Etiqueta: ARMINIANISMO

  • DOCTRINA PERNICIOSA

    El arminianismo se conoce como una doctrina perniciosa, a la luz de las Escrituras. Ella tiene el objeto de minar la enseñanza de la gracia soberana, hasta hacerla servidora de la voluntad humana. No pudiendo aceptar la tesis del Dios que elige de acuerdo al propósito de su voluntad, el arminiano (dependiente de la doctrina enseñada por Arminio) interpreta privadamente las Escrituras. Para lograr tal objetivo ha llegado hasta el descaro de afirmar que cuando la Biblia dice que Dios odia en realidad quiere decir que Dios ama menos.

    De esta forma, cuando encontramos textos referidos al conocimiento previo de Dios lo interpretan como un conocimiento anticipado, en base a lo que miró en el túnel del tiempo. Por esta vía niegan de hecho la Omnisciencia divina, ya que el dios en el que creen necesita averiguar el futuro en los corazones de los hombres. Hace de esta manera autónomo al ser humano, bajo el pretexto de que si lo viera en forma distinta supondría hacerlo un robot. La predestinación admitida por el arminianismo se fundamenta en el hecho de la previsión divina, conociendo Dios lo que acontece en los corazones de los que habrán de creer.

    En realidad, tal dios arminiano se nos muestra con mucha suerte. Tiene la suerte de que el ser humano, tan voluble en su estado de ánimo, mantenga impertérrito la decisión que Él descubriera al mirar en el túnel del tiempo. Es como si Dios adivinara el futuro en los corazones humanos, para luego dictárselo a sus profetas en un plagio sin igual, ya que ellos aseguran: Así dijo Jehová. Tal Jehová pudo decir tales cosas porque las recopiló al mirar el futuro en las mentes humanas. Como si viera a la humanidad deseando un Mesías para crucificarlo, por lo cual aprovechó tal descubrimiento para enviar a su Hijo a padecer la crucifixión prevista.

    Los arminianos también vienen disfrazados con la doctrina de la gracia soberana. Hay quienes claman tales doctrinas de la gracia pero predican una salvación generalizada, una expiación universal para que cada ser humano sienta que tiene una oportunidad que depende en exclusiva de su decisión final. En otros términos, el arminiano tuerce la Escritura al asegurar que el hombre es libre para decidir sobre su estado espiritual; de esta manera niega la Biblia cuando asegura que no hay quien busque a Dios, que todos están muertos en delitos y pecados.

    Por esta razón, un arminiano sostiene que la muerte en realidad es una enfermedad espiritual que tiene remedio si tan solo el ser humano se dejara persuadir por la gracia que habilita, otra ficción más de su teología. Incluso llega a otro desvarío descomunal, al afirmar que -aunque la redención puede ser particular para el elegido de Dios- el evangelio anuncia el amor divino para cada habitante del planeta, incluidos los no elegidos. Al decir que Dios quiere que todos sean salvos, sin excepción, ofertan el evangelio como una oportunidad del amor divino.

    Poco les importa a los arminianos lo que dice el texto de 2 Corintios 2:15-16: Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? En realidad la Escritura endurece a quienes tiene que endurecer, pero muestra la misericordia de Dios a quienes Dios quiere mostrarla (Romanos 9: 15-16). No creemos en la falacia de muchos calvinistas (los seguidores de Calvino) que afirman lo siguiente: la sangre de Cristo es suficiente para todos pero eficiente solamente para los elegidos.

    La doctrina de la regeneración universal viene como un evangelio anatema (maldito). Como si la salvación estuviera condicionada en la fe, y como si el Espíritu Santo habilitara a la persona para que tome su decisión final. Esto lo decimos porque si así se piensa se está creyendo que la salvación está finalmente condicionada en el pecador, en lo que haga, en lo que decida bajo la persuasión de la predicación. Nada más lejos de las enseñanzas de Jesús, cuando les decía a sus discípulos la razón por la cual hablaba en parábolas.

    La salvación está condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo; el evangelio es el anuncio de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Uno de los reconocidos frutos del regenerado por el Espíritu es su deseo de obedecer a Dios, más allá de sus caídas por el pecado (Romanos 7:14-25). Dios nos ha salvado y nos mantendrá a salvo para su propia gloria (Juan 10:14-18), habiéndonos escogido desde antes de la fundación del mundo.

