioso pagano y político. Podemos referirnos al Anticristo como la bestia cuyo imperio todavía no ha venido. Si miramos en Apocalipsis 17:8-11, verificamos que Juan hablaba de un bestia que era, no es y está para subir del abismo. Es decir, era del imperio de Roma, no es por cuanto todavía no había llegado, pero vendrá al subir del abismo. Nos indica que el hombre de pecado, el hijo de perdición, la abominación desoladora, entre otros calificativos bíblicos para este engendro satánico, debe proceder de lo que era ese imperio romano. Si miramos las profecías de Daniel observaremos a un príncipe que ha de venir; no sabemos sino que hará un pacto con muchos y en referencia con la nación judía.

    A Daniel se le habló de 70 semanas relacionadas con su pueblo (judío) y su santa ciudad (Jerusalén; Daniel 9:24). En el desglose que hace el ángel respecto a los particulares de la división de esas semanas, siete más sesenta y dos semanas, el verso 26 arranca con una interrupción de las 70 semanas, un paréntesis si se quiere, bajo la expresión siguiente: Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías … y el pueblo de un príncipe que habrá de venir destruirá la ciudad y el santuario (hecho ocurrido en el año 70 d.C.). El verso 27 agrega: Y por otra semana (la setenta) confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. El estilo narrativo de Daniel se da en forma cronológica, un evento primero y después el otro.

    En la profecía de Juan, el ángel le aclaró al apóstol que esta bestia (el Anticristo) será uno de los reyes anunciados, pero que será igualmente no solo el siete sino el ocho. Probablemente se deba a que este personaje sufrirá una herida como de muerte, lo verán sin vida y se levantará cuando esa herida sane (Apocalipsis 13:3). Juan, en Apocalipsis 17, menciona una bestia con siete cabezas que son siete montes y siete reyes. Referente a los reyes asegura que cinco de ellos han caído (antes de la época del apóstol Juan), uno es y el otro no ha venido. Es decir, se debe ser cuidadoso con la interpretación de lo que la letra anuncia, ya que si se habla de reyes, de los cuales cinco ya habían caído hasta la época en que Juan escribe, no puede referirse al papado que no existía para ese entonces. Lo más seguro, de acuerdo a los estudiosos de la materia, es que se refiera a los cinco imperios caídos hasta ese momento: Egipto, Asiria, Babilonia, Medo-Persa y Grecia. Juan escribía mientras vivía bajo el imperio de Roma.

    Ese último imperio (el séptimo) durará breve tiempo, los siete años de la semana que falta por cumplir, lo que concuerda con el período denominado la tribulación y la gran tribulación. Es entonces que se manifestará la abominación desoladora de la cual habló el profeta Daniel, de acuerdo a las palabras de Jesucristo en Mateo 24.

    Continuando con el esquema de Apocalipsis, vemos que inmediatamente después se oyen alabanzas en el cielo, un ¡ALELUYA! por los juicios verdaderos y justos, porque se ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra. Y más gritos de ¡Aleluya! porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado (Ap.19: 7-8). Y el ángel le dijo a Juan que escribiera que Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Después de las Bodas del Cordero, es decir, del matrimonio entre Cristo con su Iglesia, Iglesia que está en el cielo en ese momento de las bodas, Juan ve el cielo abierto y al caballo blanco y a Jesucristo montándolo, viniendo a la tierra para hacer justicia y tomar venganza en sus manos, y fue apresada la bestia y el falso profeta, y lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Siguió mirando Juan y vio lo de los mil años, el juicio ante el gran trono blanco, el cielo nuevo y tierra nueva, así como la nueva Jerusalén.
    Entonces queda claro por el texto que existen varios hechos relatados por Juan en un orden cronológico y lógico-textual. Ello permite afirmar sin temor a equívocos que la iglesia de Cristo que está en el cielo casándose con Cristo no puede pasar por la Gran Tribulación, sino que habiendo sido librada de la ira de Dios y del azote de Satanás en el período de siete años anunciado por Daniel en su famosa semana setenta, estará presente en sus bodas celestiales Pasará, sí, la iglesia apóstata, la iglesia tibia, la que Jesús vomita. Se arrepentirán los que Él tenga señalados para tal fin. Estos eventos relatados por Juan los vamos a resumir una vez más, para recordarlos más fácilmente:
    1-Que a Juan se le reveló acerca del destino de las siete iglesias, que conforman un círcuito geográfico, simulando con ello la idea de un período completo de existencia;
    2-Que se escogieron siete iglesias en lugar de las decenas de iglesias existentes en ese entonces, queriendo configurar con ello una significación especial, pues siete es el número de la perfección divina connotada innumerables veces en las Escrituras;
    3-Que la manera como está escrito el mensaje para cada iglesia da a entender un período in crescendo, es decir, un período progresivo en la historia, finalizando con las dos últimas iglesias, una a quien se le promete liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre los moradores de la tierra, y otra a quien no se le promete nada, sino que es vomitada por su tibieza y apostasía;
    4-Que finalizado el mensaje a las iglesias, el Señor mismo le indica a Juan que suba al cielo –ya no va a estar en la tierra como miembro de la iglesia- para que vea lo que va a suceder después de lo que acontecerá con ellas. Recordemos que una de las cosas que acontecerá a la iglesia es su oferta de liberación de la hora de la prueba (Ap.3:10). No dice el texto que los librará EN la hora de la prueba, sino DE (EX) esa hora. Su liberación de la hora de la prueba, da a entender que ella estará fuera de ese momento de tribulación, ya que la preposición griega ek se traduce como ex, fuera de;
    5- Después de estas cosas, es decir, después de lo sucedido a la iglesia acontecerán unos eventos pormenorizados de juicio e ira divinas. Y el Señor no nos ha puesto para ira, como señalan otros textos de la Escritura. Altamente significativo resulta mirar el texto de Tesalonicenses donde Pablo ordena los eventos a ocurrir antes de la Segunda Venida de Cristo. La venida del Señor viene después de que ocurran dos eventos: 1) la apostasía; 2) la manifestación del hombre de pecado (Anticristo).

    La gran mayoría de cristianos nos hemos dejado llevar (las más de las veces) por los diccionarios religiosos; el término apostasía significa el estado en que caminan los que se apartan de los principios del Evangelio. Eso es cierto, pero no es el único sentido del término. Ese sentido viene contaminado por la literatura religiosa cristiana de siglos atrás, si tenemos en cuenta que los vocablos se semantizan y desemantizan. Sí, ellos toman nuevos significados y se despojan de otros. En el contexto en que Pablo escribe conviene mejor buscar un diccionario etimológico griego que refiera a la época en que el apóstol escribió, para determinar lo que quiso decirnos.

    Cerca de once versículos existen en el Nuevo Testamento con el término apostasía tal como lo vemos, o bajo la forma verbal: apostatar. Por ejemplo, en el libro de los Hechos cuando el ángel le libera de las cadenas de prisión a Pedro, le ordena atarse las sandalias e ir a la casa donde lo esperaban. Inmediatamente después, el texto griego dice que el ángel apostató de Pedro. Es decir, el ángel se apartó del apóstol. Otros textos nos dan a entender que puede significar divorcio, despedida, separación, un sentido muy distinto del que vemos hoy día: apartarse de la fe, como si fuere una regla. La lengua griega usa preposiciones para anteponerlas a los verbos, de manera que cobren otro significado. APO significa hacia arriba, desde, sobre, encima, etc. El verbo ISTEMI significa ponerse de pie, levantarse, etc. De manera que la combinación de la preposición con el verbo bien puede referirse, cuando se sustantiva, a la levantada hacia arriba, la partida, la despedida de este mundo, la separación de este mundo, al divorcio de este mundo, etc. No es forzoso que tenga el sentido religioso que se ha incorporado después de que Pablo escribiera la carta, de acuerdo a las interpretaciones hechas por siglos.

