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  • TEMOR, PREOCUPACIÓN Y ANSIEDAD

    Al perder la perspectiva divina, en tanto somos creyentes redimidos, nuestros temores nos aferran a la angustia. Los peligros ahora parecen reales, redimensionados, quizás por imaginar un futuro con Dios como ausente. La incredulidad alimenta la preocupación hasta que el abandono silencia lo que habíamos aprendido de la palabra de Dios. Cuando Cristo nos aseguró que el Padre Celestial sabe de qué cosas tenemos necesidad (Mateo 6:32) estaba dándonos la clave para evitar la preocupación innecesaria.

    Ignorar la providencia de Dios genera miseria en el alma, nos hace cargar con el peso de nuestras tareas que nunca podemos soportar. De acuerdo a la Biblia, la ansiedad deja de ser un asunto emocional y se convierte en un problema espiritual: Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6-7).

    Tal parece que el Señor nos prohíbe la ansiedad y el pánico, como si fuésemos como los incrédulos que deben preocuparse por todo lo que procuran. La ansiedad es como la arena movediza, pero la confianza en el que todo provee llega cuando dejamos nuestras penurias a su cuidado, por medio de la oración. Con toda oración y súplica, dando gracias en todo y por todo. Lo que obtenemos a cambio de dejar en manos del Todopoderoso aquello que nos inquieta es una paz como el mundo no puede darla. Hemos leído sobre la justicia de Dios que es Cristo, asimismo oímos de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. ¿Por qué sobrepasa todo entendimiento? Si nos enfocamos en lo que nos preocupa nos hundiremos, pero si confiamos en quien le hemos contado nuestras necesidades parecerá un sueño de descanso nuestra tranquilidad frente a las preocupaciones.

    Cristo salió de la tumba, venció la muerte con poder; así que podemos decir que venció nuestro peor miedo. La promesa del Señor es que aquella paz divina guardará nuestros pensamientos y corazones en Cristo Jesús. Si Cristo es nuestra justicia también es nuestra paz. Se nos ha llamado a no angustiarnos por lo que nos ocupa, a entregar a Dios lo que nos inquieta, haciendo oración con acción de gracias. No ignoramos nuestros problemas sino que confiamos en que Dios está presente y no está callado. Démosle gracias a Dios por lo que hasta ahora ha hecho en nuestras vidas, así que esa actitud comienza a disipar la angustia por el futuro y por el inmediato presente.

    Resulta de interés reconocer que cuando fallamos al no mostrar la confianza que Dios merece comenzamos a murmurar contra Él. Sí, hablamos de nuestra situación y circunstancia y pensamos que Dios no nos ha debido meter allí donde estamos. Puede ser que nos sintamos demasiado culpables al pensar que fuimos nosotros mismos quienes recorrimos por error estos caminos que nos condujeron a la angustia. Lo que fuere, si no confiamos en su providencia la murmuración y la queja se hacen presentes. Nos pareceremos al Israel que daba vueltas por el desierto, con quejas y olvido de lo que Dios había hecho por ellos al sacarlos de Egipto.

    Esa queja pública o silente acusa a Dios de manejar descuidadamente nuestras vidas. Aquellos israelitas se quejaban contra Moisés y Aarón, anhelando la comida que tenían en Egipto. Preferían haber muerto junto a las ollas de carne antes que padecer en el desierto donde deambulaban por su terquedad. Esto ocurrió apenas quince días después de que hubieron salido de Egipto (Éxodo 16:2-3). El apóstol Pablo le escribe a los Corintios advirtiéndoles sobre la inmoralidad sexual, la provocación a Dios y la murmuración (1 Corintios 10:8-12). Les recuerda que Israel es como advertencia contra la murmuración, así que si nosotros nos creemos estar firmes miremos que no caigamos. El apóstol les dijo: Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor.

    Suponemos que Dios es demasiado lento para actuar, que su tiempo es distinto al nuestro, por lo cual tenemos como resultado nuestra impaciencia. En una era donde todo es absolutamente rápido, la respuesta divina debe ser por igual expedita. No nos disponemos a aguardar lo que el Señor tiene para nosotros, no queremos que Él nos transforme en el proceso de espera (Salmos 27:14). El apóstol Santiago también nos recomienda tener paciencia, afirmando nuestros corazones, sin quejas para que no seamos condenados (Santiago 5:7-9).

    La planificación de nuestras agendas de vida suena natural, pero en el creyente debe incluirse la oración al Padre. Descansar en el cúmulo de nuestros bienes materiales, en el brazo de nuestros semejantes, en el montón de nuestras relaciones sociales puede llevar el rechazo de Dios. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón de aparta de Jehová…Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová (Jeremías 17: 5 y 7). Somos insuficientes en nosotros mismos pero colocar la confianza en algo distinto al Dios Proveedor se computa como rebelión (Isaías 31:1).

    Nuestro foco en las preocupaciones puede conducirnos a la envidia. Decía el salmista Asaf que él tenía envidia de los arrogantes por sus éxitos sin congojas, pero cuando entró en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos (Salmos 73: 3 y 17). La gente a veces logra con creces los deseos de su corazón, pone su boca contra el cielo y prospera. De momento uno los ve sin ser turbados del mundo alcanzando riquezas; si nuestra mira se apunta hacia ellos la envidia puede vencernos. En cambio, si tenemos a Dios como escudo obtendremos gracia y honra. Dios no quitará el bien a los que andan en integridad (Salmos 84:11).

    Llevar ante el trono de la gracia nuestras peticiones asegura nuestra paz, evita la amargura y el resentimiento, así que esa buena costumbre que asumamos como creyentes traerá ganancia para la vida de cada uno de nosotros. Desconfiar de la providencia del Señor nos hará resentidos y nos deseará estar muertos antes que vivos, como le aconteció al profeta Jonás (Jonás 4:8). Dios posee sabiduría y bondad infinitas, confiemos en su fidelidad y ahorrémonos las prisiones de nuestros lamentos. Es muy fácil: si desconfiamos del control de Dios sobre nuestros asuntos, tomaremos su lugar y seremos nuestros propios dioses. Ese es el principio de la idolatría que debemos evitar, como bien lo señalara el apóstol Juan: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JESUCRISTO MEDIADOR

    El único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Necesitaba el Hijo de Dios participar de las dos naturalezas, divina y humana, para mediar por nosotros ante la Divinidad. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9). Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia (Juan 1:16). Jesucristo tiene la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).

    Jesucristo es completamente divino y completamente humano, para que pueda mediar por nosotros. Así que puede considerarse como el único descendiente de Adán con dos naturalezas, lo cual lo configura como el Segundo Adán, por el cual sus hijos vivimos. Sin división ni confusión, dos naturalezas en una persona: fue y es tan humano como divino. Él era el profeta que levantaría Jehová en medio del pueblo (Deuteronomio 18:15). Yo publicaré el decreto;Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;Yo te engendré hoy (Salmos 2:7). Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra,Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmos 110:1).

    La necesidad del Mediador ya aparecía en el libro de Job. Ese hombre dijo: Porque no es hombre como yo, para que yo le responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos (Job 9:32-33). Ahora nuestro árbitro es Jesucristo, la justicia de Dios. No conviene confundir las dos naturalezas del Señor, pero tampoco conviene confundirlo con el Padre. Aunque él y el Padre son uno, en el sentido de unidad, asimismo el Espíritu Santo es parte de ese Dios Trino. Bien lo dijo Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). En este texto se muestran claramente las tres Personas de ese Dios que se anunció progresivamente en las Escrituras.

    Referente a Jesucristo Zacarías escribió: Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono… (Zacarías 6:13). Es decir, Jesucristo no es Jehová sino el Hijo. Ya lo anunció David: Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían (Salmos 2:12). Y aunque Jesús afirmó que él y el Padre eran uno (Juan 10:30), no son la misma Persona.

    La persona de Cristo ha sido atacada a través de los siglos; unos han afirmado que no es Dios sino solo hombre, algún ser fantasmagórico porque la Deidad no puede poseer cuerpo alguno. Otros aseguraron que aunque era Dios no era eterno sino creado. Los Concilios a través de la historia han intentado dar respuestas a esas interpretaciones privadas de algunos teólogos, declarándolas herejías. Sin embargo, no solo se ha atacado su persona sino también su trabajo.

    Escuchamos que la obra de Jesucristo redimió a toda la humanidad, sin excepción, ya que su esfuerzo siempre es eterno e ilimitado. Sin embargo, sabemos que muchos van a condenación, lo cual sugiere que Jesucristo no salvó a todos, sin excepción. Tal vez, dicen algunos, hizo su parte pero la gente es demasiado hostil y no hace la suya. No obstante, lo que él hace siempre es perfecto y eficaz, así que redimió a todo su pueblo de sus pecados, como afirma la Escritura (Mateo 1:21).

