Categoría: VOLUNTAD DE DIOS

  • SI DIOS HABLA BIEN DE TI

    La expresión Dios te bendiga tiene muchos posibles sentidos, pero en sus étimos refiere al deseo de que el Todopoderoso hable bien de ti. Si Dios habla bien de nosotros, entonces que maldigan los demás; si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Lo que nos debe importar sobremanera descansa en el hecho de lo que opine el Señor de cada uno de los suyos. El que haga caer a alguno de estos pequeños, mejor le fuera que se atara una piedra de molino y se lanzara al mar. Aquel que echó nuestros pecados en el fondo del océano, se ocupa al detalle de nuestra existencia.

    Hemos sido elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo, afirma Pedro el apóstol (1 Pedro 1:2). El creyente regenerado conoce que ama al Señor Jesucristo con sinceridad, de manera incorruptible; sabe que si le amamos a él fue porque él nos amó primero. En ocasiones pasamos por el horno de la aflicción, para ser probados con persecución, odio y rechazo de parte del mundo.

    Habiendo renacido para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, reservada en los cielos para nosotros, guardados por el poder de Dios mediante la fe, con el objeto de alcanzar la salvación que se manifestará en el tiempo postrero, nos alegramos pese a las diversas pruebas que nos afligen. En medio de gobiernos netamente mundanos, unos más perversos que otros, amanecemos cada día con la esperanza de que el Dios de la providencia nos dará lo necesario para que continuemos en su voluntad.

    Será de sumo gozo el que nuestra fe sea hallada en alabanza y honra cuando Jesucristo se manifieste. Cada cual conoce su camino andado, sus desvíos personales y sus desatinos. Sin embargo, como el rey David también el dolor por el pecado nos ha conducido a las profundidades del alma, bajo el reconocimiento de que fuimos igualmente formados en maldad. Clamamos al Señor para que nos devuelva el gozo de la salvación, pedimos que nos sustente espíritu noble; entramos en su Santuario y descubrimos que los impíos son ordenados para que se deslicen sobre desfiladeros de donde jamás volverán.

    Nosotros, en cambio, amamos al Señor sin haberle visto (1 Pedro 1:8). Hermosa frase del apóstol, quien con profunda humildad asume que este amor nuestro posee gran valor. Por esa razón también se escribió que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe, que es; la razón puede ser muy simple: ¿cómo podemos hablar con un Ser invisible? Nuestra mente lógica rechaza la ausencia del otro en una conversación, pero nuestra fe nos recuerda con su manera coherente de conducirnos que el Dios que habitaría la oscuridad nos escucha.

    Dios hizo de las tinieblas su escondite, y su pabellón alrededor de él eran aguas negras y densas nubes de los cielos (Salmos 18:11). Pese a ese Dios oculto que metafóricamente define la Biblia, no hay ningunas tinieblas en Él (1 Juan 1:5). A Dios lo vemos en su obra creada, en el pacto de redención con su Hijo, en la palabra revelada -que es como su autobiografía. Aunque no veamos con nuestros físicos ojos a Dios en la oración, sabemos que Él nos oye y nos adereza mesa delante de nosotros en presencia de nuestros enemigos.

    Es el mismo Dios que nos pide orar en nuestra cámara secreta, para recompensarnos en público. Es por igual el Dios que nos pide que le estimemos como la persona de mayor valor, el que merece que vendamos todo lo que poseemos para adquirir la perla que vemos en Él (Mateo 13:46). Ese Dios habla bien de nosotros, aunque el mundo nos injurie. Habla bien porque fuimos comprados con la sangre de su Hijo, fuimos justificados con la justicia de Dios -Jesucristo-, porque fuimos adoptados como hijos con herencia.

