Etiqueta: BIBLIA

  • EL DIOS DE LA BIBLIA

    Al leer la Escritura en forma completa uno puede darse una idea del Dios que en sus páginas se describe. En ella encontramos la expresión referida a los hombres de Dios, los que siendo inspirados nos legaron su palabra. La fe viene por oír esa palabra de Cristo, el Ungido anunciado desde el Génesis, la promesa de la Simiente que vencería a Satanás. El Cordero de Dios estuvo ordenado y preparado desde antes de la fundación del mundo, en palabras del apóstol Pedro, para ser manifestado en el tiempo apostólico. Desde el inicio del Génesis ya se nos anunciaba a ese Mesías por venir, el cual estuvo en el principio creando el mundo, como se reconoce por el plural especial de la lengua hebrea: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, y como lo atestigua Juan en su Evangelio (Capítulo 1:1-3).

    Ese Dios Creador había dispuesto todas las cosas para que acontecieran de la manera como vemos que suceden. Adán tenía que pecar, pese a haber sido formado en inocencia. Si el Cordero estaba ya ordenado desde antes de la creación de Adán, entonces el pecado del primer hombre sería el motivo por el cual el Mesías se manifestaría para llevar la gloria sempiterna de Redentor. Por esa razón, en las páginas de la Biblia se narra como eje central todo lo concerniente a la venida de Cristo, a su manifestación como esperanza de los oprimidos espirituales, aquellas ovejas que serían rescatadas oportunamente por su sangre sacrificial.

    En muchos de los relatos del Antiguo Testamento valoramos la santidad de Dios. El Arca es un ejemplo del celo de Jehová por el respeto de su orden establecido en materia de adoración, el respeto a su espacio, a sus ritos y a la figura del sacerdocio. Muchos personajes resaltan, pero podríamos tomar como ejemplo el caso del sacerdote Elí. Él entrenó a Samuel en el oficio, pero Jehová le revela al niño Samuel lo que le acontecería al viejo sacerdote Elí, por causa de su manera floja de educar a sus hijos. Ciertamente Elí les reclama su conducta, su abuso con las mujeres a las puertas del tabernáculo de reunión, pero en ningún momento los castigó por sus abusos contra la casa de Jehová.

    Ese Dios celoso mostró una pedagogía para la posteridad, para que supiésemos que conviene al hombre honrarlo, ya que Él honra a los que le honran, pero tiene por pocos a aquellos que lo desprecian (1 Samuel 2:30). También vemos que el pueblo de Israel seguía a Jehová pero por muchos ratos se daba a los Baales, a Astarot, a la adoración y servicio de dioses ajenos. Dios los castigaba entregándolos a manos enemigas, pero cuando se arrepentían y dedicaban su corazón al Dios verdadero los auxiliaba una y otra vez. La testarudez del pueblo de Israel desde sus orígenes hasta lo largo de las Escrituras, nos da una idea de la obstinación del corazón humano. No somos diferentes los del pueblo gentil, caemos enredados una y otra vez por causa de los atractivos del mundo. Por igual sufrimos el castigo y azote del Padre que nos tiene por hijos.

    La Biblia contrasta la figura de dos Adanes. Dice Pablo: Así también está escrito: Fue hecho el primer Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante (1 Corintios 15:45). La caída del primer Adán llevó al mundo a la depravación, dejándolo en un estado de pecado, muerte y destrucción. La obediencia a Satanás (la serpiente) antes que al Creador nos llevó a cometer la transgresión suprema, a la pérdida del paraíso terrenal (Génesis 3:1-6). A esto se le conoce como la caída del estado de inocencia para terminar en el estado de depravación total. Adán como cabeza federal de la humanidad transmitió su culpa a todos cuantos él representó: los de la raza humana.

    Dice la Biblia: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos (Romanos 3:10-18). Por esa razón se dijo igualmente que sería maldito el hombre que confiara en el hombre.