    Podemos imaginar un poco en cuanto a la expansión del Evangelio. Comenzaron doce personas a predicar, pero primero se dirigieron al territorio israelí, para continuar con el resto del mundo. Miles y millones de personas murieron en aquella época sin haber escuchado algo de ese Cristo que supuestamente murió por ellos. Así que con ellos resultaría vana la afirmación de que Jesús hizo su parte por esas personas. Todavía hay gente que perece sin conocer nada de él, así que no vale la afirmación de la expiación universal, sin excepción.

    Podemos asegurar que mucha gente le escuchó y tuvo la oportunidad de dialogar con él, pero no pudieron creer. Un episodio de Juan 10 nos relata que algunos judíos le reclamaban por qué no les decía abiertamente quién él era; el Señor les aseguró que se los había dicho pero ellos no creían. Agregó que las obras que él hacía en nombre del Padre daban testimonio de él, pero les aseguró que ellos no creían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Es decir, para creer en Cristo hay que ser parte de esas ovejas escogidas desde la eternidad por el Padre mismo.

    Esta situación no libera al ser humano de la responsabilidad de creer. Parece injusto, pero el problema lo planteó Pablo en Romanos 9 cuando aseguraba que Dios nunca cometió injusticia por haber odiado a Esaú antes de hacer bien o mal, o antes de ser concebido. Esaú no quedó liberado de la responsabilidad de sus actos por el hecho de que Dios lo hubiera rechazado, simplemente actuaba en su guión como había sido escrito desde los siglos. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, pero Dios endurece a quien quiere endurecer, al tiempo que tiene misericordia de quien Él quiere tenerla.

    Estos actos de soberanía divina también hacen posible la bienaventuranza de Jacob. Si Dios no hubiera decidido amarlo, sería tan condenable como Esaú. Cristo como Mediador entre Dios y los hombres es el mismo que media entre los elegidos del Padre para que no nos sean tomados en cuenta nuestros pecados. Obviamente, no dejamos de lado el castigo y azote del Padre sobre los hijos, para que no seamos considerados bastardos. Así lo asegura la Biblia (Hebreos 12:6-8).

    Porque Jesús fue y es absolutamente Dios, increado, eterno e inmutable, su sacrificio en la cruz cobra un infinito valor en favor de todos sus elegidos. La razón por la cual Jesucristo llega a ser nuestro Mediador entre Dios y los hombres es porque él comparte las dos naturalezas: es completamente divino y completamente humano. Sabemos que la Escritura rechaza la idolatría y la considera obra demoníaca, nos dice que quien sacrifica a los ídolos a los demonios sacrifica. Por lo tanto, atribuirle a María el trabajo o la función de mediadora resulta en una gran mentira. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:1-2).

    Tengamos presente que la mediación de Jesucristo nos era necesaria, ya que en la familia del Segundo Adán todos vivimos (y ese todos se refiere a todos los que conformamos su pueblo redimido, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:14-18).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA REVELACIÓN BÍBLICA

    El corazón de la revelación bíblica consiste en la revelación de Jesucristo. La gloria del Hijo de Dios como Redentor viene como eje del entramado de las páginas de la Biblia; el evangelio anunciado en el Edén, bajo la promesa signada en el Génesis 3:15, incluso un poco antes con el hecho de que Dios cubriera la desnudez de Adán y Eva con pieles de animales, ya denotaba el derramamiento de sangre que se anunciaría para la remisión de pecados. Existen ciertas cosas secretas que no nos fueron contadas, las cuales pertenecen a Dios; lo que fue revelado nos queda a nosotros como herencia (Deuteronomio 29:29).

    Tenemos los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, los que nos hablan del Salvador en los días que estuvo en la tierra. La gloria del Señor se nos narra desde cuatro posiciones, como cuatro perspectivas que un artista tiene para exponer su texto. Como si fuera un canto a cuatro voces, de un mismo autor -el Espíritu Santo- pero con realizaciones y temples diversos. Mateo, Marcos y Lucas poseen una lente comunicante: cada uno de ellos describe a veces un mismo hecho desde diferente ángulo. Juan lo hace desde otra óptica.

    Mateo, el de la genealogía, nos presenta a Jesús el Mesías, para que los judíos también se den cuenta de ello, el Señor que vino a cumplir las promesas hechas a Abraham; Lucas, en cambio, toca el mundo gentil presentándonos a Jesús el sanador, un segundo Adán que vino a suplir lo que el primero falló. Asimismo, en Lucas 3:23-38 leemos la genealogía de Jesús que se remonta hasta el mismísimo primer Adán. Marcos nos da la semblanza del Hijo de Dios como el Siervo de Dios (Marcos 10:45). Lucas escribió el evangelio dirigido a Teófilo, intentando demostrar que la fe cristiana está fundamentada en eventos de la historia realmente confiables. Por eso su énfasis en mostrar a Cristo como el Hijo del Hombre, para resaltar su humanidad.

    En Marcos leemos la descripción de Jesús como un ser humano que tiene hambre, que se enoja y llora, que tiene compasión. Marcos 10:45 dice: Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Se ha dicho que su audiencia principal constituía el mundo gentil, ya que no presenta datos relevantes en materia de genealogía o de referencias al Antiguo Testamento. Con todo, Marcos relata a Jesús como el Hijo de Dios, el Cristo.

    Juan nos relata a Jesús como el Hijo eterno de Dios, con el oficio de cumplir su misión en rescate por su pueblo. Si bien todos hablan de la soberanía divina, Juan enfatiza en Jesús como aquel que no ruega por el mundo (Juan 17:9), sino por los que el Padre le dio y le seguiría dando, porque ellos siempre han sido del Padre. Además, Juan relata las palabras del Señor referentes a la doctrina del Padre, como se demuestra en Juan 6, cuando el Cristo advierte a multitud de discípulos que solamente vendrían a él los que fueren enviados por el Padre. Añade el Señor que ninguno de ellos será echado fuera, sino que los resucitará en el día postrero. Pero dice algo más, para cerrar su doctrina: Ninguno podrá ir a él si el Padre no lo envía, pero todo lo que el Padre le da vendrá a él. Así que bajo esas dos premisas sabemos que los que nunca vienen a Cristo para permanecer con él jamás han sido enviados por el Padre.

    Por otra parte, el Jesús de Juan es el Logos, el que era desde el principio. El Logos es una figura bien abstracta, dándonos a entender que era la razón, el lenguaje, el estudio, el análisis, que siempre estuvo desde el momento de la creación, ya que por él fueron hechas todas las cosas. Dios era el Verbo, con lo cual Juan se aprovecha de la lengua griega para dar a conocer esa faceta del Dios revelado, el principio más sublime que la razón humana pueda concebir. El poder de la muerte y la resurrección de Cristo se despliegan en este evangelio lleno de esperanza.

    De acuerdo al diálogo entre Cristo y Nicodemo, el nuevo nacimiento resulta la única forma de ver el reino de Dios, algo ya señalado en Deuteronomio 30 cuando se menciona la circuncisión del corazón. El maestro de la ley ignoraba esa enseñanza, ya que estaba pendiente de la letra y no del fondo de la norma; añade Juan que esa operación de nacer de nuevo compete en exclusiva a la voluntad de Dios y queda por fuera la voluntad humana (Juan 1 y 3). El Jesús mediador es otra figura presentada en el evangelio de Juan, cuando Jesús anuncia que si algo pidiéremos en su nombre, él lo hará (Juan 14:14).

    La revelación puede concebirse como general y especial. De todos modos, Dios se ha manifestado al hombre, para que este quede sin excusa. A través de la creación o la obra de sus manos, el ser humano ha conocido de la existencia del Ser Omnipotente. La referencia la tiene en la naturaleza, pero también desde Adán su padre, de quien se presume que contara lo vivido en el Edén. Este fenómeno tuvo que haber sido transmitido de generación en generación, así que no hay excusas aunque aparezcan distorsiones en los relatos humanos. Definitivamente los cielos siguen contando la gloria del Creador, como el día anuncia a otro día junto a la noche la sabiduría divina (Salmos 19).

    Pablo aseguraba que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se manifiestan desde la creación del mundo (Romanos 1:20). El hombre ha desarrollado el Derecho Natural que se supone deriva de esa concepción de lo que debe ser el Dios manifiesto, poderoso y trascendente. No obstante, existe una revelación especial, que fue escrita y ha sido el legado del pueblo que preservara ese libro. En la Biblia encontramos el mensaje acerca de Jesucristo, la promesa hecha en el Génesis 3:15. La Biblia habla de cómo Dios hablaba a sus siervos a través de sueños y visiones, pero también apareciendo en forma física por mediación de muchas formas; una de ellas es llamada la manifestación del Ángel de Jehová.