    Pablo pudo resumirle a los hermanos que no se angustiaran por lo que le habían dicho con una carta fraudulenta, que el Señor ya había venido y los había dejado atrás. Pablo pudo aclararles precisando esos dos hechos, que la venida del Señor no ocurrirá sin que antes sucedan esos dos eventos: 1) la partida (apostasía en griego) y 2) la manifestación del hombre de pecado (la abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel). Aclaro que el hecho de apartarse de la fe ocurre como profecía de Pablo, pero dada en otra carta, cuando dijo que el Espíritu le decía claramente que en los postreros tiempos muchos apostatarán de la fe (1 Timoteo 4:1). Resulta por demás importante mirar el complemento determinativo (genitivo) que acompaña al verbo apostatar. Si el verbo apostatar significara por fuerza apartarse de la fe, el apóstol no habría colocado tal aposición en forma redundante. El ángel tampoco hubiera apostatado de Pedro en la prisión, no se habría hablado del divorcio entre las parejas matrimoniales si eso significara apartarse de la fe, etc. Incluso Pablo y Bernabé disputaban y se apartaron el uno del otro, cita bíblica en la que también se usa apostatar (pero ellos no se apostataron de la fe el uno al otro, sino se separaron uno del otro para evitar las disputas);

    6-Que después de mencionar la cadena de eventos terroríficos para los moradores de la tierra, Juan oyó las voces de gozo por la celebración de las Bodas del Cordero, el matrimonio de Cristo con su Iglesia. Eso sucede en el capítulo 19 versos 7 y 8 de Apocalipsis, poco antes de que el Señor, mencionado en el capítulo 19 versos 11 en adelante, monte su corcel blanco y sea visto como quien viene a combatir en la tierra con sus ejércitos celestiales, para apresar a la bestia y al falso profeta, Por lo cual, mal pudiera el Señor desposarse con su Iglesia si ésta se encontrase en la tierra. Y las bodas se celebran precisamente en el cielo, justamente antes de que él venga en su Segunda Venida.

    Los tesalónicos estuvieron preocupados por una falsa carta, donde se les decía que el Señor había venido y los había dejado. El apóstol los consuela y desmiente esa información, diciéndoles que dos eventos deben suceder antes de la venida del Señor: la apostasía y la manifestación del Anticristo. ¿Cómo puede Jesucristo casarse con su iglesia para después venir a la tierra a juzgar a la simiente de la serpiente si antes no se ha llevado a su iglesia para celebrar las bodas?
    Leer el texto nos da la orientación necesaria para entender lo que el texto mismo propone. Razón tenía el Señor cuando dijo: Examinen las Escrituras…Escudriñen las Escrituras, porque allí está la vida eterna, en ellas está descrita la verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DOS LADRONES

    El lugar de la crucifixión ha sido llamado el del Calvario, el de la Calavera, que en griego es el Gólgota, el sitio de la calavera.  Estos elementos del nombre donde fue crucificado el Señor son por demás ignominiosos y pasan a sumarse a sus sufrimientos.  Sin embargo, cuando el Señor triunfa en la pasión y la resurrección su victoria alude a la simbología del sitio donde fue sacrificado, al sitio de la muerte.  Triunfó sobre la ignominia misma, sobre la calavera como símbolo de la muerte. 

    Jesús fue crucificado con un ladrón a su derecha y otro a su izquierda, para significar con ello que él parecía como uno de los dos compañeros de muerte.  Se cumplía la profecía de Isaías, que sería nombrado con los transgresores.  La barbarie romana en el sacrificio del madero, dejado especialmente para las ejecuciones a criminales, es un crimen en sí mismo.  Esa salvajada constituyó una simple manifestación de la naturaleza humana.  Lo hicieron no porque eran romanos, pues podrían haber sido de cualquier nacionalidad,  sino porque estuvieron inspirados en su propia naturaleza, la naturaleza del hombre, aquello que queda dentro de nosotros como símbolo de la muerte en el pecado.  La naturaleza humana está fenecida en delitos y pecados y desde esa muerte actúa, como se ha demostrado por el salvajismo de las guerras y la crueldad de los imperios.  No hay un imperio honesto, sano, amigable, sino el inspirado en la rapiña, en la esclavitud para el vencido, como una patente del vencedor.  

    Cuando recordamos una de las pruebas hechas por Satanás a Jesús, especialmente cuando le pidió adoración a cambio de los reinos de la tierra, entendemos por medio de las respuestas de Jesús que esos reinos le pertenecen al príncipe de este mundo.  El rey de Babilonia, el príncipe de Persia, y muchos otros nombres que aluden al control de Lucifer sobre el gobierno del mundo, nos recuerda que el ofrecimiento a Jesús no le fue objetado.  Le fue objetado solamente la petición de adoración.  Con esto quiero estimar que tanto Roma, como todos los reinos anteriores, los que le siguen hasta nuestros días y los que falten hasta la consumación de la venida de Cristo, son controlados por la mano de Lucifer.  De manera que no puede haber un imperio bueno, honesto, pacificador, pues la naturaleza humana, envuelta en delitos y pecados, no deja ver la piedad en el actuar del hombre en la tierra.  Los príncipes del mundo son marionetas de Satanás.  Eso no quiere decir que el Dios soberano no tenga el control total de todos ellos, simplemente que ordena esa naturaleza humana para completar sus propósitos eternos.

    Las personas en torno al sacrificio de Jesús en el Gólgota estaban en su mayoría disfrutando de un espectáculo.  Parte de ese escándalo consistió en recordarle a Jesús que como Hijo de Dios había salvado a muchos, pero que no se podía salvar a sí mismo.  Eran proposiciones irónicas, pues si realmente le hubieran reconocido como Hijo de Dios no habrían hecho esa burla con esas frases. 

    Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos o más personas el mismo día, pero la crucifixión y la justicia allí eran romanas, y quizás por la comodidad de no repetir más ejecuciones, o por hacer más ejemplar la pena, los romanos permitieron que esto sucediera. Sin embargo, no era otra cosa sino el cumplimiento de la profecía: fue contado con los malhechores.

    Agustín de Hipona dijo una vez referente a este hecho de la crucifixión que la misma cruz fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda.

    El ladrón que en principio le injurió, pero que después tomó conciencia y cual hijo pródigo emprendió su camino de regreso a casa, recriminó a su colega, el malhechor que continuaba con sus sarcasmos y no respetaba el sufrimiento de un hombre inocente.  Ese ladrón reconoce a Cristo como el Señor, el que vendrá como Rey de reyes, por lo cual le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino. 

    Hay un texto en el Nuevo Testamento que hace alusión a una mujer con dos hijos, los cuales servían a Jesús.  Esta mujer se adelantó a otras madres y le dijo al Maestro que cuando él instalara su reino colocara a cada uno de sus hijos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda. Esta mujer mostró parte de nuestra naturaleza contaminada. No era consciente todavía de la naturaleza del reino de Dios, de la naturaleza de la gracia divina que ha alcanzado a los elegidos para salvación.  Ella pedía algo muy especial, pero que delataba la bajeza de nuestras pretensiones: hacía una solicitación para conseguir algo que deseaba su alma ambiciosa, se imaginaba que tenía algún derecho bien o mal fundado sobre el servicio que sus dos hijos habían prestado al Maestro. Tenía una ambición desmedida al suponer que si llegaba primero que otros, y proponía al Maestro su petición, tendría el derecho por ser la primera en hacerlo. A veces escuchamos a personas que argumentan que han servido al Señor muchos años y que ellos merecen tener ciertos privilegios particulares, fundamentados en el argumento de la cantidad del tiempo de servicio prestado.

    Pero el ladrón en la cruz, ante la inminencia de la muerte, ante la realidad de su castigo eterno merecido por sus muchos males cometidos, se aferró apenas a una esperanza en el Dios que da la vida y el perdón.  Con mucha humildad logró decirle al Señor que se acordara de él cuando viniera en su reino.  Solamente pedía eso: que se acordara que él había sido crucificado por sus culpas merecidas, que él le había reconocido como al Señor, que había entendido que la inocencia de Jesús no merecía semejante castigo.  No entendió mucho más, no tuvo mucho tiempo para teologizar el evento que estaba viviendo, ni tiempo para bautizarse o tomar la cena del Señor, pero en su más recóndita humildad pidió solamente un acto de misericordia, no un derecho.  Pidió que el Señor se acordara de él cuando viniera en su reino.

