Categoría: VERDAD

  • CELO POR EL EVANGELIO

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa. 

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios. 

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4). 

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores. 

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía). 

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír. 

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice). 

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción. 

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva. 

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELO POR LA VERDAD DEL EVANGELIO

    Podríamos hablar del evangelio de verdad, así como de la verdad del evangelio. La buena noticia se da en tanto se fundamenta en la verdad, como dijo Jesús: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). Debemos mostrar celo por la defensa del evangelio, ya que en realidad lo amamos. Uno se conmueve con la gente que habla de Cristo, pero cuando examina el fondo de sus palabras y descubre qué espíritu es, uno ha de mostrarse perspicaz para no caer en el engaño. Hay quienes aseguran que durante años militaron en una congregación donde no se conoce el evangelio, sino que se predica uno espurio. Salen de ese sitio hacia otro, pero no se han arrepentido de haber andado en aquellas viejas herejías.

    Suelen confesar públicamente que aquellas personas con las cuales se congregaban son salvas, ya que el hecho de que ellos provienen del mismo sitio lo atestigua. Uno podría preguntarse por la razón por la que huyeron de aquellas sinagogas, puesto que allí eran redimidos, de manera que no urgía el huir de esas doctrinas del error. Se descubre que dicen paz cuando no la hay, porque todavía guardan un sentimentalismo a favor de aquellos con quienes compartieron mucha vida religiosa. De allí que se comienza a predicar contra la herejía sin herejes, diciendo que se ataca el sistema erróneo de creencias pero no a los que viven en la desviada fe. En cambio, el Dios de las Escrituras afirma que Él está airado contra el impío todos los días, no solamente contra la impiedad (Salmos 7:11).

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa.

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios.

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4).

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores.

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía).

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír.

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice).

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva.

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente, mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

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  • LA VERDAD ES MÁS SIMPLE QUE LA HEREJÍA

    Los que afirman que la condenación no procede de Dios, sino que es obra de cada réprobo en cuanto a fe, demuestran ignorancia suprema del Evangelio. Están acostumbrados a repetir domingo a domingo, mes a mes, año tras año, por causa de los muchos siglos de herencia herética, que Dios amó a Jacob pero que Esaú se condenó a sí mismo. La razón de esa condenación se debe a la venta de su primogenitura, a sus fornicaciones, al desamor por su hermano Jacob. Suena bien, ya que algo de obras habrá que sacar aunque sea de los reprobados, para que Dios quede exculpado de cualquier animosidad en contra de su justicia.

    El apóstol Pablo no lo pensó de igual manera, por una razón muy sencilla: la verdad resulta más simple que la herejía. Pablo señaló que los gemelos no habían aún nacido, ni hecho bien o mal alguno, pero Dios los escogió a cada uno con destino opuesto. De su aseveración se desprende que no vio el Señor obra alguna en ninguno de los gemelos, que no miró su futuro como quien consulta una bola de cristal, para descubrir algo que no sabía. Tampoco se puede desprender de lo dicho por Pablo que Dios sabía todas las cosas y supo que Esaú lo iba a despreciar; no, eso no es lo que el texto de Romanos 9 dice. Lo que realmente afirma ese texto es una gran verdad.

    Esa verdad por ser simple ha sido desestimada, a cambio de pretender validar una herejía que se muestra compleja. Más difícil de entender resultó la herejía que la verdad, pero es lo más apetecido por el corazón irredento. Por supuesto, eso lo pregonan los del otro evangelio bajo la bandera de que Dios no puede odiar y mucho menos condenar sin mirar en las obras de los hombres.

    La condenación no vendrá de Dios, anuncian los defensores de Esaú como víctima. La condenación sale por causa del alma del reprobado, nunca por pretensión del Altísimo que desea que todos sean salvos. Para esto se reporta un texto fuera de contexto, como si Pedro hubiese dicho algo distinto a lo que el Espíritu le inspiró. Dios hace la luz y crea las tinieblas, ha hecho aún al malo para el día malo (Isaías 45:7; Proverbios 16:4). ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38).