    Sabemos que Él es el Padre de los redimidos, de las ovejas que el Hijo ha rescatado. Por igual ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor endurece a esos malos que creó para manifestar la ira contra el pecado, los que son destinados de antemano para que tropiecen en la piedra que es Cristo. Asimismo, el Señor ama con amor eterno a los que escogió desde antes de la fundación del mundo para ser rociados con la sangre de su Hijo. Cristo como justicia de Dios fue castigado por cada uno de los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); al llevar nuestros pecados en la cruz nos impartió por igual la justificación, quitando la enemistad que había antes con Dios. Este trabajo no lo hizo Jesús a favor del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). En esa larga lista de réprobos en cuanto a fe se encuentran el Faraón de Egipto, Judas Iscariote, Caín -que era del maligno-, millares de millares que no tuvieron la gracia del Dios soberano. Por contraste, nosotros los redimidos sabemos que Dios habla bien de nosotros: sus bendiciones no acaban nunca. Esta es una motivación de base para que intentemos obedecerle en toda ocasión, para que batallemos contra la ley del pecado que rebelaba contra la ley de nuestra mente nos conduce a la cautividad en nuestros miembros (Romanos 7:23). Estamos seguros de que finalmente seremos liberados de nuestro cuerpo de muerte, por Jesucristo.

    Son dos grupos de personas los que componen el mundo: los redimidos y los rechazados. De allí que Jeremías haya escrito lo siguiente: Los hombres se llamarán plata rechazada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30). Aunque el contexto de este texto pudiera referirse al pueblo rechazado de Israel por castigo divino, vale para lo que queremos afirmar. De igual forma otros versos validan lo expuesto: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso: ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). En cambio, existe otro corazón referido a los redimidos: Yo os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26). También este profeta había escrito un poco antes: Yo les daré un solo corazón; y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos, y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne.

    Lo más seguro podría ser que este cambio de corazón representaba el nuevo nacimiento, lo que es igual a la circuncisión del corazón. En resumen, Dios habla bien de nosotros porque ha puesto por su Espíritu y por su gracia en nosotros un nuevo principio de vida. Una luz renovadora y auténtica, no la del mundo que se apaga, para que veamos las maravillas de la fe, los nuevos y mejores deseos, junto a una alegría que antes no teníamos, aunque por igual junto a dolores que antes no padecíamos. Lo que ocupa a nuestra mente es algo totalmente diferente de lo que la ocupaba antes. El Nuevo Testamento nos invita a vestirnos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros (Efesios 4:24-25).

    Porque Dios habla bien de nosotros nos castiga y nos azota como a hijos, de manera que la disciplina del Señor nos rodea para que lo cojo no se salga del camino. La separación del mundo es nuestro norte, lo que genera dolor porque nuestra alma está muy arraigada al entorno que la amamantó por largos días. Esa separación se llama santificación; en ocasiones pensamos que solamente nosotros (unos pocos) hemos quedado de pie (como supuso el profeta Elías). Aunque somos miembros los unos de los otros, muchas veces nos sentimos muy solos comparados con la abrumadora multitud del mundo que ama lo suyo.

    Cuando Dios nos bendice nos da prosperidad; pero cada quien tiene que compararse con sigo mismo, no con las demás personas. No somos llamados a tener un mayor concepto de nosotros que el que debamos tener; no podemos gloriarnos en nosotros mismos. Cuando David dice: Bendice alma mía a Jehová, está exponiendo que debemos hablar bien de la bondad de Dios, de su grandeza. En la lengua española tenemos la herencia del latín, lengua de donde proviene el verbo bendecir: benedicere que significa hablar bien o decir bien de alguien. ¡Qué mejor medicina para nuestras almas que saber que Dios habla bien de nosotros!

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • VANIDAD DE VANIDADES

    Así enuncia Salomón en su libro Eclesiastés, ésta es la conclusión del Predicador al final de sus días: que el mundo es una vanidad y que el fin de su discurso consiste en temer a Dios y guardar sus mandamientos. Salomón fue un hombre que vivió muchas bajezas y grandezas, que experimentó en variadas áreas del saber y del gustar del mundo, alcanzando la profanación como hábito, ya que cedió a las peticiones de sus mujeres y se dio a la adoración de imágenes de no pocos ídolos. Por esta razón muchos se preguntan si Salomón estará en el cielo, como si la manera de llegar allá fuese sin la práctica absoluta del pecado.