    Esa petición de misericordia bajo el estatus de humildad fue suficiente para conseguir una respuesta de gloria. El Señor le dijo inmediatamente que hoy estaría en el Paraíso. Esa petición en la más profunda humildad consiguió arrebatarle al Señor demasiadas cosas.  Fue el último ´robo` del ladrón, solo que esta vez arrebataba tesoros escondidos en los cielos.  Logró la promesa de parte del Fiel y Verdadero, de que estaría desde ese mismo día en el Paraíso, no en el Hades donde están los condenados, donde está el rico de la parábola relatada por Jesús;  logró arrebatarle a Jesús en el último momento de la existencia del Maestro en la tierra como cordero pascual una visión teológica del destino de las almas.  Ya el Señor lo había enseñado en la parábola del rico y Lázaro, pero en este momento frente a la muerte lo confirmaba, y le prometió que su alma estaría separada de aquellas almas condenadas, en el Paraíso, el lugar de los bendecidos. Esta manifestación teológica, patentizada en medio del dolor del sacrificio del martirio del madero, confirma a todos los creyentes que cuando mueran tendrán igualmente, cual el ladrón de la cruz, un espacio, una morada el el Paraíso con Jesús. 

    Apocalipsis 2:7 nos ofrece una esperanza similar:  El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Si nuestro precursor Adán allí tuvo su primera morada, en el segundo Adán (Cristo) hemos sido restaurados a la residencia celestial, con Cristo en medio nuestro.  Por eso el Señor oró en el Getsemaní, la oración previa al sacrificio y a su arresto, para pedir al Padre que aquellos que le había dado, estén con él, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Además, en esa oración Jesús mismo definió la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17). También Pablo confirma nuestra presencia en ese Paraíso cuando expresa que para él el vivir es Cristo pero el morir es ganancia.  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). 

    Lo curioso de este acto de humildad del ladrón ante Cristo es que el Señor no miró la hoja de vida del enjuiciado, no le recordó sus miserias, sino que lo redimió y a través de lo que le dijo nos informó a nosotros, mucho antes de que el apóstol Pablo lo dijera, que la muerte en Cristo nos llevaría inmediatamente al Paraíso. El apóstol Pablo no dijo estar en un sueño o sumergido en la inconsciencia, a la espera del día de la resurrección. Dijo que tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que estar en esta carne.

    ¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Esas palabras recriminaban al ladrón que continuaba con sus injurias y sarcasmos.  Barnes (Comentarios de la Biblia) afirma que esta ´misma condenación` se refiere a la muerte similar que los tres estaban padeciendo.  No se refiere en ningún momento a la muerte por la misma causa o razón, sino al mismo ´tipo´ de muerte física.  Sabemos que la muerte de Jesús fue muerte de sacrificio por nuestras culpas, pero la muerte de los dos ladrones era una muerte por sus culpas, y bajo la ley romana era una muerte merecida. 

    Si bajo la ley romana la crucifixión era el pago a los que habían quitado la vida a otros, a los que habían sido asaltantes, violadores y rebeldes, bajo la ley divina el castigo eterno sería una suposición lógica y teológica.  No obstante, Jesucristo nos muestra con su ejemplo del perdón al ladrón arrepentido, además de su oración magistral Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, que el criterio de justicia ha sido invertido.  Los romanos con su lógica jurídica buscaban reivindicación con el martirio; Jesucristo, el mártir inocente, buscaba el perdón para sus asesinos.  Era su opuesto y ejemplificó una conducta.  El perdón a los enemigos vino a constituir una nueva norma del hacer, ya antes anunciada en el Sermón del Monte.  Hubiese sido más fácil y lógico suplicar al Padre por justicia reivindicativa, pero quizo Jesús rogar por el perdón de esa gente engañada que le martirizaba.  Quizás la conducta que mostraba Jesús en medio de los actos de burla, de dolor, de pena máxima, sedujo al ladrón al arrepentimiento. Lo sedujo como al profeta Jeremías: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste… (Jeremías 20:7).

    De manera que Jesús en medio de dos ladrones nos enseña la tarea del perdón para con nuestros enemigos.  En vez de dar maldiciones cuando somos sorprendidos por el maltrato que se nos hace, por las injusticias que se nos comete, la palabra de bendición debe alinearse en nuestra boca para ser proferida hacia todos aquellos que nos  causan males.  Esa fue para Jesucristo su terapia en medio del dolor, dejar rebosar de amor su alma y no dejar acercar al odio que predispone más hacia el dolor. Es revelador que de las llamadas siete palabras, o siete expresiones, manifestadas por Jesús en el madero del monte de la Calavera, la primera de ellas fue la del perdón. Ella constituye por sí misma el propósito fundamental de su muerte: la compra bajo el precio de sangre del perdón del Padre para con la humanidad. Nuestro perdón fue comprado y Jesús al hablar con el Padre nos recuerda, con esa plegaria al iniciar su plática en la cruz, que su muerte es vicaria, sustitutiva, que él es el Cordero de la pascua; nos anuncia que su obra empieza a consumarse con ese sacrificio, pero nos predica la misma esperanza que le fue mostrada al ladrón que estaba a su lado.  No importan los tipos de delitos cometidos; no importa si fuimos incluso los asesinos de Jesús (ese sería el delito máximo); no importa si la justicia humana nos ha condenado y nos ha convencido de que debemos padecer por nuestras culpas (como había convencido la justicia romana al malhechor que estaba a su lado); lo único que importa es el anuncio del perdón por la autoridad para el perdón.  Jesucristo, el Cordero de la pascua anunciada, ha hablado su primera palabra, la cual sería el encabezamiento de su discurso en el programa establecido desde los siglos para su sacrificio. 

    Es como si con ese breve enunciado se pudiera ayudar a nuestra memoria olvidadiza, para advertirnos que el objetivo de su muerte era comprar nuestro perdón al Padre.  Por eso Jesucristo encabeza sus palabras con esa petición y con ese argumento: Padre perdónalos –es su petición; luego el argumento: porque no saben lo que hacen.  Porque tienen un velo en la mente, en el espíritu y no entienden lo que hacen, pues si hubieran entendido no lo habrían sometido a ese dolor.  Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).

    Pero el razonamiento del ladrón que no alcanzó el perdón lo llevó a su propia perdición.  Si tú eres el Cristo fue su plegaria, una proposición condicional cargada de razonamiento lógico, pero que implicaba duda acerca de la autoridad de Jesús.  Si tú eres el Cristo como tú mismo has dicho, como muchos han dicho de ti, entonces paso a proponerte el mejor negocio para ambos.  Primero que nada (y aquí viene la persuasión lógica de esa proposición) sálvate a ti mismo. Ese fue el mejor razonamiento que pudo tener en el momento de la muerte; con ese razonamiento de seguro se había conducido en toda su vida.  Si otros tienen tanto, yo les puedo quitar un poco.  Si a otros se les hace fácil la vida, yo se las voy a complicar un poco. Yo soy el razonador, yo soy el vindicador.  Por eso se le hizo fácil pensar de esa manera en ese momento de angustia y tránsito hacia el más allá.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo.

    Es lógico suponer que una vez que Jesús estuviera a salvo podría agradecerle por sus palabras cargadas de lógica y le recompensaría salvándole a él.  Como si Jesucristo no lo supiera, y no se acordara de que él era el Cristo; como si una sola palabra suya no hubiese bastado para que el Padre hubiere enviado a doce legiones de ángeles para favorecerle. Pareciera que ese ladrón razonador pretendió darle explicaciones a Jesús de cómo tenía que gobernar el mundo. Nos recuerda nuestros ocultos pensamientos y los pensamientos nada ocultos de los que piensan igual que el malhechor no perdonado:  Si Dios es amor ¿por qué permite tanto dolor en el mundo?  Si Dios es justo ¿por qué tanta maldad por doquier?  Siempre el si condicional, nunca el afirmativo.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y luego sálvanos a nosotros.  Esta terrible proposición lógica encierra la peor crítica al evento sacrificial de Jesús.  Presupone que un Dios todopoderoso, el Mesías esperado, debe ser capaz de evitarse a sí mismo semejante dolor; presupone que en consecuencia la liberación debe ser no solamente para el ladrón razonador sino para todos por igual, pues habla en nombre de nosotrosSálvanos a nosotros.  Sin embargo, el ladrón que se humilló habló por él mismo, no colectivizó, por lo cual dijo acuérdate de mí.  Por eso Jesús le respondió a este ladrón que hoy estaría con él en el Paraíso, pero  al que siguió injuriándole no le respondió nada. 