    Nosotros no necesitamos sueños ni visiones de nuevo, simplemente tenemos el documento escrito que se redactó para nosotros desde tiempo antiguo. Tenemos la palabra profética más segura, que nos habla del gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, de Jesús el Hijo de Dios, para que podamos retener nuestra profesión de fe (Hebreos 4:14; 2 Pedro 1:19-21). Esto debe indicarnos que podemos acercarnos al Señor en forma confiada, buscando su trono de gracia, de manera que alcancemos misericordia. Allí tenemos el oportuno socorro de esa gracia dada a sus escogidos por medio de la fe de Jesucristo.

    La tradición oral desde Adán fue distorsionada al pasar de generación a generación. Por ello quiso Dios dejarnos el material por escrito, para que con celo lo cuidemos y sirva de testimonio a todas las naciones. En ese documento tenemos lo que de Dios se conoce, lo que Él espera y lo que ha hecho a través de su Hijo Jesucristo para que aprovechemos el tiempo oportuno. Hoy es el día de salvación, busquemos a Jehová entre tanto pueda ser hallado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • UN SOPLO DE ALIENTO

    Creer, tiene muchas implicaciones en la existencia del hombre de fe. Cuando Dios creó al hombre, le sopló aliento de vida. La posibilidad de que un muñeco de barro se irguiera para comenzar un camino resulta demasiado baja; sin embargo, por la fe creemos que el Creador le dio aliento de vida a su obra hecha a imagen y semejanza de Sí mismo. El mundo creado se formó al mandato de la voz divina, algo demasiado potente para soportar en nuestras finitas mentes.

    La fe se nos muestra como el soporte de lo que creemos, aquello que está debajo y sostiene lo que asumimos. La Biblia la llama la fe de Cristo, así que es el Hijo de Dios el que ha creado todo cuanto existe, de acuerdo al Capítulo 1 del Evangelio de Juan. Todas las cosas fueron hechas para él y por medio de él, y sin él nada de lo que es hecho hubiera sido hecho. En resumen, nuestra vida gira en torno a su eje fundamental, Jesucristo crucificado y resucitado. Ese Hijo de Dios ha sido nombrado como la justicia de Dios, nuestra pascua, habiendo muerto como justo por causa de los injustos.

    Nuestro aliento cobra fuerza en tanto el Consolador fue enviado para habitar nuestros corazones. Poco importa que el mundo ignore la norma divina, ya que lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio de su obra creada. Apareció en la criatura el deseo de agradar más al producto que a su Hacedor, así que prefirió darse gloria a ella misma antes que al Creador. Por esta razón se ha abierto una caja de males, lo cual ha traído deshonra para la humanidad. Como nunca antes, la maldad ha sido aumentada en estos tiempos, de manera que el amor de muchos se enfría.

    En la Carta a los Romanos, en el Capítulo 1, se puede leer que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres. El sumo de la malévola forma de vivir lo constituye el acto de detener la verdad. La premisa del apóstol Pablo subyace en el verso 16 de la carta nombrada, cuando argumenta que él no se avergüenza del evangelio, ya que es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Se detiene el evangelio cuando se impide su anuncio, pero también cuando por la maldad humana se solapa la verdad del propósito divino.

    El hombre ha ido glorificándose a sí mismo, entregado por completo al servicio de la carne. Abandonando el valor del aliento que le fue insuflado, pernocta en los laberintos mundanales bajo las doctrinas de demonios. Su sabiduría se trocó en necedad, la gloria del Dios incorruptible fue llevada a semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y reptiles. Esa persistencia en adorar lo que no es ha hecho que Dios insufle deshonra al ser humano. De esta manera fue entregada a la inmundicia gran parte de la humanidad, para que se entrelace en las concupiscencias del corazón.

    Cambiar la verdad por la mentira supone llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo. La homosexualidad descrita en los versos 26 y 27 de Romanos, Capítulo 1, ha venido como consecuencia de la negación de la verdad. Pero no solo llegó ese mal, también vino toda injusticia, fornicación, perversidad y avaricia; todo esto ha sucedido por no tener en cuenta a Dios. Aparecen en escena los que odian a Dios, los que inventan males, siendo desobedientes a los padres, viviendo como necios y desleales, sin afecto natural.

    Hoy día vemos gente sin misericordia, burlesca, que se complace en la murmuración y en la carnalidad. El Carnaval demuestra la entrega oficiosa del ser humano al canto de la carne, época en la que se leva o quita la carne de nuestro cuerpo, en alusión a eventos religiosos de la cristiandad y al repertorio de la histórica Saturnalia. Se comprueba que el ser humano tiene una naturaleza de pecado, de error / hamartía en griego significa errar el blanco, vocablo de donde procede el término pecado.

    Esa naturaleza carece de interés y poder para doblegarse por sí sola, no cede a la voluntad humana, así que urge que un medio externo la someta. Eso solo lo hace el Espíritu Santo de acuerdo a la voluntad del Padre de las luces. El autor de toda dádiva y don perfecto es quien puede doblegar el alma del ser humano, lo hace sin esfuerzo pero solamente en aquellos a quienes eligió desde la eternidad para ser objetos de su amor. Esta doctrina de Cristo molesta mucho a los no elegidos, o incluso a los que habrán de ser llamados pero que todavía no lo han sido. Los enoja porque reconocen que por sí mismos no podrán agradar a Dios.

    La pretensión humana de que puede hacer aquello para lo que no le ha sido provisto, ha generado gran confusión en materia religiosa. Obras muertas que se entregan como garantía de la paz ante un Dios que continúa airado contra el impío todos los días. Simulación de piedad ante el prójimo, como una huella de identidad que santifica al hombre. Pero más de lo mismo, injusticia sobre injusticia. Pablo advirtió a los destinatarios del Capítulo 10 de Romanos sobre la imposibilidad de agradar a Dios, de parte de aquellos celosos y religiosos que colocan su propia justicia ante el Padre Creador.

    La única justicia que Dios acepta es la de su Hijo, pero si se ignora nada puede sustituirla. Mucho celo por Dios, mucha obra religiosa, mucha apariencia de piedad no resuelven el problema humano. Cristo afirmó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos al Padre (Juan 6:45). También dijo que nadie podría ir a él (a Jesús) si el Padre no lo trajere a la fuerza. Esa es la naturaleza del verbo usado en el texto griego: ELKO, ser arrastrado por un barco remolque, ser dragado. No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.

    En Juan 6:37 Jesús dijo que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería nunca echado fuera. Esas dos premisas enunciadas (Juan 6:37 y 6:44) colocan al ser humano en la imposibilidad de acudir por cuenta propia. Al mismo tiempo garantizan por medio de la potencia de un Dios Todopoderoso que todos iremos, sin excepción, siendo admitidos, sin excepción, por Jesucristo. Ese todos anunciado por Cristo hace referencia a todo aquel que es enviado por el Padre. Por supuesto, su discurso generó incomodidad en los que lo seguían, los cuales fueron llamados discípulos por el escritor del evangelio.

    Se entregaron a la murmuración afirmando que las palabras de Jesús eran duras de oír. La salvación es de Jehová, pero él no desprecia al corazón contrito y humillado. La salvación es la liberación de la esclavitud del pecado y de la condenación, lo que resulta en una vida eterna con Dios. La vida eterna se define como el conocer al Padre y a Jesucristo a quien Él ha enviado. El Señor es la fuerza de su pueblo, es la defensa salvadora de su ungido. Jesús no rogó a ninguno de aquellos alumnos que lo seguían por mar y tierra, no les recordó que ellos habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces. Simplemente reconoció que ninguno de ellos había creído, por lo cual se volvió a los doce para preguntarles si ellos se querían ir también.

    Pedro reconoció que no tenían a quien más ir, ya que el Señor tenía palabras de vida eterna. Jesús agregó que él los había escogido a ellos, y que uno de ellos era diablo (hablaba de Judas, el que lo había de entregar). Por esa razón se escribió en el libro de Jonás que la salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:20), dado que es el Espíritu de Dios el que santifica. La santificación es la separación del mundo, así que somos odiados por ese mundo que no nos ama, porque tampoco amó a Jesús nunca. El mundo ama lo suyo, les entrega una paz incierta, la comunión de los que en él habitan unidos por la carne. La iglesia, por contrapartida, presupone la comunión de los que están unidos por un mismo Espíritu.

    Nuestro soplo de aliento para vida eterna vino dado por el segundo Adán, Jesucristo como Dios-hombre Mediador. Somos la nueva creación de Dios, metidos en vasos de barro frágiles, pero bajo la garantía de que ni uno solo de nosotros perecerá. Ese sí que es un aliento para vida eterna, el consuelo de cada creyente en medio de las vicisitudes de la vida diaria. Ofrezcamos sacrificios de alabanza, cumplamos lo que hemos prometido ante Dios, porque la salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SIMPLICIDAD DEL EVANGELIO

    El evangelio se manifiesta en forma simple, como la fe de Abel. Aquel primer hombre asesinado creyó a Dios y le llevó una ofrenda propicia y excelente. Su alusión al Cordero que habría de ser sacrificado por los pecados de su pueblo le costó la vida de manos de su hermano de sangre. Su muerte continúa hablándonos (Hebreos 11:4). Hoy día, ese evangelio permanece escondido para muchos, los que tienen el entendimiento entenebrecido por la manipulación del dios de este mundo.