    El mismo rey David escribiría que él había nacido en iniquidad, que en pecado lo había concebido su madre (Salmos 51:5). Ese pecado original venido de Adán se transmite como por generación natural, desde la concepción hasta la formación de la criatura, todo en pecado. Nuestra justicia vino a ser como trapo de inmundicia, por lo cual nuestras buenas obras no alcanzan para expiar un solo pecado. De allí que se escribiera igualmente: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Los designios de nuestra carne son enemistad contra Dios, porque no se pueden sujetar a la ley de Dios.

    Cuando el Espíritu de Dios mora en nosotros, ya no vivimos según la carne (Romanos 8:9). En el creyente ocurrió una transformación: estuvimos muertos en delitos y pecados, caminando de acuerdo al designio del mundo, siguiendo lo establecido por el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Efesios 4:1-3). En cuanto el segundo Adán, que es Cristo, la Biblia nos asegura que el efecto de su justicia fue por igual sobre toda su descendencia. Es decir, si el primer Adán pecó y su consecuencia la heredamos todos los humanos, el segundo Adán nos redimió a todos cuantos conformamos su pueblo. Ese pueblo fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1, por ejemplo), para que Jesús muriera en exclusiva por él y pudiera quitar todos sus pecados (Mateo 1:21; Juan 17:9).

    De acuerdo a la Biblia y su contexto, cuando un pecador es regenerado por operación del Espíritu Santo pasa de la confederación de Adán a la confederación de Cristo. Esto se obtiene por gracia, ya que es el Espíritu Santo, por medio de la palabra de Dios, el que hace que el pecador se arrepienta para perdón de pecados. La persona regenerada recibe el conocimiento y el entendimiento respecto al evangelio de salvación, el cual está condicionado en forma exclusiva al trabajo de Jesucristo en la cruz. De esta manera el pecador regenerado reconoce que pasó de muerte a vida, que ya dejó la creencia en una falsa esperanza o en un falso evangelio que buscaba su propia gloria. El pecador renacido sabe que ni un ápice de esa redención se debe a sí mismo, ni a su buena voluntad, ni a su decisión, ni a sus costumbres religiosas.

    El pecador que ha nacido de nuevo tiene su vida anterior como un conjunto de obras muertas, haya o no haya sido religioso de cualquier denominación; esa conversión de las tinieblas a la luz viene como consecuencia inevitable de la regeneración operada por el Espíritu Santo. Tiene ahora un corazón de carne y no posee más el corazón de piedra; se le ha dado un espíritu nuevo por medio del cual comienza a amar los mandatos del Señor. En tal sentido, cada creyente debe preguntarse cómo puede existir una persona regenerada que al mismo tiempo ignore el evangelio de verdad. El creyente ya no sigue más al extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5); vive en la doctrina de Cristo sin extraviarse (2 Juan 1:9-11). Ya no vuelve a clamar a un dios que no puede salvar (Isaías 45: 20).

    La seguridad de nuestra salvación nos acompaña, porque la voluntad del que envió a Cristo es que ninguno que le ha conocido y crea en él se llegue a perder, sino que será resucitado en el día postrero (Juan 6.40). Estamos ahora en las manos de Cristo y del Padre (Juan 10:28-29). Si antes fuimos siervos del pecado, ahora nos volvimos obedientes a esa forma de justicia en la que fuimos enseñados: Que Dios es justo y el que justifica al impío. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios. Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre, cetro de justicia el cetro de tu reino (Salmos 45:6). Ese es el Dios de la Biblia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL TESTIMONIO

    Jesucristo encomendó predicar el Evangelio por todo el mundo, para testimonio a todas las naciones (Mateo 24:14). Esto fue anunciado como una señal previa al fin de los tiempos, para que estemos apercibidos de lo que pronto habrá de acontecer. No dijo el Señor que toda la gente creería el Evangelio sino que la predicación sería un testimonio del conjunto de señales de su pronta venida. Jesús nos hablaba desde el Monte de los Olivos sobre el Evangelio del Reino, el mensaje de salvación que implica la proclamación de la muerte y resurrección de Jesús, junto con una llamada al arrepentimiento y a la fe.