    César Paredes

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  • JUSTIFICACIÓN Y SANTIFICACIÓN

    La justificación viene por la fe de Cristo, como un acto judicial del Todopoderoso, quien nos perdona de la culpa y maldición del pecado, una vez que su ira quedó aplacada sobre aquellos por los que su Hijo murió. Esa justificación la recibimos en el momento en que nacimos de nuevo, pero se realizó mucho antes en la cruz del Calvario. Entretanto, estuvimos bajo la ira divina lo mismo que los demás. La santificación se ve como un proceso de separación del mundo, la santidad a la cual hemos sido llamados: Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

    La santificación la hace el Espíritu Santo en nosotros, como guía a toda verdad y como quien nos ayuda a pedir lo que conviene. Por otro lado, la Biblia nos exhorta a separarnos del mundo, de sus atractivos, de los deseos de los ojos y de la carne y la voluptuosidad. Se nos ordena hacer morir lo terrenal en nosotros, de manera que supone también una actividad donde nos involucramos en el día a día. No podemos ser justificados cada día, ya que se considera un hecho consumado; ninguna condenación hay para los que estamos en Cristo Jesús, los que andamos en el Espíritu y no conforme a la carne.

    Al estar justificados por Dios se supone que ya no caminamos en la carne; pero seguimos siendo carnales, vendidos al pecado, como lo declara Pablo en Romanos 7. Por esa razón percibimos a diario la vergüenza del pecado, su poder que todavía tiene su ley en nuestros miembros. Pero gracias a la justificación la ira de Dios no se enciende contra sus hijos, pues hemos sido salvados por gracia y para siempre. No obstante, hemos de temer el castigo de Dios en esta tierra, cuando como hijos desobedientes somos castigados y azotados por el Padre que nos adoptó como hijos.

    La Biblia asegura que Dios está airado contra el impío todos los días, que matará al malo la maldad, pero que el Señor conoce a los que son suyos. Mucho pueblo de Dios deambula por las calles de Babilonia como oveja perdida. A ese pueblo Jesucristo le ha dicho que salga de allí, que él buscará a sus ovejas hasta tenerlas todas en su redil. Nos toca a nosotros como aquellos que seguimos al buen pastor, anunciarles el camino de fuga, el sendero de paz al cual sus otras ovejas han sido destinadas. Por eso predicamos el evangelio de Cristo, sin palabras adulteradas sino con la semilla incorruptible de la verdad.

    El Espíritu Santo nos imparte la gracia y nos capacita para el ejercicio de las buenas obras en las cuales hemos de andar día a día. Por la justificación nos sabemos perdonados en forma total, solamente tenemos que confesar nuestros pecados diarios para recibir el perdón de Dios y evitar el castigo disciplinario al que pudiéramos ser sometidos si continuamos con los actos pecaminosos como si fuese un hábito. La santificación subyuga el pecado pero éste, como un animal herido, intenta levantarse para agredirnos. Ello nos demuestra que la santificación exige una capacitación y un alerta de nuestra parte, para huir de las tentaciones y de los pecados que el mundo nos ofrece como si fuesen sus mejores mercancías.

    En una de las listas dadas por el apóstol Pablo, acerca de los pecados que generan manchas sucias en los creyentes, se nos aclara que ya fuimos limpiados de ellas. Los practicantes de esas obras carnales no heredarán el reino de Dios, pero muchos creyentes fuimos en otro tiempo participantes de todas esas faltas o tal vez de algunas de ellas. El mismo apóstol participó en el asesinato de Esteban, cuando siendo Saulo de Tarso perseguía a los creyentes y los maltrataba. Al menos él sostuvo sus vestiduras mientras era apedreado; pero él fue perdonado absolutamente, por lo que nos da la advertencia contra esas malas acciones.

    Por Jesucristo hemos sido hechos por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; esto para gloriarnos en el Señor (1 Corintios 1:30). Santificar refiere en su étimo a separar, dándonos a entender con ello que estamos separados del mundo. Pero Juan da la advertencia de lo que hay en el mundo: los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Los deseos de la carne nos impulsa hacia las impurezas, los pensamientos libidinosos, el apetito por las palabras corrompidas, las acciones concretas de la carnalidad, la fornicación, el adulterio, las violaciones sexuales, el incesto y la sodomía apenas son una muestra de lo que el apóstol quiso indicar. Esta breve cantidad conforma parte del menú preparado por Satanás en su principado del mundo, porque todo eso deshonra al ser humano y provoca la ira del cielo.

    El deseo de los ojos sale como menú alternativo o combinado, pero siempre una opción para el hombre que camina según la carne y para el creyente carnal: desear lo que no nos pertenece, pasión por lo ilegal, miradas lascivas, ojos llenos de adulterio -como caballos que relinchan así cada quien lo hace por la mujer de su prójimo. Esos deseos lastiman a otros que son objetos de nuestra envidia carnal y objetos de nuestros actos malévolos (no en vano la palabra envidia tiene que ver con el mirar dentro del otro para desear algo que le pertenece). El ojo humano no se satisface de ver, dice Eclesiastés 1:8. Ya el salmista lo sabía por cuenta propia, por lo que escribió en su súplica: Aparta mis ojos, que no vean la vanidad (Salmo 119:37).

    El orgullo de la vida o su vanidad refiere a la ambición de recibir honras por ser el sobresaliente en todos los escenarios posibles. Incluso en el ámbito religioso ese mal ataca ferozmente, como les sucedió a los antiguos escribas y fariseos, que amaban el primer lugar en las sinagogas. Vivir en la lujuria (un deseo sexual exacerbado) y vivir en la pomposidad de la sociedad, en forma suntuosa (en el lujo extremo que no sacia) para ser admirados por los otros, o para ser reconocidos como poseedores de muchos bienes económicos, intelectuales o espirituales forma parte de esa vanidad que sería el otro menú servido por el principado de este mundo. El comercio en general participa y estimula este mal para el alma, al tratar de decirnos que conviene poseer algo que sea llamativo, de mucho orgullo y valor de admiración.

    Bien, si hemos sido perdonados debemos sentirnos felices por tal justificación, de acuerdo a lo que Pablo refiere sobre David: Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado (Salmo 4:8). Pero el apóstol nos acaba de decir en Romanos 3:24-25 que a pesar de haber sido destituidos de la gloria de Dios por causa del pecado anterior, los creyentes hemos sido justificados GRATUITAMENTE por la gracia de Dios, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Y es que Dios es un Dios justo que justifica al impío, pero lo hace en aquel que es de la fe de Jesús. De esa manera no existe jactancia alguna en ningún creyente, porque sabe que sus obras no ayudaron en nada en esta justificación divina, ya que todo su cambio de corazón fue hecho por el Señor que le dio, incluso, la ley de la fe: Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto es un don (regalo) de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Si hemos sido justificados, conviene seguir el sendero de la santificación, bajo la advertencia del apóstol Pablo: El que está firme, mire que no caiga. No pudimos hacer nada en favor de nuestra justificación, pero sí que podemos batallar en nuestros miembros para someter la carne al Espíritu. Es nuestra lucha diaria, para lo cual tenemos tres armas super poderosas: la oración, la palabra de Dios y el Espíritu Santo que mora en nosotros como garantía de nuestra redención final. No entristezcamos al Espíritu, más bien procuremos separarnos cada vez más del mundo y sus deleites. Ese mundo está condenado a pasar y perecer, pero el que hace la voluntad de Dios está destinado a permanecer para siempre.

    César Paredes

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  • LA RAZÓN HUMANA Y EL DADOR DE LA LEY

    La ley de no contradicción nos asegura que ésta debe ser universal. Pese a ello, muchos materialistas sostienen la existencia de un Dios universal, inmutable e inmaterial. Pero el sentido de la ley del deber ser (ley moral, tal vez) debería sustentarse en un dador de la ley. Una roca no será capaz de otorgar principios de vida, así que pareciera que la razón humana desvaría como dice la Escritura: Dios atrapa al sabio en su propia sabiduría (1 Corintios 3:19).

    El ser humano no puede demostrar sapiencia para su salvación, ya que en principio sostiene que Dios puede ser un reflejo de la esencia humana. La sabiduría del hombre lo ha conducido hasta burlarse del Dios de la revelación, para mostrar una insensatez en cuanto a lo que debería ser Dios. De allí surge la idolatría, una innumerable cantidad de visiones acerca del Dios que se espera, pero un profundo rechazo al Dios que se hizo materia a través de su Hijo Jesucristo.