    Lo cierto es que Dios le dio sabiduría, poder y riquezas, pero en la licencia que tuvo hizo cosas malas. No obstante, Jesucristo se coloca como alguien superior a Salomón, de manera que reconoce su importancia. Además, su última obra escrita parece contener la suma de su aprendizaje: el temor a Dios y el guardar sus mandatos. Nuestra inquietud no se centra en saber si Salomón está o no está en el cielo, sino en el contenido de su máxima que nos legó: vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1:2; 12:8)

    Pablo dijo que Dios sujetó la creación a vanidad, por causa de quien la sujetó a esperanza. Añadió el apóstol que la creación misma también será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:20-23). Esta declaración toca en grado sumo la mentalidad de los gentiles, de los paganos en general, quienes fueron dejados sin Cristo, sin el conocimiento de Dios dado a los judíos por la revelación escrita en tiempos antiguos. De esta forma desarrollaron un vano concepto de ellos mismos, de su sabiduría y de su falsamente llamada ciencia. Su filosofía vana aparece antropocéntrica, con visos de adoración a diversas divinidades imaginarias. El politeísmo delata esa vanidad propia de quienes se vuelven vasallos y prosélitos del pensamiento pagano.

    El mundo contemporáneo, que bien podría llamarse postcristiano -en una calificación irónica-, participa por igual y de forma más exagerada de las antiguas lujurias y vicios. Ahora se ha convertido en adicto de la postmodernidad, con señuelos que atraen a los demonios que dictan sus doctrinas. La gente que está bajo el gobierno del príncipe de las potestades del aire no puede tener otro derrotero que la vanidad absoluta por donde anda. Aunque el hombre tenga voluntad para darse a la vanidad, la Biblia nos indica que también fue sujeto para la esclavitud. Ha quedado cautivo a esa voluntad por quien le indicó a Adán y a Eva que ellos valían como dioses, si simplemente probaban del conocimiento prohibido.

    Pero sabemos que nuestra regeneración proviene de la gracia de Dios, por medio del evangelio de Cristo. Este anuncio de salvación entró al mundo gentil y logró transformar almas y cambiar costumbres. El ser humano se infectó de vanidad, como el autor del libro Eclesiastés. Sí, Salomón sufrió en carne propia la exaltación de la vanidad, lo dijo al principio de su libro y como colofón cuando cerraba su último capítulo. Es el mundo donde vivimos el que nos educa en la vanidad, para que tomemos la vida como algo que pasa sin ningún sentido excelso. La doctrina existencialista ve la vida como un instante de luz en medio de dos eternidades de tinieblas.

    Si el creyente persiste en encontrar el sentido de su vida en lo que anuncian las Escrituras, hallará que todo cuanto hizo Dios es bueno en gran manera. Pero si Dios sale de la ecuación en la evaluación del Cosmos, resulta evidente que con la muerte se acaba todo y triunfa la vanidad existencial. Ciertamente, no negamos que el mundo fue usurpado por Satanás, aunque también la Biblia nos declara que Dios hizo al malo para el día malo. Ella nos asegura que Dios sujetó la creación a vanidad para que estuviera sin su gracia y sin la ley del Evangelio. Por esa razón aparece la sabiduría humana para dar respuesta de un entorno alejado del Creador.

    La esperanza nos fue dada a los creyentes para que participemos de la libertad propia de ser hijos de Dios. Ya la muerte no puede mostrarnos su aguijón, porque el aguijón o poder de la muerte es el pecado; Cristo apareció para destruir el pecado, para cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por supuesto, la plena libertad será alcanzada al otro lado, más allá de la muerte, ajenos a los lamentos y aflicciones, de los reproches y sufrimientos, de las persecuciones de Satanás. El acusador de los hermanos será detenido, para que padezca el castigo preparado para él y para sus seguidores.

    ¿No es Satanás quien nos lanza sus dardos de fuego, para que dudemos y vivamos en temores e incredulidad? Cuando andemos en gloria, poseeremos la plena visión de Dios a través de Cristo, conversaremos con los ángeles en la compañía de millones de santos. La vida eterna consistirá en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Esa es la grandeza y la profundidad del conocimiento y de la sabiduría de Dios, algo inescrutable pero placentero. La creación entera cayó bajo maldición por el pecado de Adán, pero siendo el pecado removido por completo, sin que aparezca ya más en la vida eterna, veremos la creación restaurada. La Biblia habla de cielos nuevos y tierra nueva.