    Decir que las lenguas tomaron sus variaciones cuando se configuraba una torre cuyos edificadores pretendían hacerse un nombre, alejados de Dios en incumplimiento del mandato de esparcirse para llenar la tierra, puede traer la consecuencia de una burla por los que se llaman intelectuales. Eso nos llevaría el calificativo de seres mitológicos, por militar en una creencia dogmática inferior. Pero llegar a decir que la materia va hacia formas complejas, pese a que venimos de seres inferiores gracias a una evolución que se da porque sí, sin Ingeniero detrás de ella, nos merecería un aplauso de los intelectuales que se burlan por causa de nuestra fe pura y simple.

    De inmediato nos despojan con el argumento de falsa autoridad, diciéndonos que los títulos que otorgan universidades de prestigio autorizan a los más doctos a desacreditarnos. Hablan de intentos fallidos hasta llegar al homo sapiens, dicen que hubo muerte antes de que la Biblia hablara de la caída del hombre. Es decir, que esos intentos por aparecer la humanidad en la tierra permitieron la muerte de miles de personas cuyos restos fósiles testifican de esa hipotética realidad.

    Para ello cuentan con argumentos de autoridad como el carbono 14, la radiación emitida y medida, pero nada hablan de que su sistema de medición sea relativo. El creyente tiene esa lucha en los predios intelectuales donde a veces debe concurrir. La amplitud cultural del ámbito universitario pareciera complicar la vida de los hombres de poca fe. La confianza de Abel se fundamentó solamente en el sacrificio del Cordero que habría de venir, en tanto la ofrenda de Caín emergía de sus propias obras. He allí la gran diferencia entre esos dos hermanos biológicos, cuyas almas hablan desde dos posiciones opuestas.

    Abel creyó en un evangelio puro y simple, en tanto Caín siguió la huella de la serpiente en el Edén, convirtiéndose en un hijo del maligno (1 Juan 3:12). Jesucristo hizo todas las cosas (Juan 1:3), así que no hubo experimento evolutivo que ocasionara la muerte antes del pecado entrado al mundo por Adán. Por lo tanto, aquellos registros fósiles de que tanto habla la falsamente llamada ciencia, se muestran como evidencia falaz. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las señala como locura. Nosotros los que hemos llegado a creer, hemos sido marcados como los objetos de burla del mundo.

    Esa burla pudiera ser vista como un tipo de muerte en forma lenta. Al igual que Caín asesinó a su hermano, estos hermanos de la humanidad biológica asesinan a los que profesamos la fe de Cristo. Somos como ovejas llevadas al matadero cuando damos testimonio de la luz. Nuestro salvoconducto en los predios del mundo viene a ser el evangelio antropocéntrico. Si nos presentamos en nombre del evangelio anatema, la crítica disminuye y aparecen algunos aplausos. Al contrario, si nos aferramos a lo que la Biblia dice, seremos ridiculizados en grado extremo.

    La iglesia pagana recibe a sus hijos para instruirlos en el otro evangelio, de manera que sus fieles gozan de renombre en todas las áreas del saber humano. Ellos tienen sus teólogos que recitan la evolución como paradigma científico, otros hablan de una creación evolucionista. Por igual, los conceptos duros de la fe cristiana se muestran metafóricos de épocas oscuras, como bien se califica al infierno de fuego en un sentido simbólico. El Dios de amor no puede crear un lugar de tormento eterno, así que tampoco pudo predestinar nuestros destinos desde antes de la fundación del mundo.

    Al parecer, la ofrenda de Caín sigue teniendo vigencia en la teología contemporánea. Las obras hablan por sí solas, colocando a Dios como árbitro que no se inmiscuye en el sagrado libre albedrío humano. Pero eso no podría llamarse mito o ilusión, ya que toca lo más sagrado del corazón del hombre: su ego y sus obras libres. De allí que surge la tesis de la meritocracia espiritual, un arquetipo con el cual pareciera nacer cada hombre natural. El Cristo que vino a morir en la cruz debería ser visto como el Dios Salvador que vino a ofrecer salvación a toda la humanidad, sin excepción, para que pueda ser tenido como justo y equitativo.

    Así como se ve el creacionismo como una tesis desarticulada de la razón, se ve la redención como una realización potencial antes que actual. Se nos conmina a creer en una evolución que tiende a la complejidad de la matería, afirmándonos que el universo siempre ha estado allí, que Dios es una invención humana junto a todos los mitos. Pero las hipótesis evolucionistas que cambian cuando se ven obsoletas no desestimulan la fe espuria en la falsamente llamada ciencia.

    Pareciera haber un intercambio entre la hipótesis de la evolución y la fe genérica que asume un evangelio diferente al de las Escrituras. En otras palabras, la fe de Caín se recibe con bienvenidas en el territorio del ateísmo y del negacionismo de las Escrituras. Los que perecen en su insistencia de la negación de las doctrinas del evangelio, no serán recibidos en el reino de los cielos. Pero eso no debe importar mucho a quienes de entrada niegan una vida después de esta vida, a los que suponen que venimos del mono, a los que excusan sus conductas basados en los males de la infancia, a los que se vuelven creyentes de que la religión cristiana es opio para los pueblos.

    No en vano esas tres doctrinas vinieron juntas: marxismo, freudismo y evolucionismo. A partir de entonces la humanidad dio un giro hacia su propio abismo, sin saber que con ello también cumplía las profecías de las Escrituras: la maldad aumentada en estos últimos tiempos. Sin Dios como Creador, con la excusa del trauma infantil que brinda el psicoanálisis, bajo la creencia del materialismo histórico marxista, el nuevo hombre ha tenido que dar paso a su desenfreno, ya que no tiene que rendir cuentas a una Deidad que le reclamará por sus malas acciones.

    La burla a los que creen en la Biblia como norma de fe, el descrédito intelectual contra los que profesamos el evangelio de Cristo, ha insistido en proporcionarnos desventura en este mundo. Pero nosotros seguiremos hasta el final, ya que vanidad y solo vanidad es la falsamente llamada ciencia y el evangelio sin conocimiento (Romanos 10:1-4; Isaías 53:11). El fin de todo el discurso, como dijera el autor del Eclesiastés, consiste en creer y temer a Dios, guardando sus mandamientos. Sabemos que esos mandamientos no son gravosos, ya que consisten en amar a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Los apóstoles anunciaron una salvación condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo (Mateo 1:21 y Juan 17:9). El que llega a creer no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

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  • ALABAR A DIOS

    ALABAR A DIOS

    Va bien con nuestra alma el alabar a Dios, muy bien, por lo tanto alabemos a nuestro Dios. Poco importa que el mundo ignore al Creador, que lo malinterprete, que lo tenga por objeto o animal, que le dé el nombre de algún demonio. Sí, al impío dijo Dios que él no tiene que tomar en su boca la palabra divina, así que animémonos a tomarla nosotros como un derecho inalienable, como una dicha de regalo. Grande es la fidelidad del Señor, su misericordia no posee ni una sombra de duda, cada mañana la vemos en nuestra disposición para la vida. A los que a Dios aman todo ayuda a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Todo lo que respire bendiga el nombre de Jehová, cuya gracia nos impulsa en medio de este mundo insano. Si abrimos el noticiero, o cualquier medio digital, si escuchamos a los que van al abasto, a los que hacen cualquier cola, siempre oiremos quejas y palabras de mal gusto. No tienen seguridad, pero poseen conciencia de quién es quién. Ellos saben que en nosotros está la paz de Jehová, que hemos nacido del Espíritu, aunque no hayan jamás leído al respecto. El testimonio del Señor se deja ver en nuestra actitud para vivir, parar confrontar la maldad y para asumir la alegría de la vida.

    Tenemos una perfecta sumisión a su palabra, sabemos que los ángeles descienden para socorrernos, que nos defienden, porque así está prometido en la palabra inquebrantable de las Escrituras. Nos sumergimos en la dulce oración, ante el trono de nuestro Padre donde depositamos nuestra ansiedad sobre quien nos cuida. Nuestra alma ha encontrado alivio al inclinarnos, sabemos que lo más bajo que caeremos será a los pies del Todopoderoso y que jamás lo haremos ante los pies de ningún humano. De rodillas ante Dios, no ante los hombres.

    El espíritu ansioso ve que Dios se apresura a socorrerlo, cobra alivio al reconocer la presencia de quien dio su vida hasta el martirio por extendernos su justificación. Hemos sido salvados por gracia, no por obras que pudiéramos tener; si alguien supone que su obra ayudó, entonces tiene de qué gloriarse. Sepa esa persona que Dios no compartirá su gloria con nadie, que desde la eternidad se propuso darle la gloria de Redentor a su Hijo, que Adán tenía que pecar en el Edén para que se manifestase aquel Cordero ordenado para nuestro provecho (1 Pedro 1:20).