    ¿De dónde proviene el deseo de los derechos humanos? Pese a que muchos no creen en Dios, en la naturaleza humana aparece un grito de justicia. El que una persona no crea en el amor no lo hace incapaz de amar o de ser amado. Cosas que no se ven existen y son de gran utilidad. De esta manera decimos que pese a que muchos no creen en el Dios de las Escrituras, la invocación de la ley lógica y universal en pro de la dignidad humana no se detiene.

    En el estudio del Derecho se ha propuesto el Derecho Natural como un baluarte de la raza humana, para los asuntos de la justicia diaria. Este tipo de norma general y universal ha tenido dos ramales fundamentales: 1) Derecho natural que proviene de Dios; 2) Derecho natural que proviene de lo que la naturaleza dicta a los hombre a través de sus culturas. Ya el viejo Derecho Romano sostenía dos categorías de la manifestación de la ley: Ius y Fas. El Ius refiere al Derecho humano, social y legislativo de los pueblos; el Fas hace referencia a lo que la divinidad haya otorgado como principios generales de conducta.

    La creencia en el Dios de las Escrituras se ve como debilidad humana. Estamos bajo el imperio de la ciencia, a través de la química, física, biología y otras disciplinas más. En ese imperio se venera la razón, pero la lógica también enseña que muchas tesis de la ciencia no pueden corroborarse. Entonces, ¿por qué el científico no se considera a sí mismo un ser débil? Los seres que cohabitan bajo el paraguas de la ciencia piensan que la razón y lo evidente son los únicos caminos para comprender la realidad.

    Si Dios sale de la ecuación de la ciencia, y por ende de la humanidad, ¿cuál sería el sentido de la vida? ¿Dónde quedaría el propósito de la existencia? ¿Cómo se sostendría la ética absoluta, si todo pasa por circunstancial y relativo? No podría el ser humano demostrar la existencia del mal o del bien, ya que la relatividad de las cosas que viajan fuera de la ética del dador de la ley no permitirían una valoración objetiva.

    Una vía reductiva de las cosas que percibimos se yergue como el horizonte por donde habremos de transitar. La materia pasaría a ser la prueba de lo que nos interesa, mientras el Dios Invisible quedaría fuera de todo estudio lógico y científico. De esta forma la desolación existencial corre pareja, en las barracas de la conciencia de que seríamos simplemente un ser para la muerte. Esta horrible visión de la vida se refleja en gran medida en la tesis de Pablo que profirió: Si Cristo no resucitó, somos los más dignos de conmiseración (1 Corintios 15:14 y 19).

    Pero Cristo se levantó de los muertos, para darnos la esperanza de la vida eterna. Esto sí que cumple un propósito de la existencia, sin que neguemos el fruto de los principios científicos que tanto bien le han hecho a la humanidad. Además, la verdadera ciencia habla a gritos acerca de la grandeza del Dios que nos ha hecho. Lo que cada creyente impugna son los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20).

    César Paredes

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  • GRACIA EFICAZ

    La gran pregunta bíblica fue escrita en el libro de Job: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:3). Si se puede responder a esta inquisitoria entonces no habrá duda en reconocer que la gracia resulta eficaz cuando ella es dada como regalo. En Efesios 2:8 Pablo dejó en forma explícita que la gracia, la salvación y la fe son un regalo de Dios. En otros términos, lo que viene de gratis no se paga, aunque eso no implique que no costó nada. A Dios le costó su Hijo y éste tuvo que pagar el precio por el pecado de su pueblo.

    Esa gracia que nos ha sido dada no nos convierte en robots, y si así fuese bienvenido sería que fuésemos como robots que van al cielo y no como libres al infierno. En realidad, el amor de Dios no exige libertad de albedrío, como si Él esperara que sus criaturas lo aceptaran libremente. En realidad, al leer el texto de Juan 6 vemos que hay un verbo griego utilizado por Jesús: ELKO, que quiere decir arrastrar, traer a la fuerza. Esa es la figura que usa Jesús cuando dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere (ELKO: arrastrara a la fuerza). Ese arrastre parece que dibuja el panorama en que nos encontrábamos: en enemistad con el Creador, en incredulidad acerca de las cosas del Espíritu de Dios.

    Una vez que hemos sido llevados por el Padre al Hijo nos convertimos en un pueblo de buena voluntad, porque a partir de ese momento hemos visto el poder de Dios. La gracia eficaz llega para producir la regeneración por el Espíritu, la conversión de las tinieblas a la luz, la restauración de lo que se había perdido. El que sea gratuito el don no implica que se ignore el evangelio, ya que la Biblia nos declara que nadie puede invocar a Jesús si no se le conoce. Al oír de Jesús por medio del evangelio, la persona que recibe la gracia soberana llega a creer con la fe de Jesucristo. Por supuesto, hay muchos que oyendo desobedecen el llamado general del Señor, porque para eso parecen haber sido destinados.

    ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa es otra de las interrogantes que muchos se plantean, pero que ya fue expuesta en las Escrituras. En Romanos 9 Pablo nos habla del objetor que eleva su puño contra el Creador, el que parece que supiera dónde estaba cuando Dios fundaba la tierra. El supone que vino por voluntad propia, que fue producto del azar, que si hubo un Dios tuvo que ser a semejanza humana. Por esa razón argumenta contra la decisión soberana de Dios frente a su obra de barro, cuando hizo vasos de honra y vasos de deshonra.

    Acá surge un interesante momento de reflexión. Todos estamos metidos en un asunto de conciencia sobre el bien y el mal; todos tenemos un llamado general (la ley de Dios en los corazones humanos) para lo cual estamos en posición de dar una respuesta. En realidad la única respuesta posible es la negativa, dada la enemistad propia entre la criatura y su Creador. Sin embargo, esa enemistad no anula el deber de la criatura. El deber ser continúa en nosotros todos los días, como la deuda que asumió Adán desde el momento de su desobediencia.

    Dios pasó por alto la enemistad que hubo en todo momento, por lo cual llama como buen pastor a sus ovejas. Las cabras jamás acudirán a su llamado, aunque sean atraídas en virtud del fruto de la pasión de los predicadores, de los evangelistas que desean número en sus actas. Las presuposiciones humanas en materia de teología no resultan comparables con las presunciones bíblicas. Mientras la Escritura nos viene como materia de autoridad, los presupuestos humanos apenas se asoman como proposiciones filosóficas de lo que debería ser la divinidad. La pregunta en Romanos 9 nos abre el abanico de posibilidades de lo que sería el Dios ideal para el ser humano, cuando cuestiona al Dios de la Biblia. Debería ser, primero que nada, un Dios justo (de acuerdo al criterio del que condena al Dios bíblico). ¿Hay injusticia en Dios? ¿Quién puede resistir a su voluntad? Entonces, ¿por qué inculpa a Esaú si fue odiado antes de ser concebido? (Romanos 9:13–19).

    Esas inquisitorias nos conducen de nuevo al plano de la gracia. Dios muestra su amor para con su pueblo, independientemente de la libertad de respuesta de su pueblo. A Dios no le preocupa la voluntad del elegido, como si lo hubiese escogido porque tenía cualidades morales superiores a los réprobos en cuanto a fe. Al contrario, ha dicho que lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es (o se dice ser). Podríamos más bien preguntarnos: ¿Por qué razón Dios salvó a algunos de entre toda la humanidad? Esa pregunta surge porque resulta evidente que ha podido dejar a todo el mundo en el mismo pozo de la desesperación.

    Los que resultan molestos por el odio de Dios contra Esaú parece que miran con recelo el hecho de que Dios haya amado sin renuncia a Jacob. No hubo nada bueno en la masa de barro, ni nada malo -como lo asegura Pablo; Dios hizo de la misma masa vasos de honra y vasos de deshonra. Esto fue hecho para la alabanza de su gloria al exhibir su ira por el pecado, pero por igual para exaltar su gloria por la misericordia sobre los vasos de misericordia preparados para vida eterna.

    No somos robots, fuimos libres para el mal. Sin embargo, en la soberanía divina esos libres para el mal son controlados como lo hizo Dios con el Faraón de Egipto, con Caín, como lo hace con aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. En realidad Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). No solo eso, aún el corazón del rey está en sus manos y a todo lo que Él quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11).