    La sabiduría otorgada a Salomón, junto con todos los honores de hombre público, con sus riquezas y placeres no negados, le demostró la vanidad de todos sus recursos y de toda su vida. Sin embargo, el conocimiento del temor de Dios le enseñó por igual que no todo es vanidad bajo el sol. El conocer a Dios y el temerle son signos de haber recobrado el sentido de vivir. Si bien todas las cosas del mundo se resumen en vanidad, algo que ocurre en niños, jóvenes y ancianos, cuando la vida se convierte en muerte, Salomón comprendió que conviene el temor de Dios como dador del alma.

    El cuerpo humano va a la tierra, pues polvo es; pero el alma del hombre va a Dios quien la dio. En ese momento será llevado para consuelo eterno o para condenación eterna; después de la muerte viene el juicio divino y cada quien responderá no solo de sus obras sino de sus errores. Cristo vino como sacrificio perfecto para dar paz a los que lo reciben; los que lo rechazan ya son condenados (Juan 3). La sentencia de condenación proviene desde Adán en los no arrepentidos y perdonados, ya que la ley acusa a cada quien. El ser humano se computa como culpable de violación de la ley divina, y se encuentra incapacitado para recuperarse por cuenta propia.

    Esa incapacidad se demuestra en el hecho de no creer en el Hijo de Dios, pero en los que le reciben opera la salvación eterna. Para eso vino Cristo a la tierra, para la redención de todo su pueblo, el que le entregó el Padre. Los creyentes somos llamados los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Hebreos 2:13), los cuales no son engendrados por voluntad de carne ni de sangre, sino de Dios (Juan 1:13). Somos participantes de la naturaleza divina en tanto Cristo vive en nosotros; la figura del injerto se usa para indicar que el Espíritu Santo nos fue dado como garantía de la redención final.

    La voluntad humana se estima como carnal, de manera que el llamado libre albedrío viene como ilusorio de la libertad humana en tanto el hombre cree que es como dios. Ese intento de separación del Creador se convirtió en el gran pecado aprendido del padre de la mentira. La gracia divina se nos comunica por el Evangelio, urgiéndolos a creerlo y a recibir al Señor que lo promueve. En realidad, Cristo es la buena noticia. Cuando lo recibimos nos damos cuenta de que fue como regalo de Dios, nunca como una opción verdadera que tuviésemos en tanto estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados.

    Si el Espíritu no nos hubiera vivificado, no hubiésemos podido creer en el nombre del Hijo de Dios. De allí que se cumplen las palabras de Jesucristo: Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre (Juan 6:44). Con esto queda entendido que el supremo poder de Dios hizo que fuésemos justificados en aquel Mesías que vino al mundo a salvar lo que se había perdido. Haber escuchado la doctrina de Cristo y haber sido testigo de sus milagros no bastaron para que la multitud descrita como benefactora de los panes y los peces creyera en Jesucristo. Era necesaria la otra premisa: Todo lo que el Padre me da a mí, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37).

    En realidad esta es la única forma en que podamos afirmar con certeza que no todo es vanidad, que haber conocido la gracia divina ha hecho la diferencia con los que no tienen esperanza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL TEMOR DE JEHOVÁ (PROVERBIOS 1:7)

    Initium sapientiae timor domini dice un escudo de una universidad. El principio de la sabiduría es el temor del Señor, de acuerdo a las palabras de Salomón; pero el proverbio continúa con su parte final: sapientam atque doctrina stulti despiciunt (los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza). Vemos dos tipos de personas en este escrito bíblico: 1) los que se benefician del temor al Señor; 2) los que desprecian la enseñanza o doctrina de Jehová. A ambos los hizo Dios, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), precisamente escrito en la Biblia para que sepamos que nadie escapa a la presencia del Creador.

    Los que desprecian la doctrina de la gracia soberana, o la enseñanza de la absoluta soberanía de Dios, no pueden escapar de su destino marcado para que actúen de acuerdo al plan divino. Judas Iscariote iba conforme a las Escrituras, para que ellas se cumplieran en todo cuanto había señalado que ocurriría. Sin embargo, ir conforme a las Escrituras puede resultar irónico, ya que su lamento por el pecado no le sirvió de nada bueno a Judas. Jesucristo dictó un ay por lo que Judas haría, pero no le impidió hacer el daño planificado. Mientras que a Pedro le vaticinó su mal que estaba por hacer, pero le indicó que él había orado al Padre para que su fe no faltara. El resultado lo conocemos: después de la traición enjundiosa del apóstol al Señor, éste lo miró y el pescador lloró amargamente para perdón de pecados.