    Recordemos que no todos los seres humanos fueron ordenados para vida eterna, sino que los hay también para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Por eso compartimos el gozo con el Señor, y poseemos un ánimo que el mundo desconoce. Jesucristo es la fuente de cada bendición, como manantial de aguas tranquilas y vida eterna. El impío huye sin que nadie lo persiga (Proverbios 28:1), pero el justo está confiado como un león. La conciencia atormenta al hombre de maldad, lo hace huir hacia sus terrores, como sucedió con Caín. Su pensamiento vive en el futuro plagado de calamidades, o en el pasado bajo el recuerdo de sus injusticias y aunque se ufane de ellas existe siempre una espada de Damocles que lo amenaza. El rostro del Señor está en su contra para que tropiece con sus enemigos, para que lo gobierne quien está contra él (Levítico 26:17).

    El que ha sido justificado por la fe de Jesucristo habita cual león fortalecido, sin temer a ninguna criatura. Como león fuerte no se aparta para huir de nadie (Proverbios 30:30). Si tememos a Dios no tendremos temor de nadie más, no solo seremos protegidos por ángeles, sino que sabremos que nuestro Señor está presto mirándonos. Aunque nuestra lucha sea intrincada con huestes de demonios, con principados y potestades, no tememos a los antros del mal. Simplemente comprendemos que el mundo anda conforme a su príncipe tenebroso, deseoso de complacerle y en odio natural contra los que somos amados por Dios. El mundo nos odia porque no somos de él, porque el mundo ama lo suyo, pero confiamos en aquel que ha vencido al mundo. El espíritu de cobardía, de temor y susto no nos gobierna, ya que el Señor nos ha otorgado el espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7-9).

    Lo que diga el hombre y lo que amenace el demonio no lo tememos, no nos descorazonamos por sus amenazas. Ante una eventual derrota en aquello que nos propusimos lograr, sabemos que Dios no ha muerto y que sus planes se cumplen. Tal vez no sean los mismos planes que hemos concebido, por lo tanto de seguro serán mejores. Seguimos oponiéndonos a los errores de los falsos maestros, a la doctrina diabólica de la expiación universal, al engaño de los mentirosos que dicen bien a lo que es mal y llaman malo a lo bueno.

    Poseemos el dominio propio que provee la doctrina del Evangelio, para comprender todo el consejo de Dios. Nuestra confianza se fundamenta en que hemos sido escogidos por el Padre de acuerdo a su propia voluntad, habiendo sido formados como vasos de misericordia y no de ira. ¿A qué hemos de temer? Dios es quien justifica, Cristo intercede por nosotros ante el Padre. El Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene, y si oramos conforme a la voluntad divina tenemos aquellas cosas que hayamos pedido. Por eso decimos Jesús, precioso Jesús, por la facilidad de confiar en él. Allí tenemos confianza y paz, junto a él hemos probado la respuesta a nuestras plegarias y nos animamos a volver a su trono a cada momento.

    Dios repudia el fuego extraño como alabanza a su nombre, de manera que no debemos ser ligeros en esta actividad. Tenemos los Salmos para memorizarlos o para recitarlos, incluso se cantan en algunas congregaciones. Podemos escribir himnos que describan y exalten su doctrina, su manera de ser. Pero cuando nos incorporamos a buscar una música que nos dé ánimo, el centro de la adoración ha cambiado de Dios al hombre. Ciertamente hay sonidos que dan alegría, pero ella debe ocurrir no por ese estímulo sensorial sino por el contenido de su letra que siempre ha de honrar al Todopoderoso.

    La doctrina del creyente ha de fijarse como el eje sobre el que gira su alma, el ancla con la que sostiene quieta su nave. Esa doctrina la enseñó Jesucristo con insistencia, para que nos ocupemos de aprenderla y aceptarla. Sin ella, la alabanza resulta hueca porque a Dios no le agrada que le adoremos sin reconocer lo que nos ha enseñado. Sepamos quién es el Señor para que adoremos de pura conciencia, mostrándonos deseosos de aprender más y más de su grandeza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DE LA TIERRA AL CIELO

    Estamos en la tierra y en ocasiones nos preguntamos de dónde vinimos y hacia dónde vamos. La mayoría de las personas no sienten preocupación alguna por su destino, mucho menos se plantean por curiosidad de dónde precede todo lo que nos rodea. Un pragmatismo se yergue sobre las mentes que intentan resolver su día a día, sin que medie incomodidad intelectual en relación al origen y finalidad de todas las cosas.

    Las religiones van apareciendo y mutando, en el intento de resolver algunas proposiciones como respuesta. Pero entre ellas suele haber competencia, a no ser que parezca un aire de eclecticismo que busca resolver la incomodidad y disputa entre sus postulados tan diversos. La visión cristiana del mundo nos compete a cada creyente, pero sigue como un asunto de fe sin que se puede pretender probar cada detalle de lo que plantea la Biblia. Ante el mundo no habrá solución de la disputa, pero eso no significa que la lógica no nos acompañe. Pablo dijo que lo que se veía a qué esperarlo, dando a entender que la fe es la certeza de lo que esperamos y no vemos.

    En ese sentido, la prueba absoluta pudiera estar cercana a la idea de haber visto el hecho que anunciamos, lo cual presupone que ya no sería necesaria la fe. De nuevo, este presupuesto llega como premisa fundamental: lo que se ve, ¿a qué esperarlo? Por esa razón siempre caminamos bajo el paradigma de la fe como certeza de aquello que esperamos y no vemos. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, porque se hace necesario que el que se acerca a Él crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan.

    La fe se nos asemeja a ese saco de piedrecitas que colgaba David cuando se enfrentaba a Goliat, para echar mano a una de ellas y lanzar el disparo en el nombre de Jehová. Salimos cada día a la calle, nos enfrentamos al mundo sea en la casa o fuera de ella, rodeados de gigantes al acecho. Son los principados y potestades los que circundan con su presencia nuestro diario vivir, bajo su odio terrorista que busca sacarnos de nuestro espacio. Esa es una de las causas por las cuales el Señor nos ordenó a vigilar y a no dormir, a estar en guardia con la oración y la palabra.

    La matemática del creyente es sencilla, una simplicidad, pero por su práctica generamos la costumbre de un hábito que nos sosiega en cada momento de turbación. En el mundo tenemos la aflicción, pero el Señor ha vencido al mundo. El mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo, aunque estemos en él por el momento que dure este tránsito hacia las moradas celestiales. Sabemos que el Evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a su pueblo, bajo la condición de la sangre que el Hijo derramó en la cruz. De ese acto deriva nuestra justicia, la cual nos fue imputada en ese intercambio gratuito que hizo Jesucristo: tomó nuestros pecados y nos dio su justificación.

    Los que no creen el la doctrina del Evangelio continúan muertos en sus delitos y pecados. No nos extrañemos por la palabra doctrina, ya que Jesús vino a enseñarnos la doctrina del Padre, en tanto Pablo recomienda que nos ocupemos de ella. Esencial resulta entonces el conocimiento de las enseñanzas de Jesús (cuerpo doctrinal), ya que sin ella no hay Evangelio. Dios nos prometió un Salvador, una persona que habitaría en nosotros, el cual nos llevaría al reino celestial. Eso lo vemos en la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, siempre en referencia al pueblo escogido desde la eternidad. No existe comunismo en Dios, ni democracia, simplemente Él se manifiesta como soberano, como el ejecutor de todo cuanto ha querido. Siendo Todopoderoso, resulta capaz de cumplir todas sus promesas. Su poder se enuncia en los profetas: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra de justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Isaías 45: 23).

    Una prueba del cumplimiento de sus promesas la da Pablo: Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8). Pedro añade que el Señor no retarda su promesa, sino que es paciente para con todos nosotros (los que alcanzamos una fe preciosa, por la justicia de Jesucristo -2 Pedro 1:1) -2 Pedro 3:9. Dios controla en forma total el universo, sin dejar un átomo a la deriva; cada acto de los seres humanos es medido, calificado, bajo el propósito de su providencia. Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13).

    El corazón del rey, la suerte que se lanza en el regazo, los pensamientos de los hombres, todo es controlado por el Supremo Dios. Esaú viene a ser un ejemplo claro del destino prefijado por Jehová, cosa que lo indujo a vender su primogenitura. En cambio, Jacob viene como ejemplo idéntico de lo que acabamos de decir, pero para beneficio de su alma. A ambos creó el Señor con destino prefijado, antes de ser concebidos; a uno odió y a otro amó. Ante esta confesión de la Escritura muchos se levantan en contra, interpretándola de manera privada para torcerla. Se ha objetado que Dios inculpe a quien no puede resistirse a su voluntad, pero de la queja no queda sino el eco de los desdichados que se avientan contra el Todopoderoso. De la tierra al cielo hay solo un camino, definido como angosto y algo estrecho. Se nos ha dicho que Jesús es el camino, así como la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sino por él; pero nadie viene a Jesús si no le fuere dado del Padre. El otro camino, el ancho y espacioso, lleva a un fin de perdición y muchos son los que por él deambulan.