    Dios es un Dios justo y en su naturaleza no hay engaño; de esa forma puede estar enojado siempre contra el hombre pecaminoso. Puede ser que no todo el tiempo veamos el derrame de su ira, pero estará apuntando la iniquidad del impío para destruir al pecador. Aunque a veces parezca un Dios silencioso, su odio continúa contra el réprobo en cuanto a fe. Ahora bien, ese mismo Dios silente ama perpetuamente a los que ha escogido y llama su pueblo. Puede ser que parte de su pueblo todavía yazca bajo la ira de Dios -lo mismo que los demás- pero como son llamados a huir de Babilonia todas las ovejas acudirán al buen pastor en el día del poder de Dios. Ese es el día de su gracia manifiesta para la criatura que habrá de salvar.

    Precisamente, el amor de Dios se manifiesta en nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Estando nosotros muertos en delitos y pecados, Dios nos dio vida abundante en su Hijo. La paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. El deseo de quien evangeliza apunta a que el mensaje sea recibido y acogido en buena tierra; ese terreno lo prepara el Padre para que la semilla lleve fruto y el Hijo reciba el galardón de los hijos que Dios le dio.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • UN DIOS EN TRES PERSONAS

    El cristianismo se diferencia de inmediato de muchas religiones, ya que arranca de la concepción de una Divinidad compuesta por tres personas. Muchos militantes de la fe cristiana llegan a aceptar la idea de la presencia de un Dios creador del universo, incluso han superado el escollo de si el Hijo es sempiterno con el Padre. Pero la presencia del Espíritu como persona turba a un gran grupo todavía hoy en día. Incluso hay quienes a pesar de asumir al Espíritu Santo como una persona presentan dudas repentinas, basados en el supuesto de que se trata de una doctrina de hace un poco más de 1.400 años, cuando hubo discusión al respecto.

    Pero más allá del fondo histórico, la Escritura habla por sí sola. Como dijera un teólogo contemporáneo: la doctrina de la Trinidad ha sido una revelación progresiva en las Escrituras. Es decir, no fue dada de una sola vez sino que a medida que los autores inspirados escribían la doctrina aparecía más clara. Pero la Biblia nos sorprende de nuevo, ya que encontramos muchos textos que hablan del tema. Ciertamente, hay quienes sostienen que algunos párrafos del Nuevo Testamento fueron añadidos en forma espuria, para poder bajo ese argumento refutar la tesis de la Trinidad.

    Pero se les podría regalar uno que otro texto de la Biblia basados en su argumentación, mas con eso no podrían anular la enorme información acerca del Espíritu como una de las Tres Personas del Dios Trino. Dios es el Alfa y la Omega, el principio y el fin; con ello se habla de la eternidad de las tres personas y no tan solo de una de ellas. Dios es uno, una afirmación que habla de la unidad de las mismas tres personas, como quedó demostrado en la coherencia exhibida en el bautismo de Jesús. Mientras Juan bautizaba al Señor se oyó una voz del cielo decir que ese Jesús era el Hijo amado en quien Jehová tenía complacencia. El hecho de referirse a Jesús como Hijo denota al Padre como el que habla; pero se añade de inmediato que el Espíritu Santo descendió sobre él como una paloma (Mateo 3:16-17).

    John Gill, en sus Comentarios de la Biblia, señala una referencia importante respecto al ave en relación. Dice que en la época del diluvio, cuando Noé vio volar a la paloma con un ramo de oliva en su pico, como un regalo de reconciliación y de paz del Dios creador. Asimismo, el Espíritu representaba la paloma en el bautizo lo que Jesús cumpliría con su ministerio: traer La paz para los redimidos. Lo cierto es que el Cristo recibió gloria sobre él con ese mensaje del Padre, a través del Espíritu, misma gloria que tenemos los creyentes al poseer el Espíritu Santo como arras de nuestra redención final.

    El hecho del Espíritu como Persona, y no como una fuerza divina, lo relata Pablo en la despedida planteada de una carta: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén (2 Corintios 13:14). No se tiene comunión con un poder o con una fuerza, sino con una persona; así lo dijo Cristo: Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14:26). Decimos de igual forma que una fuerza no nos enseña y no nos recuerda lo dicho por Jesús, sino que lo hace una Persona.

    El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, dice el Génesis 1:1, mismo Espíritu que creó a Job: El Espíritu de Dios me hizo (Job 33:4). En Hechos 5 leemos el relato de Ananías y Safira, dos personajes que pecaron contra Dios. Pedro le dijo a Ananías que Satanás había llenado su corazón para mentir al Espíritu Santo, por lo que no había mentido a los hombres sino a Dios (Hechos 5: 3-4). Lo mismo le aconteció a Safira, su mujer, quien también expiró por haber tentado al Espíritu del Señor. Sabemos que pecar y tentar es posible contra una persona pero no contra una fuerza. Y si Ananías mintió al Espíritu Santo, mintió a Dios.

    Una fuerza tampoco nos consuela, pero sí que lo hace el Consolador enviado por Jesucristo para que habite en nosotros por siempre (Juan 14:16). Isaías 48:16 viene a ser un texto altamente probatorio del Antiguo Testamento, en referencia a esta doctrina de la Trinidad. Dice así el verso: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto, desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    Ese Señor que habló desde el principio refiere a Jesús, como lo atestigua Juan 18:20: Hablé abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, y no dije nada en secreto. Ese Jesús existía desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), es el Creador de todo (Juan 1:1-3). Pablo habla de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9). Es parte de la Trinidad del Génesis, cuando se dijo Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; pero lo es también el Espíritu y el Padre. Ese Dios Salvador tiene potencia y majestad, imperio y gloria, por todos los siglos (Judas 1:25). Ese Jesús que existió desde siempre fue enviado por Jehová el Señor, y por su Espíritu, para que en forma de carne predicara el Evangelio, cumpliera la ley, de manera que pudiera redimir con su crucifixión y resurrección a todo su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mediador entre Jehová y los hombres, es también el que envió al Espíritu a su pueblo para que sea nuestro Consolador. Si Dios es nuestro Padre nosotros amaremos al Hijo, porque habríamos nacido del Espíritu y éste habitaría en nosotros. El Espíritu Santo nunca asumió la forma de un ser humano, pero es representado en la Biblia bajo muchas imágenes: luz, agua, viento, fuego y un ave (una paloma). Sin embargo, su carácter y su ministerio reflejan acciones propias de una Persona.

    Horrenda cosa es minimizar la personalidad del Espíritu Santo, ya que Jesús habló contra todo aquel que blasfeme contra el Espíritu. Fijémonos bien en esa sentencia del Señor, ya que no resulta posible que alguien blasfeme contra una fuerza impersonal, como también resulta ilógico que un poder impersonal nos enseñe, nos guíe a toda verdad, interceda por nosotros con gemidos indecibles, comprenda la mente del Señor y nos consuele y ayude a pedir como conviene.

    La controversia de Arrio generó la herejía del arrianismo, la cual sostenía que Jesús no era coeterno con el Padre. Poca mención se hizo en el Concilio de Nicea, en el año 325 de la era cristiana, al tema del Espíritu Santo. Sin embargo, una ampliación del mismo, ya por el 381, defendió la tesis del Espíritu Santo como Persona Divina. Hay quienes hoy día pretenden argumentar contra esta tesis por cuanto apenas tiene cerca de 1.400 años, como si fuese un invento de un Concilio. Sin embargo, si se critica el hecho del debate en aquella época, habrá que criticar por igual el debate sobre la consubstancialidad del Hijo con el Padre, el hecho de que en ese Concilio del 325 se defendiera que Jesucristo es coeterno con el Padre.

    Una cosa son los concilios para discutir asuntos teológicos, los cuales pueden aclarar dudas, execrar herejías o incluso defenderlas; pero otra cosa es considerar que la Biblia no contenga pruebas suficientes para demostrar el hecho de que Jesucristo como Hijo de Dios es coeterno con el Padre, o que no pruebe que el Espíritu Santo como enviado del Padre y del Hijo sea igualmente Dios eterno y forma parte del Dios Trino. Lo que se discute en los concilios tiene fuero histórico para la historicidad de la iglesia; puede ser algo positivo o negativo, pero lo que la Biblia dicta y expone no puede ser objeto de rechazo por el hecho de que algunos de sus aspectos hayan sido sometidos a discusión en los Sínodos o Concilios.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • EN EL PRINCIPIO DIOS

    Esas primeras palabras de la Escritura nos dan cuenta de la eternidad del Dios creador. El principio lo es para nosotros, pero en ese momento ya Dios existía. El mundo creado no se hizo por voluntad propia sino por mediación de la voluntad divina. Dios hizo la materia con la cual formó al hombre a su imagen y semejanza, así que la materia no siempre estuvo ahí sino que también fue creada. El Génesis 1:1 nos habla de la magnitud del Creador y de la pequeñez del hombre que no existía en ese principio. Fue poco después que apareció la criatura humana formada del polvo de la tierra (Génesis 2:7).