    ¿Qué podemos decir del destino de Esaú? Aún antes de que hiciera bien o mal, para que no mediara obra alguna, el Señor lo destinó como hijo de perdición. No fue que miró en su corazón y descubrió que era malévolo, porque de haberlo hecho de esa manera Pablo no habría escrito esta aclaratoria: sin que hubieran aún nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    El texto citado no tiene manera de evadirse, pero los que buscan su propia perdición lo tuercen, haciéndolo decir lo que no dice. No obstante, para eso también parecen haber sido destinados, ya que en la paciencia de Dios han sido soportados para el día de la destrucción. El destino humano fue decidido desde la eternidad, sin que se pueda acusar a Dios de injusto. El derecho divino sobre la masa de barro creada le otorga al Creador la potestad de hacer lo que desea con su obra. No solo creó vasos de ira (Faraón, Esaú, Caín, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), sino que hizo vasos de misericordia (Moisés, Jacob, Abel, todos los demás elegidos por el Padre para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo).

    El ser humano vuelve al mismo punto de discusión por los siglos: Dios sería injusto si no respeta el libre albedrío humano. El problema es que eso no existe como tal, porque el sentido de libertad que tenemos no implica su existencia absoluta. Si cada persona nace con un destino, las consecuencias de sus actos forman parte de ese destino. La criatura no puede compararse con el Creador, ya que mientras ella continúa sometida Dios aparece soberano y libre en forma absoluta. La Biblia es tajante respecto al remanente: aunque Israel sea como la arena del mar, solamente el remanente será salvo (Romanos 9:27).

    Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Romanos 9:29). Dentro del gobierno divino hemos descubierto normas generales y decretos absolutos. Una norma puede ser un mandato general para que la gente actúe de acuerdo a sus postulados. Estas pueden quebrantarse en ese juego humano de resistencia normativa. Sin embargo, un decreto eterno aparece inmutable y nadie puede desviar el curso de su historia. El deber ser de Judas Iscariote se construyó bajo las normas de la ley de Moisés, donde no encontramos jamás un mandato para traicionar al Señor. Al contrario, esas normas promovían la equidad, el buen juicio y la obediencia debida a la ética divina. Pero el decreto manifiesto por medio de los profetas señalaba por igual lo que debía acontecer con el Mesías que vendría a la tierra para ser sacrificado como Cordero. Uno de sus compañeros con quien Jesús compartía el pan habría de traicionarlo. Contra ese decreto inmutable Judas no pudo resistirse.

    Los teólogos defienden a Judas, ahora lo han perdonado en el nombre del Señor a quienes dicen servir, pero la maldición no se apartó de ese apóstol señalado como hijo de perdición. Esos teólogos son los mismos que abanderan la inocencia de Esaú, los que dirigen palabras de maldición al Señor cuando lo declaran injusto por exigirle a alguien lo que no puede cumplir. En realidad, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta de la Escritura de inmediato aparece: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? No eres más que una olla de barro formada con el material que le pertenece al alfarero. Precisamente, por ser una criatura frente al Todopoderoso le debe rendición de cuentas; no al contrario, Dios no le debe a nadie y todos compareceremos ante su trono de justicia.

    La doctrina de la predestinación no acobija la injusticia humana, no aplaude el cobijo que la impiedad pueda buscar como víctima del destino. Si alguien se cree predestinado para cometer un delito, sepa que habrá otro (tal vez un juez) que también le estará aguardando para condenarlo (en virtud de la predestinación, dicho como ironía). Pablo fue uno de los apóstoles que más expuso esta doctrina, pero cuando escribió Romanos 7 no se refugió en el destino marcado por Dios sino que comprendió lo que le sucedía a cada creyente en relación con el pecado. Daba gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte, pero jamás se refugió en la doctrina de la gracia para justificar el mal que hacía sin querer hacerlo.