    Desde la eternidad Dios lo pensó y lo ideó, para que su pueblo no se vaya al desvarío. Con solidez lo anunció por medio de sus mensajeros, ya que se dispuso darle la gloria a su Hijo como Redentor de un pueblo que le preparó. Estos miembros de ese pueblo son los hijos que Dios le dio, su recompensa, el fruto de su aflicción. Son personas definidas con nombres propios, escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo.

    Por esa razón Pablo anuncia varias veces como tema central de su evangelio que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de la voluntad de Dios (no por obras, para que nadie se gloríe). Dios bendijo a los elegidos y no existe otra bendición mejor que haber sido escogido para salvación. Esto les parece injusto a los defensores de Esaú, los que todavía levantan su puño contra el cielo para reclamar la injusticia que se supone exigir algo a quien no puede darlo. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Entonces, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Una sola respuesta da la Escritura, considerándola suficiente para el que tenga oídos para oír: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? La olla de barro no puede altercar contra el Alfarero para reclamarle sobre la razón de hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

    Sin embargo, pese a lo escrito en la palabra de Dios, todo ser humano se computa como responsable ante el Creador. Ninguno puede excusarse en la decisión de Dios, ya que todos somos criaturas dependientes del Ser Supremo y le debemos un juicio de rendición de cuentas. Ninguno de nosotros puede bendecirse a sí mismo, como si tuviésemos tal capacidad. Una cosa es lo que afirman los seguidores de la Nueva Era, que nosotros somos una suerte de divinidad, que Dios habita en cada cosa (una vuelta al panteísmo), pero otra cosa es lo que la palabra del Señor computa. No podemos santificarnos a nosotros mismos, acostumbrados como estamos a hacer el mal. Es el Espíritu quien hace esa labor en la cual participamos, seducidos y llevados de la mano por Él.

    Ciertamente, el hombre caído en delitos y pecados merece la condenación. Dios muestra su poder e ira contra el pecado y contra los reprobados, en alguna medida como beneficio para los elegidos. Nosotros nos miramos en ese espejo y alabamos el nombre del Señor por el favor recibido, una gracia imposible de alcanzar por nuestra cuenta. Dios es absolutamente soberano tanto en la salvación como en la condenación, mientras que el ser humano es un sujeto pasivo en ambas condiciones. Por eso reafirmamos con las Escrituras que la cosa formada no puede argumentar contra el que lo forma; el barro no puede argüir contra el Alfarero.

    Pareciera indudable que la ceguera espiritual no deja que los lectores de las Escrituras comprendan esta información que de ella emana. Por esa razón la tuercen, en el intento de que digan algo distinto. Nos preguntamos hasta qué punto sí que se comprende lo que se lee, aunque el alma irredenta se rebele contra los escritos de Dios. Comprobamos de todas maneras que la verdad sigue siendo más simple que la herejía. La herejía busca la gimnasia cerebral bajo el parámetro de extraer los argumentos falaces, y crea la ilusión de racionalidad a lo que por naturaleza es contra la razón.

    De verdad que el ser humano se rebela contra el dictamen de las Escrituras, cuando toca el tema de la soberanía de Dios en la condenación del hombre. Llega a tolerar la soberanía divina en materia de redención, porque pareciera que comprendiera que el hombre no tiene ni arte ni parte en su salvación y predestinación. Pero cuando los réprobos asoman, la voluntad de los revestidos de piedad niegan de inmediato su eficacia para colocarse al lado de los que reclaman al cielo por la injusticia de Dios. Por esta razón, entre otras, han creado la teología de la gracia común, de la expiación universal o general, de la redención en potencia que cada quien debe actualizar. Definitivamente, la herejía es mucho más compleja que la verdad.

    César Paredes

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