    Los griegos le preguntaron a Pablo por ese anuncio que a nadie se le había ocurrido, al hablar de la resurrección de los muertos. Por medio de la fe lo creemos, si bien Lázaro fue un ejemplo de lo que Jesús anunciaba, así como gente del Antiguo Testamento pudo ver lo que aconteció en épocas del profeta Eliseo. Además, Job relata sobre el hecho de que el Redentor vivía y que se levantaría de entre los muertos, así como su cuerpo (el de Job) vería a Dios (Job 19:25-26). Así que estamos ante una revelación bíblica, desconocida por gran parte del mundo pagano antiguo. Sabemos que esa fue una forma en la cual nos habló Dios en tiempos antiguos, en sus diversas formas a través de los padres y profetas (Hebreos 1:1).

    Jesucristo es llamado el segundo o último Adán quien fue hecho espíritu vivificante (1 Corintios 15:45), en referencia a la resurrección. Hoy día existen doctrinas de demonios repartidas y anunciadas por doquier, diciéndonos que la muerte da inicio a un proceso de reencarnación para volver a la tierra en forma distinta, de manera que paguemos castigos o karmas por diversas razones. Otros nos aseguran que somos esclavos de una Matrix que nos gobierna, fantasía de los que anuncian vanas y huecas filosofías. Pero la gente tiene necesidad de oír y se amontona para escuchar a esos espíritus de la falsedad, contrariamente a lo que revela la Escritura.

    Jesús nunca habló de la conversión de todo el mundo, sin excepción, sino de una predicación general por medio de la cual sus ovejas serían rescatadas (Juan 10:1-5, 26). La misión de la Iglesia consiste en difundir el mensaje de Cristo a todas partes del mundo, dentro del plan de la Gran Comisión que Jesús le dio a sus discípulos (Mateo 28: 19-20). De esta forma, todas las etnias y pueblos del mundo podrán escuchar el anuncio de la buena noticia que Dios tiene para su pueblo escogido. Será como un testimonio de la verdad de Dios y de su amor para su pueblo. Esta señal será el cumplimiento de la era actual y el inicio de los eventos finales, lo cual incluye el regreso de Cristo y el juicio final; por lo tanto, la predicación del evangelio ante las naciones se considera como el precursor necesario para que se dé la segunda venida de Cristo.

    Paralelamente, cada creyente testifica ante el mundo acerca de su transformación por la regeneración que ha tenido por medio del Espíritu Santo y la palabra aprendida. Esa palabra divina ha sido señalada en numerosos textos bíblicos como el agua que limpia. El agua es un elemento recurrente que se asocia con la vida, la purificación, la bendición y la palabra de Dios. Ya en Génesis 2:10 se menciona al río que fluye del Edén y riega el jardín donde fue puesto el hombre; en Juan 4:14 Jesús habla del agua viva que da vida eterna. Sin agua no hay vida, lo que subraya la dependencia humana de Dios para la vida espiritual y física.

    El agua también purifica; el lavado con agua en los rituales del Antiguo Testamento se asemeja al bautismo del Nuevo Testamento (Éxodo 30:18-21; Mateo 3:11; Hechos 2:38). El agua nos viene como un símbolo de la purificación del pecado y de la limpieza espiritual, así como el bautismo representa la muerte al pecado y el renacimiento a una nueva vida en Cristo. Justo conviene subrayar que el bautismo no borra el pecado sino que es un símbolo de lo que hizo la sangre de Cristo, como bien se deriva de lo acontecido al ladrón en la cruz, quien no se bautizó pero que fue con el Señor al Paraíso.