    Hubo un rey en Jerusalén llamado Amasías. Este fue a la guerra contra los edomitas y obtuvo una gran victoria, pero su sensatez se trastabilló cuando trajo los dioses de los hijos de Seir para adorarlos y quemarles incienso. Por esta razón vemos que la ira de Jehová se encendió contra Amasías, a quien le envió un profeta para advertirle. Pero el rey le refutó al enviado señalándole que él no era ninguno de sus consejeros para que le interrogara al respecto. Su soberbia imperó y su caída vino de inmediato, pues el profeta le dijo que Dios había decretado destruirlo, por causa de sus palabras (su respuesta) y por su desobediencia ante las proféticas palabras (2 Crónicas 24:14-16).

    El principio de la sabiduría es el temor del Señor, una frase para colgársela en el cuello, para guardarla en el registro de la memoria. El insensato Amasías despreció la sabiduría y la enseñanza del profeta que venía de parte de Jehová. El conocimiento viaja por un camino en el que podemos transitar, para aprenderlo y mejorar nuestras técnicas y conceptos. Sin embargo, la sabiduría no siempre marcha de su lado, sino que hemos de inquirirla para asirla cuanto podamos. Dios hace sabio al sencillo, pero el soberbio se distancia de su Creador con facilidad. Lo mismo le sucedió al Faraón ante Moisés: ¿Y quién es Jehová para que yo deje ir a su pueblo? Bueno, los que demandan pruebas de la existencia de Dios las tendrán de muchas maneras: puede ser por la vía fácil, la obra de sus manos que resulta evidencia suficiente para el alma humilde, pero puede ser también por las pruebas que Dios envía airadamente contra la insensatez humana.

    César Paredes

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  • LA VOLUNTAD HUMANA

    La voluntad humana a muchos les parece libre, pero de acuerdo a las Escrituras veremos varias características que nos harán meditar al respecto. Si el ser humano fue formado a semejanza e imagen del Creador, la criatura tuvo inocencia, inteligencia y voluntad. Pese a esa voluntad Dios le dio órdenes específicas, como la de llenar la tierra y sojuzgarla (Génesis 1:6). En síntesis, Dios hizo al hombre recto, pero la humanidad buscó la perversión (Eclesiastés 7:29).

    Ahora vemos que de una voluntad libre en principio apareció una voluntad atada. Existe una coerción contra la voluntad del hombre, una que lo dirige hacia el mal, como si estuviese atado a sus delitos y pecados. Esto aconteció inmediatamente después de la caída de los primeros padres, al creerles la mentira del diablo y al desobedecer en consecuencia al mandato del Señor. La serpiente le prometió a la mujer que no moriría si comiese del fruto prohibido en el centro del huerto. Le aseguró que al comerlo los ojos de ellos se abrirían y conocerían el bien y el mal, llegando a ser semejantes a Dios mismo.

    A partir del momento de la desobediencia el ser humano pasó de la inocencia a la depravación total, cayendo en la posteridad de Adán el peso del pecado junto con sus consecuencias. La paga del pecado es la muerte.

    La voluntad humana pasó a ser una cautiva más del mal, del pecado y del príncipe de las potestades del aire. Se observa un contraste entre la voluntad inicial del hombre en inocencia y la voluntad posterior del hombre caído. Uno se pregunta, ¿por qué razón la voluntad de los recién formados a imagen de Dios no prevaleció frente a la tentación de la serpiente antigua? La respuesta no puede soportarse sobre el azar, sobre la posibilidad del cincuenta por ciento, como si el hombre pudiera no haber pecado. Fijémonos en que el Cordero de Dios ya había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo para la propiciación (1 Pedro 1:20).

    Nos damos cuenta de que aquella voluntad libre nunca fue independiente de la voluntad del Creador. Hubo un plan desde el principio, un propósito con la creación del hombre y con su intromisión en el pecado. Dios, como Autor de todo cuanto acontece, hizo conforme a sus planes y propósitos eternos. Quiso en su sabiduría y dominio glorificar con mayor gloria a Su Hijo, en tanto lo convertiría en el Salvador del mundo. Ese mundo que el Padre tanto amó como para entregarle al Hijo, de manera que todos los creyentes sean salvos por él.