    La predestinación es una doctrina de la gracia, dentro del ámbito de la soberanía de Dios. ¿Desde cuándo predestinó Dios lo que acontecería? Desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a las Escrituras. No predestinó en base a lo que el mundo haría, sino que el mundo hace en base a lo que Él dispuso. Cuando uno lee Apocalipsis 17:17 puede cotejar que los gobernantes de la tierra harán aquello que Dios colocó en sus corazones, para cumplir todas las palabras de Dios. La elección y predestinación no pueden depender de la voluntad humana, como si ella fuere libre; de serlo así no se cumplirían las profecías divinas. El hombre vacila en sus caminos y propósitos, de manera que profetizar en base a lo que el hombre maquina suele ser improductivo como incierto.

    ¿Qué le dijo Jesús a Pedro, respecto a su negación? Que él oraría para que su fe no fallase; es decir, todo está preordenado y Dios así lo ha dispuesto. La determinación divina subyace en la mente de Dios desde la eternidad: el Dios creador de todo cuanto existe no preguntó jamás si debería o no hacer a Adán. Pero aún el Hijo estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de la creación de Adán) para que fuese manifestado en el tiempo apostólico. Esa aseveración encontrada en 1 Pedro 1:20 nos da pie para sostener que Adán tenía que pecar, de otro modo el Cordero de Dios no se habría manifestado como nuestro Salvador.

    Del Señor sabemos esto: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Todos nosotros (los creyentes) estuvimos muertos en otro tiempo en nuestros delitos y pecados, lo mismo que los demás (los que no son creyentes). Es decir, caídos en el pecado como herencia de Adán, fuimos rescatados por el Evangelio, por la palabra de vida, de acuerdo a los planes eternos del Señor.

    El ser humano debe responder al juicio de rendición de cuentas que le queda pendiente; dos caminos en la tierra pero uno solo conduce al cielo. ¿De qué aprovecha al hombre ganar el mundo si perdiere su alma? Esa interrogante debería ser prioritaria en cada ser humano, si en algo estima su eternidad. La carencia de justicia viene como consecuencia natural de la pecaminosidad humana, pero la justicia de Cristo se imparte para poder iniciar la comunión con el Creador. Solamente aquellos por quienes murió Jesús alcanzaremos esa gracia, pero a cada quien le queda preguntarse qué le impide acercarse a Dios. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, dice la Biblia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA PALABRA

    Por la palabra creemos haber sido constituido el universo, dice un verso de la Biblia. Es razonable que ese sea el comienzo de todo cuanto conocemos, la voz del dueño de la creación, el sonido que circunda todo cuanto ha hecho el Señor de lo que existe. Todo su poder unido ha hecho que aparezca en escena aquello que deseó, como también fue dicho de su esencia: en el principio era el Verbo (el Logos). Por él todas las cosas fueron hechas, y sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Una palabra tuya bastará para el milagro, decía una persona afligida; otros escucharon que ya sus enfermos habían sanado bajo su sólida decisión. Por lo que dice y hace es llamado el Juez de toda la tierra, el que ordena a las naciones y las prepara para el desarrollo de su guión presupuesto.

    Nosotros damos poca importancia a nuestras palabras, ya que muchas veces carecen de sentido. Sin embargo, estamos construidos de vocablos, todo lo que viene en esa envoltura del verbo se almacena como ladrillos útiles para construir lo que somos. Si nos mirásemos en un espejo y nos dijésemos palabras amigables, nuestro semblante se agradaría; por el contrario, si nos ofendemos con términos agresivos, la amargura fluirá hasta dejarse ver en nuestro rostro. El hijo de Dios debe tomar conciencia de su ligamen con la palabra, en especial con aquella que emana de las Escrituras. La ley y el testimonio guían al sencillo, dan forma a lo naciente, refuerzan la fe del valiente.

    La ley está confeccionada de palabras, y el salmista decía que amaba grandemente esa ley del Señor. Bienaventurado será el que medita en ella de día y de noche, como si conversásemos con el Dios que nos ha creado. La oración o plegaria nos viene como mediación y acercamiento, entre el Verbo hecho carne y nuestra carne que busca el verbo para hablar. La Escritura se tiene como una lámpara ante nuestros pies, para alumbrar el camino por donde andamos.

    La Biblia nos da ejemplos del debido cuidado de las palabras. Nos dice que no salga de nuestra boca nada que sea corrompido, sino solamente aquellos vocablos útiles para la sana edificación. También añade que seremos conocidos por nuestros frutos, especialmente por la confesión de nuestro corazón: de su abundancia habla la boca. Creer en el corazón y confesar con los labios, un recurso que traerá prosperidad a nuestra alma.

    El Dios que ha creado todo por medio de la palabra quiso hacer su segunda creación, la que se fundamenta en el segundo Adán, que es Cristo. También la formó por la predicación del Evangelio. Hablar del Hijo de Dios y su obra consumada en la cruz, se tiene como una tarea de evangelista, una comisión que nos compete a todos los regenerados por el Espíritu. La palabra viva genera cambios en el individuo, en especial en los escogidos de Dios. En el mundo sirve de referencia para las leyes, para la moral y las buenas costumbres, de manera que el ser humano guarde su recato en la sociedad.

    Vemos que a medida que se levanta el respeto a lo que Dios ha dicho, la humanidad queda libre de la justicia y se esclaviza más en el pecado. Pero esto no lo discierne el mundo sino que le parece una locura el que lo digamos, de manera que nos toca a nosotros continuar con la esperanza de que por medio de la oración conseguiremos suplir lo que nos falta (Filipenses 4:19). No olvidemos este texto inspirador y oportuno respecto a lo que decimos: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13). Si pensamos lo que es verdadero y amable, lo honesto y de buen nombre, lo que tiene virtud y es digno de alabanza, el resultado vendrá con ventura para dar forma a los vocablos que traen provecho a quienes nos rodean.

    El hablar la palabra de Dios nos lleva a una acción de extrema importancia, el acto de dar. Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:25); El que da en abundancia, recibe más de lo que dio; pero el que es tacaño, termina en la pobreza. El que es generoso, prospera; el que da a otros, a sí mismo se enriquece (Proverbios 11:24-27). El Dios que tiene riquezas en gloria nos saciará de ellas en la medida en que por medio de nuestras palabras le pidamos.

    Resulta de interés el que tengamos que pedir aquello que Dios conoce que necesitamos. Ha querido que nos ejercitemos en la palabra hablada o murmurada, la de nuestras súplicas y con acciones de gracias. El reino de Dios y su justicia está construido de su palabra, si bien un universo de acciones de misericordia de nuestro lado se muestra como un deber de ejercicio. A los pobres siempre los tendremos entre nosotros, dijo Jesucristo; esto quiere decir que no nos hemos de olvidar de ellos. Están los necesitados del conocimiento de la palabra divina, de los que aguardan sin saberlo el momento de la esperanza bienaventurada que nosotros poseemos. La predicación del Evangelio también se encarrila por el verbo expresado, de manera que el ejercicio del logos se muestra continuo. Ese logos también se interpreta como razón, una acción de conciencia y discernimiento propio del que anuncia verdad, conocimiento e inteligencia (Jeremías 3:15).

    Para nuestra dicha, el poder de la palabra de Dios está en nuestra boca y en nuestro corazón, sin que tengamos que depender de un tercero. De mucha ayuda sirven las oraciones de los hermanos en la fe de Cristo, pero si no hubiere ninguna todavía tenemos el recurso a nuestro alcance. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, pero en la medida en que nos acercamos a Él ella se acrecienta. La Biblia nos recuerda sobre la necesidad de creer que Dios está allí cuando oramos, que Él es galardonador de los que le buscan. Ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público (Mateo 6:6). La oración nos ayuda a desarrollar nuestra relación con el Señor, con aquel que es el Verbo. A través de la palabra nos comunicamos y por medio de ella recibimos la respuesta.

    Dios es espíritu, se conoce como el Dios invisible, sin que pueda ser visto con nuestros ojos humanos. El ojo de la fe, como en una metáfora, nos permite ver al Omnipotente; la oración como recurso bajo la fe de Jesucristo, en tanto Mediador, como imagen del Dios invisible, nos acerca a ese Padre que nos ha amado de tal forma como para no escatimar ni a su propio Hijo. Entregar al Hijo en sacrificio como ofrenda por el pecado, se contempla como la mayor expresión de amor que alguien tenga por otro. No hay mayor amor que ese, afirmó Jesús; mirad cual amor nos ha dado el Padre, escribió Juan en una de sus cartas.