    Existe una revelación natural en cada criatura humana, en relación a la existencia de ese Dios Creador. Las culturas lo demuestran a lo largo de la historia, aunque hoy día se pretenda negar esa gestión del alma humana. Pero la manifestación de la gloria de Dios por su creación solamente ha hecho responsable al hombre ante su Creador. Sin embargo, el pecado humano impidió el reconocimiento de la criatura y ésta prefirió dar culto a lo creado antes que al Creador mismo. Dios nos dio otra revelación, la inspirada por su Espíritu, a través de la agencia humana. A estas personas la Escritura los llama: los santos hombres de Dios.

    El evangelio de Juan comienza con la misma idea del inicio de todo: En el principio era el Verbo (Juan 1:1). Juan desarrolla el concepto del Verbo creador, del Jesús que hizo todas las cosas y para quien todas las cosas son hechas. Ese Verbo era Dios mismo, aunque sea el Hijo que vino a morir por todos los pecados de su pueblo.

    Pese a la inspiración divina de las Escrituras, la Biblia no apunta a inspirar o a alumbrar a sus lectores. Ella queda como testimonio de la revelación que Dios quiso darnos para que conozcamos su voluntad. Hay cosas secretas de Dios que no fueron reveladas (Deuteronomio 29:29). Aquellos santos hombres de Dios tuvieron el privilegio de que el Señor les confiara la palabra. Ellos fueron inspirados por el Espíritu Santo y hablaron de parte de Dios, de allí que ella sea suficiente maná para nosotros en el desierto de la vida. La suficiencia de la Escritura deja por fuera cualquier otra revelación que pretenda añadirse o aclarar la Escritura, ya que el Espíritu es quien nos guía y jamás se contradice. Esa palabra fue refrendada como verdad por Jesucristo, cuando oraba en el Getsemaní: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). La Escritura ha salido de la boca de Dios (Mateo 4:4), por lo que no puede ser quebrantada (Juan 14:26). Por lo tanto, toda la Escritura ha sido inspirada por Dios y resulta en gran utilidad para el hombre de Dios (2 Timoteo 3:16).

    La Biblia nos pone de manifiesto la ley divina, un peso que se inclina sobre nuestra cabeza, que nos acusa de nuestros fracasos. La ley nos educa por igual, pero su ideología intrínseca enseña que nadie puede cumplirla en todos sus puntos. De allí que hiciera falta la expiación anunciada en el Antiguo Testamento, modelo de lo que habría de venir. También la Biblia nos habla del evangelio, ya anunciado en las primeras páginas del Génesis. Cuando Dios cubrió al hombre con pieles de animales, anunciaba la expiación por derramamiento de sangre. De inmediato se hizo una promesa, la simiente de la mujer le daría por la cabeza a la simiente de Satanás. Esa simiente prometida es el Cristo, como lo asegura Pablo en una de sus cartas; por esa razón se hacían sacrificios en la época Veterotestamentaria y, llegado el tiempo, el Mesías daría su vida en expiación por los muchos que el Padre le dio.

    La ley divina sigue como espada de Damocles, continúa por siempre en esta tierra de gente caída. Ella recuerda la paga por el pecado, que es la muerte; pero hay una muerte peor, la muerte eterna, el apartamiento por siempre de la gracia de Dios. En ese lugar será el lloro y crujir de dientes, donde el gusano no muere (la conciencia, por ejemplo), donde el fuego no se extingue. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Así que también esta ley acusatoria forma parte del Evangelio anunciado, para que resalte la gracia de Dios que nos viene como regalo. La Escritura nos habla de la redención que hizo Jesucristo, de acuerdo a los planes eternos del Padre. Ya el Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, como se relata en 1 Pedro 1:20.

    Con la muerte de Jesucristo el Padre eliminó la enemistad entre Él y su pueblo escogido. Ahora tenemos una nueva justicia, la que es perfecta, la cual se llama Jesucristo, nuestra pascua. Jesús oró en el Getsemaní por todo su pueblo la noche previa a su martirio, pero dejó de lado al mundo que no fue escogido desde antes de la fundación del universo. Ese mundo comprende los Esaú, los Faraones, los Caínes, cualquier otro réprobo en cuanto a fe, los mismos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del cosmos (Apocalipsis 13:8; 17:8). Esa oración de Jesús presupone que al día siguiente fue a morir en la cruz por los beneficiarios de su ruego al Padre, de tal manera que llevó nuestros pecados y nos impartió su justicia.

    La salvación nos viene de pura gracia y no por obra alguna que hagamos. Ni siquiera el conocimiento teológico hace falta para llegar a ser redimido, aunque necesitamos todos de la predicación del evangelio. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11), por lo cual conviene averiguar quién es el Cristo y qué hizo. Pero el hombre natural no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios porque le parece que son una locura. Habiendo quedado imposibilitado para el conocimiento del siervo justo, resta el nuevo nacimiento pendiente. Si el hombre no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.

    Ese nuevo nacimiento opera por obra del Espíritu Santo, sin mediación humana alguna. Una vez que el individuo nace de lo alto, el Espíritu habita en él y lo lleva a toda verdad. Es de esa manera que dará el fruto bueno de la confesión de aquello que tiene en su corazón. Es decir, que el que ha creído de verdad tiene vida eterna, posee por igual el conocimiento del siervo justo y sabe a ciencia cierta quién es Jesucristo y cuál es su obra. No pensará jamás que Cristo expió los pecados de todo el mundo (incluido el mundo por el cual no rogó), sino que entenderá que Cristo murió por los que el Padre le dio, de acuerdo a las Escrituras (Juan 17, por ejemplo).

    El Hijo del Hombre vino a poner su vida en rescate por muchos (Marcos 10:45). De esta forma queda descartada la idea de que puso su vida por todo el mundo, sin excepción. Cuando Juan habla de Cristo como expiación de los pecados de todo el mundo, se refiere al mundo judío y al mundo gentil. Pero dentro de ese macro conjunto se entiende que está su pueblo escogido. También los fariseos aseguraban que todo el mundo se iba tras Jesús, pero ellos no lo siguieron. Tampoco lo siguieron los saduceos (los cuales negaban la resurrección de los muertos), ni lo hicieron los del Imperio Romano ni un gran etcétera de personas. En otras palabras, no siempre que la Biblia habla de todo el mundo se refiere a cada persona en particular, más bien se refiere a conjunto de personas de distinta índole.

    En el principio del mundo ya estaba el Cordero de Dios preparado para su pueblo. Ese es el buen pastor que conoce a sus ovejas, a quien también nosotros conocemos. Ese pastor puso su vida por las ovejas -judías y las de otro redil, los gentiles. El Padre amó a Jesucristo porque puso su vida para volverla a tomar (Juan 10:14-18). Más adelante, Jesús habla con unas personas y les dice que ellos no creen en él porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor no se van jamás tras el extraño, sino que siguen al buen pastor porque desconocen la voz del extraño.

    La condición de ser oveja precede a la condición de creer. Los cabritos no creerán jamás, pero las ovejas pueden deambular perdidas y serán buscadas y halladas, serán conducidas al redil y oirán la voz del Señor. Esa es la predestinación de Dios, tan anunciada a lo largo de todos los libros de la Escritura. Mucho gozo produce saber que Dios haya pensado en nosotros, desde antes de la fundación del mundo. En Juan 6:37, el Señor predica la predestinación y la soberanía de Dios, pero muchos no creyeron porque se ofendieron por sus palabras. En Juan 10: 26 el Señor reafirma su tesis frente a un grupo de personas turbadas en su alma porque no podían creer. Ellos insistían en pruebas especiales (señales y prodigios) para evaluarlas y sopesar si deberían o no creer en él. El Señor les dijo que él ya les había anunciado que era el Cristo, pero que ellos no creían; las obras o prodigios que hacía las hacía en nombre de su Padre, para que fuesen un testimonio de él.