    En realidad fuimos salvos en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos (Tito 1:2). La Biblia nos presenta dos pueblos antagónicos, el mundo y los escogidos de Dios. Estos últimos estamos habitando el mundo, sintiendo su enemistad y odio, porque el mundo ama lo suyo pero odia a Cristo. Es normal por la enemistad que existe entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Así que el mundo tiene una voluntad atada al mal, pero nuestra vieja naturaleza continúa en nosotros batallando contra la nueva, para que no hagamos lo que queremos (Gálatas 5:17; Romanos 7:14).

    La voluntad humana, cautiva al pecado, está también cautiva a Dios. El propósito eterno lo ha determinado el Creador para realzar la gloria de su justicia y verdad. Dios decidió desde antes de la fundación del mundo el destino humano, amó a Jacob pero odió a Esaú. La gente de religión queda impactada con tal declaración, por lo que forma fila con el objetor de Romanos 9 para levantar su puño contra el Dios de la creación. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? Fijémonos en que el objetor reconoce su impotencia frente a la voluntad de Dios, ya que no puede oponer resistencia a lo que Dios decide y hace. En otras palabras, el objetor reconoce que su voluntad resulta inútil frente al arbitrio divino.

    Sin embargo, no conforme a esta realidad, ataca a Dios señalándolo de injusto. Dios no tiene derecho de culpar a Esaú si lo creó de una manera que lo hiciera permanecer en enemistad perpetua. La Biblia le responde al objetor de inmediato, diciéndole que en ninguna manera Dios es injusto (Romanos 9:14, 19-20). El protoevangelio lo vemos en el momento en que Dios hizo vestiduras con pieles de animales para Adán y su mujer, para cubrir su vergüenza (Génesis 3:21). De esa manera se anunciaba el derramamiento de sangre para perdón de pecados, como una prefiguración del Cristo que habría de venir.

    La Biblia nos habla de una voluntad hacia el mal, pero no podemos hacer lo que queremos. Ni siquiera el más impío de los hombres podrá por voluntad propia ser independiente de su Creador, ya que Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová controla los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina; Dios hace justicia contra la impiedad de los hombres, pero soporta con paciencia los vasos de ira preparados para castigo eterno. Así que todo cuanto acontece está sujeto a su voluntad inmutable, con el propósito de reunir todas las cosas en Cristo.

    No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Cada cual se apartó por su camino, sin provecho alguno, sin que se encuentre quien haga lo bueno, ni siquiera uno solo (Romanos 3:12). La boca del hombre impío viene a ser como amargura y maldición, como si tuviese veneno de áspides bajo su lengua. Apartado del camino de la paz sus pies se apresuran para derramar sangre, para crear destrucción y miseria en sus pasos. El temor de Dios se ha apartado delante de los ojos de los hombres.

    La gran promesa fue que por la obediencia de uno solo muchos llegaríamos a ser justos. Así aconteció con el Cordero sin mancha al propiciar en favor de todos los penados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). De esa manera los dos conjuntos de personas se distinguen por la carne o por el Espíritu. Los que vivimos de acuerdo al Espíritu, pensamos y nos ocupamos de las cosas del Espíritu (Romanos 8:5). La mente carnal resulta hostil hacia Dios, sus designios no se sujetan a la ley de Dios y tampoco pueden.

    No hay posibilidad de invocar a un Dios que no se conoce, así que hace falta anunciar el evangelio para que Dios pueda ser invocado. En la Biblia encontramos el anuncio del siervo justo al cual hemos de conocer para ser justificados (Isaías 53:11). Conocer a Cristo en relación a su persona y a su obra resulta vital para comprender lo que hizo por su pueblo. Decir que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, habiéndola salvado en potencia, pero que ahora depende de los muertos zombies en delitos y pecados el aceptar ese sacrificio resulta en una herejía. Cristo murió por los injustos que su Padre le dio, aquellos por los que oró la noche previa a su crucifixión, pero no lo hizo por el mundo (Juan 17:9).

    Creer el verdadero evangelio será el signo de ser un buen árbol que da su buen fruto; porque de la abundancia del corazón habla la boca. No puede el árbol bueno dar un mal fruto, pero tampoco podrá el mal árbol (la cabra) dar un fruto bueno.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org