    Fundamentados en ese amor gigante y eterno sabemos que seremos recompensados abiertamente, cuando hayamos orado. Orar es hablar con Dios, es contarle lo que ya Él sabe, pedirle lo que nos tiene para dar, bendecir su nombre al que siempre es bendito. Orar viene a interconectar el poder con la debilidad, en una actividad de reconocimiento de quién es quién: Dios el Omnipotente, nosotros como sus criaturas debilitadas por el trajinar en el mundo. En medio de esa aflicción propia de nuestros escenarios, sintamos la confianza de Jesús al haber vencido al mundo. Él lo hizo de muchas formas, pero sin duda nos dejó el ejemplo para que consigamos el triunfo: la oración.

    El hombre más poderoso que jamás haya pisado esta tierra, no menospreció el tiempo de su vida entre nosotros como para esquivar la oración. Al contrario, se menciona en cantidad las veces que Jesús se retiraba a orar con el Padre. ¿Por qué lo hacía, si él era Dios? Lo hizo porque siempre lo ha hecho, siempre ha conversado como en familia con el Padre Eterno. Ese Dios Trino ha estado perpetuamente en comunión perfecta, por lo cual no debe pasar desapercibido el que las tres personas se involucren en la actividad de nuestras oraciones. El Padre nos oye en secreto, el Hijo nos dejó ejemplo y sigue intercediendo por nosotros, mientras el Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene en nuestras oraciones, porque conoce la mente del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • LA OBRA DE DIOS

    Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Basta con mirar unos instantes la prodigiosa naturaleza, con sus animales cargados de conocimiento para sobrevivir en sus ambientes, para inferir una sabiduría en su creación. Cada uno fue hecho por alguna razón, pero cada criatura demuestra el reflejo del artista, de ese conocimiento eterno que todo lo llena. Como corona de la creación surgió el hombre, colocado para dar gloria al Creador. Adán vino al Edén donde también accedió la serpiente antigua, no por intromisión propia sino por decreto divino. Ya el Cordero sin mancha estaba ordenado para su aparición en el tiempo apostólico, así que el hombre tenía que gustar el pecado para contaminar toda la tierra.

    No se trata de un Dios sorprendido o acosado por el mal, sino de un Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). En el caos también se ve su orden, una sintaxis que lo señala como el artífice de todo cuanto existe. Mejor amistarse con Él para que nos venga bien, porque tiene el poder de echar el alma y el cuerpo en el infierno. Guardemos nuestra lengua del mal y no hagamos que nuestros labios hablen engaño. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo (Salmos 19:7).

    Aunque todos callen, la creación grita a voces la gloria del Altísimo, para silenciar al necio que dice en su corazón que no hay Dios. La fe viene por el oír esa voz del Evangelio, la cual fue pregonada por los apóstoles, y mucho antes por los profetas de antaño; algunos la oyen externamente, pero otros de manera interna y para mejor provecho. La palabra de Dios es perfecta para convertir el alma, la ley y el testimonio que deben hablar lo hacen oportunamente. Si el evangelio no hablara no habría amanecido Cristo, porque la Escritura inspirada surte provecho para la doctrina redentora, para reprobar y corregir, como útil instrucción para el hombre recto (justificado).

    La ley de Moisés condenaba el alma pero la ley de Dios la convierte, por medio del Evangelio que anuncia el sacrificio del Hijo como Redentor de su pueblo. Aquella ley sirvió para instruirnos y hacernos temer, ya que trajo maldición a todo el que la quebrantaba. Ella nos condujo a Cristo, en alguna medida, para caer de rodillas ante su piedad inalterada. El alimento del alma con el cual se nutre y se hidrata, está compuesto de sólido y líquido. La palabra de Cristo que señala a su doctrina como alimento de fe, más el agua que brota como manantial eterno para no tener sed jamás, vienen a ser el conjunto alimenticio que habrá de procurar todo aquel que estima su alma y aprecia el evangelio.

    La complejidad del cuerpo humano demuestra al de espíritu sencillo que existe un Creador de todo lo que vemos, pero el hombre altivo no logra entender ese designio divino. No por azar existe el ser humano junto al caballo, ni por casualidad los árboles dan su sombra protectora junto a sus frutos. Si pudiéramos examinar el alma veríamos también un diseñador complejo, pero muchos prefieren ni siquiera pensarlo. El esquema de salvación que se planteó desde hace siglos, bajo el marco de la pedagogía divina, con maestros y profetas inspirados por Dios para que el pueblo elegido encontrara el camino, anuncia por igual la perfección.

    Vemos que la muerte se introdujo por el pecado del primer hombre, pero el segundo Adán (Cristo) trajo la vida para aquellos que el Padre eligió. El Espíritu vivifica a cada uno de ellos, de acuerdo a la palabra predicada. Sin evangelio no existe redención, sin Espíritu no puede haber renacimiento, sin el Redentor no habría esperanza alguna. La salvación es también obra de Dios, que se obtiene por medio de la fe que da Jesucristo. No puede el evangelio de los falsos maestros redimir un alma, no pudo la ley tampoco salvar a una persona. Incluso Pablo, enseñado a los pies de Gamaliel, tuvo aquel tiempo como basura por causa de la excelencia de Cristo. Nadie puede andar en el camino de los falsos maestros y pretender tener esos tiempos como ganancia. El mandato del Señor es a salir y huir de Babilonia.

    Babilonia viene como metáfora de la guarida de espíritus demoníacos, con doctrinas del averno; ella inspira a las sinagogas de Satanás, a sus hermanos en la fe espuria. Conviene alejarse lo más que se pueda de esos espacios, así como hemos de resistir al diablo; la Biblia no nos pide que convirtamos a Satanás como tampoco que nos quedemos en Babilonia.

    Cuando uno de los elegidos de Dios ha sido regenerado por el Espíritu de Dios, sale de Babilonia gustoso de no participar más de sus hechicerías. La visión espiritual que le es dada con el nuevo nacimiento le permite conocer la gloria de la redención obtenida. Aparece en su corazón el resplandor de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, lo cual hace que no sea posible que aparezca el rostro del falso maestro (a no ser que la conversión haya sido falsa y el evangelio sea el falso) -2 Corintios 4:6. No son pocos los que se introducen con una pseudo conversión, bajo la batuta de la pseudo piedad, cuyos corazones todavía son regidos por la reina del cielo, por el rey de Babilonia y por la doctrina demoníaca de los falsos maestros.

    A los que casi se convierten a la fe cristiana, pero no les alcanza el olvido de sus vanas doctrinas, les parece bien la congregación mixta entre ovejas y cabras. A gusto se sienten para atormentar a las ovejas del Señor, pero Dios ha ordenado a sus ovejas salir de Babilonia. Uno nota que los verdaderos creyentes son marginados en esos templos mixtos, y son acusados de sectarios y divisionistas, como si no tuvieran amor y pasión por el nombre de Jesús. En realidad, las cabras se dan al canto de sus pasiones, de sus idolatrías, bajo la inspiración de la doctrina de la expiación universal. Aman el ser inclusivos, ya que se amparan en el mito del Dios que ama a todos por igual, en el libre albedrío humano para decidir lo que conviene a sus almas.

    Pareciera que esa gente conforma el conjunto de los hijos de esclavitud, representados por Agar, la esclava que le dio un hijo a Abraham. Los ministros de Satanás tienen como locura la cruz de Cristo, por lo que se dan a la tarea del eclecticismo, de un justo medio doctrinal, para que la doctrina no supere el supuesto amor que hay en sus corazones. Lo de ellos siempre será opcional, como un menú de mesonero a la carta, para que cada quien elija los puntos doctrinales que más satisfacen. Entonces uno puede observar que muchas de sus asambleas contienen apóstoles, profetas, habladores de falsas lenguas, evangelistas y pastores que claman a voces por las fiestas del Israel del Antiguo Testamento. Se gozan en pronunciar palabras en hebreo bíblico, como si sus sonidos trajeran la presencia del Señor con solemnidad.

    Es en realidad un sistema de fe prostituido, una emulación de la Gran Ramera apocalíptica, a quien visten con cierto recato para presentarla como mujer redimida. Surge el arduo celo por la falsa cruz de los no escogidos, cuando muestran sus dientes filosos para devorar a todo aquel que se les oponga en sus asambleas. Siempre están preguntando por sus versos que saben de memoria, los que fuera de contexto les brindan razones para la teología espuria. Domingo a domingo caminan hipnotizados hacia los templos de Baal-Jesús, como lo hacían los antiguos paganos ante los recintos de sus dioses. Como sus ojos son débiles, sus cuerpos y almas están en tinieblas, al igual que su pastor de pastores tiene un ojo tapado. ¡Ay del pastor inútil que abandona el ganado! Hiera la espada su brazo, y su ojo derecho; del todo se secará su brazo, y su ojo derecho será enteramente oscurecido (Zacarías 11:17).