    El problema con esa gente que veía señales y no podían creer, pero insistían en preguntar e indagar si Jesús era el Cristo, era que no formaban parte del redil de ovejas elegidas por el Padre. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no lo echo fuera (Juan 6:37). Queda entendido que aquellas personas de Juan 10:26 no habían sido enviadas a Jesús por el Padre, razón por la cual no podían creer. En resumen, en el principio creó Dios los cielos y la tierra; en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios. Ese Verbo habitó entre nosotros, vino para darnos ejemplo de vida y la confianza de la redención eterna.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • NOS HAN MENTIDO

    Nos han mentido una y otra vez, con el cuento de la evolución de las especies. En el siglo XIX se promovió a Darwin para destruir la infalibilidad de la Biblia, de tal forma que pudieran los políticos cercenar las bases de la monarquía impuesta por Dios. Esa también fue otra ilusión, la de aceptar cualquier despotismo monárquico como si hubiese de aceptarse la injusticia sin crítica alguna. Pero más allá de lo político, quedó como un baluarte biológico la tesis de la evolución, dándose por verdad probada la cercanía entre el ADN humano y el de los chimpancés.

    La tesis de la evolución asegura que todos los seres en la tierra evolucionaron a partir de un ancestro común. Además, añaden que la evolución de los seres vivos se ve impulsada por procesos naturales. Se habla del estado de necesidad, en la medida en que el medio ambiente exige el desarrollo de una habilidad el ser vivo la desarrolla aunque tenga que proceder a rediseñar la forma de un órgano, o la aparición del mismo. Acá cabe preguntarse quién le dio a la ameba (organismo microscópico unicelular) la idea de la necesidad del ojo, porque si no veía no sabía que le era necesario ver.

    La idea de que Dios concibió a todas las criaturas del planeta fue una voz casi universal, hasta la tesis de Charles Darwin. Una ideología atea se ha erguido detrás de la tesis de la evolución, otorgándole amparo para que diga en alta voz que Dios no tuvo nada que ver con el relato de la creación. Pero de igual manera aparece una contraideología, la que ataca a la ciencia como si fuese una gran mentira que está en enemistad contra Dios. Recordemos oportunamente al apóstol Pablo, quien nos hablara de la falsamente llamada ciencia. Así que ciencia es conocimiento, pero la falsa ciencia resulta un engaño en todo sentido.

    Los que desean reconciliar la Biblia con la Teoría de la Evolución de las Especies señalan el aspecto lírico del relato de la creación. En cambio, apuntan, la ciencia tiene un método diferente para exponer los hechos. Surge el Diseño Inteligente como una postura de los hombres de fe, un Dios diseñador, un Ser Inteligente que ideó todo cuanto acontece. Tal vez el relato del Génesis expone un conjunto de metáforas que no necesitan estar contra la ciencia, ya que ésta tiene un punto narrativo distinto. Nos encontramos con el principio religioso de un Dios organizador frente a la teoría de la selección natural. ¿Pueden ambas tesis pretender reconciliarse?

    Esta confrontación reconciliada supone partir de la Biblia como una lírica que al igual que el arte pretende dar sentido a la vida; en cambio, la ciencia daría cuenta del origen de lo que existe. Sin embargo, el creacionista se pregunta cómo apareció el pecado en la tierra y cuáles fueron sus consecuencias. Al parecer, la Biblia asegura que la muerte no entró al mundo sino por el pecado; en otros términos, el cristiano debería escoger si los parámetros de la teoría evolutiva son suficientes para opacar el hecho del pecado y la muerte como consecuencia.

    La tesis de la evolución plantea ensayo y error en los procesos naturales, con la aparición de múltiples fósiles que probaron muerte, desde hace millones de años. Pero la Biblia data la aparición del hombre apenas 6.000 años atrás. ¿Qué pasó con esos restos humanos que testifican de la muerte antes de que entrara el pecado en el mundo? Al parecer resulta irreconciliable una tesis con la otra, a no ser que el eclecticismo nos conduzca a la aventura de la asimilación de las dos posturas.

    El antagonismo de la Biblia con la evolución se despliega en sus páginas. Dice el necio en su corazón: No hay Dios (Salmo 14:1). Asegura la Escritura que las cosas invisibles de Él (Dios), su eterno poder y deidad, se hacen visibles en forma clara desde la Creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas (Romanos 1:20). Dios como Creador de todo cuanto existe viene a ser el objeto de las páginas bíblicas, para demostrar la gloria del Altísimo. Puede haber inteligencia en los científicos, pero su necedad al negar al Creador los delata como no sabios (Proverbios 1:7). Sí, vale la pena colocar el texto: El principio de la sabiduría es el temor de Jehová. Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.

    La historia nos ha demostrado que pese a la negación de ciertos eventos relatados en la Biblia, con el paso del tiempo la arqueología ha encontrado pruebas de la veracidad de sus páginas. Así sucedió con los Hititas, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciertos episodios narrados en el libro de Jeremías, para mencionar algunos pocos. Así que la arqueología bíblica ha probado datos históricos descritos en el relato de la Escritura, de los que en tiempos anteriores se dudaba (por ejemplo, el Túnel de Ezequías, el estanque de Siloé, el Gólgota, etc.).

    De igual forma algunos físicos han expuesto sus investigaciones que apuntan a una coherencia del relato bíblico. Por ejemplo, un físico de la extinta Unión Soviética llegó a la conclusión de que la tierra no podría tener más de 20.000 años de edad. Su síntesis se basó en los datos de medición de la radiación que el planeta recibe a diario y en la radiación que expele. Si se computa la radiación restante, en un período mayor a 20.000 años hacia atrás, la cantidad de radiación acumulada en el tiempo implicaría una explosión en partículas hasta la extinción del planeta. Esa interesante aseveración no tiene eco en los medios de comunicación controlados por las fuerzas de los Estados interesados en la negación de la palabra de Dios.

    De igual forma la medición del carbono 14 resulta un hecho curioso. Tal vez sea un ´reloj´ que permita medir correctamente dentro de un espectro de tiempo, pero no lo haría convenientemente en un período de tiempo mayor. Hay pruebas de radiación aumentada después de la explosión de la bomba atómica en 1945, así como de otros ensayos atómicos posteriores. Tal vez el planeta se vio sometido a influencia radioactiva por cataclismos que alteraron la medición de este prestigioso reloj científico.

    En fIn, confiemos en la palabra de Dios antes que en la falsamente llamada ciencia. Ciertamente, la ciencia verdadera es obra de Dios, debemos usarla y aplicarla en todo momento. Ella no está reñida con la lógica que el Creador nos ha dado, ya que Él mismo es el Logos eterno. En el principio era el Logos (el Verbo), dice Juan en su evangelio, por él fueron creadas todas las cosas. Ese es nuestro axioma de fe, no lo vamos a desechar por hipótesis surgidas que pretenden arrebatarnos la esperanza. Sí hemos de creer en la ciencia, porque todo conocimiento proviene de Jehová, sí debemos tener un espíritu científico, ya que los que tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (no científicamente) colocan su propia justicia y no la de Dios (Romanos 10: 1-4). Tenemos que evitar las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20-21).

    La historia nos demuestra con creces como en algunos períodos humanos se creían cosas como verdaderas pero resultaron falsedad. La alquimia hablaba de la transmutación de los metales en oro; la abiogénesis pretendía que los organismos vivos se generan espontáneamente; la metempsicosis se mostraba como una verdad acerca de la transmigración de las almas. Esos son algunas muestras de creencias de la falsamente llamada ciencia, al lado de supuestas pruebas fósiles de la evolución de las especies. Por cierto, se han hallado fósiles de peces distintos, que no podrían cohabitar porque uno sería el antecedente del otro en la cadena evolutiva. De esos errores de la ciencia los científicos muchas veces callan, pero se animan en tildarnos de subinteligentes a los que tenemos la fe de Jesucristo.

    Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. Permanece en ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:13-16). Ay de los que dicen verdadero a lo falso y falso a lo que es verdad; ay de los profetas de mentiras. Nos han mentido, pero seguirán mintiendo. La oveja que sigue al buen pastor huye de los extraños (mentirosos) porque no lo conoce.