    Otro sentido que se da al agua en las Escritura puede ser corroborado en Juan 7:37-39, en referencia al Espíritu Santo que recibiría el creyente, para que corran de su interior ríos de agua viva. Cristo ha purificado a la iglesia, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:26); el profeta Isaías habla de la palabra de Dios que sale de su boca, la cual no volverá vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para lo cual fue enviada (Isaías 55:10-11). Esto fue dicho con el símil del agua de la lluvia y de la nieve derretida que riega la tierra y la hace germinar y producir, dando semilla al que la siembra y pan al que come. Por esa razón sabemos que la palabra de Dios purifica, nutre y da crecimiento espiritual, dado que la fe viene por el oír la palabra de Cristo.

    Por lo dicho, el testimonio de la palabra de Dios da vida al que la oye siempre que a éste Dios le haya dado la fe como regalo (Efesios 2:8). Testificar nos alegra porque cumplimos lo encomendado a nosotros como creyentes, pero también porque al hablar la palabra divina tenemos una retroalimentación que nos nutre el alma. Esto en suma se representa como una metáfora poderosa que ilustra la manera en la que sustenta Dios a su gente, en la forma de limpiar la vida de su pueblo a través de su palabra y de su Espíritu. Como punto final, recordemos las palabras de Juan en una de sus cartas: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo, el cual es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:1). Recordemos que testificamos pero a veces no hacemos lo que debemos y hacemos lo que no deberíamos hacer (Romanos 7); esto no detiene nuestra testificación, sino que demuestra nuestra fragilidad ante la vieja naturaleza.

    Sabemos que la expresión todo el mundo la usa Juan para dar a entender a su iglesia (conformada fundamentalmente por judíos conversos) que el Señor tiene un plan grandioso para con los gentiles, llamados el mundo según el pensamiento ideológico de los judíos de entonces. No presupone que Dios haya salvado a todo el mundo, sin excepción, sino más bien da a entender una inclusión del mundo gentil. De la misma forma la Escritura nos muestra a un grupo de judíos fariseos que se maravillaron del hecho de que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19), aunque ellos no se fueron tras el Cristo, ni los romanos del Imperio, ni los saduceos, ni mucha gente del pueblo; tampoco lo hizo el resto del mundo, simplemente se trataba de una expresión hiperbólica que mostraba el asombro de los fariseos por la vía de la exageración.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

  • LA BIBLIA COMO REGLA DE FE

    La Biblia juzga la tradición, no la tradición a la Biblia. ¿Cómo saber qué libros componen la Escritura? Si miramos hacia el Antiguo Testamento diremos que el Nuevo testifica en múltiples pasajes sobre la autenticidad del anterior. Son cuantiosas las citas bíblicas que remiten a lo escrito en el Viejo Testamento, pero resulta muy relevante el testimonio de Cristo en relación al Testamento Antiguo. En el aposento alto, citado por Lucas 24:44, Jesús se dirigió a sus discípulos haciendo un resumen de la estructura del Antiguo Testamento: era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Precisamente, la Biblia hebrea conformaba dicha estructura, ya que los Salmos eran el primer conjunto de los Escritos y de esa manera los representaba. Otra referencia al canon bíblico dada por Jesús la encontramos en Lucas 11:51: …desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías. Abel está referido en Génesis 4:8, mientras Zacarías fue mencionado en 2 Crónicas, que era el último libro del canon hebreo, el cual equivale al orden que poseemos que habla desde Génesis hasta Malaquías. Recordemos que la estructura hebrea contiene los mismos libros que nosotros tenemos pero, como ya señalamos, algunos libros se incluyen dentro de unos apartes con nombres diferentes, como es el caso de los salmos que forman parte de los Escritos.