    La Gran Ramera será odiada, sus ropas rasgadas para mostrar su desnudez, su carne será comida y ella terminará quemada en el fuego (Apocalipsis 17:16). Eso espera por igual a todos los que veneran a la Gran Ramera, a la Babilonia misteriosa, la cual se ha embriagado con la sangre de los santos. Ella sigue viva todavía, porque no le ha llegado su hora, pero los que se gozan con sus falsas doctrinas del averno serán lanzados al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles. No saldrán gratuitamente de sus fangos, sino que el espíritu de estupor enviado por Jehová los conducirá hacia ese espantoso destino final.

    Es ahora el tiempo de salvación, es ahora el día aceptable; a la ley y al testimonio, a buscar la doctrina del Padre para que habiéndola aprendido se pueda ser conducido hacia Cristo. La voluntad de Dios es que prediquemos su evangelio, su promesa de redención para su pueblo escogido. En los réprobos este evangelio cae como un fardo y los hunde más en el lodo, pero en los que oyen la voz del Señor viene a ser un bálsamo para sus heridas y unas alas para el despegue. La palabra de la cruz es el poder de Dios para salvación, la cual viene por la locura de la predicación. Lo necio del mundo, lo que no es, lo descartado en general, escogió Dios para avergonzar a lo sabio, a lo que se dice que es. A ellos, a los pobres de este mundo, es predicado este evangelio, para que creyendo seáis instrumento de alabanza viva para el Creador de todo cuanto existe. A éstos dice Dios: Venid a las aguas, bebéis de gratis, agua para vida eterna.

    César Paredes

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  • CON LA FE COMO UN ESCUDO (EFESIOS 6:12)

    Con la fe evitamos el temor ante los hombres, así como ante los peligros y males que pueden sobrevenir por ataques diabólicos. La verdadera fe en el Dios de las Escrituras asume que a quien hay que temer es al Todopoderoso, pero ahora que le conocemos lo reverenciamos. No estamos puestos para ira sino para misericordia, por esa razón aparece nuestra reverencia en agradecimiento a quien nos libró de la maldición de la ley. El principio de la sabiduría es el temor a Jehová, por cuya razón tememos al Omnipotente, a su castigo de Padre, aunque no caeremos de nuevo bajo su ira.

    Preferible resulta temer al Señor que tenerle miedo a los seres humanos. Mucho mejor para el alma arrodillarnos ante Dios y no ante los hombres; el temor neurótico que embarga a muchos espíritus se da por ausencia del temor a Dios. El poder de la fe nos ayuda a sobreponernos a los diversos miedos que nos provienen de los otros seres humanos. La fe nos coloca en lugar seguro, al saber que nuestra alma está a salvo. Con la información de que estamos bajo el pacto de gracia, nos alcanza la consecuencia necesaria de ese convenio: la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

    Al saber que la eternidad está garantizada en aquel que tiene el poder para cumplir todas sus promesas, caminamos firmes en medio de los contratiempos del mundo. Hagamos el bien, decía Pedro, una vez que encomendemos nuestras almas a Dios (1 Pedro 4:19). Si nos ocupamos con acciones virtuosas, de seguro nuestra alma yacerá confiada. Esa confianza no viene garantizada por nuestras obras sino por haber encomendado nuestra alma al Todopoderoso, en tanto que por consecuencia la virtud nos sigue en aquello que hacemos.

    El diluvio vino y Noé y su familia reposaron en el arca, confiados en lo que el Señor les había indicado. Pero Noé actuó por fe, se focalizó en el Omnipotente y su palabra, haciendo caso omiso de los comentarios y burlas de quienes negaban la posibilidad de lluvias. Una vez consolidada la fe, vienen las acciones, el trabajo que sigue como consecuencia, la ocupación en lo que debemos realizar. Si miramos hacia arriba no tenemos que volver la mirada hacia las cosas de abajo, a lo terrenal. Mientras el mundo nos grita que no podemos, desde el cielo escuchamos la voz que nos dice no te dejaré ni te desampararé.

    Fue de esta manera que David venció a Goliat, trayendo a la memoria otras escenas en las que Dios le había dado la victoria: frente a leones y a las garras de los osos. Siempre hemos de acordarnos del camino por donde nos ha traído el Señor (Deuteronomio 8:2). La provisión de Dios en cada circunstancia pasada, la redención en medio de nuestros enemigos reales, incluso los castigos recibidos por parte de la mano del Padre que nos ama, todo ello viene como recuerdo para el alma que confía en su Señor. Cuando allí miramos nuestro espíritu se humilla ante el único que tiene poder.

    Isaías nos recuerda que Jehová hizo al destruidor, para que no temamos a quien destruye sino a quien mueve su mano. He aquí yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16). Si Jehová es quien nos levanta enemigos, temamos su nombre para que nos libre de ellos. Por esa razón dice enseguida el profeta, de parte de Dios: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).

    Cobra sentido lo que Dios había dicho momentos antes: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mi; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Eso forma parte del amor de Dios para nosotros, el fracaso de los conspiradores. Eso significa Egipto entregado como precio de nuestro rescate, algo que el impío no puede comprender porque lo considera locura. Muchas calumnias se levantan contra los hijos de Dios, por parte de los que nos odian (recordemos que el mundo nos odia y ama lo suyo). Muchos nos acusan ante nuestras conciencias, nos injurian y denigran de nuestra teología, pero ellos caerán mientras nosotros desaprobamos sus acusaciones falsas. Somos servidores de Jesucristo, no del Anticristo; somos privilegiados por pertenecer a la heredad de Dios, bajo su gracia permanente. Los demás no son agraciados, sino que más bien parece que Dios se olvidó de ellos. Entonces, nuestra fe triunfa una vez más y nos da el valor contra la cobardía.

    Las llamas del infierno, el terror de una conciencia desaprobada, son signos de la época cuando vivíamos bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás. Nosotros sabemos de la maldición de la ley, la que no pudo salvar una sola alma, nos mantenía en la esclavitud del pecado, por cuanto cuando la ley vino para que el pecado se mostrase. Ese terror propio del impío supera al terror que cualquier ser humano pueda infligirnos; pero ya fuimos liberados cuando nacimos de nuevo. Ahora un nuevo espíritu tenemos en el novísimo corazón de carne, sin que tengamos que poseer un instante más el corazón pedregoso que no funcionaba para las cosas propias del Espíritu de Dios.

    Por lo tanto, la fe de Cristo también nos libra de los temores, dándonos poder, amor y dominio propio. El poder de la fe extingue el fuego del terror; por fe sabemos que Dios hizo al devorador o destruidor, que el malo ha sido creado para el día malo; por la fe conocemos que hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. No nos beberemos la copa de la furia de Dios, ni su sedimento; al contrario, el Señor nos convida a participar de sus bodas en el reino de los cielos.

    La fe que nos ha sido dada se presenta con una metáfora de un escudo que apaga los dardos de fuego del maligno. En esa figura de lenguaje se nos conmina a colocarnos a diario la armadura del Señor, para poder salir librados de las pruebas de cada día. El yelmo de la salvación merece una gran atención, porque va en la cabeza. Es allí, en el lugar donde suponemos está nuestra mente, donde debemos protegernos para que no penetren las ideas malignas de que no somos salvos, de que nos faltan obras, de que tal vez todo esto sea un mito religioso.

    Son muchos los demonios que en la tierra intentan molestar a los hijos de Dios, pero nos fue ofrecido el traje del guerrero o la armadura del cristiano. Ese yelmo de la salvación destruye el desaliento y el engaño, como el casco que protege al soldado de cualquier golpe dañino o mortal en la cabeza. Ese yelmo va en la cabeza, pero en nuestro frente tenemos el escudo de la fe, para detener los mensajes infernales lanzados por el maligno. Nuestra lucha no es contra los seres humanos, aunque ellos sean agentes satánicos; es contra un conjunto de principados, potestades y gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12).

    La verdad se define como una coraza y va en nuestros lomos, junto a la justicia de Cristo que permanece como una coraza. Nuestro evangelio nos da una buena pisada, nos asegura el lugar donde pertenecemos y andamos: el apresto del evangelio. El fundamento de nuestro evangelio lo constituye la doctrina de Cristo, de donde tomaremos ánimo para batallar con la espada del Espíritu Santo (que es la palabra de Dios, cargada de la doctrina del Padre, del Hijo y de los apóstoles). Nuestro combate se describe en una estado de oración que se da en todo tiempo, en súplica en el Espíritu, luchando o velando también por toda la iglesia (todos los santos).

    Que tengamos palabra para exponer con denuedo el misterio del evangelio, del que somos embajadores y que nos honra en gran manera. Si esto hacemos, el miedo se esfumará y el gozo ocupará su lugar.

    César Paredes

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