La expresión Dios te bendiga tiene muchos posibles sentidos, pero en sus étimos refiere al deseo de que el Todopoderoso hable bien de ti. Si Dios habla bien de nosotros, entonces que maldigan los demás; si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Lo que nos debe importar sobremanera descansa en el hecho de lo que opine el Señor de cada uno de los suyos. El que haga caer a alguno de estos pequeños, mejor le fuera que se atara una piedra de molino y se lanzara al mar. Aquel que echó nuestros pecados en el fondo del océano, se ocupa al detalle de nuestra existencia.
Hemos sido elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo, afirma Pedro el apóstol (1 Pedro 1:2). El creyente regenerado conoce que ama al Señor Jesucristo con sinceridad, de manera incorruptible; sabe que si le amamos a él fue porque él nos amó primero. En ocasiones pasamos por el horno de la aflicción, para ser probados con persecución, odio y rechazo de parte del mundo.
Habiendo renacido para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, reservada en los cielos para nosotros, guardados por el poder de Dios mediante la fe, con el objeto de alcanzar la salvación que se manifestará en el tiempo postrero, nos alegramos pese a las diversas pruebas que nos afligen. En medio de gobiernos netamente mundanos, unos más perversos que otros, amanecemos cada día con la esperanza de que el Dios de la providencia nos dará lo necesario para que continuemos en su voluntad.
Será de sumo gozo el que nuestra fe sea hallada en alabanza y honra cuando Jesucristo se manifieste. Cada cual conoce su camino andado, sus desvíos personales y sus desatinos. Sin embargo, como el rey David también el dolor por el pecado nos ha conducido a las profundidades del alma, bajo el reconocimiento de que fuimos igualmente formados en maldad. Clamamos al Señor para que nos devuelva el gozo de la salvación, pedimos que nos sustente espíritu noble; entramos en su Santuario y descubrimos que los impíos son ordenados para que se deslicen sobre desfiladeros de donde jamás volverán.
Nosotros, en cambio, amamos al Señor sin haberle visto (1 Pedro 1:8). Hermosa frase del apóstol, quien con profunda humildad asume que este amor nuestro posee gran valor. Por esa razón también se escribió que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe, que es; la razón puede ser muy simple: ¿cómo podemos hablar con un Ser invisible? Nuestra mente lógica rechaza la ausencia del otro en una conversación, pero nuestra fe nos recuerda con su manera coherente de conducirnos que el Dios que habitaría la oscuridad nos escucha.
Dios hizo de las tinieblas su escondite, y su pabellón alrededor de él eran aguas negras y densas nubes de los cielos (Salmos 18:11). Pese a ese Dios oculto que metafóricamente define la Biblia, no hay ningunas tinieblas en Él (1 Juan 1:5). A Dios lo vemos en su obra creada, en el pacto de redención con su Hijo, en la palabra revelada -que es como su autobiografía. Aunque no veamos con nuestros físicos ojos a Dios en la oración, sabemos que Él nos oye y nos adereza mesa delante de nosotros en presencia de nuestros enemigos.
Es el mismo Dios que nos pide orar en nuestra cámara secreta, para recompensarnos en público. Es por igual el Dios que nos pide que le estimemos como la persona de mayor valor, el que merece que vendamos todo lo que poseemos para adquirir la perla que vemos en Él (Mateo 13:46). Ese Dios habla bien de nosotros, aunque el mundo nos injurie. Habla bien porque fuimos comprados con la sangre de su Hijo, fuimos justificados con la justicia de Dios -Jesucristo-, porque fuimos adoptados como hijos con herencia.
Sabemos que Él es el Padre de los redimidos, de las ovejas que el Hijo ha rescatado. Por igual ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor endurece a esos malos que creó para manifestar la ira contra el pecado, los que son destinados de antemano para que tropiecen en la piedra que es Cristo. Asimismo, el Señor ama con amor eterno a los que escogió desde antes de la fundación del mundo para ser rociados con la sangre de su Hijo. Cristo como justicia de Dios fue castigado por cada uno de los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); al llevar nuestros pecados en la cruz nos impartió por igual la justificación, quitando la enemistad que había antes con Dios. Este trabajo no lo hizo Jesús a favor del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). En esa larga lista de réprobos en cuanto a fe se encuentran el Faraón de Egipto, Judas Iscariote, Caín -que era del maligno-, millares de millares que no tuvieron la gracia del Dios soberano. Por contraste, nosotros los redimidos sabemos que Dios habla bien de nosotros: sus bendiciones no acaban nunca. Esta es una motivación de base para que intentemos obedecerle en toda ocasión, para que batallemos contra la ley del pecado que rebelaba contra la ley de nuestra mente nos conduce a la cautividad en nuestros miembros (Romanos 7:23). Estamos seguros de que finalmente seremos liberados de nuestro cuerpo de muerte, por Jesucristo.
Son dos grupos de personas los que componen el mundo: los redimidos y los rechazados. De allí que Jeremías haya escrito lo siguiente: Los hombres se llamarán plata rechazada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30). Aunque el contexto de este texto pudiera referirse al pueblo rechazado de Israel por castigo divino, vale para lo que queremos afirmar. De igual forma otros versos validan lo expuesto: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso: ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). En cambio, existe otro corazón referido a los redimidos: Yo os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26). También este profeta había escrito un poco antes: Yo les daré un solo corazón; y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos, y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne.
Lo más seguro podría ser que este cambio de corazón representaba el nuevo nacimiento, lo que es igual a la circuncisión del corazón. En resumen, Dios habla bien de nosotros porque ha puesto por su Espíritu y por su gracia en nosotros un nuevo principio de vida. Una luz renovadora y auténtica, no la del mundo que se apaga, para que veamos las maravillas de la fe, los nuevos y mejores deseos, junto a una alegría que antes no teníamos, aunque por igual junto a dolores que antes no padecíamos. Lo que ocupa a nuestra mente es algo totalmente diferente de lo que la ocupaba antes. El Nuevo Testamento nos invita a vestirnos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros (Efesios 4:24-25).
Porque Dios habla bien de nosotros nos castiga y nos azota como a hijos, de manera que la disciplina del Señor nos rodea para que lo cojo no se salga del camino. La separación del mundo es nuestro norte, lo que genera dolor porque nuestra alma está muy arraigada al entorno que la amamantó por largos días. Esa separación se llama santificación; en ocasiones pensamos que solamente nosotros (unos pocos) hemos quedado de pie (como supuso el profeta Elías). Aunque somos miembros los unos de los otros, muchas veces nos sentimos muy solos comparados con la abrumadora multitud del mundo que ama lo suyo.
Cuando Dios nos bendice nos da prosperidad; pero cada quien tiene que compararse con sigo mismo, no con las demás personas. No somos llamados a tener un mayor concepto de nosotros que el que debamos tener; no podemos gloriarnos en nosotros mismos. Cuando David dice: Bendice alma mía a Jehová, está exponiendo que debemos hablar bien de la bondad de Dios, de su grandeza. En la lengua española tenemos la herencia del latín, lengua de donde proviene el verbo bendecir: benedicere que significa hablar bien o decir bien de alguien. ¡Qué mejor medicina para nuestras almas que saber que Dios habla bien de nosotros!
César Paredes