    Nosotros somos vistos en el estado natural como trapos de inmundicia, y nuestra justicia es semejante a los trapos de mujer menstruosa. Somos hojas muertas llevadas por el viento, sin que haya entre nosotros uno solo que busque al verdadero Dios (Isaías 64:6-7). ¿Y qué dijo Cristo? Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere, y yo lo resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). El profeta Isaías nos entrega esta píldora respecto a la absoluta soberanía de Dios: Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad (el mal). Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45: 5-7).

    Ese Dios que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) reclama para Sí todo cuanto existe. Él es el autor de la paz y de muchos males, como dice Isaías. Otro profeta relata sobre el tema lo siguiente: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). El Señor decretó todo cuanto sucede, incluso escogió desde antes de la fundación del mundo a su pueblo que habría de bendecir. Adán fue creado para que pecando se pudiera manifestar el Cordero de Dios, preparado desde antes de la creación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    No hay cristianos casi cristianos, ya que a los que Dios llama en forma eficaz el Espíritu les otorga vida en el tiempo aceptable. La regeneración no la da el Espíritu en forma progresiva, sino tal acto corresponde a los actos únicos e inmediatos, como el dar a luz. Una mujer no pare a medias un hijo, pare o no pare. Asimismo, la regeneración cuando nos llega nos hace resplandecer la luz de Cristo en nuestros rostros. Nadie puede ser salvo y estar apartado de la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). El que cree otro evangelio es considerado anatema, de acuerdo a lo dicho por Pablo en Gálatas.

    El llamado se hace para aquellas ovejas a las que el pastor llama oportunamente, para que se arrepientan (cambien de mentalidad respecto a Dios y a ellos mismos). Para que vean al Dios soberano absoluto que hace como quiere y entiendan que nosotros no somos nada, a menos que tengamos de nuestro lado al Altísimo con su misericordia. Es entonces cuando podremos decir: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA REGENERACIÓN ARMINIANA

    Dentro del arminianismo el incrédulo carece de habilidades suficientes para acudir a Cristo, pero en lugar de ser Dios quien lo lleva al Hijo es la gracia preventiva quien lo ayuda. Ese invento surge de la mente de Luis de Molina, doctrina que se conoce como Molinismo. En el siglo XVI Arminio llevó a Ginebra esa semilla para que prosperase animosamente y consumiese el oxígeno del creyente protestante. La cizaña ha crecido y consume las almas a su alrededor para socavar los espacios de paz.

    La gracia preventiva viene a ser el momentum peculiar dado por Dios a todos los hombres, sin excepción. Se la dio a Esaú y al Faraón, a Judas y a cada réprobo en cuanto a fe, a aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Con esa gracia se hace suficiente el movimiento que pudiera dar el hombre hacia su Creador. Con esta fuerza inicial cada ser humano tendría la energía para cooperar, si quisiere, de manera que obtenga la salvación. Al parecer, la muerte en delitos y pecados no sería real sino una figura de lenguaje que denota la gravedad del alma humana. De esa forma resolvió Roma el problema que tenía con ciertas Escrituras y que había sido hecho público por la Reforma Protestante.

    Los evangélicos de hoy día, en un porcentaje muy alto, asumen esa doctrina como si viniera del Espíritu de Dios. Debemos advertir que esa es una auto-salvación, que la predestinación no tendría sentido porque ya el hombre se salvaría a sí mismo con una pequeña ayuda lanzada del cielo. El problema se acrecienta al preguntarse por qué razón no todos aprovechan esa ayuda. Los que la descuidan causan su propia destrucción final, pero los que la aprovechan se redimen con su esfuerzo. Es decir, la gloria de Dios queda por fuera de la redención, el Hijo quedaría expuesto a vituperio por cuanto hizo un esfuerzo inútil por aquellos que no aprovecharon la oferta general y auxilio de la gracia preventiva.

    Por otro lado, existe un sinnúmero de personas que han muerto en sus delitos y pecados y que no han oído jamás de esa gracia preventiva. Ni siquiera han escuchado el evangelio, así que para ellos falló no solo Cristo con su crucifixión y sangre derramada sino la doctrina de la gracia preventiva. Ellos no estuvieron al tanto por cuya razón se condenaron. Claro está, siempre surgirá alguien que intente resolver el problema, como lo hizo Billy Graham, promotor de la doctrina de Arminio. El aseguraba que Dios miraba en los corazones de esas personas que jamás han escuchado de Cristo y tomaría de ellos aquellos cuyos corazones buenos y suficientes los ayudarían a ser redimidos.