    Esparcidos los judíos después del año 70 d.C., se dieron a la tarea de determinar cuáles eran los libros que se consideraban con la autoridad de la palabra de Dios. El auge del cristianismo motivó a los judíos a buscar con celeridad el conjunto de sus libros para continuar con sus creencias. Esto los condujo a establecer su canon hebreo de acuerdo a los aportes de muchos escribas y rabinos que se mostraban austeros y celosos respecto a sus viejos libros. El mundo cristiano incipiente también estuvo motivado a establecer el canon del Nuevo Testamento, ya que una multitud de escritos extraños aparecieron, en especial los de la literatura gnóstica que molestaba en gran medida a los de la fe de Jesucristo. Por esto hubo varios criterios para alcanzar el canon o regla debida de autoridad. Buscaban el dinamismo del libro, lo que equivalía al poder de Dios que cambia las vidas; por igual validaban su autoridad (si provino de Dios, como si tuviese la fórmula Así dice el Señor). La capacidad profética era otro de los juicios que se hacían, en el sentido de que fuera escrito por un hombre de Dios (por los santos hombres de Dios, como dijera Pedro, siendo inspirados). Buscaban su autenticidad, desechando todo lo que les resultara dudoso o contradictorio con otras Escrituras ya consolidadas. Otro de los criterios se basaba en la aceptación que había tenido en el pueblo de Dios, pero siempre en todos los criterios que los animaba existía el subyacente principio científico que hoy conocemos como la regla de la no contradicción. Dios no puede contradecirse, por lo tanto su palabra debe seguir esa línea austera y segura. En 2 de Pedro 3:26, leemos lo que Pedro opina de lo expuesto por Pablo, como ejemplo de lo que acabamos de afirmar.

    No podemos dejar de lado el hecho de que el Nuevo Testamento viene a ser complementario del Antiguo. Lo que era una sombra o un tipo encuentra la claridad de la luz y el antitipo en el Nuevo Pacto. Pero a cada uno de esos dos Testamentos se le atribuyeron libros considerados apócrifos, algo que etimológicamente significa escondidos y ocultos. Son escritos que promueven doctrinas falsas y están en contradicción con el resto de las Escrituras. Abundan en inexactitudes históricas y geográficas, por lo que resulta natural que Jesús y quienes escribieron el Nuevo Testamento jamás citaron tales libros apócrifos del Viejo Testamento. Tampoco ningún canon o concilio eclesiástico reconoció a los apócrifos como libros inspirados; en cuanto a los apócrifos referidos a la época cristiana desde temprano le hicieron frente.

    Llama la atención el control divino en medio del caos humano, ya que el libro que Dios inspiró a sus santos hombres fue escrito en un período de 1.600 años, por más de 40 autores, en diferentes épocas y lugares, en tres continentes (África, Asia y Europa), en tres lenguas: Hebreo, Arameo y Griego (Véase Evidencia que exige un Veredicto, de Josh MaDowell, ed. Vida). Ese libro siempre tuvo un mismo mensaje central: la soberanía divina en la creación, el propósito del Alfarero sobre el barro creado, el pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo y el Cordero preparado y ordenado desde la eternidad para ser manifestado en tiempos apostólicos. Todo ese concierto literario comienza con el relato fantástico del Génesis, con la palabra del Señor en ejecución y como acto creativo, ya que por la palabra creemos haber sido constituido el universo. Esa palabra señala al Verbo encarnado, al Cristo que es el Logos eterno e inmutable, Dios hecho hombre para beneficio del pueblo escogido.

    Dios con su soberanía y autoridad impuso su ley al pueblo de Israel, sin que interviniera actividad democrática alguna, como un verdadero Despotes que bien señalara el apóstol Pedro en una de sus cartas.

    Así que el espíritu de la ley hemos de buscar y no las tradiciones humanas perdidas en los rituales religiosos. Ese extravío aconteció a lo largo de la historia de Israel pero se manifestó acentuadamente en la época de Jesús y sus apóstoles. Jesús fustigó amplia y reiteradamente a los escribas y fariseos, los encargados de administrar el estudio y compendio del Antiguo Testamento, por inclinarse ante la letra y olvidar la misericordia que también contenía. Al parecer, ya Pablo batallaba con los creyentes para que no se dejaran influenciar con la filosofía que los circundaba, en las sutilezas huecas de las tradiciones humanas (Colosenses 2:8).

    La Biblia como regla de fe propone conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Esto es clave para no irse tras la filosofía que se centra en el hombre como criatura suprema, como si fuese la medida de todas las cosas. En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, para que estemos completos en él. Cristo es la cabeza de toda potestad y principado, en quien tenemos vida por habernos perdonado todos nuestros pecados.

    La palabra de Dios arremete contra el culto a los ángeles, de aquellos que están hinchados de su propia vanidad y mente carnal (Colosenses 2:18). Existe una apariencia de humildad, cuando se mira a las cosas que uno desea y supone ciertas pero no a lo que Dios propone. La Escritura señala lo que Dios quiere para nosotros, mas la mente carnal busca elementos fantásticos para enfatizar el contexto celestial. El culto a los ángeles es uno de ellos, hoy día revivido por doquier. Incluso se oye en medios denominados cristianos que cuando alguien muere nos cuida y nos vigila desde el más allá, como un ángel de Dios, cosa por demás imposible y contradictoria con todas las Escrituras.

    Recordemos que solo hay un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Tal vez no nos hemos dado cuenta de la total corrupción de la naturaleza humana, la cual confronta al incrédulo con la ira de Dios por el pecado y contra el pecador. Hemos vivido en un abismo de miseria, pero fuimos rescatados de esa vana manera de vivir; sin embargo, existe una tendencia a volver atrás en virtud de la ley del pecado que habita en nuestros miembros (Romanos 7:23). El mundo sigue estimulando con sus atractivos, por lo que hemos de afianzarnos en la fe de Cristo. Es necesario el conocimiento de la doctrina del Señor para vivir en humildad y mansedumbre, en el amor al que hemos sido llamados. De no ser por la gracia del Señor, nadie sería salvo de Satanás, de sus maquinaciones y de todos sus medios mundanos de prisión; tampoco seríamos libres de la ley y de la ira divina.

    Pero esa gracia nos exige velar y orar, escudriñar las Escrituras, conocer al siervo justo que justifica a muchos. Nuestros propios esfuerzos no bastan para convertir almas, ni las nuestras ni las de otros, así que si miramos al pacto de gracia podemos encontrar la salida para el día a día de este transitar por el mundo hacia la patria celestial. Porque hemos de considerarnos extranjeros y peregrinos, caminantes de la senda angosta, mientras nos esforzamos por entrar por la puerta estrecha. El reino de los cielos lo arrebatan los valientes, se nos conmina a perseverar hasta el final, pero sabemos que estamos preservados en las manos del Padre y del Hijo. Una cosa no elimina la otra, al estar preservados debemos perseverar; si perseveramos es porque estamos preservados.

    El que no ha sido regenerado se mantiene en un estado de inhabilidad total para salir de su pozo fangoso. Ese es el estado de miseria natural del hombre caído, declarado muerto en delitos y pecados por las Escrituras. Una persona tan arruinada, ¿cómo se recobrará? No por el camino de las obras sino por el de la gracia. Pero para eso nadie es suficiente, sino que aquello que resulta imposible para los hombres viene a ser posible para Dios. La criatura caída debe implorar clemencia ante el Todopoderoso, debe buscar a Dios mientras puede ser hallado. El principio de humildad resulta valioso en ese trance, ya que solamente Dios es soberano y si Él no nos mira con gracia nadie tendrá el poder ni siquiera de suplicarle.

    La Biblia como regla de fe ha sido propuesta ante la humanidad en general, si bien no cada miembro de la raza humana ha oído al respecto. Una tristeza enorme generan aquellos que teniendo acceso a la Escritura descuidan el hábito de su lectura y estudio; un hombre perdido en la montaña apreciaría un mapa para salir de su laberinto. La Escritura contiene la instrucción necesaria para alcanzar la vida eterna, se nos propone como regla de fe para que no deambulemos por los senderos marcados por Satanás y sus ministros disfrazados de mensajeros de luz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org