    Entonces, Cristo ya no sería necesario predicarlo del todo porque Dios va a salvar a los buenos, sin que el Señor sea la puerta de entrada para las ovejas. Entrarán al reposo de Dios sin que invoquen su nombre, sin conocer a quien debían invocar. Es allí donde se dan la mano ambas doctrinas: la protestante-arminiana y la católico-romana. ¿Por qué llamarnos diferentes? Razón habría en recibir el cliché que nos cataloga como los hermanos separados que no queremos la unión.

    El problema grave gira en torno a la eficacia de la muerte de Cristo. ¿Qué significa ser la propiciación por los pecados de su pueblo? ¿Por qué Cristo oró y rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la incorruptible palabra de sus apóstoles? ¿Cuál es la razón objetiva por la cual el Señor no rogó por el mundo, en su oración intercesora realizada en el Getsemaní la noche previa a su crucifixión? Muchos se extravían en la mira de la extensión de la expiación, queriéndola hacer llegar adonde no fue procurada. En realidad deberían mirar el foco de su eficacia, ya que aquellos que fueron representados por Cristo en la cruz fueron realmente redimidos. Y es que la expiación salva, ese es su significado; la declaratoria divina de que Cristo es la justicia de Dios para su pueblo nos justifica, como dijo Isaías (53:11). Vale la pena conocer a ese siervo justo, indagar en las Escrituras el significado de lo que hizo.

    No existe una gracia preventiva ni la llamada gracia común o genérica, simplemente existe la gracia salvadora, ya que si por gracia entonces no es por obras. ¿Cómo puede haber una gracia preventiva o común donde se le exija al individuo su propia obra, para que continúe con el impulso que supuestamente Dios le ha obsequiado? Dios no nos dio un toque para que nosotros se lo devolvamos. Cristo no murió por los no elegidos del Padre, no malgastó su sangre redimiendo potencialmente a los réprobos en cuanto a fe. Cristo no hizo posible la redención, simplemente salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por esa razón predicamos este evangelio, para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor y sean llamadas eficazmente. Jesús afirmó lo siguiente: Nadie viene al Padre sino por mí…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere…Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera.

    Al parecer todavía hay quienes pretenden asegurar que Cristo hizo posible que todos vinieran al Padre, o que trabajó para que aquellos a quienes el Padre no le envía tengan la posibilidad de venir por cuenta propia. Esto lo piensan y sostienen los que todavía odian a Dios y deshonran al Hijo, al malbaratar la preciosa expiación alcanzada en la cruz. Cristo no cargó con los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos a quienes Dios odió desde antes de ser formados, como lo hizo con Esaú (Romanos 9:11-14). Y si no llevó sus pecados tampoco murió en alguna forma por ellos.

    Una acotación final ha de hacerse, que Dios no miró en los corredores del tiempo para escoger a quienes iba a predestinar para salvación. Sería incongruente con la naturaleza de la expiación y con la elección del Padre, como incongruente también se vería el que un muerto en delitos y pecados pudiera tener buena voluntad para con Dios (Romanos 3:10).

    Los que se aferran a esa incongruencia de la gracia que previene o de gracia común, abogan por una expiación universal o general. Ellos trabajan su teología como agentes de Satanás con la intención de destruir el evangelio. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, por eso en él se revela la justicia de Dios y viene a constituirse en el poder de Dios para salvación. No pretendió Dios salvar a Esaú, ni al rey de Asiria, ni al Faraón, ni a Judas Iscariote, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe destinado para tropezar en la roca que es Cristo. Por lo tanto, atribuirle a la expiación una eficacia para esos réprobos implica extralimitarse en los propósitos divinos, en cuanto a la gloria propia que tendría el Hijo como Redentor de su pueblo.

    La regeneración arminiana viene como una ilusión, un subproducto del evangelio anatema enseñado por los falsos maestros, seguido por los ciegos guiados por otros ciegos. Su meta final consiste en la caída hacia el pozo del abismo, para perjuicio de los hombres de religión que no escudriñaron las Escrituras. La regeneración potencial que promueve el arminianismo no justifica a ninguna persona, mucho menos el hecho de que alguien pretenda hacer su parte como si con ello completara el esfuerzo del Señor.

    En cambio, el sufrimiento y la muerte de Cristo no fue a causa de alguna culpa que el Señor haya tenido, sino que fue producto de cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Su trabajo consumado en la cruz apaciguó la ira de Dios que había en contra de todos los que representó en el madero. El Señor murió y pagó el precio exigido en favor de la liberación de todos aquellos que le fueron encomendados por el Padre. Esta salvación reposa garantizada en la cualidad de su nombre, por efecto de sus méritos, yace en sus manos y en las manos del Padre.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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